DESCIFRANDO EL CUADRANTE DE LA VIDA PLENA EFECTIVA

Llevo varios días atrapados por las Musas. He intentado descifrar el cuadrante de la vida plena efectiva de la espiral de la vida dibujada por Patrick Geddes y creo que me estoy acercando a la solución de este complicado enigma. En la base, como se indica en el diagrama, se sitúan Erato que representa el amor, o sea, la Bondad; Polimnia, la Musa de la Sabiduría que se alcanza gracias a la búsqueda de la Verdad; y Euterpe, la divinidad del Arte, es decir, de la Belleza. La Bondad, la Verdad y la Belleza puesta en acción sinergética nos conducen a la carrera personal, a la historia y al éxito, representadas, respectivamente, por las Musas Calíope, Clío y Talía. Llegamos, así, a las Musas superiores del Parnaso, -Melpomene, Terpsícore y Urania-, reinas de la Tragedia, el ritmo y el cosmos, con las que llegan a encontrarse quienes han dedicado su vida a los ideales superiores del ser humano que constituyen la Bondad, la Verdad y la Belleza.

 

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Nuestra vida cobra significado cuando el camino de la vida tiene como meta la bondad, la verdad y la belleza. Erato alienta actos de amor dirigido a nuestros semejantes y a todas las formas de vida. Polimnia nos anima para proseguir en nuestro desarrollo intelectual y en la búsqueda de la verdad, Y Euterpe nos inspira para dar forma a nuestro ser interior a través de la creación artística  Un amor dirigido hacia todas las formas de vida y  acción etho-política para cuidar y favorecer la vida. Sabiduría para compartir nuestro pensamiento con los demás, pues como afirmó Lewis Mumford: “sólo aquellos que día a día tratan de renovarse y perfeccionarse serán capaces de transformar nuestra sociedad, mientras que aquellos que estén ansiosos por compartir sus altos dones con la comunidad entera, -en verdad, con toda la humanidad., serán capaces de transformarse a sí mismos”. Y arte para expresar la Verdad que reside en el interior de cada uno de nosotros, ya sea mediante la pintura, la escultura, la fotografía o cualquier otros tipo de expresión artística.

Etho-política personal

Etho-política personal

Según vamos completando las fases de nuestra vida se incrementa nuestra grado de participación activa en la vida cívica del lugar en que el vivimos. Caliope nos ayuda en este empresa facilitándonos la suficiente elocuencia y Talia celebra los éxitos colectivos que hemos conseguido impulsar y alentar.

Vida sinergética

Vida sinergética

Llegamos así al plano superior de nuestra espiral de la vida. Melpomene nos recuerda el sentido trágico de nuestra existencia: la finitud de la vida. Ello nos anima a vivir de manera equilibrada y activa, siguiendo el ritmo que nos marca Terpsícore, y con el objetivo de lograr una vida digna y rica en la plenitud que encarna la Musa Urania. Nuestros logros y hazañas son nuestra aportación creativa a la constante renovación de la vida.

Vida lograda

Vida lograda

Llegado a este punto uno mira para atrás para descubrir que mi vida cobra un sentido, el de la espiral de la vida, a la que he dedicado tampoco descifrarla, y un significado. Nací en Ceuta para impulsar un cambio en la conciencia colectiva e imprimir ritmo a la política cívica del lugar que me vio nacer y en el que trabajo y vivo. He dedicado mi vida a la defensa de la vida y del patrimonio heredado, al estudio de la historia local y a la expresión de mis pensamientos todos aquellos medios que he considerado efectivos.

Vista general de Ceuta

Vista general de Ceuta

He querido que mi voz se escuchara, para lo que he contado con la inspiración de Calíope. He contado lo que tenía que decir y creo haber contribuido, aunque fuera de manera modesta, a la difusión del pensamiento de Patrick Geddes  y Lewis Mumford. Sus ideas me ha servido para movilizar a un grupo de ceutíes en la acción cívica dirigida a la defensa, estudio y difusión del patrimonio cultural y natural de Ceuta. Sólo la Musa Talia sabe si he conseguido el éxito en esta empresa o si lo conseguiré en el futuro. Queda mucho por hacer y sólo la política sinergética será capaz de superar los retos ambientales, sociales  y económicos a los que se enfrenta la humanidad.

Me siento mucho veces como Melpomene: pensativo, meditabumdo, triste, desencantado…Pero cuento con la ayuda de Terpsícore que en estos momentos de abatimiento personal es capaz de imprimir el ritmo que necesito para lograr mis objetivos personales y profesionales.

No me considerado una persona especial. La vida que yo vivo está al alcance de cualquiera. Todos y cada uno de nosotros hemos nacido con un propósito. Si somos capaces de cerrar los ojos y calmar nuestra mente las Musas nos comunicarán para qué estamos aquí y cuál es nuestra misión vital.  Yo, como muchos otros, hemos “ido a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme sólo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido”.

