BAJO EL INFLUJO DE LA SUPERLUNA

Ceuta, 28 de septiembre de 2015.

Hoy ha tocado madrugar para presenciar el espectáculo del eclipse total sobre una Superluna llena. El despertador sonó a las 3:30 h y a las 3:50 h estaba ya en el mirador de San Antonio. Cuando he llegado a este lugar un grupo de jóvenes miraban al cielo con enorme expectación. También estaba mi amigo José Antonio Sempere con su cámara fotografía dispuesto a tomar las mejores imágenes posibles de la luna enrojecida.

Eclipse sobre Superluna visto desde Ceuta (fotografía de José Antonio Sempere).

Eclipse sobre Superluna visto desde Ceuta (fotografía de José Antonio Sempere).

He montado mi trípode y colocado la cámara de vídeo. La cámara estaba fija, al igual que lo estaban mis ojos enfocados hacia la luna. La imagen se ha quedado grabada en el fondo de mi retina. Cierra los ojos y sigue viéndola. Era gigante y roja como un pomelo. Desprendía una luz tenue y majestuosa. Esta noche ha sido la reina indiscutible del cielo. Junto a ella, pero apenas perceptible, se encontraban Urano y Neptuno. El resto del firmamento estaba plagado de estrellas. Una de las más brillantes, como nunca la había visto, era Sirio: el hogar de Isis.  La Gran Diosa Madre tenía que estar presente en esta noche tan especial.

Durante varios minutos me he sentado en el suelo del mirador y he escudriñado con la mirada un cielo plagado de estrellas. Mis sentidos, despiertos a pesar del madrugón, han captado el rumor de las olas y la humedad de esta noche levantina. Ya a última hora la niebla ha cubierto parcialmente el cielo y ha calado mis ropas y mi piel. Aún siento el frío de la madrugada en los huesos. Pero ha merecido la pena. Este tipo de fenómenos son excepcionales. Forman parte de esas experiencias sensitivas y emotivas que nos acompañarán toda la vida.

Al contemplar el eclipse he entendido la fascinación que debía provocarles a nuestros antepasados.  Para nosotros todo o casi todo encuentra una explicación razonada y razonable en la ciencia. Los avances científicos han traído progreso y bienestar para la humanidad, pero también descreimiento, desencantamiento y desacralización. Los seres humanos nos hemos convertido en una especie desalmada. La luna, los planetas, las estrellas, los animales, el sol, el viento, el mar,…, todos ellos eran símbolos de un mundo suprasensible y la materia prima de los sueños y la imaginación.

Dándole la vuelta a una frase de Victor Hugo, “a cielo bajo, alma baja”. Las estrellas y los planetas son ahora contemplados como simples esferas de materia inerte que rotan y se trasladan por el cosmos siguiendo los dictados de fuerzas gravitaciones mecánicas. Por fortuna están surgidos trabajos serios y rigurosos como los de Richard Tarnas, -véase su obra “Cosmos y Psique”-, que vienen a demostrar que existe una innegable correlación entre el macrocosmos y el microcosmos. Nuestro interior, tal y como también supo ver y explicar Joseph Campbell, no es otra cosa que extensiones del espacio exterior. Hay una clara correspondencia entre lo que sucede en el cosmos y lo que sucede en lo más profundo de nuestro ser. En nuestro universo interior los planetas, que podemos correlacionar con ciertas tendencias psicológicas, se mueven alrededor del núcleo de nuestra alma, se alinean en conjunción u oposición entre ellos y, de este modo, influyen en nuestra percepción, nuestro entendimiento y nuestra acción. La mayor o menor aproximación de la luna afecta por igual tanto a los mares y océanos, como a nuestro propio mar interior. Lo mismo sucede como planetas más alejados de la tierra como Urano, Plutón, Saturno o Neptuno. Cada uno de ellos porta a nuestra vida individual y colectiva un sentido determinado que ha sido objeto de estudio de la astrología desde los inicios de la historia de la humanidad.

El cielo  y la tierra, el cosmos y la psique funcionan en perfecta sincronía. “No existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas”, decía Schiller. De esta fuente emana el agua de la vida que nutre la semilla que somos en un principio y el árbol que llegamos a ser cuando alcanzamos la madurez. Crecemos siguiendo la forma de una espiral que cada año que cumplimos se va haciendo más y más compleja.  Aunque la forma básica de la espiral es para todos iguales, cada uno venimos al mundo con un plan de crecimiento específico y una misión que cumplir. Sin dedicamos el suficiente tiempo y esfuerzo podemos desarrollar nuestra innatas capacidades suprasensibles para percibir los mensajes escritos a la vez en el cosmos y en nuestra alma. Estos mensajes, que contienen la clave de nuestro destino, se nos revelan en momentos de epifanía e intuición. En estos sublimes instantes la verdad de lo que somos emerge desde las profundidades de nuestro ser y podemos transcribirla en palabras y hechos. Hoy ha sido uno de estos momentos de epifanía. Mientras iba desapareciendo la sombra que la tierra proyectaba sobre la superficie de una luna ardiente y gigante he presentido que este insólito amanecer lunar acontecido dos días después de mi cumpleaños anunciaba una nueva etapa de mi vida y, quizás, también para la humanidad. A pesar del cansancio por las horas que le he robado al sueño me siento cargado de energía y lleno de vitalidad. La luz de la luna ha iluminado mi mente y despertado mi corazón. Emprendo con esperanza e ilusión esta nueva etapa que emprendo en el camino de la vida.

