EL DÍA MÁS LARGO DEL AÑO

Ceuta, 21 de junio de 2017.

La alegría con la que el sol brilla de la mañana a la tarde nunca se ha cantado”, Henry David Thoreau.

He salido de casa a las 6:10 h. La ciudad duerme, excepto los panaderos de la panificadora “El Molino”. Al asomarme a la Rocha me encuentro con dos musulmanes que pasean después de acudir a la mezquita para rezar en este día que se aproxima al final del mes sagrado del Ramadán.

Sobre el cielo cuelga la luna, de la que apenas asoma una uña de luz. Aparece y desaparece entre las nubes, como también lo hace la brillante Venus.

A paso firme y decidido avanzo por la senda de circunvalación del Monte Hacho. Son las 6:35 h y la salida del sol comienza a percibirse. Las aves entonan un rítmico cantar en el que varios coros se turnan como entornar sus melodías. Este canto llega a mi alma para alegrarla y convencerme de que ha merecido la pena el madrugón.

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A las 7:00 h llego al fuerte de Punta Almina. La mañana está nublada. Sin embargo, se abre un claro junto al horizonte para que pueda contemplar el amanecer. El sol emerge como una gran bola incandescente. El efecto de las nubes hace que el astro rey vista los colores amarillo y gualda de la bandera de España. En su ascenso vuelve a ocultarse tras las nubes creando unos llamativos y hermosos haces de luces rojizas que se reflejan sobre el gris mar.

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No hago otra cosa que gozar del espectáculo que me dedica la naturaleza. No veo a nadie más presenciando la llegada de la luz solar a la tierra.

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Subo hasta el Baluarte de Málaga de la fortaleza del Hacho. Nada más sentarme a escribir escucho el toque de corneta que llama a los soldados a formar en el patio de armas. El sol ha ganado altura y alcanza la cima de la ciudadela fortificada.

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Me dirijo ahora al Baluarte de San Antonio. Para llegar hasta allí tengo que atravesar un camino semiabierto entre pinchudos zarzas que me dejan las primeras completamente arañadas. Y hablando de arañas. Éstas han echado sus telarañas en distintos puntos del camino. Voy con cuidado, ya que al salir del fuerte de Punta Almina me he llevado por delante un enorme telaraña que ha manchado mis gafas.

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A las 20:45 h me acerco al mencionado baluarte. La providencia quiere que este instante se abra un claro entre las nubes para que el sol ilumine la senda. Mi sombra marca la dirección del haz de luz que incide directamente en la zona donde hace dos años encontré un santuario dedicado a la Gran Diosa. Allí hallé una gruta artificial con dos cámaras. La inferior, de planta elíptica, está orientada, precisamente, al eje que dibuja la llegada del sol a Ceuta en la mañana del solsticio de verano, es decir, en un día similar al de hoy. Me ha resultado muy emocionante comprobar que mi intuición de hace dos años era cierta. No sabemos exactamente cuándo ni quiénes descubrieron que la superar el sol el Hacho en el día del solsticio de verano sus rayos incidían en un punto concreto de la Almina.

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Pasados unos minutos la franja de luz solar se ensancha hasta cubrir toda la península de Ceuta, concentrando ahora su fuerza en la zona de la subida del Morro. La luz rasante de estas primeras horas de la mañana perfila y resalta las calles que miran a Oriente. Desde aquí destaca la histórica calle de Juan I de Portugal, lugar en el que el 21 de agosto de 1415 se libró una decisiva batalla que permitió la conquista de la ciudad por los portugueses. Tomada la puerta que se encontraba a la entrada de esta calle, el gobernador de la ciudad dio la orden de abandonar Sebta.

Torre del Heliógrafo

Torre del Heliógrafo

Cuartel de la Reina, actual campus universitario de Ceuta

Cuartel de la Reina, actual campus universitario de Ceuta

Vista Ceuta desde esta altura el caos urbanístico es aún más apreciable. De la ciudad que a toda prisa tuvieron que huir los habitantes de Ceuta en 1415 apenas quedan vestigios históricos. Diviso desde aquí la torre del Heliógrafo y los baños árabes, así como algunas calles que debieron ser abiertas en aquellas fechas. Lo demás, quitando el restaurado cuartel de la Reina y los edificios de la Maestranza de Ingenieros, son inmuebles de los siglos XX y XXI. Me entristece que los ceutíes hayamos sido tan pocos cuidadosos con nuestro patrimonio natural y cultural. Cuesta reconocer el esplendor que tuvo Ceuta en la antigüedad y la Edad Media.

