INTRODUCCIÓN AL LIBRO “EL RENACIMIENTO DE LA GRAN DIOSA. EPIFANÍA CEUTÍ”

La imagen de la Gran Diosa Madre ha sido ocultada durante muchos siglos bajo toneladas de tierra y también de fanatismo, ignorancia e insensibilidad estética. A pesar de todo este esfuerzo por anular su poder no han logrado disminuir su fuerza. Su regreso, marcado por una escala de tiempo distinta a la habitual para el ser humano, anuncia un Mundo Nuevo definido por la reconciliación del principio masculino, dominante hasta la fecha, y el femenino, representa por la Gran Diosa. Ella, tal y como subraya Joseph Campbell (2015, 86) no es sólo una divinidad de la fertilidad. “Ella es la musa, la inspiradora de la poesía, la inspiradora del espíritu. De modo que tiene tres funciones: una, darnos la vida; dos recibirnos en la muerte; y tres, nuestra realización espiritual, poética”. En otro pasaje del libro que Campbell dedica a las Diosas  profundiza en esta dimensión espiritual de las divinidades femeninas. Para el célebre mitólogo estadounidense,

La Diosa nos da a luz físicamente, pero es también la madre de nuestro segundo nacimiento: nuestro nacimiento como entidades espirituales.  Es éste el significado esencial del motivo del nacimiento virginal: nuestros cuerpos nacen de manera natural, pero en cierto momento se despierta en nosotros la naturaleza espiritual, que es la naturaleza humana superior, no la que simplemente obedece al mundo de los impulsos animales, del instinto erótico y de poder y del instinto de cumplir los deseos. En lugar de eso, se despierta en nosotros el propósito espiritual, la vida espiritual: una vida esencialmente humana, mística, que ha de ser vivida por encima de las necesidades de alimento, sexuales, económicas, políticas y sociológicas. En esta esfera de la dimensión mistérica, la mujer representa el agente del despertar, es ella la que nos alumbra en este sentido” (Campbell, 2015: 46).

A mí este despertar espiritual inspirado por la Diosa me ha llegado de manera progresiva. No fue un despertar brusco y traumático, sino suave y placentero. Cuando hago memoria recuerdo el verano del año 2013 , que pasé en la casa de mis suegros en Armilla (Granada). Para ocupar mi tiempo hice un importante acopio de libros. Entre ellos me hice con un ejemplar de la obra de Walt Whitman titulada “Perspectivas democráticas y otros escritos”. Cuando vi este libro en la estantería de la librería no dudé en comprarlo. Unos meses antes había dedicado mucho tiempo y esfuerzo a traducir esta obra por mi cuenta, con un resultado no del todo satisfactorio. Mi interés por este libro procede de una mención que hace al mismo Lewis Mumford en su obra “La condición  del hombre”. Para Mumford (1948: 510) “Perspectivas democráticas” era el libro que más cerca estaba de su objetivo de plantear una alternativa al proceso de disolución de los componentes esenciales de la condición humana.

La edición de “Perspectivas democráticas” preparada por la editorial Capitán Swing venía felizmente acompañada por una obra de Whitman que hasta entonces no había tenido la oportunidad de leer: “Días cruciales de América”. Este libro, según el propio autor, recoge las anotaciones breves que fue haciendo en unos cuadernillos que lleva siempre con él, ya fuese durante su visita a los enfermos y heridos en la Guerra de Secesión, o, en un segundo momento, durante su retiro para la recuperación de un parálisis que le tuvo inmovilizado durante algunos años. A partir de la fecha de recuperación de dicho ataque, dice Whitman, “pasé parte de las distintas estaciones, especialmente las estivales, en un lugar solitario, un escondite, situado en el condado de Candem, Nueva Jersey, a orillas de un riachuelo llamado Timber, procedente del gran Delaware, a unas doce millas, de distancia. En aquellas primitivas soledades, entre las corrientes serpenteantes, en las orillas ocultas y frondosas, juntos a los manantiales y en compañía de todos los encantos producidos por las aves, las hierbas, las flores silvestres, los conejos, las ardillas, los robles añosos, los robles añosos, los nogales, etc…. En aquellos tiempos y en aquellos parajes escribí la mayoría  de las páginas” (Whitman, 2013: 136) en las que narra sus experiencias de contacto íntimo con la naturaleza. De todas ellas hay que me conmovió de manera especial. Todavía hoy la leo y no puedo evitar emocionarme. Cuenta Whitman que en la noche del día 22 de julio de 1878 disfruto de una situación perfecta. El cielo se hallaba en un “estado de claridad y esplendor excepcional”. “Una curiosa luminosidad que afectaba a la vista, al sentimiento y al alma”. Y allí,  narra Whitman, “en la abstracción y en el silencio (salí de mí mismo para absorber la escena, para mantener el hechizo intacto), la abundancia, la inmovilidad, la vitalidad y la claridad desbordadas de la aglomeración de esa concavidad estelar penetró en mí suavemente, elevándose libre e interminablemente, extendiéndose al este, al oeste, al norte y al sur…Y yo, aun siendo solamente un punto, todo lo abarca.

                Como si fuera la primera vez, la creación se hundió silenciosamente en mí y a través de mí; su plácida e inenarrable lección, superior -¡cuán infinitamente superior!- al arte, a los libros, a los discursos de toda ciencia –hora religiosa-, indicaba claramente, como nunca lo volvería a hacer –señalando lo no acotado- los cielos completamente constelados. La Vía  Láctea, como una sobrehumana sinfonía, alguna oda de vaguedad universal, desdeñando sílaba y sonido, es un destello relampagueante de deidad dirigido al alma. Todo es silencio, la indescriptible noche y los astros: lejanía y silencio” (Whitman, 2013: 287-288).

Desde la lectura de este breve texto que Whitman título “Horas para el alma” no volví a mirar el cielo de la misma manera. Deseaba experimentar esa misma apertura de los sentidos y esos mismos sentimientos que Whitman describió con tanta belleza en sus cuadernos. El final del verano estaba próximo y antes de volver a Ceuta compré un cuaderno decidido a llenarlo con los relatos de mis propias experiencias sensitivas y emotivas en íntima conexión con la naturaleza. Empecé mi aventura espiritual el día 18 de septiembre de 2013 y lo hice en un lugar llamado el Cortijo Moreno, ubicado en el Monte Hacho de Ceuta. A partir de ese día no he dejado de describir en mi cuaderno el resultado de mis vivencias en pleno contacto con la Madre Tierra. La mayor parte de los textos han sido escritos en Ceuta, pero también han tenido como escenario la Vega de Granada.

