EN BUSCA DE LA FUENTE DE LA ETERNA JUVENTUD

Ceuta, 29 de mayo de 2017.

El sábado por la tarde recibí una llamada de mi querido amigo Jotono Gutiérrez. Hacía tiempo que no hablamos ni nos veíamos para pasear por el Hacho, ya sea de día o de noche. Le comenté que en los últimos días había visitado el arroyo de Calamocarro y que todo este espacio natural estaba precioso. Deseaba adentrarme lo más posible en el cauce del arroyo y, al ser posible, llegar hasta su nacimiento.

Jotono es un buen conocedor del arroyo. Lleva visitando este lugar desde que era niño. No hace mucho me propuso recorrer el arroyo justo después de las últimas lluvias junto a mi hermano Jesús, pero aquel día no pude escaparme. Pero esta semana tengo las mañanas libres, así que acordamos Jotono y yo que el lunes o el martes exploraríamos juntos la parte alta del arroyo. Dado que hoy era un día que a los dos nos venía bien, quedé con Jotono a las 9:15 h para recogerlo con el coche y dirigirnos a Calamocarro. En el trayecto entre mi casa y la Plaza Vieja, que era nuestro punto de encuentro, pude comprobar que hacía un día magnífico. Desde lo alto del Recinto la vista de la bahía sur resultaba espectacular. Sentía esa extraña sensación que experimenté dos días atrás en la cala del Amor de notar que un abismo se abría delante de mí sin que ello me causara el más mínimo miedo.

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Una vez que recogí a Jotono nos dirigimos a Benzú para desayunar. Nos recibió el Atlante dormido con su cuerpo parcialmente cubierto de nubes. Después de tomarnos un buen té moruno deshacíamos el camino para dejar el coche en las cercanías de la entrada al arroyo. Poco a poco fuimos adentrándonos en el cauce disfrutando de la belleza de las flores y de las mariposas. Algún de otro reptiles tomaban los primeros rayos de sol sobre las piedras arrastradas por la corriente. No vimos ninguna culebra en el agua, pero sí numerosos renacuajos y las evidentes huellas del paso de los jabalíes por la zona. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos en los pies del chopo centenario. Desde allí hasta la presa existente en el arroyo apenas distaban unos metros.

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Seguimos avanzando hasta llegar a un grupo de robles americanos que debieron ser plantados durante la época en la que estuvo activa la Huerta Serrano.

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A corta distancia hallamos una de las estaciones de control que la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir tiene instalada en  el cauce del arroyo de Calamocarro. Este pivote verde marca el punto accesible de este cauce natural ceutí. Pero nosotros nos queríamos darnos por vencidos. Exploramos la zona y dimos con una estrecha senda que nos permitió vadear el arroyo por su ribera oriental.

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Superado este primer escollo llegamos a una zona relativamente abierta en la que paramos para beber del mismo arroyo. El agua bajaba transparente, fresca y limpia, y su sabor era delicioso. Es una experiencia muy gratificante beber de un arroyo sirviéndote de tus propias manos. Una vez refrescados por dentro y por fuera seguimos nuestro camino…

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Una vez más nos encontramos con una espesura impracticable, pero no nos dimos por vencido. Jotono iba delante abriendo la senda.

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Dimos con una par de muros de presa de indudable antigüedad por su factura. El más adentrado en el arroyo es de una gran belleza, con una hermosa poza a pies.

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A partir de este punto el cauce del arroyo se hacía muy profundo. Con gran dificultad lo vadeamos por un estrecho camino de cabras que se deshacía a nuestros pasos. Íbamos ganando altura. Desde este parte del arroyo las vistas resultaban espectaculares. Al volver la vista hacia el cauce nos topamos con una cortina de vegetación y cuando la descorrimos nos encontramos una sorpresa inesperada. Nos quedamos sin palabras.

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Teníamos delante una impresionante cascada de más siete metros de altura por el que caía el agua formando una bellísima fuente. Era justo como yo había imaginado que sería la fuente de la eterna juventud que las crónicas clásicas y medievales ubicaban en esta parte de Ceuta. Sin poder articular palabras por la emoción que nos embargaba nos acercamos a la fuente. Bebimos de ella para beneficiarnos de su poder y nos despojamos de las camisetas para bañarnos bajo la cascada.

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Estábamos inmensamente felices. Nos abrazamos y nos hicimos unas fotos  para inmortalizar este momento. Ambos sabíamos en este mismo instante que este hallazgo inesperado no los olvidaríamos nunca. Son de este tipo de experiencias que quedan grabadas a fuego en la memoria. Nos abrazamos y reímos. La emoción era incontenible, como la misma agua que caía desde lo más de la cascada. La inmortalidad que promete esta fuente no es de tipo físico. La eterna Juventud sólo está al alcance de quienes han logrado despertar sus sentidos físicos y sutiles. Estos últimos son los que te permiten reconocer el carácter sagrado, mágico y mítico de lugares como el que Jotono y yo hemos descubierto. Estoy seguro que este sitio lo conocen otras personas, pero es poco probable que hayan visto en esta fuente lo que nosotros hemos captado en esta visita. Como escribió en su diario Henry David Thoreau, “un hombre no ha visto una cosa si no la ha sentido…No hay belleza en el cielo, sino en el ojo que lo ve”.