EN EL DÍA DE MI CUARENTA Y SEIS CUMPLEAÑOS

Ceuta, 26 de septiembre de 2015.

“Que tu sabiduría sea la sabiduría de las canas, pero que tu corazón sea el corazón de la infancia candorosa.”, Schiller

Hoy cumplo cuarenta y seis años. El tiempo ha pasado muy rápido. Me miro en el espejo y observo las huellas del tiempo. También lo siento en mis huesos y articulaciones. Han perdido la elasticidad de la juventud. Los músculos acumulan el cansancio. Aunque mi cuerpo se resiente, mi espíritu y mi pensamiento están más jóvenes que nunca. Hace muchos años que deje de crecer en el plano físico, pero no he dejado de hacerlo en el pasado psíquico. He conseguido una mayor comprensión del mundo que me rodea y de las interacciones microcósmicas y macrocósmicas que marcan lo que somos y definen nuestra misión existencial. La clarificación de mi misión ha venido de la mano de un paulatino despertar de todos mis sentidos. Veo, escucho, palpo, huelo y paladeo de manera más intensa. Y al mismo tiempo mi sexto sentido se ha abierto de par en par. La frase de Schiller “no existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas” está siempre presente en mi pensamiento. Han sido muchos los acontecimientos de mi vida que demuestran la sincronía entre lo que sucede en el cosmos y los hechos personales. Esto me ha llevado a estar más pendiente de todo lo que acontece al mí alrededor. Continuamente estamos recibiendo señales que indican el camino de mi vida. Sólo hay que estar pendientes para verlas y reconocerlas. Cuando nos detenemos un rato, respiramos de manera consciente y limpiamos nuestra mente afloran a la superficie las ideas que bullen en nuestro interior.

Cada día tengo más necesidad de acercarme a la naturaleza para practicar este ejercicio de oxigenación mental y espiritual. Abro de par en par mi mente y mi alma para renovar mi corazón y mi pensamiento. Con las puertas así abiertas dejo que las fuerzas del cosmos tomen posesión de mí. Una vez establecida esta íntima comunión con la naturaleza escucho con atención lo que tiene que decirme y lo apunto todo en mi libreta para compartir con los demás. No crean que esta percepción suprasensible es propia de iluminados o místicos. Tal y como explicó Rudolf Steiner, se trata de una capacidad potencial de la conciencia normal en la que es posible educarse. Sólo necesitamos dedicarle el necesario tiempo y esfuerzo para ser capaces de desarrollarla.

El despertar de mi yo cósmico y su crecimiento han desplazado mi ego somático y super-ego. No necesito alimentar mi ego con bienes materiales ni elogios personales. Como cualquier persona deseo amar y ser amado, pero quiero que amen y aprecien al verdadero José Manuel Pérez Rivera. Para ello me esfuerzo por dejar atrás todas las máscaras que ocultan mi verdadero rostro. Sin la costra que confeccionamos con los años para protegernos de los demás estamos más expuestos, pero esto nos permite vivir experiencias sensitivas y emotivas mucho más intensas y placenteras.

De igual modo, la reducción  del tamaño de la dimensión grupal de nuestro yo abre el camino a una vida interior más plena. No es nada fácil de desprendernos de las profundas huellas que dejan en nuestra psique las normas y doctrinas de nuestra particular tribu étnica, cultural y nacional. Si algo nos aterra es sentirnos excluidos de nuestro grupo tribal. Sin embargo, tal y como señaló mi querido maestro Lewis Mumford, si queremos superar los graves obstáculos que impiden la creación de  una cultura mundial necesitamos “una clase de persona capaz de abrirse paso a través de las fronteras de la cultura y de la historia. Una persona no marcada indeleblemente por los tatuajes de su tribu ni coartada por los tabús de su tótem, no metida para siempre dentro de las ropas de su casta ni embutida dentro de una armadura profesional que no puede quitarse ni aunque ésta ponga en peligro su vida. Una persona a quien sus restricciones dietéticas religiosas no le impiden participar en el alimento espiritual que ha resultado nutritivo para otras personas; y, por último, una persona cuyos anteojos ideológicos no le estorben permitiéndole sólo entrever alguna vez el mundo tal y como se muestra a hombres con otros anteojos ideológicos, o tal como se revela a quienes, cada vez con mayor frecuencia, son capaces de una visión normal sin ayuda de lentes”.  Siguiendo estas palabras de Mumford y el lema de Geddes abrazo con simpatía otras culturas y trabaja en pro de la síntesis y la sinergia colectiva gracias a las cuales lograremos una vida digna, plena y rica para todos los seres humanos en armonía y equilibrio con el resto de seres vivos que habitan la tierra.