En el transcurso de este despertar de mis sentidos, sentimientos y emociones profundas inspirado por la Diosa hubo un momento de máxima intensidad. Durante un mes sentí una gran inquietud interior y un irrefrenable impulso a escribir sobre el espíritu de Ceuta. Sentado delante del ordenador parecía que mis dedos se movían llevados por una fuerza ajena a mí y dejaban sobre la pantalla ideas que brotaban a borbotones desde lo más profundo de mi alma. Yo mismo me sorprendía de lo que salió de mi mente y de mi espíritu. No podía dejar de escribir. Me sentía vital, alegre y animado por una fuerza inspiradora que ocupaba cada milímetro de mi cuerpo. Fue entonces, casi al final de esta experiencia que podríamos calificar de mística, cuando adiviné la estrecha relación que Ceuta tenía con  la Gran Diosa Madre. Era el día tres de febrero y escribí un artículo que titulé: “Ceuta, santuario de la vida”. Concluía el texto con el siguiente mensaje: “lo importante de los Dioses y Diosas del Olimpo y las Musas del Parnaso es que simbolizan los pilares de un nuevo orden, de una nueva cosmovisión, de un nuevo paradigma, de una nueva mutación de la conciencia, de una reeducación de nuestra mente  y un sincero culto a de la Diosa Madre, Gea, matriz del proceso del universo y dadora de vida.  Una vida que fluye de manera constante y cuyo proceso de renovación es especialmente observable en Ceuta, un lugar de especial fuerza, significado histórico y mitológico, donde los dos mares confluyen, como lo hacen los dos planos de la existencia, el terrenal y el espiritual. Este lugar sagrado y  mágico está llamado a ser “una gruta sagrada”, un santuario dedicado a rendir culto a la vida, en el que se inicie la sustitución del mito de la máquina por el de la vida”.

Tras este tiempo de epifanía continué con mis salidas al campo y terminé mi libro “la espiral de la vida. El camino hacia la vida buena”. Nada más terminar el libro recibí una llamada de los dueños de un solar en el que años atrás había realizado un peritaje arqueológico. Querían que terminara el estudio arqueológico de la parcela. No llegamos a un acuerdo económico y acordé con ellos que al día siguiente presentaría un escrito en la Consejería de Educación y Cultura renunciando a la dirección de la intervención arqueológica en la parcela de su propiedad. Pero esa noche recibí la llamada de un constructor que me pidió que no cursara este escrito. Según me narró, estaba en negociaciones para comprar el solar y quería antes de hacerlo concluir con el peritaje arqueológico. No deseaba sorpresas de última hora. Así que a la semana siguiente estaba ya trabajando en el solar acompañado con un  grupo de peones.

Como cuento en uno de los artículos de mi blog, al que titulé “la fortuna me ha encontrado”, desde el principio sentí una fuerza especial en este lugar que no había sentido tres años antes cuando realicé los primeros sondeos en la parcela. El lugar era el mismo,  pero el que era distinto era yo. Mi sensibilidad por la vida que albergaba este solar era mucho mayor. Nunca antes, en toda mi carrera profesional como arqueólogo, me había detenido a contemplar los pájaros que cada mañana daban círculos por encima de mí, ni me había preocupado de la suerte de los caracoles que ahora retiraba cuidadosamente para que no sufrieran ningún tipo de daño. Cada gesto de amor y respeto por la naturaleza era correspondido con un golpe de suerte. La Fortuna rodó su rueda y se paró en la de premio extraordinario la tarde antes de concluir los trabajos arqueológicos. Lo que en principio parecía un silo medieval sin apenas interés arqueológicos resulto ser uno de los hallazgos arqueológicos más importante de mi carrera profesional y, posiblemente, de la arqueología ceutí. Allí estaba la “gruta sagrada” que yo presentí en la que siglos atrás rindieron culto a la Gran Diosa Madre. Allí estaba el colgante con la representación de la propia Diosa Madre con los brazos alzados, los pechos marcados y las piernas abiertas fecundando a la naturaleza. Allí estaba la señal que simboliza, como adiviné unos meses antes,  los pilares de un nuevo orden, de una nueva cosmovisión, de un nuevo paradigma, de una nueva mutación de la conciencia, de una reeducación de nuestra mente  y un sincero culto a de la Diosa Madre, Gea, matriz del proceso del universo y dadora de vida”. Allí, en este colgante, estaba representado el espíritu y el significado de Ceuta como un lugar de conjunción de opuestos.

El mensaje aún necesitaba aclararse todavía más. Así lo deseaba la propia Diosa Madre. Amplié la zona de la excavación para buscar nuevos hallazgos que permitieran aclarar el sentido de esa curiosa cueva artificial en la que realizaron ritos y sacrificios de animales, y habían dejado el colgante de la Gran Diosa Madre. Gracias a la ampliación de la excavación di, de manera mágica y misteriosa, como ya contaré más adelante, con el betilo de piedra negra del Sarchal que simboliza precisamente este carácter de conjunción  de opuestos que define a Ceuta y al nuevo tiempo que está naciendo entre los escombros de este mundo en descomposición y desintegración. La alternativa a este proceso de disolución lleva mucho tiempo en formulación. Sus bases fueron expuestas por los mismos autores que han inspirado mi crecimiento espiritual e intelectual, y han favorecido mi despertar. Entre ellos destacan Emerson, Thoreau, Whitman, Melville, Goethe, Geddes, Waldo Frank, mi maestro Lewis Mumford, Ortega y Gasset y Joseph Campbell, entre muchos otros. Todos ellos experimentaron en su tiempo y en su lugar una mutación de la conciencia y por su ejemplo y su acción se aclaró el camino de la nueva evolución y la renovación del ser humano. Esta transformación, como anticipó de manera profética Mumford (1948: 520), “lleva más de un siglo produciéndose y cuyo momento de tomar la iniciativa y desafiar abiertamente las fuerzas que se encuentra en su camino se acerca. Este movimiento ha estado produciéndose en muchas partes del mundo y en muchas clases de actividad diferentes, en circunstancias muy diversas…Hay mucha gente, en lugares oscuros cuya verdadera vida ha de realizarse, no sólo en la comunidad a la que sirve inmediatamente, sino en aquella que está contribuyendo a crear: esas gentes y cientos como ellas ejemplifican la doctrina geddesiana de la vida: participantes polifacéticos en su crecimiento, reproducción, renovación e irrupción. Lo que ellos sienten y piensan y hacen hoy, millones podrán hacer y sentirlo y pensarlo de aquí a una generación”.

Nosotros somos esa generación anunciada por Mumford que inspirados por la Diosa Madre despertamos a un Mundo Nuevo. Un mundo que reemplazará al medio mundo de la expansión urbana, económica y poblacional por el Mundo Nuevo del equilibrio y la personalidad orgánica. Un mundo que dejará atrás la irracional destrucción de la naturaleza y dedicará todo su esfuerzo a la conservación de los recursos naturales y culturales y al recultivo de los campos y los paisajes. Un mundo en el que el ser humano despertará sus sentidos ante los espectáculos de la naturaleza y volverá al culto de la Gran Diosa Madre en su triple dimensión de dadora de vida, acompañante en la muerte e inspiradora de una vida plena, digna y rica.

Este libro que tienen entre sus manos o en la pantalla de su ordenador o dispositivo móvil cuenta la historia de mi despertar por la innegable influencia de la Gran Diosa. No es la obra de un iluminado ni de una persona especialmente inteligente ni sagaz. Soy una persona normal y corriente. Hijo de unos padres de clase media sin estudios superiores ni brillantes carreras profesionales, pero que han dedicado toda su vida al cuidado y la educación de sus hijos. En este sentido he sido una persona afortunada. Yo no he buscado la fortuna. Ella me ha encontrado y me siento contento por ello. Mi suerte ha sido nacer en una familia bondadosa, ambiciosa en lo espiritual y sensible a la belleza. Ahora he creado mi propia familia, junto a una mujer excepcional. El fruto de este matrimonio han sido dos hijos maravillosos, inteligentes, cariñosos y curiosos ante los espectáculos de la vida.

