TRAS EL INCENDIO DEL MONTE HACHO

Ceuta, 29 de septiembre de 2016.

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Esta mañana he subido al Monte Hacho para evaluar in situ las consecuencias del incendio que ayer arrasó buena parte de la ladera suroccidental de este emblemático promontorio. Quería conocer de primera mano si el incendio había afectado al Parque de San Amaro, así que he subido por los caminos interiores de este parque natural hasta el pinar en el que desemboca el camino. Al llegar allí he tomado conciencia de lo milagroso que ha sido la conservación de estos bellos pinos.

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Las llamas han llegado hasta los pies de los mismos árboles donde hay una gran cantidad de ramas secas y trozos de troncos. He sentido un gran alivio al comprobar que el lugar que yo llamo “La cama del Hacho” se ha salvado de las llamas. Por un momento he dudado entre sentarme a escribir o continuar mi camino. Mientras me decidía he tomado algunas fotos desde este maravilloso mirador.

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Al final decidí seguir el plan previsto y me he dirigido al mismo centro del incendio. En la planicie, desde la que ayer actuaron con gran valentía  y arrojo los bomberos, estaban dos miembros del equipo de la “Brigada Forestal” de Ceuta. Habían subido para medir la superficie quemado y tomar los datos necesarios para redactar su perceptivo informe de los daños ambientales provocados por el incendio.

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Estando allí me han llamado por teléfono varios medios de comunicación (la Ser, Ceuta Actualidad) y en atendido a un equipo de RTVCE que se había desplazado a la zona. Al poco rato ha llegado un miembro del SEPRONA, cuya misión  era investigar las causas del incendio y determinar el punto de inicio del fuego. He quedado con él que si lo necesitan les puedo mandar algunas fotos del comienzo del incendio donde se aprecia con claridad que había varios focos actuando al mismo tiempo y separados en el espacio. Para no alterar la “escena del crimen ambiental” he subido por la ladera norte del Monte Hacho hasta llegar a la zona acordonada por el SEPRONA.

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Nada más llegar allí me ha llamado la atención dos cajas de electricidad que, en forma de anafre, están en los dos puntos de inicio del incendio.

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También he observado que los daños del incendio no sólo han afectado al patrimonio natural, sino también la cultural. La mancha dejada por la manchas ha destruido uno de los grafitos documentados en los lienzos de la fortaleza del Hacho.

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Desde la parte superior de la ciudadela del Hacho es posible observar la magnitud del incendio. Una gran mancha negra cubre ahora unas laderas que, hasta ayer, lucían con un intenso color verde. Un color que le otorgaban las jara del ládano, los jarguarzo o jara negra, el lentisco y el brezo, entre otras especies presentes en la zona. Son especies todas pirófilas, es decir, que son resistentes al fuego, por lo que la recuperación de esta zona será rápida, al menos en la parte arbustiva.

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Lo más preocupante son los pinos marítimos y piñoneros que han salido ardiendo. Al quemarse este espacio ha salido a relucir toda la basura que permanecía oculta entre las ramas de los arbustos. La conciencia ambiental en nuestra ciudad brilla por su ausencia. Por si fuera poco, algunos no se conforman con ensuciar el campo, sino que han encontrado una diversión en verlo arder. Esperemos que sean identificados los responsables de este incendio y reciban un merecido castigo por destruir un patrimonio que es de todos.

RÉQUIEM POR UN ÁRBOL MUERTO

Ceuta, 27 de septiembre de 2016.

Al regresar a casa después de dejar a Sofía y a Alejandro en el colegio he visto un extraño movimiento al lado de uno mis queridos árboles. Sabía que estaba enfermo, incluso puede que muerto, pero no esperaba ver su cuerpo desmembrado sobre el frío suelo. Ha sido un impacto emocional tan fuerte que me ha llegado a conmover.

He subido a la casa para coger mi máquina de foto. Quería escribir la crónica negra de este desdichado árbol. Según me ha comentado el jardinero, la causa de la muerte de este ficus ha sido una maligna especie de mosquitos. Han intentado distintos tratamientos, pero ninguno ha resultado eficaz. Ahora yace esparcido sobre el granito. En vida siempre lo ame y ahora lloro al verlo muerto. Formaba parte de mi paisaje urbano más íntimo y cercano. A su sombra me refugié del sol y en los días de lluvia me cobijé bajo sus tupidas ramas y hojas.

Al acercarme a la dramática escena he percibido el olor de su madera y el pálido gris en su tronco que presagiaba su muerte.

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No se merecía morir así ni dejarlo tirado sobre el suelo como si fuera un vulgar residuo. Alguien tenía que llorarlo, mostrar signos de duelo. Si su vida ha sido desdichada, que al menos mis palabras le sirvan de consuelo. Su vida no ha sido en vano. Ha dejado huella en mi alma y estoy seguro que el de muchas otras personas.

