LA VOZ DE LA NATURALEZA

Ceuta, domingo, 26 de abril de 2015

Lo he decidido a última hora. Sentado delante del ordenador he vuelto la mirada hacia la estantería y mis ojos se han fijado en un libro: “Cómo leer y por qué”, escrito por Harold Bloom. Este famoso crítico literario estadounidense comparte con Borges y con este humilde escritor una gran admiración por Walt Whitman, poeta fundamental en mi proceso de autoconstrucción. He ido al índice para buscar el capítulo que Bloom dedica a Whitman. Del más importante bardo que ha cantado a la naturaleza reproduce el siguiente fragmento:

“Tremendo  y deslumbrante, qué pronto me mataría la aurora

Si yo no fuera capaz, aquí  y ahora, de que de mí naciera la aurora.

Nosotros también ascendemos, tremendos y deslumbrantes como el sol,

Formamos nuestra propia aurora, oh mi alma, en la paz

y la frescura del alba”.

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Transcribo este bello verso de Whitman en mi libreta sentado sobre una enorme roca entre los arrecifes del Sarchal. En este preciso instante el sol se ha elevado sobre las nubes que durante un rato impedían que sus rayos calentaran mi cuerpo preso de “la frescura del alba”. La dulce pugna entre el sol y las nubes ha resultado un espectáculo de gran belleza.

Mientras transcurría este combate entre el sol y las nubes todos andábamos inquietos. El mar rompía con fuerza bajo la roca en la que me encuentro y las gaviotas volaban en círculo sin decidir su rumbo. Yo mismo sentía un profundo desasosiego.

La luz del sol trae calor y calma a mi cuerpo y a mi alma. Los colores vuelven al paisaje. Entre ellos predominan el gris de las rocas, el verdiazul del mar, el verde intenso del manto vegetal que recubre las escarpadas paredes del acantilado y el azul de cielo, decorado con blancas nubes dispersas por el viento. Un viento que hoy corre intenso de poniente.

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Escribo tranquilo y sereno con mis “armas” a mis pies: una cámara de fotos y un libro (“Hojas de Hierba de Walt Whitman”).

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Pero no estoy del todo desarmado. Porto en mi mano derecha una bolígrafo con el que escribo en la libreta que siempre me acompaña.

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Las palabras que aquí plasmo es mi mejor arma para expresar lo que soy y lo que siento. Al escribir esta frase las gaviotas graznan y el mar suena con algo más de fuerza bajo  mí. ¿Me habrá escuchado la naturaleza lo que mi voz interior me dicta? ¿Acaso no es esa voz la propia naturaleza que habla a través de los poetas? ¡Oh, mi yo! ¡Oh, mi alma! ¡Oh, naturaleza! ¿Qué quieres decirme? ¿Por qué te apoderas de mí? ¿Qué he hecho yo para merecer que hables a través mía? Me emociono, sí. Lágrimas brotan de mis ojos al darme cuenta de lo afortunado que soy. Quiero corresponderte, ¡Oh, naturaleza!, defendiéndote aún más si cabe a través de la acción cívica, sustentada en el amor que te profeso.

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Alzaré mi voz. Escribiré cuanto haga falta para defenderte, mostrar tu sabiduría y expresar mis sentimientos más íntimos que son los tuyos. Haré todo lo posible para ayudar a que otros descubran tu bondad, verdad y belleza. Trabajaré sin descanso para lograr tu restauración, al mismo tiempo que renovamos nuestros corazones y reeducamos nuestras mentes. Es lo mínimo que puedo hacer por ti, querida naturaleza. Solo te pido una cosa: que me sigas hablando e inspirando a través del canto de las Musass. Permíteme también compartir con los demás todo lo que tienes que decirme. Escuchar tu voz es la gracia más grande que un humano puede sentir.

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El cielo se nubla. Mi mente también. Vuelvo a casa. Me espera mucho trabajo.

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Antes de emprender el camino de regreso abro el libro de Whitman y leo: “Creo en ti, alma mía. No deseo palabras, música ni ritmo, costumbres ni lectura. Ni aún las mejores. Solo me place el arrullo, el susurro de tu voz valvada”. Mi alma eres tú, naturaleza amada.

