NIEBLA

Esta mañana he quedado con mi padre para ir a tomar fotografías. Después de desayunar hemos tomado el coche con dirección a Benzú. Al pasar la playa Benitez hemos entrado en una densa niebla que nos ha obligado a encender las luces antinieblas. Era tan cerrado el taró que apenas veíamos dos metros por delante nuestra. Pasada la barriada hemos ascendido hacia el mirador de Benzú. Según subíamos íbamos dejan abajo la niebla.

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Nos hemos parado en el mencionado mirador para captar las misteriosas, mágicas y bellas imágenes del Estrecho de Gibraltar cubierto de unas densas nubes depositadas sobre un mar en perfecta calma. Los dedos de esta niebla han acariciado el cuerpo del Atlante dormido penetrando en la bahía de Beliunex.

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Acto seguido nos hemos dirigido a otro mirador, el de Isabel II. La misma niebla que cubría el Estrecho ocultaba la península de Ceuta. Sólo emergían el mítico Hacho y la escultura de Hércules en el espigón de Poniente. Estamos siendo testigos de una recreación del célebre episodio de la apertura del Estrecho por el adorado hijo de Zeus. La escena ha durado apenas unos minutos. El sol se ha encargado con sus potentes rayos de disolver la niebla. Cuando hemos llegado al fuerte de Aranguren el velo ya había sido de manera parcial levantado por los dioses. Deseaban que pudiéramos gozar de las hermosas vistas del Estrecho de Gibraltar.

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Mientras paseábamos por una de las pistas que parten del fuerte de Aranguren nos hemos encontrado a un pequeño verdecillo. Permaneció inmóvil al acercarnos a él, tanto que pensábamos que estaba enfermo. Pero al ir a cogerlo ha salido volando hasta un cercano palmito.

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Nuestra última parada ha sido en uno de los miradores existentes en la parte alta de Benzú. Nos ha entristecido observar que todo está lleno de basura y que han desaparecido o reventado los bancos allí existentes para que quienes sí aman la naturaleza puedan sentarse a disfrutar de unas vistas maravillosas.

HENRY DAVID THOREAU Y EL HÉROE DE LAS MIL CARAS

Ceuta, 27 de julio de 2017.

La tarde del día 20 de julio de 2017 me senté a la sombra de la punta de Calamocarro y extraje algunas notas del libro “Thoreau. Biografía de un pensador salvaje” (errata naturae, 2017), escrito por Robert Richardson. Una imagen recurrente en mi inconsciente es el de un abrigo similar a éste en el que estoy situado desde el que contemplo este mismo azul radiante  mirando a Europa desde África. Una dama sobre un caballo blanco avanza hasta donde estoy  de pie para reencontrarse conmigo, el héroe perdido.  Este héroe guarda una gran semejanza con el mítico Ulises. La escena que recuerdo es la del encuentro entre el rey de Ítaca y la ninfa Calipso. Este mito está dentro de mí y forma parte del lugar en el que escribo.

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Como decía Henry David Thoreau, en cualquier lugar es posible escribir Iliadas y Odiseas. “Si podemos ver tanto y también como ellos vieron (refiriéndose Henry a los autores clásicos, como Homero), podemos esperar también escribir tan bien como ellos escribieron”. Para lograrlo debemos enraizar nuestras ideas en la experiencia personal. El consejo de Henry era que ajustemos las experiencias propias a las expresadas en mitos más antiguos, e intentar añadir algo a un mito cuya capacidad para contener y comunicar significado se haya comprobado con el tiempo. Pero Henry quería, según nos cuenta su biógrafo, “que sus escritos evocasen la experiencia interior del mito, no la cáscara externa, los meros adornos clásicos” (Richardson, 2017: 247).

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El consejo de Henry, tendente a ir más allá de lo anecdótico de los mitos, me parece muy sugerente. En torno a Ceuta han surgido multitud de mitos, entre los cuales considero especialmente importantes el mencionado de Ulises, el Atlante, el Jardín de las Hespérides o la Fuente de la Eterna Juventud. La naturaleza de Ceuta es el eje de estos mitos. En esto, como en muchas otras cosas, comparto el parecer de Henry, para quien “el mito es la expresión de la naturaleza”, sobre todo de aquel aspecto de ella que él llamaba lo salvaje. Para Henry el caminante, o el aventurero, es la persona más apropiada para experimentar lo salvaje, al mismo tiempo que el mito es la expresión más satisfactoria de esa experiencia. Se trata de un particular tipo de caminante, al que de manera popular se le conoce como poeta. Henry escribió en su diario que “el poeta es aquel que hoy puede escribir algo de mitología pura”.

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Tomando notas del ejemplar de “El héroe de las mil caras” depositado en la Biblioteca Pública de Ceuta

El destino quiso que unos días antes de terminar la lectura de la biografía de Henry David Thoreau estuviese en Granada para recoger el libro que había encargado una amiga en la librería Fnac. Silvia aprovecho la ocasión para regalarme un libro que había tenido entre mis manos unas semanas antes en esta misma librería, pero que tuve que dejar en el mostrador porque el presupuesto no daba para tanto. Este libro es “El héroe de las mil caras” de Joseph Campbell. Durante mucho tiempo esta obra no era posible conseguirla en las librerías, ya que ha estado muchas décadas sin reeditarse en lengua hispana. Así que las veces que lo he leído ha sido tomando prestado el ejemplar depositado en la Biblioteca Pública de Ceuta.

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Cuando leí el llamamiento que hizo Henry a ir más allá de lo aparente en la lectura de los mitos no pude menos que enlazarlo con el libro de Campbell que me esperaba para releerlo con sumo interés. Pensé entonces, sentado en la playa de Calamocarro, que a Henry le hubiera entusiasmado el libro “El héroe de las mil caras”. Lo que Henry intuyó, Campbell lo estudió, analizó y expuso de manera magistral en su amplia bibliografía. Existe un monomito, el del héroe, que subyace a muchos mitos surgidos en multitud de lugares separados por el tiempo y el espacio. Este monomito habla del ser humano, de su experiencia vital y de la oportunidad que se nos brinda de lograr una vida plena, efectiva y deliberada, como le gustaba decir a Henry. Tengo mis dudas de que esta oportunidad la brinden los dioses y diosas de forma indiscriminada. Más bien pienso que se trata de una elección de la divinidad, que selecciona entre los mortales a aquellos ser humanos que, -como los míticos Ulises y Heracles, o seres reales como Henry-, comparten en su seno una dimensión mortal y otra divina. Son semidioses con una misión encomendada que vive a ser la misma: “representar la eternidad en el tiempo y percibir en el tiempo la eternidad” (Campbell, 2016: 249).  Según Henry “la vida de un hombre sabio es sobre todo extemporánea, pues vive a partir de una eternidad que incluye todo tiempo” (Richardson, 2017: 111).

El elegido”, -escribe Campbell-,”tiene que volver a entrar con su don a la hace tiempo olvidada atmósfera de los hombres que son fracciones e imaginan ser completos. Debe enfrentarse a la sociedad con su elíxir destructor del ego y redentor de la vida, y soportar el golpe de las dudas razonables, los duros resentimientos y la incapacidad de la buenas gentes para comprender” (Campbell, 2016: 246). Es capaz de hacerlo porque previamente ha disuelto “totalmente todas sus ambiciones personales, ya no trata de vivir, sino que se entrega voluntariamente a lo que haya de pasarle; o sea que se convierte en anónimo. La ley vive en él con su consentimiento sin reservas” (Campbell, 2016: 268).

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Siguiendo la idea de la muerte del ego en el héroe, Campbell continúa explicando “que el hombre en el mundo de la acción pierde su centro en el principio de la eternidad si está ansioso por el resultado de los hechos. Pero si los entrega con sus frutos en el regazo del Dios vivo, es liberado por ellos, como por medio del sacrificio, de las limitaciones del mar de la muerte” (Campbell, 2016: 269). El mismo argumento lo podemos encontrar en el libro sagrado Bhagavad Gita (3: 19 y 3:30): “Haz sin apego el trabajo que tienes que hacer […] cédeme todas tus acciones, con la mente concentrada en el Yo, libérate de la nostalgia y del egoísmo, lucha sin dejarte perturbar por la congoja”. Henry escribió en su diario que “deberíamos ofrendar diariamente nuestros pensamientos perfectos a los dioses; nuestra escritura debería consistir en himnos y salmos. Quien escribe un diario es un proveedor de los dioses”.