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Llega un momento en nuestras vidas que lo días nos parecen todos iguales, y así sería de desdichada nuestra existencia, si no fuera por la facultad de la imaginación. Somos nosotros, con nuestra mirada, con nuestras emociones y sentimientos más profundos, con nuestro pensamiento y nuestra imaginación lo que hacemos a los lugares sagrados y mágicos. Para Jotono y para mí este lugar es, sin lugar a dudas, la perdida fuente de la eterna juventud. El espíritu de Ceuta está contenido en este inaccesible sitio.

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Con el firme propósito de volver a la fuente en cuanto tengamos una nueva oportunidad, iniciamos el camino de vuelta. Siguiendo las veredas abiertas por los animales conseguimos llegar a una de las pistas forestales de García Aldave. En nuestro recorrido de regreso al coche pasamos por las torres medievales de Regulares y la fuente de la Higuera.

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En esta fuente rellenamos nuestras botellas y descendimos por las veredas hasta finalizar nuestra aventura.

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HUELLAS EN LA ARENA MOJADA

Ceuta, 26 de mayo de 2017.

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Después de dejar a Silvia en el instituto para la gala de fin de curso he venido hasta Benzú para tomar un buen té moruno. Me encuentro sentado en una terraza abierta a cuyos pies rompe el mar. La luz sigue siendo muy fuerte a esta hora de la tarde (19:07 h). Sopla un viento de poniente que refresca mi cuerpo.

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Cierro los ojos y me concreto en el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Es una sensación muy placentera. A mi olfato llega el olor de las algas y el perfume de la hierbabuena. Cada sorbo de té deja en mi paladar un sabor amargo que me resulta delicioso. Precisamente esta mañana, durante mi visita al arroyo de Calamocarro, he restregado en mis manos algunas hojas de menta silvestre. Esta fragancia forma parte de la esencia de esta tierra sagrada y mágica. La mezcla con el té verde produce un cierto dulzor que fortalece el cuerpo y el alma.

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…De camino a cada me paro un rato a escribir a los pies del cabo de Calamocarro. La marea ha comenzado a bajar. La arena aún conserva la humedad de la última crecida del mar. Un mar que acaricia la orilla con suma suavidad y tacto dejando una huella húmeda sobre la arena.

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Contemplo desde aquí a Ceuta desde otra perspectiva. Una gran lengua de construcciones ocupa el istmo y la Almina, mientras que la imponente imagen del Hacho permanece inexpugnable. Algún bocado le ha dado el hombre, pero parece que este promontorio fue esculpido por los dioses para mantener incólume su majestuosa figura. Este monte está constituido por las rocas más antiguas de la región y presume con orgullo su veteranía. Lleva observando el paso de las naves por el Estrecho de Gibraltar desde tiempos inmemoriales. La diosa fortuna ha querido que nuestros destinos se cruzasen. Yo soy un simple mortal con una vida tan efímera en términos geológicos como un parpadeo de ojos. Pero  estas microdécimas de segundo están siendo suficientes para percibir su carácter mítico, sagrado y su extraordinaria belleza.

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Estas aguas que a estas horas se tiñen de plata forman parte de mi propia identidad. Este mar y esta luz son el mejor regalo que me han hecho en la vida. Es ahora, en la madurez de mi existencia, cuando he logrado apreciar los dones que ha otorgado la Gran Diosa. He sido elegido por ella para cantar las excelencias de esta tierra desconocida por sus propios habitantes.

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El destino de mis escritos es incierto. Puede que le suceda lo mismo que decía Henry D. Thoreau sobre los apuntes de su diario:

“¿Y para qué todo este escribir? Contemplar lo que se garrapatea al albur del momento puede producirnos ahora cierta satisfacción, pero mañana, ¡ay!, esta misma noche, ¡ay!, es algo rancio, plano y sin provecho; algo, en fin, de lo que sólo nos queda la concha, como ese rojo caparazón de langosta hervida que te mira abandonado en el camino”.

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Lo más probable es que les ocurra lo mismo que a las huellas que mis pies han dejado sobre la arena mojada. En apenas unas horas la marea volverá a crecer y las borrará sin dejar ni rastro de ellas. Nadie sabe a ciencia cierta cuán larga será la sombra que proyectará su existencia en el futuro. El afán de perpetuidad es algo que acompaña al ser humano desde que se despierta su conciencia. Deseamos la inmortalidad a toda costa. Sin embargo, sólo la obtiene quién se olvida del futuro y de la vanidad, y se concentra en vivir con intensidad y plenitud el presente.

NÁUFRAGO DE TERRA INCOGNITA

Ceuta, 26 de mayo de 2017.

He pasado un par de horas con Patricia y Cristian del periódico digital Ceuta actualidad visitando los árboles centenarios localizados en el arroyo de Calamocarro (ver reportaje). Ha sido un paseo muy agradable en el que hemos disfrutado un buen rato de la naturaleza ceutí.

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Una vez que he dejado a los periodistas cerca de su trabajo, he seguido hacia el Monte Hacho. Como tenía sed he parado en la barriada del Sarchal para comprar una Coca Cola. Ya que estaba aquí me ha parecido una buena idea bajar hasta la cala del Amor para sentarme a escribir.