Donde vivía y para qué

Donde vivía y para qué

 Llevo un mes raptado por las  Musas, como diría mi admirado Javier Gomá. Ellas me han inspirado para  ayudarme a entender y desvelar muchos claves sobre la cuestión de “dónde y para qué” vivo.  El “dónde” es Ceuta y mis hallazgos han quedado plasmados por escritos en los artículos que a lo largo del último mes he ido publicando en este mismo blog. Este “dónde” está estrechamente ligado al “para qué” estoy en este mundo.  Sin duda, no  lo hubiera logrado sin la ayuda de las ideas de Patrick Geddes y su discípulo Lewis Mumford. Ellos me han aportado buena parte de los materiales con los que he construido mi pensamiento y han impulsado mi acción cívica, intelectual y creativa.

Somos lo que pensamos, lo que se refleja nuestro manera de ver,  sentir, comprender, pensar, imaginar y actuar, hasta el punto que puede cambiar hasta nuestro propia biología, como ha demostrado el biólogo molecular Bruce Lipton en sus trabajos. Y yo soy lo que soy gracias a las aportaciones de Geddes, Mumford y otros muchos autores que me han acompañado en este proceso de crecimiento y madurez personal.

Soy lo que soy gracias al lugar en el que nací y vivo.

Soy lo que soy gracias al contacto con mis familiares y amigos.

Soy lo que soy gracias al despertar que he conseguido de mis sentidos, en lo que me ha ayudado mucho los muchos libros que me han abierto una puerta a niveles superiores de entendimiento y conciencia.

Soy lo que soy gracias a las experiencias vitales acumuladas y los conocimientos adquiridos  a lo largo de mi vida, en la escuela, el instituto y la Universidad.

Soy lo que soy gracias a mi acción cívica en pro de la defensa del patrimonio natural y cultural, ejercida mediante la palabra y mi capacidad sinergética para trabajar con otras personas  en el diseño de proyectos educativos, científicos, creativos y profesionales, siempre tendentes a la conservación, protección y restauración de la naturaleza y el patrimonio cultural de Ceuta.

Soy lo que soy gracias al tiempo que me ha tocado vivir. Como historiador soy conocedor y consciente de los distintos procesos de transformación de la conciencia por la que ha pasado el ser humano. En esta empresa me han ayudado autores como Jean Gebser, Joseph Campbell, Ken Wilber o Leonardo da Jandra, y por supuesto, mis maestros Patrick Geddes y Lewis Mumford. A ellos les dedico este trabajo y les agradezco su inspiración.

Soy lo que soy gracias a ellos.  Muchas gracias.

CEUTA A TRAVÉS DE LOS SENTIDOS

Llevo tiempo reflexionando sobre el espíritu o “genius loci” de Ceuta. Después de mucho pensar y de algunas conversaciones como amigos y familiares he llegado a un primer esbozo de cómo percibo Ceuta a través de los sentidos. Me gustaría que estos apuntes fueran ampliados y complementados por todos los amigos/as ceutíes o por personas que conozcan nuestra ciudad. Quisiera que fuera un proyecto colectivo. Pienso que la mejor manera de proteger y cuidar un territorio es tomando conciencia de sus valores. Y Ceuta tiene muchos. Así veo, oigo, palpo, huelo, saboreo y siento íntimamente a Ceuta:

 

Ceuta es luz y los colores que predominan son el verde oscuros de sus bosques y el cambiante color de su mar.

 vista general de Ceuta

Ceuta es el sonido de sus gaviotas, del  viento y del continuo ir y venir de las olas.

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Ceuta es olor a pólvora, por su tradición militar; a incienso y sándalo por su diversidad religiosa; a salitre por el mar que la abraza; y a hierbabuena y especias por su condición norteafricana.

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Ceuta es de tacto húmedo por el mar y suave y amable, gracias al carácter de sus gentes y la calidez de su clima.

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Ceuta es sabor a mar y a especias. Llevamos más de 2.000 años pescando y preparando salazones de pescados.

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Ceuta es un lugar mágico, cuna de leyendas y mitos. Es un lugar donde emerge la intuición y la memoria histórica impregna cada rincón de esta tierra.  El sexto sentido existe, es el sentido personal de la totalidad y Ceuta es una ciudad ideal para su despertar.

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“ATRÉVETE A SENTIR”…Y A TRANSCENDER