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Desde la antigua puerta de Ceuta de la fortaleza del Hacho bajo hasta la torre del Heliógrafo y la iglesia del Valle. Llego unos minutos antes de que acabe la misa impartida por el Padre Cristóbal. No puedo apartar la vista de la imagen de la Virgen de Valle. Veo en su rostro, iluminado por el sol que entra filtrado por las vidrieras, a la Gran Diosa, la misma que en distintos momentos de mi vida se me ha presentado como la diosa Isis o Aicha El Bakhia.

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Precisamente llevo un buen rato sentado en el mismo banco sobre el que hace dos años fotografíe el betilo hermafrodita. Delante de mí tengo el solar en el que encontré el exvoto de la Gran Diosa y la gruta sagrada en la que se practicaron ritos relacionados con la fecundidad y el culto al sol en el día del solsticio de verano. La gruta parece que sigue ahí, aunque bastante desfigurada. Las obras de construcción comenzaron hace algunas semanas. Ahora están perforando el perímetro del futuro edificio. A veces pienso que no hice lo suficiente para evitar que destruyan este santuario.

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En mi recorrido por el paseo de la Marina me detengo a la sombra de la estatua de sabio Rabí Yosef Ben Yehuda. A su espalda encuentro una perla que representa la sabiduría que aportan el estudio y la reflexión. El sol simboliza la razón, al igual que la luna a la intuición. Ceuta fue en los tiempos de Ben Yehuda una ciudad de una fructífera erudición. Confío en que el tiempo de dedicación al estudio regrese para situar a Ceuta en el lugar que merece.

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El sol pega con gran fuerza. Pasan veinticinco minutos del mediodía. El calor empieza a ser intenso. Voy a acelerar el paso para llegar a la playa de Benitez. No obstante, me veo obligado a hacer una parada delante del lugar donde hace veinte años tuve mi primer contacto con la Gran Diosa. En el solar que ahora ocupa el edificio Atlante hallé, durante una prolongada investigación arqueológica, una inscripción votiva dedicada a la diosa Isis. Entonces no comprendí el alcance de este hallazgo arqueológico. La magia de la esposa de Osiris me ha acompañado siempre, aunque no la percibí hasta hace algunos años.

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En días como el de hoy siento cómo la Gran Diosa marca mi camino y me conduce a los sitios que ella desea que visite. La diosa me lleva ahora al Santuario de Santa María de África. Este lugar está cargado de poder espiritual. Pienso que bajo sus cimientos se esconde el templo dedicado a Isis. Los portugueses edificaron este templo a mediados del siglo XV siguiendo la simbología de la alquimia, símbolos que quedaron ocultos tras el retablo que alberga a la imagen de Santa María de África, otra diosa negra  como la misma Isis. Ninguna de estas visitas que he mencionado estaba prevista en el itinerario que había diseñado durante los días previos a la realización de este proyecto.

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Cerca del santuario de la Virgen de África se localiza el puente de Cristo. Me he acercado a mostrar mi respeto al cristo del Humilladero que protegía a los habitantes de Ceuta que atravesaban la puerta que llevaba al campo. Este puente sirve para superar el foso marítimo de las Murallas Reales.

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Al otro lado del foso se ubican los Jardines de la República Argentina, en cuyo centro estuvo durante muchos años la Sala de Arqueología desde la que se accedía a la compleja red de galerías subterráneas excavadas entre finales del siglo XVII y la primera mitad del XVIII.

Sigo por el camino que conduce a la antigua Estación de Ferrocarril. De manera casual me encuentro con mi amigo Pepe Navarrete que me invita a su casa para recoger el último número de la revista Alcaudón. Aprovecho la ocasión para mostrarle una foto  de una rapaz que observe esta mañana al asomarme a la cima del Monte Hacho. Se trataba de un ejemplar de águila calzada.

…A unos metros de distancia de la Estación de Ferrocarril hallo el cerro sobre el que en el siglo XIX construyeron la batería de Punta Negra. Este cerro estuvo muchos siglos bañado por el mar.

