LA INTERACCIÓN ENTRE LAS FUERZAS NEGATIVAS Y POSITIVAS

Ceuta, 22 de diciembre de 2015.

El lunes me pasó algo realmente extraño. Volvía de dejar a mi mujer en el instituto y me acercaba al garaje para dejar el coche. Al tomar la calle María Salud Tejero apareció un mensaje en el navegador de mi vehículo: “fallo en el sistema del anticontaminación” y se encendió un piloto en los mandos del coche. Justo cuando lo miraba golpeé el espejo retrovisor con el de un vehículo que estaba aparcado en esta estrecha calle. Llegué al garaje y lo primero que hice fue comprobar los daños en el espejo retrovisor, que por fortuna no se había roto. Después de aparcar el coche fui a coger mis cosas, entre ellas la máquina de fotos. No había cerrado bien el bolso y la máquina terminó golpeando contra el suelo. El cuerpo de la máquina terminó por un lado y el objetivo por otro. Pensé, ¿Qué está pasando? No es normal esta sucesión de acontecimientos negativos, pero no perdí la calma. Me fui a la casa tranquilamente y me relajé.

Al día siguiente madrugué para ir a tomar fotos y escribir. El coche seguía mostrando el mismo mensaje de fallo, pero no le presté atención. Cumplí mi propósito y regresé a casa. Mientras bajaba del Hacho me concentré en el fallo del coche y, de repente, se apagó el mensaje. Luego pensé en la máquina de fotografié y pensé: ¿Por qué no busco las piezas rotas del objetivo y las pego? Al llegar al garaje busqué los trozos desprendidos y los hallé a la primera. Compré el pegamento, pegué las piezas y pasado un rato comprobé el resultado: la máquina volvía a funcionar sin problema.

La conclusión que he sacado de esta experiencia es que existen las fuerzas positivas y negativas. Alguien o algo concentró en las máquinas que utilicé el lunes por la mañana (la máquina de fotos y el coche) su fuerza negativa, pero he conseguido vencerla. Alguien o algo me protege y me da fuerza. Ha sido una experiencia que me ha servido para tomar conciencia de la existencia de ambas fuerzas que interactúan de manera constante a nuestro alrededor. Respeto a ambas, pero la confianza en mi fuerza interior se ha incrementado de manera notable.

SOBRE LO QUE ESCRIBO

Ceuta, 22 de diciembre de 2015.

 

Mis escritos no llegan a ser un diario personal, aunque sí reflejan mi estado de ánimo y algunas de mis preocupaciones. Son una combinación de percepciones sensitivas y experiencias emotivas, -ambas en contacto con la naturaleza-, así como recogen la expresión de mis pensamientos y sueños. Estos últimos tienen la vocación de convertirse en logros concretos en el mundo de la ethopolítica cívica, la cultura y el arte.

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El marco en el que se desarrolla mi aventura literaria y filosófica es Ceuta, y mi objetivo final consiste en desvelar los secretos que guarda este lugar sagrado y mágico. Todo mi equipaje en esta aventura consiste en una libreta, un bolígrafo y una cámara de fotos.

ALIMENTO PARA EL ALMA

Ceuta, 21 de diciembre de 2015.

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Me encuentro en uno de los miradores más privilegiados de Ceuta y me atrevo a decir que del Mediterráneo. Estoy hablando del fuerte del Punta Almina. Este es el punto más septentrional del continente africano y resulta un extraordinario balcón para asomarme al Mediterráneo y ver cómo se mezcla con las frías aguas del Atlántico. Hoy el mar está en calma. Su color es el del gris plateado de las nubes que cubren el cielo. Sobre el horizonte el pincel del sol empieza a colorear de rosa el cielo y la piel del mar.

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La sombra rosa del sol se alarga como una lanza y se dirige hacia mí para atravesar mi corazón. Siento un intenso calor que penetra hasta mi alma. No experimento dolor, sino calma. El tiempo deja de tener importancia el momento en el que uno capta, aunque sea por un instante, el sentido de la eternidad. Todas las preocupaciones mundanas pasan a un segundo plano cuando uno toma conciencia del extraordinario milagro de la vida y el cosmos.

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La naturaleza está diseñada para que todo funcione de manera armoniosa. Cada organismo tiene asignada una función en el complejo sistema de la biosfera. Los seres vivos transformamos la naturaleza al mismo tiempo que ella nos transforma a nosotros. Es un proceso recursivo que no puede adoptar una forma de espiral constructiva, tendente a la vida; o una negativa, dirigida a la muerte. El equilibrio es difícil de lograr, ya que la vida y la muerte son dos fenómenos inseparables. La vida permanece mientras que el proceso de renovación de las células continúa. En el momento en el que se detiene es alcanzada por la muerte.

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¿Cuál es la misión del ser humano en el plano divino de la vida? Desde luego no destruir el planeta como estamos haciendo. En el plano individual  nuestra primera misión es garantizar nuestra propia supervivencia. Para ello necesitamos respirar, beber y comer. Todas estas necesidades básicas son posibles cubrirlas con la generosa aportación de la naturaleza. Una vez garantizados estos requerimientos vitales, ¿Qué le queda al ser humano por hacer? Pues desarrollar una capacidad de la que solo goza nuestra especie: percibir, sentir, pensar y actuar de manera consciente. Hay algo que llevamos en nuestro interior, al que llamamos alma, que nos anima a encontrarle un sentido y significado a la vida. Esta alma nuestra, como el cuerpo, necesita que le prestemos atención, la alimentemos y la cuidemos. Su alimento es la contemplación de la naturaleza y la emoción profunda que nos otorga su cálida acogida. Gracias a este abono vital somos capaces de ofrecer al mundo saludables y frescos frutos en forma de poesía, literatura, música, teatro, arte, ciencia y filosofía. Estos frutos son, a su vez, consumidos por otras personas para que su alma pueda dar su propia cosecha y así contribuya a la mutación de la conciencia hasta alcanzar planos de entendimiento que ni siquiera el ser humano más consciente es capaz de imaginar.

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Me siento un ser humano privilegiado por tener la oportunidad de contribuir, aunque sea de manera modesta, al despertar de las consciencias dormidas o desorientadas. Intento ser fiel a mi destino. Sólo el tiempo dirá si  he logrado cumplir mi misión.

VIAJE AL JARDÍN CELESTIAL

Ceuta, 19 y 20 de diciembre de 2015.

 

Aún es de noche. Son las 7:00 h de la madrugada del día 19 de diciembre de 2015. Al asomarme por la ventana he contemplado los planetas y las estrellas.  Venus está más hacia el oeste de lo habitual y algo más cercana al horizonte. Esta circunstancia me permite verla incluso sentado en mi escritorio.

