LA BAJA PARTICIPACIÓN ELECTORAL EN CEUTA

Resulta inevitable hablar hoy de los resultados de las elecciones europeas. El primer hecho sobre el que conviene reflexionar, en clave local, es la bajísima participación electoral. Ceuta se situó a la cola del índice de participación en el ámbito nacional, con menos del 30 %. Nuestra ciudad siempre se mueve en estos exiguos datos de implicación ciudadana a la hora de ejercer su derecho a votar. Da la impresión que a los ceutíes el asunto de la política nos importa más bien poco. Algo extraño teniendo en cuenta que gracias a la política redistributiva que ejerce Europa y nuestro país es posible mantener una ciudad cuya dependencia de los recursos públicos es casi absoluta. Sin Europa, a la que ayer se le dio la espalda, no tendríamos en Ceuta ni Parque del Mediterráneo, ni Centro Cívico en el Príncipe, ni Campus Universitario, ni teatro del Revellín, ni se hubieran construido las viviendas de Loma Colmenar, ni el nuevo hospital universitario. Las Murallas Reales estarían abandonadas y las aguas fecales seguirían vertiéndose al mar sin depurar. No habría agua las veinticuatros horas del día y el vertedero de Santa Catalina aún estaría echando humo. No habría planes de empleo ni ayudas para la creación de empresas, entre otras muchas cosas que han sido financiadas por la Unión Europea. ¿Es que alguien cree que la transformación urbana que ha experimentado Ceuta en los últimos años ha salido gratis? Los ceutíes, con el excesivo paternalismo con el que nos tratan las autoridades nacionales y europeas, no hemos vuelto una sociedad mimada, acomodaticia e irresponsable. Una sociedad que clama por sus derechos, pero olvida sus deberes. El primer de estos deberes es preocuparse por alcanzar unos niveles educativos que nos capaciten para entender el mundo y enmendarse a  sí mismo y al estado actual de las cosas, en cuanto pueda ser corregido y enmendado. No vale esgrimir razones de ignorancia y desinformación para explicar la baja participación en las elecciones europeas. Si algo sobra en el tiempo que nos ha tocado vivir es información. Lo que falta es interés, espíritu cívico y gratitud.

            A mí tampoco me gusta el sesgo oligárquico de la Unión Europea ni su política económica que prioriza los intereses de las grandes corporaciones y grupos financieros, pero lucho por la construcción de otras alternativas cívicas que no serán posible construir si los ciudadanos permanecen en el actual estado de anomia, conformismo y desinterés por los asuntos colectivos.

LO QUE NOS DEPARA EL FUTURO

Arthur Schopenhauer en su “Arte de Buen Vivir”, manifestó que “entre los cerebros vulgares y los sensatos hay una diferencia característica que se señala a menudo en la vida ordinaria: es que los primeros, cuando reflexionan en un principio posible cuya magnitud quieren apreciar, no buscan y no consideran sino lo que puede haber sucedido ya semejante, en tanto que los segundos piensan por sí mismo en lo que pudiera suceder”. Si aplicáramos este aforismo al conjunto de la sociedad actual no nos quedaría más remedio que declararnos completamente estúpidos. Y es que nadie con un mínimo de sentido común podría vivir tranquilo ante la cantidad de información contrastada que evidencia el mal camino que ha elegido la humanidad. Nos dirigimos hacia un profundo abismo que ha sido excavado merced a un pensamiento económico basado en la explotación de los recursos del planeta y la potenciación de la competencia entre los hombres.

 Schopenhauer.jpg

             Las llamadas a la capacidad de raciocinio del hombre para abandonar la senda del capitalismo salvaje y trazar un nuevo camino con bases más humanas, han sido continuas por algunos de los más brillantes pensadores. No nos debería de extrañar que G.K. Chesterton dedicará uno de sus ensayos a la cuestión económica y lo titulará “Los límites de la cordura” (Ed. El buey mudo, 2010). Con su particular ironía, puramente inglesa, definió el capitalismo como “aquella organización económica dentro la cual existe una clase capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo”. A partir de esta sencilla definición se pueden hacer una serie de comentarios de vital importancia.

            El primero de ellos es que este “capital” ha sido generado mediante la apropiación privada de unos recursos naturales que en ley pertenece a todos los seres vivos que habitamos este planeta. No se trata de establecer una visión bucólica de la naturaleza, sino más bien defendemos la instauración de un sistema que permita al hombre su pleno desarrollo interno y externo desde el respecto a los ciclos de la naturaleza y su capacidad de regeneración natural. En lo definitiva, nuestra propuesta pasa por realizar un monopolio socializado de la mayor parte de materias primas y los recursos de la tierra. Esta idea fue expuesta por Lewis Mumford en “Técnica y Civilización”, llegando a declarar que el monopolio privado de ciertos recursos, como el carbón y el petróleo, “constituyen un anacronismo intolerable, tan intolerable como podría serlo el del sol, el aire o el agua corriente”. ¡Qué diría nuestro apreciado Mumford si viviera para contemplar que el negocio del agua se ha convertido en realidad en nuestros días!.