Me propongo seguir desvelando mi identidad en la que participa las energías eternas del cosmos. Los seres humanos tenemos el gran privilegio de poder aprovechar estas energías de manera consciente y constructiva. Podemos ser co-creadores y protagonistas del poderoso drama del mundo y del cosmos. No aspiro a ocupar un lugar prominente en el escenario. Mi papel es más modesto. Represento un guion en cuya redacción han participado muchas autores a los que admiro: Goethe, Schiller, Emerson, Thoreau, Whitman, Geddes, Eucken, Mumford, Waldo Frank, Ortega y Gasset, Gebser, Campbell, y muchos otros autores del pasado y del presente. A lo más que aspiro es a contribuir a que esta obra no deje de representarse y sin cuento con  la suficiente inspiración a escribir aunque sea un modesto apunte en los márgenes de este trascendental drama.

VUELVE EL OTOÑO

Ceuta, 23 de septiembre de 2015.

Aquí, en este lugar conocido como el Cortijo Moreno, empecé hace dos años mi diario íntimo. Lo hice inspirado por Walt Whitman y su poesía de la totalidad. Han sido muchas excursiones que me han permitido vivir experiencias sensitivas y emotivas muy intensas. Lo considero un proceso de autodescubrimiento muy enriquecedor y gratificante. El contacto con la naturaleza ha facilitado despejar mi visión, afinar mis oídos, paladear el aire fresco, sentir el tacto siempre caluroso de los árboles y pájaros, recuperar el olor a mar, a tierra húmeda o las fragancias de las flores que se abren en primavera.

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Mi sentimiento de amor a la naturaleza se ha incrementado de manera notable. Cada día siento una emoción más profunda cuando me acerco a ella y dejo que hable a través mía. Me ha permitido atisbar algunos de sus secretos. Ahora sé que la naturaleza de Ceuta fue objeto de culto en tiempos remotos. Otros antes que yo supieron apreciar el carácter sagrado y mágico de esta pequeña y estrecha península que se asoma por igual al Mediterráneo y el Atlántico. Es, como supo ver mi querido amigo Diego Segura, un punto de encuentro entre dos continentes, dos mares, dos corrientes dominantes de aire y dos dimensiones multifacéticas de la realidad: la razón y el inconsciente, la vida y la muerte, el día y la noche, lo masculino y lo femenino. Todos los días, cuando amanece comienza el gran espectáculo de la naturaleza. Los cielos se tiñen de rosa y amarillo, las aves emprenden su vuelo y cantan libremente sin importarles quién les escucha. Son las poetas del cielo. Los de la tierra escribimos también para expresar nuestros sentimientos y pensamientos, y compartirlos con los demás. Somos generosos con nuestras riquezas. Queremos que nuestros semejantes puedan disfrutarlas para enriquecer la vida y renovarla.

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Todos los seres vivos están cargados de bondad, verdad y belleza. Cada uno encuentra su modo de expresión Los pájaros trinan, los perros ladran, los gatos maúllan y los lobos aúllan. Sin embargo, somos los seres humanos quienes contamos con el repertorio más amplio de medios de expresión. Podemos hablar, cantar, bailar, escribir, gesticular, mirar….Pero no siempre hacemos un uso adecuado de estas capacidades. Son medios muy potentes, pero inútiles si no están dirigidos hacia un fin acorde a la dignidad humana. Poco o nada de valor puede expresar aquel que está vacío. Aquel cuya vida interior apenas late. Aquel que tiene sus sentidos aletargados y sus sentimientos ahogados en un profundo mar de desesperación y frustración.

Ejemplar de Tarabilla norteña  localizado en  Ceuta

Ejemplar de Tarabilla norteña localizado en Ceuta

Nuestra vida interior plena requiere de ideales espirituales, sociales, económicos y políticos  que permitan el desarrollo integral de nuestra identidad. Las civilizaciones más avanzadas han sido aquellas que más tiempos han dedicado a cuestionarse sobre cuál es el ideal de una Vida Buena. Los griegos entendieron que la bondad, la verdad y la belleza son los ingredientes fundamentales de una vida plena que debe ponerse al servicio del bienestar común, el cultivo de la sabiduría y el fomento del arte. La belleza es tan necesaria para la vida como el aire que respiramos, el agua que bebemos y los alimentos que consumimos.