Ahora este árbol existe, pues, como dijo Emerson, “lo que vemos es lo que creamos. No vemos más que esto. Todas nuestras percepciones, todos nuestros deseos son creaciones. Hay un destino para la percepción…”. Como nuestra mirada, con mi mirada, hemos dado vida a este árbol. Ha quedado inmortalizado en estas páginas que escribo emocionado y apenado por su anunciada muerte.

No, no me gusta ver a este árbol muerto tratado con tan poco respeto. Debía ser llevado a hombros por los niños y mayores que visitamos esta plaza hasta su última morada. El destino de su cuerpo tendría que ser alimentar el suelo donde crecerán otros árboles como él.

Una bella ninfa ha perdido su morada y sobrevuela, como un espectro fantasmal, la plaza de Azcárate. Yo le doy cobijo en mi corazón hasta que otro árbol sustituya al recién fallecido.

LA VISITA DEL RUISEÑOR

Ceuta, 26 de septiembre de 2016.

Hoy recibí un gran número de felicitaciones por mi cumpleaños que todas agradecí. De todas ellas una fue muy especial para mí. Cuando parecía que el día había terminado, y descansaba sentado en el sofá, tuve una visita inesperada y sorprendente. Silvia y yo escuchamos un ruido que venía del estudio y lo siguiente que vimos fuera un ruiseñor volando por el salón. Era un pájaro precioso, vestido con unas plumas marrones cálidas y una bella cola rojiza. Volaba golpeándose contra las paredes, por lo que temimos por su suerte. Al acercarme a él se posó en el suelo y dejó que lo cogiese. Su plumaje era delicado y su cuerpo desprendía un agradable calor. En mis manos no lo notaba inquieto y nos miramos a los ojos. Su mirada se ha quedado grabada en mi memoria. Acaricié su delicado cuerpo y besé su pequeña cabeza. Después lo acerqué a la ventana y emprendió el vuelo.

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Como hace tiempo que no creo en las causalidades, supe enseguida que la visita del ruiseñor tenía un significado profundo. Si algo caracteriza a los ruiseñores es su carácter huidizo. Dejan que escuchemos su canto, pero raramente se dejan ver. Todavía es mucho más difícil que uno de ellos entre por la ventana de tu casa, situada en pleno casco urbano, para visitarte en el día de tu cumpleaños. Venía a traerme un regalo de la naturaleza: la fuerza para perseguir mis sueños y la inspiración necesaria para completar mi misión. Durante toda la mañana estuve escribiendo de una forma fluida y con un gran trasfondo espiritual. Los dedos corrían por encima de teclado dejando palabras a su paso. Podía haber estado escribiendo horas y horas sin parar, pero otras obligaciones me separaron del ordenador. El ruiseñor ha venido para reclamar un escrito que era suyo.

El canto del ruiseñor es la más bella de las melodías que podemos escuchar en la naturaleza. Su música transmite alegría, vitalidad y añoranza de la belleza trascendente, por lo que nos anima a emprender la aventura hacia los desconocidos caminos del alma. Ahora que he recibido la visita del ruiseñor, en el día de mi cuarenta y siete cumpleaños, tengo más claro que nunca que mi destino está unido a la escritura y a la naturaleza. El ruiseñor ha venido a recordarme el compromiso que tengo adquirido con la Gran Diosa Madre. Prometí luchar por ella y transmitir sus alabanzas. No puedo defraudarla. Me ha dejado como regalo su inspiración y pienso hacer un buen uso de este don.

EN EL DIA DE MI CUARENTA Y SIETE CUMPLEAÑOS

Ceuta, 26 de septiembre de 2016.

Pienso que el día de cumpleaños es una fecha idónea para reflexionar sobre el pasado, presente y futuro de nuestra existencia. Hoy hace cuarenta y siete años que nací en esta bendita tierra. Mi vida, hasta ahora, está colmada de momentos buenos y grandes satisfacciones. Tengo todo aquello que una persona puede desear: salud, una gran familia, un buen número de amigos y una profesión que me gusta, aunque no la puedo practicar todo lo que desearía por motivos que no vienen al caso. A estos motivos de alegría se suman un despertar de mis sentidos, la acumulación de experiencias íntimas muy gratificantes y un pensamiento ordenado y claro sobre mis aspiraciones espirituales, intelectuales, creativas y cívicas. Con  este bagaje me enfrentó a un futuro incierto en el plano profesional. Diremos aquello de que no se puede tener todo. La ley de la compensación funciona siempre a la perfección. El tiempo que dedicas a una cosa se lo restas a otras. Ojalá la balanza siempre se mantuviera en un  perfecto equilibrio, pero ya sabemos esto es algo muy difícil.