Podía haber nacido en cualquier otro sitio, pero lo hice hace cuarenta y seis años en Ceuta. Me siento también afortunado por esta circunstancia. Por razones que escapan a mi entendimiento, el destino quiso que creciera influido por la intensa luz del cielo de Ceuta, por el olor y el sabor a mar cuando siendo niño me sumergía en sus aguas y mis labios degustaban el salitre marino, por los bellos amaneceres y atardeceres que disfrutamos cada día en esta tierra transfretana, por el sonido de las gaviotas y de otras aves que componen la sinfonía natural de Ceuta, por el viento siempre cambiante que ha marcado el ritmo de mis días y por la presencia a mi alrededor de vestigios históricos de civilizaciones desaparecidas que han dejado su impronta en el paisaje urbano. De ahí surgió mi interés por la historia y la arqueología.

Aunque mi formación como arqueólogo me llevó a Granada y a otros países como Francia, mi labor investigadora y profesional ha estado y sigue estando centrada en Ceuta. He excavado mucho  y publicado poco. En esto me parezco mucho a otros de mis maestros: Patrick Geddes. Al igual que él he sacrificado buena parte de mi tiempo a la defensa cívica del patrimonio natural y cultural, en mi caso de Ceuta. Mi dedicación a la ciudadanía ha supuesto retardar mi fructificación como hombre de ciencia. Siempre me ha preocupado más lo que sucedía fuera de los estrechos límites de mi disciplina. No podía contentarme con un éxito profesional construido desde la indiferencia cívica. A este interés por el despertar cívico se ha sumado mi total dedicación al despertar espiritual. Como recogían las palabras de Joseph Campbell que reproduzco al principio de la introducción a este libro, cuando se despierta en nosotros el propósito espiritual esta vida “ha de ser vivida por encima de las necesidades de alimento, sexuales, económicas, políticas y sociológicas” (Campbell, 2015: 46). Llevo muchos años entregado a la lectura dejándome llevar por mi intuición. Yo no he buscado a los libros, Los libros me han buscado a mí. Esto ha sido una constante en mi vida. No sé qué fuerzas poderosas los han colocado en mi camino, pero ahí estaban. Sin duda la lectura de estos libros ha sido fundamental para encontrar el camino que me ha llevado hasta aquí. No hubiera entendido el significado profundo de los hallazgos arqueológicos realizados en mi última excavación arqueológica sin el poso intelectual que ha quedado depositado en mi mente después de tantos y tantos libros.

Este libro es una rara combinación de experiencias sensitivas, emotivas, intelectuales y espirituales. El resultado final es la plasmación de mi visión de la naturaleza y el cosmos, así como el intento de cumplir con mi misión vital. Por razones que desconozco me ha sido otorgado el honor de ver y sentir cosas que muchos ni ven ni sienten. Esta percepción suprasensible, como decía Steiner, no es “una anomalía sino una capacidad potencial de la conciencia normal en la que es posible educarse” (Lachman, 2012: 145). Mi único mérito es dedicar el necesario tiempo y esfuerzo para desarrollar esta capacidad. Visión y misión  van unidas. Al despejarse mi visión también se ha clarificado mi misión. Todo se ha sucedido siguiendo un plan que yo no he escrito, pero del que he tomado parte de forma activa. Como explica Richard Tarnas en su libro “cosmos y psique” todos venimos al mundo influido por una particular conjunción planetaria, pero de nosotros depende dibujar la espiral de nuestra vida.

El primer capítulo de este libro lo he titulado “El despegar”. Forma parte de estas primeras páginas de este libro mis primeras incursiones en mi mar profundo y la descripción de los primeros descubrimientos que encontré sobre el fondo de mi alma. Aquí ya aparece mi manera de concebir mi presencia en el cosmos. A diferencia de Whitman, no es el cosmos el que toma posesión  de mí y se expande hasta alcanzar hasta el último rincón de mi cuerpo. Mas bien soy yo el que abandona mi cuerpo e inicia un vuelo imaginario que me hace ver, -como si de un ave se tratara-, mi propio cuerpo, el lugar donde estoy, la geografía de mi ciudad, de mi región, de mi continente y del resto continentes hasta llegar a ver el planeta en su totalidad. En este sentido, mi visión es similar a la que Waldo Frank describe en su novela Isla del Atlántico: “lo que se necesita es un núcleo para comenzar, aunque no sea mayor que un punto; un foco, un punto de apoyo para la palanca de la acción y debe estar en ti mismo. Pero tú estás en un caos. Por tanto, el foco que está en ti también debe estar más allá. Más allá, más allá…¿Qué tan lejos para lograr solidez? Solamente el total de la vida podría dar solidez al foco que sirviera de punto de vista” (Frank, …., 1039). Tengo siempre presentes ambos focos el interior y el cósmico, que son el mismo, pero dispuestos en planos diferentes. Cuando estoy en contacto con  la naturaleza consigo abrir el foco de mi mente y estoy me permite captar de una manera integral y plena todo lo que me rodea. Desde ahí emprendo mi viaje por mi mundo interior y vuelvo al mundo de afuera con ideas y proyectos nuevos que sirvan para el realización de los ideales supremos de la bondad, la verdad y la belleza en el seno del grupo humano en el que me ha tocado vivir y, de manera más ambiciosa, la transmisión de estos mismos ideales al conjunto de la humanidad.

En la segunda parte, titulada “El despertar”, reproduzco los distintos artículos que publique durante el mes en el que caí preso bajo la influencia de las Musas. Aquí expongo mi visión de Ceuta y el espíritu de esta ciudad en la que nací y vivo. Ceuta es, sin duda, una ciudad hermosa y agraciada por la naturaleza, pero no es el único lugar bello de la tierra. La belleza, como bien nos decía William Blake en sus poemas, está en los ojos del que ve. No obstante, no deja de ser cierto que ciertos lugares, como Ceuta o Delfos, expresan a la perfección ciertas ideas arquetípicas que residen en nuestro inconsciente y se despiertan ante la contemplación de determinados paisajes. El despertar del que hablo en esta sección del libro no es sólo personal, sino también aspira a ser una llamada al despertar de los propios ceutíes sobre las cualidades de su ciudad. El timbre de este despertador aspira también al despertar de todos los seres humanos a la belleza, a la verdad y la bondad. Y es que, como proclamó el sabio , “la verdadera bondad, la verdadera verdad y la verdadera belleza reside en la naturaleza”.

La tercera parte cuenta todos los acontecimientos relacionados con la aparición del colgante con la imagen de la Gran Diosa Madre y del betilo que simboliza la conjunción del principio masculino y el femenino. Por este motivo, hemos denominado a esta parte del libro “La aparición”.