Los gallos están especialmente inquietos esta mañana. Llevan un buen rato ofreciendo un recital de canto algo estridente, la verdad. Por lo demás, todo es silencio y calma. Una situación propicia para pensar y escribir. Además hoy es sábado, con lo cual dispongo de más tiempo. Entre semana tengo poco tiempo para aprovechar esa hora que, decía Thoreau, “despierta una parte de nosotros que dormita el resto del día y la noche”. Esa parte a la que se refería Thoreau es nuestro genio. Y necesitamos mucho de él para escuchar la débil voz de nuestra alma. Para escucharla necesitamos estar descansados: con el cuerpo relajado y la mente limpia. Lo único que me queda de la noche es el recuerdo de un sueño que me ha dejado algo inquieto.

Es cierto que en nuestros sueños se representan y dramatizan aquellas ideas que durante la vigilia ocupan la trastienda de nuestra mente. Una de mis principales preocupaciones en estos momentos es lo ajustado de mi presupuesto familiar. Necesito encontrar una forma de contribuir a los ingresos del hogar. Espero que el año 2016 me traiga esta fuente de recursos económicos que cada día se hace más perentoria. No hablo de trabajo, porque trabajo tengo. Mi oficio es el de pensador y escritor. A él me entrego con ganas e  ilusión. El problema es que los pensamientos cotizan a la baja en el mercado capitalista. Para la mayoría de las personas los frutos del pensamiento elevado son poco apetecibles por su amargo sabor. Saben a verdad y dejan en el paladar de muchos un gusto agridulce. No obstante, en el jardín celestial que existe en el reino del pensamiento podemos encontrar una amplia variedad de árboles de los que cuelgan los más diversos frutos, ricos en sabores y fragancias.

La niebla que en estos instantes está apoderándose de Ceuta me ayuda a trasladarme al jardín celestial. Todo el espacio está plagado de bellísimos árboles y delimitado por un alto muro de piedra. Yo me encuentro ante una destartalada reja de hierro que se encuentra entreabierta. Entro sin problemas en el jardín y el primer árbol que veo es un precioso manzano del que cuelgan unas manzanas rojas y perfectas. Voy a coger una de ellas, pero al hacerlo una serpiente se asoma por encima del fruto. El cielo se oscurece y yo me quedo petrificado. Un frío interior recorre mi cuerpo. Siento que por mi columna vertebral discurren dos ríos de energía: una fría y otra caliente. A mí cabeza llega la sangre a borbotones y consigo recuperar el aliento para hablar con la serpiente.

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  • ¿Quién eres? Le pregunto.
  • Bien lo sabes. Soy la serpiente que custodia el árbol de la Vida.
  • ¿Quisiera probar una de estas apetecibles manzanas que cuelgan de este bello árbol
  • Lo sé. Todos los humanos deseáis la inmortalidad que aporta los frutos del árbol de la Vida, pero sólo unos pocos son dignos de probarlos
  • ¿A qué saben las manzanas que custodias
  • Saben a eternidad. Su sabor te sería familiar
  • ¿Seguro
  • ¿Dudas de mí? No me extraña. Ya sé que tengo mala fama. Todos me acusan de haber engañado a la primera pareja de seres humanos que vivieron en este jardín, pero desconocen que en este lugar no existe la mentira. Cerca de aquí, como ya verás, se encuentra el árbol de la Verdad y su sombra nos protege de la falsedad
  • Créeme, sigue diciéndome la serpiente, tú ya conoces a que saben estas hermosas manzanas. Coge una de ellas, dale un bocado y dime a qué sabe.

Así lo hago y mordisqueo una rojiza y perfecta manzana. Siento una enorme paz interior y una felicidad indescriptible. Mis ojos contemplan la eternidad. Entonces recuerdo que, como me había anunciado la serpiente, esta sensación me es familiar. Es el  mismo gozo que había experimentado en muchas ocasiones mientras contemplaba la naturaleza de Ceuta y describía su belleza.

  • ¿Qué te ha parecido? Me pregunta la serpiente.
  • Llevas toda la razón, serpiente. Su sabor me es familiar. Pero quiero comer más.
  • Tendrás derecho a ello cuando completes tu recorrido por este jardín celestial. Ahora sigue tu camino.

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Hago caso a la serpiente y sigo mi camino. A pocos metros diviso un enorme olivo milenario. Su tronco es de una anchura descomunal y sus ramas están retorcidas por el paso de los siglos. Me acerco a él y toco su corteza. Es caliente y suave, a pesar de su aparente aspereza. En la mitad de tronco hay un orificio por el que me asomo, pero al hacerlo aparecen unos enormes ojos fijos. De la impresión casi pierdo el equilibrio y uno poco más hasta el pulso. Esos grandes ojos pertenecen a una lechuza que comienza a hablarme.

  • No te asuste. Estás ante el árbol de la Verdad, que muchos llaman de la Ciencia. ¿Te ha costado llegar hasta aquí?
  • No, le contesto. ¿Por qué me lo preguntas?
  • Es que a muchas personas su pesada carga ideológica y doctrinaria les impide superar las pronunciadas pendientes de la colina en la que fue plantado el árbol de la Verdad. Si a ti no te ha costado llegar hasta aquí es porque estás libre del peso de los prejuicios.
  • Observo que las ramas y el suelo llenos de aceitunas, le digo.
  • Sí, lleva así mucho tiempo y me preocupa. Cada día el árbol de la Verdad da más frutos, pero nadie los recoge. Si continua en este estado sus ramas se troncharán y las aceitunas se pudrirán envenando las raíces del árbol.
  • ¿Qué podemos hacer para evitarlo?
  • Sólo hay una solución, dice la lechuza. Hay que recoger todas las aceitunas y prensarlas para extraer su esencia. Es imprescindible que los científicos y pensadores dejen de producir más “aceitunas” y se dediquen a sacar el aceite que contienen. Para que me entiendas, lo que estoy intentando transmitirte es que la producción científica y literaria tiene que limitarse y centrarse en la síntesis.
  • Los seres humanos, sigue hablando la lechuza, tienen que entender que si bien esta montaña de aceitunas que tienes a tus pies representa el conocimiento, lo que realmente alimenta su espíritu y su mente es el aceite que contienen, es decir, la sabiduría. En vuestro mundo sobra mucha información y os hace falta más sabiduría.
  • ¿Y qué me dices, sabia lechuza, de la tecnología?
  • Buena pregunta. Ya veo el buen efecto que provoca en ti estar junto al árbol de la Verdad. Sobre este importante asunto te diré que vuestras máquinas constituyen un grave peligro en manos de quienes carecen de sabiduría, que son cada día más numerosos y poderosos. Si fuerais capaces de utilizarlas de manera de selectiva y restrictiva podrían contribuir al desarrollo integral de los seres humanos. De lo contrario, serán vuestra perdición y la nuestra ya que el árbol de la Verdad morirá y yo con él.
  • ¡No puedo permitirlo! ¿Qué puedo hacer?
  • No debes ignorar la primera lección de este árbol: la humildad. Nadie alcanza la sabiduría sin ella. Vuestra capacidad de influencia en los demás es siempre limitada, pero no por ello debéis dejar de ejercerla. Cada uno de vosotros debe hacer todo lo que esté a su alcance para compartir los principales frutos de este jardín: la bondad, la verdad y la belleza.
  • Dicho esto, y ya que te preocupa, como a tu maestro Lewis Mumford, el papel de la técnica en el curso del mundo, debes saber que la solución estriba en sustituir las actuales máquinas idiotizantes por las máquinas pensantes diseñadas por tu otro gran maestro e inspirador: Patrick Geddes. Si has encontrado abierta la puerta de este jardín celestial es porque portabas este talismán y has aprendido a utilizarla esta llave mágica. Ahora te toca ti explicar a los demás su funcionamiento y animar a que la utilicen para que tengan la oportunidad que tú has tenido de gozar de una vida digna, plena y rica. Ahora me dispongo a ungir tu frente con el aceite de la sabiduría. En este momento, tanto en mi mundo interior como exterior, un rayo de luz me ilumina y me da la señal  de que debo proseguir mi camino.