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Mientras bajo la escalera pienso en la amplitud del horizonte y en las ausencias que aprecio en los habituales elementos del paisaje de este mágico y sagrado lugar. La explicación hay que buscarla en la neblina que cubre el cielo. No obstante, noto algo raro en el mar. Me recuerda a un cazo de agua a punto de hervir. La superficie del mar se eleva y adopta una forma ondulante, como si alguien la estuviera removiendo desde el fondo. Y esto es lo que realmente ocurre. El levante de los últimos días ha dejado un notable mar de fondo.

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Por lo demás, la luz es cegadora y el calor intenso, aunque atenuado por la brisa que llega de poniente. Me fijo en las manchas verdosas visibles en las paredes rocosas. El verde del cobre rezuma de entre las piedras de este santuario natural.

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La sensación de paz que percibo es muy fuerte. Aquí el tiempo parece detenido y el espacio se ensancha delante de mis ojos para abarcarlo todo, incluido mi propio y diminuto ser. El batir de las olas me reconecta con la esencia de Ceuta y con el anima mundi que envuelve e impregna todo.

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Estoy acompañado por las gaviotas que me sobrevuelan y por los ejemplares de limoniums en flor que tengo cerca de mis pies. Escribió Henry David Thoreau en su diario que sobre la naturaleza se había escrito mucha prosa, pero muy poca poesía. Yo me siento inspirado a escribir cuando observo con admiración las diminutas flores moradas del limonium con sus cinco pétalos y sus estambres de color crema. Estas bellísimas flores surgen de unas yemas de color violáceo. Los tallos delgados y altos nacen de un abigarrado núcleo de hojas verdes con forma cordiforme. Estas plantas crecen de manera milagrosa entre los resquicios de las rocas otorgándoles el toque de vida que les falta a los acantilados.

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La brisa marina hace bailar a las floridas ramas del limonium al ritmo que marca la propia naturaleza. Todo aquí está en perfecta armonía. No hay ningún sonido extraño que perturbe la magia de este lugar. Yo estoy plenamente integrado en este espacio natural, como si fuera otro limonium que hubiera echado raíces en este saliente rocoso. Yo también siento que mi cuerpo es movido por un viento que me anima a bailar al ritmo que impone la Gran Diosa. Contemplo su blancura y la profundidad del abismo que ha abierto a mis pies…, pero no experimento ningún tipo de temor. Estoy bien fijado a estas rocas, como mis hermanos los limoniums. Recuerdos de mi infancia emergen de estas profundidades insoldables. Si hiciera el suficiente esfuerzo podría retrotraerme al principio de los tiempos, pues todo está grabado en mi inconsciente. Estas aguas son el testimonio fehaciente de estos tiempos remotos que unen el origen y el presente. Soy un náufrago, procedente de una terra incognita por la mayoría de los hombres, que ha recalado en este sagrado, mítico y bello lugar llamado Ceuta.

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CAMINANDO ENTRE LOS FUERTES NEOMEDIEVALES DE CEUTA

Ceuta, 19 de mayo de 2017.

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Al acercarme al Atlante dormido he experimentado una profunda emoción. Me siento muy afortunado de poder disfrutar de la majestuosa estampa de esta divinidad petrificada. La luz que decora la mañana es asombrosa y deslumbrante. El azul del mar es de una hermosura indescriptible. El horizonte parece que ha sido trazado con un compás mágico por los dioses.

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He parado a desayunar en el cafetín de Benzú. Me estoy tomando un delicioso té moruno con una macla de queso fresco y aceite. Es conveniente alimentarse bien antes de emprender un buen paseo por el monte de García Aldave. Paladeo el amargo sabor del té con hierbabuena. La teína hace su efecto y siento a cada sorbo cómo se despiertan mis todavía dormidos sentidos. No hay nada mejor que un té moruno para elevarte el ánimo y prepararte para la aventura. Recuerdo mis tiempos de niño en los que me encantaba perderme entre los barcos pesqueros abandonados en el muelle Alfau. Me ponía a mandos de sus timones creyéndome el mismo Capitán Ahab en su disparatada caza de la ballena blanca.

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Apuro hasta la última gota del té y empiezo mi aventura…

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…Ahora me encuentro en el mirador del Atlante dormido. Este espacio lo han convertido en un hermoso vivero forestal en el que están presentes las principales especies arbóreas y arbustivas de Ceuta. Lástima que el proyecto no esté acabado, ya que no hay ni un cartel que indique a los neófitos cuales son las especies que están observando.

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Desde aquí el rostro y la figura del Atlante es mucho más visible que desde la playa de Benzú. Hoy el cielo está completamente despejado y el mar en calma. Sopla una ligera brisa de poniente, aunque al mirar al norte observo los primeros indicios de la entrada del levante.

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Mi interés por la flora local crece cada día. En la punta de este mirador encuentro un ejemplar de jarguazo negro cuyas flores se resisten a salir de sus capullos. No obstante, algunas de ellas se muestran al día y son visitadas por los insectos polinizadores.

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Según avanzo por la senda trazada en el suelo no pierdo de vista el bello rostro del Atlante. A esta hora de la mañana dibuja una marcada sonrisa. Su alegría es evidente, no tanto por mi visita, sino más bien por la compañía matutina de la luna en cuarto menguante. Lo masculino y lo femenino se dan la mano en esta mañana primaveral.