ENTRE LAS ROCAS DEL SARCHAL

Ceuta, domingo, 19 de abril de 2015

Era una idea que me venía rodando por la cabeza desde hace tiempo: no hace falta ir muy lejos para tener un contacto directo con la naturaleza, meditar y escribir. Donde vivo, en Ceuta, somos muy afortunados, tenemos la suerte de tener la naturaleza muy cerca de nuestras casas. Si miro al norte diviso el Estrecho de Gibraltar y si lo hago al sur puedo apreciar un espectacular amanecer. Al sol le gusta el Mediterráneo y sus gentes. Todos los días se asoma para renovar la vida y alegrar nuestros corazones.

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Me asombra cómo va cambiando el paisaje según amanece. Los colores se van haciendo intensos. Primero los amarillos, luego los blancos del reflejo del sol en el mar, le  sigue el azul intenso del cielo, los verdes y los naranjas de las flores.

Miro hacia atrás y observo un abigarrado grupo de  flores que les gusta, como a mí, el olor a mar y la dulce brisa del viento marino. Es nombrar al viento y éste hace su aparición. Suavemente masajea mi rostro y alivia el calor que me provoca los mañaneros rayos del sol.

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Para llegar hasta aquí he bajado por unas viejas y sucias escaleras. Esta parte del litoral está completamente abandonado. No es una playa turística, pero tiene un encanto que la hace especial.

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Las gaviotas me reciben jubilosas o enfadadas. No lo sé. Pero me ofrecen un recital de canto y vuelos acrobáticos que me alegran. Sus siluetas se superponen al sol en su despertar y al mar en su brillar.

Miro alrededor. Busco un sitio dónde sentarme a escribir. Una preciosa roca blanca me atrae y me siento en ella.

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Pero un ruido me inquieta. No es el sitio adecuado. Los desprendimientos de piedras son habituales en este punto. Todas las grandes rocas que ocupan este lugar no indicativas de que la zona es peligrosa.

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Avanzo unos metros. Al otro lado de las grandes piedras desprendidas hay un claro libre de rocas. Por desgracia todo el espacio está lleno de basura traída por el mar o arrojado desde los acantilados del Recinto. Alguien, cansado de tan suciedad, ha escrito un mensaje en la pared de una enorme roca: “basuras no”. No parece que la advertencia haya conseguido el efecto deseado.

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Entre todos los residuos acumulados encuentro una esponja marina. Va a ser el único tesoro que me llevé a casa.

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Estoy tranquilo y sereno. Este es un lugar hermoso. El leve sonido de las olas de mar es un bálsamo para mi alma.

Hoy he traído mi ejemplar de “Walden” escrito por Henry David Thoreau. Abro la primera página y leo el breve prefacio: “no pretendo escribir al abatimiento, sino jactarme con tanto brío como el gallo encaramado a su palo por la mañana, aunque solo sea para despertar a mis vecinos”. Este pasaje me recuerda al gallo que esta mañana despertaba a mis vecinos cerca de mi casa.

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Yo pretendo algo parecido con mis vecinos de Ceuta y con el resto de la humanidad. Quiero contribuir, aunque sea de forma muy modesta, a despertarles. Ayudarles a que abren los ojos para disfrutar del extraordinario espectáculo de la naturaleza. Que afinen sus oídos y aprecien la sinfonía que a diario nos dedica la Madre Tierra. Que sientan el calor del sol y la refrescante brisa del mar y la montaña. Que huelan las fragancias de las flores en primavera y el olor de las algas del mar. Que toquen las rocas, abracen los árboles, el pelo de sus mascotas y la suave piel de sus semejantes cuando los acarician, besan o abrazan. Sí, ¡Así tenemos que vivir la vida! ¡Con los sentidos despiertos, abiertos a nuevas experiencias y amistad! ¡Deseosos de amar a nuestros semejantes y a todas las criaturas que nos acompañan y nos indican que la vida es diversa! ¡Conscientes de que en cada metro cuadrado la vida no para! La naturaleza es inquieta. El cosmos está en continua evolución en forma de espiral.

La propia tierra, Gaia, está en movimiento, aunque sea normalmente imperceptible. Justo aquí, donde me encuentro, hace millones de años, la corteza de la tierra se abrió y materiales procedentes del mismo centro de la tierra emergieron en este lugar. Los afloramientos de periodotitas son prueba de ello.

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Tomo el camino de regreso a casa. Mis pisadas borran la huella de las patas de las numerosas gaviotas que reposaban en esta playa.