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La luz es cegadora, pero al mismo tiempo cálida. Al fondo atisbo un alto chopo. La copa del árbol se pierde entre las nubes. Me acerco a él aprovechando que estas mismas nubes disminuyen la potencia de la luz y puedo seguir la senda que conduce al árbol de los Sueños.

El chopo es de un intenso color blanco, pero todo a su alrededor luce con una amplia gama de colores. Entre los matorrales diviso una estrecha vereda que lleva hasta la base del árbol de los Sueños. Al llegar siento que alguien me observa desde el cielo y de manera instintiva dirijo la mirada hacia las nubes. Allí veo a un elegante cernícalo que me mira fijamente. Nuestras miradas se encuentran y,  sorprendentemente, el cernícalo inicia un rápido descenso hasta posarse en una roca que hay junto a mí.

  • ¿Me recuerdas, verdad? Comienza a decirme el cernícalo.
  • Sí, le contesto ¿Cómo podría olvidarte? Te he visto muchas veces cuando he bajado a la playa Hermosa de Ceuta para meditar y escribir. Recuerdo en especial una ocasión en la que mientras escribía sentí tu mirada y al volver mis ojos hacia el cielo vi con claridad cómo me observabas.
  • Es cierto, yo también me acuerdo perfectamente de ese día. Todas las aves que frecuentamos esta zona estábamos muy intrigados contigo. No es frecuente ver personas en este lugar que, como tú, canten a la naturaleza en sus escritos.
  • ¿Qué haces ahora aquí, cernícalo?
  • Este es mi verdadero hogar. Soy el guardián del árbol de los Sueños. Mi misión es vigilar que este árbol mágico no sufra ningún daño e inspirar la imaginación de hombres y mujeres como tú. Como bien sabes, Ceuta es una puerta a la eternidad. Aprovechándola llegué a tu ciudad para cumplir una importante misión que me fue encomendada por la dueña y señora de este jardín: la Gran Diosa Madre.
  • ¿Qué misión es esa?, le pregunto.
  • Una vital para el futuro de la tierra y de la humanidad. Necesitamos conformar un ejército de guardianes de la vida. El ser humano, llevado por su codicia está matando a la Gran Diosa Madre y, si no hacemos algo pronto, morirá y con ella desaparecerá este jardín y la vida en la tierra. En esta misión tú tienes un papel importante.
  • ¿Yo? Dije sorprendido.
  • Sí, tú. Hemos cubierto a Ceuta con una espesa niebla estos dos últimas días mientras escribes para que nadie pueda ver la puerta que conduce a este jardín y que hemos abierto para ti.
  • No hay tiempo que perder. Pronto aparecerá el sol y disipará la niebla que oculta la puerta a ojos indiscretos. La Gran Diosa Madre me ha pedido que te transmita el siguiente mensaje:

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Querido José Manuel, me siento muy contenta por tu renacimiento espiritual y el redescubrimiento que has hecho del espíritu olvidado de Ceuta. Ahora conoces el carácter mágico y sagrado de la tierra en la que naciste y vives. Te guie para que intuyeras los cultos que en mi nombre practicaron en la antigüedad en este lugar y para que hallaras la cueva sagrada en la que practicaron ritos dedicados a mí. Conoces mi imagen gracias al talismán que encontraste y también te deje al ídolo de piedra que mandé tallar en la misma roca que abundan en la playa Hermosa en la que te revelé tu misión. Este ídolo pétreo contiene en su propia forma la clave que puede asegurar el futuro de la humanidad y de la tierra. Es necesaria la reconciliación de los opuestos que con tanta claridad son visibles en Ceuta: el día y la noche, la vida y la muerte, el bien y el mal, el tiempo y la eternidad, ….Todas son parejas que deben aprender a convivir juntos en armonía. Confío en que serás capaz de transmitir este mensaje y hacerlo comprensible a tus congéneres”.

  • Rápido, dijo el cernícalo, el tiempo se acaba. Tienes que regresar. Has probado el fruto del árbol de la Vida; has sido ungido con el aceite del árbol de la Verdad; y has contemplado el árbol de los Sueños. Yo ahora te entrego estas alas de la Imaginación con las que podrás volar con tu mente hasta alturas desconocidas. Con ellas, además, podrás llegar a este jardín todas las veces que lo desees.

Levanto la cabeza del escritorio. Son las 8:40 h del día 20 de diciembre de 2015. No ha quedado ni rastro de la densa niebla que cubría esta mañana a Ceuta.

Las gaviotas vuelan en espiral junto a mi ventana. La abro y me asomo para contemplar el cielo y escuchar el graznido de las gaviotas. Ya nada será igual después de mi visita al jardín celestial.

CEUTA, LA NUEVA ATLÁNTIDA

Ceuta, 14  y 15 de diciembre de 2015.

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Son las 12:30 h del día 14 de diciembre del año 2015. Emprendo una empresa sin igual. He sentido la llamada de la Gran Diosa y avanzo confiado hacia el umbral de la aventura. Cuento con la ayuda de la Gran Diosa, que propició mi despertar y se me presentó en forma de ídolo y talismán. Mi propósito es favorecer la renovación de la vida. Ésta surge, como explica Campbell en su conocida obra “El héroe de las mil caras” (1984), “de una fuente invisible y su punto de entrada es el centro simbólico del universo alrededor del cual puede decirse que el mundo gira” (Campbell, 1984: 44).

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Como ya explicamos en el artículo que titulamos “la esencia de Ceuta”, en este lugar conocido como “el ombligo del mundo” crece el árbol de la vida y la fuente de la eterna juventud discurre en sus proximidades. Este centro es el gran círculo de la renovación de la vida. Allí donde todos los días muere el sol renace al amanecer para devolver la luz portadora de sabiduría y vida. Como un misterio aún sin descifrar, el círculo de la renovación de la vida consigue su cuadratura apoyándose en los cuatro puntos cardinales de la tierra. Donde se cruzan las líneas que dibujan este “círculo cuadrangular” está ubicado “el centro de la rueda de la tierra, el vientre de la Madre Universal, cuyo fuego es el fuego de la vida. La abertura en el techo de la casa, o la corona, el pináculo o la linterna de la cúpula, es el centro o punto medio de cielo, es la puerta del sol, a través de la cual las almas regresan del tiempo a la eternidad, como el olor de las ofrendas quemadas en el fuego de la vida y elevadas en los ejes del humo ascendente del centro de la tierra al centro de la rueda celestial” (Campbell, 1984: 45-46).