La vida nos da mucho más de lo que nos quita. Con los años perdemos agilidad física, pero ganamos en agudeza mental. Nuestro carácter se afina y nos desprendemos de la corteza que no nos deja crecer de dentro hacia afuera. Perdemos la vergüenza de expresar lo que somos, a la vez que observamos con más ternura la naturaleza que nos envuelve. En este sentido, nuestra vida es un discurrir por un camino que nos hace perder la fuerza física, pero que incrementa a cada paso nuestra sensibilidad y fuerza espiritual. Uno va entendiendo que la meta final es convertirse en un haz de luz que se reintegra en el cosmos maternal. No se acerca uno a este inevitable, -vista la vida desde este prisma-, con pesar ni tristeza, sino como un proceso gradual de despertar e iluminación interior. Si somos constante y fieles creyentes en nuestra fuerza profunda nuestra luz dejará un rastro que servirá a otras personas para avanzar por su propia senda. Nuestra luz se hará eterna y nunca se apagará mientras el recuerdo de nuestra vida y nuestras obras permanezcan activas. Puede que la débil luz de una palabra perdidas penetre en el alma de personas alejadas en el tiempo y en el espacio. Así es la fuerza del espíritu: eterna y mágica. Hay que creer en el alma, en esa porción de sustancia eterna que todos llevamos dentro. Si le das la oportunidad ella tomará el control de tu mente y de tu vida. Te verás diciendo o escribiendo palabras que ni tú mismo sabías que llevas dentro. Piensa que las enfermedades que padecemos son fruto de los obstáculos que ponemos a que nuestra luz salga de nuestro interior. No dejes ni una palabra sin decir, no seas cicatero con tu amor y tu bondad, se siempre sincero  y busca continuamente la verdad.

Una de las mejores lecciones que he aprendido en estos últimos años es a reconocer la belleza en todo lo que me rodea. Cada despertar para mí es una nueva oportunidad para disfrutar de la variedad de colores del cielo, del paso lento de las nubes, de las constelaciones de estrellas, del rostro siempre cambiante de la luna, del viento que entra por la ventana y me trae mil fragancias y sonidos de la naturaleza. Veo la vida a mi alrededor como un manta arrojada por los dioses para que los humanos nos sintamos cómodos y a la sombra de los árboles conversemos sobre la vida y el cosmos. Mi pensamiento se eleva impulsado por fuerzas profundas hasta umbrales desconocidos. Llamo a todas estas puertas y, como si fuera el mismo Dante, todos se abren con la única llave de la bondad y la verdad. Lo que en su interior es el propio cosmos vuelto al revés. Así es mi mundo de adentro. Aquí caben todas la estrellas y los planetas, toda la fuerza del cosmos, toda la vida de la que soy capaz de imaginar. Mi imaginación no conoce límites. Avanzo siguiendo una espiral que va creciendo con los años y con los peldaños que toco. En verdad no son peldaños, sino las teclas de un piano celestial. A cada paso que doy suena una nueva nota de la música de las Esferas. Mis notas están en armonía con los acordes de otros seres que me han precedido en el tiempo. Me “canto a mí mismo” con lo hizo Walt Whitman, paseo junto Ralph Waldo Emerson, Ellery Channing y Henry David Thoreau; subo a la torre desde la que contemplaba el mundo con su vivos ojos Patrick Geddes; visito a la Ciudad Ideal de Lewis Mumford y a Jung en su castillo de Bollingen; sigo el camino del Héroe abierto por Ulises y reinterpretado por Joseph Campbell; participo del universo de Waldo Frank y de tantos y tantos autores que he reconocido como uno de los míos cuando los leía y me emocionaba con sus palabras. Palabras que siempre me han parecido que fueron escritas para mí. Lo que yo he sido capaz de hacer con ellas es posible que no haya estado a la altura de lo esperado  pero, ¿Quién sabe el efecto futuro de mis palabras soltadas al viento y una vez aireadas vueltas a estampar en un libro? ¿Acaso el tiempo es una buena medida para valorar la vida de una persona? Dejemos que la eternidad tome la palabra y haga una justa evaluación de mi existencia.

El cuatro y el siete, los dos números que me van a hacer compañía durante este año, han sido siempre considerados mágicos. Nuestra alma, como todos los grandes sabios han reconocido, es una cuaternidad. Cada cuadrante representa una parte de nuestro  mundo interior y exterior. Conocer su funcionamiento, como lo hicieron los alquimistas y mi maestro Patrick Geddes, es contar con una eficaz llave para el entendimiento. Mientras que la humanidad no ha dejado de inventar máquinas cada vez más sofisticadas, la verdadera máquina, la más importante y vital, que es nuestra mente, no hemos aprendido a utilizarla. Ahí sigue en el olvido “la máquina pensante” de Patrick Geddes. Yo la vi y enseguida supe reconocer su valor y utilidad, aunque me costó aprender a utilizarla. Aún sigo en ello, pues cada puerta que abre me lleva a otras muchas. Gracias a Jung, y sus trabajos sobre la psique, he conseguido recopilar las complejas piezas de un puzle formado por hallazgos arqueológicos e intelectuales, así como a  profundas intuiciones y revelaciones. Todavía tengo que unirlas y conformar la imagen que estoy buscando y qua ahora veo como un gran espejismo.