He leído con sumo interés y agrado el artículo “Atrévete a sentir”, escrito por el  pensador Javier Gomá Lanzón y publicado en la portada de Babelia . Una bella portada que me ha hecho recordar el libro de Víctor Hugo “El Promontorio del Sueño” que comienza precisamente con la observación que el propio Hugo hizo del firmamento desde un telescopio similar al que aparece representado en la portada del suplemento cultural de “El País”. Esta visión le inspiró un fantástico relato que nos invita a soñar: “Así pues, soñad, poetas. Soñad, artistas. Soñad, filósofos. Sed soñadores, pensadores”, nos decía el genial escritor francés. Uno de estos pensadores, Walt Whitman, en su obra “Perspectivas democráticas”, se hacía una pregunta similar a la que  planteas al comienzo del artículo: “¿Existe una literatura de estilo elevado?”.Whitman echaba en falta una literatura acorde a los principios democráticos y al sentido de la totalidad que se asocia a nuestro avanzado estado evolutivo de la conciencia. Según el genial poeta estadounidense, todas las etapas históricas han dado como fruto una literatura en consonancia con el punto de gravedad del pensamiento predominante en ese momento. La época medieval tuvo su poesía y literatura mística, el siglo XIX fue testigo de la eclosión de la literatura romántica, etc…¿Y la democracia? ¿Quién canta a la democracia? Han pasado más de un siglo desde que Whitman se hiciera esta pregunta y todavía no han aparecido los bardos que la canten.

Comenta también Gomá al comienzo del artículo que ha desaparecido en nuestra sociedad el concepto de lo magnánimo o sublime. Cierto. Es un hecho evidente que ha hecho bien en exponer con la claridad y maestría que le caracteriza. Las razones son diversas, pero quizás la más importante para mí es que vivimos en un mundo chato, como lo ha definido Ken Wilber. Un mundo que ha ganado en horizontalidad, pero ha perdido en verticalidad y profundidad. Antes que él Rudolf Eucken, en “La vida: su valor y significación” comentaba que “los pensamientos de libertad y de igualdad sólo pueden convertirse en caracteres fundamentales de las tendencias políticas y sociales contemporáneas cuando se estima al hombre en su grandeza, procurando hacer trascender su actividad sobre la naturaleza infrahumana”. Sin esta elevada estimación del hombre, de cada hombre en particular, sin una confianza absoluta en su energía espiritual, la democracia tiene que determinar su destrucción. Así que al llamamiento que constituye el título del artículo, “Atrévete a sentir”, yo añadiría “Atrévete a transcender”. Éste debería ser el leitmotiv de nuestro tiempo, en el que estamos asistiendo al alumbramiento de una nueva etapa en el desarrollo de la conciencia humana.

Nuestra vida, en general, carece de unidad y significado lo que nos impide hacer frente al complejo mundo que nos ha tocado vivir, para lo bueno y para lo malo. Nuestra vacuidad interior ha debilitado las tendencias morales y nos dirigimos de manera constante más hacia el exterior que hacia el alma. “¿Habremos de admirarnos, según esto, se preguntaba Eucken, de que falten hoy grandes caracteres e individualidades creadores?”. Nuestro problema se puede resumir en una notoria debilidad del espíritu y una desconfianza en la energía vital. Es necesario, tal y como concluía Eucken en la aludida obra filosófica, “contrapesar la expansión por medio de una concentración, y la extensión en amplitud por medio de una tendencia a la profundidad, con lo cual la vida podrá recobrar de nuevo su equilibrio”. Creo que la clave está precisamente en este último término, el equilibrio. Pero no un equilibrio estático, sino uno dinámico y en constante elevación hacia niveles superiores de entendimiento y conciencia. Desde que se rompió el círculo mítico, que unía todos los fenómenos de la naturaleza y de la propia condición humana, comenzó el reinado de la hibrys, -la desmesura-,  en forma de despilfarro, corrupción, la pérdida del sentido del límite en todos los órdenes de la vida. Ha llegado el momento de recuperar el equilibrio por la instauración del reino de Némesis, la diosa de la mesura, con el fin de devolver al individuo dentro de unos límites razonables.

            La Edad Moderna, dice Eucken, “soñó el progreso indefinido, la elevación de la vida hasta lo infinito para dominar el mundo interior y exteriormente, para lo cual pedía entusiasmo, viveza, valentía, y halló, en cambio, pereza, estupidez y cobardía”. Nuestra ciega confianza en el progreso ha dejado un planeta maltrecho y un ser humano descualificado, como lo definió Mumford, o sin atributos, en palabras de Musil.

Coincido con Javier Gomá en que es imprescindible recuperar la  noción de sublimidad bella o belleza sublime, pero creo también que esta restauración debe venir acompañada de la revitalización de sus inseparables compañeras la bondad y la verdad. Uno de los grandes logros de la Ilustración fue disociar a estas trillizas para que la razón pudiera seguir su camino hacia el reino del Parnaso. Visto los resultados, la tarea de nuestro tiempo es conseguir reintegrarlas sin que pierdan su autonomía. No es una labor sencilla, sin duda, pero imprescindible. La nueva conciencia integral anunciada por autores como Jean Gebser o Ken Wilber depende para su definitiva eclosión de esta conjunción creativa y en equilibrio dinámico de la bondad, la verdad y la belleza; del nosotros, el ello y el yo; de la ethopolítica, la cultura y el arte; del espíritu, el cuerpo y el alma; de la religión, la ciencia y la filosofía…Todo estos tríos son sólo variables del ideal platónico de la búsqueda de la bondad, la verdad y la belleza que han movido al mundo occidental desde la Grecia Clásica. Y es que como proclamó Whitehead, “la tradición filosófica europea consiste en una serie de nota a pie a Platón”.