El esfuerzo y abnegación del héroe no es en vano. Los dioses son agradecidos y lo bendicen convirtiéndole en su emisario. “Para el hombre que no se deja llevar por los sentimientos que emanan de las superficies de lo que ve, sino que responde valerosamente a la dinámica de su propia naturaleza, para el hombre que es, como dice Nietzsche, “una rueda que gira por sí misma”, las dificultades se disuelven y caminos imprevisibles se abren ante él” (Campbell, 2016: 371). El reconocimiento del héroe suele suceder tras un largo periodo de oscuridad. No es hasta la conclusión del ciclo cosmológico de la infancia cuando se produce su reconocimiento y se revela su verdadero carácter. Un ejemplo de este hecho es la trayectoria de la obra de Henry David Thoreau. Cada año que pasa es más conocido y valorado.

Concluye Campbell su magistral obra “el héroe de las mil caras” hablando del héroe moderno. “El individuo moderno que se atreva a escuchar la llamada y abarcar la mansión de esa presencia con quien ha de reconciliarse todo nuestro destino, no puede y no debe esperar a que su comunidad renuncie a su lastre de orgullo, de terrores, de avaricia racionalizada y de malentendidos santificados. “Vive, -dice Nietzsche-, como si el día hubiera llegado”. No es la sociedad la que habrá de guiar y valorar al héroe creador, sino todo lo contrario. Y así, cada uno de nosotros comparte la prueba suprema, -lleva la cruz del redentor; no en los momentos de las grandes victorias de su tribu, sino en los silencios de su desesperación personal” (Campbell, 2016: 418).

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El héroe debe entretejer el mundo de adentro y el del afuera sirviéndose por los instrumentos entregados por los dioses. En mi caso he contado y cuento con las máquinas pensantes de Patrick Geddes, unas auténticas llaves para abrir la puerta que separa ambos mundos. Estas llaves llevan mucho tiempo publicadas y han pasado por muchas manos, pero pocos han comprendido su valor y han sabido para qué servían y cómo utilizarlas. También me ha concedido la Gran Diosa el don de la expresión escrita. Mi elixir o agua de la eterna juventud la he encontrado en la misma tierra en la que nací, Ceuta, en el mismo sitio en el que los mitos clásicos y medievales ubican la fuente de la que brotaba el agua divina, el elixir mágico o los frutos del árbol de la vida. He descubierto que la inmortalidad que aportan estas aguas y alimentos proviene de su capacidad de disolver el ego asociado al tiempo  y a su inherente deseo de perdurar. La búsqueda de la fuente de la eterna juventud o los frutos del árbol de la vida denota la insaciable sed y hambre que tiene el ser humano de la energía o sustancia del que todo lo existen forma parte, incluyéndonos a nosotros mismos. Henry también buscó esta esencia en su tierra natal. En palabras de Richardson, autor de su biografía más conocida, “Thoreau está interesado en una naturaleza unificada, una fuerza o ley o una sustancia que habrá de encontrarse como explicación fundamental de toda ella” (Richardson, 2017: 166). Reconozco que, al igual que a Henry, estoy obsesionado con la búsqueda de la fuente de esta fuerza que lo anima todo.

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Los dioses quisieron que me centrara en la idea de la fuente de la eterna juventud que los mitos clásicos y medievales ubicaban en la tierra que me vio nacer. Al hacerlo, siguiendo lo explicado por Campbell en su libro, he hecho visible el reposo y la armonía del lugar central que representa Ceuta. De este modo me he transformado en lo que suelen encarnarse los héroes mitológicos, en un “reflejo del Eje del Mundo, de donde se extienden los círculos concéntricos, -la Montaña del Mundo, el Árbol del Mundo-, él es el perfecto espejo microcósmico del macrocosmos. Verlo es percibir el significado de la existencia. De su presencia nacen los dones, su palabra es el viento de la vida” (Campbell, 2016: 373).

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En mi caso se cumple a la perfección la profecía de  Campbell  que dice que “el lugar del nacimiento del héroe […] es el punto central u ombligo del mundo. Así como surgen las ondas de un manantial sumergido, así las formas del universo se expanden en círculos desde su fuenteEl ombligo del mundo es del centro umbilical a través del cual las energías de la eternidad irrumpen en el tiempo. De este modo el ombligo del mundo es el símbolo de la creación continua; el misterio del mantenimiento del mundo por medio del continuo milagro de la vivificación que corre dentro de todas las cosas” (Campbell, 2016: 56). Guiado por la Gran Diosa la hallé en el punto central de Ceuta, que es lo mismo que decir el “Axis Mundi”.  A través de este eje fluye la energía de la vida. Mi misión es que restaurar este canal mágico obstruido por muchos siglos de abandono. Sigo la indicación de Henry: “vive tan cerca como puedas del canal por el que fluye la vida”. El árbol de la vida que simboliza el “Axis Mundi” tiene que volver a dar sus frutos.

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Ceuta, y el Estrecho de Gibraltar, constituyen el primer umbral que debe atravesar el héroe en su camino. Este lugar es el puerto de refugio del héroe antes de su definitivo salto a un mundo poblado por leviatanes y monstruos de las profundidades. En general, como comenta Campbell, “las regiones de lo desconocido (desiertos, selvas, mares profundos, tierras extrañas, etc…) son libre campo para la proyección de los contenidos inconscientes” (Campbell, 2016: 96). Me gusta asomarme al Estrecho de Gibraltar, después de una larga caminata, para dejar que mis pensamientos más profundos salgan a la superficie y pueda pescarlo y dejar constancia de ellos en mis libretas.  En uno de estos paseos llegué a la misma conclusión a la que llegó Campbell y expuso en los últimos párrafos de su libro “El héroe de las mil caras”: “que la meta no es VER, sino caer la cuenta de que uno ES esa esencia” que el héroe busca de forma ansiosa; “entonces, el hombre es tan libre de viajar por el mundo como lo es su esencia. La esencia de uno mismo y la esencia del mundo son una sola” (Campbell, 2016: 413). Ya no necesita reflejarse en la naturaleza, como si fuera un espejo, para descubrir lo que uno es.  Tal y como dijo Carl Gustav Jung, “sólo se puede esperar que el mysterium coniunctionis se complete una vez que la unidad de espíritu-alma-cuerpo se ha conectado con el unus mundus del principio”. El unus mundus, según Dorn, “es lo uno y lo simple. Este mundo es la res simplex. El grado máximo de la coniunctionis es para Dorn la unión del hombre total con el unus mundus” (Jung, 2002: 511).

Me considero muy lejos de haber alcanzado el grado de Homus Totus (hombre total). Pienso que es una meta inalcanzable para la mayoría de los mortales, con la única excepción de personajes como Buddha o Jesús. Pero el simple hecho de perseguir esta meta consigue liberarte y liberar la fuerza vital que emana del punto central indicado por el Axis Mundi.

BIBLIOGRAFÍA:

CAMPBELL, J (2016): El héroe de las mil caras, Madrid: Fondo de Cultura Económica.

JUNG, C.G (2002): Mysterium coiunctionis. Obra Completa Vol. 14, Madrid: Editorial Trotta.

RICHARDSON, R (2017): Thoreau. Biografía de un pensador salvaje, Madrid: Errata naturae.

DIEGO SEGURA, UNA MIRADA DESDE CEUTA

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Es para mí un gran honor poder escribir este retrato de Diego Segura visto desde Ceuta. Todas las personas tenemos muchos ángulos, tantos como amigos hemos ido atesorando a lo largo de la vida. La amistad es una de las formas de amor más apreciada. A los padres, los hermanos, los abuelos y demás familiares nos une un amor instintivo. Estamos unidos a ellos por vínculos sanguíneos, y en esto poco nos diferenciamos los humanos de las diversas formas de agrupaciones sociales animales. Pero la amistad es un amor que establecemos por nosotros mismos, a partir de lo que pensamos y somos. Un dicho popular lo resume en pocas palabras: “Dios los cría y ellos se juntan”. Cada persona toma el camino que el destino ha trazado para él y en su discurrir se cruza con la senda de otros seres humanos. Muchos pasan de largo. Otros se paran a conversar. Y sólo es cuando das con una persona especial, con un amigo, es cuando ambos deciden caminar juntos.

Cuando yo conocí a Diego Segura a finales de los años noventa, él ya había recorrido muchos kilómetros por el camino de la vida. Diego había partido del mismo punto que yo, Ceuta, algunas décadas antes de que yo naciese. Había pasado por Asilah, una luminosa ciudad amuralla de la costa Atlántica norteafricana, en la que estableció una relación muy especial con la naturaleza. La luz, las formas naturales, el viento, el mar, las bellas y estrechas calles de Asilah compusieron una sinfonía interior en el alma de Diego, que necesitaba expresarse en materiales imperecederos. De este deseo surgió su temprano interés por la arquitectura orgánica y, en general, por el mundo del arte.