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Cuando llego a la playa de Benitez son cerca de las 14:00 h. El sol ha alcanzado su máxima altura y hace un calor sofocante. Tengo mucha sed por lo que me paro en el bar “Juan y Rosi” a tomarme unas refrescantes cervezas acompañadas con unas riquísimas tapas de bonito, atún y choco frito. Una vez refrescado por dentro sólo queda darme un buen chapuzón en la playa. Por suerte encuentro una sombrilla libre y a su sombra me pego una agradable siesta. Al levantarme decido tomar un baño, pero tengo la mala suerte de pisar una medusa, lo que me provoca un gran escozor y la inmediata inflamación de uno de los dedos del pie izquierdo. Espero que este contratiempo no dificulte mi misión y llegue hasta mi próximo destino que es el arroyo de Calamocarro.

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…He tardado una hora en llegar al arroyo de Calamocarro. Entre la caminata y el calor he llegado algo exhausto a este bello lugar, así que lo primero que he hecho ha sido buscar una zona lo suficientemente profunda para pegarme un baño. Aquí no hay peligro de que me pique una medusa. El agua está muy buena. Tras el baño me siento a escribir a la sombra de las adelfas. A esta hora de la tarde toda la vegetación adquiere unos vivos colores que contrastan con el azul del cielo. La calma es absoluta. Mis oídos gozan con el sonido del agua que aún lleva el arroyo. Una pareja de mirlos han venido a observarme y permanecen ocultos tras las zarzas. A veces se hacen notar con sus alegres cantos.

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El sol se dirige hacia Occidente, aunque falta un rato para su definitivo declive. Pronto iré a verle para despedirme de él en este día tan especial y mágico. Mientras tanto seguiré paseando por el arroyo para deleitarme con su belleza.

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Intento llegar hasta el pino centenario existente al final de este primer tramo del arroyo, pero el gruñido de un animal que podría ser un jabalí me hace desistir de mi propósito. De modo que retrocedo hasta llegar a un hermoso alcornoque. Busco un sitio cómodo para sentarme a escribir y doy con un escalón que parece haber sido hecho por la naturaleza para que pudiera hacerlo. No es hasta que me siento cuando me doy cuenta de que no estoy solo. Un sapo moruno me acompaña. Apenas un metro nos separa y, sin embargo, el sapo permanece impasible ante mi presencia. Parece que estoy viviendo un cuento de hadas. El escenario invita al despliegue de la imaginación. Gracias a su ayuda contemplo las manos del alcornoque con los brazos de una dríada y a sus hojas verdes como sus cabellos mecidos por la suave brisa. El sapo podría ser el amante de la ninfa que espero pacientemente a que vuelva la noche para que los dos enamorados paseen su amor en esta noche mágica del solsticio de verano. Por este motivo no se mueve de aquí, a pesar de la corta distancia que nos separa. Bajo ningún concepto quiere dejar sola a su amada. Creo que sospecha que yo también me he enamorado del alma de este alcornoque al que han despojado de su acorchada piel.

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El sol, en su descenso, enciende las hojas del árbol que en otros momentos son los cabellos de la ninfa. Es curioso que el sapo no se inquiete mi presencia, pero al escuchar un leve ruido entre el follaje parece que se prepara para emprender la huida. Podría ser un depredador que se ha percatado de su ubicación en una zona despejada.

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La caída el sol detrás de la colina que delimita al oeste el arroyo hace que la luz del cauce y de las adelfas comience a apagarse. Aún la vertiente oriental del arroyo permanece iluminada, lo que me permite observar los colores del atardecer. Siguen siendo verdes los arbustos y las hojas de los árboles, así como rosas las flores de las adelfas, pero percibo una tonalidad dorada que lo envuelve todo. La naturaleza se prepara para recibir a la noche. Lo hace con alegría, con la misma con la que yo siempre he recibido los atardeceres en los días de verano. Una combinación de fragancias impregna el ambiente. Noto el frescor del agua que cae de las pequeñas cascadas junto a las que estoy sentado escribiendo. Se agradece esta temperatura después del tórrido día con el que hemos inaugurado el verano.

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Abandono el arroyo de Calamocarro y me dirijo a mi último destino: Punta Blanca. Llego allí a las 20:50 h. Todavía resta algo mes de una hora para el atardecer. Aprovecho este rato para acercarme a Benzú y tomarme un buen bocadillo de pinchitos y un vigorizante té moruno. Ambos me sientan fenomenal. El cansancio acumulado en el cuerpo tras doce horas de caminata se ha disipado en parte. Mi ánimo se eleva al mismo tiempo que desciende el sol en el Estrecho de Gibraltar.

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Según voy llegando a Punta Blanca me fijo en que mi sombra toma la dirección prevista. El sol incide en el santuario que descubrí hace dos años en la calle Galea.