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La belleza es el alimento de nuestra alma. Su ausencia en nuestros pueblos y ciudades constituye, al mismo tiempo, un síntoma y una causa de las graves patologías que presentan nuestras sociedades. Maltratamos o destruimos la naturaleza porque nos hemos insensibilizado y nos somos capaces de entender su belleza y su bondad. Nuestros montes y playas están llenos de basura, dejadas allí por personas inmorales, ignorantes y sin educación estética.

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Yo, y otros como yo, en el pasado, en el presente, -y estoy seguro que en el futuro-, hemos encontrado paz, serenidad, amor e inspiración entre los mismos árboles que hoy cimbrean agitados por el viento. He elegido este relicto bosque de alcornoques en el Monte Hacho para sentarme a pensar y escribir. Un mullido colchón de hojas secas me sirven de asiento. Sentado en este bello lugar diviso un paisaje espectacular y observo atento los cambios que el otoño trae a la naturaleza. Las cortezas de los árboles se desprenden del tronco como signos de renovación.

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El otoño es la estación ideal para dejar atrás lo antiguo y superfluo. Volvemos la mirada hacia el interior y emprendemos el camino que nos lleva al mundo de adentro.

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En este mismo instante una hermosa hoja cae encima de mi libreta. Quieren unirse a las hojas que forman parte de este cuaderno lleno de anotaciones y cargado de sentimientos de amor por la naturaleza. La introduzco al azar entre las páginas y viene a dar con unos de los relatos más intensos que he escrito en estos años. Un tiempo que ha sido más de introspección y retiro.

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Ahora ha llegado el momento de reconectar pensamiento y acción. Mis sentimientos y pensamientos han sido sembrados y cultivados en esta tierra privilegiada por la naturaleza. Es hora de que empiecen a brotar los primeros tallos y que pronto den frutos. Espero recolectar dulces frutos de iniciativa cívica, de investigación y de expresión poética.

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Seguiré elevando mi voz para defender nuestros bienes culturales y naturales y para promover la cooperación ciudadana, la comunicación cultural y la comunión de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Desempeñaré lo mejor que pueda el papel que me ha tocado en el poderoso drama del cosmos siguiendo el ritmo y la inspiración de las Musas. Intentaré ser un digno adorador de la Gran Diosa Madre antes de mi disolución en el cosmos.

UN HOGAR EN LA NATURALEZA

Ceuta, 18 de septiembre de 2015.

En una de mis primeras excursiones bauticé al lugar donde me encuentro como “la cama del Hacho”. Es un sitio realmente confortable. Las paredes de este de hogar natural con vistas al mar son de jara y pinos. El suelo es mullido colchón de hojas secas de pino. Y el techo abierto al cielo son las ramas entrelazadas de los árboles.

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Este hogar no necesita aire acondicionado ni hilo musical. Aquí la música suena en directo. Alegres pájaros entonan su canción. Tampoco requiere acondicionador: las jaras impregnan el aire de refrescante mentol. El tacto suave de las hojas es muy agradable. A diferencia de la frialdad de las piedras de la playa, las hojas y los árboles siempre están templadas.

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Desde el privilegiado balcón al que me asomo veo el mar en calma y el observo el continuo paso de de barco por el Estrecho de Gibraltar. ¡Qué distinto se percibe el mundo desde aquí! Necesitamos este tipo de experiencias sensitivas para reencontrarnos con nosotros mismos y con la naturaleza.

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Alojado en este hogar natural la imaginación toma el control de mi mente. Sueño en un mundo poblado de seres humanos renovados en sus sentimientos, pensamientos y acciones cívicas. Un mundo dominado por la bondad, la verdad y la belleza. Un mundo en la que los seres humanos tienen la posibilidad de descubrir su misión vital y están dispuestos a desempeñar su papel en el poderoso drama del cosmos.

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Al escribir estas palabras el sol ha tomado altura consiguiendo superar la cúspide de Monte Hacho. Los primeros rayos solares iluminan mi improvisado hogar y calientan mi espalda.  Gracias al sol cargo mis pilas y emprendo de nuevo  el camino.

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En mi recorrido por las sendas del Parque de San Amaro capto bellas imágenes de Ceuta.

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Los ciervos mantienen la mirada. Sus ojos reflejan tristeza y hastío. No han nacido para vivir encerrados en un reducido espacio vallado.

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Vuelvo a mi hogar artificial no exento de comodidades, pero no tan agradable y bello como el que me ha acogido esta mañana. La naturaleza es siempre acogedora para quienes la aman.