            La segunda reflexión que nos surge de la definición de Chesterton tiene que ver con el papel del trabajo en el complejo entramado del capitalismo. Sobre este asunto, un compatriota suyo, William Morris (1834-1896), fue de los primeros en denunciar los perjuicios sociales derivados del capitalismo. Para Morris el sistema capitalista se basa en un estado de guerra perpetuo, bajo el grito de “hundir, incendiar y destruir”. Una guerra que obliga a los trabajadores a competir por el sustento; “y es esta lucha o competencia constante entre ellos la que permite a los cazadores de beneficios el obtenerlos y, por medio de la riqueza así adquirida, acaparar todo el poder ejecutivo de un país en sus manos”. Resulta evidente, si nos detenemos a analizar las palabras de Morris, que en esta batalla siempre ha habido un ganador: los detentadores del poder económico.

            Los pensadores más optimistas como John Stuart Mill confiaron en que el capitalismo alcanzaría “el estado estacionario”, es decir, un orden económico en el que el área para las nuevas inversiones de capitales hubiera menguado por un proceso natural de autolimitación, en el que por medio de la procreación voluntaria, la población se hubiera estabilizado, y en el que las cifras de beneficio e interés tendieran, como resultado de este doble freno, a caer hacia cero. “Es apenas necesario señalar-dijo Mill-que un estado estacionario del capital y de la población no involucra estado estacionario del mejoramiento humano. Habrá tanto campo de acción como siempre para toda clase de cultura mental y moral y progreso social; tanto campo para mejorar el arte de vivir, y muchas más probabilidades de que sea mejorado, cuando las mentes dejen de estar abstraídas en el arte de medrar. Hasta las artes industriales pueden ser tan serie y exitosamente cultivadas, con la única diferencia de que en lugar de no buscar otro objetivo que el aumento de la riqueza, los progresos industriales produzcan su legítimo efecto, abreviando el trabajo”.

 

            La profecía de Mill se cumplido en su aspecto más negativo. No cabe duda que el capitalismo hace mucho tiempo que ha alcanzado un nivel de desarrollo que permitiría cubrir con holgura las necesidades básicas de la población mundial. El problema es que no hemos sido capaces de abstraernos “en el arte de medrar” ni hemos abandonado el objetivo del “aumento de la riqueza”. Con ello estamos desperdiciando la oportunidad de lograr una economía equilibrada. Por el contrario, los desequilibrios sociales y económicos se han ido acentuando con el paso de tiempo llegando a un estado de barbarie y deshumanización en el que la vida ha perdido todo su valor.

Nuestras perspectivas de futuro no son nada halagüeñas. Todo indica que nos dirigimos hacia un mundo en el que una minoría, cada vez más restringida, concentrada en algunos puntos del planeta y armados hasta los dientes, acaparará los menguantes recursos que nos quedan después de varios siglos de ignorancia y codicia. El resto de los humanos serán abandonados a su suerte como desechos de un sistema económico que los desprecia tanto para ni siquiera preocuparse de explotarlos.

            La solución, a nuestro modo de ver, pasa por deshacer parte de la suicida carrera por el crecimiento económico hasta alcanzar un punto de estabilización y equilibrio. Hagamos caso de estas sabias palabras de G.K.Chesterton: “si no podemos volver atrás, parece que apenas valiera la pena seguir adelante”.

ASCENDENTES Y DESCENDENTES

En el último Pleno de Debate sobre el Estado de la Ciudad, la coalición Caballas presentó una propuesta de resolución para elaborar,  con la participación de todos los grupos políticos, entidades sociales de toda índole y el asesoramiento profesional adecuado, una Estrategia Pedagógica para la Interculturalidad, que permita avanzar hacia la cohesión social. Nosotros queremos aportar nuestra visión sobre la realidad identitaria de Ceuta, nuestro diagnóstico de la cuestión y las posibles soluciones que se nos ocurren para superar “ese dramático ellos y nosotros” al que aludían los integrantes del mencionado grupo político. Somos conscientes que nos adentramos en Terra Incognita y peligrosa, en un terreno plagado de maleza que apenas deja atisbar el camino y plagado de fieras fanáticas y radicales dispuestas a despedazarte en cuanto tengan la oportunidad de hacerlo. Pero asumimos el riesgo. Nos jugamos mucho en esta aventura para que el miedo, la pereza intelectual y la falta de coraje impidan que emprendamos el camino con decisión y valentía. Es nuestra obligación moral y la aceptamos con todas las consecuencias.

            Antes de partir, nos hemos agenciado algunos mapas y descripciones del complicado mundo de la interculturalidad o multiculturalismo. Y lo que hemos descubierto es que tal mundo forma parte de una concepción de la humanidad anclada en el pasado y demasiado parcial. Lo que se impone es una visión integral que sepa ver y entender el nuevo mapa integral que nos conduce a la vida plena, efectiva y significativa. En la confección de este mapa han contribuido todas las culturas y civilizaciones que han dado lugar la humanidad. Pero tener el mapa no era suficiente. Era necesario intérpretes que lo supieran dibujar y descifrar. Uno de los primeros guías-intérpretes del mapa que nos lleva a la eupsiquia (vida buena) fue el escocés Patrick Geddes. Sus primeros diagramas y notaciones marcaron la ruta a otros investigadores de la conciencia como Jean Gebser, Don Beck, Robert Cowan o Ken Wilber. Este último ha dado un nuevo salto interpretativo con el rediseño del mapa integral. Un mapa en el que los conceptos de yo, nosotros, ello y ellos quedan integrados y conectados. Como podrán observar, al “yo” (el interior de lo individual)  y al “nosotros” (el interior de lo colectivo), al que se referían los miembros del grupo político Caballas, hemos añadido dos dimensiones que siempre tendemos a ignorar; el “ello” (el exterior de lo individual) y el “ellos” (el exterior de lo colectivo). El “ello” es la naturaleza, el “nosotros” la cultura y el “yo” es tridimensional (espíritu, mente, espíritu).

