EL BOSQUE Y EL MAR

Según vamos dejando la infancia atrás, nuestro campo vital se amplía. Del estrecho círculo familiar y de la escuela, hemos conseguido salir al jardín y experimentar la permanente relación del mundo de afuera y el mundo de adentro a través de los recuerdos y los planes. Ahora toca ampliar aún más nuestro círculo de vida. Del jardín pasamos al bosque y la ciudad. Es hora de que nuestros jóvenes conozcan el lugar en el que viven. Durante mucho tiempo, como ya denunciaba Geddes, “nuestra educación ha sido en el pasado tan libresca que nueve de cada diez personas y a veces hasta más, comprenden la letra impresa mejora que las ilustraciones y las ilustraciones mejor que la realidad. Unas cuantas fotografías bien escogidas producirán más efecto en el espíritu de la gente que la visión directa de su belleza monumental, los colegios e iglesias, por un lado, el palacio, el castillo y coronamiento de la ciudad por el otro. Puesto que nos hemos tornado casi ciegos a la belleza de estas calles y los mejores elementos de su vida y herencia también nos ha ocurrido lo mismo en cuanto a sus aspectos lamentables”.

Es importante, por tanto, que nuestros jóvenes conozcan de primera mano el territorio en el que viven. Han de conocer su situación, topografía y ventajas naturales: su geología, clima, vegetación, fauna terrestre y marina y sus montes. Este escenario ha sido modificado por la acción del hombre desde que hizo presencia por primera vez en el lugar en el que viven. Sobre este espacio y contando con sus particulares condiciones naturales los habitantes de su localidad, en el pasado y en el presente, han desarrollado su actividad económica. Fruto de esta relación entre lugar y trabajo, o dicho de otra manera, entre medioambiente y función, nace el carácter e idiosincrasia de sus gentes.

Estudiando y conociendo estos componentes del mundo objetivo, lugar, trabajo y gente, ponemos en contacto a nuestros jóvenes con materias básicas como la geografía, la economía y la antropología. Pero no lo hacemos de una manera independiente, como suele ser habitual en nuestras escuelas e institutos, sino que las congregamos en una unidad vital. Nuestro conocimiento del Lugar ya no se limita al estudio de atlas, mapas y gráficos.  A estos añadimos la visita a los lugares de Trabajo, campos, fábricas, comercios; y luego a los lugares de residencia de la Gente, así como a los edificios y espacios públicos o privado que sirven al ser hombre para cubrir sus necesidades físicas (hospitales, centros sanitarios, etc..),  sociales (instalaciones deportivas, educativas y culturales) y espirituales (iglesias, mezquitas, sinagogas, …).  Conociendo el lugar en el que viven y los lugares donde trabajan conocemos a sus gentes, que es el campo de la antropología.

El siguiente paso en nuestro modelo educativo, basado en las enseñanzas de Patrick Geddes y sus célebres diagramas, es vincular el Lugar, el Trabajo y la Gente, con los sentidos, la experiencia y los sentimientos. A través de nuestros sentidos conocemos nuestro medioambiente, percibiéndolo y observándolo; oyendo sus sonidos y disfrutando del silencio; tocando la frialdad de sus rocas, la frescura de sus flores, la humedad de la tierra, la fragilidad de los insectos; oliendo el fresco aroma del bosque, las resinas de los árboles; y paleando los productos autóctonos del lugar.

Nuestros sentimientos evidentemente proceden de nuestra gente. Del amor y la atención de nuestros padres, abuelos y demás familiares pasamos a los sentimientos que se despiertan en compañía de nuestros amigos y profesores. Combinando ambos, los sentidos y los sentimientos, surgen las experiencias sensitivas y sensoriales, por un lado; y por otro las experiencias sentimentales, que determinan nuestras habilidades y conductas, respectivamente.

Generalmente, nuestra educación tradicional no avanza más allá de este mundo subjetivo pasivo y simple.  Este tipo de educación, que se ha convertido en la habitual de todos los tiempos y lugares, embute en el espíritu humano, al buen tuntún, toda clase de conocimientos. Apenas se consigue adentrar a los jóvenes en el campo de los planes y proyectos; de los ideales, las ideas y la imaginación creativa. Un hecho bastante teniendo en cuenta que si hay que los caracteriza es su natural confianza en la razón y la justicia. No hay nadie más idealista, creativo y soñador que un niño o un joven y, sin embargo, ninguna de estas facultades son alimentadas y promovidas en nuestros centros educativos.