Superada esta primera etapa del camino su vida, Diego se traslada a Barcelona para realizar estudios de arte en la Lonja, donde se graduó en la Escuela de Artes y Oficios en la especialidad de Decoración de Interiores y Diseño, actividad a la que se dedicó muchos años colaborando en el diseño de obras arquitectónicas y proyectos urbanísticos. Paralela a su carrera profesional mantiene un constante esfuerzo en su propio crecimiento personal, bebiendo de fuentes muy diversas, pero complementarias.  Diego emprende esta labor de evolución de la consciencia tratando de renovarse y perfeccionarse para ser capaz, al mismo tiempo, de transformar a la sociedad. Consciente de que este último propósito requiere de un compromiso colectivo participa en la creación del Taller 7.  Un proyecto que tuvo una gran repercusión nacional e internacional, aunque no llegó a dar todos los frutos que podía haber dado, sí que esparció muchas semillas que ahora están empezando a germinar en nuestro convulso mundo.

Diego siempre ha estado ansioso por compartir sus altos dones espirituales, intelectuales y artísticos con toda la humanidad. Y lo ha hecho siempre movido por el doble objetivo de transformarse a sí mismo y contribuir a mejorar la realidad circundante. Su vocación humanista y universalista forma parte de la propia genética de Diego Segura y tiene mucho que ver con su lugar de nacimiento: Ceuta. Yo conocí a Diego justo en el momento en el que trabajaba en su obra “Ceuta, punto de encuentro”. En ese momento yo había regresado a Ceuta después de terminar mis estudios de Prehistoria y Arqueología en la Universidad de Granada. Mis investigaciones sobre la historia de Ceuta me permitieron conocer la importancia geoestratégica de esta pequeña península asomada al Mediterráneo y al Océano Atlántico, pero no fue hasta entrar en contacto con Diego cuando empecé a entender la dimensión sagrada y mágica de esta ciudad.

Siempre he admirado de Diego su capacidad de síntesis y su impecable manera de expresar ideas complejas en los materiales más variados, incluyendo las palabras. Su proyecto  escultórico “Ceuta, punto de encuentro” nunca llegó a convertirse en una realidad tangible, pero la idea que subyace en esta iniciativa encontró su manera de expresarse en las acuarelas y pinturas de Diego. Tampoco pasaron de maqueta mucho de sus “Silbos”, que intentan materializar un elemento sempiterno en Ceuta como es el viento. Más suerte tuvimos los ceutíes con la iniciativa de Diego de plasmar otro elemento definitorio de Ceuta: el mar y las olas. Hoy en día quienes visitan Ceuta lo primero que se encuentran a desembarcar en nuestra ciudad es la magnífica “Ola” de Diego Segura.

Una idea que con mucha frecuencia acude a mi mente es la escasa cosecha de grandes artistas que ha dado Ceuta, con la excepción de Diego Segura y algunos otros pocos ceutíes. Ceuta tiene unas condiciones naturales inmejorables. Su geología, su flora, su fauna tanto terrestre como marina, es rica y exuberante. Su luz es deslumbrante. Su clima benigno y agradable todo el año. A lo que hay añadir unos bellos paisajes, una historia milenaria y una destacable diversidad étnica y cultural. Todas estas características hacen de esta ciudad norteafricana una tierra fértil para la creación artística. Sin embargo, ha faltado algo que Diego Segura tiene y a lo que ha dedicado uno de sus últimos trabajos: “el arte de ver”. Sí, sin duda, este arte falta en nuestro mundo y en Ceuta. Precisamente por haber sido Diego en su infancia, como el mismo ha escrito, “un niño delicado de salud, sensible y observador”, se despertó en él, a una edad desacostumbrada, los sentidos sutiles. Mientras que la mayoría de las personas tienen sólo oídos, él escucha. Todos tenemos ojos, pero Diego ve. Como dijo Henry David Thoreau, “no hay belleza en el cielo, sino en el ojo que lo ve”.

Lo cierto es que es casi un milagro que puedan surgir personas de la sensibilidad de Diego en el contexto de una sociedad que castiga a sus hijos encerrándolos entre cuatro paredes desde que comienzan en la escuela e ingresan en la universidad. Los sentidos de nuestros niños y niñas son mutilados por un sistema educativo que los aleja del contacto directo con la naturaleza y el cosmos. Diego, por el contrario, tuvo la suerte de gozar de experiencias significativas que despertaron en él una temprana sensibilidad por las formas y los cambios observables en la naturaleza. Pronto estableció un contacto directo y sensible con el cosmos que le hicieron amar la vida. Sus sentimientos de afecto y amor por la naturaleza no tardaron en transmutarse en el crisol de su alma en emociones profundas y, al mismo tiempo, elevadas. Nació así en Diego un deseo de trascendencia espiritual que le llevaron a adoptar una postura de compromiso ético ante la vida y la naturaleza. Gracias a su aludida capacidad de síntesis extrajo de diversas corrientes filosóficas los materiales con los que compuso su propia identidad y concepción de la cultura, entendida como el autocultivo del alma.

La expresión de la espiritualidad y la filosofía de vida de Diego Segura han requerido el diseño de su propio lenguaje simbólico.  Muchos de estos símbolos proceden de Ceuta, su tierra natal y  centro de sus pensamientos y sentimientos. La luz, el viento, el mar, la paleta de colores de los amaneceres y atardeceres en el Estrecho de Gibraltar, los olores de sus mercados, el tacto de sus murallas y árboles, el gusto de sus pescados y las especies de las comidas tradicionales de Ceuta, son los ingredientes principales de la obra de Diego Segura. La indiscutible genialidad de Diego reside en su capacidad de hacer de estos ingredientes, -que están a la vista de todos-,  obras artísticas destinadas a perdurar hasta la eternidad. Sus esculturas, sus acuarelas, sus pinturas, sus textos, sus diseños gráficos, toda su extensa producción artística, es un canto poético a la vida y a la belleza. Allí donde Diego ha vivido o trabajado se ha convertido en sagrado y mágico gracias a su arte y a su prodigiosa mirada. Esto explica que la Diputación de León haya querido dedicarle una exposición a toda su inabarcable obra artística. Los leoneses han sabido reconocer el gran beneficio que han recibido de la mirada mágica de Diego. Los montes y los ríos de León son más sagrados gracias a Diego. Ha unido con su corazón a dos tierras tan distintas como Ceuta y León. Su amor por la naturaleza de ambos territorios es lo que ha permitido un matrimonio sagrado consagrado en este catálogo.

La manera de percibir el mundo que tiene Diego, su excelso pensamiento, su misticismo, su arte, su desbordante imaginación, su vocación universalista, nos ha hecho a todos más sabios. Yo tengo la extraordinaria suerte de ser amigo de Diego y he podido disfrutar de su compañía en multitud de ocasiones. Siempre he tenido la sensación en nuestras conversaciones de estar hablando con una persona de una singular sabiduría. En mis libretas consta el resumen de algunas de nuestras charlas de sobremesa que guardo como un valioso tesoro. Su amor por la naturaleza, su compromiso con la defensa de los bienes comunes, su bondad natural ha sido y es una gran inspiración en mi vida. Me ha hecho creer en el valor de la palabra, en la importancia de la acción cívica sinergética y en el éxito ciudadano a la hora de cambiar el mundo. Cuando un grupo de personas nos animamos a crear el 15M ceutí, Diego estaba allí para decirnos las palabras justas y necesarias. Este movimiento, nos dijo, es la levadura que dará lugar a un mundo nuevo. Todo lleva su tiempo, pero el cambio es inevitable. Sin pretenderlo, Diego se convirtió en un gran inspirador del 15M ceutí. Todos lo arropamos en una de las exposiciones de arte postal de las que durante doce años Diego ha sido el inspirador y comisario.

Diego Segura es un gran inspirador para aquellos que aspiramos a una vida digna, plena y rica. Pertenece a esa selecta especie de hombres y mujeres que, como dijo Walt Whitman, no convencen tanto por sus palabras, como por su ejemplo. Tengo que reconocer que al principio de conocer a Diego no llegué a captar el sentido profundo de sus “silbos” y “pulsos”. Mis oídos no estaban entonces preparados para captar los grandes ritmos cósmicos, perennes, los eternos ritmos ondulados que están a nuestro alrededor y pocos escuchan. Diego los lleva escuchando toda la vida. Él escucha la música de las esferas porque ha sabido  convivir con el silencio y su inseparable compañera, la soledad, en su casa de Genicera. Por eso nunca se ha sentido solo.  Siempre ha tenido la compañía de los dioses y diosas, de las hadas, los duendes y los genios de los bosques. Su percepción de la totalidad es muy amplia, tanto como su mirada. En su alma cabe toda la tierra, toda la humanidad, todo el cosmos. No obstante, Diego ha mantenido un punto de referencia, un centro desde el que poder orientarse, y este lugar ha sido y es Ceuta. Esta ciudad es un punto de encuentro, como lleva defendiendo Ceuta durante toda su vida, que aspira a alcanzar su epopeya histórica. Diego es fruto de esta tierra, sus obras artísticas llevan alimentando nuestras almas mucho tiempo y sus semillas, diseminadas por muchos lugares, en especial las tierras leonesas, están  dando lugar a nuevos árboles hasta que formen un inmenso bosque.

