CAMINANDO CON HENRY DAVID THOREAU EN EL BICENTENARIO DE SU NACIMIENTO

Ceuta, 12 de julio de 2017.

He salido de casa a las 6:10 h de la madrugada. Hoy es un día importante para mí. En esta jornada se conmemora el bicentenario del nacimiento de Henry David Thoreau. Coincide también que hoy hace un año que llevé a cabo mi proyecto “El Día de mi vida”. Aquel día no sabía que era el mismo del nacimiento de Henry. Fue una “casualidad”, aunque ya sabemos que la coincidencias no existen y sí las sincronicidades.

Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

Cuando he iniciado mi andadura todavía era de noche. Entre las nubes, y en su camino hacia Occidente, he contemplado a una luna que en estos días la noto alegre y sonriente. Debe estar contenta por el hecho de que uno de sus hijos más queridos, Henry David Thoreau, empieza a ser reconocido. Viniendo para acá iba escribiendo mentalmente, en el gran cuaderno que lleno dentro, que Henry, más que un escritor, era un prodigioso profeta. Él fue el portador de un mensaje de los dioses en el que nos animan a vivir de una manera plena, digna y deliberada. Si se hubiera limitado a escribir libros este mensaje apenas habría trascendido. Su principal mérito fue vivir conforme a sus ideales y seguir la voz que aclamaba en su interior procedente de los reinos celestiales.

Pensaba en la dimensión profética de Henry cuando al doblar una de las curvas del sendero que circunda el Monte Hacho he visto a un pequeño gazapo junto  a la cuneta. Por unos segundos nos hemos quedando mirándonos fijamente, como el que reconoce a un amigo que hace tiempo que no ve. Más adelante, sobre las desnudas paredes de la montaña, observo las rápidas lagartijas correteando. De alguna manera, la vida se derrama, como el agua en el cercano arroyo de Fuentecubierta, por las laderas del Hacho a estas primeras horas de la mañana.

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Sin parar ni un instante he llegado al fuerte de Punta Almina a las 7:00 h, quince minutos antes de la salida del sol. En este balcón que se asoma al Estrecho de Gibraltar el viento de levante que sopla hoy se aprecia de manera notable. He esperado de pie, junto a la cámara fotográfica, para captar la imagen de la salida del sol, pero las nubes no me han dejado ver su dorado rostro. Todo el cielo es de un marcado tono grisáceo. El mar, en perfecta calma, parece una inabarcable plancha de plomo. La mención a este metal trae a mi mente el exvoto con la representación de la Gran Diosa que encontré hace dos años en la excavación arqueológica de la calle Galea. Este hallazgo supuso para mí la confirmación de un renacimiento espiritual y la confirmación de la importancia de la misión que me ha sido confiada.

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Talismán con la representación de la Gran Diosa

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Mientras pienso que nada es casual, y todavía no he salido de mi asombro por la forma en la que ha acudido a mi mente el recuerdo de la Gran Diosa, miro al suelo donde estoy sentado y me fijo en una curiosa piedra porosa que se encuentra justo delante de mí. La cojo para ver con más detalle y compruebo que se trata de una pequeña escoria de fundición, similar a la que hallé en mi última excavación realizada en la calle Eduardo Pérez Ortiz. Curiosamente esta escoria está sobre una losa de peridotita, el mismo tipo de piedra que fue esculpida para confeccionar el betilo hermafrodita igualmente encontrado en el santuario de la calle Galea. De una forma misteriosa y asombrosa tengo delante multitud de elementos que indican todos y cada uno de los hitos que han marcado el camino que me ha conducido a desvelar el espíritu de Ceuta. No falta ni el verde de las minas del Cardenillo, representado por la serpentina de las peridotitas sobre las que estoy sentado.

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No difiere mucho la relación que mantuvo Henry con su Concord natal con la que yo tengo con Ceuta. Ambos hemos establecido una relación muy profunda con el genius loci de la tierra nos vio nacer y crecer. Los dos solamente dejamos nuestra ciudad para ir a la Universidad, él a la de Harvard y yo a la de Granada. Terminados los estudios regresamos a nuestra casa para dedicar nuestras vidas al escrutinio minucioso de la naturaleza y la historia de nuestras respectivas localidades.