UN NUEVO AMANECER PARA LA HUMANIDAD

Ceuta, 13 de septiembre de 2015.

Esta mañana he madrugado para contemplar el amanecer. Cuando me asomé por la ventana vi el cielo limpio y vetado de nubes rosáceas. En el firmamento la luna se había apagado y el lucero del alba hacía guardia mientras salía el sol. Recibo a los primeros rayos del sol sentado en la misma playa en la que este verano he pasado largas horas de meditación y baño.

Amanecer desde el Sarchal (Ceuta)

Amanecer desde el Sarchal (Ceuta)

El tiempo está cambiando. El bañador lo he sustituido por el pantalón y la camiseta la cubre un fina rebeca. Intuyo que dentro de poco me desprenderé de ella.

Con la llegada del sol vuelven los colores, aunque el dominante en este momento es el dorado. Las piedras vuelven a ser grises y  negras;  y las algas marrones y verdes. El azul intenso y oscuro del mar contrasta con el amarillo del horizonte, el blanco de las nubes y el celeste del cielo.

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Todo está en aparente calma. El mar parece dormido. Las olas llegan a la orilla sin hacer apenas ruido. La ciudad duerme en este domingo luminoso que anuncia el otoño.

Las gaviotas empiezan a llegar a la playa. Vuelan sobre el mar para estirar las alas dejándose llevar por la brisa marina. Esta misma brisa perfuma el ambiente con olor a mar, que se mezcla con el intenso aroma de las algas marinas arrastradas por la corriente hasta la orilla.

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Cojo entre mis manos un puñado de piedras. Su tacto es suave y, a esta hora, frio. El sol todavía no las ha calentado. Tienen todo mi respeto. Llevan en este lugar mucho tiempo antes que el ser humano se asomará a estas costas. Han sido batidas por el mar durante cientos de años hasta adoptar su forma redondeada. Ahora son el confortable manto sobre el que me siento a escribir.

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Respiro de manera consciente. Inspiro con fuerza llevando a mis pulmones el aire cargado de sal. Y expiro con suavidad. Apoyo la espalda sobre la roca. Durante unos minutos cierro los ojos, apago mis pensamientos y enciendo mis sentidos. Experimento una agradable sensación de bienestar y felicidad.

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Mi pensamiento vuelve a fijarse en el mar que tengo a mis pies. Me siento una parte integrante de la naturaleza y del cosmos. Abro el prisma de mi visión. Me situó en la geografía de Ceuta. Sigo aumentando la escala y observo el Estrecho de Gibraltar con la estratégica posición que en él ocupa Ceuta. Ahora veo la Península Ibérica, Europa, Asia…Mentalmente me ubico en el espacio exterior para apreciar la majestuosa belleza de la tierra. Me pierdo en la inmensidad del universo, donde el tiempo y el espacio pierden su importancia. Todo es eterno, unido a un origen sin fin.

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Desde esta perspectiva la vida adquiere otra dimensión. Es un regalo disfrutarla de una manera plena y consciente. Somos seres dotados de una increíble capacidad de consciencia y trascendencia. Tenemos, además, la posibilidad a nuestro alcance de ser cocreadores del cosmos. Hacemos el mundo a la vez que lo pensamos, pero también hemos desarrollado un enorme poder de transformación de nuestro entorno. No estamos aquí para modificar a nuestro antojo la faz de la tierra con nuestras máquinas excavadoras, ni para contaminar los ríos y los mares con todo tipo de residuos, como los que se mezclan con las algas que tengo junto a mí. No. Estamos aquí para cuidar y gozar de la vida; y para cultivar nuestro propio jardín y ver crecer los lirios. Este jardín tiene una doble dimensión: una interior y otra exterior. Somos una semilla plantada por la Madre Tierra en el vientre de nuestra propia madre.

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Desde que nacemos nuestros padres cuidan de que el tallo crezca sano  y fuerte, con profundas raíces en la propia tierra a la que pertenecemos y a la que, tarde o temprano, volveremos. En la escuela cultivamos nuestra mente y nuestro cuerpo, o al menos así debería ser. Por desgracia, en el vigente modelo educativo separan a los niños y niñas de la naturaleza para encerrarlos entre cuatro paredes. Quieren educar nuestro intelecto ignorando nuestros sentidos y sentimientos. Nuestra innata curiosidad por todo lo que nos rodea es poco a poco anulada por un sistema de uniformiza y atomiza a los seres humanos. Nos vamos marchitando por la falta de luz, aire fresco y abono espiritual. Las ideas propias no fluyen por la falta de alimento y el cauce de la imaginación se seca.