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Me paro un instante a fotografiar un ejemplar de algarrobo con su particular fruto en forma de vaina coriácea.

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Veo sobre el perfil de la montaña situada al otro lado del arroyo de las Bombas a un fuerte gemelo a los que voy a visitar esta mañana. Desconozco su nombre.

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El ascenso hacia el fuerte de Aranguren no es demasiado exigente. Aún perduran, aunque descarnados por las lluvias, los peldaños realizados con troncos de madera durante los trabajos de la Escuela Taller “Itinerario entre fuertes”.

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Mi desarrollada visión de arqueólogo me permite localizar algunos vestigios arqueológicos durante la subida, como un fragmento de ladrillo con el sello de los alfares de la maestranza ceutí del siglo XIX.

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Ya en el último tramo de la empinada cuesta empiezo a contemplar la imagen del fuerte de Aranguren. No me detengo mucho tiempo a visitar este antiguo edificio militar decimonónico.

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Fotografío las poéticas plantas que han colonizado sus paredes como símbolo de la imparable mano de la naturaleza que siempre tiende a recuperar lo que es suyo.

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Me llama la atención un bello y solitario ejemplar de tagarnina que luce sus llamativas flores amarillas.

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Con decisión y ganas comienzo el trayecto que me llevará al siguiente fuerte, el de Anyera. Mi emoción aumenta a cada paso que doy. Me siento muy feliz al encontrar un ejemplar de jara rizada con sus preciosas flores rosáceas. No es fácil dar con este tipo de planta. De hecho es la primera que veo en mis últimos paseos por Ceuta.

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El camino abierto por los senderistas aún es visible en el rocoso suelo, pero según asciendo la vegetación se va cerrando. Tengo la impresión de que hace muchos meses que nadie toma esta senda. A mi paso vuelan cientos de mariposas de los más variados colores y mis ropas se van impregnando de los olores que desprenden las coloridas flores que rozan mi cuerpo. Penetro en esta espesura floral con veneración y respeto, haciendo el menos daño posible.

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Los árboles aún muestran los efectos del incendio de hace unos años. Los troncos están ennegrecidos por efecto del fuego, pero de ellos brotan ya en sus troncos ramas nuevas que demuestran a las claras que siguen vivos.

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La protagonista de esta bella estampa con la que ahora me deleito son las zanahorias silvestres. Miles de ellas coronan el horizonte vegetal con una hermosura indescriptible. El verde de las plantas, el rosa de algunas flores, el amarillo de los erguenes y el blanco de las zanahorias componen un cuadro divino que eleva mi ánimo y mi vitalidad.

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Tengo que recurrir precisamente a este extra de energía para superar unos últimos metros de ascenso realmente duros y exigentes. Guiado por mi intuición prosigo mi camino hasta llegar al fuerte de Anyera. Cuando corono la cima estoy completamente sudado y con la respiración acelerada.

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Merodeo por el entorno del fuerte mientras recupero el aliento. La puerta del fuerte está abierta, pero respeto el cartel de la Consejería de Educación y Cultura que advierte de que está prohibido el paso al interior de este inmueble protegido.

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Prefiero pasear para disfrutar de las hermosas mariposas y de una singular imagen de Ceuta desde este elevado punto en el monte de García Aldave. Desde aquí el Estrecho de Gibraltar se observa en toda su magnificiencia y belleza. Ha merecido el esfuerzo de llegar hasta aquí.

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…Dejo atrás el fuerte de Anyera y prosigo mi camino. Al verlo desde la distancia aprecio su carácter solitario. No vienen muchas personas a visitarlo, pero a él no parece importarle. El espíritu que alberga este edificio parece disfrutar de su soledad y de unas vistas espectaculares.

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La anchura del camino y las dos bandas paralelas que dibujan el camino indican que esta senda fue transitada antaño por vehículos militares. Siguiendo el trazado dejado por las ruedas de los coches llego hasta una verja cerrada perteneciente al cuartel de García Aldave. Esta situación me obliga a deshacer el camino y tomar un sendero que dejé unos metros atrás. No cabe duda de que por aquí pasan con cierta frecuencia los senderistas y los aficionados a las bicicletas de montaña.

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Me llevo una agradable sorpresa al dar una joven encina, uno de los árboles autóctonos de los bosques de Ceuta. Ha tenido la fuerza suficiente para sobrevivir entre tantos eucaliptos.

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Paso al lado de un antiguo depósito de agua hoy en día abandonado. Seguro que si estuviera lleno las aves lo habrían colonizado.

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Voy observando entre los árboles la imagen del Peñón de Gibraltar, una referencia ineludible para los navegantes que desde la antigüedad hasta nuestros días atraviesan esta puerta natural que conecta el Océano Atlántico con el mar Mediterráneo.

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Accedo, sin lugar a dudas, al tramo con mayor espesura del camino. El color verde de los árboles y los helechos es el dominante. Desconozco quienes han abierto este itinerario, pero es claramente apreciable que un grupo de personas han trabajado duro para abrir un sendero entre los helechos. Estas típicas plantas del monte de García Aldave superan la altura de una persona. Disfruto del fresco olor de los helechos recién cortados y de este pasillo que atraviesa el corazón del bosque sin herirlo. Me alegra saber que no estoy solo. Me cruzo en el camino con un excursionista acompañado de su fiel perro. Intercambió unas amables  palabras con este solitario caminante y le dejo atrás. A los pocos segundos escucho al perro ladrar y acto seguido pasan a gran velocidad dos ciclistas que saltan por las rampas que los aficionados a este deporte han instalado a lo largo de esta parte del camino.