Toda aparición mágica o religiosa viene acompañada de la revelación de un mensaje. La propia imagen de la Gran Diosa Madre aparece literalmente “desvelada” o “revelada”, como prefieran. Muestra su cuerpo desnudo y velo descorrido. Aparece dando luz a un Mundo Nuevo en forma de flor de loto.  No guarda ningún secreto aparente, pero no todos los ojos pueden leer su código secreto. Las claves de su desciframiento están dispersas en multitud de publicaciones y libros dedicados a la Gran Diosa Madre. Desde la aparición del colgante con la representación de la Gran Diosa y del betilo no  hemos dejado mi mujer y yo de investigar para aportar una interpretación correcta de estos hallazgos. Lo hicimos, al principio, de una manera compulsiva. Todo el tiempo nos parecía poco. Estábamos literalmente dominados por una pasión incontrolable por encontrar la verdad y desvelar el misterio de este colgante y esa curiosa piedra prismática con un puño labrado en uno de sus laterales. Con el paso de los días fuimos relajándonos y asentando en nuestra mente toda la información que habíamos acumulado en estas frenéticas semanas de investigación. Había llegado el momento de un estudio más pausado y de la lectura serena de las obras más relevantes sobre la Gran Diosa Madre. Esto nos llevó a la lectura de los libros de Erich Neuman, Edward C. Whitmont, Anne Baring y Jules Cashford, y Joseph Campbell, entre otros. Esta última parte del libro lleva el título de la revelación.

                En las siguientes páginas les muestro sin tapujos el proceso de gestación y renacimiento espiritual de una persona normal y corriente. La Gran Diosa Madre dirige la nave de mi vida y  marca mi travesía vital. Solo ella conoce mi destino. Solo ella sabe el porqué ha querido renacer en Ceuta y que yo contribuyera a su descubrimiento y al desciframiento del mensaje que trae a la humanidad. Solo ella determinará el momento en el que se haga efectiva la definitiva transformación del ser humano.

                Estoy convencido de que lo que he percibido, experimentado, sentido y pensado en este tiempo otros iguales que yo lo han hecho por todo el mundo. El proceso de expresión y formulación de la nueva conciencia humana lleva mucho tiempo en marcha. Ahora ha llegado el momento de la encarnación. Las nuevas ideas y los nuevos propósitos se han transformado en un pequeño grupo de seres humanos que dan fe de este renovado idolum en sus actos, hechos y fines de su vida. Es muy probable que, como ya nos advertía Mumford, sólo unos pocos comprendan las posibilidades de la idea pura, pero muchos serán los capaces de comprender el ejemplo vivo. “Yo y los míos no convencemos con argumentos”, dice Whitman, “convencemos con nuestra presencia”.

Al intentar finalizar esta introducción me ha sucedido otra revelación. Buscando una idea he sacado de la estantería de mi biblioteca el libro más querido para mí: “Las transformaciones del hombre” de Lewis Mumford. Este libro me ha acompañado en multitud de ocasiones. Siempre me ha atraído como un talismán. Al pasar sus páginas me he detenido en un párrafo marcado en rojo. Dice así:

En determinado momento todas las fuerzas de la vida del profeta se polarizan y forman una nueva constelación, en armonía con un orden de existencia más completo, dirigido a una consumación divina. De entonces en adelante, el profeta actúa con una absoluta sensación de certeza y bienestar; tiene una misión, y en el cumplimiento de esa misión cada acto lleva el sello de la nueva personalidad. Ese el milagro del segundo nacimiento. En consecuencia, el nuevo ser se convierte en el ser “real”, y sólo el segundo modo de vida satisface sus exigencias”.

Les aseguro que cuando escribí el prólogo, la introducción y la conclusión de este libro no recordaba este pasaje escrito por mi maestro Lewis Mumford. Se pueden imaginar la impresión que me he llevado cuando al volver a él, siguiendo mi instinto, justo en el momento en el que me disponía a terminar esta obra, he encontrado una exacta descripción de mi estado de ánimo y de mis actuales sentimientos. Me siento, efectivamente, en perfecta armonía con el cosmos e inundado de una agradable sensación de felicidad y bienestar. Tengo por delante una misión y estoy dispuesto a cumplirla. He renacido con un propósito y un fin: convertirme en guardián de la vida. Quiero dedicar mi segunda vida a la defensa, potenciación y renovación de la vida, al fortalecimiento de la vida interior, a la elevación de la condición humana, a contribuir al noble esfuerzo de que todas las personas tengan la oportunidad de una vida digna, plena y rica. Una vida que merezca ser vivida.

Como guardián de la vida estoy bajo la advocación de la Gran Diosa Madre y me encomiendo a su protección y guía. Su manto es la propia red de la vida y el mismo firmamento. Bajo él cabemos todos y todos estamos llamados a renacer para convertirnos en un numeroso y poderoso “ejército” de guardianes de la vida.

EL ANUNCIO DE UN TRIPLE RENACIMIENTO

Ceuta, 15 de octubre de 2015.

Este libro trata de un triple renacimiento: el mío propio, el de la Gran Diosa Madre y el de un Mundo Nuevo. Este triple alumbramiento, el último aún en ciernes, ha tenido lugar en Ceuta, una ciudad sagrada, mágica y de una extraordinaria belleza. El autor de esta obra, el que les habla a través de estas letras, nació por primera vez en Ceuta, el 26 de septiembre de 1969, un año en el que se dio una entraña conjunción planetaria. Mi autodescubrimiento empezó siendo apenas un niño. Con catorce años comencé a interesarme por la arqueología. Valiéndome al principio únicamente de mis manos empecé a extraer de la tierra vestigios arqueológicos que me hablaban de una ciudad cargada de historias y leyendas. Fue el inicio de una completa fascinación por la arqueología que me llevó a estudiar Prehistoria y Arqueología en la Universidad de Granada. El destino quiso que todas las experiencias y conocimientos atesorados en mis años de estudios universitarios pudiera aplicaros en mi querida ciudad natal. Aquí comenzó una carrera profesional que tuvo como uno de sus principales hitos la codirección de la excavación arqueológica en el Paseo de las Palmeras. Yo conocía bien esta parcela. Siendo un niño acompañé en multitud de ocasiones a mi padre a la “Ferretería Aguilar” en la que se reunían los pioneros de la fotografía ceutí. Rodeados de grandes maestros de la fotografía escuché hablar por primera vez de objetivos, diafragma, foco, obturador, filtros y trípodes. Mi mirada fue educada escuchando con atención las conversaciones de mi padre y sus amigos sobre la luz y la fotografía, así como observando las fotografías de las exposiciones que mi padre organizó en varias ocasiones. En este ambiente surgió mi gusto por la fotografía y mi perspectiva del espacio. Este libro está ilustrado con una amplia muestras de fotografías. No fueron realizados con un propósito artístico, sino como acompañamiento de los sentimientos y pensamientos que fueron quedando expuestos negro sobre blanco en mi cuaderno de anotaciones.