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El cielo se vuelve de un intenso color dorado y naranja. El ahora estrecho haz de luz solar pasa por encima del peñasco marino más septentrional de las llamadas “Tres piedras”. ¿Podría ser que cada una de estas piedras sirvieron de referencia para indicar la llegada de las tres principales estaciones del año, es decir, la primavera, el verano y el invierno? Mientras pienso en esta idea con la vista puesta en el arrecife costero, sucede algo inaudito, misterioso y mágico. Veo llegar hasta los peñasco a cientos de gaviotas que vuelan rozando el mar y terminan posadas en las tres piedras. Allí permanecen quietas y mirando al sol mientras que éste se oculta detrás de la punta de Tarifa. Me quedo sorprendido por este gesto de respeto que las aves dedican al sol. Puede que el gran descubrimiento hecho este día sea constatar que las gaviotas practican ritos solares en el día del solsticio de verano. Estas mismas aves vuelan de manera frenética y emiten profundos graznidos en el momento del amanecer de la luna llena. La naturaleza guarda secretos que sólo desvela a quienes la quieren, admiran y reverencian.

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Una observación atenta y poética de la naturaleza abre las puertas a una dimensión mágica de la realidad. Los griegos poseyeron esta visión que alimentó una cosmovisión poblada de dioses, diosas, náyades, dríadas y ninfas.

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Deseo tomar nota de los pensamientos que me ha inspirado el instante mágico del atardecer en el día más largo del año, pero no encuentro mi libreta. Vuelvo a Benzú para comprobar si la he dejado en el cafetín donde he cenado, pero allí no está. Entonces caigo en que, con las prisas, he podido dejármela en el arroyo de Calamocarro. Es muy tarde para ir a buscarla.

Cojo el autobús que me lleva al centro de Ceuta. Aparezco en la casa cuando pasan diez minutos de las 23:00 h. Me ducho y me acuesto después de charlar un rato con Silvia.

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A la mañana siguiente me levanto temprano, a las 7:15 h. Quiero ir cuanto antes al arroyo de Calamocarro a buscar esta libreta. Nada más entrar en el arroyo se cruza en mi camino un sapo moruno. ¿Podría ser el mismo que ayer custodiaba el árbol de su amada ninfa? Por suerte encuentro mi libreta. Su solapa plástica está impregnada de gotas de rocío. Imagino que las criaturas de la naturaleza han escrito esta noche en ella con letras mágicas su futuro contenido que yo sólo tengo que repasar con mi bolígrafo.

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Escucho voces procedentes del interior del arroyo. Bajo el alcornoque en el que ayer estuve acompañado del sapo moruno encuentro a mis amigos Pepe Navarrete y Pepe Peña que están anillando aves con fines científicos. Volveré pronto a visitar a este árbol mágico. Tengo todo el verano por delante.

CONTEMPLANDO EL INFINITO BAJO UN HIGUERA

Ceuta, 7 de junio de 2017.

Aprovechando que hoy tengo el día libre en el trabajo, he salido con dirección al campo. Hace algunas semanas me planteé el proyecto de ampliar mi zona habitual de exploración que es el Monte Hacho. En los últimos días he visitado en varias ocasiones el arroyo de Calamocarro y sus inmediaciones. También he estado en el camino entre los fuertes neomedievales. Hoy deseaba recorrer el entorno del embalse del Infierno.

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He dejado el coche cerca del complejo del complejo rural “Miguel de Luque”. Justo al lado de sus puertas se abre un camino que conduce directamente al embalse por su lado norte. De esta primera parte de la senda lo que más me ha llamado la atención es un alcornoque centenario de una belleza fuera de lo común. A cierta distancia se inicia un estrecho sendero que sigue el camino del arroyo del Infierno. He seguido este camino hasta llegar a un apartado rincón al que he llegado atravesando un pasillo abierto entre las zarzas. Al final de esta senda me ha recibido un espléndido alcornoque y una hermosa adelfa. A los pies de este alcornoque discurre aplacible el arroyuelo.

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Me he sentado en punto en el que, de manera más nítida, se escucha el sonido del agua. Un agua clara y transparente…La luz se filtra entre las ramas de los árboles creando un bello juego de luces y sombras enriquecidas con el propio reflejo inquieto del arroyo.

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A pesar de la belleza de este lugar no puedo permanecer mucho tiempo aquí. Los mosquitos me están picando por todos lados y resulta muy difícil escribir en estas condiciones.