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Según avanzo por la senda observo que la espesura del bosque se diluye y se abre un amplio claro teñido de verde. Vuelvo a encontrarme con los árboles quemados en uno de los incendios forestales de los últimos años.

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No pierdo de vista a la luna que viene acompañándome desde que emprendí mi excursión hace ya algo más de dos horas.

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Me acerco de nuevo al fuerte de Anyera y al hacerlo disfruto del horizonte abierto de un mar cuyo azul lapislázuli contrasta con el blanco de las zanahorias silvestres y con el verde de los tallos que sostienen a estas bellísimas sombrillas naturales.

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Al igual que el fuerte de Anyera me transmitió una sensación de soledad, éste de Aranguren me sugiere vitalidad y alegría. Al ser un sitio frecuentado por familias y niños el espíritu de este lugar está impregnado de vida, diversión y juego.

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Desciendo por el mismo camino que tomé al comenzar esta pequeña aventura matutina. Con la visión puesta en el azul del Estrecho llego hasta el mirador de Beliunex. Aquí me paro unos minutos para escribir y disfrutar de la belleza de la ensenada de Beliunex, un refugio natural para los navegantes que osaban traspasar el misterio, mágico y sagrado límite del mundo conocido.

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El Atlante duerme de manera placida y serena, observado por mí y por una luna en cuarto menguante que me ha acompañado todo el trayecto y que ahora se ha parado encima del cuerpo del titán. Sé lo que esta luna simboliza y a quién encarna. Ella y yo lo sabemos. Y eso basta.

PASEO POR EL ARROYO DE CALAMOCARRO

Ceuta, 16 de mayo de 2017.

Casi todos mis paseos los hago por el Monte Hacho, ya que es el lugar que tengo más cerca de casa y por la atracción que ejerce sobre mí este mítico promontorio. Hoy deseaba cambiar de escenario, así que me he trasladado hasta el arroyo de Calamocarro. Las últimas veces que he venido a este sitio el cauce estaba seco. Sin embargo, después de las lluvias de este invierno y de esta primavera, la vida ha regresado a este bellísimo paraje natural protegido. Nada más adentrarme en el camino que conduce al corazón del arroyo, he comprobado que caía agua de la cascada que sirven de muro de contención del arroyo. Coincide que estamos en plena estación primaveral y la vegetación está exuberante. Enormes adelfas, con sus hojas brillantes, sus ramas finas y sus flores rosáceas dibujan un cuadro espectacular.

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Sigo el curso del agua fotografiando a cada instante las pequeñas cascadas que se forman debido a las piedras arrastradas por la corriente. Cuando llueve de manera intensa esta zona se convierte en un torrente intransitable. Además de las adelfas los otros protagonistas del paisaje son los helechos, las viboreras, los cardos y las enormes tagarninas. Del primitivo bosque que existió en las riberas de este arroyo tan sólo quedan alcornoques, algún pino centenario y unos antiquísimos castaños que visitaré otro día.

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He ascendido el curso del arroyo hasta la base de un enorme chopo que esta época del año ha recuperado sus hojas verdes. Aquí, sobre una piedra ubicada en un meandro del arroyo, me he sentado a escribir.

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La luz penetra entre las ramas de los laureles iluminando las hojas que adquieren un verde intenso y creando un precioso juego de luces y sombras. Las ramas de los árboles se entrecruzan sobre el cauce trazando una puerta una dimensión mágica de la realidad. Estas mismas ramas se miran al espejo de un arroyo que por efecto del sol parece de pura plata. Empiezo a sentir esa profunda emoción que experimento al vivir un momento mágico. Mi mente no presta atención a nada más que el discurrir del agua en su camino hacia el mar. No hay pensamiento de fondo que distorsionen este instante. Estoy solo en la naturaleza, acompañado de las Musas y las ninfas.

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Contemplando este lugar entiendo que en los relatos mitológicos clásicos situarán este espacio geográfico el jardín de las Hespérides y el árbol de la vida. Tampoco me extraña que en las crónicas medievales ubiquen en este arroyo o en alguno cercano la fuente de la eterna juventud. Uno se vuelve inmortal presenciando la belleza de este privilegiado enclave. Bebo en este momento de la copa celestial que otorga a los seres humanos la vida eterna a través de la palabra escrita. Este relato forma parte de este lugar, como yo formo parte de él. Mi comunión con la naturaleza es profunda.

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Una mariposa lleva todo este tiempo merodeándome, hasta que se ha posado al lado de mí. Veo en ella a la Gran Diosa. Los pájaros cantan cada vez de forma más fuerte y melodiosa, como si quisieran regalarme un concierto en mi honor.

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El sol ha iluminado la poza que mencioné antes y la ha transformado en un cristal trasparente y brillante. No hay esquina a la que no mire que no parezca de una asombrosa belleza. Siento con la vida anima cada centímetro cuadro de este arroyo. La poza se ha convertido en el baño de unos insectos que se deslizan sobre su superficie.