Curiosamente en la mencionada “Ferretería Aguilar” del Paseo de las Palmeras compré con unos ahorrillos mi primer escardillo con el buscaba restos arqueológicos en los solares de la cercana Gran Vía. Pasados muchos años, y ya siendo arqueólogo, excavé en el mismo lugar en el que estuvo la “Ferretería Aguilar” y allí encontré una inscripción votiva dedica a la Diosa Isis. Fue mi primer contacto con la Gran Diosa Madre. Unos años después decidí tomar partido por la defensa del patrimonio cultural y natural de Ceuta, participando en la constitución, junto a un grupo de amigos, de la asociación Septem Nostra. Esta decisión me animó a interesarme por la protección y la conservación de la naturaleza. En este tiempo descubrí a un autor que marcaría mi trayectoria intelectual: Lewis Mumford. De su mano entre en contacto con las obras de otros autores como Emerson, Thoreu, Whitman, su amigo Waldo Frank o su maestro Patrick Geddes. Todos ellos, y algunos más, me abrieron la puerta a una cosmovisión distinta de la vida de la vida y el cosmos. Empezó aquí una etapa de muchas lecturas que fueron enriqueciendo mi mundo interior. Dentro de mí fue creciendo un segundo ser: una persona dotada de una mayor profundidad intelectual y una mayor altura espiritual. Fue así como me preparé para mi segundo nacimiento. Estaba ya preparado para asistir al renacimiento de la Gran Diosa Madre. En una tarde primaveral, cercana al solsticio de verano, encontré su imagen en una gruta excavada por el hombre siglos atrás. Se cumplía de este modo un presagio que tuve a principios de ese mismo año durante una fase de revelación e intuición.

A los pocos días hallé el ídolo sagrado esculpido en piedra negra. En su renacimiento la Gran Diosa Madre quiso que el acompañara este símbolo de representa la conjunción de opuestos. La aparición del ídolo vino a confirmar el carácter sagrado de Ceuta. Era, como me fue comunicado en mi fase de revelación o epifanía, la perfecta materialización de una metáfora universal: el equilibrio entre energías contrapuestas y su integración dinámica capaz de dar a luz a un nuevo tiempo.

Por motivos que escapan a mi entendimiento estoy siendo coparticipe, a la vez que espectador, de un triple renacimiento: el mío, el de la Gran Diosa y el de un Mundo Nuevo. Este triple renacimiento quedo marcado en el firmamento en los días posteriores a la aparición de la Gran Diosa con la alineación planetaria de Venus, la luna y Júpiter, y el solsticio de verano.

Los mensajes son tan claros y evidentes que a nadie le deberían pasar desapercibidos. Sin embargo, a muchos una tupida telaraña, similar a la que cubría el cuerpo de la Gran Diosa Madre, les impide contemplar este renacimiento de la humanidad y participar en él. La Gran Diosa ha renacido desposeída del manto que impedía ver su cuerpo y conocer sus secretos. Se nos presenta dando luz a un Mundo Nuevo.

El renacimiento de la Gran Dios Madre anuncia un nuevo despertar de la conciencia anticipado por autores como Jean Gebser, Joseph Campbell o Ken Wilber. Nuestros ojos volverán a ver; nuestros oídos escucharán el canto de las Musas y la sinfonía del cosmos; nuestro olfato volverá a oler el fresco de las “Hojas del Hierba”; nuestro paladar volverá a paladear el néctar de la Gran Diosa; nuestra piel dejará ser una barrera para convertirse en una membrana que conectará nuestra alma con el cosmos; nuestra glándula pineal se activará y nos convertiremos en seres luminosos que iluminaremos el oscuro firmamento.

SEÑALES DEL DESPERTAR

Ceuta, 30 de octubre de 2015.

Sentado en la playa del Sarchal presiento que alguien me mira. Giro la cabeza y dirijo mi mirada hacia el cielo. Allí, desde gran altura, un cernícalo permanece inmóvil y me observa. Cuando se da cuenta de que lo he visto inicia su vuelo majestuoso y elegante. ¿Cómo he podido presentir la mirada del cernícalo? ¿Por qué me observa? Mi comunión con la naturaleza es cada vez más estrecha. Mi sentido de la totalidad y mi participación en la naturaleza se acrecienta con el paso de los días. Los momentos sublimes son cada vez más frecuentes e intensos.

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Hoy, precisamente, me he levantado desorientado. No quería empezar el día delante del ordenador. He notado que reprime mi capacidad intuitiva y creativa. Absorbe mi energía vital y bloquea mis canales de comunicación con mi yo cósmico. Así que me he asomado por la ventana. El cielo gris no contribuía en nada a despejar mi mente e iluminar mi camino. Todo era oscuridad. Acto seguido me he puesto a leer mi desvencijado ejemplar de “Ciudades en Evolución” de Patrick Geddes. Acudo a él cada vez que me desoriento. Enseguida he empezado a tomar notas en mi libreta. Mi ánimo se iba elevando según leía las sabias palabras del maestro Geddes. Mis ojos se pararon en un párrafo que hablaba del venidero despertar cívico. Un despertar, una iluminación, que solo puede provocarlo “quien está enamorado y familiarizado con su tema, -verdaderamente enamorado y perfectamente familiarizado-, con ese amor en que una gran intuición complementa el conocimiento y provoca su propia expresión más plena e interna, para convocar las posibilidades latentes pero no menos vitales que se abren ante él”. Justo en el momento en el que leía este pensamiento de Geddes el cielo se abrió durante unos segundos e iluminó la mesa, el libro, la libreta y mis manos.

Rayos de luz sobre el mar de Ceuta (fotografía de Higinio Molina López)

Rayos de luz sobre el mar de Ceuta (fotografía de Higinio Molina López)

Estaba ante una clara señal de que aquí, en este párrafo escrito precisamente hace un siglo por Patrick Geddes estaba contenida la verdad que estaba buscando. Y ahora que estoy aquí sentado y narrando esta señal el cielo ha vuelto a abrirse para dejar que el sol iluminara la playa en la que me encuentro.

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La insistencia de las señales evidencia que las fuerzas profundas que guían mi vida querían que prestara especial atención al mensaje contenido en las palabras escritas por Geddes. Efectivamente, cada día tengo más claro que mi misión es contribuir al despertar cívico de los ceutíes, como vengo haciendo desde hace quince años. Y lo hago, como insiste Geddes, porque estoy enamorado de Ceuta y conozco bien su pasado, su presente y he desarrollado la capacidad de anticiparme a su futuro. Mi amor por Ceuta ha sido amplificado por las revelaciones que he experimentado a lo largo de este año sobre su espíritu y verdadera personalidad. Estos momentos de epifanía ha precedido al hallazgo de varios objetos arqueológicos que corroboran mi intuición de que Ceuta es un lugar sagrado y mágico donde en el pasado se practicaban ritos relacionados con la Gran Diosa y donde estos cultos van a volver en un tiempo no muy lejano.

Por motivos que escapan a mi entendimiento he conseguido captar el espíritu de Ceuta y que éste llegará a formar parte de mi propio ser. Dotado de esta visión y de esta intuición veo con nitidez las posibilidades que tiene Ceuta para contribuir de una manera tangible a la renovación de la vida.

CAMINO ABIERTO A LA VERDAD

Ceuta, 28 de octubre de 2015.

 

Fue un momento extraordinario el que viví la mañana del pasado domingo. Estaba relajado y con ganas de disfrutar de un contacto directo con la naturaleza. Me situé en la proa del barco y me dejé llevar.

Fotografía de Carlos Coronado

El barco cabeceaba debido al viento de levante que soplaba con moderada fuerza. Fijé mi mirada en el horizonte. El sol se afanaba por atravesar la cortina de nube que colgaba sobre el mar. Entre sus flecos asomaban los rayos solares pintando de plata la superficie marina. Y sobre ella, casi rozando el mar,  volaban las Pardelas Cenicientas con una elegancia extraordinaria.