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El camino de vuelta lo hago despacio, fijándome en todos los detalles. Un hermoso arbusto de flores rojas ha llamado mi atención. Al acercarme me he percatado de la presencia, unos metros más arriba, de un alto y extenso muro. Siguiendo un camino de cabras he podido llegar hasta este vestigio histórico y fotografiarlo de cerca.

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Desde este punto se divisa la torre medieval de la loma del Luengo, así como algunas antiguas edificaciones que pronto iré a visitar. Todos estos barrancos, cercanos a cauces de agua, estuvieron ocupados en época medieval. Encuentro también cerca de una presa algunos fragmentos de cerámica y restos de algunas estructuras de difícil atribución cronológica y cultural.

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Cuando faltan algunos metros para llegar a la  pista que rodea el embalse del Infierno me he topado con una hermosa higuera, a cuyos pies hay una piedra que me invita a sentarme. No podía rechazar el ofrecimiento de la higuera. Tengo mucho aprecio a este tipo de árbol mágico. No hace muchos días he tenido un abierto enfrentamiento con el Consejero de Medio Ambiente a cuenta de la tala de una higuera con muchísimos años de antigüedad.

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Esta higuera, con la que ahora converso, es de una belleza tremenda. No es muy alta. La rama más elevada no supera los dos metros. Unas ramas que se extienden hacia Occidente y Oriente, aunque con preferencia por esta última dirección, como si buscara con desesperación el agua que discurre por el arroyo cercano. Su piel es blanca con la luna nublada y sus hojas de un verde muy intenso. El tacto de las ramas es arenoso, mientras que el de sus hojas resulta rugoso…Acaricio a esta higuera como a un ser querido con el que uno se reencuentra después de un largo distanciamiento. Esta hospitalaria higuera ha dejado también una piedra en la sombra para que pueda escribir de ella con comodidad.

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Me detengo a observar sus embriagadores frutos que tanto gustaban a los sincofantes griegos. Algunos de ellos ya están maduros. Me dice la higuera que me lleve algunos de sus higos para que pueda disfrutar de su sabor. Le agradezco el gesto y acepto su ofrecimiento. No quiero parecer desagradecido.

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Me vuelvo a sentar en la piedra junto al camino para disfrutar de la dulce y fresca fragancia de la higuera y del canto de las aves. De fondo escucho el penetrante zumbido ocasionado por las abejas y otros insectos polinizadores. Veo pasar a mi lado diversas especies de mariposas, entre las que destacan las bellas monarcas.

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…Una ligera brisa de levante penetra por el arroyo refrescando mi cuerpo y haciendo más agradable este rato en el que hemos estado conversando esta higuera y este humilde caminante. Estoy seguro que muchas personas han pasado delante de esta higuera, pero ninguna le ha prestado atención. A mí me complace ser uno de estos escasos afortunados que pueden mantener una conversación sincera con la naturaleza y, en especial, con los árboles. Ellos me acogen como uno de los suyos, y me hacen participe de la magia que me rodea. Experimento uno esos momentos en el que nada existe, excepto yo y la naturaleza. No hay diferencia entre mi interior y el exterior que me acoge. Apenas siento muy cuerpo y mi mente está limpia de preocupaciones.

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El cielo está cielo y percibo la inmensidad del universo. Tras este cielo celeste se oculta una oscuridad impenetrable y un frio extenuante. Sin embargo,  rodeando a la tierra es posible imaginar una aurea divina, una anima mundi cargada de vida que penetra hasta los más profundos estratos de la tierra. En este planeta podemos respirar aire puro; refrescarnos con el viento y calentarnos con los rayos del sol; beber agua y comer los frutos que nos regalan los árboles frutales, como la higuera a la que ahora acompaño. Podemos disfrutar de la belleza de los paisajes, de la fragancia de los bosques, del sabor de la fruta, del sonido de las aves, del tacto de las plantas y los árboles. Podemos sentir el amor hasta el punto de emocionarnos y trascender nuestra mortal condición humana. Podemos pensar, imaginar, actuar y dejar un legado imperecedero para las próximas generaciones. Una palabra escrita, una frase afortunada, un libro memorable, pueden alentar a los demás a completar y perfeccionar el plan divino ideado por los dioses y dioses.

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Es posible también escuchar a las musas y seguir sus indicaciones. Es posible dejarse llevar por el momento de inspiración y agotar hasta la última gota del néctar que nos ofrece Ganímedes. Esta higuera me tiene hechizado y atrapado bajo sus ramas. No quiere dejarme ir. Me levanto y me vuelvo a sentar para descansar la espalda tensada por el ejercicio de la escritura.

