LA DIOSA BLANCA

Hace un par de días terminé la lectura del libro “La Diosa Blanca” del conocido escritor inglés Robert Graves. No era la primera vez que lo intentaba y, como dice el refrán popular, a la tercera va la vencida. Nunca me han echado para atrás los libros voluminosos, pero “la Diosa Blanca”, además de contar con ochocientas páginas es una obra que el propio autor reconoció que era difícil y muy compleja. Para abordar una lectura de este tipo hay que tener una fuerte motivación, y yo la tenía. Mis últimos descubrimientos arqueológicos, y una serie de experiencias personales previas y muy profundas, me llevaron a introducirse en el mundo de la Gran Diosa. He ido adquiriendo, leyendo y estudiando las principales obras relativas a la Gran Diosa y el arquetipo femenino, pero “La Diosa Blanca” de Graves se me resistía. No fue hasta hace algunas semanas cuando encontré la extramotivación para retomar, de manera definitiva, la lectura de este libro. El estudio de un molde de exvoto con la representación de una diosa, similar a la pieza que yo hallé en Ceuta, me permitió identificar que estaba ante la misma triple diosa de tipo lunar de la que trata el libro de Robert Graves.

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El contexto histórico del hallazgo de Ceuta y de Jerez de la Frontera, así como las leyendas y textos de los que parte Robert Graves para hablarnos de la Diosa Blanca es el mismo: el siglo XIII. Cada día me interesa más esta centuria que fue testigo del resurgir de la Gran Diosa, conducido por un selecto grupo de sabios procedentes del cristianismo, judaísmo y del sufismo islámico. Estos sabios, entre los que figuraban los druidas de los que trata Robert Graves en su libro, eran conocedores de ciertos secretos de la naturaleza y del cosmos. Para proteger este conocimiento idearon un complejo sistema de codificación de letras y símbolos basados en árboles, animales, planetas, colores y metales. Todos estos enrevesado conjunto de símbolos, a los que sólo se podía acceder resolviendo algunos difíciles acertijos, ocultaban “el sagrado e innombrable Nombre de Dios”. Un nombre transmitido a unos pocos iniciados directamente por la Gran Diosa y que, a su vez, contiene la clave para lograr una vida plena, rica y…eterna. Para llegar a este conocimiento hay que leer  quinientas cincuenta páginas que suponen, en sí mismas, una dura prueba para los iniciados que pretenden alcanzar la comprensión del gran secreto que guardaron los druidas, los alquimistas, los cabalistas y los sufíes, entre otros grupos que participaron en el despertar de la Gran Diosa en el siglo XIII. Sólo entenderán los capítulos finales de “La Diosa Blanca”, quienes estén preparados para ello, después de superar algunas pruebas y contar con ciertos conocimientos previos. De repente, el cielo se abre y donde antes sólo veías tinieblas, y un incomprensible galimatías de consonantes y vocales, contemplas el sentido de este fascinante libro y aparece ante tus ojos una serie de verdades que para mí no eran desconocidas, pero que, después de esta lectura, se han ampliado de forma ostensible. Hay que leer este libro en combinación de otra obra no menos fascinante y difícil: el “Mysterium coniunctionis” de Carl Gustav Jung, al que, por cierto, Robert Graves no cita en ninguna ocasión.

Necesito tiempo para asumir todo lo que contiene este libro y aplicarlo en mi vida, en mi obra literaria y en mis investigaciones sobre la Gran Diosa. Poco a poco voy comprendiendo algunas cosas, pero aún quedan muchos secretos por descifrar.

UNA MAÑANA DE PRIMAVERA EN CEUTA

Ceuta, 13 de abril de 2017.

Salgo de casa a las 7:18 h. Lo primero que veo al mirar hacia oriente es al brillante lucero del alba. La aurora parece una lanza dorada tumbada sobre el horizonte. Siguiendo la dirección que marca Venus, ando a buen ritmo hacia el Camino de Ronda. Al llegar a las inmediaciones del fuerte de la Palmera tengo claro que éste es el mejor sitio para contemplar el amanecer. Tengo el tiempo justo para preparar el trípode y la máquina de fotos.

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Sobre un mar en calma reposa una aurora matutina alucinante. Es un auténtico arcoíris en los que se alternan los azules, morados, verdes, rojos, naranjas y amarillos. La composición es una obra de arte divina fuera del alcance de la comprensión y la completa percepción humana. Cada día los dioses y diosas nos hacen este regalo para que recuperemos las ganas de vivir y recordemos que la existencia es un regalo que debemos apreciar y agradecer mostrando nuestra admiración por la extraordinaria belleza de la naturaleza y el cosmos.