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En una ocasión anterior comentamos que Ceuta debía ser considerada una puerta a la eternidad. Desde esta ciudad milenaria se puede apreciar con nitidez los cuatro puntos sobre los que se apoya el círculo de la renovación de la vida, que en su ascenso pasa a ser una espiral. En su centro palpita con fuerza la vida. Aquí, en tiempos remotos, debió existir un templo dedicado al culto a  la vida que “inspira el milagro de la centralidad perfecta porque éste es el lugar donde se inicia la abundancia. Porque alguien en este lugar descubrió la eternidad. Por lo tanto, ese sitio puede servir para una meditación fructífera” (Campbell, 1984: 46).

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En este sentido, yo no estoy haciendo otra cosa a través de mis escritos que redescubrir un lugar mágico y sagrado que representa a la perfección la renovación de la vida y el sentido de la eternidad. Aquí el tiempo que percibimos gracias a los sentidos y la razón se detiene y es posible aprehender la inabarcable eternidad, aunque pueda parecer un contrasentido. Ante la contemplación de la exuberante naturaleza de Ceuta el alma se expande hacia todas las direcciones, sin perder la percepción del espacio. Desde lo alto del Monte Hacho percibimos las cuatro esquinas de la tierra. El alba y el ocaso marcan uno de los ejes de la tierra; y África y Europa, el otro. Pero si miramos al firmamento cada noche observamos a la Gran Diosa de cuyo vientre nace al amanecer un nuevo día.

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Desde Ceuta uno puede experimentar el sentido de la eternidad sin disolverse en el cosmos. Aquel que llega a esta ciudad, a este santuario de la vida, “está imitando la proeza del héroe original”, cuya “finalidad es reproducir el modelo universal para evocar dentro de sí mismo el recuerdo de la forma que es el centro y la renovación de la vida” (Campbell, 1984: 46-47). Subido al promontorio del Hacho, o desde alguno de los miradores del monte de García Aldave, uno descubre que su alma no es otra cosa que una extensión del cosmos con su círculo inicial y su espiral ascendente. El mar que contempla ante sus ojos, con su conjunción de las aguas frías del Atlántico y templadas del Mediterráneo, es una metáfora de su propia alma en la que también dos corrientes se juntan: el animus  y el anima. Esta mezcla de aguas diferentes son las que favorecen la continua renovación de la vida tanto en la naturaleza exterior como en la interior.

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Después del héroe original han venido otros a esta tierra para descubrir su secreto. Uno de los más conocidos fue el mítico Ulises que residió  en este lugar descrito por Homero como un verde bosque al contemplarlo hace que “un inmortal se hubiese admirado, sintiendo que se le alegraba el corazón”. Aquí estuvo Ulises siete años cautivado por la ninfa Calipso que le sirvieron para prepararse para su definitivo regreso a su tierra natal. Cada uno de estos años  corresponde a los siete niveles que debemos superar para alcanzar la activación de nuestra glándula pineal y lograr la máxima perfección espiritual.

Yo debo ser el primero de los héroes conocidos, nacido y que vive en Ceuta,  capaz de apreciar la esencia de Ceuta. Estoy convencido de que esta ciudad recuperará su condición de lugar sagrado y mágico. Hasta aquí llegarán miles de personas para celebrar la renovación de la vida, meditar sobre el significado de la vida y percibir el sentido de la eternidad. Porque Ceuta es algo más que un santuario de la vida y una puerta a la eternidad. Es el lugar de la reconciliación y conjunción de los opuestos: el nacimiento y la muerte, el bien y mal, el día y la noche, la verdad y la ilusión, el tiempo y la eternidad, la razón y la intuición, el principio masculino y el femenino, etc…

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Aquí,  en el Estrecho de Gibraltar, que es divisado con toda claridad desde Ceuta, se encuentra aquella mítica puerta, descrita por Nicolás de Cusa,  “que está vigilada por el más alto espíritu de la razón que impide la entrada hasta que ha sido dominado” (Campbell, 1984: 87). Esta parejas de contrarios que hemos relacionado en el párrafo anterior, en palabras de Joseph Campbell (1984: 87), “son las rocas que chocan (Simplégades) y destruyen al viajero, pero entre las cuales los héroes siempre pasan”. Como es sabido, las Simplégades estaban situadas en otro Estrecho, el del Bósforo, y permanecen separadas desde que Jasón consiguió pasar entre ellas sin que aplastaran su nave. Nuestro Estrecho, el de Gibraltar, también está flanqueado por dos rocas: Calpe (Gibraltar) y Abyla (Ceuta). Ambas fueron separadas por otro gran héroe de la antigüedad, el célebre Heracles. Apoyando sus pies en los dos citados promontorios, y sirviéndose de su maza, separó las rocas de Calpe y Abyla y abrió el Estrecho de Gibraltar. De este modo, las aguas templadas y femeninas de Mediterráneo, -arquetípicas del inconsciente y la intuición-, se mezclaron en las orillas de Ceuta con las aguas frías y masculinas del océano Atlántico, representativas de la conciencia y la razón.

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El gran héroe Heracles, con su acción de apertura del Estrecho de Gibraltar, posibilitó la comunicación entre la zona consciente y la inconsciente de la psique humana. Sin embargo, la razón ha impuesto su ley y el peso del pensamiento racional sumergió la mítica Atlántida. Según la describió Platón, en la Atlántida vivían unos seres “que no se equivocaban embriagados por la vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza, sino que, sobrios, reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común.

Más cuando se agotó en ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron (…) estaban llenos de injusta soberbia y de poder.

El dios de dioses Zeus (…) decidió aplicarles un castigo para que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia”, pero no le hicieron caso, así que, según narró Platón en su obra Timeo, “tras un violento terremoto y diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, la clase guerrera vuestra se hundió toda a la vez bajo la tierra y la isla de Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar”.

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Vemos, pues, que el fin de la legendaria Atlántida, situada en las proximidades del Estrecho, se debió al “agotamiento de la parte divina” y el predominio del “carácter humano”. El espíritu abdicó y los instintos tomaron el control de los habitantes de la Atlántida conduciéndolos a una vida licenciosa hasta provocar su divorcio de los dioses.

La ciencia y el pensamiento han arrojado, como dijo Campbell, luz donde antes había oscuridad, “pero también donde había luz hay ahora oscuridad”. Por tanto, “la hazaña del héroe moderno debe ser la de pretender atraer la luz de nuevo a la perdida Atlántida del alma coordinada” (Campbell, 1984: 342).

Este es el gran secreto que guarda Ceuta en su espíritu dormido. Esta pequeña y hermosa península emerge de las aguas profundas para erigirse como la nueva Atlántida en la que los principales masculinos y femeninos se reconciliaran y nuestras almas volverán a estar coordinadas y equilibradas entre lo divino y lo humano.