Respecto al siete muchas cosas podría decir. La primera de ella es que nací y vivo en una ciudad marcada por este mágico número desde su origen. Septem Fratres, Septem, Sebta, Cepta y Ceuta son distintas formas de pronunciar el número siete. Siete son los arcontes que corresponden a los siete planetas y significan otras tantas esferas con puertas que el adepto ha de atravesar durante su ascenso. Siete suman los números de la edad con la que empecé, 43 años. Como escribió Jung “la esfera octava es la de Achamot (=Sophia, Sapientia), y por tanto es de naturaleza femenina (al ser par)”. Siguiendo este hilo argumental, Ceuta es de naturaleza masculina, pero muy próxima a la feminidad y la sabiduría de Sophia. Dentro de las creencias más arraigadas en esta tierra está la Sophia en forma de Teothokos (época bizantina) y la Virgen María (época portuguesa). Al ser un cumplimiento del número siete, Ceuta constituye la entrada de un nuevo orden.

Llegado a este punto no puedo dejar de mencionar la importancia que en estos últimos de mi vida ha adquirido la imagen de la Gran Diosa. Su presencia la puede percibir con tanta claridad como la luz de la mañana. Ella es mi inspiradora, mi aliento y luz que me guía. La veo representada en el brillo de Venus y de Sirio, y en cada elemento de la naturaleza que visito con asiduidad. Tengo una deuda importante con ella. Este año será, así lo espero, el de la revelación de muchos misterios. La Gran Diosa ha querido que sea así, y no de otra forma. Me ha otorgado el tiempo suficiente para que analice y madure mis hallazgos arqueológicos y existenciales. Mis dedos son ahora la prolongación de su espectro. Mi cuerpo se hace transparente y mi alma se expande en todas direcciones. Abarco con mi mirada interior todo el mundo de adentro y de afuera interactuando sin par. Las ideas brotan con la fuerza y limpieza de las aguas de un manantial y llenan un espacio sólo comparable al del ancho mar que rodea mi ciudad. No tengo más que sumergir por un instante en mi alma para descubrir tesoros de valor inigualable.

Escribo sin medir mis palabras. No existe metros capaces de traducirlas en centímetros o metros. Una página, dos, cientos de ellas se acumulan en mis libretas y en mis escritos en el ordenador. Escribo no para mis semejantes mortales, sino para las diosas y dioses eternos. Por eso lo hago con tanto desparpajo. A los dioses y las diosas no se les puede hablar con vergüenza ni recelo. Ellos ven todo lo que uno es, así que, ¿Para qué callar lo que los dioses y las diosas atisban en mi interior? ¿Acaso no soy tan divino como ellos? Hijos e hijas somos del infinito cosmos. Nuestra conversación es entre iguales. Para hablar con los dioses y las diosas hay que elevarse ante el límite de nuestras posibilidades. Es en la cima de la “Montaña de las Delicias” donde la voz de los dioses y las diosas es audible y los ecos de nuestras palabras no se pierden en el siempre huidizo horizonte.

¿Qué es lo peor que me puede pasar? ¿Qué me tomen por loco? Divina locura es vivir en mundo imaginarios tan ricos que nadie que los conociera quisiera regresar al triste y pobre mundo terrenal. La imaginación es el principal atributo que nos ha sido aportado por los dioses. Sin él la vida sería puro tedio y desconsuelo. ¿Se imaginan una vida sin poesía, sin música, sin teatro o danza? Las Nueve Musas son las únicas capaces de lograr para nosotros una vida plena y efectiva. Danzan y danzan cantando a nuestros alrededor una melodía que a la mayoría pasa desapercibida. Hay mucho ruido en nuestro mundo actual. Ruido de las máquinas, de los televisores, radios y ordenadores. Ruido de la publicidad y la propaganda política y comercial. Ruido de las palabras huecas e insinceras que escuchamos continuamente. Con tanto y diversas modalidades de ruido es difícil escuchar la música celestial. Por eso es necesario huir a la naturaleza. Allí el silencio es el dueño del espacio y sobre él discurre las notas escritas por el viento, el canto de los pájaros, el discurrir de los ríos o el del propio mar. En este ambiente el canto de las Musas es audible. No tenemos más que cerrar los ojos para escuchar sus dulces y rítmicas voces, así como la agradable flauta de Apolo.

Traducir estos sonidos en palabras es uno de los mayores dones que me ha dado la vida. Nunca he escrito un poema, ni me veo capaz de hacerlo. Mi escritura no son destellos momentáneos sin un río incontenible. Quiero hacerme entendible y por eso huyo de un lenguaje cifrado. La poesía tiene un gran mérito. No es fácil esconder los sentimientos tras las palabras dejando que asomen por una pequeña ventana entreabierta. No, así no es mi escritura. Mis sentimientos y pensamientos han sido tomados en la naturaleza, donde los muros no existen ni es posible caer en el fingimiento. Están expuestos al aire libre sin temor a ser robados ni vilipendiados.