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A la hora prevista, las 7:51 h, sale el sol de entre una nebulosa de vivos colores. La intensidad de su luz rojiza y luego dorada va incrementándose cada segundo que pasa. Un ancho haz de luz se dibuja sobre la apacible superficie del mar indicando un camino inescrutable hacia la fuente de toda verdadera iluminación.

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Me encuentro con mi amigo Alfonso que ha salido a pasear un rato con su perrita. Charlamos, mientras caminamos juntos, sobre la belleza de este fantástico lugar al que tan poca atención prestan las autoridades. Llegamos hasta el Salto del Tambor, sitio conocido en nuestra ciudad por el ser el preferido para los que no encuentran sentido a la vida y deciden de manera voluntaria abandonarla. Mi amigo Alfonso, vecino de la barriada del Sarchal desde su nacimiento, me comenta que él ha ayudado a rescatar algún cadáver de estas piedras. Nosotros, que estamos más atentos a la vida, celebramos nuestra amistad haciéndonos una fotografía.

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Yo prosigo mi camino y me topo con un cernícalo que se posa en un cercano poste para observarme. El sol ha superado la colina que cierra la cala del Desnarigado por el este e ilumina el fin del Camino de Ronda. Me paro a observar las plantas y flores que reciben los primeros rayos del sol. Todas las hojas están colmadas del rocío nocturno, generando una sinfonía de agradables perfumes. Me siento entre ellas y aspira con toda la fuerza que puedo para absorber sus esencias. Tengo de acompañante a un caracol que, de  manera perezosa y lenta, se mueve entre las hojas. Todas mis glándulas olfativas se encuentran impregnadas de un olor indescriptible que atrae a las abejas más madrugadoras. Escucho sus zumbidos alrededor mío e intento fotografiarlas, aunque no resulta fácil.

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Después de desayunar algo me dirijo a la playa del Desnarigado. Estoy sentado al final del cierre oriental de la cala. Este fue uno de los primeros sitios en los que, hace ya algunos años, empecé a escribir sobre la naturaleza ceutí. La sombra, como tardío recuerdo de la noche, cubre este saliente rocoso. El mar está en calma. Dos personas en sus kayaks y otros dos desde las rocas prueban suerte con sus cañas de pescar, mientras que una pareja de jóvenes, tumbados en la playa, muestran a las claras que están enamorados.

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El olor a sal es penetrante, tanto que borra el rastro de los perfumes de las flores que acabo de dejar atrás. En cuanto al sonido, el ligero batir del mar resulta muy relajante y placentero. Las gaviotas participan del hilo musical con sus peculiares graznidos, recordándonos a todos que este lugar por ley y justicia les pertenece a ellas y al resto de la fauna terrestre y marina.

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Subo por el empinado sendero que conduce al fuerte del Desnarigado. Percibo el intenso y característico olor de los escobones. Es una fragancia que combina lo dulce y lo mentolado, con una pizca de limón. Dejo que penetre hasta lo más profundo de mis pulmones. Una vez en el fuerte del Desnarigado, me he sentado en el reducto antiguo sobre el que reposa una antigua pieza de artillería de costa. Este cañón, junto a todos los restos de fortificaciones que tengo a mi vista, recuerda el carácter castrense de esta plaza transfretana. Desde sus orígenes ha sido necesaria fortificar este bello lugar por ser un punto geoestratégico ambicionado por todas las civilizaciones y naciones interesadas en controlar el importante paso marítimo del Estrecho de Gibraltar. Contemplando este paisaje experimento uno de esos momentos que sabemos permanecerá siempre con nosotros. No siento la inquietud del tiempo ni de las ocupaciones y preocupaciones cotidianas. Me concentro en el aquí y ahora.

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La temperatura es ideal, propia de un día primaveral. No sopla nada de viento y la luz a esta hora de la mañana presenta una intensidad moderada, lo que me permite mirar el horizonte sin tener que achinar los párpados.  Desde aquí puedo ver mi siguiente destino, que es el Cortijo Morejón.

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Avanzo muy lentamente, ya que me paro a cada instante para fotografiar a las flores y las aves. Me lleva más de una hora recorre un tramo del camino que en condiciones normales no requiere diez minutos. A las 12:39 h llego al Cortijo Morejón. He tomado una senda distinta a la acostumbrada.