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Nuestro deficiente cultivo interior afecta al gran jardín que es la tierra. Pocos aprecian su bondad y belleza. Pocos captan la verdad que representa el árbol de la vida. Pero las cosas están cambiando. Un nuevo amanecer ha llegado para la humanidad. Por todo el mundo están surgiendo personas dotadas para amar la naturaleza y apreciar su serena belleza. Puede que en términos cuantitativos seamos pocos, pero en términos cualitativos tenemos una fuerza extraordinaria: la del amor. Amamos a la naturaleza y a  todas las criaturas que la habitan. Buscamos la verdad de manera autónoma y expresamos nuestros sentimientos y pensamientos por todo tipo de medios. Imágenes, sonidos y palabras cargadas de esperanzas están llegando al alma de muchos personas despertando su espíritu dormido.

EL REDESCUBRIMIENTO DEL SER HUMANO

Desde que nos levantamos estamos recibiendo un continuo bombardeo de información. Somos nosotros mismos quienes nos exponemos a este bombardeo de manera voluntaria, aunque no siempre conscientemente. La mayoría de los ciudadanos que pueden permitírselo lo primero que hacen cuando se despiertan es mirar la pantalla de su móvil para mirar los mensajes que han recibido en su muro de facebook o en su cuenta de whatsapp. Los más inquietos e interesados por lo que pasa en el mundo, en su país o su ciudad consultarán las portadas de los periódicos nacionales y locales. Mientras desayuna verá el informativo televisivo y en su camino al trabajo escuchará a los analistas políticos o económicos a través de la cadena radiofónica que más se aproxima a su ideología. Estos contertulios facilitan a los oyentes el punto de vista no tanto propio como el del partido o línea ideológica que defiende y que es del gusto de quien los escucha. Con estas pinceladas informativas y estas opiniones precocinadas y enlatadas conformamos “nuestra opinión personal” sobre lo que acontece a nuestro alrededor.

Es muy difícil tener una opinión realmente personal en este contexto de sobreabundancia informativa y esmerada manipulación ideológica. Para abrirnos paso en esta espesa selva de información necesitamos contar con eficaces herramientas que obtenemos gracias a una adecuada formación ética e  intelectual. Sin una solida estructura moral y mental seremos presa fácil de todas las bestias ideológicas que pululan por la gran selva en la que se ha convertido el mundo. Estas “bestias ideológicas” son muy hábiles. Han desarrollo un gran olfato para detectar a sus presas predilectas que no son otras que aquellas personas débiles en su conformación ética e intelectual. Conocen a la perfección las palancas que mueven la voluntad humana, localizadas en el campo de los sentimientos y las emociones. Saben que el sentimiento que más conmueve al ser humano es el del reconocimiento de los demás y no hay nada que temamos más que ser excluidos del grupo familiar o social del que formamos parte.

En este mundo caracterizado por la vacuidad interior es fácil ahogarse en el proceloso y agitado mar de los acontecimientos. Ante la falta de medios propios para sobrevivir a la tempestad nos subimos a la confortable nave del conformismo, la apatía y la disolución en el grupo familiar, nacional, político, étnico o religioso. Cada nave sigue su camino sin rumbo y sin puerto de destino en un mar cada día más pequeño y contaminado. Para mantener la disciplina a bordo de las naves ideológicas es fundamental la cohesión intragrupal. Las normas tienen que ser claras y sencillas, así como la disciplina rígida e inflexible. No hay espacio para la opinión personal y la libre búsqueda de la verdad. Todo está escrito y dictado por una autoridad que en muchas ocasiones se le otorga poderes divinos. La vida abordo puede ser fácil y cómoda, sobre todo en las naves más ricas, siempre que cumplas a rajatabla con las normas establecidas.

La otra opción que tenemos a nuestro alcance es bajarnos de estas estrechas e incomodas naves ideológicas. Podemos hacer como Henry D. Thoreau en Walden: dirigirnos a la naturaleza para construir con nuestras propias manos una pequeña y simple cabaña desde la que disfrutar de “un vasto horizonte” y vivir deliberadamente, enfrentarnos, parafraseando a  Thoreau, a los hechos esenciales de la vida y aprender lo que vida tiene que enseñarnos y para no descubrir, cuando tengamos que morir que no hemos vivido. Este proceso de autoconstrucción es fundamental antes de reintegrarnos en un grupo de personas igualmente dotadas de identidad y personalidad. Desde esta perspectiva, nuestra prioridad en este momento crucial en la historia de la humanidad tiene que ser la promoción de un cambio de dirección del interés hacia la persona. Sin ese cambio no se logrará grandes mejoras en el orden social. Una vez que empiece ese cambio, todo es posible.