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De espaldas al viento observo a las plantas que colonizan el suelo del fuerte bailan al son que marca el aliento de Euro. Experimento uno de estos momentos mágicos en los que el tiempo se detiene y aprovecho este instante para que el espíritu del lugar me envuelva con su manto protector. Ya no siento el frío húmedo que trae el viento de levante ni ese sentimiento de soledad que envuelve a este abandonado fuerte del siglo XVIII. Un nutrido grupo de gaviotas sobrevuelan este inmueble graznando al unísono. Las tengo tan cerca que escucho a la perfección el batir de sus alas.

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Lejos de abrirse el cielo cada vez está más encapotado. Esta atmósfera grisácea y tupida invita a la reflexión. Me llega el sonido del mar, lo que me recuerda la condición marina de Ceuta. Hasta hace algunas décadas funcionaba la Sirena de Punta Almina, el edificio situado a los pies de esta fortificación dieciochesca. A esta instalación de aviso sonoro a los navegantes la llamaban “la Vaca” debido al particular sonido que emitía. Hay días, sobre todo en estas fechas de verano, en los que el taró, -que es el nombre con el que los ceutíes conocemos a las nieblas veraniegas-, no deja ver ni tan siquiera las manos. La humedad es tan elevada que recuerda al ambiente del tepidarium de unas termas romanas. Conviene saber que las costas de Ceuta pueden ser peligrosas si no se conocen con detalle. Prueba de ello son los numerosos naufragios que han tenido lugar en el litoral ceutí. En los cercanos isleos de Santa Catalina se hundieron en 1692 dos barcos de la flota francesa y allí siguen sus restos esperando que algún día pueda hacerse una exhaustiva documentación arqueológica de estos pecios hallados por el investigador Juan Bravo.

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Henry fue testigo de las dramáticas consecuencias de un naufragio en las costas de Cape Cod, un lugar que me recuerda mucho a Ceuta. Ambos sitios son una península con dos bahías muy diferenciadas. Desde allí Henry dirigió su alargada mirada a través del Atlántico hasta contemplar en su imaginación al Estrecho de Gibraltar. Muchas veces imaginó Henry el Jardín de las Hespérides que las leyendas clásicas ubicaron en este mágico canal de comunicación entre el Atlántico y el Mediterráneo. Yo tengo la suerte de haber nacido y de vivir en este paraíso terrenal tan desfigurado por la torpe mano de los hombres. La existencia de este jardín pasa desapercibida para la mayoría de las personas, incluyendo a sus propios habitantes. Permanecen ciegos ante su belleza. No escuchan sus melodías ni perciben sus olores y sabores. Tampoco siente su tacto en forma de cambiante viento de levante o de poniente.

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Concord y Ceuta no son territorios demasiado amplios, pero para Henry y para mí son Terra Incognita por descubrir. Según andamos por ella se nos abren innumerables sendas por explorar. Cada uno de estos caminos nos conduce a un plano de la realidad distinto en el que reina lo sagrado, lo mágico y lo mítico. Me gusta salir a pasear en días como hoy con mi camiseta alusiva a la mitología griega. En ella aparece Dionisos con una crátera en una de sus manos y en la otra portando un arpa de siete cuerdas, el mismo número de colinas que dan nombre a Ceuta. Le acompañan dos efebos. Uno de ellos es músico y el otro un bailarín. Los tres celebran la fiesta de la vida y su continua renovación representada por las vides que les rodean.

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Decía Henry que el papel de un pensador consistía en “revisar la mitología” para lograr, de este modo, una actualizada cosmovisión del mundo. Comparto este parecer de Henry y tengo cada día más claro que esta nueva mitología deberá tener mucho de la clásica en su sentido de admiración y veneración de una naturaleza considerada sagrada.

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Después de dos horas en el fuerte de Punta Almina, a las 9:00 h retomo mi camino para dirigirme a mi particular cabaña…

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…Son las 11:35 h. Tras una buena caminata he llegado a la cala del Amor. Pero antes de hablarles de este lugar quiero contarles lo que he visto por el camino. He podido observar los primeros colores del otoño reflejados en las hojas amarilleadas por los rayos del sol. He visto a los astéricos marítimos, que en primavera estaban en flor, completamente quemados por los rayos solares, así como he observado a las viboreras tan secas que las primeras ráfagas de viento las barrerá como si fueran polvo. He podido también comprobar el maltrato que los seres humanos damos a la naturaleza esparciendo basuras y escombros por todos lados. También he descubierto una posible mina detrás de las torres del Sarchal, así como indicios claros de presencia de sulfuros de hierro en estas paredes verticales.