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Las charcas existentes en este bello lugar aún tienen agua. Me asomo a un pozo que debió pertenecer a  algunas de las casas que existieron en este apartado rincón del Monte Hacho. Intento llegar hasta los pies de la fortaleza, pero la tupida vegetación me cierra el paso. No obstante, mi denodado esfuerzo por encontrar una senda tiene la recompensa de dar con un ejemplar de altramuz.

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Después de merodear por el lugar me he sentado en un antiguo banco, ahora camuflado, en este relicto bosque de eucaliptos y alcornoques. Estoy aquí solo, sin ningún tipo de compañía humana, pero muy bien acompañado por los árboles, las flores y las aves que no paran de cantar. Le he quitado el sitio a una pareja de saltamontes en pleno apareamiento. Espero que perdonen mi inoportuna llegada.

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El viento ha rolado a poniente haciendo que crujan las ramas de los árboles y generando el típico murmullo del bosque. Llega a mí el frescor olor de las malvas. Aquí sus ejemplares adquieren una altura impresionante.

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Siento que mi mente está serena. No acuden a ella ningún tipo de pensamiento, Me concentro en disfrutar del paisaje y de este delicioso momento. Mi lado salvaje se despierta. Me incomoda estar vestido cuando toda la naturaleza está desnuda a mi alrededor sin ofrecer muestras de pudor. Ella me acoge con un elemento más del entorno. Incluso se diría que le agrada mi presencia. Pocas personas visitan este precios rincón de Ceuta que hace tiempo estuvo habitado por el hombre.

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Todo sigue su curso natural. Sobre las hojas de otoño ahora crecen miles de plantas con sus hermosas flores. Un abejorro hace las veces de sumiller probando el sabor de las flores y parándose en las más deliciosas.

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Una pareja de mariposas blancas realizan su amoroso vuelo a pocos metros de mi lugar de estancia.

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El viento dispersa las esporas que fertilizan el campo y hace que el ciclo de la vida continúe.

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No existe para mí ni pasado ni futuro en este instante. Sólo presente. Un eterno presente que reclama mi atención y dicta mi escritura.

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Llevo más de seis horas de recorrido y no me siento especialmente cansado.

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Las aves se interesan por mi presencia y se acercan hasta los árboles próximos. Tienen curiosidad por la visita que les ha hecho un ser humano. Me gustaría entender su lenguaje y conversar con ellas. Seguro que me contarían algunos secretos de la naturaleza y las leyendas que rodean a este misterioso sitio. Las mariposas también se acercan con similares precauciones. Quisiera seguir intimando con las criaturas de la naturaleza, pero debo regresar a casa.

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Al abrir la puerta de mi hogar me dio cuenta de que mi percepción de los olores está mucho más agudizada y al cerrar los ojos cuando me ducho las imágenes que acuden a mi mente son las de los colores de todas las flores que hoy he visto y fotografiado.  Sin duda este paseo matinal en plena estación primaveral ha despertado mis sentidos físicos y sutiles.

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NOCHE DE ENCUENTROS MÁGICOS

Ceuta, 11 de abril de 2017.

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Hoy es Martes Santo y esta noche contemplaré la luna llena. Yo he venido hasta el Monte Hacho, a un cerro que se encuentra enfrente del faro de Ceuta. Son las 19:51 h. En poco menos de una hora el sol caerá hasta perderse detrás de la Mujer Muerta.  Sobre un antiguo poste de la luz, en forma de cruz, reposan tres gaviotas. Este conjunto me recuerdan a los símbolos de la pasión y de la santísima trinidad.

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Estoy sentado sobre un viejo tronco de un árbol muerto y cortado con una motosierra. Me ha llamado la atención los orificios de las termitas y las marcas que han dejado otros insectos xilófagos. A pesar de llevar mucho tiempo muerto, este árbol no ha perdido su belleza y su calor.

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Cuando alzo la cabeza y fijo la mirada en Occidente observo parte de la bahía norte de Ceuta y la embocadura del Estrecho de Gibraltar. El levante ha dejado un delicado un delicado velo que cubre y difumina el paisaje. Noto en la espalda y en el cuello el húmedo aliento de Euro. La temperatura es muy agradable. La humedad del levante es compensada con el calor de los postreros rayos del sol. Me siento muy bien en este lugar que un día me enseñó mi padre. Cierro los ojos para concentrarme en el canto de las aves. Alguna que otra se deja ver, aunque sea sólo por un instante. En grupo de cinco o seis juegan en el aire al pilla pilla.