El cambio de dirección hacia la persona del que estamos hablando implica un nuevo criterio de juicio. Como decía Mumford en las páginas finales de su obra “La condición del hombre”, debemos preguntar en qué medida las acciones que promueven los poderes políticos y económicos tienden a la realización de la vida y cuánto respeto guardan a las necesidades superiores del ser humano. Las preguntas que debemos tener siempre en la cabeza son aquellas que proponía Mumford: “¿Cuál es el objetivo de cada nueva medida política y económica? ¿Busca la antigua meta de la expansión y el crecimiento o la nueva del equilibrio? ¿Produce bienes materiales solamente o también bienes humanos y hombres buenos? ¿Concurren nuestros planes de vida individuales a una sociedad universalista, en la que el arte y la ciencia, la verdad y la belleza, la religión y la bondad enriquecen a la humanidad? ¿Concurren nuestros planes de vida públicos a la satisfacción y renovación de la persona humana, para que fructifique en una vida abundante, cada vez más significativa, cada vez más valiosa, cada vez más profundamente experimentada y más ampliamente compartida?”. Si mantenemos constantemente estas cuestiones en nuestra mente, tendremos tanto una medida de lo que debemos rechazar como una meta de lo que debe alcanzarse.

Nuestra meta se puede resumir en el autodescubrimiento de lo que somos y de cuál es nuestra misión en la vida. En términos generales, todos los seres humanos estamos llamados a dedicar nuestra existencia a la defensa, potenciación y renovación de la vida, al fortalecimiento de la vida interior, a la elevación de la condición humana, a contribuir al noble esfuerzo de que todas las personas tengan la oportunidad de gozar de una vida digna, plena y rica. Un vida de merezca ser vivida. Esto en términos generales, pero en términos concretos debemos defender no el planeta y sus criaturas, sino el lugar de la tierra sobre el que me encuentro. No defender a la humanidad, sino los amados o no amados que me rodean. No pretender el crecimiento espiritual de los demás, sino el propio, ya que transformándonos a nosotros mismos transformamos al mismo tiempo la realidad.

La naturaleza, lo inconsciente, lo femenino, durante tanto tiempo reprimidos están ahora en ascenso para reconciliarse con la razón, lo consciente y lo masculino. Antiguos símbolos del pasado están siendo revelados en nuestra propia ciudad para anunciar un nuevo tiempo. “El redescubrimiento del hombre” al que  se refería mi admirado Waldo Frank en su obra del mismo título ha llegado.  Miles de hombres y mujeres, en multitud de idiomas y lugares, están comprometidos con la reintegración del ser humano. Como las células se multiplican, se diferencian, se juntan, cada una en su tarea de crear el cuerpo orgánico del hombre. No hacen nada extraordinario. Simplemente emplean todas sus facultades perceptivas, sensitivas, emocionales, intelectuales e imaginativas, tal y como explica Richard Tarnas en su libro “La pasión de la mente Occidental”, al conocimiento íntimo de la naturaleza. Ven, escuchan, experimentan y sienten a la naturaleza. Se emocionan al escuchar su voz y apreciar su belleza. Se sienten, al mismo tiempo, agradecidos y comprometidos.  Agradecidos por el inmenso gozo que experimentan en estos momentos de éxtasis emocional y comprometidos en la noble causa de proclamar la renovación de la vida y trabajar sin descanso por su consecución efectiva.

SEMILLAS QUE CUIDAR

Ceuta, 8 de septiembre de 2015

El día amanece nublado. Los rayos del sol se esfuerzan en atravesar la espesa capa de nubes. Algunos de ellos, los más fuertes, consiguen su objetivo y como recompensa pintan de rosa el cielo.

Abro la ventana. Dejo que el aire fresco de la mañana entre en mi habitación y acaricie mi cuerpo. El paisaje a mi alrededor no es nada atractivo. Cientos de coches ocupan el espacio entre edificios de nulo valor estético. Todo está en calma. La ciudad aún duerme. Pronto los vehículos empezarán a moverse y dentro de ellos unos adormilados ciudadanos tomarán el camino a sus trabajos. El ruido de los motores amortigua el cantar de los pájaros que alegres reciben al nuevo día.

Mis sentidos están despiertos y mente dispuesta a vivir nuevas experiencias. En cuanto a mis sentimientos ¡Qué decir de mis sentimientos! Siento una gran inquietud provocada por la pugna entre lo que soy y lo que quiero ser; entre lo que puedo y lo que deseo; entre lo que debo hacer y lo que hago. Si por mi fuera me vestía ahora mismo y me iba al campo con el único propósito de vivir de manera deliberada. Cada día siento con mayor fuerza la llamada de la naturaleza. En ella encuentro la paz necesaria para pensar y escribir. Sólo en su compañía soy capaz de escuchar mi voz interior que es su propia voz hablando a través mía. La naturaleza se ha convertido en algo esencial para mi bienestar personal.