            Es importante entender e interiorizar que estos cuadrantes del mapa (yo, nosotros, ello y ellos) no son estáticos, sino que muestran algún tipo de crecimiento, desarrollo y evolución, es decir, todos se despliegan siguiendo algún tipo de estadios o niveles de evolución y afectan de manera simultánea a los cuatro cuadrantes.  En el yo y en el nosotros, hay tres principales grados o estadios: egocéntrico, etnocéntrico y multicéntrico. Por encima de ellos está el estadio integral o kosmocéntrico. En cada uno de estos estadios se dan una serie de niveles diferentes de desarrollo, cuya descripción y comentario supera las posibilidades de espacio de las que disponemos en esta sección. Le remitimos,  a quién le interese, a la lectura del libro “La visión integral” de Ken Wilber.

            Es importante comentar que el 70 % de la población mundial permanece aún anclada en los niveles de conciencia etnocéntricos y tan sólo el 2 % ha alcanzado el estadio integral. El 28 % restante se divide en dos categorías: el yo logro y el yo sensible. En la primera de ella se integran las personas pertenecientes a la clase media emergente de todo el mundo,  con actitudes individualistas, pensamiento racional-científico, orientadas hacia el beneficio material y competitivos. La segunda categoría, el yo sensible, que constituyen un 10 % de la población, agrupa a aquellas personas centradas en la comunidad, en las relaciones sociales y en la preocupación por los asuntos medioambientales. Uno de sus rasgos identificativos es su actitud pluralista, realmente multicultural.

            El problema del multiculturalista o interculturalista sincero, -y no fingido por intereses electoralistas-,  es que, como explica Ken Wilber en su obra “Breve Historia de todas las cosas”, “la mayor parte de los individuos con los que se relaciona todavía son esencialmente egocéntricos o etnocéntricos y, en consecuencia, no comparten su universalismo”. De este modo, se ven obligados a mostrar una tolerancia universal con individuos que no son igual de tolerantes con ellos. Este pequeño porcentaje de la población multiculturalista soslaya el hecho de que alcanzar esa actitud superior es muy infrecuente y, en consecuencia, suelen ignorar el difícil camino que conduce hasta ese nivel. Llevados por este error de apreciación, los multiculturalistas, según comenta Wilber “afirman que tenemos que tratar por igual a todos lo individuos y a todos los movimientos culturales puesto que ninguna postura es mejor que las demás, pero no pueden explicar por qué debemos huir de los nazis y del Ku Klux Klan. ¿Cómo podríamos, si realmente fuéramos multiculturalistas, rechazar a los nazis? ¿No es acaso todo el mundo igual?”.

            Evidentemente, no todas las actitudes son equiparables. Estamos rodeados de movimientos etnocéntricos que defiende unos mitos según los cuales determinada raza, religión o pensamiento político son superiores al resto. Ante estas actitudes el multiculturalismo “se niega a reconocer cualquier tipo de diferencias entre las distintas actitudes morales posibles. ¡Al afirmar que todas las actitudes son iguales se niega siquiera la posibilidad de emitir ningún tipo de juicio! Cuando algunos se atreven a cuestionar las contradicciones de su relativismo moral, se muestran “sumamente intolerantes en nombre de la tolerancia, censurando en nombre de la compasión y justificando su estúpida postura con argumentos políticamente correctos. Si no fuera tan despreciable resultaría grotesco”.

            Como consecuencia de este tipo de multiculturalismo irreflexivo estamos contribuyendo a la retribalización de nuestros países y alentando la fragmentación etnocéntrica.  Lo primero que tendríamos que reconocer es que llegar hasta aquí para los países de mayoría multicéntrica no ha sido fácil. Traspasar las fronteras del yo y el nosotros mítico ha sido una labor compleja que ha requerido un ímprobo esfuerzo individual y colectivo. El empuje de la razón derribó los gruesos muros construidos por el dogmatismo religioso, los gobiernos despóticos y las infranqueables barreras de clase. Una vez superada esta línea imaginaria pudimos adentrarnos y ascender hacia niveles superiores de organización política, conocimiento científico, desarrollo ético y expresión cultural y artística. Esta línea imaginaria es, sobre todo, mental, aspecto éste que hemos olvidado, junto a la propia existencia de los niveles de desarrollo que le dieron origen. También hemos negado el camino interno recorrido para llegar hasta aquí. Nuestra falta de memoria y reflexión sobre el proceso de elevación intelectual y espiritual es el que nos ha llevado a este absurdo y peligroso relativismo moral y cultural, del cual se desprende que los multiculturalistas, como concluye Wilber, “estén dispuestos a abanderar cualquier cosa menos la civilización occidental”. Defender, como estamos haciendo en Occidente, -donde se concentran la mayor parte de las personas que han alcanzado el nivel de conciencia multicéntrica-, este relativismo moral y este multiculturalismo buenista, es poner en riesgo todo el avance en niveles de conciencia que se han conseguido en estos últimos dos o tres siglos.