Ralph Waldo Emerson dijo en cierta ocasión que “cuando la naturaleza tiene trabajo que hacer, crea un genio para que lo haga”.  Diego ha sido y es el genio que la naturaleza ha creado para conciliar hechos e ideas en principio irreconciliables como el hombre y la naturaleza, lo sagrado y lo profano, lo visible y lo sutil, la imaginación y la realidad, el arte y la cotidianeidad. Él ha sido fiel a su misión. Ha hecho lo que  él y solamente él podía realizar. Diego ha hecho visible lo invisible con la única ayuda de su luz interior. Una luz muy parecida en su intensidad y claridad a la que captaron por primera vez sus ojos al nacer en Ceuta. Él,  como escribió Emerson, “nació para distribuir el pensamiento de su corazón de universo en universo, para hacer una tarea de la que la naturaleza no puede privarse, ni él librarse de realizar y, entonces, sumergirse de nuevo en el silencio sagrado y en la eternidad de la que como hombre ha surgido”. Demos las gracias a la naturaleza por haber creado a Diego y a él por haber cumplido su misión más allá de lo bello y lo sublime.

PONIENTE

Ceuta, 21 de julio de 2017.

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He salido de casa a las 6:15 h. Al despertarme no he dudo un momento en vestirme y salir a contemplar el amanecer en este despejado día de poniente. Suelo acelerar el paso por las tardes cuando deseo despedirme del sol, pero hoy estoy corriendo para buscar a la noche. Su inherente oscuridad es la que me va a permitir disfrutar de la imagen conjunta de dos planetas asociados a la Gran Diosa: la luna y Venus.

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El cielo está tan limpio que es posible ver todo el perfil circular y la parte oscura del satélite de la tierra. La luna mira hacia donde dentro de media hora emergerá el reluciente sol. Por su parte, Venus, el lucero del alba, brilla con su intensidad acostumbrada. Ella siempre ha sido una referencia indispensable en mi despertar espiritual y sensitivo.

Hace años no prestaba la atención que ahora dedico a las conjunciones astronómicas y a esas sutiles percepciones que uno capta cuando nuestros sentidos están plenamente activados. Así he podido percibir la embriagadora fragancia de las damas de noche al introducirme en la barriada del Sarchal y el frescor de la noche que agazapado me esperaba para recibirme a la entrada del Camino de Ronda.

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En los apenas diez minutos que llevo escribiendo la luz matutina ha tomado posesión del paisaje. Las letras de mi libreta son ahora visibles y he dejado de escribir entre tinieblas. La luna y Venus aún resisten al empuje de la mañana, pero no creo que puedan aguantar mucho tiempo. Pronto quedarán ocultas tras la luz. Este fenómeno nos indica que la luz de la razón cubre con un velo el universo mágico y misterioso al que no siempre prestamos la atención que merece.

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Siento que no soy el único que espera expectante la llegada del sol. La naturaleza aguarda con paciencia que el astro rey le devuelva los colores que al atardecer recoge en su seno y se lleva con él al inframundo. Las piedras del camino sobre la que me siento ahora están frías como el tempano, pero al mediodía arderán como si el fuego estuviera en su interior. Este mismo ardor ha quemado las plantas que tengo a mi alrededor para despejar el camino a la llegada del próximo otoño.

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Una aureola rosácea empieza a dibujarse en un horizonte cubierto por una ligera bruma. Esta tonalidad es un aviso para quienes nos disponemos a disfrutar del amanecer. Por ahora los únicos que estamos en este lugar soy yo, las gaviotas y un escuálido gato que anda entre los riscos. Bueno, también están los mosquitos que no dejan de incordiarme.

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Puntual a su cita, fijada a las 7:21 h, ha llegado el sol con su cara alegre y dorada.

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A las 7:30 h el sol ha cogido suficiente altura para incidir sobre mi cuerpo, que proyecta una alargada sombra que apunta a Occidente. Como si fuera una lagartija madrugadora busco las primeras piedras iluminadas para aprovecharme del calor que trae el sol. Hace un instante se ha asomado por el camino una fuerte ráfaga de poniente que ha tirado el trípode de la cámara y me ha dejado helado. Cuando me despisto el aliento de Céfiro me empuja con fuerza como si quisiera que siguiera mi camino. Pienso hacerlo, pero antes quiero observar el efecto del amanecer sobre las escasas flores que han sobrevivido al paso del verano. Se trata de capullos tardíos de flor de árnica. Todos sus congéneres están secos, sin embargo, contienen vida. Al deshacerlos con mis dedos vuelan las semillas que traerán una nueva primavera. Estas semillas son arrastradas por el viento y caen sobre un suelo que las lluvias otoñales volverán a hacerlo fértil.

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El color dorado de las piedras sobre las que estoy sentado es el reflejo de la tonalidad del propio sol, como el azul del mar lo es del cielo. Yo mismo, en mi sereno estado de ánimo, no hago otra cosa que encarnar las sensaciones que transmite la naturaleza. Todo aquí es paz, serenidad y armonía. El espíritu del lugar deprende tranquilidad, hospitalidad y alegría. Lejos quedan las prisas de la vida cotidiana de los hombres y mujeres, sus afanes económicos y la complejidad de las relaciones sociales. Los sentidos anestesiados por la imparable recepción de estímulos visuales y sonoros recuperan su equilibrio en este maravilloso escenario. Aquí experimento conmigo mismo y dejo vía libre a mis sentimientos. La naturaleza me ayuda a progresar en mi autodescubrimiento. Este es el principal objetivo de mis investigaciones y la naturaleza resulta ser el laboratorio en el que experimento para hallar la fórmula de la felicidad. Soy feliz cuando logro avanzar en esta investigación que me permite conocer, al mismo tiempo, el mundo de adentro y el de afuera. No quisiera dentro ambos mundos sin conocerlos y sin hacer completado mi misión. Permanezco expectante ante mi destino esperando que otro hallazgo inesperado me haga avanzar en el camino de la vida y el esclarecimiento del espíritu de Ceuta.

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Retomo el camino y según lo hago noto que los únicos sonidos que escucho son los de mis pisadas sobre la tierra y el borboteo del agua que entra en las estrechas grietas de los acantilados. En las calas más abiertas el mar lame las rocas y las mantiene húmedas y llenas de vida.

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Camino de manera lenta, sin prisas, parando a cada instante para tomar una fotografía o fijarme en pequeños detalles. Paralelo a este Camino de Ronda trazado a comienzos del siglo XVIII discurre una avenida mucho más transitada que ésta. Ciento de grandes hormigas andan rápido en ambas direcciones transportando víveres. Algunas de ellas portan pesadas mercancías teniendo en cuenta el tamaño de sus cuerpos.

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Me llama también la atención los frutos del ricino, tan venenosos como bellos. Tienen un aspecto peludo. Las hojas no son menos sugerentes. Observo que no todas tienen el mismo número de puntas: las hay de nueve y de diez salientes.

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La sombra de la pasarela sobre la tierra batida del Camino de Ronda deja una imagen de gran atractivo fotográfico.

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Es tal el espesor de las chumberas que cubren las laderas del Hacho que no dejan espacios para otras especies vegetales. Las albahacas aprovechan un pequeño hueco junto al sendero para crecer, al igual que lo hacen algunos ejemplares de tabaco moruno con sus características flores en forma de alargadas campanillas.

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Los grillos chirrían de noche y de día. Cuando me acerco hasta donde están se callan y me observan. Al percibir que no supongo un peligro para ellos continúan su interminable concierto veraniego. Sobre el cielo vuelan en espiral un nutrido grupo de vencejos. No creo que podamos disfrutar mucho tiempo más de su presencia en el cielo ceutí. A estas horas, con el reflejo del sol en sus cuerpos, parecen de plata. Estas aves, junto a las golondrinas, son mis favoritas. Su llegada a comienzos de la primavera anuncian mi renacimiento y el de la naturaleza. Una joven gaviota da la impresión de que ha sentido algo de envidia por mi anterior comentario laudatorio sobre los vencejos y golondrinas y vuela a mi alrededor para llamar la atención. Bien sabe ella que presto mucha atención a los de su especie y que por su número son las reinas del cielo de Ceuta.

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La naturaleza no sólo la podemos disfrutar viéndola y escuchándola, sino también tocándola, oliéndola y saboreándola. Todavía no es tiempo de comer chumbos, que en Ceuta compramos por las calles a vendedores ambulantes que las portan en cubos llenos de hielo para mantenerlos frescos, pero todo el año podemos disfrutar del tacto pringoso de las albahacas y de sus característico olor.