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La temperatura es sumamente agradable. Los rayos del sol que entran por el ramaje mantienen la dosis adecuada de calor, suavizado, igualmente, por el viento de levante que sube por el propio cauce del arroyo. Por si fuera poco, las gotas de humedad que impregnan las hojas de los árboles caen a un ritmo lento sobre mí refrescando mi cuerpo.
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Toda una vida no será suficiente para describir toda la belleza de este sitio. No obstante, me comprometo conmigo mismo a regresar al arroyo cada vez que encuentre un momento propicio.

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Comienzo el camino de vuelta y viene a mi memoria el libro “Musketaquid” de Henry David Thoreau. El arroyo de Calamocarro es mi particular río Merrimarck. Todo el descenso lo hago tomando fotografías y disfrutando de la belleza de este cauce natural en tiempo primaveral. Cuando quiero darme cuenta llego al puente bajo el cual se dan la mano el arroyo y el mar.

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La arena ha tomado parte de la desembocadura del arroyo y el agua dulce estancada espera la marea alta para disolverse en el Océano Atlántico. Recuerdo entonces el siguiente pasaje de la Metamorfosis de Ovidio:

“Confinó entre sus márgenes inclinados a los ríos,
Que en algunos lugares son absorbidos por la tierra,
Y en otros llegan al mar, donde son recibidos en la sencillez
De sus aguas libres y hacen de las costas sus orillas”.

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ORO AZUL EN EL FIRMAMENTO

Ceuta, 14 de mayo de 2017

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No podía pasar este día sin contemplar el ocaso del sol. He subido hasta el baluarte de San Antonio de la ciudadela del Hacho por una empinada cuesta que me ha dejado sin aliento. Son las 9:05 h. Le quedan a este día tan especial para mí apenas diez minutos. El cielo está despejado en su mayor parte, excepto en la franja más próxima al horizonte. Aquí se concentran unas tenues nubes jaspeadas que no impiden la formación de un alargado y potente haz de luz dorada tendido sobre un mar en perfecta calma.

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Todo el paisaje está impregnado de este color dorado y se respira una atmósfera de serenidad, alegría y magia. Me quedo absorto observando la belleza de Ceuta. A lo lejos es posible reconocer el perfil del rostro y el pecho del Atlante dormido. Mientras que mis ojos escudriñan el entorno los oídos están pendientes del sonido de las aves. Al mismo tiempo aspiro el peculiar olor de las rudas. También escucho el croar de las ranas de un cercano estanque al que iba de pequeño con mi padre a darle de comer a los patos. Este lugar se había perdido de mi memoria y está noche lo he reencontrado.

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Toda la luz que el sol proyectaba sobre el mar se ha reconcentrado en el mismo disco solar. Las nubes disipan su forma redondeada, amplían su destello y contribuyen a crear una estampa celestial. Al tocar el agua el sol recupera su forma redondeada. Es una gota de oro puro vertido por los dioses directamente del crisol alquímico.

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Para recibir al astro rey se abren las mismas puertas del inframundo, donde lo recibe el dios Hades. Su mujer Perséfone disfruta de su regreso a la tierra y paseo con ella por unos campos llenos  de flores y embriagadores olores. Los capullos en flor en flor se abren y levantan en señal de respeto ante la diosa primaveral.

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La noche se va a apoderando del cielo y con ella llegan los planetas y las estrellas. Sobre la fortaleza del Hacho veo aparecer al brillante y espectacular Júpiter. Poco después se ilumina una de las grandes constelaciones de la primavera, la femenina Virgo con la majestuosa espiga en su mano. En el oeste a quien contemplo fugazmente es a Sirio, cuya fuerza ha ido disminuyendo con el paso de los días. Todos estos astros cuelgan de un firmamento de azul ultramarino, un color similar al lapislázuli, considerada el “oro azul” por las grandes pintores del renacimiento.

No hay para mí mayor tesoro que disfrutar de este oro azul. Es una tonalidad tan bella que siento una íntima alegría y percibo con claridad el carácter sagrado y mágico de este lugar.

CEUTA, RESIDENCIA DEL ATLANTE DORMIDO Y SÍSIFO

Ceuta, 13 de mayo de 2017.

Ayer estuve con mi mujer y mis hijos Alejandro y Sofía contemplando el atardecer desde el mirador de San Antonio. Tenía ganas de observar la caída del sol para comprobar una teoría que acudió a mi mente el otro día.

Cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo salgo por la tarde a contemplar el ocaso del sol. Esta costumbre me ha permitido observar la cambiante posición del sol en los atardeceres ceutíes. Siempre lo hago tomando como referencia la figura del Atlante dormido, que es la montaña que delimita a Ceuta por el oeste. En el día del solsticio de verano el sol alcanza su posición más septentrional para acto seguido deshacer su camino y subir, como una pesada piedra, sobre el cuerpo del Atlante hasta llegar a la cima del Yebel Musa en el solsticio de invierno. A partir de este día comienza a rodar de nuevo hacia el norte hasta pararse el día de comienzo del verano. Cuando me di cuenta de este hecho me acorde del mito de Sísifo.

Sisyphus por Tiziano, 1549.