La restauración de los ideal conjunto  de la bondad, la verdad y la belleza, disociado en sus componentes, pero actuando de manera integrada, es el único que puede salvarnos de esta crisis civilizatoria. Una crisis que en palabras de Eucken, “tiene que llevarnos, o a una degradación, o a una elevación de la condición humana”. Los que coincidimos en esta necesidad, como apuntas al final de tu magnífico artículo, debemos confiar “en una gran renovación”, debemos “exigir una formación de esencia, una reforma moral” y hacerlo desechando “toda diferencia y toda tibieza y considerar toda transacción como un delito”. Artículos como el de Javier Gomá sirven a esta noble causa y por eso le felicito  y le dio mis más sincera enhorabuena.

ENTRE LOS RESCOLDOS DEL FUEGO ENCONTRÉ LA ESPERANZA

Estoy bastante indignado con el incendio en García Aldave. Lo que ha sucedido era la crónica de un incendio anunciado. Nuestros montes llevan tiempo en un completo estado de abandono. La suciedad se acumulaba por todos los rincones como consecuencia de la actitud incívica de algunos ciudadanos que confunde el monte con un vertedero gratuito. En un artículo sobre el incendio publicado en “El Faro de Ceuta”  hablan del hallazgo de una sartén en la finca Serrano, pero matizan que se trata de un artefacto antiguo, casi arqueológico. Mi pregunta es: ¿Solo han encontrado una sartén? Que sigan buscando y encontraran de todo, pues este lugar era un auténtico vertedero infesto, pero no de ahora. No. Lleva así décadas, desde antes de que fuera declarado LIC-ZEPA el arroyo de Calamocarro y su entorno, y muchos años después. En estos años poco o nada se ha hecho para restaurar este espacio protegido. A algunos no le ha interesado la recuperación ambiental de este enclave natural. Habían puesto sus ojos en él para intentar calmar su insaciable búsqueda de dinero y su obscena ostentación de poder, todo ello bien camuflado bajo el eufemismo del “progreso” de la Ciudad y el bienestar de su población. Yo digo. ¡Y una leche para ellos!. Sus pérfidas mentes solo buscan dinero, dinero y dinero. Su visión está deformada y completamente ciega para la belleza natural. Lo que para algunos es un espacio sublime de belleza, armonía y vida, para estos yonquis del poder son oportunidades perdidas de acumular más dinero y riqueza. Éstos son los que  han frenado cualquier proyecto serio de recuperación ambiental de nuestros montes. Éstos son los que maniobran a espaldas de la ciudadanía para frenar la aprobación del Plan de Ordenación y  Gestión de los recursos naturales del LIC-ZEPA de Calamocarro-Benzu. Éstos son los que han permitido que existieran núcleos como las antiguas Cochineras donde se acumulaban residuos de todo tipo. Éstos son los que indican a los políticos que  el dinero de todos se tienen que destinar a poner ladrillos y no a reconstruir nuestro patrimonio y revitalizar nuestros escasos espacios naturales. Éstos son los que no quieren que exista una Consejería de Medio Ambiente bien dotada de medios materiales, humanos y económicos. Éstos son los que quieren a un consejero de Medio Ambiente incapaz de asumir este esfuerzo. Éstos son los mismos que azuzan al cancerbero de turno para que desde una privilegiada tribuna dirija todo tipo de difamaciones e injurias contra las asociaciones conservacionistas críticas con el complejo del poder. Sí. El complejo del poder. No estoy hablando de una conspiración oculta. Todo sucede ante nuestros ojos sin que nos inmutemos. El poder político, económico y financiero hacen piña, y no precisamente la que se ha quemado estos días en Ceuta, para alcanzar su común propósito de acumular poder y dinero. ¿Con que fin? Pues el que siempre ha buscado el poder: imponer a los demás su voluntad y propósito. Su vacuidad interior que no conoce los valores supremos de la bondad, la verdad y la belleza es colmado por posesiones materiales: chalets de lujo, coches de alta gama, comidas y bebidas de alto precio, acceso al lujo, etc.. En el fondo, excepto honrosas excepciones, éste es un sueño compartido por buena parte de los integrantes de esta sociedad decadente. Una sociedad de espaldas a la bondad y aliada con la desconfianza; ignorante por propia voluntad; y carente de educación estética, imprescindible para valorar y apreciar la belleza de nuestro patrimonio natural y cultural. La bondad y la belleza, asociadas por los antiguos  griegos, se han divorciado. Nuestras ciudades y su entorno han dejado de ser bellos al mismo tiempo que la bondad, sinónima del desprendimiento y la generosidad, han sido progresivamente sustituidas por la codicia y la avaricia.