Que consigamos una vida interior plena va a depender de nuestra capacidad y esfuerzo para transmutar los sentimientos en emoción, la experiencia en ideación y los conocimientos en imaginación. De nuestros ideales superiores, ya sean religiosos o filosóficos, surgen nuestros principios doctrinales o ideológicos (paradigmas) y a partir de ellos construimos nuestra ciencia o la explicación del mundo que nos rodea y del que formamos parte. Nuestros ideales requieren símbolos y estos emergen a partir de la capacidad que tengamos de transformar las experiencias sensoriales y sentimientos en tales símbolos. El conocimiento de estos símbolos es fundamental para el pleno desarrollo de la personalidad de nuestros jóvenes. A este respecto, comentaba Lewis Mumford “que no hay pobreza peor que la de ser excluido por ignorancia, por insensibilidad o por falta de dominio del lenguaje de los símbolos significativos de la propia cultura; esas formas de sordera o ceguera social constituyen verdaderas formas de muerte para la personalidad humana”. Nuestros ideas se convierte en imágenes, en notaciones gráficas, ya sea en símbolos matemáticos, físicos, químicos o en las líneas del tiempo que utilizan los historiadores para ilustrar el devenir de la humanidad.

Llegados a este punto, a esta línea imaginaria dentro de nuestro pensamiento, parece que para muchos, en verdad para la mayoría de las personas, terminan las posibilidades de la vida. No ha de extrañarnos que en la escuela, el instituto y la universidad apenas se traspase esta frontera mental imaginaria que nos lleva, sin salirnos del mundo de adentro, al diseño de planes y proyectos efectivos, al desarrollo de la imaginación creativa  y la elevación de nuestra energía espiritual que es fin de la filosofía. Estos caminos poco transitados para la mayoría de las persona nos conducen de nuevo al mundo objetivo, al mundo de afuera; aunque no a la vida cotidiana, excesivamente simple, a la que estamos acostumbrados. Nuestros acontecimientos cotidianos, nuestras experiencias y sentimientos, nuestros conocimientos de los dogmas religiosos, de los símbolos culturales y científicos, modelan nuestros sueños más excelsos. Sólo nos falta el impulso y la fuerza para realizarlos de nuevo en el mundo, “como Hazañas”, según decía Geddes. Preciosa palabra que encierra el sentido de una vida plena, rica y efectiva.

Siguiendo la espiral de la vida anteriormente descrita, desde la Escuela de la Vida  “Vivendo Discimus” pretendemos que nuestros jóvenes conozcan de primera mano su medio natural, histórico y social. Nos adentraremos en el conocimiento del clima, la geología, la flora, la fauna, el mar, los montes y los ríos, así como su patrimonio cultural y el urbanismo de la ciudad. Analizaremos las transformaciones de la naturaleza realizadas por las distintas civilizaciones y conoceremos los distintos pueblos que han habitando y hoy en día viven en este territorio. Merced a este contacto directo con la naturaleza, la ciudad y sus gentes pretendemos despertar sus sentidos, ampliar sus experiencias vitales y alimentar sanos sentimientos de amistad, amor, cooperación, comunión y comunicación. Estos sentimientos son la base de la que parten los ideales y valores que queremos transmitir a nuestros jóvenes y las virtudes que deben marcar su conducta (sabiduría, valentía, templanza y justicia). Estos ideales toman forma en una serie de símbolos culturales que es necesario que conozcan nuestros jóvenes. Esos símbolos son los que sirven de ingredientes básicos de su imaginación creativa. Una imaginación que queremos pongan en relación con los conocimientos, experiencias y sentimientos acumulados durante su contacto directo con la naturaleza, la ciudades y sus pobladores, de las deben salir planes y proyectos concretos para restaurar nuestro medioambiente, mejorar nuestras ciudades y ampliar las expectativas de vida de sus moradores.

Dado que las necesidades de mejora de lugar, tan natural como urbano, son tan amplias, vamos a concretar nuestro proyecto en la planificación de una actividad de restauración ambiental y posterior reforestación de la zona intervenida. Nuestra aportación al bosque será nuestra contribución al mejoramiento de nuestro territorio y la manera de conectar el mundo de adentro y el mundo de afuera, el pensamiento y la acción, los hechos observados con los logros alcanzados. Consideramos que no hay mejor modo de hacer ciudadanos que cargando sobre los jóvenes alguna de las tareas de de la comunidad. En estas ocasiones, una hora de práctica vale más que una semana de estudio en los libros. Una buena manera de introducirlos en la práctica cívica es precisamente el cuidado y conservación del ambiente común.

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