Sisyphus por Tiziano, 1549.

De Sísifo sabemos que era hijo de Eolo, dios de los vientos; y que se casó, precisamente, con la Pléyade Mérope, una de las hijas del Atlante. Era conocido por su astucia y valentía. Zeus ordenó a su hermano Hades que arrojará a Sísifo al Tártaro y le castigará eternamente por haber violado secretos divinos. Pero Sísifo no se dejó intimidar: astutamente puso a Hades unas esposas diciéndole que le iba a mostrar cómo debían usarse, y las cerró rápidamente. Así, Hades quedó como prisionero en casa de Sísifo durante unos días. Esta situación provocó una situación imposible, porque nadie podía morir. Es de suponer que estos días en los que Hades abandonó su puesto no pudieron abrirse las puertas de inframundo situadas en el Estrecho de Gibraltar por las que cada noche entra Apolo conduciendo el carro solar. Estos días corresponderían a las jornadas próximas al solsticio de verano, que es el momento en el que los días son más largos y las noches más cortas. No fue hasta que Ares acudió a liberar de su cautiverio a Hades cuando las puertas del infierno se abrieron de nuevo y los días comenzaron a ser más cortos.

Sisyphus, por Franz Von Stuck

Sisyphus, por Franz Von Stuck

Por el encontronazo con Hades y con el mismo Zeus, Sísifo recibió un  castigo ejemplar. Homero, en la Odisea, lo narra de la siguiente manera:

Iba a fuerza de brazos moviendo un peñón monstruoso y, apoyándose en manos y pies, empujaba su carga hasta la cima de un monte; más luego, llegado ya a este punto de dejarlo en la cumbre, la echaba hacia atrás su gran peso; dando vueltas la impúdica piedra, llegaba hasta el llano y él tornaba a empujarla con todas sus fuerzas. Caía el sudor de sus miembros y el polvo envolvía su cabeza” (Odisea, Canto XI, 595-600).

Según Robert Graves, “la piedra de Sísifo era originalmente un disco solar, y la colina por la que rodaba es la bóveda celeste, lo que constituía una imagen bastante familiar”.

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Atlante dormido visto desde Ceuta

Desde mi punto de vista, existen motivos para pensar que la montaña por la que Sísifo rueda su piedra o disco solar es el Yebel Musa, o lo que es lo mismo, el propio cuerpo tendido de su suegro el Atlante. Todos los años, en el día del solsticio de verano recoge su piedra de la misma puerta de Hades situadas en el Estrecho de Gibraltar y comienza a subirla por el perfil del Atlante hasta que consigue situarla en la cima del Yebel Musa en el día del solsticio de invierno. Ese día la piedra comienza su descenso hacia el mar en un ciclo interminable a la vista de todas aquellas personas observadoras.

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Atardecer en el solsticio de verano (2015)

Atardecer en los días próximos  al equinoccio de primavera (2017)

 

Atardecer el equinoccio de otoño (2016)

Atardecer el equinoccio de otoño (2016)

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Solsticio de invierno (2017)

La vinculación del Atlante y Sísifo es clara. Este último, como comentamos al principio de este escrito, se casó con Mérope una de las siete hermanas que forman la Pléyades. También guarda una estrecha relación con Hades, al que consiguió engañar y mantener preso varios días y que se vengó de él obligándole a subir el disco solar sobre el cuerpo del Atlante y haciéndole sufrir viendo cómo su trabajo resulta infructuoso año tras año.

LUNA LLENA DE LAS FLORES

Ceuta, 10 de mayo de 2017.

Esta luna llena, las de las flores, es muy especial para mí. Bajo su influencia encontré hace dos años el exvoto con la representación de la Gran Diosa en la cueva sagrada cuya existencia había intuido unos meses antes. Entonces no le prestaba la atención que ahora me merecen los planetas y las estrellas.

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Para contemplar la llegada de la luna he venido hasta la Sirena de Punta Almina. Un sol decadente ilumina con una intensidad moderada a esta antigua instalación sonora de aviso a los navegantes. Por su sonido la llamaban la Vaca, animal muy vinculada a la diosa blanca y a su atributo la luna.

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Por el camino que lleva hasta la Sirena de Punta Almina me he ido parando a fotografiar algunas plantas.  Un ejemplar de Thapsia sp., muy abundante en este sitio, está a punto de eclosionar. Me fascina ver el nacimiento de la vida.

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Rodeo la Sirena aprovechando el pasillo externo que circunda a este edificio e instalo el trípode y la cámara fotográfica en el extremo meridional del saliente rocoso sobre el que se construyó este edificio.

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El mar está en calma y no noto la presencia del viento. Unas hermosas nubes decoran un cielo herido por la noche. El síntoma más evidente de la muerte del día es el color rosáceo que van adquiriendo las nubes. Esta tonalidad aporta una extraordinaria belleza. Su reflejo sobre el mar ofrece una estampa sin igual. Mientras que esto ocurre una concentración de cientos de gaviotas giran en espiral sobre el mar imitando un torbellino de alas blancas. Sus graznidos resultan estremecedores y sus sombras inquietantes cuando me sobrevuelan a poca distancia.