Mírame, mírame. Soy tu espejo. ¿Verdad que nada de lo que estás leyendo te resulta extraño? Yo te reconozco cuando te miro, y cuando tú me miras y me lees sabes que somos lo mismo. Pienso en lo que te digo. Seguiremos conversando a lo largo de este año.

LA SEMILLA QUE LLEVO DENTRO

Ceuta, 17 de septiembre de 2016.

A pesar del triste panorama ambiental, económico y social que ofrece Ceuta, de la miopía de nuestros gobernantes y de la apatía generalizada que distingue a la ciudadanía ceutí merece la pena seguir impregnándose del espíritu mágico y sagrado de este lugar. Mi pensamiento se nutre de las intensas experiencias que vivo en esta península casi siempre azotada por el viento. Crece en mi interior una semilla que desconozco si llegara a germinar y dar sus frutos en la actual generación o en una alejada en el tiempo, o puede   que se seque como tantas otras. Esta semilla contiene la esencia concretada de esta ciudad extraída de su historia con mi particular alambique. En estos artículos, en todos los proyectos que han sido redactados y nunca realizados por falta de apoyo, en las páginas de los libros que he escrito en los últimos años y que permanecen inéditos en un rincón de mi biblioteca, en mi trabajo en pro de la conservación del patrimonio cultural y natural, …en todos ellos está contenido lo mejor de lo que hasta ahora he llegado a ser. No me corresponde  a mí ponderar el valor de este legado. De lo que estoy seguro es que si más personas se animaran a rendir culto al genius loci de Ceuta y escucharan su mensaje serían muchas más las semillas que podrían crecer y embellecer esta tierra. Personas más inteligentes y sensibles que yo serían capaces de dar forma a una Ceuta renovada. Ojalá consiguiera con estos escritos lo que todos los verdaderos poetas y literatos han buscado: “apartar a la gente de sus continuos extravíos y abstracciones enfermizas para conducirla a lo común, divino, original y concreto” (Walt Whitman, en la última anotación de su diario).

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EL PERFUME DEL MONTE HACHO

Ceuta, 24 de septiembre de 2016.

Esta mañana hemos desayunado juntos tres generaciones de la familia Pérez: mi padre, yo y mi hijo Alejandro. Acto seguido he acompañado a Alejandro a la iglesia del Valle para asistir a la catequesis de confirmación. Antes de llegar a la plaza de Maestranza he sentido esa extraña sensación de placer íntimo que, de tarde en tarde, viene a visitarnos.  Al doblar la esquina para subir por la empinada calle Brull he percibido un intenso aroma a pino. El viento de levante ha aprovechado la estrechez de esta histórica calle para introducirse de manera sigilosa en la ciudad e impregnarla de fragancias del bosque. La humedad del rocío ha servido de fijador del perfume que todas las mañanas se echa el coqueto Monte Hacho antes de ser visto por el sol.

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EL ÚLTIMO DÍA DEL VERANO

Ceuta, 22 de septiembre de 2016.

7:10 h de la madrugada. Me levanto y lo primero que hago es abrir la ventana para contemplar el firmamento. Orión y sus dos perros ocupan el escenario en este magnífico espectáculo celestial. La luna hace la función de luz indirecta resaltando la silueta de Orión y sus fieles canes. El conjunto es bellísimo, digno del día en el que despedimos al verano. En apenas unas horas alcanzaremos el equinoccio de otoño.

La sombra luminosa del sol comienza a asomarse por el horizonte marcando, en esta particular ocasión, el Este exacto. El cielo vuelve a lucir su matutino manto azul. Sin duda éste es mi color favorito.

Vuelvo a percibir la tierra como un enorme globo suspendido de manera milagrosa en el cosmos. Comprobado con su infinitud, la biosfera es una delgada y frágil sabana de vida que, en cualquier momento, puede ser arrastrada por el viento.

Me siento en este instante conectado a una conciencia divina que me permite observar el mundo desde una perspectiva poco habitual. Todo lo veo diminuto, excepto a mi mente. Es como si esta habitación se hubiera convertido en el balcón desde el que un rey contempla sus posesiones. Sin embargo, no tengo la sensación de que sean mismas, sino de los poderes superiores que dominan mi existencia. Yo no soy más que un privilegiado escriba que toma nota de los mensajes procedentes de las estrellas.

Miro, de manera alternativa, a Oriente y Occidente. En este día de equilibrio entre la noche y el día soy capaz de observar el globo terráqueo en toda su esfericidad. Los edificios que interrumpen mi visión no me impiden ver, con los ojos interiores, la totalidad del paisaje ceutí.