MENSAJE DESDE LA ETERNIDAD

Ceuta, 12 de diciembre de 2015.

 

Cuando he llegado al mirador aún lucían con su habitual brillo Venus y Júpiter. La luna ofrece su cara oculta, aunque sigue ahí. Una alta pirámide de nubes oculta el horizonte. No obstante, el sol ha buscado refugio en el mar Mediterráneo y su presencia empieza a notarse con las líneas rosáceas que surgen sobre el mar. Un mar que se agita como si estuviera herido. Sus lamentos se escuchan con fuerza al romper las olas contra los acantilados del Hacho.

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La humedad es tan intensa al alba que no me puedo sentarme en los bancos de piedra que han situado en este lugar para aquellos pocos locos que nos gusta recibir al sol cada mañana. Así que me veo obligado a escribir de pie estas improvisadas letras.

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Para ver más de cerca el amanecer y las olas he bajado hasta la cala del Desnarigado ¡Menudo espectáculo he contemplado! El sol ha salido con la misma fuerza que las olas que rompen en el saliente en el que me he sentado a escribir. El sonido del mar es estruendoso. Con razón escribió William Blake que “el rugir de los leones, el aullar de los lobos, la cólera del mar huracanado y la espada destructiva, son trozos de eternidad demasiado grandes para el ojo del hombre”.

El mar entra en esta pequeña bahía con una fuerza inusitada y deja un rastro de espuma blanca y azulada. Los rayos del sol atraviesan las crestas de las olas y permiten apreciar su pureza. La verdad de la naturaleza está contenida en estas olas. Entiendo que la furia del mar no es violencia, sino muestra del poder divino. No existe en la naturaleza eso que los humanos llamamos rencor, vergüenza, envidia o egoísmo. Por el contrario, sus cualidades son la justicia, la sabiduría y la belleza. La naturaleza es acogedora, generosa y exuberante, y algo coqueta. Le gusta que los escritores y poetas nos acerquemos a ella con humildad para loar su singular belleza y su incontenible creatividad.

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Todos los días que las nubes lo permiten  me asomo al despertar por la ventana para contemplar los planetas y las estrellas. Cada día es distinto, pero los protagonistas son los mismos. Al igual sucede con el entrañable juego de las nubes y el sol. Precisamente él calienta ahora mi cuerpo y me siento feliz y alegre. Pero prefiero cambiar de lugar. Me acerco a la orilla para escuchar otros acordes de la sinfonía del mar y me dirijo sin pensar al extremo oriental.

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Una gaviota me acompaña desde una roca cercana. Mira adonde yo miro y, de vez en cuando, cruzamos nuestras miradas. Ella emite graznidos como si quisiera hablarme y sé que quiere decirme. Me dice que la belleza del mar es un símbolo de la eternidad y que si bien ella es una humilde gaviota y yo un mortal humano sabemos apreciar su majestuosidad. Envidio su serenidad y la posibilidad que tiene de contemplar la naturaleza desde estos luminosos y limpios cielos de Ceuta. De pronto recuerdo mi compromiso con mi querido amigo Javier Gomá. Quede con él en dedicarle el siguiente amanecer que contemplara a su padre recientemente fallecido. Mi amiga la gaviota, recibe a una compañera, y ambas me dicen que esté tranquilo mi amigo Javier. Don José Enrique Gomá Salcedo ha sido acogido como se merece en el reino de la eternidad. Su alma es tan limpia como el mar que se agita junto a mí y salpica  mis pies. Se ha ganado el derecho a disolverse en el gran océano del cosmos y a seguir bañando con su imperecedero recuerdo las almas de sus seres queridos.

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La pareja de gaviotas me despiden al unísono con  un vibrante graznido y les digo que se han ganado el derecho de figurar en estas páginas destinadas a la eternidad en la que ya reside por justicia y con solemnidad Don José Enrique Gomá.

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CEUTA, LA CIUDAD QUE NACIÓ PARA SER BOSQUE

Ceuta, 8 al 10 de diciembre de 2015.

“El espíritu y la forma son una sola cosa, y dependen mucho más de asociación, de identidad y  lugar, de lo que habitualmente se piensa”, dijo Whitman. Siguiendo este adagio, pienso que en la forma de Ceuta está contenido el espíritu de esta ciudad mítica y sagrada. En el betilo recuperado por mí durante la excavación arqueológica en la calle Galea aparece representada la parte masculina, redondeada y arquetípica de la razón; y la parte femenina, triangular e intuitiva de la inconsciencia. Cada una de ella está asociada, respectivamente, al Monte Hacho y la Almina. Y ambas, en conjunto, bañadas por las corrientes marinas, -una caliente y otra fría-, son la expresión de la necesaria complementariedad de los principios masculinos y femeninos que rigen el cosmos y la vida.

vista general de Ceuta

Como me comentó mi amigo dominicano Ardelio López, la naturaleza ha dotado a Ceuta de muchos privilegios. Todos los días podemos observar el amanecer del sol desde el Monte Hacho, arquetipo de la razón, en la misma línea en la que se mezclan el frío Atlántico y el caliente Mediterráneo. Este mismo sol nos trae una luz esplendorosa que refuerza los colores, anima nuestra alma, eleva el pensamiento y sirve de aliciente a los artistas para fotografiar, pintar o esculpir. Esta luz se vuelve multicolor al alba. La paleta de colores es muy amplia y abarca desde el intenso rojo al tenue amarillo. No hay dos auroras iguales. Las nubes son las encargadas de la bella composición de los cielos ceutíes. A veces las nubes son tan densas que el espectáculo del amanecer queda oscurecido y deslucido. En estos días grises el viento de levante tapona el Estrecho de Gibraltar con nubes durante varias jornadas.

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Con levante el mar, -elemento definitorio de nuestro paisaje y de nuestro carácter-, oscila, según la intensidad del viento, entre la calma chicha y el fuerte temporal. Las aguas del Mediterráneo, empujadas por el viento, se agolpan en el canal del Estrecho y en su precipitación por llegar al Atlántico forman altas y agitadas olas que golpean con fuerza las costas de Ceuta.

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Las nubes levantinas traen humedad, y a veces lluvia, a esta tierra transfretana, pero también contribuyen a la regulación de la temperatura. En días como hoy, de mediados de diciembre, la temperatura se mantiene casi constante, en los 17 º C. Esta es la temperatura media de Ceuta. Además de las nubes, el mar actúa como un eficaz termorregulador. La enorme masa de agua que rodea a Ceuta tarda en calentarse por los constantes y más cercanos rayos solares veraniegos, pero se da la misma poca prisa en enfriarse cuando la cara boreal de la tierra en la que nos encontramos se distancia del sol.