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Me pregunto si este mundo es real o, como defienden algunas teorías, un complejo holograma creado por una inteligencia superior. No tengo una respuesta para este cuestión,  pero lo que sí sé es que cada uno creamos nuestra propia imagen del mundo. Por eso es importante que confiemos en nosotros mismos y expresemos, con libertad y sinceridad, la que percibimos, sentimos y pensamos. Si lo hacemos poco a poco iremos descubriendo por nosotros mismos que el amor por la vida y por la naturaleza nos abre la puerta a la verdad y nos hace dignos de apreciar y disfrutar de la belleza. Todo está contenido entre nuestro interior. No tenemos que ir muy lejos para hallar el amor, la sabiduría y la felicidad. Sólo hay que aprender a escuchar nuestra voz interior y ser leales a los que somos. Podemos vivir una vida larga y superficial, o una vida corta, pero profunda.

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…..El viento de levante empieza a mover su rebaño de nubes blancas. Es posible que en poco tiempo todo el cielo esté cubierto de nubes. Así de cambiante es el tiempo en Ceuta.

VISITA A LA EXPOSICIÓN DE MARIANO BERTUCHI

VISITA A LA EXPOSICIÓN DE MARIANO BERTUCHI

Ceuta, 2 de junio de 2017.

 

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Esta mañana tenía cosas que hacer en el centro, así que no he salido al campo. No por ello he dejado en la casa la máquina fotográfica y la libreta. Deseaba recorrer el casco urbano de Ceuta siguiendo a las golondrinas y los vencejos. A estas maravillosas aves les gustan los días nublados y los sitios sagrados. Llevo tiempo observando que suelen estar sobrevolando los templos ceutíes. A diferencia de los humanos, las aves siguen siendo capaces de identificar los lugares de poder.

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Mi recorrido me ha llevado hasta las Murallas Reales. Tenía interés en visitar la exposición sobre Mariano Bertuchi que puede verse en el Revellín de San Ignacio. Nada más entrar he visto a mi querida amiga May Gómez Carracao que, junto a su compañera Isabel, trabaja de guía en la muestra del genial pintor granadino. Los primeros paneles y fotografías me permitieron apreciar que estaba ante una exposición muy bien diseñada, tanto en los aspectos externos como en el contenido de los textos.

Resulta sorprenderte la precocidad de Mariano Bertuchi como pintor. Puede verse en la exposición una fotografía de Bertuchi, con apenas cinco o seis años de edad, sentado delante de un caballete y pintando sus primeras obras. Desde muy joven sintió un vivo interés por las escenas norteafricanas, seguramente influido por los paisajes andalusíes de su Granada natal. No cabe duda que su destino estaba unido al territorio transfretano.

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En sus comienzos resulta evidente la influencia de Velázquez, de cuyas pinturas hace algunas brillantes reproducciones que es posible contemplar en esta exposición. Sin embargo, al llegar a Tetuán se queda prendado de la luz, los colores, los paisajes y los personajes que pululan por la capital tetuaní. No conozco ningún otro pintor que haya sido capaz de captar con tanta maestría la intensidad de la luz del norte de África y la viveza de los colores de los que podemos disfrutar en estas tierras.

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Reconozco ese verde intenso tan habitual en la región de Tetuán y Ceuta tras las lluvias invernales, los ocres del entorno de los morabitos aislados en el paisaje y los juegos de sombra que identifican a los zocos de Tetuán cubiertos por las enredaderas.

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Bertuchi amaba los paisajes diurnos, pero no se sentía menos atraídos por la magia de las noches norteafricanas. Los habitantes de este territorio sabemos lo que se experimenta al contemplar esa tenue luz crepuscular que, lentamente, va cubriendo con un velo oscuro los paisajes y los edificios de nuestras ciudades. Los cuadros de un cafetín durante la noche y de una cena al atardecer sobre los tejados de una casa tetuaní son espectaculares y conmovedores. Esta imagen hay que acompañarlo con el olor de las especias que se venden en la Medina, del té con su hierbabuena y de los hornos de pan escondidos entre las estrechas calles de Tetuán. No menos importante para completar la escena es recrear en nuestra mente el sonido de la llamada del muecín para el rezo del ocaso y el tacto húmedo del rocío sobre las flores.