Ahora nos horrorizamos al contemplar el resultado de nuestra desidia y abandono del campo. Nuestra oscuridad interior se ve ahora reflejada en un monte carbonizado y lleno de cenizas. Valoramos lo perdido y, quizás, esto nos permita abrir los ojos y nuestros corazones. Quizás sea una oportunidad para reorientar nuestras vidas hacia la renovación de nuestros corazones, la remodelación de nuestras mentes y la vigorización de nuestras manos. Unas manos que deben ponerse en funcionamiento para asumir por nosotros mismos la reconstrucción de nuestros maltrechos paisajes. No debemos esperar nada ni exigir nada al complejo del poder. Es hora de recuperar nuestro poder delegado en manos irresponsables y complacientes con los buscadores del dinero y la riqueza. Los ceutíes somos herederos de una tierra cargada de magia, misterio y belleza. Un lugar increíble como pocos existen en el mundo. No se merece el trato que le estamos dando.

Hace casi un siglo, en el año 1934, unos políticos tuvieron un sueño: convertir a Ceuta en un Parque Natural. Su primer paso fue  promover la declaración de dos montes de utilidad pública en nuestra ciudad, el Monte Hacho y todo el Campo Exterior. Su sueño se fue disipando al mismo tiempo que la idea del desarrollo ilimitado iba contaminando el alma y el corazón de la humanidad. Poco queda de ese sueño. El Monte Hacho ha sufrido importantes heridas y las hienas desarrollistas quieren acabar la faena dándole todas las dentelladas que puedan. Por el otro lado, el primigenio Monte de Benzú e Ingenieros ha quedado reducido a una reserva de apenas de 600 hectáreas, de las que 50 ardieron el otro día. Se encuentra cercado y las mismas hienas merodean sus límites. Triste futuro le esperan a ambos montes si no somos capaces de reactivar el sueño de nuestros antepasados. Tenemos que detenernos a pensar, a meditar sobre nuestro presente y empezar a dibujar nuestro futuro, sin perder de vista que nuestro pasado siempre nos acompañara para lo bueno y para lo malo.

Subamos a lo alto de nuestros montes, cual promontorio del sueño imaginado por Víctor Hugo, y soñemos. Soñemos con un lugar equilibrado y armonioso. Soñemos con un trabajo acorde a nuestras condiciones naturales y nuestra capacidad de carga. Soñemos con unas gentes reconciliadas con la bondad,  al mismo tiempo que reconstruyen el paisaje de su ciudad. Soñemos con unos ceutíes interesados por el conocimiento de su tierra, con los sentidos abiertos a las revelaciones de la naturaleza y con unos sentimientos de pleno amor a la vida en todas sus formas. Soñemos con expulsar de nuestros corazones al odio y el rencor. Soñemos con la restauración de los valores clásicos de la bondad, la verdad y la belleza. Y sobre todo, soñemos. Sí soñemos. Imaginemos una Ceuta distinta, como la que pudo existir en aquellos tiempos en los que nuestra ciudad fue un importante foco cultural y científico, en los que ciertos sabios compartían sus enseñanzas en los numerosos jardines repartidos por la ciudad. Ceuta, cruces de camino, punto de encuentro de mares, de culturas, de continentes, está llamada a ser un promontorio ideal para acceder a los reinos de Olimpo y el Parnaso. Reconstruyamos nuestro orgullo perdido de ser originarios de un lugar fantástico, increíble, pero sin caer en el chovismo y los localismos excluyentes.

Cada nuevo amanecer es una nueva oportunidad que nos brinda la vida para nuestra renovación y reeducación, imprescindibles para abordar con éxito la reconstrucción de nuestro lugar. Ya ha llegado el tiempo de la ethopolítica en el que los ciudadanos estamos llamados a ser sus protagonistas principales. Tomemos el control del escenario. Reescribamos el guión de nuestras vidas hasta ahora escrito por unos pocos según sus insignificantes y mezquinos intereses. Disfrutemos del drama de la vida en un escenario privilegiado y mimado por la naturaleza y la historia. No existe pasado ni futuro. Nuestro tiempo es el ahora y nuestro lugar es Ceuta.

Si nos dejamos llevar por el amor todo cambia. Yo empecé este artículo preso de la indignación y he terminado hablando del amor y la ethopolítica.  Entre los rescoldos del fuego he encontrado la esperanza.  Estoy convencido  que todos podemos hallar esta misma fe  en el futuro de Ceuta si dejamos que el denso humo que ha dejado el incendio en Garcia Aldave se disipe y somos capaces de encontrar el camino que nos conduzca a nuestra particular eutopía, en la que sea posible una vida buena (eupsiquia) para todos.