Es difícil explicar con palabras lo que experimento. Una sustancia transparente, azul y eterna envuelve a la tierra: el anima mundis. A pesar de su intangibilidad puedo tocarlo con los dedos y sentirlo en mi cuerpo en forma de fresca brisa marina. En pocos minutos el anima mundis  es absorbido por la tierra y asciende por las raíces de las plantas y los árboles, devolviéndoles sus colores. Algo similar ha sucedido en mi alma. Esta sustancia eterna ha penetrado en mi interior dotándole de una fuerza espiritual extraordinaria.

El cielo y su reflejo en la tierra adquieren un apreciable color blanco. Es el color del lienzo que en pocos minutos será pintado por la magistral paleta del sol.

…Después de dejar a los niños en el colegio, he regresado a casa para desayunar. Dudé entre salir o quedarme en mi hogar y dejé la decisión en manos de la intuición. Ella me ha animado a preparar las cosas y emprender la marcha. Mi destino lo tenía claro. Quería volver al lugar en el que, hace tres años, empezó todo: el Cortijo Moreno.

La distancia que separa mi casa del Cortijo Moreno es de 1,65 Km y el tiempo que me lleva  llegar hasta aquí es de una media hora.

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He accedido a este templo de la naturaleza por una escalinata trazada por las raíces de los árboles.

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Siento el carácter sagrado de este lugar y, en señal de respeto, me quito el sombrero. Mi entrada es tan respetuosa como el que realizamos al entrar en un santuario. El único ruido que hago es el de las hojas secas que crujen bajo mis pies.

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Los bancos de este templo están abandonados, pero su interior está ocupado por una gran variedad de árboles con formas sugerentes.

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Uno de ellos presenta los brazos abiertos y levantados, en actitud oferente. Ora a la Gran Diosa Madre.

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Hoy la oración está dedicada al verano que se va y al otoño que vuelve. Para esta especial ocasión todos los árboles visten con túnicas de color verde claro, la tonalidad propia de la naturaleza.

Me siento participe de esta comunidad de feligreses formada por plantas, árboles y aves. Yo soy  el más extraño de los seres vivos que participan en esta eucaristía. Aún así me siento bien recibido. Creo que incluso les gusta que haya venido a participar en este evento sagrado y a escribir mi particular crónica.

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El acto está presidido por la Gran Diosa. Habla a través de un susurro que la mayoría de las personas confunden con el viento. Para entender sus palabras hay que cerrar los ojos y afinar el oído. Su homilía está dedicada a la renovación de la vida. Se dirige principalmente a los árboles y les dice que manda su aliento para desprender sus hojas y agrietar las cortezas de sus troncos. “No os preocupéis”, comenta a los árboles, “lo que parece decrepitud es renovación de la vida. Vuestras hojas volverán con mayor fuerza en primavera y daréis frutos en verano. El otoño es tiempo de preparación para el frío invierno, momento de calma y reflexión”.

Tomo nota en mi libreta de las palabras de la sabia Gran Diosa con el objetivo de aplicarlas en mi vida. Las leyes de la naturaleza son universales y sirven igual para un árbol que para una persona.

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Mi renovación comenzó hace tres años en este mismo templo en el que hoy me encuentro. Ya no soy esa persona temerosa ante naturaleza que empezó a escribir bajo este mismo laurel que me da sombra. Me he desprendido de mis hojas marchitas y de la dura corteza que impedía el crecimiento de mi alma. Vuelvo a sentir la lentitud del tiempo que experimentaba cuando era niño. Entonces los años parecían eternos porque todo eran nuevas vivencias y descubrimientos.

En esta segunda etapa de mi vida vuelvo a ver las cosas con la misma admiración y curiosidad que tenía cuando era niño. Todo ha adquirido una nueva dimensión mágica y sagrada. Ahora observo las estrellas, que antes ignoraba; contemplo el vuelo de las aves; me fijo en las plantas y en los árboles, de los que siento su calor y compañía. Las puertas del entendimiento se han abierto para mí. He llorado más veces de emoción ante la belleza de la naturaleza que en los cuarenta y tres años anteriores de existencia.

La aprehensión del tiempo y del espacio es completamente diferente. En mi mente toda la tierra y el tiempo se expanden y estrechan segunda la voluntad de las Musas. Una hora escribiendo en la naturaleza equivale a un segundo según el reloj celestial. Vivo entre dos dimensiones temporales. La más cotidiana me recuerda que debo volver al centro de la ciudad para recoger a los niños del colegio, pero antes quiero conocer y retratar a algunos de los asistentes a este oficio sagrado en el templo de la naturaleza.

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Los árboles dibujan caminos que recorro de manera placentera. Me detengo para contemplar, a unos metros de distancia, el laurel bajo el que he instalado mi improvisado escritorio.

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Al fondo diviso la ruina del Cortijo Moreno. Sus puertas y ventanas han sido cegadas con ramas y cuerdas. Su único habitante es una lagartija curiosa que se asoma por uno de los vanos para ver quien se acercaba a su casa. Los dos nos hemos asustado al cruzar nuestras miradas, pero cada uno ha seguido su camino.