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Las negras rocas de peridotitas han sido esculpidas por el mar dando como resultado un  paisaje de sobrecogedora belleza.

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Las flores se asoman al mar. Unas hermosas flores rojas se han encaramado a este montículo para disfrutar del paisaje.

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A mi paso un grupo de estorninos que alegremente comían entre la hierba vuelven a su escondrijo entre los muros del fuerte del Sarchal.

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Subo una empinada cuesta. Voy tan lento como este caracol que con gran esfuerzo se desliza por una estrecha hoja.

Aprieto el paso. Hoy el cumpleaños de mi hijo Alejandro y quiero disfrutar del día con él y el resto de la familia. Pronto volveré. Me queda mucho que contar de la playa del Sarchal.

BELLEZA SANADORA EN CEUTA

Ceuta, 14 de abril de 2014.

Lo pensé ayer: necesito volver a la naturaleza. Para mí reencontrarme con la Madre Tierra se ha convertido en una necesidad vital. Me siento como una flor que requiere luz y aire para abrir los pétalos de mi corazón y las puertas de mi mente a dimensiones ocultas del entendimiento. Cuando paso, aunque sea un día, sin pasear siento que me marchito. Mi regreso a la naturaleza me colma de alegría y vitalidad.

Esta mañana me levanté bien temprano. Preparé el biberón de Sofía y consulté en el ordenador la hora a la que hoy amanecía. La hora fijada eran las 7:46 h. El tiempo se me echaba encima. Tomé un Cola Cao y sin perder un segundo salí a la calle. El día se veía claro. No obstante aún era temprano, tanto que las gaviotas todavía dormían en familia posadas sobre una grúa cercana. Mientras se despertaban un grupo de estorninos, en perfecta formación, tomaba dirección al Hacho.

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En apenas un minuto estaba frente a un mar pausado. Sin perderlo de vista me dirigí hacia la barriada del Sarchal. Los primeros coches corrían por la estrecha calle de “Escuelas Prácticas”. Su sonido me resultaba desagradable. Sabía que era algo pasajero. Apreté el paso para huir de la llamada “civilización” y para no perderme el amanecer.

Esta mañana el cielo estaba especialmente bello y despejado. Sólo una franja de nubes en el horizonte filtraban los rayos del sol ofreciendo una hermosa estampa de colores anaranjados y amarillos. Una extraña franja vertical conectaba el cielo con el mar. A través de este canal el espíritu de la naturaleza insuflaba vida a Ceuta.

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Al entrar en el Camino de Ronda la naturaleza me ofreció una sinfonía de olores, colores y sonidos. Apenas los veía, pero una amplia variedad de pájaros me acompañaron en mi contemplación del amanecer.

Continué mi trayecto por el Camino de Ronda. Miraba al frente, hacia atrás y a los lados para no perder detalles de la belleza que ofrece este lugar. Mi ojos se parón en una chumbera. Alguien había esculpido unas hojas para darle forma antropomórfica. ¿Arte o barbarie? Dejo la pregunta abierta.

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En el descenso hacia la playa del Desnarigado me detuve un rato. Una pareja de alegres currucas llamaron mi atención. Su canto me atrapó y cautivó.

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Entre tanta belleza no puede menos que alterarme al ver la cantidad de basura que se acumulaba en los accesos a la playa del Desnarigado. Algo hay que hacer. Y lo haremos.

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Sin pararme tomé un camino que rodea la cala del Desnarigado y conduce a una hermosa y pequeña ensenada ubicada a los pies del famoso salto del Tambor.

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Es un sitio fantástico, de una belleza extraordinaria. Al llegar a este punto una pareja de rapaces salió de entre los acantilados, huyendo ante mi presencia. Siento haber alterado la paz de su hogar. Espero que me perdonen.

Me quedé impresionado con la visión en el cantil de los acantilados de una nutrida colonia de Astroides Calicularis. Su color anaranjado ofrecía una bella nota de color en el lienzo beig de las rocas del Hacho.

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No dudé ni un momento: este el sitio para sentarme a escribir. Me suele suceder.  Al principio me sentía inquieto. La naturaleza me sobrecoge, pero pronto empiezo a sentirme bien. Me relajo y entonces comienza el despertar de mis sentidos y la emoción me embarga hasta el punto de humedecer mis cansados ojos.