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En la naturaleza sueño despierto. Mis emociones fluyen sin obstáculo nutriendo el río de mis ideas y de mi imaginación. Caen en cascada sobre el fondo de mi alma y sus salpicaduras mojan la seca tierra de la política, la cultura y el arte. La vida cívica necesita la refrescante y nutriente sustancia de nuestros ideales, ideas y sueños para que vuelva a ser fértil. Las semillas del amor, la sabiduría y el arte necesitan ser regadas con la bondad, la verdad y la belleza. Requieren la luz de la verdad, el amoroso cuidado de los hombres y mujeres y el abono de la imaginación creativa.

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El sol se ha impuesto a las nubes en esta mañana. Siguiendo su ejemplo la bondad puede imponerse a la maldad; la verdad a la mentira; y la belleza a la fealdad. Renovados ideales sociales, económicos y políticos emergerán de esta tierra abonada y regada por nuestro pensamiento gracias a una ciudadanía comprometida. Nuevas ideas florecerán gracias a la iniciativa cívica, la educación y la cultura. Nuevos proyectos echarán sus raíces y crecerán  hasta convertirse en frondosos árboles de la vida.

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TRAS LA TORMENTA

Son las 8:00 h de la mañana. Me embarco en la nave de mi pensamiento sin saber a ciencia cierta el destino. Sé, como escribió mi admirado Emerson, “que nunca carecemos de piloto. Cuando ignoramos el rumbo que hemos de seguir y no nos atrevemos a izar una vela, podemos abandonar nuestra barquilla al curso de las aguas”. Y eso hago con plena confianza en que la travesía merecerá la pena. Cuento, además, con las indicaciones de mi voz interior que me va indicando el camino.

Las aguas de mi pensamiento están agitadas, debido al fuerte viento que sopla en el exterior. Debe ser levante. Los que somos del mar sabemos que el viento de levante remueve el fondo marino y enturbia las aguas. Devuelve a la orilla todo tipo de ideas que reposan sobre el lecho de nuestro inconsciente.

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En este estado me encuentro. Sin embargo, ni ánimo está elevado. Buscando el otro día en la biblioteca de mi nave encontré las palabras que hace tiempo buscaba. Las escribió José Ortega y Gasset en la introducción a su obra “El Espectador”.  Él también era un navegante del pensamiento. Uno de los mejores que ha dado este país. En este cuaderno de bitácora describe una tormenta similar al que yo y muchos otros hemos atravesado antes de confiar en nosotros mismos y en el destino de la humanidad. Decía el sabio marinero Ortega y Gasset:

“Pasaremos por dos horas de amargura individual y colectiva (la tormenta a la que me refería antes); pero en el fondo de nuestra conciencia hallamos como la seguridad de que, en suma, damos vista a una época mejor”.

José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset

Ortega, en medio de la tormenta, miro al horizonte y entrevió “una edad más rica, más compleja, más sana, más noble, más quieta, con más ciencia y más religión y más placer –donde pueden desenvolverse mejor las diferencias personas e infinitas posibilidades de emoción se abran como alamedas donde circular”.

Hace unos días describí en este mismo blog la tormenta de nuestro tiempo y también pude divisar entre las oscuras nubes a la esperanza. Una esperanza que, como sigue contando Ortega en su cuaderno de bitácora, “parte de la voluntad como la flecha del arco. Esa edad mejor sazonada depende de nosotros de nuestra generación. Tenemos el deber de presentir lo nuevo; tengamos también el valor de afirmarlo. Nada requiere tanta pureza y energía como esta misión. Porque dentro de nosotros se aferra lo viejo con todos sus privilegios de hábito, autoridad y ser concluso”.

Levanto la vista del cuaderno del sabio Ortega, tomo aire antes de sumergirme en mi pensamiento. ¿Dónde estará lo nuevo que tanto ansío? Respuesta de Ortega: “lo nuevo, lo nuevo que hacia la vida viene sólo podemos escrutarlo inclinando el oído puro y fielmente a los rumores de nuestro corazón”. Sí, ¡Cuánta razón tiene el maestro Ortega! Oímos nuestra voz interior, pero no la escuchamos. Hacemos todo lo que podemos para no atender a sus mensajes. Nos atamos como Ulises al mástil de lo establecido para no escuchar el Canto de las Sirenas. Pero a diferencia de Ulises, en el barco de la vida “nadie nos protege ni nos dirige. Si no tenemos confianza en nosotros todo se habrá perdido” (Ortega y Gasset).

Ahora sé que el destino de mi nave depende tan sólo de mí. En mi travesía por la vida he pasado y pasaré por mares plácidos y encrespados; por mares abiertos y peligrosos arrecifes; por días despejados y nieblas espesas; sentiré frío y calor;…, pero tengo confianza en mí mismo y esperanza en el futuro. Compartiré mis aventuras con todos vosotros, pues ésta es parte de mi misión.