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Una de las cosas más difíciles de describir son las fragancias de las plantas. Tienen tanta personalidad que no tengo con que compararlas ¿No ocurre igual con las personas? Hay quien tiene una personalidad tan marcada que no es posible compararla con  los demás. Como escribió Walt Whitman,  a pesar de todos los sinsabores de la vida contamos con algo tan valioso como nuestra identidad y la posibilidad que nos brinda la vida de contribuir a la eternidad con un verso original.

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Los escobones tienen un tacto muy distinto a las mencionadas albahacas. Sus ramas son suaves, tiernas y frescas, aunque carecen de un intenso aroma.

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Me cruzo también en el camino con algunas tagarninas completamente secas y con su acostumbrado carácter pinchudo. Las zanahorias silvestres que en primavera lucen su blancura ahora se confunden con el color marrón de los gneis del Hacho ¡Y qué decir de las viboreras que hace pocos meses llenaban los campos de Ceuta con su peculiar y llamativo color lila! Ahora están completamente secas.

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Las más bellas y poéticos de las plantas que pueden verse en el Camino de Ronda son las pitas. En esta época del están en flor y lucen un intenso color amarillo que recuerda al mismo oro. Pero se trata de una riqueza efímera, ya que florecen una sola vez en su vida y mueren tras la floración. Sus verdes y alargadas fustes ruedan sobre las laderas del Hacho como las columnas de un arruinado templo clásico.

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Entre una acacia y un pino veo la imagen del faro de Ceuta. Es impresionante los matices de verde que podemos observar en las hojas de la acacia dependiendo de la luz solar que reciben. Las más expuestas están amarillas como el mismo sol, mientras que las más refugiadas lucen un intenso verde. Esto demuestra que el sol es el maestro de todos los pintores. Las hojas de las acacias me recuerdan mucho a la de los helechos que tanto abundan en la cara norte del Monte Hacho y en García Aldave. Son las plantas más antiguas y misteriosas de la tierra.

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Un ejemplar de torvizco o matapollos ha crecido a la sombra de la acacia y el pino canario. Su floración es muy tardía, como si no tuviera prisa o el tiempo no fuera con él. Por el contrario, las zarzamoras son puntuales. Ya están mostrando sus frutos y negros y rojizos que pruebo con gran placer. Las zarzas son muy celosas de sus frutos y hay que cogerlos con cuidado si no queremos pincharnos los dedos. Me encanta observar aquellas ramas de zarzamora en la que coexisten las flores primaverales y las moras veraniegas.

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Los lentiscos y los brezos, junto a las albahacas, escobones y jaras, son las plantas que mantienen el vivo color verde del campo durante todo el año. Algo que no puedo decir de los acantos secos cercanos a la playa del Desnarigado. Llego a esta cala a las 10:10 h. He tardado casi cuatro horas en recorrer un trayecto que sin parar y a un ritmo normal no llevaría más de un cuarto de hora. Aun así tengo la sensación de que he dejado de ver muchas cosas. Miles de Ceuta quedan por descubrir a lo largo de este antiguo camino.

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Al llegar a la cala del Desnarigado me he dirigido a la punta oriental sobre la que me siento a desayunar. No tengo nada en el estómago, excepto las pocas moras que he tomado cerca de aquí. Ha sido terminar de comerme el bocadillo y el curioso sol se ha asomado por el castillo del Desnarigado para ver que hacía. Le digo que no hago otra cosa que cantar las maravillas de la naturaleza. Aprovecho también para agradecerle que venga a calentar este sombrío rincón de la bella cala del Desnarigado. Este es buen lugar para reflexionar sobre algunas de las lecciones que he aprendido de la naturaleza. La que me ha resultado más interesante es aquella que nos enseña que la diversidad de los caracteres de las plantas se parece mucho a los seres humanos. Las hay suaves y discretas, pringosas y olorosas, pinchudas y secas, alegres y distraídas, exuberantes y generosas, heroicas y aprovechadas. Todas ellas, en conjunto, reflejan la identidad de la naturaleza de Ceuta. Una personalidad otorgada por el Alma Natura a esta tierra de encrucijada entre Europa y África, entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico. Conocer la personalidad de Ceuta y la procedencia del alma que la anima, nunca mejor dicho, es mi gran obsesión. Esta última resulta intangible, inabarcable, pero no por ello irreal. Puedo sentirla como siento el viento, el calor, el olor a mar, pero no tocarlos. Percibo el alma de Ceuta en su cegadora luz, en su mar, en sus brisas, en sus paisajes, en sus rocas, en sus animales y plantas y en su patrimonio cultural.

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…Llega un niño de unos ocho o nueve años de edad y me pregunta: ¿Qué eres? Sin pensármelo dos veces le contesto que escritor. Es la primera vez que me presento con este título, al que acto seguido añado el de arqueólogo. Le pregunto que si sabe a lo que nos dedicamos los arqueólogos  y me dice que lo desconoce. Con palabras sencillas le explico en qué consiste el trabajo de un arqueólogo y noto el interés y el entusiasmo en su cara. Me cuenta que su abuelo se llamaba Mohamed y que estuvo trabajando en el museo. Después de unos minutos de conversación se despide de mí, pero por poco tiempo. A los pocos segundos vuelvo con dos amigos que quiere presentarme. Uno es de Castillejos y el otro de Rabat y ambos son alumnos del centro de menores “La Esperanza”. El más mayor, el de Rabat, me pide que le cuente la historia del castillo del que le he hablado a su amigo señalando a la fortaleza del Hacho.

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Les invito a estos tres niños a que se sienten a mi lado. Gracias a unos dibujos que improviso en  mi libreta consigo explicarles cómo se forma un yacimiento arqueológico. También les hago un bosquejo de la geografía de Ceuta. Con estos conocimientos previos y básicos empiezo a construir un rápido relato de la historia de esta ciudad. Poco a poco llegan más niños, junto a sus monitores, y cuando quiero darme cuenta estoy rodeado de niños y niñas mientras imparto una improvisada charla sobre el patrimonio natural y cultural de Ceuta. Pocas veces he disfrutado de un público tan atento y agradecido. Me siento como el profesor John Keating del Club de los Poetas Muertos.

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“Casualmente” uno de los monitores me pregunta si conozco a la asociación Septem Nostra y al decirle que soy su presidente se pone muy contento. Lleva tiempo intentando dar con nosotros Ha estado incluso en mi antigua casa de los Rosales buscándome. Es estudiante de Ciencias Ambientales y de Ciencias del Mar y desea colaborar con nosotros. Me ha facilitado sus datos, así que lo llamaremos para que venga a visitarnos al Museo del Mar y hablemos de las posibilidades que podemos ofrecerle para colaborar con nuestra asociación. Considero un motivo de alegría que haya gente joven y formada con ganas de trabajar por su tierra.

Un chico de nombre Nayim, acogido por la asociación Digmun, no se separa de mi lado. Quiere que le siga hablando de arqueología. Lo noto muy interesado. Es como si hubiera contemplado por primera vez un mundo desconocido. Le animo a que se esfuerce en los estudios y luche por el sueño de convertirse algún día en arqueólogo- Con este mensaje me despido de él y del resto de niños y niñas con los que he pasado un rato magnífico.

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Pretendo bañarme en la playa para refrescarme, pero resulta imposible hacerlo. La orilla está impregnada de un mancha rosácea que al verla de cerca descubro que está formado por cientos de medusas.

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Descartada la opción del baño me dirijo a mi siguiente destino que es la poza situada a los pies del llamado “Salto del Tambor”. Aquí plasmo por escrito mis últimas experiencias y pensamientos. Son las 12:30 h. Llevo seis horas en la naturaleza y tengo la sensación de que no ha durado más que un parpadeo de ojos. El sol me persigue allí donde voy y no deja ni esquina sombreada en la que refugiarme de sus calurosos rayos. Encuentro un pequeño abrigo natural en el que me siento para seguir escribiendo. La belleza de este rincón está tristemente profanada por toda la basura que algunos desaprensivos han dejado en este lugar.

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En mi camino de regreso a la playa del Desnarigado contemplo la cristalización de la sal marina, muy similar a las geodas negras que identificó a unos metros. Una observación atenta de las verticales paredes del extremo occidental de la cala me permite localizar algunas marcas de cantería y signos evidentes de la presencia de hierro en estos afloramientos de gneis. En la misma playa, y junto a la muralla que cierra la cala, redescubro abundantes fragmentos de escorias de fundición y ladrillos de hornos con la marca “F”. Parece muy probable que estemos ante otro punto de extracción y manipulación de mineral de hierro en el Hacho.

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Subo por las empinadas escaleras que conducen al castillo del Desnarigado.  Desde allí emprendo la etapa final de mi excursión matutina. Al doblar la punta del faro el viento de poniente sopla con inusitada fuerza. Acelero el paso ya que se acerca la hora del almuerzo y he quedado con mis padres a las 14:30 para comer con ellos. No obstante, no puedo evitar pararme para tomar algunas fotos, como la de un pino solitario que cuelga cerca de Punta Almina con la mirada fijada en el mar Mediterráneo.