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Siguiendo las dictados de la Gran Diosa he llegado hasta el santuario de Sidi Bel Abbas al Sabti. Me he acercado hasta su umbral para mostrarle mis respetos y coger una hoja de la higuera sagrada, cuyas raíces se esconden bajo el templo y se enriquece con su poder. Una escalera esculpida en la roca me lleva hasta el portillo de Fuentecubierta que atravieso maravillado ante la belleza de esta franja del litoral ceutí. A esta hora se ha alcanzado la bajamar. Los tomates de mar muestran su intenso color rojo que contrasta con la tonalidad parda de los gneis del Hacho.

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La aludida bajada del nivel del mar me permite atravesar sin descalzarme la mágica puerta que desemboca en la cala del Amor. Me siento en el mismo lugar en el que el año pasado me puse a escribir y relacione las manchas verduscas de las rocas sobre las que apoyo mi espalda con las escorias  de cobre que recuperé en el interior del horno metalúrgico de la calle Eduardo Pérez.

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A pocos metros de donde estoy se ubica una profunda galería, excavada en la dura roca del Monte Hacho, que tiene un doble interés para mí. La primera vez que bajé a este sitio fue para documentar los rituales que las devotas musulmanas practican en esta galería para solicitar que el poder del santón contribuya a su fertilidad o cure males propios o de algún familiar. Me interesé por estos ritos tras el hallazgo de la cueva sagrada y el exvoto de la Gran Diosa en la calle Galea. Lo que entonces no podía sospechar era que en la siguiente excavación arqueológica que dirigí tendría la fortuna de documentar un horno metalúrgico que me haría volver a este sitio para identificar una serie de interesantes minas de cobre y hierro, de las que forma parte este espacio ahora sacralizado.

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No cabe duda del interés geológico y arqueológico de esta cala del amor, pero hay algo más, mucho más diría yo. En este lugar sagrado y mágico encontré las claves que me faltaban para descifrar algunos de los enigmas que celosamente guarda esta tierra bañada por dos mares y puente entre Europa y África. Poco a poco he ido descubriendo, gracias a la ayuda de los diagramas de Geddes, que Ceuta y el Estrecho de Gibraltar constituyen una metáfora geográfica de la alquímica conjunción de opuestos entre los principios masculinos y femeninos. Desde esta perspectiva, Ceuta se me presenta como un Axis Mundi,  como un punto en el que se abre una puerta celestial por la que salen y entran almas que se integran de nuevo en el Anima Mundi. Esta alma del mundo adquiere en el caso de Ceuta la forma de la Sophia gnóstica, la misma que inspiró en vida y escritura a Henry David Thoreau.

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La lectura de la biografía de Henry escrita por Kevin Dann me abrió los ojos sobre muchos aspectos coincidentes entre la vida de Henry y  la mía. La similitud, aunque a otra escala, entre el plano de la laguna de Walden y el Estrecho de Gibraltar, antes de que las aguas del Atlántico penetraran en el mar Mediterráneo, es asombrosa. No lo menos nuestro común interés por la arqueología y la suerte que ambos tenemos a la hora de dar con hallazgos sorprendentes.

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A Henry y a mí nos separan doscientos años y muchos kilómetros, pero yo lo siento muy cercano. Nuestras miradas son similares, aunque cada uno tenemos nuestra propia identidad y  estilo. En ningún momento he pretendido imitarlo, sin que oculte la gran influencia que su obra y su pensamiento ejerce en mi escritura.

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De alguna manera, nuestras vidas se complementan. Yo tengo la suerte de gozar del amor de mi mujer y de mis hijos, así como dispongo de una vida confortable, cosa de las que Henry no pudo disfrutar. Por el contrario, Henry caminó libre de las ataduras y compromisos que supone tener una familia. Fue libre para dedicar la mayoría de  sus días a caminar por el campo, a leer y a escribir. Esta libertad le permitió poner en marcha sus proyectos personales, como irse a vivir durante dos años, dos meses y dos días a una cabaña construida por el mismo en la orilla de la laguna de Walden.