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Para los ceutíes resultan especialmente emocionantes los cuadros que Bertuchi dedicó a Ceuta. Reconozco el pino que Don Mariano tomó con elemento principal de su panorámica de Ceuta desde el Monte Hacho y me emociona ver la obra que representa la subida del copo en la almadraba ceutí.

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¡Y qué decir del tríptico dedicado a la industria, la agricultura y el comercio! Son todas imágenes de unas esperanzas que han quedado difuminadas con el paso del tiempo. Poco queda de esta Ceuta pretérita, de la riqueza de unos mares que fueron esquilmados, de esos bellos paisajes agrícolas que rodeaban a los morabitos ceutíes y de ese puerto bullicioso y lleno de vida. Lo mismo podríamos decir de las calles de Tetuán con ese paisanaje tan auténtico y singular que vivían de lo que daba la tierra y acudían a los zocos a vender sus productos agrícolas y sus artesanías rurales montados en sus caballos y burros. Ahora estas mismas calles están atestadas de cachivaches y de imitaciones de zapatillas deportivas. Y aun así uno puede perderse por la calles de la Medina y reconocer algunos de los rincones dibujados por Mariano Bertuchi.

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Me lo imagino con su cuaderno de apuntes emocionado ante la belleza y el carácter sagrado de la Medina tetuaní, sin saber adónde mirar que no hiciera que su corazón palpitara ante tanta hermosura y magia. Su manera de expresar la huella que dejaba en su interior la belleza de las ciudades que visitaba era la pintura. Otros preferimos la escritura, la fotografía, la música, ….Da igual el medio que utilicemos para mostrar la emoción que nos produce esta luminosa región del círculo mágico del Estrecho de Gibraltar. Lo importante es mantener nuestros sentidos despiertos, nuestros corazones ardientes de amor por esta tierra, nuestro compromiso en la defensa de la belleza que nos rodea y el progreso de sus gentes. Mariano Bertuchi lo hizo poniendo todo su genio y destreza en la promoción turística de Ceuta, Tetuán, Chauen, Arcila, Tánger, etc…Han pasado mucho tiempo desde los primeros pasos dados por Mariano Bertuchi en la senda que el mismo abrió para que los visitantes llegasen a estas tierras.

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Espero y deseo que estas breves palabras os anime a visitar esta magnífica exposición sobre Mariano Bertuchi. Yo he pasado casi dos horas que me ha parecido pocas. Volveré. Estoy seguro de ello porque deseo seguir disfrutando de la genialidad de este pintor nacido en Granada, pero con corazón y alma norteafricana.

CÓMO LA NATURALEZA ME HA INDICADO LA EXISTENCIA DE UN YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO

Ceuta, 31 de mayo de 2017.

Quiero aprovechar todas las ocasiones que tenga para salir al campo. Esta mañana he estado consultando en internet la ubicación exacta de un algarrobo existente en la cercanía de la pista de la Lastra. Con esta información en mi poder he salido en dirección a Calamocarro.

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Desde aquí he tomado la pista forestal que con dirección oriental conduce al tiro de Pichón. En el camino me ha parado a hablar con los responsables de los trabajos de desbroce del entorno del tendido eléctrico. Desde Septem Nostra hemos pedido explicaciones a la Consejería de Medio Ambiente sobre esta actuación por la tala de algunos árboles sin justificación alguna.

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Tras esta breve conversación he seguido mi camino hasta el mencionado algarrobo. Por desgracia lo he encontrado bastante deteriorado, aunque sigue vivo.

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He dejado atrás el algarrobo para subir por la pista forestal que desemboca en las cercanías del fuerte de Aranguren. Cuando iba a emprender la ardua subida de la empinada cuesta he observado que a mano derecha se abría una estrecha senda que no figura en los planos. Me he adentrado en ella sin saber muy bien adónde conducía. Por suerte me he cruzado en el camino con un ciclista que me ha facilitado las indicaciones que necesitaba.

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Esta senda es realmente bella. He identificado algunas especies de planta que no había visto hasta ahora y he disfrutado de los pinos, -algunos de ellos muy jóvenes-, de los alcornoques, los brezos y las hermosas flores rosáceas de la jara rizada.

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Al poco que iniciarse la bajada que me llevará de vuelta a Calamocarro he dado con frondoso pino que me ha invitado a sentarme junto a él. No podía rechazar su propuesta. Lo observo con admiración y respeto.