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Oteo el horizonte y percibo que me encuentro en una amplia bahía  definida por Cabo Negro y la propia Punta del Desnarigado. El azul del mar se confunde con el del cielo, ayudado por una fina niebla que difumina el horizonte.

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La luz es intensa y el sol comienza a calentar mi cuerpo. Quizá no el guste que le dé la espalda. Me subo el cuello de la camisa para que el sol no queme mi cuello.

El sonido del mar es lento y constante, siguiendo el armonioso ritmo de la marea. Cuando llegué la marea era más intensa y al adentrarse entre las fracturas de la escarpada pared del acantilado emitía un sonido parecido a un tambor. Esta música ambiental estaba acompañada al canto por el graznido de las gaviotas. Una de ellas anunció con gran júbilo que traía comida al nido. En su poderoso pico portaba un pequeño ratón con el que alimentar a la progenie.

El olor a mar es muy intenso. Junto a mí, en una pequeña poza, había quedado atrapada un poco de agua del mar. Este particular mini-lago marino ha sido colonizado por abundantes algas sobre el que revoloteaban minúsculos insectos. Una especie de avispa me acechaba. No debe estar acostumbrada a la presencia humana.

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El tacto de la piedra sobre la que estoy sentado es rugoso, pero lo siento cálido. Los rayos del sol empiezan a calentarla.

Sé que tengo que volver y me apena. La vida contemplativa tiene que equilibrarse con la vida activa. Emprendo el camino de vuelto, pero lo hago cargado de vitamina N, vitamina de la Naturaleza, según la llama Richard Louv. He tomado una buena dosis. Y sin embargo presiento que volveré pronto. Mi cuerpo y mi mente se han vuelto adicto a este extraordinario elíxir.

Deshago el camino y veo cosas que antes había pasado por alto. Un numeroso grupo de bivalvos marinos florecen, como lo hacen las plantas, en este periodo primaveral.

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No podía irme sin tocar el mar. Mojo mis manos en el calmado mar y refresco mi nuca. Me siento extraño. ¿Qué percibo? ¿Qué siento?…El silencio. Sí, el silencio. Solo roto por el suave ir y venir de las olas.

Subo por el sendero que me lleva al castillo del Desnarigado. Salgo del camino. Un hueco entre los vetusto muro que cerraban la cala del Desnarigado me proporciona una imagen memorable.

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Los olores son embriagadores y los colores deslumbrantes. El amarillo de los enguernes son indicativos de la llegada de la primavera.

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Subo por la empinada carretera del Desnarigado. El canto de los pájaros me hace detenerme, momento que aprovecho para tomar alimento vital y espiritual.

Mis ojos captan la belleza entre cada árbol y arbusto que me encuentro en mi camino.

El mar chisporrotea por efecto del intenso sol que luce esta mañana. La fiesta de la naturaleza ha comenzado. Jilgueros, currucas, cuervos y gorriones se suman a la fiesta.

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Una pareja de mariposas bailan siguiendo el ritmo del viento y del mar.

Una de las mariposas se posa para que pueda fotografiarla y guardarla en mi recuerdo.

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La fiesta continúa y durará todo el día. Yo vuelvo a la “civilización”, pero les he prometido a mis queridos amigos los árboles, pájaros e insectos del campo que pronto volveré. Me lo he pasado genial. Estoy feliz y contento.

EL CÍRCULO DE LA VIDA DE PATRICK GEDDES

Entre los numerosos diagramas que dibujó Patrick Geddes para ilustrar sus ideas y planteamientos hay uno que me ha resultado especialmente interesante e inquietante. Digo esto último porque me ha costado encontrarle un hueco dentro del libro que estoy terminando en estos días sobre las ideas de Geddes. No obstante, como me ha sucedido con el resto de las piezas que forman parte del complejo puzle de las ideas de Geddes, al final he encontrado el sitio donde encaja. De alguna manera, el sabio escocés dejó marcado su lugar en el diseño de su Jardín de las Musas.

El Jardín de la Musas con la indicación del "Círculo de la Vida".

El Jardín de la Musas con la indicación del “Círculo de la Vida”.

Cuando me di cuenta de este hallazgo tuve esa extraña sensación de que ese descubrimiento me fue revelado por las fuerzas profundas que han guiado mi mente para cumplir con mi misión de actualizar las propuestas de Patrick Geddes, en primer lugar; y de su discípulo y continuador de la obra, Lewis Mumford.