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Al caer la tarde los árboles y las plantas respiran con más fuerza y puedo disfrutar de sus nutritivas y deliciosas fragancias. Paseo entre ellas con mucho cuidado para provocar el menor daño posible. A cada momento me paro para deleitarme con sus colores y olores. A los pies de un vetusto pino han nacido varios retoños que aseguran la continuidad de este bello bosque.

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Un ejemplar solitario de cardota (galactites tomentosa) me recuerda a la zarza ardiente.

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…Se acerca la hora del ocaso. Las gaviotas anuncian la retirada del sol con sus bramidos. La neblina tiñe de color tabaco el horizonte. Esta tonalidad pronto tiende al dorado y de ahí al rojizo intenso. Contemplo esta estampa con suma emoción mientras que, como si fuera un enviado especial, tomo cumplida nota de los pormenores de la despedida del sol. Éste, como una gran bola incandescente, se oculta tras las montañas. ¡Adiós, sol!, le digo. Gracias por ofrecernos tu luz y calor. Toda la vida en la tierra depende de tu majestuosa presencia. Ahora me voy a contemplar a tu amante, la luna. Ya empiezo a echarte de menos, querido sol. Siento el frío de la noche incrementado por el viento de levante.

Júpiter sobre el fuerte del Desnarigado

Júpiter sobre el fuerte del Desnarigado

El manto oscuro de la noche empieza a ser visible en el horizonte. Son las 9:01 h. Dentro de diez minutos emergerá la luna de unas aguas en las que se unen en matrimonio sagrado la masculino y lo femenino. Espero con enorme serenidad la llegada de la Diosa Blanca. Mientras, en el centro de Ceuta, la misma diosa, bajo el apelativo de la Virgen de la Esperanza, se encuentra con su hijo-amante Nuestro Padre Jesús de Nazareno. El famoso encuentro entre el Cristo y la Virgen sucede al mismo tiempo que el protagonizado por el sol y la luna. No podía estar en los dos sitios al mismo tiempo, así que he preferido acompañar a la luna rosada. Para el encuentro del Nazareno y la Virgen de la Esperanza hay cientos de personas en la Plaza de África, pero para presenciar la reconciliación entre el sol y la luna estoy yo solo.

Encuentro en Nuestro Padre Jesús de Nazareno y la Virgen de la Esperanza (fotografía de Quino Sánchez Rodríguez)

Encuentro en Nuestro Padre Jesús de Nazareno y la Virgen de la Esperanza (fotografía de Quino Sánchez Rodríguez)

El momento del amanecer de la luna se aproxima. Lo sé porque las gaviotas empiezan a lanzar sus graznidos y a volar de manera frenética. Llevo mucho tiempo saliendo a contemplar la salida de la luna y me conozco muy bien el ritual de estas aves emparentadas con la diosa blanca. Un momento antes de ver el rostro anaranjado de la luna se enciende, como  el faro que tengo delante, el brillante Júpiter. Deseo ver el efecto de la luz lunar sobre la agitada superficie del mar, así que bajo hasta la playa del Desnarigado. Sirviéndome con la linterna del móvil llegó al espigón ubicado en el extremo occidental de esta hermosa cala. Sitúo la máquina fotográfica en el trípode e intento captar la belleza del momento.

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La noche es mucho menos negra con la luz de la luna. Un dulce blancura lo inunda todo. El blanco de las olas se potencia con el reflejo de la luz emitida por la diosa blanca…Apago la cámara y miro a mi alrededor. La inmensidad del cosmos me acongoja. Reconozco a algunas de las constelaciones y estrellas más importantes de las noches primaverales. Orión y sus perros se dirigen hacia Occidente y pronto dejaremos de verlo, mientras que, por Oriente, llega Virgo con su brillante estrella Spica. La Osa Mayor sigue impertérrita indicándonos el norte y veo a Hydra reptando sobre el horizonte. Y yo, un simple mortal, aquí estoy, disfrutando de este momento mágico. Una sensación extraña y placentera recorre mi cuerpo. Todo se ensancha y adquiere una profundidad inusitada. Mi campo de visión interior se abre para abarcar un paisaje nocturno fascinante y misterioso. Más allá de esta negrura infinita presiento la existencia de una fuerza que mantiene el universo en orden y armonía. Me siento atraído por este poder proveniente de una fuente lejana que se acrecienta en las noches de luna llena.