            Nosotros somos acérrimos defensores de la igualdad de origen de todos los seres humanos, pero no de todos los modos de pensamiento. En este relativismo moral no nos van a encontrar. Desde nuestro punto de vista, en el mundo podemos diferenciar dos grandes tendencias desde la óptica de la evolución mental y espiritual: los ascendentes y los descendentes. Nuestra evolución interior es similar al de un escalador que asciende por una empinada escalera hacia los niveles superiores de conciencia y que según escalan observan un paisaje distinto (arcaico, mágico, mítico, racional, etc…). Una gran mayoría de personas no consiguen ascender por esta escalera debido a factores tan internos (valores, significados, principios morales y desarrollo de la conciencia) como externos (situación económica, bienestar material, acceso a la tecnología, entorno medioambiental). Muchos llevan en su mochila una pesada carga de prejuicios religiosos, económicos y políticos que les impide subir por la escalera de la evolución espiritual.

            En Ceuta, como el resto de las ciudades europeas, predominan las posturas políticas que centran exclusivamente su atención en la reforma de las instituciones exteriores, económicas y sociales,  dejando al margen todo esfuerzo para alentar a la gente a que emprenda su propio desarrollo interior y adquiera una sustantividad, independencia y creatividad espiritual. Desgraciadamente, para una amplia mayoría de nuestros conciudadanos todos los dogmas y las doctrinas que le ha ido metiendo las religiones en su “mochila mental” les impiden ascender y progresar por el empinado camino de la vida social y espiritual. Hasta que esta mayoría no se desprenda de esta pesada carga no les va a ser posible alcanzar un nivel o grado de conciencia que les haga ascender a un plano de existencia elevado donde la eupsiquia o vida buena sea posible. Si permanecemos en el actual plano mítico lo único que seguiremos presenciando es una lucha, más o menos encubierta, por el control de los resortes del poder y la imposición de sus principios religiosos y políticos. En esta lucha los más próximos a los niveles más bajos de conciencia tienen todas las de ganar, ya que para ellos el principio de la duda y la autocrítica son consideradas debilidades propias de una cultura decadente y pusilánime.

            La única solución a esta cuestión que se nos ocurre es que los pocos ascendentes que conocen el mapa integral consigan despertar a los durmientes y juntos emprendan el camino del desarrollo mental y espiritual. Estamos en un momento clave de la historia de la humanidad. O ascendemos o descendemos. No hay alternativa. Si nos decimos por el ascenso debemos, como plantea Eucken, confiar en una gran renovación, debemos creer en el ascenso a un  mundo espiritual, debemos exigir una formación de esencia, una reforma moral. Para que esto sea posible debemos desechar toda diferencia y toda tibieza y considerar toda transacción como un delito. No nos queda otro remedio que luchar de manera incesante por un fortalecimiento de nuestra vida interior y por un mundo espiritual independiente en el que no cabe dioses omnipotentes y omnipresentes “ni mitos prerracionales que son tomados como la verdad literal concreta”. Desprender de toda esta carga es difícil y duro. Supone enfrentarse a una grave crisis de identidad. ¿Quiénes somos cuando dejamos ser cristianos, musulmanes, judíos, hindúes,…? ¿Cómo nos quedamos cuando nos desprendemos de todos estas ropas y mascaras que cubren nuestro verdadero ser? Simplemente nos quedamos desnudos. El ser humano integral que proponemos, como alternativo a este discurso vacuo y superficial del interculturalismo, es una persona, según la describió Lewis Mumford, “que parecerá ideológica y culturalmente desnudo, casi inidentificable. Será como los santos jainistas de la antigüedad, que estaban “recubiertos de espacio”, y su desnudez será señal de que no pertenece exclusivamente a ninguna nación, grupo, oficio, secta, escuela ni comunidad. Quien llegue al plano de la cultura mundial, se sentirá a gusto en cualquier parte de esa cultura, en su interior no menos que en su mundo exterior”. ¿Estamos dispuestos a desnudarnos? Ésta la pregunta que todos debemos responder, empezando por los promotores de la Estrategia Pedagógica por la Interculturalidad.

EL OJO QUE TODO LO VE

No deja de sorprenderme la lucidez y clarividencia de Lewis Mumford. En uno de sus últimos libros, “El Pentágono del Poder”, -escrito en 1970, cuando Mumford había cumplido setenta y cinco años-, introdujo un capítulo premonitorio de lo que está sucediendo en nuestros días. Se titula “El ojo que todo lo ve” y dice así: “En la teología egipcia, el órgano más singular del dios Sol, Ra, era el ojo: porque el Ojo de Ra tenía una existencia independiente y desempeña un papel rector en todas las actividades cósmicas y humanas. El ordenador hace las veces de ojo del dios Sol restaurado, es decir, del ojo de la megamáquina, que sirve de “ojo privado” o detective, así como de omnipotente ojo ejecutivo, el que impone una sumisión absoluta a sus órdenes, porque ningún secreto puede ocultársele, ni ninguna desobediencia puede salir impune”.