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La vida no es un restaurante en el que nos muestran una carta para que podamos elegir los platos que deseamos. El menú de nuestra existencia está escrito por los dioses. Probamos platos dulces y amargos, buenos y malos, solos o en compañía, y no podemos hacer un juicio justo de la propuesta gastronómica hasta que terminamos los postres. En cualquier caso, la mejor actitud que podemos adoptar ante la vida es disfrutarla y rebañar los platos. Es recomendable una dieta equilibrada. Como dijo Lewis Mumford sobre Henry David Thoreau, su dieta demasiado espartana, tanto desde el punto de vista figurado como real, contribuyó al aceleramiento de su enfermedad y a su prematura muerte.

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No es fácil encontrar un equilibrio entre las devociones y las obligaciones, que siempre resultan ambiguas y contradictorias. Sin duda el cuidado y atención de la familia requiere tiempo y obliga a buscar un empleo lo más estable posible para cubrir los gastos de vivienda, alimentos, vestidos, etc…No obstante, la inversión en tiempo se recupere con creces gracias a lo que da nombre a esta hermosa cala: el amor. El amor es la primera y más importante necesidad del ser humano. Es el ingrediente más importante de la vida. Yo he tenido la suerte de nacer en una familia con unos padres maravillosos y unos hermanos fantásticos. Nos ha faltado de nada, pero tampoco se ha despilfarrado el dinero ni nos han  criado como niños consentidos y caprichosos. Con gran sacrificio y esfuerzo mis padres nos han dado estudios universitarios a los cuatro hermanos, como lo hicieron los suyos con Henry. Mi relación mi hermano Diego fue muy parecida a la que tuvo Henry con su hermano John. Más que hermanos, siempre hemos sido amigos.

Mi hermana Tere guarda gran parecido en su forma de ser como Sophia, la hermana de Henry, siempre pendiente de la familia.

Jesús, el pequeño de la familia, es el que más se parece a mí, tanto en lo físico como en lo intelectual. Compartimos similares inquietudes y aprecio por la belleza que contiene la naturaleza y el patrimonio cultural.

De mi paso por la Universidad de Granada no sólo me traje muchas experiencias vitales y un título universitario, sino lo más importante: el amor de mi vida, Silvia. Juntos hemos diseñado un proyecto de vida que ha dado como resultado a dos maravillosos hijos: Alejandro y Sofía. Ellos son el centro de nuestras vidas y una fuente inagotable de alegría. Cualquiera preocupación o enfado se disipa cuando los veo y me expresan su amor.

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Contemplando la luna llena de julio junto a mis amigos Ana Serrano y Jotono Gutiérrez

Poco a poco estoy consiguiendo un equilibrio entre mis responsabilidades laborales y familiares y mis pasiones que son el acercamiento a la naturaleza, la escritura y el estudio del espíritu de Ceuta. Para ello es muy importante un ingrediente vital favorito de Henry: la simplicidad. Mi meta es muy simple: lograr una vida lo más plena y significativa que me sea posible. No aspiro al éxito económico ni al reconocimiento social. Me basta con conocerme a mí mismo. El re-conocimiento es una redundancia ajena que no me motiva. El único propósito que le encuentro a publicar mis escritos es conocer a personas de similares inquietudes a las mías con las que poder disfrutar de una amistad sincera y profunda. Personas que buscan en la naturaleza los mismos alimentos para el alma que yo ansío. En este sentido Henry y yo pensamos lo mismo.

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Si por algo las obras de Henry están de moda es porque nuestra sociedad está hambrienta de nutrientes para el alma y sedienta de las aguas de la fuente de la eterna juventud, cuyos manantiales hay que buscarlos en la naturaleza y en nuestro propio interior. Cuando encontramos uno de estos manantiales debemos saciarnos. Yo, como Henry, necesitamos esta agua eterna para sentirnos bien y felices. La eternidad crea adicción. Buscamos de manera paciente esa emoción profunda que de vez en cuando nos embarga y nos hace sentirnos plenos e integrados en el cosmos. Ya ven que no puedo hablar de Henry en pasado. Para mí es una ser inmortal que vive entre nosotros para recordarnos el valor y significado de la vida. Puedo verlo en cada roca, en cada planta, en cada árbol, en cada animal que cruza en mi camino, como el gazapo con el que me encontré esta madrugada. Puedo sentirlo en mi interior, en lo que he sido, soy y seré. Como escribió Walt Whitman, “cada átomo que me pertenece, te pertenece también a ti”. En cada átomo de mi cuerpo están ellos: Emerson, Whitman, Thoreau, Geddes, Mumford, Goethe,…Yo no soy quien soy sin la presencia de estos autores. Ellos me aportan la valentía que se requiere para dejar que el canal de mi alma permanezca abierto y así la comunicación entre lo terrenal y lo eterno no se rompa.