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Gracias a una extraordinaria conjunción de fenómenos climáticos gozamos en Ceuta de un clima excepcional para el desarrollo de la vida y el pleno despliegue del espíritu y la mente humana. No obstante, la gran generosidad que la naturaleza ha mostrado con Ceuta no ha sido del todo completa. Los suelos de Ceuta son pobres y carecemos de acaudalados ríos o grandes lagos. Nuestra escarpada orografía hace que el agua proveniente de las lluvias torrenciales que azotan en ocasiones a Ceuta se nos escape entre las líneas de piel de Ceuta hacia el mar.

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Ceuta no ha sido un lugar propicio para la agricultura y la ganadería. Nació con vocación de bosque bañado por el mar. A veces me dejo llevar por la imaginación y contempló a Ceuta como un bello remate verde de África que se dobla hacia el Estrecho para acoger en su seno al mar. Es una madre con dos grande hijas, igualmente acogedoras: la bahía sur y la bahía norte. También tiene hijas menores, que son todas las calas que encontramos a lo largo de su estilizada silueta. En mis sueños veo vestida a Ceuta con un manto verde decorado con tiras plateadas que son sus arroyos que vierten al mar.

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Este bosque que era Ceuta estaba habitado por una infinidad de especies animales y de aves. Los mares que la rodeaban regurgitaban vida. Debían ser frecuentes el avistamiento de ballenas, delfines, tortugas marinas y atunes perseguidos por grupos de orcas. De este paraíso terrenal y marino  poco ha llegado hasta nuestros días. Cuando todavía su fuerza era visible, los primeros pobladores de Ceuta debieron quedarse fascinados por el exultante poder de la naturaleza. Comenzaron así el culto a la Gran Diosa Madre y ubicaron aquí el árbol de  la vida, cuyos frutos, visible entonces, garantizaban a quienes los probaban la eterna juventud. El mismo Ulises fue tentado por la ninfa Calipso a residir en este paraíso y gozar de la inmortalidad, pero decidido seguir su camino.

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Ulises fue el primero de los hombres acogidos por la naturaleza en esta tierra sagrada y mágica. Tras él vieron romanos, árabes, portugueses y ahora españoles. Con todos ha sido Ceuta amable y generosa, pero injustamente correspondida. Poco a poco al principio, y de manera despiadada en la actualidad, los habitantes de Ceuta le rasgaron su verde manto, la encorsetaron entre murallas y sobre su piel dibujaron calles y construyeron palacios y casas. Del mar extrajeron atunes, caballas y bonitos para producir salazones y salsas de pescado. No obstante, la naturaleza seguía siendo sagrada y así los primeros navegantes y pescadores romanos rindieron culto a la Gran Diosa bajo la figura de Isis.

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Algunos siglos después, durante el periodo paleocristiano, la Gran Diosa Madre pasó a ser llamada la Theotokos, y en su honor mandó el emperador bizantino Justiniano construir una basílica. Por desgracia, la imposición de la ideología patriarcal relegó  a la Gran Diosa, y con ella a la naturaleza, a un papel secundario. Mientras esto ocurría en esta tierra bendecida por los dioses, en el desierto de Arabia, un paraje carente del necesario componente natural, surgió un pueblo belicoso y fuertemente patriarcal que en poco tiempo consiguió extenderse por todo el norte de África hasta llegar a las mismas puertas de Europa y tomar su llave: Ceuta. Desde nuestra ciudad, y utilizando nuestras naves, desembarcaron en la Península Ibérica y la conquistaron, para luego ser ellos mismos conquistados por la exuberante naturaleza del territorio que llamaron Al Andalus. En contacto con la belleza de la campiña cordobesa aplacaron su sed de conquista y empezaron a interesarse por la filosofía, la cultura y el arte.

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                En estos tiempos del califato Omeya de Córdoba, su principal mandatario, el califa Abderraman III, puso sus ojos en Ceuta. Supo apreciar su belleza y su importancia geoestratégica. Como si fuera un valioso tesoro la protegió con una pétrea muralla y la dotó de palacios, mezquitas y hermosos jardines.

                El espíritu combativo de los musulmanes asentados en el sur de la Península Ibérica y el norte de África alentó constantes disputas por el control de ambas zonas, para lo que era vital la posesión de Ceuta. Hammudies, Bargawatas, Almoravides, Almohades, Azafies y Marinies fueron las principales dinastías que gobernaron en la antigua Sebta Madina. En medio de los continuos enfrentamientos entre cristianos, musulmanes, -y entre ellos mismos-, Ceuta se convirtió en la residencia de un nutrido grupo de santos, sabios, astrónomos, matemáticos y filósofos. En el contexto de principios del siglo XIII, los ceutíes seguían celebrando el solsticio de verano y rindiendo culto a la Gran Diosa. Como prueba de ello tenemos la cueva sagrada en la que se practicaron ritos relacionados con la fertilidad, el colgante con la representación de la Gran Diosa y el ídolo de piedra negra.

                Ceuta durante estos siglos de presencia musulmana siguió perdiendo su manto verde y la riqueza de sus aguas continuaron explotándose en las almadrabas e incluso se extrajo el preciado coral rojo.

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A principios del siglo XV la ciudad se había extendido hasta las mismas estribaciones del Monte Hacho. La población fue en aumento y con ella se incrementó el número de calles y barrios. Ceuta era por aquel entonces uno de los puertos comerciales más importantes del Mediterráneo. Por aquí entraban y salían las más variadas mercancías destinadas, respectivamente, al mercado africano y mediterráneo. Pero todo esta actividad comercial, y también la activa vida cultural presentes en Medina Sebta, se interrumpió de manera drástica el 21 de agosto de 1415, fecha de la que se ha cumplido este año el sexto centenario. El caos y la destrucción se apoderaron de las bulliciosas calles de Ceuta. Mientras escribo estas líneas tengo delante los restos de algunas de estas calles y viviendas que fueron expoliadas por los soldados portugueses en esa fatídica jornada. Unos vestigios arqueológicos que han  sido integrados en la magnífica biblioteca en la que me encuentro.

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Una vez tomada la ciudad, lo que apenas les llevo unas horas a las tropas lusitanas, desembarcaron dos imágenes sagradas: la virgen negra de Santa María de África y la virgen blanca del Valle. Ambos colores son los mismos que los de la bandera que blandieron los portugueses al tomar Ceuta y que pasó a ser la de Ceuta. La Gran Diosa Madre volvía a Ceuta como la virgen María.

Los portugueses limitaron el tamaño de la ciudad a la estrecha zona del istmo, abandonando la Almina y los barrios extramuros. Todo el esfuerzo se dirigió a la refortificación de la ciudad y a su defensa ante los continuos asedios efectuados por las tropas musulmanas que nunca se resignaron a la pérdida de su añorada Sebta. Al campo le pusieron puertas y éstas sólo se abrían para cazar, guerrear o recoger leña.