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El barco giro a barlovento para dirigirse hacia un grupo de agitadas Pardelas que parecían estar pescando. Ya desde lejos divisamos los primeros delfines. Al llegar allí contemplamos un espectáculo fascinante. Delfines, pardelas y alcatraces participaban en un festín gastronómico cuyo plato principal eran los “volaores”. Los delfines pasaban por debajo del barco y saltaban tanto a estribor como a babor. La vida burbujeaba a pocos metros de la costa. Me sentí tan vivo como esas aves y delfines que a cientos volan y nadaban a  nuestro alrededor.

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Al volver me senté cómodamente en la proa del barco y tomé conciencia de haber vivido un momento mágico, casi místico. Pensé que vivimos en multitud de mundos paralelos. Por un lado, el mundo de la ciudades dominado por el stress, la rutina, la uniformidad de paisaje, el predominio del cemento y el asfalto, los espacios cerrados, el trabajo monótono, los individuos aislados,… Y  por otro lado, la naturaleza exuberante en vida, en colores, tonalidades, olores, sonidos relajantes, el silencio reconfortante y el tacto cálido. Parecen mundos irreconciliables, pero no lo son. La naturaleza tiene una fuerza extraordinaria. Lucha por imponerse allí donde encuentra espacio para hacerlo. Una parcela abandonada pronto se convierte en un jardín de plantas, flores, insectos y pájaros. Un estanque pronto atraerá a una amplia variedad de aves acuáticas. Somos nosotros, los seres humanos, quienes nos empeñamos en cercenar los más tiernos brotes de vida. Lo hacemos porque nos recuerdan nuestra insignificancia y nuestro escaso poder si lo comparamos con el de la naturaleza. Queremos dominar una fuerza de la que desconocemos su origen y su destino. No somos conscientes de que esta fuerza reside en todo y cada uno de nosotros. Sí, somos los únicos seres vivos que tenemos consciencia de este extraordinario poder que es la vida, que se alimenta y crece gracia al amor. Somos, como decía Spinoza, una concentración de sustancia eterna pensante y con capacidad de acción.

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Buscamos el éxito, cuando lo que realmente anhelamos es el amor y el reconocimiento de los demás. Todos deseamos ser queridos, pero nos equivocamos en la manera de conseguirlo. Pensamos que nos van a querer más por lo que tenemos y por la capacidad de imponer a los demás nuestra voluntad, cuando lo que realmente admiramos es el Ser y no el Tener. El amor a los demás es el reflejo del amor por lo que somos. ¿Y qué somos? Somos espectadores, y al mismo tiempo actores, de un drama cuyo guion permanece oculto al ser humano. Nadie sabe quién lo inicio ni el desenlace. Nuestra vida, al menos una vida que merezca ser vivida, no deja de ser un esfuerzo por conocer y representar el papel que nos ha tocado desempeñar en este drama cósmico. A unos se les revela este papel siendo niños, a otros, como es mi caso, alcanzada la madurez, y  muchos, por desgracia, ignoran las señales que le indican el camino que les llevaría a descubrir su misión en esta vida.

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A mí me ha tocado un papel modesto. Sé que el éxito profesional no me aguarda agazapado tras una esquina. No me quejo por ello. Todo lo que me ha pasado de bueno y malo en la vida encuentra su explicación en la revelación y la consecución de mi destino vital. Al igual que le pasó a mi admirado Waldo Frank he tenido que renunciar al éxito a cambio de aprovechar la oportunidad que se me ha brindado de tener abierto el camino para la búsqueda de la verdad y poder compartir con los demás, en un círculo hasta ahora limitado, que la Gran Diosa está presente. Puede que incluso no llegué a cumplir con éxito mi misión, pero confío en que este camino que conduce a la bondad, la verdad y la belleza permanezca abierto para mí.

EL DESPERTAR

Hemos vivido durante los últimos seiscientos años un sueño: el sueño de la expansión ilimitada del territorio, la economía y la población. Durante este tiempo el mundo parecía no tener fin. Siempre había nuevos lugares que explorar, conquistar y explotar hasta el máximo de las posibilidades. Allí donde llegó el hombre occidental taló árboles, construyó presas en los ríos, excavó minas, extinguió especies autóctonas y acabó con culturas milenarias. El afán de poder y riqueza nubló la mente de aquellos hombres que creyeron ser elegidos de Dios para imponer sus costumbres, leyes e ideales sociales, económicos y políticos.

La ética y la política iniciaron un divorcio irreconciliable hasta la fecha. La razón de Estado se impuso a la razón intelectual y a la imaginación creativa. Estos Estados necesitaban, y siguen necesitando, enormes cantidades de dinero para su propio mantenimiento y para financiar sus interminables luchas para acaparar más territorios, más dinero y más poder. En un breve periodo de tiempo aconteció un drástico giro moral: los siete pecados capitales pasaron a ser las sietes virtudes cardinales. Llevados por la vanidad y la codicia los monarcas absolutistas y despóticos supeditaron toda su política a la acumulación de poder y dinero. Nació así el capitalismo que aún domina el pensamiento económico mundial. Inspirados por esta filosofía económica el ser humano ha provocado una crisis multidimensional que amenaza la vida sobre el planeta tierra y conduce a la humanidad a un colapso civilizatorio.

                Los románticos de la modernidad y los ecologistas de la postmodernidad llevamos muchos siglos portando y defendiendo la bandera de la naturaleza. Como guardianes de la vida hemos defendido a capa y espada la bondad, la verdad y la belleza de la naturaleza y de las criaturas que la habitan. Era,  y sigue siendo, una lucha desigual. Nos enfrentamos a un ejército poderosísimo que bajo el estandarte del poder y el dinero agrupa a las grandes empresas, el sector financiero, los más importantes medios de comunicación y la mayor parte de la clase política. Este inexpugnable complejo del poder ha alimentado el mito de la máquina. Una máquina devoradora de recursos naturales y de seres humanos condenados a morir de hambre, por efecto de la guerra o mantenidos en un limbo existencial cercano al sueño narcótico. La mayoría de los seres humanos han sido condenados a convertirse en autómatas, en piezas reemplazables de una gran megámaquina controlada desde el complejo del poder. Como elementos mecanizados su principal virtud es la obediencia sin cuestionamiento de las órdenes de mando. No obstante, para equilibrar esta regimentación el sistema ha estimulado una violencia primitiva de las pasiones, ya sea mediante el sexo, la comida, la bebida, el juego, las drogas o ahora la adición a las nuevas tecnologías.

Poco a poco el ser humano está despertando de esta pesadilla mecanicista. El escenario de cartón piedra dibujado por el complejo del poder está descomponiéndose a gran velocidad. Las personas empiezan a ver que tras este ficticio escenario asoma el gran anfiteatro de la vida. Un escenario natural cada día más deteriorado, maltratado y contaminado. Perderlo es renunciar a la posibilidad de gozar de una vida digna, plena y rica. Los seres humanos quieren dejar de ser espectadores pasivos y desean tomar el centro de la escena. Tenemos ante nosotros la oportunidad de reescribir el guion de la humanidad y el de nuestra propia vida.