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…Ya no queda sombra en la que refugiarme del sol. Son las 11:45 h. Es hora de retomar el camino. Me paro un momento en la entrada de la gruta sagrada para dejar durante unos minutos mi ejemplar de Walden como ofrenda. Estoy seguro de que a Henry le gusta que sus palabras visiten este sacro lugar.

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El sol aprieta fuerte, aun así tomo unas imágenes de la minas del cardenillo y de las vistas del morabito de Sidi bel Abbas al Sabti. La subida hasta la barriada del Sarchal se hace dura por el intenso calor y el peso de la mochila. Al estar de nuevo en un entorno habitado recupero la cobertura del teléfono móvil y hablo un rato con Silvia, Sofía y Alejandro.

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En la mina de la cala del amor junto a mi querido amigo Óscar Ocaña

Cuando quiero darme cuenta son las 14:30 h. Dudo entre irme a un bar a comer o comprar algo de comida en la tienda del barrio que tengo enfrente y bajarme a la piscina natural situada en la playa de la Junquera. Al final me decanto por esta segunda opción. Después de comer de manera frugal me doy un baño en la piscina natural que descubrí hace unos meses mientras explorar el litoral en la búsqueda de yacimientos de mineral de hierro y cobre. Paso un buen rato observando la amplia variedad de peces que se mueven en esta charca de agua marina. Algunos son de un variado colorido y belleza. También veo alguna que otra molesta medusa. Envidio a personas como mi gran amigo, el biólogo marino Óscar Ocaña, que tienen la oportunidad de conocer los fondos marinos con su amplia biodiversidad y sus impresionantes paisajes. Siempre le digo a Óscar que él posee las cualidades emotivas, espirituales, intelectuales y científicas para escribir los poemas y la literatura de la naturaleza que todavía está por hacer de los fondos marinos. Henry escribió el mejor libro hasta ahora escrito sobre la vida en los bosques. También se ha publicado obras sobre los leñadores, los pastores, los montañeros, pero ninguno sobre todos los tesoros naturales existentes bajo la superficie marina. Dentro de poco se publicará la obra que Pakiki y Óscar han escrito sobre los fondos marinos y la naturaleza del norte de Marruecos.

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Es muy llamativo que en una ciudad tan pequeña como Ceuta hayamos coincidido en el tiempo dos personas, como Óscar y yo, con la misma vocación trascendentalista. El fenómeno “Concord” podría estar repitiéndose en Ceuta después de dos siglos. Existe la posibilidad de hacer de Ceuta un lugar sagrado, como lo fue en el pasado. El espíritu de la naturaleza es muy fuerte en todas partes, y en especial en sitios como Concord y Ceuta. Atravesamos una etapa de renacimiento espiritual y en cierto sentido de rehumanización.

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…El reloj marca las 17:45 h. El sol inicia su última etapa antes de llegar al ocaso. Según los rayos solares se vuelven más oblicuos el fondo de la piscina natural adquiere mayor transparencia y colorido. Las sombras de los arrecifes costeros se alarga y el azul del cielo en Oriente adquiere mayor viveza presagiando la noche que llegará en unas horas. En general, los colores se transforman y suavizan. Estos cambios se ha especialmente apreciables en las últimas horas del día. Compruebo esta transformación cromática en la playa del Desnarigado a la que llego a las 19:25 h. La sombra se ha apoderado de la mitad de la cala y avanza a gran rapidez hacia Oriente a la vez que el sol se dirige al oeste. La punta sobre la que se erige el castillo del Desnarigado toma el dorado color del sol moribundo.