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Introduzco con mimo mi dedo corazón bajo su corteza para impregnarlo de su savia olorosa. Me llevo el dedo a mi nariz y me deleito con su aroma. Lo pegajoso de la sangre transparente del pino hace que el bolígrafo quede adherido a mis dedos. El pino desea que no deje de escribir sobre él. Me fijo en su corteza desgajada y su cambiante piel. Una piel que siempre le queda pequeña y que en su lento crecimiento va rompiendo.

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Sus ramas parecen estacas clavadas en su corazón. De ahí que sangre su perfumada savia. Sobre mí cuelgan unas piñas ahora abiertas y vacías. En cuanto a sus hojas, son finas y alargadas como las agujas para la carne. Al caer sobre el suelo forman un mullido colchón natural que invita a sentarse a su vera.

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Una densa enredadera ha colonizado sus ramas y las hunde con su peso. Quisiera liberarlas, pero no dispongo de los medios ni del tiempo para hacerlo. Por desgracia, tanto los seres humanos, como algunos árboles, sufrimos las consecuencias de ciertos pesos externos que nos hunden e impiden nuestro normal crecimiento y desarrollo.

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Al mirar a mi alrededor observo el fragmento de un lebrillo cerámico que bien podría ser medieval. Es muy probable que lo haya arrastrado la corriente hasta aquí desde algún yacimiento arqueológico cercano.

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Remonto la pendiente escudriñando con detalle el terreno y encuentro más indicios arqueológicos que confirman mi sospecha de que estoy próximo a un lugar de interés histórico. Siguiendo el rastro de los fragmentos cerámicos dispersos por una amplia meseta me topo con una gran estructura de planta rectangular.

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El edificio está completamente derruido y cubierto de vegetación. Lo rodeo para comprobar sus dimensiones y su estado de conservación.

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En la pared oriental es posible observar varias capas de enlucido. Resulta muy difícil determinar la cronología de esta construcción, así como su funcionalidad. Los fragmentos cerámicos que he visto a su alrededor parecen de época medieval, pero el tratamiento de las paredes me recuerda al de estructuras de tiempos modernos o incluso contemporáneos. Tampoco sería extraño que este edificio hubiera estado en funcionamiento durante varios siglos.

La estructura que he encontrado, y que seguramente figura en la carta arqueológica de Ceuta, está ubicada en una zona de gran visibilidad y entre dos profundas ramblas. Una de ellas, la occidental, lleva abundante agua. Intento acercarme lo más posible a este cauce natural atraído por un saliente rocoso en la que se abren algunas cuevas.

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Sin duda resulta un lugar ideal para la ocupación prehistórica. En cuanto pueda iré a conocer este sitio tan atractivo e interesante.

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Después de un rato merodeando por este yacimiento arqueológico tomo una vereda que se abre a pocos metros de la estructura arqueológica. Este camino se adentra en el alcornocal que cubre la ladera occidental de esta abierta meseta. Ando entre los alcornoques sin saber muy bien adónde me llevan. A los pocos minutos los alcornoques me dejan frente al pino con el que he conversado esta mañana. Desde luego no es causal que esto haya ocurrido. Este pino ha querido que me parara a hablar con él y que escribiera sobre su hermosa figura. Si no llego a hacerlo no habría visto el fragmento cerámico que me ha permitido descubrir este yacimiento arqueológico visible desde el cielo, según he podido comprobar en el google Earth.

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…El camino que lleva hasta Calamocarro está muy bien marcado. La pendiente descendente cada vez es más marcada. Llego así a un grupo de alcornoques y acebuches entre los que el camino se pierde. No sé muy bien qué dirección tomar. Un cortado se abre cerca de donde estoy y lo voy bordeando. Al final no me queda más remedio que bajar hasta el mismo cauce del arroyo para hallar una ruta segura que conduzca a Calamocarro. Esta circunstancia me permite descubrir un bellísimo bosque de acantos que cubre el cauce del arroyo.

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Andar por el arroyo no resulta nada fácil. El cauce está cerrado por anchas ramas de zarzamoras que arañan mis brazos y traspasan la ligera tela de mis pantalones. Pero aquí no acaban las dificultades. Cuando avanzo unos metros me encuentro con una presa de unos dos metros de altura. No tengo tiempo para deshacer el camino. De modo que me arriesgo a descender por la presa dejándome deslizar por el tronco de un árbol caído sobre el muro.

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Bastante cansado, con algún corte en los dedos y los pies empapados terminó mi aventura de hoy. Volveré a estar lugar, pero no lo haré solo.