LA NECESIDAD DE EQUILIBRIO *

Una de las ideas fundamentales del pensamiento griego, -fuente de la que bebe nuestra cultura occidental-, es la necesidad del equilibrio. Pensadores de la talla intelectual de Sócrates, Platón y Aristóteles hicieron un continuo llamamiento al equilibrio en todos los órdenes de la vida y la sociedad. Quizá el más insistente fue Aristóteles. En sus obras abordó tanto el equilibrio ético, lean su “Ética Nicomaquea”, como los equilibrios políticos, económicos o ambientales, en la “Política”. Sí, decimos ambientales, pues, ¿Qué son si no sus reflexiones sobre las cualidades que debe tener una ciudad habitable, en especial la necesidad de establecer un límite en su tamaño y población?.
En la historia de la humanidad, el concepto de límites y equilibrio se han mantenido en el pensamiento occidental, no sin periodos de gigantismo cuyas consecuencias conocieron bien el imperio romano o sin ir más lejos los imperios español y británico. La ruptura radical con la idea del equilibrio y la eliminación de los límites en muchos aspectos de la vida vino de la mano de la revolución científico-industrial, el surgimiento del capitalismo y la instalación en la conciencia colectiva e individual de la idea del progreso. Este proceso se inició a partir de la disolución del mundo medieval, allá por finales del siglo XV y principios del s.XVI. El “Nuevo Mundo” que inauguró el descubrimiento de América para los europeos, -los pueblos prehispánicos se conocían a sí mismos de siempre-, llevó a la mente de los occidentales la visión de un mundo plagado de riquezas que podían ser explotadas sin ningún tipo de control por un hombre convencido de su primacía en el mundo animal. Junto a la expansión de los límites geográficos se produjo una ampliación del mundo mental del hombre. Al tiempo que fue desprendiéndose de las supersticiones religiosas a favor de la razón surge un nuevo tipo de hombre: primero el “humanista”, y acto seguido el “racionalista”. Según avanzaba este proceso, los europeos se manifestaban orgullosos de haberse desprendido del mito religioso, sin darse cuenta que estaban siendo poseídos por un mito aún más pernicioso para el futuro de la humanidad: el mito de la máquina, estudiado de manera brillante por Lewis Mumford.
Del humanista, punto de equilibrio entre el hombre del “Viejo Mundo” y el del “Nuevo Mundo”, cuyos valores éticos y morales sólo son comparables con los niveles de “humanidad” alcanzados en la Grecia del siglo VI a.C., pasamos al “racionalista” que representan figuras como Descartes o Francis Bacon, y a una serie de subtipos como los utilitaristas o mecanicistas. La única resistencia intelectual que encontraron los autoproclamados representantes de la razón fueron los denominados románticos, continuadores del legado de los humanistas. La partida entre utilitaristas y románticos, o dicho de otra manera, entre mecanicistas y organicistas, se sigue celebrando hoy día con un saldo muy a favor de los primeros.
Los utilitaristas hinchados de orgullo por sus aparentes éxitos se han metamorfoseado en un ser aún más perverso, el hombre posthistórico, descrito por Roderick Seidenberg. Un ser dominado por el materialismo, el automatismo, la uniformidad, el conformismo y el servilismo más atroz. Viven por y para el complejo del poder cuyos pilares son el propio poder (económico, político, social,etc…), el prestigio personal, la productividad y  los beneficios pecuniarios. Adoran a su dios, llamado “el progreso”, y si alguien osa deshonrarlo son llamados despectivamente románticos o idealistas. Ir contra el progreso y rechazar sus constantes sobornos es el peor crimen que se puede cometer en nuestros días. Nosotros, como es lógico, reconocemos las felices innovaciones políticas y sociales que impulsaron los filósofos ilustrados del siglo XVIII, entre ellas el gobierno constitucional, el sufragio universal, y la educación pública y gratuita, así como las mejoras en la higiene, la salud y el confort doméstico que llegaron con posterioridad, aumentando la calidad de vida de los ciudadanos. Desgraciadamente, los rápidos avances en la explotación de los recursos naturales y el desarrollo del maquinismo ensombrecieron estos logros humanos. Como consecuencia de esta ausencia de una perspectiva humana, se impuso una visión del desarrollo humano, según la cual el progreso significa “el éxito creciente del hombre en la superación de sus limitaciones físicas con el fin de imponer sus propias fantasías, condicionadas por las máquinas, sobre la naturaleza. Por definición, el cambio tecnológico y el mejoramiento humano estaban ahora juntos y, también, por definición, las fuerzas que hicieron el progreso eran inevitables, inviolables e irresistibles”(Mumford dixit).