Sin más preámbulos entremos a describir el círculo de la vida de Patrick Geddes. Como podemos observar el centro de círculo lo ocupa el lugar, la tierra, nuestro medioambiente que se une en un eje vertical con el civismo, -en su defensa, recultivo y reconstrucción- y con la intuición profunda de una verdad inalienable que nos une con el cosmos. En torno a estos tres conceptos se establece una serie de relaciones que dan sentido y significado a nuestra vida y promueve nuestra bondad, sabiduría y creatividad.

Círculo holístico de Patrick Geddes

Círculo holístico de Patrick Geddes

Llegar a conocer el espíritu de un lugar se puede hacer por dos vías distintas y al mismo tiempo complementarias: una vía analítica y otra intuitiva. Geddes comentaba que una vez emprendido nuestro análisis cívico debemos abordar el mejoramiento de la ciudad de la ciudad y su entorno. Este análisis del lugar, según observamos en la gran superior del círculo, es una labor cívica en la que tiene que participar el conjunto de la sociedad: desde los niños en el colegio a los adultos ejerciendo su deber cívico de contribuir al diseño de su eutopía y su realización en el espacio físico y urbano. La elaboración del diseño de nuestra ciudad, de esta eutopía de la que hablamos,  es una labor, como vemos representada en el círculo, en la que intervienen la síntesis y la imaginación. Lo objetivo, la síntesis; y lo subjetivo, la imaginación, son dos ingredientes básicos en el diseño de nuestros planes urbanos, ambientales y cívicos. A  este respecto, decía Mumford que nuestro tiempo es uno de esos periodos en el que sólo los soñadores son hombres y mujeres prácticos. Por tanto, cada día es más necesario que surja una imaginación reconstructiva capaz de superar los grandes retos a los que se enfrenta la humanidad.

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Más allá del análisis de nuestro territorio y nuestra ciudad, y por encima de ello, comentaba Geddes que debemos tener presente el alma o individualidad de nuestra ciudad y realzarla  y expresarla para no borrarla o reprimirla más. Captamos este alma o espíritu del lugar, además de a través del análisis, gracias a nuestros sentidos. En nuestros paisajes; en los sonidos de las aves, del viento y del batir de las olas; en los olores del nuestro mar y nuestros bosques; en el tacto de las plantas y de los animales que nos acompañan; y en el gusto de los productos cultivados en nuestros campos reside también el alma del lugar.

Ejemplar de Tarabilla norteña  localizado en  Ceuta

Ejemplar de Tarabilla norteña localizado en Ceuta

Es necesario sacar a luz y expresar este espíritu o alma del lugar. Nuestro análisis puede contribuir al mejoramiento de la ciudad y a su correcta interpretación, pero, por encima  de todo, la cultura y el arte,  -combinadas y  alimentadas por el amor-, deben contribuir a alcanzar la Epopeya del lugar.  Entramos en un terreno en el que el análisis  cívico es sustituido por la intuición. Una intuición que necesitamos para captar el cambio cívico que todo lugar experimenta a lo largo de la historia, en términos tanto local como global. Las ciudades, como la propia sociedad, están en continua evolución, transformación y en estado de fluidez. Es un proceso vital en el pugnan dos fuerzas antagónicas: el pasado y el ímpetu del futuro.   No se trata de algo hecho en otra parte e inmutable. Las ideas, como bien enseña Bergson y nos recuerda Geddes (1960: 188), “son sólo fragmentos de vida: el movimiento es su esencia. Este movimiento vital procede con cambiante ritmo iniciado por el genio del lugar, proseguido por el espíritu de la época y acompañado por sus buenas y malas influencias. De no ser así, ¿Por qué escucharíamos en un momento la canción de las Musas y en otro las aullidos de las furias?”.  Estos  fragmentos de vida, estas ideas procedentes del pasado, están incorporados en nuestro presente y, a su vez, “enriquecidos por las nuevas influencias que pueden surgir o intervenir, determinan nuestro próximo futuro” (Geddes, 1960: 188).