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Al pasar cerca del cementerio de Santa Catalina veo que se abre un camino que conduce al parque periurbano “Teniente Morejón Verdú”. No lo había visitado hasta ahora. Siempre me ha parecido una aberración lo que han hecho en este lugar. Para acabar con un vertedero infesto de basura crearon un segundo cargándose un hermoso pinar. No me gusta nada el diseño de este parque con un puente descomunal que termina en un banco de picnic con vistas al cementerio y donde llegan los olores de la incineradora y la estación de tratamiento de aguas residuales.

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Más atractivo resulta el camino que discurre por los bordes del antiguo vertedero. Desde este sendero puede verse unas espectaculares imágenes del Estrecho de Gibraltar en el que hoy sopla un fuerte viento de poniente, tanto que me cuesta andar de cara al frío aliento de Céfiro. Caigo en la cuenta de que está es la cara de la ciudad más habitada y habitable tal y como testimonian los numerosos restos de murallas y fortificaciones que me encuentro en la parte final de mi paseo en este día de poniente.  Pienso entonces que mi próximo proyecto va a consistir en recorrer todo el perímetro costero desde Punta Almina hasta Benzú.

CAMINANDO CON HENRY DAVID THOREAU EN EL BICENTENARIO DE SU NACIMIENTO

Ceuta, 12 de julio de 2017.

He salido de casa a las 6:10 h de la madrugada. Hoy es un día importante para mí. En esta jornada se conmemora el bicentenario del nacimiento de Henry David Thoreau. Coincide también que hoy hace un año que llevé a cabo mi proyecto “El Día de mi vida”. Aquel día no sabía que era el mismo del nacimiento de Henry. Fue una “casualidad”, aunque ya sabemos que la coincidencias no existen y sí las sincronicidades.

Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

Cuando he iniciado mi andadura todavía era de noche. Entre las nubes, y en su camino hacia Occidente, he contemplado a una luna que en estos días la noto alegre y sonriente. Debe estar contenta por el hecho de que uno de sus hijos más queridos, Henry David Thoreau, empieza a ser reconocido. Viniendo para acá iba escribiendo mentalmente, en el gran cuaderno que lleno dentro, que Henry, más que un escritor, era un prodigioso profeta. Él fue el portador de un mensaje de los dioses en el que nos animan a vivir de una manera plena, digna y deliberada. Si se hubiera limitado a escribir libros este mensaje apenas habría trascendido. Su principal mérito fue vivir conforme a sus ideales y seguir la voz que aclamaba en su interior procedente de los reinos celestiales.

Pensaba en la dimensión profética de Henry cuando al doblar una de las curvas del sendero que circunda el Monte Hacho he visto a un pequeño gazapo junto  a la cuneta. Por unos segundos nos hemos quedando mirándonos fijamente, como el que reconoce a un amigo que hace tiempo que no ve. Más adelante, sobre las desnudas paredes de la montaña, observo las rápidas lagartijas correteando. De alguna manera, la vida se derrama, como el agua en el cercano arroyo de Fuentecubierta, por las laderas del Hacho a estas primeras horas de la mañana.

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Sin parar ni un instante he llegado al fuerte de Punta Almina a las 7:00 h, quince minutos antes de la salida del sol. En este balcón que se asoma al Estrecho de Gibraltar el viento de levante que sopla hoy se aprecia de manera notable. He esperado de pie, junto a la cámara fotográfica, para captar la imagen de la salida del sol, pero las nubes no me han dejado ver su dorado rostro. Todo el cielo es de un marcado tono grisáceo. El mar, en perfecta calma, parece una inabarcable plancha de plomo. La mención a este metal trae a mi mente el exvoto con la representación de la Gran Diosa que encontré hace dos años en la excavación arqueológica de la calle Galea. Este hallazgo supuso para mí la confirmación de un renacimiento espiritual y la confirmación de la importancia de la misión que me ha sido confiada.

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Talismán con la representación de la Gran Diosa

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Mientras pienso que nada es casual, y todavía no he salido de mi asombro por la forma en la que ha acudido a mi mente el recuerdo de la Gran Diosa, miro al suelo donde estoy sentado y me fijo en una curiosa piedra porosa que se encuentra justo delante de mí. La cojo para ver con más detalle y compruebo que se trata de una pequeña escoria de fundición, similar a la que hallé en mi última excavación realizada en la calle Eduardo Pérez Ortiz. Curiosamente esta escoria está sobre una losa de peridotita, el mismo tipo de piedra que fue esculpida para confeccionar el betilo hermafrodita igualmente encontrado en el santuario de la calle Galea. De una forma misteriosa y asombrosa tengo delante multitud de elementos que indican todos y cada uno de los hitos que han marcado el camino que me ha conducido a desvelar el espíritu de Ceuta. No falta ni el verde de las minas del Cardenillo, representado por la serpentina de las peridotitas sobre las que estoy sentado.

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No difiere mucho la relación que mantuvo Henry con su Concord natal con la que yo tengo con Ceuta. Ambos hemos establecido una relación muy profunda con el genius loci de la tierra nos vio nacer y crecer. Los dos solamente dejamos nuestra ciudad para ir a la Universidad, él a la de Harvard y yo a la de Granada. Terminados los estudios regresamos a nuestra casa para dedicar nuestras vidas al escrutinio minucioso de la naturaleza y la historia de nuestras respectivas localidades.

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De espaldas al viento observo a las plantas que colonizan el suelo del fuerte bailan al son que marca el aliento de Euro. Experimento uno de estos momentos mágicos en los que el tiempo se detiene y aprovecho este instante para que el espíritu del lugar me envuelva con su manto protector. Ya no siento el frío húmedo que trae el viento de levante ni ese sentimiento de soledad que envuelve a este abandonado fuerte del siglo XVIII. Un nutrido grupo de gaviotas sobrevuelan este inmueble graznando al unísono. Las tengo tan cerca que escucho a la perfección el batir de sus alas.

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Lejos de abrirse el cielo cada vez está más encapotado. Esta atmósfera grisácea y tupida invita a la reflexión. Me llega el sonido del mar, lo que me recuerda la condición marina de Ceuta. Hasta hace algunas décadas funcionaba la Sirena de Punta Almina, el edificio situado a los pies de esta fortificación dieciochesca. A esta instalación de aviso sonoro a los navegantes la llamaban “la Vaca” debido al particular sonido que emitía. Hay días, sobre todo en estas fechas de verano, en los que el taró, -que es el nombre con el que los ceutíes conocemos a las nieblas veraniegas-, no deja ver ni tan siquiera las manos. La humedad es tan elevada que recuerda al ambiente del tepidarium de unas termas romanas. Conviene saber que las costas de Ceuta pueden ser peligrosas si no se conocen con detalle. Prueba de ello son los numerosos naufragios que han tenido lugar en el litoral ceutí. En los cercanos isleos de Santa Catalina se hundieron en 1692 dos barcos de la flota francesa y allí siguen sus restos esperando que algún día pueda hacerse una exhaustiva documentación arqueológica de estos pecios hallados por el investigador Juan Bravo.

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Henry fue testigo de las dramáticas consecuencias de un naufragio en las costas de Cape Cod, un lugar que me recuerda mucho a Ceuta. Ambos sitios son una península con dos bahías muy diferenciadas. Desde allí Henry dirigió su alargada mirada a través del Atlántico hasta contemplar en su imaginación al Estrecho de Gibraltar. Muchas veces imaginó Henry el Jardín de las Hespérides que las leyendas clásicas ubicaron en este mágico canal de comunicación entre el Atlántico y el Mediterráneo. Yo tengo la suerte de haber nacido y de vivir en este paraíso terrenal tan desfigurado por la torpe mano de los hombres. La existencia de este jardín pasa desapercibida para la mayoría de las personas, incluyendo a sus propios habitantes. Permanecen ciegos ante su belleza. No escuchan sus melodías ni perciben sus olores y sabores. Tampoco siente su tacto en forma de cambiante viento de levante o de poniente.

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Concord y Ceuta no son territorios demasiado amplios, pero para Henry y para mí son Terra Incognita por descubrir. Según andamos por ella se nos abren innumerables sendas por explorar. Cada uno de estos caminos nos conduce a un plano de la realidad distinto en el que reina lo sagrado, lo mágico y lo mítico. Me gusta salir a pasear en días como hoy con mi camiseta alusiva a la mitología griega. En ella aparece Dionisos con una crátera en una de sus manos y en la otra portando un arpa de siete cuerdas, el mismo número de colinas que dan nombre a Ceuta. Le acompañan dos efebos. Uno de ellos es músico y el otro un bailarín. Los tres celebran la fiesta de la vida y su continua renovación representada por las vides que les rodean.