El progreso es incompatible con el establecimiento de algún tipo de cortapisa o límite, por más que los signos de destrucción de nuestro entorno y nuestra propia salud física y psíquica resulten incuestionables. El crecimiento es la meta de nuestra economía, y en esto están de acuerdo tanto progresistas como neoliberales. Si tuviéramos una visión más orgánica del mundo veríamos cómo en la naturaleza los crecimientos descontrolados son síntomas de patologías, como el cáncer. Por el contrario, nuestra salud se mantiene mientras nuestro cuerpo sea capaz de un equilibrio dinámico y mantenga la capacidad de resilencia.
Lejos de la opinión corriente en nuestra sociedad, lo contrario de progreso no es estancamiento o regresión, sino equilibrio y madurez. Los seres humanos crecemos hasta una determinada edad, en el que el cuerpo comienza un periodo de madurez física y mental. Como comentó en cierta ocasión Mumford, “¡Qué monstruos caminarían por las calles, -qué  torpes gigantes, qué montañas de obesidad -si la vitalidad orgánica significara un crecimiento sin límites!”.
El futuro de la humanidad depende de un cambio de cosmovisión, desde la actual desarrollista a una orgánica. El cosmos no es como Descartes lo imaginaba: una gran máquina accionada por un ser supremo. La vida, por el contrario, progresa en aquellas situaciones en las que se mantiene un equilibrio, siempre dinámico, entre fuerzas antagónicas: bondad y maldad, orden y caos, certezas e incertidumbres, etc…Necesitamos un cambio en nuestro pensamiento, un nuevo método como el descrito por el gran pensador Edgar Morin. El hombre, a diferencia de otros animales, tiene capacidad de actuar para minimizar los efectos de la entropía natural del cosmos. A través de la organización se puede restablecer el orden; avanzar en la determinación de algunas certezas a partir de la filosofía y la ciencia; reducir las desigualdades entre los hombres mediante la educación, la política y la economía; y así en múltiples planos de nuestra compleja existencia.
Reestablecer el equilibrio, a través de una organización más justa, tendría que ser la prioridad de la gran comunidad de los seres humanos. Este equilibrio tiene que comenzar con nuestro propio papel como especie animal en la tierra. Tenemos que pasar de seres parasitarios a simbióticos, aunque para ello debamos redimensionar nuestro volumen poblacional. Nuestra distribución en el planeta merece igualmente una profunda reflexión.
A escala planetaria estamos obligados a proyectar con la naturaleza, tal y como expuesto Ian McHarg y no contra ella. Ciertos lugares del planeta, como la selva amazónica o la sábana africana tendrían que quedar al margen de los “intereses” y de la masiva presencia humana. Mientras que otras zonas, más proclives al desarrollo del hombre como especie, tendrían que ser ocupadas de manera racional. Nuestro hábitat puramente humano, la ciudad, tendría que armonizarse con la naturaleza, respetando sus principales contornos.
Una de las necesidades fundamentales para la supervivencia de la humanidad y de la tierra-madre es reestablecer el equilibrio entre el campo y la ciudad, que fue posible en periodos de la historia universal tan denostados como el periodo medieval. No tiene que extrañarnos, por tanto, que a los herederos naturales del humanismo y el romanticismo, los grupos conservacionistas y ecologistas, se nos acuse de querer volver a la edad media. La dicotomía entre campo y ciudad, como dos realidades incompatibles, es una falacia ideada por los adoradores del “progreso”.
Como señaló Benton McKaye, colaborador en muchas iniciativas de Mumford, “la naturaleza virgen, lo rural y lo urbano son todos ambientes necesarios para el desarrollo completo de la persona humana. Consecuentemente, un programa regionalista tiene que incorporar los tres elementos: la preservación de la naturaleza intocada, la restauración de un paisaje estable, y la salvación de la verdadera ciudad” (extraído de Ramachandra Guha).
En pocos lugares de nuestro país y de Europa, como en Ceuta, se puede observar con más nitidez la oposición no-dialéctica entre el “progresismo”, con su consustancial negativa al establecimiento de cualquier tipo de límite (urbanístico y poblacional); y el organicismo que algunos nos empeñamos en defender, basado en la búsqueda de un equilibrio entre población y biocapacidad del territorio que permita una vida plena y satisfactoria a los habitantes de Ceuta. Mientras que el combate se libra, con grave desigualdad de poder entre ambos bandos, la ciudad se esfuma ante nuestros ojos (cual ciudad ideada por el genial Italo Calvino en sus “ciudades invisibles”), ante la pasividad de una sociedad adormecida, pasiva y conformista.
* Este artículo fue escrito por mí  para ser publicado en el periódico “El Faro de Ceuta” y firmado por la asociación que presido: Septem Nostra-Ecologistas en Acción de Ceuta.  