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El periodo más conflictivo fue el que media entre los años 1694 y 1727. Durante el llamado “Sitio de Ceuta”, Ceuta sufrió el mayor y más prolongado asedio de su dilatada historia. Huyendo de las bombas, la población volvió a ocupar la Almina, aunque de manera apresurada. La reocupación de este espacio central de la ciudad se hizo sin un orden preestablecido, pero, al menos al principio, se respetó la orografía y los principales elementos constitutivos del paisaje, como colinas y vaguadas. Cada casa contaba con su pequeño huerto o jardín. Nada quedaba en la Almina del primitivo bosque, pero al menos el paisaje estuvo salpicado del verde de las verduras y de los árboles frutales. Así permaneció la Almina hasta principios del siglo XX, momento en el que arribaron a Ceuta una gran cantidad de personas. Estos emigrantes llegaron aquí atraídos por las amplias posibilidades de trabajo que ofrecía una ciudad en profunda transformación y crecimiento urbano y económico. Estas personas ocuparon con barracas hasta el último intersticio que quedaba libre de construcciones en el centro urbano. La mancha urbana borró la imagen de las sietes colinas que dieron nombre a Ceuta, así como ocultó el cauce de los arroyos que las separaban.

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Una vez terminado el cerco de Muley Ismail, el aspecto de Ceuta era el de una ciudad fortificada. Debió ser entonces cuando el reino de España a alguien se le ocurrió que el mejor uso que se le podía dar a Ceuta era el de penal. Era, además, el medio más económico para conseguir mano de obra barata para proseguir con el mejoramiento de las defensas de la ciudad ante unas escaramuzas enemigas que no terminaron hasta la Guerra de África de 1859-60. El Tratado de Wad-Ras que cerró este conflicto armado supuso la ampliación de los límites de Ceuta hasta el arroyo de las Bombas. Merced a este pacto con el vecino reino de Marruecos, Ceuta incrementó, de manera notable, su superficie forestal.

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En aquella época de finales del siglo XIX, toda la zona que pasó a dominio español se encontraba cubierta de alcornoques de gran valor. Sin embargo, unas décadas después, en los años treinta del pasado siglo XX, la situación de los montes ceutíes había cambiado de forma radical. Así lo hace saber el Ingeniero Jefe de Montes del distrito forestal de Cádiz, Don Enrique Bernal, en un informe relativo a los montes de Ceuta, fechado el día 15 de diciembre de 1932. Decía en este informe el Sr. Bernal que los montes de ceutíes se encontraban rasos. Tan solo quedaban algunos árboles en el Monte de Ingenieros y una superficie de tres hectáreas de pino piñonero en el Hacho “en estado decadente y mal tratados, después de las operaciones de corte allí efectuados y que no debieron consentir”.

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A pesar del desolador panorama que ofrecían los bosques de Ceuta, el ingeniero forestal, al que hemos aludido con anterioridad, concluía su informe diciendo:

Ceuta de emplazamiento excepcional, difícil de ser igualada por ninguna otra, pasa en la actualidad, por una crisis económica de difícil solución, toda vez que terminado por fortuna, para todos la guerra, su importancia militar disminuida, no la tiene más que como población de turismo, pero que ello necesita mejorar, que la hagan acreedora a poseer lo que la naturaleza la dotó y la mano poco previsora del hombre lo hizo desaparecer conducido por ambiciones, que más tarde tienen que pagarlo los que les sucedan; es imprescindible la inmediata reconstrucción de su peladas montañas que obliguen al elemento turista a pernoctar en la ciudad por unos días y puedan contemplar desde lo alto de sus montes, una de las vistas más extraordinariamente hermosas y de colorido, y puede ser objeto de que dicha ciudad en sus deseos de tener la importancia que merece, dichos momentos puede ser objeto de exportarlo, creando un verdadero Parque Nacional”.

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Emociona leer estas palabras laudatorias sobre Ceuta y su naturaleza, ultrajada  por “la mano poco previsora del hombre” y su incontenible codicia. Aquel ingeniero, el diputado Tomás Peire y toda la corporación municipal apoyaron de manera unánime la reconstrucción de los montes de Ceuta y la posterior conversión  de la ciudad en un Parque Nacional. De este modo, los montes ceutíes fueron incluidos en el catálogo de Montes de Utilidad Pública en el año 1934 y se llevaron a cabo las repoblaciones previstas, pero una especie tan poco aconsejable como el eucalipto.

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Aquellos políticos ceutíes de la II República Española fueron capaces de apreciar una de las posibilidades latentes de Ceuta: el convertirla en un frondoso bosque merecedor de ser declarado Parque Natural. Se puede decir que Ceuta nació con esta vocación de bosque sagrado en el que sus árboles eran la residencia de ninfas, dríades y  hamadríades.

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En muchas ocasiones me imagino paseando entre los árboles del bosque que fue Ceuta deleitándome con el melodioso canto de los ninfas; oliendo sus fragancias; tocando las calientes cortezas de los árboles; sintiendo la presencia de la Gran Diosa; bebiendo de los manantiales y comiendo los frutos del bosque.

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Siguiendo el consejo del ingeniero Don Enrique Bernal he subido al Monte Hacho para contemplar “una de las vistas más extraordinariamente hermosas y de colorido”. Me mirado a Ceuta como el astuto zorro recomendó al Principito de Antoine de Saint-Exupéry: con los ojos del corazón. Y he vuelto a ver a Ceuta con su vestido verde y sus trazos de plata líquida.

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Dijo Víctor Hugo, “tal y como uno hace su sueño, uno hace su vida. Nuestra conciencia es el arquitecto de nuestro sueño. El gran sueño se llama deber”. Yo construyo mis sueños tomando como materia prima los amaneceres y atardeceres, el firmamento estrellado, las nubes viajeras, la intensa luz, el mar embravecido y calmado, las rocas frías en invierno y calientes en verano, los árboles, las aves, los animales y mis semejantes. A partir de todos ellos pongo en pie mi alma y me elevo lo más posible hacia los altos reinos del Olimpo y del Parnaso.

Mi gran sueño y mi principal deber es desvelar el genio latente de Ceuta y hacerlo realidad.

ENTRE GAVIOTAS Y GRAJOS

Ceuta, 8 de diciembre de 2015.

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El pasado domingo mi padre me enseñó un pequeño pinar localizado sobre una pequeña elevación del Monte Hacho. Me quedé impresionado de las extraordinarias vistas que podían captarse desde ese lugar. Hoy he venido antes de que saliera el sol, casi de noche, para tomar unas fotografías.

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Luego he bajado hasta un coqueto mirador para contemplar el amanecer. Justo desde el punto en el que el rojo del alba alcanza mayor intensidad, unas nubes abigarradas avanzan a gran velocidad hacia donde me encuentro. El eco hueco de los graznidos de las gaviotas se escucha de fondo, así como también se aprecia el ligero, pero constante, murmullo del mar. A esta altura suena como una cascada o fuente acaudalada.

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En apenas un minuto veo el sol ascender entre dos franjas de nubes para volver, de nuevo,  a su escondrijo nuboso. Ya no lo atisbo, pero su luz, hoy de tonalidades anaranjadas, colorea el mar. Las nubes se dirigen hacia Ceuta y, si continúan su trayectoria, pronto contemplaré el rostro del Dios Apolo.