Cuando todavía Internet no era ni siquiera un proyecto, comentó “Teóricamente en la actualidad, y en la práctica dentro de muy poco tiempo, Dios –o sea, el Ordenador- podrá encontrar, alcanzar y dirigirse al instante, mediante la voz y la imagen, a través de sus sacerdotes, a cualquier individuo del planeta: ejercerá un control sobre todos los detalles de la vida diaria del súbdito, manteniendo un fichero que incluya el lugar y fecha de su nacimiento; su historial de estudios al completo; un resumen de sus enfermedades y trastornos mentales, en caso de que se hayan tratado; su nómina, sus préstamos y sus facturas del seguro; sus impuestos y sus rentas; y, por último, la disponibilidad de los órganos que puedan extraérsele quirúrgicamente justo antes del momento de su defunción”.

¿A qué nos conducirá todo esto? Mumford lo tenía claro: “Al final, ninguna acción, ninguna conversación y, posiblemente, con el tiempo ningún sueño escaparía al ojo insomne e implacable de esta deidad: todas las expresiones de la vida serían procesadas en el ordenador y puestas a disposición de su ubicuo sistema de control. Ello significaría no solo una invasión de la privacidad, sino la destrucción total de la autonomía: la disolución de hecho del alma humana”.

El complejo sistema de espionaje masivo organizado por varios países occidentales (EE.UU, Canadá, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda) ha sido bautizado con el nombre de “Los Cinco Ojos”. Realmente es un solo ojo, el del dios cibernético que ha ocupado el cerebro de la megamáquina. “¿Quién, como se preguntaba Mumford, osa burlarse de potencias de tal magnitud? ¿Quién puede escapar de la supervisión implacable e incansable de este sumo dirigente? ¿Qué escondite tan remoto puede ofrecer refugio al disidente?”.

EL INFIERNO DE LOS INOCENTES

 Hace unos días fui testigo de una conversación en torno a la vida de una persona, recientemente fallecida, de la que se alabó su bondad. Nunca, según contaron, había discutido con nadie ni se le conocía enemigos. Esto me hizo pensar en la cantidad de personas que viven una vida libre de culpa: personas que trabajan regularmente en sus puestos de trabajo, mantienen a sus familias dignamente, muestran un grado razonable de bondad hacia aquellos que le rodean, soportando los insípidos días, y van por fin a la tumba sin haber cometido ningún mal activo contra un ser vivo. La misma insipidez de la existencia de tales personas -como la transparencia del agua del mar en pequeñas cantidades-oculta la colectiva negruna de su conducta. Su pecado consiste, como nos advirtió Lewis Mumford (La Conducta de la Vida, 1951), en la retirada de más exigentes oportunidades, en una negación de las superiores capacidades: en una pereza, una indiferencia, una complacencia, una pasividad más fatales para la vida que los más escandalosos pecados y crímenes.

 

 

 

            El apasionado asesino puede arrepentirse; el amigo desleal puede lamentar su falta de fe y cumplir sus obligaciones de amistad, pero el  hombre “humilde y honesto”, que ha obedecido las normas y meticulosamente ha rellenado todos los formularios legales, puede regocijarse por su forma de ser, aunque ésta sea profundamente desdichada. Es precisamente en nombre de tales hombres, -aquellos no ven ninguna necesidad de cambiar su mente o de rectificar su manera de actuar-, que nuestra sociedad se desliza de la desgracia a la crisis y de la crisis a la catástrofe. No es de extrañar que Dante  enviara a estos seres inocentes -aquellos que estaban ni a favor ni en contra del bien- a los infiernos. El infierno de nuestro tiempo se debe en gran parte a sus decisiones o, más bien, a su falta de acción.

 

 

Este sentido general de irreprochable conducta ha sido cómplice, en nuestro tiempo, de nuestros más extravagantes pecados, siendo éstos, tal vez, menos los pecados de la violencia que los pecados de la inercia. Nos dejamos llevar por la parcialidad, la estrechez de miras, la rigidez, el error de cálculo y el orgullo. Y con ello, desde esta aparentemente participación involuntaria con los males, los aumentamos y corremos el riesgo de quedar atrapados en una turba homicida, similar a la que sufrió el pueblo alemán durante el nazismo. En nuestra civilización, las mismas fuerzas impersonales que presiden buena parte de nuestro destino nos implican a cada uno de nosotros, casi automáticamente, en los actos pecaminosos. Ya seamos conscientes de ello o no, los enfermos mentales son abandonados, los pobres  mueren de hambre, nuestros gobiernos fabrican armas de exterminio, el planeta se destruye para satisfacer la codicia de algunos,  y miles de similares actos del mal son realizados gracias a nuestra complicidad. Estamos involucrados en estos pecados y sólo se podrán corregir si confesamos nuestra participación y tomamos sobre nosotros, de manera personal, la carga de corregirlos.