Cielo estrellado con el protagonismo de la constelación de Orión

Cielo estrellado con el protagonismo de la constelación de Orión

Al deshacer el camino desde el espigón a las murallas de la torrecilla presto atención a la sombra de mi cuerpo sobre las rocas. Es una sombra muy distinta a la provocada por el sol. La luna dibuja a la perfección mi silueta, con unos bordes tan claros que podrían recortarse con unas tijeras de manera sencilla.

Doy gracias a la Gran Diosa Blanca por hacerme participé de su magia y de esta noche de encuentro con su amado hijo.

VISITA AL SANTUARIO DE LA CALA DEL AMOR

Ceuta, 9 de abril de 2017.

Llevo un par de días levantándome más tarde de lo que es habitual en mí. Necesitaba descansar después de dos semanas de intenso y duro trabajo. Estas horas extras de sueño me ha sentado muy bien. Hoy me he levantado vital  y con fuerzas renovadas. Todo a mi vista al andar por casa me ha resultado mágico.  La diosa  de las serpientes cretense que tengo en el aparador parecía tener vida y calendario egipcio que cuelga en la pared de salón era el que marcaba los minutos de este luminoso día. La previsión era que iba a llover, pero, aunque contemplo algunas nubes, no hay atisbo de que pudiera caer agua del cielo. Las nubes llevan prisa en esta mañana dominical. Desconozco su destino, pero está claro que no es Ceuta. El fuerte viento de levante las lleva hacia Occidente, como si fuera un pastor conduciendo un celestial rebaño.

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Visto el día tan fantástico que hace, a pesar del viento, me he vestido y he salido de casa sin tener un destino decidido. Lo primero que he pensado esta mañana al abrir los ojos es que me voy a dejar guiar por la voluntad de la Gran Diosa. Ella ha querido que viniera hasta aquí, hasta la Cala del Amor.  Por el camino he sido acompañado por gorriones y golondrinas. Una de ellas, nada más salir de casa, se ha dirigido hacia mí y en el último instante ha virado para no chocar contra mi cuerpo. Les encanta jugar conmigo, y yo con ellas.

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Después de caminar apenas un cuarto de hora he llegado a la Cala del Amor. Aquí el viento sopla con fuerza salpicando mi rostro y el objetivo de la cámara con gotas de agua salada. El paisaje de este santuario costero es estremecedor. Siento toda la fuerza de la naturaleza golpeando las pardas rocas y mi rosado cuerpo. Comienzo a sentir esa conmovedora emoción que experimento cuando conecto con la naturaleza. El bolígrafo corre más rápido sobre la libreta iluminado por una luz cegadora que me transmite la sabiduría divina de Sophia. Ella toma el control de mi alma. Todo se ensancha y estrecha a la vez. Siento que soy uno con la tierra y cualquier inquietud que pudiera albergar mi corazón es arrastrada por el viento, como si fuera el envoltorio de un deseado tesoro a punto de abrir. Ese  tesoro soy yo mismo. Ese ser que se asoma cada vez que salgo de mundanal ruido y me retiro a alguno de mis santuarios preferidos. Desconozco la razón, pero en este lugar mi verdadero ser sale al encuentro de mí mismo para recordarme cuál es mi personalidad, agazapada en muchos momentos del día.

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Aquí estoy solo, pero me siento acompañado. Una atmósfera maternal me acoge. No siento frío ni calor, ni tampoco inquietud ni temor. La realidad es tan transparente como las cristalinas olas atravesadas por los rayos del sol. Este mundo, el que en este instante percibo, es el real. El otro, el artificial, el de los grandes hipermercados y el resto de no-lugares, apagan nuestra luz interior y ensombrecen nuestra vida. En la naturaleza la llama que guardamos en el centro de nuestra alma vuelve a resplandecer y la espiral de nuestro mundo interior recupera su giro ascendente. Este fuego es el motor que nos mantiene vivos. Aunque resulte paradójico, hay muchas personas que viven sin  vivir, es decir, sin percibir, sentir y reflexionar sobre la vida.