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El dominio del cielo se disputa entre las gaviotas y los grajos. Los primeros tienen su cuartel general sobre el mar en Punta Almina. Y los grajos se arremolinan sobre los vetustos muros de la fortaleza del Hacho. Bajan hasta la cala del Desnarigado, pero no se atreven a adentrarse mucho en el mar.

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El sol, mientras se eleva, pinta líneas en el cielo.

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La sombra luminosa del sol se proyecta sobre el mar y yo decido regresar.

AMANECER EN LA PLAYA HERMOSA

 

Ceuta, 7 de diciembre de 2015.

Hoy va a ser un día nublado. Son las 7:30 h y el firmamento está oculto tras unas nubes viajeras. No son demasiado espesas, permitiendo ver el brillo de la luna. Del satélite de la tierra apenas es visible el 16 %. Dentro de dos días entraremos en la fase de luna nueva.

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He estado dudando si bajar o no a playa Hermosa para contemplar el amanecer. Al asomarme por la ventana y al observar el cielo rosa me he vestido a toda prisa y, casi corriendo, he tomado el camino que me ha llevado hasta aquí. Porque aquí estoy, de nuevo en la playa Hermosa para disfrutar de la aurora.

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El espectáculo comienza y me siento como un crítico teatral. Me sorprende que para una obra divina como el amanecer haya tan poco público, hasta las gaviotas parecen hoy ausentes.

El decorado es extraordinario. Grandes piedras han sido situadas delante del escenario no para impedir la visión, sino para darle dramatismo a la representación. Sin ellas la escena sería demasiado plana e insípida.

La banda sonora está interpretada por el mar que, en este día de levante, ha subido el tono para la escuche bien.

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El actor principal se hace esperar. Una cortina blanca y traslúcida permite adivinar su cuerpo redondeado. Viste de rojo en su pantalón y de amarillo en su blusón. Se desnuda sin pudor, oculto tras el biombo de las nubes, para mostrar su pecho luminoso. Es el gran corazón de la vida que acelera también el mío. La desnudez del sol es símbolo de pureza, verdad y belleza.

Hoy el espectáculo va a ser un teatro chinesco de sombras y luces. Me divierte y entusiasma la representación. Lentamente el sol se va poniendo de pie y abriendo sus brazos en forma de rayos.

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Empieza a ver su rostro. Es suave y delicado. Tan hermoso es que tengo que retirar la mirada. Me ciega su belleza y majestuosidad. Quiero besar y acariciarlo, pero sé que me quemaría los labios y las manos. Prefiero que sea él quien lo hago.

El sol ya no hace pie en el horizonte. Se ha elevado varios metros y yo intento acompañarle en el ascenso. Mi cuerpo terrenal me lo impide, por lo que le sigo con mi alma. Me doy cuenta de que mi mente quiere ir más rápido que mi alma y el sol. No es buena tanta prisa. La naturaleza tiene un ritmo mucho lento. La Musa Terpsícore nos invita a la contemplación, la percepción, la reflexión y la realización armoniosa y equilibrada. Una vida lograda depende en gran medida de nuestra capacidad  de escuchar el canto de la naturaleza interpretado por las Musas y dirigido por Apolo, el gran Dios Sol.

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Hoy, como ayer,  una agradable sensación de plenitud y bienestar inunda mi cuerpo. La presencia del sol me reconforta. Su luz ilumina mi alma e inspira mi mente. No me siento un extraño en esta playa Hermosa. El mar me acoge y da muestras de alegría por tenerme aquí salpicando mi rostro. La luz blanquecina del sol cubre la superficie marina y se confunde con el blanco de la espuma del mar.

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Hoy el sol no tiene previsto quitarse su velo blanco. No va ser un día de contrastes, sino de colores neutros, de meditación y también de acción. Tanta basura a mi alrededor me indigna. Seguiré actuando como un guardián de la vida, convencido de mi misión.

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EL SENTIDO DE LA ETERNIDAD

Ceuta, 5 de diciembre de 2015.

 

Estoy sentado en los últimos peldaños de la escalera que conduce a la playa Hermosa. En el cielo siguen brillando, aunque con fuerza menguante, Venus, Marte, la luna y Júpiter.

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Las nubes se mueven a una velocidad muy lenta. Forman estratos difuminados por los que los rayos del sol intentan de manera infructuosa colarse para iluminar este nuevo día. Mientras lo  hacen, pintan de rosa y naranja el difuso horizonte.

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El viento sopla con intensidad y arrastra a tierra frío y humedad. Este viento inquieta a las gaviotas que vuelan a gran altura sobre mi cabeza. Algunas de ellas, demostrando gran coraje y valentía, se enfrentan al viento que recompensa su atrevimiento con planeamientos magistrales.

El mar está encrespado. Su enfado va en aumento. El influyo de la luna lo tiene loco.

El tiempo parece lentificarse cuando contemplo el amanecer. Me mantengo expectante ante la salida del sol. Las nubes se van resquebrajando ante el impulso del astro rey. Una intensa luz roja ilumina el horizonte como si fuera un enorme foco de luz ultravioleta. Mientras que el sol tizna de rojo el horizonte, colorea el cielo de amarillo.

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El espectáculo es fascinante y emocionante. ¡Qué belleza más sublime tengo ante mis ojos! MI mirada está fija en las nubes. El amarillo de las nubes superiores es cada vez más intenso. El sol está a punto de tomar altura suficiente para superar la barrera de unas nubes que en este instante parecen empujados por el poder del sol. Ya no queda ningún rastro de la noche, con la única excepción de la luna. EL cielo ha adquirido su habitual color celeste.

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Siento frío. Espero con ansiedad al sol para que caliente mi cuerpo. Pero tendré que esperar. Nubes procedentes de oriente han llegado de refuerzo para retrasar la aparición del sol. No obstante, los rayos del sol encuentran una rendija por la que colarse y proyectan un ancho haz de luz sobre el mar.

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¡Por fin ha llegado! Son las 8:45 h y el sol irrumpe con fuerza. Agradecido por mi paciente espera lo primero que ha hecho ha sido proyectar sus rayos hacia la escalera en la que me encuentro. En señal de respeto me he levantado y estirado los brazos para sentirme abrazado por el sol y la naturaleza. Ha sido un acto inconsciente. Me he sentido como uno de los antiguos adoradores del sol.

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Me siento alegre, feliz y lleno de vitalidad. Mi cuerpo empieza a sentir el calor del sol. Doy gracias a la vida por este momento de gozo que me hace llorar de alegría.  Gotas de lágrimas resbalan por mi rostro, al mismo tiempo que sol llora rayos espectrales sobre el mar. La sincronía entre la naturaleza y mi alma es cada vez más cercana. La voz de la naturaleza es cada día más audible para mí. Por primera vez noto que mi voz interior me es ajena, a la vez que familiar. Soy el mismo, pero a la par distinto. Escucho mi voz con una claridad desconocida. No  hay ruido de fondo. Solo el murmullo del mar sirve de hilo musical al  sentido de la eternidad.