Los bañistas abandonan la playa empujados por la imparable sombra. Para mí su llegada es un alivio tras el calor que he pasado desde el mediodía hasta ahora.

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El azul del mar y del cielo se homogeneizan. Una delgada línea algo más oscura marca el horizonte. El mar está tan en calma que es un espejo en el que se mira el fuerte del Desnarigado. Es posible ver el movimiento de los peces que se asoman sobre la superficie del agua. A Henry le atraía mucho el mar. Uno de sus últimos libros recoge el resumen de sus expediciones a Cape Cod. Estoy convencido de que le hubiera encantado Ceuta. Como vengo repitiendo a lo largo de este relato sé que me acompaña y que está disfrutando tanto como yo de este día.

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Dedico este rato en la playa del Desnarigado para releer las conclusiones de “Walden”. Me quedo con la idea de profundizar en nuestro autoconocimiento y dejar atrás la vida frívola y la vacuidad interior. La advertencia nos hace Henry sobre la disipación de nuestras vidas resulta profética. Si algo caracteriza a nuestra época es la cantidad de tiempo que perdemos mirando la pantalla del móvil, del ordenador o de la televisión. En vez de centrar la mirada en estos artilugios, Henry nos propone mirar a nuestro alrededor, ya que “la creación se ensancha con nuestra mirada”. La estrechez de vista que padecen muchas personas puede ampliarse a través de lo que nosotros percibimos. Este escrito, que este día he dedicado a la  memoria de Henry David Thoreau, tiene este objetivo de hacer ver lo que pasa desapercibido.

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No podía Henry cerrar su obra maestra sin recordarnos la importancia de la sinceridad y la simplicidad. “La riqueza superflua sólo puede comprar cosas superfluas. No hace falta dinero para comprar lo que el alma necesita”. En estos tiempos de despilfarro y destrucción de la naturaleza el llamamiento de Henry a la austeridad reviste absoluta actualidad.

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…La subida por la senda que desemboca en el castillo del Desnarigado ha reducido aún más mis reservas de energía. En la cumbre me espera de nuevo el sol para acompañarme en el último tramo del viaje. El agotamiento y la belleza del camino bordeado por olorosos pinos han hecho que me emocione. He pasado el brazo por encima del hombro del espíritu de Henry y así hemos caminado un trecho del camino. Me siento muy satisfecho y orgulloso de haber dedicado este día a Henry David Thoreau.

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Aún queda contemplar el atardecer. Para hacerlo he subido hasta el baluarte de San Antonio de la fortaleza del Hacho. Ha sido tal el esfuerzo final que cuando he empezado a escribir me temblaba la mano. Por fortuna he conseguido recuperar el pulso y ahora escribo con mucho ánimo y prestanza.

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…Una densa bruma cubre Ceuta y el Estrecho de Gibraltar. El viento de levante, aunque flojo, no nos ha abandonado en todo el día. Estas nubes bajas dotan a estos minutos previos al ocaso de una atmósfera misteriosa y mágica. Da la impresión de que el tiempo se ha parado, como si no deseara que acabara este día. Para mí ha sido una jornada muy especial. Llevo pensado en esta celebración del bicentenario del nacimiento de Henry durante todo el año.

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Nunca sabemos a ciencia cierta cómo resultarán nuestros proyectos más queridos. La incertidumbre es un elemento fundamental de cualquier aventura que se precie. No hay dos días iguales. La intuición es nuestra mejor guía. A cada instante recibimos señales que nos alertan de algún peligro o de un hallazgo imprevisto. Tampoco viene mal una cierta dosis de valentía rebajada con una correcta proporción de prudencia.

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La bruma presente en este atardecer hace las veces de filtro solar permitiéndome mirar directamente al sol. Su redondez es perfecta y su color dorado muy sugerente. Él es el único que conserva el brillo de su color. Todos los demás componentes del paisaje han apagado sus tonalidades para dejar el protagonismo a los planetas y las estrellas que empiezan a brillar en el firmamento.

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Acompaño con la mirada al sol para despedirlo como se merece. No siento ninguna tristeza, ya que confío en lo escrito por Henry para terminar su obra “Walden”: “sólo amanece el día para el que estamos despiertos. Quedan más días por amanecer. El sol no es sino una estrella matutina”.