 

 

            El primer impulso de muchas personas, cuando sienten la necesidad de un cambio social y la eliminación de algunos de los males a los que nos hemos referido con anterioridad, es darse de alta en alguna asociación, adoptar a un niño de forma virtual o prestar su firma para alguna causa justa. Estas medidas están bien, pero son insuficientes. Los retos actuales requieren una auto-transformación, y no mecanismos de piadosa expiación para acciones irrealizadas. Tampoco sirve de nada nuestra constante delegación de nuestras responsabilidades personales en las administraciones. Por el contrario, debemos reorganizar nuestras propias actividades a fin de poder dedicar una buena parte de nuestro tiempo y energía al servicio público de la comunidad.

Tenemos que ser conscientes de que la reabsorción del gobierno por los ciudadanos de una comunidad democrática es la única salvaguardia contra las excesivas  intervenciones burocráticas que tienden a surgir en todo Estado, debido a la negligencia, la irresponsabilidad y la indiferencia de sus ciudadanos. Muchos servicios que se realizan ahora inadecuadamente, ya sea por falta presupuesto o porque están en manos de una distante burocracia, deberían ser realizados principalmente de forma voluntaria por los habitantes de una determinada comunidad local.  Esto incluye no sólo los servicios administrativos, demasiado a menudo eludidos en una democracia, como los trabajos en los consejos escolares, las asociaciones de consumidores, y cosas por el estilo, sino que también deberían incluir otros tipos de trabajos públicos, como la plantación de árboles, el cuidado de los jardines públicos y parques, incluso algunas de las funciones de la policía. A través de este tipo de trabajos, cada ciudadano no sólo llegaría a sentir como en casa en cada parte de su ciudad y su región, sino que al mismo tiempo se haría cargo de la vida institucional de su comunidad como una persona responsable.

            Desde nuestra visión, resulta contraproducente desde el punto social e inviable desde el punto de vista económico, seguir incrementando el número de funcionarios para intentar dar respuesta a unas cuestiones que necesitan otros tipos de planteamientos. Los problemas de seguridad ciudadana no se solucionan aumentando el número de policías locales, sino atajando las causas sociales y económicas que provocan la marginación y la exclusión social; el fracaso educativo no puede ser resuelto incrementando el número de docentes, más bien pasa por una profunda reforma del sistema educativo y una reeducación moral y ética; la salud de los ciudadanos no se mejorará con un incremento de médicos y centros sanitarios, sino a través de un cambio en los hábitos y costumbres, y en la mejora de la calidad ambiental de nuestro entorno; para una justicia más “justa” no necesitamos más funcionarios, sino menos burocracia.   Así podríamos seguir con el resto de los servicios que actualmente prestan las administraciones públicas, muchos de los cuales deberían ser de nuevo asumidos por los propios ciudadanos, aunque corramos el riesgo de perder nuestro socorrido chivo expiatorio al que cargarle la responsabilidad de todos los males que nos suceden.

            La crisis económica en la que estamos inmersos requiere replantearnos nuestras responsabilidades ciudadanas. Sin lugar a dudas necesitamos abordar una Revolución Integral. Claro que para esto necesitamos no hombres “inocentes” y dóciles, su lugar lo tienen que ocupar personas dispuestas a soportar las penalidades asociadas a la disconformidad con los establecidos patrones sociales. En términos coloquiales, personas dispuestas a asomar la cabeza por encima de la tapia, aún a riesgo de recibir una pedrada.

¿QUÉ ES LA RIQUEZA?

Respuesta de John Ruskin: “la riqueza es la posesión de lo valioso por el valiente”. Y, entonces, ¿Qué es lo valioso? Según Ruskin, “una cosa verdaderamente valiosa o válida es aquella que se dirige en la vida con toda su fuerza. Ser valioso, por tanto, es valer para la vida. En la medida en que no conduce a la vida, o en que su fuerza está rota, es menos valiosa; en la medida que se aleja de la vida, está desprovista de valor o es maligna”. Uh…Me pregunto, ¿Qué es una persona valiente? El que hace un buen uso de la riqueza. Por tanto, “posesión o tener, no es un poder absoluto sino relativo, y consiste no solamente en la cantidad o naturaleza de la cosa poseída, sino también (y en mayor grado en su conveniencia para la persona que lo posee y en su poder vital para usarlo”.

INVOLUCIÓN HUMANA

Cualquier ciudadano que merezca este calificativo debe estar pendiente de los hechos que acontecen en su entorno social más próximo. No hace muchos días los diputados de la Asamblea de Ceuta se reunieron para celebrar el denominado debate sobre el estado de la ciudad. Como el propio nombre indica, en esta cita anual los representantes políticos analizan la situación económica, social y política de Ceuta aportando cada uno de ellos su particular visión de la realidad. Este año los temas claves han sido el paro, la pobreza y la inseguridad. El primero de estos asuntos, el del paro,  fue el que mereció una atención prioritaria. Nada de extrañar teniendo en cuenta el elevado número de personas inscritas en nuestra sede local del servicio público de empleo. Los datos sobre el desempleo en Ceuta son objetivos, las interpretaciones no lo son tanto. Cada uno hace su interpretación de las cifras de desempleados, en función de sus intereses políticos. De estas lecturas del paro la que más se acerca a la realidad, según nuestra opinión, es la que ofreció el Presidente de la Ciudad.