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Los bancos, ahora destrozados y abandonados, me hacen pensar en los dueños de esta finca. Situaron estos asientos de piedra mirando al mar Mediterráneo. De lo que vieron no ha quedado testimonio. Tan sólo permanece el recuerdo de unas miradas perdidas en un horizonte infinito.

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Sigo hasta el final de la arboleda y al asomarme a la vaguada del Fuente Cubierta emprende su majestuoso vuelo el Ratonero Moro que vive en este lugar. Apenas me da tiempo para fotografiarlo y verlo como da vueltas por el cielo.

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Asciendo unos metros hacia la fortaleza del Hacho para perderme en los árboles de un pequeño, pero mágico bosque de alcornoques y castaños. Son los únicos que quedan del original bosque que antaño cubrió el Monte Hacho. Reconozco al más viejo y sabio de los árboles de este bosque. Es un vetusto castaño que ha sido el preferido de los druidas que han paseado por aquí…

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Un grupo de estilizados alcornoques dirigen sus ramas suplicantes y llenas de vida hacia el cielo. No dejo de admirar su belleza.

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Entre las ramas de los eucaliptos asoma una garita de la fortaleza del Monte Hacho. Desde este cuerpo de guardia muchos soldados han visto estos árboles y los árboles los han observado a ellos. Desconocemos si en algún momento han hablado entre ambos.

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Desde el punto más elevado que alcanzo contemplo a toda la cofradía de árboles con sus túnicas verdes. Es una procesión ordenada, pero inmóvil de árboles que salen a rendir culto a la naturaleza.

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Voy mirando al suelo para no resbalar y al cielo para no perderme detalle de la belleza de la copa de los árboles.

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Un precioso pino muestra su hospitalidad doblando su tronco para dar sombra a los peregrinos de este recorrido por las naves del templo erigido en honor de la Gran Diosa.

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Emprendo mi salida del templo por la misma puerta que me recibió. A la vista tengo el castillo del Desnarigado.

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Entre las ruinas de viejas edificaciones sigo mi camino de vuelta con la compañía en el cielo de la luna.

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A pesar del que tiempo me apremia no puedo evitar tomar algunas imágenes del mar, las escarpadas paredes del Hacho y de las jaras con frutos rojos que dibujan estampas de gran belleza.

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…El día aún no ha terminado. Son las 20:30 h. Ahora estoy sentado a pocos metros de la muralla norte de la ciudadela del Hacho. Sopla un fuerte viento de poniente. El aliento de Céfiro trae nubes y algunas rapaces. Tengo como referencia para saber la dirección del viento la bandera de España sobre el baluarte de San Amaro.

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El sol, como era previsible en este día de equinoccio de otoño, cae justo por el Oeste, resaltando el rostro del Atlante dormido. La luz de la razón penetra en la cabeza del dios Atlas.

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Siento una sensación extraña de soledad y tristeza. Es como si el tiempo se hubiera parado para rendir homenaje al verano que en este momento despedimos. Las nubes han cubierto el hueco por el que se ha ocultado el sol tras las montañas del Atlas. El astro rey desciende por la ladera occidental del Yebel Musa pintándola con una paleta de colores que va del dorado al rojo carmesí.

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Pasados unos minutos el color rosa lo inunda todo.

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..Una salamandra ha escapado de los muros de la fortaleza del Monte Hacho para pasear, en forma de nube, por el cielo vespertino.

A las 20:28 h aparece el firmamento la bella  y brillante Venus. Tal es su brillo que aún siendo de día comienza a verse. Su presencia me deja desconcertado. No esperaba verla con tanta fuerza y claridad. Ha elegido un día muy especial para volver a mi vida, el del equinoccio de otoño. Intuyo que ha regresado para traerme suerte y guiar mi camino. Vuelve también para recordarme la importancia que ella, como Gran Diosa, tiene en mi vida.

Ha llegado el tiempo de la renovación y la culminación de los trabajos que tengo pendientes. No conviene avanzar sin consolidar lo alcanzado. El otoño y el invierno son estaciones ideales para el estudio, sin perder por ello el contacto con la naturaleza.

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El equilibrio entre el día y la noche se romperá a partir de mañana. La oscuridad dominará sobre la luz en los próximos meses. Como dijo Henry David Thoreau “la noche es ciertamente más noble y menos profunda que el día…Cuán insoportable pudieran ser los días, si la noche con su rocío y oscuridad no viniera a restaurar el decadente mundo. Así como las sombras comienzan a reunirse a nuestro alrededor, nuestros instintos primitivos se despiertan y abandonamos nuestras guaridas, como los habitantes de la jungla, en busca de esos silenciosos y taciturnos pensamientos que son la presa natural del intelecto”.

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A eso me voy a dedicar los próximos meses, a cazar mis pensamientos y encerrarlos entre las líneas de mi libreta para que no puedan escapar y, de esta manera, perderse en el infinito olvido.