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En lo más profundo de nuestro interior late el corazón de un nuevo ser humano. Su nacimiento está cercano. Este nuevo ser vendrá al mundo con una increíble capacidad de visión sensible y suprasensible. Sus oídos escucharán el ahora inapreciable canto de las Musas. Su olfato apreciará la amplia gama de fragancias de la naturaleza. Su respiración y ritmo cardiaco estará sincronizado con la armonía del cosmos. Su tacto volverá a ser suave y cálido. Su paladar recuperará el gusto por los productos del campo.

En este nuevo capítulo del poderoso drama de la humanidad todos tenemos un papel que desempeñar. Nadie puede quedarse apoltronado o dormido en las cómodas butacas de la platea. Es hora de despertar y subir al escenario, pero antes debemos acometer una serie de importantes tareas. La primer la renovación de nuestros corazones. El amor, -y no el dinero y el poder-, tiene que ser la fuerza que anime a los hombres y mujeres de este Mundo Nuevo. La segunda tarea es la reeducación de nuestra mente. La verdad,-y no la mentira y la astucia-, debe ser el objetivo de nuestra labor intelectual. Y la tercera, la restauración de la naturaleza y de nuestras ciudades. La belleza, -y no la fealdad y la contaminación-, tiene que ser el principal ingrediente de nuestros paisajes y nuestras calles. Aquí empieza la primera escena del nuevo capítulo del drama humano.

Un grupo de ceutíes, de la más variada condición y edad, se subieron el pasado domingo 18 de octubre de 2015 al impresionante escenario del mirador de Isabel II. Teniendo como fondo la majestuosa imagen de Ceuta y la triste negrura del Monte de la Tortuga tomaron posesión del escenario y empezaron a representar el nuevo drama. Expresaron su amor por la naturaleza, dieron fe de una nueva ética y de una nueva ciudadanía, renovaron sus ideales, dijeron la verdad y exigieron un cambio de rumbo en la política ambiental de Ceuta. Allí una joven, desde lo alto de mirador, con voz firme y serena expuso el esquema del guion de la nueva política ambiental de nuestra ciudad. Quedan muchos párrafos por escribir, muchos actores que sumarse a la obra, muchos ensayos y muchas decepciones. Nosotros, mientras, seguiremos defendiendo nuestro escenario, único en el mundo: Ceuta. No tenemos tiempo que perder. La restauración del escenario natural tiene que comenzar de inmediato. Todos aquellos ceutíes que han renacido al nuevo ser tienen que alzar su voz inspirados por Caliope, trabajar guiados por Clio y lograr sus objetivos inspirados por Talia. No importa que seamos muchos o pocos. “Combatiremos por los ideales y cosas sagradas de la Ciudad, -como reza en el juramento que hacían los jóvenes atenienses-, solos o con el apoyo de todos”.

El MONTE EN LLAMAS

El pasado lunes un virulento incendio arrasaba cerca de treinta y cinco hectáreas de uno de nuestros montes catalogados de Utilidad Pública. Las enormes llamas eran visibles desde el centro de la ciudad. Por desgracia hemos sufrido otros incendios forestales en Ceuta, pero no recordamos uno tan destructor y agresivo. Cuando el fuego estaba a punto de alcanzar algunas viviendas y edificios ubicados en la barriada de Postigo, entre ellos la sede de la Protectora de Animales y Plantas, una providencial lluvia aplacó la fuerza destructiva del fuego. De no llegar a ser por este suerte, dentro de la adversidad, es posible que hoy estuviéramos lamentando importantes pérdidas materiales y quien sabe también si de otro tipo imposibles de resarcir. Y es que para los medios locales de extinción este incendio superaba su capacidad de eficacia. La Unidad Militar de Emergencia (UME) fue enseguida avisada, pero tardaron en llegar varias horas a Ceuta. Mientras un helicóptero del Ministerio de Medio Ambiente arrojaba agua sobre el frente del incendio. No entendemos el motivo de la ausencia de los hidroaviones durante las dramáticas horas que vivimos el pasado lunes en Ceuta. Al día siguiente surcaron nuestro cielo, pero para poco ya.

A última hora de la tarde el fuego parecía controlado y los efectivos de la UME desplazados a nuestra ciudad comenzaron su trabajo. Menos mal que ya estaban aquí cuando esa misma noche se detectó un rebrote del incendio. Comenzó también a especularse sobre las causas del incendio. En las redes sociales y en uno de los medios digitales, la Verdad de Ceuta, señalaban como causa la detonación de un mortero durante unas maniobras militares en las proximidades del Monte de la Tortuga. La confirmación de esta hipótesis llegó a través de una concisa nota de prensa remitida a los medios por parte de la Delegación del Gobierno. No daban muchos detalles, pero reconocían los hechos y la responsabilidad del ejército en este incendio.

Al día siguiente los medios escritos llevaban a su portada la crónica del incendio. Este mismo rotativo, que acoge esta columna de opinión, publicaba una contundente editorial en la que reclamaba una ampliación de las aclaraciones sobre lo que había sucedido dada la magnitud del desastre medioambiental y la lógica inquietud que padecimos todos los ceutíes durante las dramáticas horas del incendio. La Comandancia General volvió a emitir otra nota de prensa, pero no aportó ningún detalle sobre las circunstancias que motivaron este devastador incendio forestal. Se limitaron a reconocer su responsabilidad en los hechos, recordarnos su mandato constitucional y reafirmar su compromiso en la conservación del medioambiente. Es evidente que el ejército no tenía ninguna intención de quemar nuestro monte, como tampoco la tienen quienes por un descuido o una negligencia provocan  cientos de incendios por todo nuestro país, pero esto no les exime de sus responsabilidades administrativas y jurídicas. Se da además la circunstancia de que lo ocurrido en Ceuta no es un acontecimiento puntual.

En los últimos años ha sido frecuente que se produzcan incendios forestales en campos de tiro situados en zonas forestales, como los ocurridos en el campo de tiro de El Teleno (León), o en Cerro Muriano (Córdoba) que devastó en 2007 más de 4.000 hectáreas (unos 4.000 campos de fútbol) de bosque mediterráneo, o el ocurrido en 2009 en Chinchilla (Albacete). En tiempos y lugares más cercanos como Barbate se han contabilizado desde el año 2000 más de catorce incendios forestales provocados por la realización de maniobras militares en el campo de adiestramiento de la Sierra del Retín. Tal y como señalaban los compañeros de Ecologistas en Acción en una nota de prensa, “la mayoría de las comunidades autónomas tienen regulado mediante leyes y otras normativas la prevención de incendios en periodo de máximo riesgo en las que se prohíbe hacer barbacoas, la quema de rastrojos y otras actividades con riesgo de provocar incendios. Sin embargo, en estos campos de maniobras y en pleno verano, no cesan las prácticas de tiro o el tránsito de carros de combate de cadenas con el riesgo que eso supone por explosiones o generación de chispa”. Esta situación ha llevado a los principales grupos ecologistas españoles, como Ecologistas en Acción y Greenpeace, a solicitar la prohibición de utilizar fuego real en los campos de entrenamiento en los que existan riesgos de incendios forestales. Esta solicitud cobra todavía mayor sentido en una ciudad de las características de Ceuta. El limitado tamaño de nuestro territorio hace que las líneas de separación entre el campo y la ciudad sean muy tenues. Tal y como quedó constatado el pasado lunes, el fuego puede, en un instante, poner en peligro la integridad de edificios y de personas. Por si fuera poco, esta circunstancia tiene el  agravante de nuestro aislamiento geográfico de la península, que hace que el tiempo de respuesta de los medios estatales de extinción de incendio, como la UME, sea demasiado elevado. Para contener un incendio en su etapa inicial solo contamos con unos medios humanos locales que los propios sindicatos profesionales han denunciado que son insuficientes y dotados de material obsoleto.