Según comentó el Sr. Vivas, el paro en Ceuta se ha convertido en un problema estructural o crónico. Nuestro tejido productivo no tiene capacidad para absorber la enorme cantidad de personas que buscan un empleo en el reducido territorio ceutí, sobre todo cuando un alto porcentaje de estos demandantes presentan un grado de empleabilidad bajísimo debido a su nula o escasa cualificación. Los factores claves en el desempleo son, por tanto, la condición del lugar y la poca formación de un alto porcentaje de los demandantes de empleo en nuestra ciudad. Todo ello en el contexto de un vertiginoso crecimiento poblacional en nuestra ciudad durante la última década.

Nuestras condiciones naturales impiden el desarrollo intensivo de actividades encuadradas en el sector primario como la agricultura y la ganadería, tradicional nicho de empleo de las personas sin cualificación. La pesca, el más antiguo y tradicional de los oficios ceutíes, se encuentra, por desgracia, casi al borde de la extinción. Estos mismos condicionantes geográficos, en especial la falta de espacio, dificulta la implantación de empresas industriales. Solo nos queda el sector terciario y éste se encuentra sobredimensionado en la vertiente pública. La parte privada está principalmente representada por el comercio minorista, cuya supervivencia depende del consumo interno de los ceutíes y de los marroquíes que hacen sus compras en el Polígono del Tarajal o bien, en el caso de los clientes de mayor poder adquisitivo, en las tiendas de ropa y joyerías del centro urbano.

A esta ecuación geográfica, demográfica  y económica que da como resultado las peores ratios nacionales y europeos en inserción sociolaboral y bienestar económico, le falta un factor determinante, el antropológico. En términos generales, somos testigos de un paulatino empobrecimiento de nuestra existencia y una degradación de la condición humana. Un superficial diagnóstico del estado espiritual presente evidencia que en la actualidad coexisten dos corrientes opuestas. En un lado se sitúa la religión (en su sentido más amplio de encaje del ser humano en la totalidad) y en el otro la economía. La primera representa la vida interior y la segunda los aspectos externos de nuestra existencia. La contradicción entre ambas cada día es más acusada y la reconciliación difícil de aventurar. Necesitamos de la religión para darle una nueva dirección a nuestros esfuerzos y un significado a nuestra vida. Nuestra vida carece de médula, como decía Eucken, y esta falta no puede ser reemplazada por sutileza alguna.

En la dirección contraria a la religión concibe la vida la escuela económica. Ésta pone las necesidades físicas del ser humano por encima de las más elevadas. En los últimos trescientos años, aproximadamente, la economía ha alcanzado un dominio sobre la vida y ha infiltrado su espíritu en todas las esferas. En el mundo reino de la economía el ser humano ha perdido su conexión con la totalidad y ha sido convertido en un fragmento efímero e indiferente, en un simple medio o instrumento, con una indiferencia absoluta respecto a su bienestar o malestar.

Nuestra época no hace más que resaltar la pequeñez y debilidad del ser humano. Sin esta confianza en el valor del hombre y de la mujer nos hemos concentrado en el aspecto exterior de nuestra existencia, que es precisamente la dimensión en la que interesa que nos detengamos a los agentes económicos, ya que es aquí dónde lo material y superficial cobra máxima  importancia. Carecemos de la suficiente ambición espiritual para superar este dominio absoluto de lo económico en todos los órdenes de la vida. Hoy día, como comentó Lewis Mumford, “con la instrucción casi universal, la mente popular desciende lo más bajo posible en el nivel de entretenimiento e instrucción, por pura falta de ambición espiritual; el diario sensacionalista y el seminario ilustrado establecen un nivel de frívola estupidez que está a sólo un paso del sueño narcótico”. Esta concentración en lo exterior no ha hecho más que acrecentarse con el dominio de unos medios tecnológicos que dejan poco tiempo para el pensamiento, la reflexión, la meditación y el reencuentro con uno mismo.

Hemos perdido ambición espiritual, pero también profundidad interna. Como acertadamente comenta Paul Auster en su libro “la invención de la soledad”, “para un hombre que sólo considera tolerable la vida manteniéndose en la superficie de sí mismo, es natural sentirse satisfecho al ofrecer a los demás su propia superficie”. Esta falta de profundidad lleva a que nuestra alma, nuestro núcleo interno, se achique y doblegue. Al mismo tiempo que somos testigos de grandes proezas técnicas, vemos producirse, según decía Eucken, “muchos engendros mezquinamente humanos” y una decadencia general del ser humano.  Es cierto que este mundo poshistórico ha dado lugar a figuras importantes. Sin embargo, el balance es negativo ya que estas sobresalientes personalidades no consiguen compensar el peso de  unas mayorías descualificadas y vacuas.