SUBIENDO POR EL RECINTO SUR

Ceuta, 16 de septiembre de 2016.

Esta mañana he bajado al Mercado Central a comprar algo de pescado. La mayoría de los puestos estaban cerrados, pero había suficiente género para elegir. Me he decidido por unos buenos filetes de rape. El puesto en el que he comprado está al lado de las escaleras que dan acceso al boquete de la Sardina. Un chico joven hacia fotos con el móvil. Este gesto me ha llamado la atención y me he asomado a ver que estaba fotografiando. Al hacerlo me he quedado asombrado. El mar estaba con un plato y la luz cegadora. Este cielo y el mar llenaban el paisaje de diversas tonalidades de azules. No deseaban perderme este espectáculo y decidí emprender mi paseo de regreso a casa por la empinada cuesta del Recinto.

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Hoy, más que nunca, es fácil captar la belleza de la bahía mediterránea de Ceuta. Pocas ciudades pueden presumir de contar con dos bahías tan distintas  e insinuantes. La extraordinaria transparencia del cielo permite contemplar las montañas y colinas que dibujan esta bahía. Su mar interior parece una gema de lapislázuli con los bordes verdes como el jade. Sobre esta sublime joya reposaban esta mañana un gran número de gaviotas. Me ha gustado captar su imagen entre los árboles de los acantilados del Recinto.

No he dejado ni un mirador sin visitar ni un detalle del paisaje que memorizar. Un grupo de gaviotas miran hacia Oriente como el que espera ansioso una visita. ¿Esperan, quizás, la salida de un nuevo sol? ¿O con su gesto dan la espalda a la muerte que llegará por Occidente? Un cernícalo hace lo mismo encaramado en las ramas de una higuera. Yo sigo su mirada que me lleva hasta mi casa.

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UNA PLUMA BLANCA

Ceuta, 15 de septiembre de 2016.

He salido de casa pensando en completar mi relato sobre el cielo celeste. Al mirarlo he visto algo que caía movido por el viento. Es una pluma solitaria desprendida del cuerpo de una blanca gaviota. A su dueña no la veo por ninguna parte, así que decido guardar entre las páginas de mi libreta.

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Sigo mi camino hasta la peluquería que es mi destino esta mañana. Al salir con la cabeza despejada de pelos y de ideas preconcebidas me siento en un banco de la plaza de Azcárate. Corre un agradable y fresco viento de poniente. Echo la cabeza hacia atrás y fijo mis ojos en el cielo. Aunque el sol está oculto tras la esquina de un edificio, su luz resulta cegadora. Incluso aquí, en la sombra, tengo que achinar los parpados para regular la entrada de luz que soportan mis ojos.

El sol asoma por la mencionada esquina y acaba con la sombra en la que me refugiaba de su luz y de su calor. Salgo huyendo del banco y me siento en el suelo. La postura no es tan cómoda, pero me permite contemplar el cielo con mayor facilidad…Hablar del color celeste del cielo es caer en una metáfora redundante. El resto de celeste no puede compararse con el del cielo en días despejados como éste. Con el único que me atrevo a compararlo es con el color del fondo del mar sobre un fondo de arena blanca. A la vista de ambos celestes mi impulso es zambullirme en ellos para bucear y nadar. En el caso del cielo esta experiencia es exclusiva para las aves, que flotan sobre este transparente e inabarcable mar de aire. Consciente de este hecho el cielo me ha enviado la pluma blanca. Con este gesto me ha querido decir que tengo una forma ideal para bucear en el cielo que es hacerlo con una pluma estilográfica como la que sostengo entre mis dedos. Con ella me dejo llevar por el mismo viento que ha traído hasta mí la pluma blanca: el viento de la imaginación.

…Cierro los ojos y comienzo mi vuelo. La plaza de Azcárate se vuelve diminuta y dirijo mi mirada al mar azul que luce en esta bella mañana. Me siento como la misma gaviota que me ha perdido su pluma. Vuelo a ras del agua graznando para llamar la atención sobre mi nuevo aspecto animal. Entre el celeste del cielo y el intenso azul del mar dibujan una cuerda curva sobre la que saltan alegres una manada de delfines. Me acerco a ellos y los acaricio con mis recién estrenadas alas imaginarias. Luego sigo mi camino, volando cara al viento, en dirección al vasto Océano Atlántico sin rumbo ni destino.

ODA AL CIELO

Ceuta, 9 de septiembre de 2016.

En estos días de poniente, con esta intensa luz, mi mirada se diluye en el monocromo color celeste. Ahora que lo miro observo a la luna en cuarto creciente. Cuando el sol y la luna brillan al unísono en la inabarcable bóveda celeste se abren de par en par la ventana de mi alma y entra en mi interior las sensaciones más excitantes y placenteras. Toda la energía del cosmos penetra en mi mundo de adentro haciendo brotar las dormidas semillas de mis sueños.

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