NO TENGAS MIEDO A TU INTERIOR

Es increíble cómo la pseudociencia puede contribuir a la consolidación y difusión del pensamiento mecanicista. Lo que dice las conclusiones de este estudio dado a conocer en “El País”  se encuentra a las antípodas de los planteamientos espirituales más elevados. Precisamente en lo que coinciden todos los grandes pensadores de la conciencia es en la necesidad de reencontrarnos con nuestra vacuidad interior. Alan Watts en su libro “Serenar la mente. Una introducción a la meditación” que “el arte auténtico de vincularse con el universo es dejar de pensar al menos de vez en cuando…Una vez que seamos capaces de dejar de pensar y empecemos a experimentar, estaremos volviendo a la cordura y a la realidad…Si no paramos de hablar, no oiremos lo que otros tengan que decirnos y, si no dejamos de pensar, nunca experimentaremos la naturaleza de nuestra existencia orgánica”.

BUDA

Esta vacuidad, que según este estudio no podemos soportar, es el dominio de los niveles supraconscientes más elevados, tal y como explica Ken Wilber en alguna de sus obras como “Breve historia de todas las cosas”. El Testigo, la Conciencia en mayúscula, “no es una cosa, un proceso, una cualidad ni una entidad sino la Vacuidad pura última e incalificable”. Alcanzar estos niveles de supraconciencia no es fácil ni se logra en un sólo paso. Es un proceso evolutivo que nos obliga a subir por los muchos peldaños de la espiral de la conciencia.  La mayoría de nosotros no estamos preparados para enfrentarnos a la Vacuidad y por eso nos da un miedo terrible. Tampoco se trata de desvanecerse u ocultarse  en el nirvana, sino a atravesarlo tanto rápido como nos sea posible, nos dice Wilber, para ayudar a todos los seres lo No Nacido en medio de la misma existencia.

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Por experiencia propia puedo decir que cuando se enfrenta a la Vacuidad experimenta una terrible ansiedad. Un sentimiento de extracorporeidad inquietante. Sin embargo, cuando uno lo supera, disfruta de estos momentos con gran intensidad. Sientes una enorme paz interior y una apertura completa de los sentidos y los sentimientos. Tu mente se para, deja de hablar, pero a cambio escuchas y experimentas tu interior y tu exterior sin la sensación de la frontera corporal. Siempre que experimento esta sensación, cada día más frecuente, me acuerdo de las palabras de Goethe: “la naturaleza no tiene hueso ni cáscara, sino que lo es todo a la vez”.

GOETHE

No tengas miedo a estar a solas con tus pensamientos. Vacía tu mente para que tu voz interior pueda hablarte. Vive en el “aquí y el ahora”. Aprende a reposar, a guardar silencio, a cerrar los ojos…y esperar.

            Comentaba mi cada día más apreciado y admirado maestro Lewis Mumford, en su libro “Arte y Técnica” que “uno de los espíritu originales del siglo XIX y un gran lógico, el Abate Graty, abogada como acto de higiene mental por dedicar media hora diaria –nada más que media hora-, a un completo retiro del mundo, sin siquiera usarlo para pensar en silencio, sino limpiando el espíritu de todas las cargas y presiones, de suerte que, como él mismo lo expresaba, Dios pudiese hablarnos o, si prefieren ustedes expresar tales cosas en términos naturalistas, de suerte que nuestras ocultas potencialidades, nuestros enterrados procesos inconscientes, tuvieran una oportunidad de salir a la luz. Ahora bien, Dios no habla a menudo; pero aunque no deriven de él resultados visibles directos, este acto de alejamiento es por sí solo uno de los primeros movimientos útiles para reafirmar la primacía de la persona. Mahatma Gandhi, que fue un santo así como un astuto político, solía dedicar un día de cada semana al completo retiro y silencio, y quizá ningún hombre de su tiempo llegó jamás a ejercer tanta influencia sobre sus contemporáneos con el apoyo de un aparato visible tan pequeño”.

lewis mumford

            Continuaba Mumford diciendo, “una vez formado el hábito de mirar hacia adentro, de escucharnos y de responder a nuestros propios impulsos y sentimientos, no nos permitiremos caer tan fácilmente víctimas de emociones y afectos incontrolables: en lugar de ser un boquiabierto vacío o una espectral pesadilla, la vida interior quedará abierta al contacto, y tanto en la conducta personal  como en el arte nos hará establecer relaciones más fructíferas y más cariñosas con otros hombres, cuyas ocultas profundidades fluirán, a través de los símbolos del arte, hacia las nuestras. En este punto, también podemos volver a nutrir la vida más intensamente desde el exterior, abriendo nuestras mentes a todo toque, a toda visión y a todo sonido, en lugar de anestesiarnos continuamente a gran parte de lo que sucede en nuestro derredor, pues esto ha perdido todo significado, toda relación con nuestras necesidades interiores. Con tal autodisciplina, llegaremos con el tiempo a dominar la intensidad y el ritmo de nuestros días; a regular la cantidad de estímulos que inciden sobre nosotros, a controlar nuestra atención, de modo que las cosas que hagamos reflejen nuestros propósitos extraños y los valores de la máquina. En un comienzo, adelantaremos con lentitud y nos sentiremos perpetuamente frustrados, pues nuestra manera de actuar será un desafío –no solo un desafío sino una afrenta- a los demás miembros de nuestra comunidad. Pero aún las más pequeñas negaciones e inhibiciones ayudarán a devolver la iniciativa al espíritu humano, y a su debido tiempo podremos hacer elecciones más positivas, no limitándonos a rechazar lo que no viene al caso, lo trivial, lo repetitivo, sino afirmando con nuevo vigor todos los bienes significativos de nuestra época, pues aún cuando eses bienes nos lleguen sólo con ayuda de la máquina, serán nuestros y obedecerán nuestras órdenes, serán nuestros para reflejarnos en ellos y para gozar de ellos”.