Tampoco disponemos de suficientes recursos humanos y económicos para la indispensable labor preventiva de limpieza, mantenimiento y vigilancia de los montes ceutíes. Como bien ha apuntado el secretario general de UGT-Ceuta, Antonio Gil, la Ciudad Autónoma tiene a su disposición un instrumento tan valioso como los planes de empleo para la contratación de peones forestales que, bajo la coordinación del personal especializado con el que cuenta el propio ente autonómico, podrían realizar, -como ya lo hicieron años atrás cuando el plan de empleo dependía de la Delegación del Gobierno-, estos trabajos de limpieza y mantenimiento de las zonas forestales y del resto de espacios naturales declarados en la ciudad. Así evitaríamos la deplorable imagen que ofrecen nuestros montes, llenos de todo tipo de residuos y con muchos troncos y ramas caídos que actúan como acelerantes en caso de incendio.

Por desgracia nuestros montes están llenos de basura que algunos tiran y nadie recoge. Vivimos en un mundo desencantado y desalmado. La naturaleza ya no es la Gran Diosa Madre que da la vida y nos abre la puerta a la dimensión poética y espiritual. Para el ser humano actual la naturaleza es una despensa gratuita de materia prima para el mantenimiento de nuestro despilfarrador modo de vida.

El suelo ya no es venerado como el suministrador de alimentos para el ser humano. Para unos pocos, los que realmente manejan los mandos del complejo del poder, el territorio es una infinita fuente de dinero que les permite vivir como individuos egocéntricos y vacuos. La codicia es una enfermedad del alma latente en casi los seres humanos. Sólo unos pocos “afortunados” desarrollan la enfermedad, pero el mal está en casi todos. El único antídoto eficaz es restablecer nuestra íntima conexión con la naturaleza y el cosmos. No es tarea fácil. La llave que abre las puertas que nos conectan con el reino de Urania ha sido arrojada a lo más profundo de nuestra alma por un ego inflamado y complaciente.

Parte de nuestro monte se ha convertido en cenizas. De ellas puede surgir de nuevo la vida si cumplimos con nuestro deber individual y colectivo: “cultivar nuestro jardín y mantenerlo”. ¿Acaso los montes no son grandes jardines de árboles? Si somos capaces de reorientar nuestros ideales sociales, económicos y políticos estaremos en condiciones de restaurar de una manera sinérgica nuestra maltratada naturaleza. Una vez lograda esta reorientación hacia la bondad, la verdad y la belleza no dudaremos en dedicar todo nuestro tiempo y esfuerzo en el recultivo de nuestro paisaje y a la renovación de la vida.

EL UNIVERSO EN EL QUE QUIERO VIVIR

Ceuta,  2 de octubre de 2015.

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Hoy he cambiado de dirección. En vez de dirigirme hacia oriente, he tomado el camino que lleva al lugar donde cada día se oculta el sol. Hoy la luna no ha tenido muchas ganas de acostarse. A buen seguro deseaba disfrutar del bello día que nos ha regalado su compañero el sol. Aún a esta hora, cercana al mediodía, permanecía presente la luna en el cielo celeste y luminoso.

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Desde aquí, desde este promontorio, contemplo un mar en calma, de un intenso azul que se une al cielo por una estrecha franja blanquecina de nubes. Las aguas están limpias y cristalinas. Escucho el sonido del mar como el de una armoniosa sinfonía. La música marina me llega por tres lados, cada uno a distinto ritmo e intensidad.

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El sol caliente mi cuerpo y apenas corre aire que me alivie. No me extraña que las plantas que encuentro cerca de mí  estén tan secas.

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Observo al fondo una de las almadrabetas caladas en esta bahía mediterránea. Parece tan abandonada como el propio sector pesquero. Hace más de dos mil años los primeros pobladores de Ceuta llegaron a estas costas atraídos por la riqueza de nuestro mar. Durante muchos siglos el equilibrio entre el hombre y el medio se mantuvo, pero con la llegada de los grandes avances tecnológicos vino también la esquilmación de los bancos pesqueros. Nuestra incapacidad de establecer límites a la insaciable codicia del ser humano ha llevado a la extinción de muchas especies piscícolas. Hemos empobrecido al mar y con él nuestro espíritu. De ser una ciudad de pescadores hemos pasado a convertirnos en un enjambre de burócratas y comerciantes.

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Desciendo del promontorio y deshago el camino. Me arde la cabeza. Paro en una pequeña charca marina a la sombra de una enorme y elegante piedra. Allí refresco mi rostro y mi pelo. Mi curiosa mirada se detiene en un grupo de pequeños moluscos.

Todo parece inmóvil, pero no lo está. Los moluscos buscan refugio en la charca confiados en la pronta subida de la marea.

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Mientras sigo atento el movimiento de estas interesantes especies marinas escucho la llegada de un barco. Es el barco turístico “El Desnarigado”. En la borda van un nutrido grupo de los participantes del Congreso Internacional “Los orígenes de la expansión portuguesa. Ceuta 1415”. Pienso entonces en el complejo concepto de la realidad cuántica y los multiversos. Ahora estoy aquí, pero perfectamente podría haber estado sentada en la proa del mismo barco que ahora veo desde estas rocas. Ambas realidades existen a la vez. Los seres humanos contamos con una capacidad extraordinaria: la imaginación.  Podemos imaginar distintos escenarios y acontecimientos haciendo uso de nuestra memoria consciente e inconsciente. Pero es que también tenemos la posibilidad de combinar nuestras ideas y sueños para diseñar planes y proyectos de toda índole. Y además, si contamos con la suficiente voluntad y determinación, estamos en disposición de ponerlos en práctica contribuyendo de esto modo a la renovación y reconstrucción del propio escenario vital y la reescritura del propio drama del cosmos.

Con esta idea de los multiversos rodando por mi mente emprendo el camino de regreso a casa. A mi paso altero la tranquilidad del grupo de gaviotas que reposan en la playa del Sarchal. Siento una paz extraordinaria en este bello rincón de la costa ceutí. Subo por las escaleras de un antiguo edificio abandonado.

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Cuando alcanzo cierta altura me detengo y pierdo mi mirada en el horizonte. Me inunda una agradable sensación de paz y sosiego. Limpio mi mente y la dejo en blanco. No pienso en nada. Experimento un momento de amplia apertura de mis sentidos. Los sonidos de las aves llegan hasta lo más profundo de mi alma, como también lo hace el aire fresco y cargado de olor a mar. Siento mi piel transparente, casi inexistente. El sentimiento de unidad con la naturaleza es tan profundo que lograr emocionarme y extasiarme. Participo, aunque sea por un instante,  de un universo de amor, verdad y belleza que me hace sentir vivo y agradecido por la posibilidad de vivir una vida plena y rica. De todos los universos posibles, éste es en el que me gusta vivir.