La importancia y utilidad del Círculo de la Vida de Patrick Geddes es destacable. Gracias a su aplicación podemos conocer e influir en el devenir de nuestro pueblo o ciudad. No podemos olvidar las palabras de Patrick Geddes: “el que por lo menos quiera ser autor de obras que perduren, para no hablar de un artista en su labor, debe conocer verdaderamente su ciudad y haber entrado en su alma. En toda ciudad hay mucha belleza y muchas posibilidades. Y así, para el urbanista como para el artista, la peor ciudad del mundo puede resultar la mejor” (Geddes, 1960: 189).

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¿EN QUÉ CONSISTE UNA VIDA SIGNIFICATIVA, PLENA Y RICA?

No es fácil contestar a esta pregunta de una forma sintética. Muchos filósofos han dedicado toda su vida y una extensa obra a intentar dar una respuesta coherente a esta cuestión. No obstante, algunas cosas sí que podemos apuntar. La primera de ella es que necesitamos un propósito para nuestra existencia. Una vida sin intención y sin fines pertenece a lo infrahumano. Estos fines del ser humano no son impuestos por la naturaleza, sino superpuestos por la herencia social. Precisamente, como decía Mumford, en la sociedad el ser humano se enfrenta y se hace. Este proceso de autoconstrucción sólo es posible en una sociedad libre, dinámica y democrática, en cuyo seno todos los ciudadanos tienen la oportunidad de sondear sus potencialidades y desplegarlas para alcanzar el pleno desarrollo individual y colectivo.

El camino que sigue Dante es en forma de espiral

El camino que sigue Dante es en forma de espiral

Nuestra vida es un discurrir por un camino con cuatro etapas: la primavera, el verano, el otoño y el invierno. No es un camino en línea recta, sino en espiral. Al principio es una espiral muy sencilla en la que ya aparecen los cuatro cuadrantes básicos de nuestro mundo externo e interno: los hechos, los recuerdos, los pensamientos y los logros.  Con el paso de los años esta espiral se va haciendo cada vez más compleja. Los cuadrantes se subdividen en otros subcuadrantes que ocupan conceptos como el trabajo, las experiencias, las ideas, el arte y la cultura. Si somos capaces de mantenernos conscientes y activos en cada uno de estos aspectos de nuestra existencia lograremos una vida plena y rica.

La espiral de la vida de Patrick Geddes

Es necesario, por tanto, que entendamos nuestra realidad exterior como una constante interacción entre el ser humano y su entorno, mediante la cual al mismo tiempo que modificamos el medioambiente éste nos modifica a nosotros a través de los procesos biopsicológicos de percepción, intuición y emoción.  Gracias a la educación podemos despertar nuestros sentidos, incrementar las experiencias manuales e intelectuales y activar en nuestros corazones sentimientos nobles y elevados que nos conecten con los ideales supremos de la Bondad, la Verdad y la Belleza. Estos ideales son la base de nuestro pensamiento que, asentados sobre firmes principios éticos, nos conducen de nuevo al mundo de afuera para cambiarlo restaurando nuestro medioambiente, reeducando nuestras mentes y renovando la vida.

INTRODUCCIÓN A LA ESPIRAL DE LA VIDA

El diagrama de la espiral de la vida a simple vista parece bastante complicado, pero puede utilizarse fácilmente imprimiéndolo en una simple hoja de papel en tamaño A4 o A3, para posteriormente doblarlo en sentido horizontal o vertical, según explicaremos a continuación.

Como explicaba el propio Patrick Geddes (1960: 249), “considérese que esta hoja de papel representa nuestro registro de la vida; el lado izquierdo queda para los aspectos más pasivos, o sea para el ser humano modelado por el lugar y por su labor, en tanto que el lado derecho corresponde a la acción; al ser humano que orienta su vida diaria y rehace el lugar”.

ESTRUCTURA GENERAL ESPIRAL VERTICALDoblamos ahora la hoja por el medio, horizontalmente; nos queda así cuatro sectores cada uno de los cuales corresponde a uno de los principales campos de la vida humana; el mundo de afuera tanto activo como pasivo y el mundo de adentro tanto pasivo como activo. A cada uno de estos sectores corresponde una máquina pensante con nueve recuadros.