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Decía Henry que el papel de un pensador consistía en “revisar la mitología” para lograr, de este modo, una actualizada cosmovisión del mundo. Comparto este parecer de Henry y tengo cada día más claro que esta nueva mitología deberá tener mucho de la clásica en su sentido de admiración y veneración de una naturaleza considerada sagrada.

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Después de dos horas en el fuerte de Punta Almina, a las 9:00 h retomo mi camino para dirigirme a mi particular cabaña…

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…Son las 11:35 h. Tras una buena caminata he llegado a la cala del Amor. Pero antes de hablarles de este lugar quiero contarles lo que he visto por el camino. He podido observar los primeros colores del otoño reflejados en las hojas amarilleadas por los rayos del sol. He visto a los astéricos marítimos, que en primavera estaban en flor, completamente quemados por los rayos solares, así como he observado a las viboreras tan secas que las primeras ráfagas de viento las barrerá como si fueran polvo. He podido también comprobar el maltrato que los seres humanos damos a la naturaleza esparciendo basuras y escombros por todos lados. También he descubierto una posible mina detrás de las torres del Sarchal, así como indicios claros de presencia de sulfuros de hierro en estas paredes verticales.

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Siguiendo las dictados de la Gran Diosa he llegado hasta el santuario de Sidi Bel Abbas al Sabti. Me he acercado hasta su umbral para mostrarle mis respetos y coger una hoja de la higuera sagrada, cuyas raíces se esconden bajo el templo y se enriquece con su poder. Una escalera esculpida en la roca me lleva hasta el portillo de Fuentecubierta que atravieso maravillado ante la belleza de esta franja del litoral ceutí. A esta hora se ha alcanzado la bajamar. Los tomates de mar muestran su intenso color rojo que contrasta con la tonalidad parda de los gneis del Hacho.

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La aludida bajada del nivel del mar me permite atravesar sin descalzarme la mágica puerta que desemboca en la cala del Amor. Me siento en el mismo lugar en el que el año pasado me puse a escribir y relacione las manchas verduscas de las rocas sobre las que apoyo mi espalda con las escorias  de cobre que recuperé en el interior del horno metalúrgico de la calle Eduardo Pérez.

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A pocos metros de donde estoy se ubica una profunda galería, excavada en la dura roca del Monte Hacho, que tiene un doble interés para mí. La primera vez que bajé a este sitio fue para documentar los rituales que las devotas musulmanas practican en esta galería para solicitar que el poder del santón contribuya a su fertilidad o cure males propios o de algún familiar. Me interesé por estos ritos tras el hallazgo de la cueva sagrada y el exvoto de la Gran Diosa en la calle Galea. Lo que entonces no podía sospechar era que en la siguiente excavación arqueológica que dirigí tendría la fortuna de documentar un horno metalúrgico que me haría volver a este sitio para identificar una serie de interesantes minas de cobre y hierro, de las que forma parte este espacio ahora sacralizado.

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No cabe duda del interés geológico y arqueológico de esta cala del amor, pero hay algo más, mucho más diría yo. En este lugar sagrado y mágico encontré las claves que me faltaban para descifrar algunos de los enigmas que celosamente guarda esta tierra bañada por dos mares y puente entre Europa y África. Poco a poco he ido descubriendo, gracias a la ayuda de los diagramas de Geddes, que Ceuta y el Estrecho de Gibraltar constituyen una metáfora geográfica de la alquímica conjunción de opuestos entre los principios masculinos y femeninos. Desde esta perspectiva, Ceuta se me presenta como un Axis Mundi,  como un punto en el que se abre una puerta celestial por la que salen y entran almas que se integran de nuevo en el Anima Mundi. Esta alma del mundo adquiere en el caso de Ceuta la forma de la Sophia gnóstica, la misma que inspiró en vida y escritura a Henry David Thoreau.

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La lectura de la biografía de Henry escrita por Kevin Dann me abrió los ojos sobre muchos aspectos coincidentes entre la vida de Henry y  la mía. La similitud, aunque a otra escala, entre el plano de la laguna de Walden y el Estrecho de Gibraltar, antes de que las aguas del Atlántico penetraran en el mar Mediterráneo, es asombrosa. No lo menos nuestro común interés por la arqueología y la suerte que ambos tenemos a la hora de dar con hallazgos sorprendentes.

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A Henry y a mí nos separan doscientos años y muchos kilómetros, pero yo lo siento muy cercano. Nuestras miradas son similares, aunque cada uno tenemos nuestra propia identidad y  estilo. En ningún momento he pretendido imitarlo, sin que oculte la gran influencia que su obra y su pensamiento ejerce en mi escritura.

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De alguna manera, nuestras vidas se complementan. Yo tengo la suerte de gozar del amor de mi mujer y de mis hijos, así como dispongo de una vida confortable, cosa de las que Henry no pudo disfrutar. Por el contrario, Henry caminó libre de las ataduras y compromisos que supone tener una familia. Fue libre para dedicar la mayoría de  sus días a caminar por el campo, a leer y a escribir. Esta libertad le permitió poner en marcha sus proyectos personales, como irse a vivir durante dos años, dos meses y dos días a una cabaña construida por el mismo en la orilla de la laguna de Walden.

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La vida no es un restaurante en el que nos muestran una carta para que podamos elegir los platos que deseamos. El menú de nuestra existencia está escrito por los dioses. Probamos platos dulces y amargos, buenos y malos, solos o en compañía, y no podemos hacer un juicio justo de la propuesta gastronómica hasta que terminamos los postres. En cualquier caso, la mejor actitud que podemos adoptar ante la vida es disfrutarla y rebañar los platos. Es recomendable una dieta equilibrada. Como dijo Lewis Mumford sobre Henry David Thoreau, su dieta demasiado espartana, tanto desde el punto de vista figurado como real, contribuyó al aceleramiento de su enfermedad y a su prematura muerte.

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No es fácil encontrar un equilibrio entre las devociones y las obligaciones, que siempre resultan ambiguas y contradictorias. Sin duda el cuidado y atención de la familia requiere tiempo y obliga a buscar un empleo lo más estable posible para cubrir los gastos de vivienda, alimentos, vestidos, etc…No obstante, la inversión en tiempo se recupere con creces gracias a lo que da nombre a esta hermosa cala: el amor. El amor es la primera y más importante necesidad del ser humano. Es el ingrediente más importante de la vida. Yo he tenido la suerte de nacer en una familia con unos padres maravillosos y unos hermanos fantásticos. Nos ha faltado de nada, pero tampoco se ha despilfarrado el dinero ni nos han  criado como niños consentidos y caprichosos. Con gran sacrificio y esfuerzo mis padres nos han dado estudios universitarios a los cuatro hermanos, como lo hicieron los suyos con Henry. Mi relación mi hermano Diego fue muy parecida a la que tuvo Henry con su hermano John. Más que hermanos, siempre hemos sido amigos.

Mi hermana Tere guarda gran parecido en su forma de ser como Sophia, la hermana de Henry, siempre pendiente de la familia.

Jesús, el pequeño de la familia, es el que más se parece a mí, tanto en lo físico como en lo intelectual. Compartimos similares inquietudes y aprecio por la belleza que contiene la naturaleza y el patrimonio cultural.

De mi paso por la Universidad de Granada no sólo me traje muchas experiencias vitales y un título universitario, sino lo más importante: el amor de mi vida, Silvia. Juntos hemos diseñado un proyecto de vida que ha dado como resultado a dos maravillosos hijos: Alejandro y Sofía. Ellos son el centro de nuestras vidas y una fuente inagotable de alegría. Cualquiera preocupación o enfado se disipa cuando los veo y me expresan su amor.

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Contemplando la luna llena de julio junto a mis amigos Ana Serrano y Jotono Gutiérrez

Poco a poco estoy consiguiendo un equilibrio entre mis responsabilidades laborales y familiares y mis pasiones que son el acercamiento a la naturaleza, la escritura y el estudio del espíritu de Ceuta. Para ello es muy importante un ingrediente vital favorito de Henry: la simplicidad. Mi meta es muy simple: lograr una vida lo más plena y significativa que me sea posible. No aspiro al éxito económico ni al reconocimiento social. Me basta con conocerme a mí mismo. El re-conocimiento es una redundancia ajena que no me motiva. El único propósito que le encuentro a publicar mis escritos es conocer a personas de similares inquietudes a las mías con las que poder disfrutar de una amistad sincera y profunda. Personas que buscan en la naturaleza los mismos alimentos para el alma que yo ansío. En este sentido Henry y yo pensamos lo mismo.