Esta degradación del ser humano hay quienes quieren solucionarla por la vía de un revolución política inmediata, confiados en la bondad e inteligencia colectiva del hombre, que solo necesita un reconocimiento para que todo marche bien. Esto fue lo que sucedió a finales del s.XVIII con la Revolución Francesa y sus replicas. La decepción no tardó en llegar. Hoy en día no faltan quienes se embriagan enalteciendo la grandeza y bondad natural del hombre y la mujer; pero esto no corresponde, en modo alguno, a la situación real de la humanidad, y así sus discursos se resuelven en frases vacías y en la lucha habitual entre los partidos políticos que, por ejemplo, se dieron cita en el Pleno de la Asamblea de Ceuta. Todos estos llamamientos a la revolución social no sirven para nada si los que están llamados a protagonizarla no están dispuestos a modelar a los instrumentos con los que trabajan: primeramente ellos mismos. Solo en un lugar puede empezar la renovación: dentro de la persona. Cada uno de nosotros debe comprometerse a llevar a su labor inmediata diaria una nueva actitud hacia sus funciones y obligaciones. Cada hombre y cada mujer deben asumir en silencio su propia carga y responsabilidad en la crisis interna y externa en la que estamos inmersos. Es necesario dar un paso adelante y asumir las responsabilidades personales y públicas que a todos nos corresponden. De nada vale seguir quejándose de la crisis y señalar siempre a los mismos de los males que nos aquejan.

Es triste reconocerlo, pero estamos siendo testigo de una involución en la condición humana. Nos hemos convertido en unos seres embotados, soñolientos, pasivos, acríticos, atávicos, atomizados, individualistas, conformistas y rutinarios. Unos seres que se jactan de no prestar atención a las noticias locales, nacionales e internacionales; que se congratulan de no haber leído un puñetero libro en su vida; que no dedican ni un minuto a la reflexión y análisis crítico de la realidad; que atacan sin piedad a las organizaciones políticas, sindicales o sociales, pero son incapaces de asumir algún tipo de compromiso cívico.  Duras palabras, ¿Verdad? No las decimos con ánimo de ofender a nadie. Pero alguien tiene que decirlas. Unas palabras que no la escucharan nunca en bocas de nuestros representantes políticos.  Ellos no se atreven a criticarles porque desde su prisma no son otra cosa que potenciales votantes.

Llevan razón autores como Félix Rodrigo Mora cuando identifican como una de las principales causas de la actual crisis multidimensional la escasa calidad del sujeto. Si hay algo que caracteriza al hombre de principios del siglo XXI es la nula ambición espiritual que demuestra en su vida diaria. Determinar cuándo se inició este proceso es difícil de establecer, pero los primeros síntomas se hicieron visibles en la época victoriana. Un amigo de Lewis Mumford le comentó que en cierta ocasión tuvo una conversación con un viejo minero inglés, quién contaba que en sus tiempos no tenían dinero para comprar las obras de Ruskin (un precursor del socialismo), pero las copiaban a mano de fin de tenerlas en su posesión. Este veterano minero le dijo: “nosotros bajábamos a la mina con un libro de Carlyle o Mill en nuestro bolsillo para leer mientras comíamos; pero los muchachos de hoy en día bajan con un periódico, y  la noche no la enfrentan con un libro, sino que se van a dormir con la radio”. Ahora, suponemos que bajarán con el móvil para mandar mensajes por el Whatsapp. Nadie puede dudar de que afortunadamente las condiciones físicas y laborales de los trabajadores han mejorado enormemente en nuestra época, pero su actitud mental se ha deteriorado, porque carecen del propósito y la autodisciplina de otros tiempos.

Nuestros ilustres ediles conocen poco el pensamiento que dio origen a la democracia en las bellas ciudades griegas de hace cerca de 3.0 00 años. Los padres de la democracia observaron y plasmaron en sus escritos que la naturaleza común del ser humano responde mejor al aguijón de la censura que a la alabanza. Tampoco conocen aquella sentencia de Blaise Pascal que decía: “el hombre no es ni ángel ni bestia, y lo malo es que el que quiere ser el ángel hace la bestia”. No creemos que sea conveniente el excesivo mimo y la romántica autoindulgencia que nos dispensan los representantes políticos y el resto de agentes sociales. No nos hace ningún bien. Todos deberíamos incrementar nuestro grado de autoexigencia y tener siempre presente que la mejor vida posible es la que persigue un grado siempre creciente de autonomía, autodisciplina, autodirección, autoexpresión y autorrealización. La vida misma en su plenitud y totalidad no puede delegarse. Así que apoyamos la idea del Profesor José Antonio Marina que aboga por un modelo social basado en el socialismo de las oportunidades y la aristocracia del mérito.

Esta crisis, que es más bien interna que externa, tiene necesariamente que llevarnos, o a una degradación, o a una elevación de la condición humana. Nosotros sostenemos la posibilidad y sobre todo la urgente necesidad de una elevación. Confiamos y creemos en el ascenso a niveles superiores de conciencia, pero también exigimos una formación de esencia y una reforma moral de la sociedad. Reivindicamos que se haga un esfuerzo colectivo, impulsado por el tejido social culto de Ceuta, para derribar los muros ideológicos y las ideas doctrinarias y fanatizadas que impiden la elevación del ser humano hacia los cuadrantes superiores de la vida al que nos impulsan la ciencia, la filosofía, la sabiduría, la historia y el conjunto de las artes. Apostamos, en definitiva, por revalorizar los conceptos de Bondad,-para ayudar a quien lo necesite-; Belleza,- para disfrutar de un entorno adecuado-; y Verdad, -para que todos tomemos conciencia de que las soluciones no se encuentran en las puertas de las sedes administrativas, sino en el esfuerzo individual y la sinergia colectiva en la búsqueda de un vida plena, rica y significativa.