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Veámoslo a través de un ejemplo. El verano pasado paseaba casi todos los días por la Vega de Granada. Me gusta andar por el campo, aunque sea cultivado, para despertar mis sentidos, incrementar mis experiencias, pensar mientras ando y escribir a la sombra de un árbol a los pies de alguna de las acequias que alimentar las tierras de la vega granadina. En uno de estos paseos di con un amable campesino, ya jubilado, que tiene una parcela para cultivar sus verduras y frutas. Me contó algo de su vida. Desde mi joven trabajó en el campo cultivando tabaco hasta que este cultivo empezó a dejar de ser rentable. Entonces decidió montar una tienda en el cercano pueblo de Churriana de la Vega. No obstante, él no ha querido perder los vínculos con la tierra y mantiene su parcela de la que obtiene productos para su propio hogar. Esta labor en el campo la alterna con la atención a sus obligaciones familiares y las partidas de dominó con sus amigos.

ESTRUCTURA GENERAL ESPIRAL VERTICAL EJEMPLO

En uno  de estos paseos conocí a otra persona: José Luis Salamanca Maroto “GUI”. El también es una persona criada en un ambiente agrícola. Sin embargo, su vida profesional estuvo desligada durante mucho tiempo del campo. Como él mismo cuenta en la introducción de la página web de su proyecto (www.lahuertadegui.com), después de veinticuatro años dedicados al mundo de la comunicación, dio un giro de 180 º en su vida profesional y decidió hacer realidad su sueño, “con amor y pasión”. Su sueño era la creación de un huerto ecológico que ofrece la posibilidad de apadrinar un huerto y comprar frutas y hortalizas cultivadas de manera completamente ecológica.

Bancales de la Huerta de Gui

Bancales de la Huerta de Gui

Vemos, por tanto, ejemplarizados los dos tipos de personas de las que hablaba Geddes: “el hombre modelado por el lugar y por su labor”, carente de una vida interior plena y vida plena efectiva, representado por el campesino jubilado que alterna su tiempo entre el campo y la partida de dominó; y “al hombre que orienta su vida diaria y rehace el lugar”, encarnado en Gui. A Este último, un día alguien le preguntó cuáles eran los principales propósitos  de su vida, a lo que él contestó: “sentirme vivo cada día, hacer felices a los que me rodean y tener siempre sueños que perseguir”. Esta última expresión es un claro indicador de que Gui tiene una vida interior plena, cargada de ideales, ideas acumuladas fruto de su esfuerzo de auto-aprendizaje y  sueños. Y, además,  cuenta con la suficiente fuerza interior y determinación para hacerlos efectivos y contribuir así a un cambio en el modo de producción agrícola, mucho más sostenible, sano y en contacto directo con la madre tierra.

La diferencia entre ambas personas, representativas de los dos principales tipos de personas que nos rodean, es notable. La primera es una persona noble y amable, que aún mantiene la vinculación de la tierra, pero no dedica parte de su tiempo, que sepamos, al enriquecimiento de su vida interior, ya sea en el plano espiritual, intelectual o artístico. Ni tampoco participa de manera activa en la vida política y cultural de su pueblo o está implicado en la restauración de su entorno natural y cultural. Por el contrario, Gui es una persona idealista, con un elevado sentido de la ética, un afán de conocimiento que le ha llevado a formarse y autoformarse en el campo de la agricultura ecológica, una gran capacidad imaginativa y, con dijimos con anterioridad, voluntad, capacidad de sacrificio y determinación para convertir sus sueños en realidad.

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Gui, con su labor, está contribuyendo a “rehacer el lugar”. Ama la tierra y tiene una visión holística del medioambiente. Pone sus conocimientos y su voz al servicio del bien común, participando en programas de radio, televisión y en reportajes  de prensa para difundir la agricultura ecológica. Y es capaz de implicar a más personas en su proyecto a través del apadrinamiento de huertos, el crowdfunding y la creación de un grupo de amigos en torno su proyecto. Todo ello constituye una valiosa aportación al cambio de paradigma que hoy día está emergiendo entre las ruinas del decadente orden actual económico, ambiental y social. Por todas partes están surgiendo iniciativas similares a la de Gui, como prueba de los cambios que están sucediendo en el campo del pensamiento y la acción cívica.

El diagrama de la espiral de la vida, ideado por Geddes y reintepretado por mí, es una herramienta muy útil para facilitar este proceso de renovación de la vida, reeducación de las mentes y reconstrucción del medioambiente que necesitamos para que recuperemos el perdido equilibrio entre los seres humanos y la madre tierra.