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Si por algo las obras de Henry están de moda es porque nuestra sociedad está hambrienta de nutrientes para el alma y sedienta de las aguas de la fuente de la eterna juventud, cuyos manantiales hay que buscarlos en la naturaleza y en nuestro propio interior. Cuando encontramos uno de estos manantiales debemos saciarnos. Yo, como Henry, necesitamos esta agua eterna para sentirnos bien y felices. La eternidad crea adicción. Buscamos de manera paciente esa emoción profunda que de vez en cuando nos embarga y nos hace sentirnos plenos e integrados en el cosmos. Ya ven que no puedo hablar de Henry en pasado. Para mí es una ser inmortal que vive entre nosotros para recordarnos el valor y significado de la vida. Puedo verlo en cada roca, en cada planta, en cada árbol, en cada animal que cruza en mi camino, como el gazapo con el que me encontré esta madrugada. Puedo sentirlo en mi interior, en lo que he sido, soy y seré. Como escribió Walt Whitman, “cada átomo que me pertenece, te pertenece también a ti”. En cada átomo de mi cuerpo están ellos: Emerson, Whitman, Thoreau, Geddes, Mumford, Goethe,…Yo no soy quien soy sin la presencia de estos autores. Ellos me aportan la valentía que se requiere para dejar que el canal de mi alma permanezca abierto y así la comunicación entre lo terrenal y lo eterno no se rompa.

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…Ya no queda sombra en la que refugiarme del sol. Son las 11:45 h. Es hora de retomar el camino. Me paro un momento en la entrada de la gruta sagrada para dejar durante unos minutos mi ejemplar de Walden como ofrenda. Estoy seguro de que a Henry le gusta que sus palabras visiten este sacro lugar.

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El sol aprieta fuerte, aun así tomo unas imágenes de la minas del cardenillo y de las vistas del morabito de Sidi bel Abbas al Sabti. La subida hasta la barriada del Sarchal se hace dura por el intenso calor y el peso de la mochila. Al estar de nuevo en un entorno habitado recupero la cobertura del teléfono móvil y hablo un rato con Silvia, Sofía y Alejandro.

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En la mina de la cala del amor junto a mi querido amigo Óscar Ocaña

Cuando quiero darme cuenta son las 14:30 h. Dudo entre irme a un bar a comer o comprar algo de comida en la tienda del barrio que tengo enfrente y bajarme a la piscina natural situada en la playa de la Junquera. Al final me decanto por esta segunda opción. Después de comer de manera frugal me doy un baño en la piscina natural que descubrí hace unos meses mientras explorar el litoral en la búsqueda de yacimientos de mineral de hierro y cobre. Paso un buen rato observando la amplia variedad de peces que se mueven en esta charca de agua marina. Algunos son de un variado colorido y belleza. También veo alguna que otra molesta medusa. Envidio a personas como mi gran amigo, el biólogo marino Óscar Ocaña, que tienen la oportunidad de conocer los fondos marinos con su amplia biodiversidad y sus impresionantes paisajes. Siempre le digo a Óscar que él posee las cualidades emotivas, espirituales, intelectuales y científicas para escribir los poemas y la literatura de la naturaleza que todavía está por hacer de los fondos marinos. Henry escribió el mejor libro hasta ahora escrito sobre la vida en los bosques. También se ha publicado obras sobre los leñadores, los pastores, los montañeros, pero ninguno sobre todos los tesoros naturales existentes bajo la superficie marina. Dentro de poco se publicará la obra que Pakiki y Óscar han escrito sobre los fondos marinos y la naturaleza del norte de Marruecos.

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Es muy llamativo que en una ciudad tan pequeña como Ceuta hayamos coincidido en el tiempo dos personas, como Óscar y yo, con la misma vocación trascendentalista. El fenómeno “Concord” podría estar repitiéndose en Ceuta después de dos siglos. Existe la posibilidad de hacer de Ceuta un lugar sagrado, como lo fue en el pasado. El espíritu de la naturaleza es muy fuerte en todas partes, y en especial en sitios como Concord y Ceuta. Atravesamos una etapa de renacimiento espiritual y en cierto sentido de rehumanización.

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…El reloj marca las 17:45 h. El sol inicia su última etapa antes de llegar al ocaso. Según los rayos solares se vuelven más oblicuos el fondo de la piscina natural adquiere mayor transparencia y colorido. Las sombras de los arrecifes costeros se alarga y el azul del cielo en Oriente adquiere mayor viveza presagiando la noche que llegará en unas horas. En general, los colores se transforman y suavizan. Estos cambios se ha especialmente apreciables en las últimas horas del día. Compruebo esta transformación cromática en la playa del Desnarigado a la que llego a las 19:25 h. La sombra se ha apoderado de la mitad de la cala y avanza a gran rapidez hacia Oriente a la vez que el sol se dirige al oeste. La punta sobre la que se erige el castillo del Desnarigado toma el dorado color del sol moribundo.

Los bañistas abandonan la playa empujados por la imparable sombra. Para mí su llegada es un alivio tras el calor que he pasado desde el mediodía hasta ahora.

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El azul del mar y del cielo se homogeneizan. Una delgada línea algo más oscura marca el horizonte. El mar está tan en calma que es un espejo en el que se mira el fuerte del Desnarigado. Es posible ver el movimiento de los peces que se asoman sobre la superficie del agua. A Henry le atraía mucho el mar. Uno de sus últimos libros recoge el resumen de sus expediciones a Cape Cod. Estoy convencido de que le hubiera encantado Ceuta. Como vengo repitiendo a lo largo de este relato sé que me acompaña y que está disfrutando tanto como yo de este día.

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Dedico este rato en la playa del Desnarigado para releer las conclusiones de “Walden”. Me quedo con la idea de profundizar en nuestro autoconocimiento y dejar atrás la vida frívola y la vacuidad interior. La advertencia nos hace Henry sobre la disipación de nuestras vidas resulta profética. Si algo caracteriza a nuestra época es la cantidad de tiempo que perdemos mirando la pantalla del móvil, del ordenador o de la televisión. En vez de centrar la mirada en estos artilugios, Henry nos propone mirar a nuestro alrededor, ya que “la creación se ensancha con nuestra mirada”. La estrechez de vista que padecen muchas personas puede ampliarse a través de lo que nosotros percibimos. Este escrito, que este día he dedicado a la  memoria de Henry David Thoreau, tiene este objetivo de hacer ver lo que pasa desapercibido.

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No podía Henry cerrar su obra maestra sin recordarnos la importancia de la sinceridad y la simplicidad. “La riqueza superflua sólo puede comprar cosas superfluas. No hace falta dinero para comprar lo que el alma necesita”. En estos tiempos de despilfarro y destrucción de la naturaleza el llamamiento de Henry a la austeridad reviste absoluta actualidad.

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…La subida por la senda que desemboca en el castillo del Desnarigado ha reducido aún más mis reservas de energía. En la cumbre me espera de nuevo el sol para acompañarme en el último tramo del viaje. El agotamiento y la belleza del camino bordeado por olorosos pinos han hecho que me emocione. He pasado el brazo por encima del hombro del espíritu de Henry y así hemos caminado un trecho del camino. Me siento muy satisfecho y orgulloso de haber dedicado este día a Henry David Thoreau.

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Aún queda contemplar el atardecer. Para hacerlo he subido hasta el baluarte de San Antonio de la fortaleza del Hacho. Ha sido tal el esfuerzo final que cuando he empezado a escribir me temblaba la mano. Por fortuna he conseguido recuperar el pulso y ahora escribo con mucho ánimo y prestanza.

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…Una densa bruma cubre Ceuta y el Estrecho de Gibraltar. El viento de levante, aunque flojo, no nos ha abandonado en todo el día. Estas nubes bajas dotan a estos minutos previos al ocaso de una atmósfera misteriosa y mágica. Da la impresión de que el tiempo se ha parado, como si no deseara que acabara este día. Para mí ha sido una jornada muy especial. Llevo pensado en esta celebración del bicentenario del nacimiento de Henry durante todo el año.

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Nunca sabemos a ciencia cierta cómo resultarán nuestros proyectos más queridos. La incertidumbre es un elemento fundamental de cualquier aventura que se precie. No hay dos días iguales. La intuición es nuestra mejor guía. A cada instante recibimos señales que nos alertan de algún peligro o de un hallazgo imprevisto. Tampoco viene mal una cierta dosis de valentía rebajada con una correcta proporción de prudencia.

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La bruma presente en este atardecer hace las veces de filtro solar permitiéndome mirar directamente al sol. Su redondez es perfecta y su color dorado muy sugerente. Él es el único que conserva el brillo de su color. Todos los demás componentes del paisaje han apagado sus tonalidades para dejar el protagonismo a los planetas y las estrellas que empiezan a brillar en el firmamento.

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Acompaño con la mirada al sol para despedirlo como se merece. No siento ninguna tristeza, ya que confío en lo escrito por Henry para terminar su obra “Walden”: “sólo amanece el día para el que estamos despiertos. Quedan más días por amanecer. El sol no es sino una estrella matutina”.