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De repente se hace el silencio, como si hubiera entrado en escena una reina y su séquito. De hecho es lo que sucede. La Gran Diosa blanca hace su aparición en el firmamento bajo un velo confeccionado con delicadas nubes blancas. El aludido silencio se rompe por un extraño sonido. Da la impresión de que alguien se está tirando de manera repetida al mar, pero no consigo ver a nadie entre las rocas. Escucho también un fuerte resoplido. Cuando busco con la mirada la fuente de estos sonidos localizo a poca distancia de la costa a una nutrido grupo de delfines saltando en el agua. Son el séquito real de la diosa luna blanca. Sé que no olvidaré este momento ni esta imagen de un cielo y un mar cobrizo en el que hizo aparición la luna llena acompañada de una manada de alegres y juguetones delfines. El sonido del paso de estos bellos cetáceos ha quedado grabado en mi memoria.

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Sigo observando el ascenso de la luna por el nuboso firmamento. En lo alto brilla con especial intensidad al rey masculino de las noches de mayo. Es el mismo Júpiter que se ha asomado desde el Olimpo para acompañar a la Gran Diosa. No tardarán mucho en encontrarse y en pasear juntos por el cielo mientras en la tierra  la mayoría de los hombres y mujeres ignoren sus majestuosas presencias.

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Nosotros, los seres humanos, sin ser consciente de lo que voy a expresar, hemos hecho de la tierra un infierno. Lo veo claro cuando al mirar hacia el otro lado del Estrecho observo que las luces artificiales concentradas en la bahía de Algeciras ofrecían una imagen fantasmagórica e infernal. No es un color rojizo, similar al del fuego, creado por efecto del atardecer, sino una tonalidad resultante de la contaminación atmosférica y lumínica generada por los seres humanos.

Yo emprendo mi camino de regreso a casa. Paseo, con la única luz de la luna, por el camino que conduce hasta la Sirena de Punta Almina. Mi sombra es alargada y bien marcada. Levanto mi mirada y contemplo un indescriptible cielo nocturno. Su color es de una azul metálico bellísimo que resulta difícil olvidar.

SIGNIFICADO ALQUÍMICO DE LAS MINAS DEL CARDENILLO: EL SECRETO DEL SECRETO

Ceuta, 1 de marzo de 2017.

Ayer, cuando me fui a acostar un rato después de comer, sentí el impulso de llevarme a la cama las fotocopias que hice del libro “Mysterium coniunctionis” de Carl Gustav Jung. Las ojeé por encima y me detuve en la última página. Al leerla me quedé boquiabierto al reconocer una palabra que me resultaba familiar: cardenillo. Este es el nombre que recibe las formaciones de mineral de cobre que son visible en la mina que descubrí en el Monte Hacho.

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Reproduce Jung un texto de Abraham Eleuzar sobre la Sulamita en la que ésta exclama: “¿Qué puedo decir? Estoy sola entre las ocultas; pero me alegro de corazón, pues puedo vivir en lo oculto, y me restablezco en mí misma. Pero bajo mi negrura he escondido el verdor más hermoso”. Jung interpreta este texto como una referencia a que “el estado de transformación inacabada, pero deseada y esperada, parece ser no sólo un sufrimiento, sino también una dicha positiva, aunque oculta…En el trato consigo mismo no he encontrado un aburrimiento y una melancolía mortales, más aún, una relación que se parece a la dicha de un amor secreto, o a una primavera oculta en la que de una tierra brota una sementera joven y verde que promete una cosecha futura. Desde el punto de vista alquímico, se trata de la benedicta viridatis, que por una parte remite, en tanto que leprositas metallorum, al CARDENILLO; por otra, a la residencia secreta del espíritu divino de vida en todas las cosas”.

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El verde, según Jung, significa crecer, esperanza y futuro, y ésta es la razón de la alegría interior oculta, tan difícil de justificar sin esta circunstancia. Para la alquimia, el verde también significa acabamiento, perfección.

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Se ha convertido en una constante en mi vida que los hallazgos arqueológicos se conviertan en claves fundamentales en mi propia evolución de la consciencia y en el futuro de Ceuta. El verde aparece contenido en la negra piedra del betilo hermafrodita y, en el plano geológico, en la oscura mina del cardenillo del Hacho.

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La estrecha relación entre el mundo de afuera y mi mundo de adentro explica que perciba en el verdor de la naturaleza y del cobre que rezuma el Monte Hacho la inmanencia del espíritu divino de vida en todas las cosas. He comprendido que el anima mundis (el alma del mundo) no sólo envuelve a la tierra, sino que también la empapa para hacerla fértil y asegurar “una cosecha futura”. Este mismo verdor está contenido en mi interior y me aporta la fuerza necesaria para seguir progresando en la evolución de la consciencia.

Todo está conectado en mi vida de una manera mágica y misteriosa. El exvoto de la diosa, la cueva sagrada, el betilo hermafrodita, las minas de cobre del Cardenillo, la espiral de la vida, etc…El secreto del secreto se está desvelando y me siento afortunado por participar en el despliegue del espíritu de Ceuta.

GEOLODÍA 2017 CEUTA

Este domingo, 7 de mayo de 2017, celebramos el Geolodía con la visita a los secretos  geológicos que guarda el Sarchal y el camino de Ronda. Puede leer el contenido integro de la actividad en el siguiente enlace: FOLLETO.

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