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…Experimento con mis sentidos. Cierro los ojos para darle la oportunidad a los otros sentidos para que tomen el protagonismo. El primero en coger la batuta es el oído, que disfruta con el bramido del mar y el viento. El siguiente es el olfato, que capta los matices del perfume del agua salada agitada y de la espuma de las olas. Llega el turno del tacto, que toma nota del calor del sol y del cimbreo del cuerpo por el empuje del viento. El gusto también reclama su papel y me relamo los labios para degustar el sabor a sal marina.

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Al abrir los ojos no puede apartar la mirada de las vivaces olas que adoptan infinitas formas y una amplia tonalidad de azules.

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…Unas amenazantes nubes grises avanzan en la dirección en la que me encuentro. No les temo en absoluto. La lluvia trae vida a la tierra. En el último momento las nubes cambian de rumbo y rodean por el norte al monte Hacho. El sol vuelve a resplandecer sobre el mar y las rocas.

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…Las gaviotas ya no sienten ningún recelo hacia mí. Vuelan cerca de donde estoy, tanto que escucho el batir de sus alas.

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RECIBIENDO A LA NOCHE

Ceuta, 2 de abril de 2017.

Llevaba muchos días sin hacer lo que estoy haciendo: salir un rato al encuentro de la naturaleza. Queda apenas un cuarto de hora para el atardecer. El mar está en calma y la elevación de la temperatura ha generado una tenue calima en el horizonte. El estado apacible del mar invita a las gaviotas a flotar serenamente sobre su superficie.

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Una golondrina pasa justo encima de mí, lo que me hace levantar la mirada hacia el cielo. Cuando lo hago veo a la luna en fase creciente.

El paisaje transmite una agradable sensación de paz y tranquilidad. Hasta el mar habla en voz baja. Da la impresión de que no quiere despertar a las gaviotas, algunas de las cuales, situadas cercanas a los arrecifes costeros, rompen el silencio con sus graznidos.

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Las nubes sobre el horizonte empiezan a tonarse rosas, reflejando sus colores y formas sobre un mar que hace las veces de espejo.

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Escucho de fondo el agudo canto de los vencejos que sobrevuelan Ceuta a cientos. El cielo, al igual que la tierra, está pletórico de vida. Las escaleras que bajan a la playa Hermosa han sido decoradas por la naturaleza con flores de tonalidades violáceas, blancas y amarillas, como si por ella fueran a subir la Gran Diosa. El rosa del cielo se extiende como un manto de seda sobre el mar hasta llegar a la orilla. Nunca antes había visto una franja verde en el horizonte, sobre la que reposa una ancha banda azul que es preludio de la noche. Entre el mar y el cielo dibujan un impresionante arco iris de una belleza extraordinaria.

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Por donde el sol muere las nubes se vuelven granate. La noche se aproxima y dejo que me envuelva con su oscuridad. La blanca luz de la luna cada vez es más intensa y no tardarán en hacer acto de presencia las estrellas.

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Las gaviotas vuelan hacia Occidente huyendo de la noche. El día busca un desesperado refugio en la bahía sur de Ceuta, que se vuelve dorada como el bronce bruñido.

Empiezo a notar el frío de la noche y la imparable oscuridad. El azul del cielo cada vez es más intenso. Una pareja de gaviotas pasan cercan de donde yo estoy graznando de manera musical, con una melodía que suena a despedida.

La silueta de las montañas se disipa al mismo tiempo que se encienden las luces de Ceuta y de la vecina localidad marroquí del Rincón. Otro tipo de luces, las estrellas, se encienden en el cielo. La primera que aparece es la misteriosa y mágica Sirio. Me quedo admirado al contemplar el surgimiento de la figura de Orión con su cinturón de brillantes estrellas.

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El aroma de las plantas y flores en cuanto cae la noche es muy agradable. Desprenden todas sus fragancias que atraen a muchos insectos. Es un momento importante para ellos. Disponen de pocos minutos para que la noche cubra completamente a la tierra y les resulte difícil alimentarse de los néctares florales.

De camino a casa no deja de mirar al firmamento con su oscuro azul que pronto será negro. El regreso del sol al inframundo permite apreciar la inmensidad del universo. Mi mente se expande tanto como el cosmos que tengo delante. Contemplo los dominios de la Musa Urania y logro acercarme al gran milagro que supone la vida. Todo gira y gira en forma de espiral, y nosotros estamos atrapados en este remolino eterno, pero, de  vez en cuando, como yo lo he hecho esta noche, podemos pararnos y abrir los ojos ante el fascinante espectáculo de la naturaleza y el cosmos. Entonces te abres a la vida en toda su plenitud e inmenso poder y dejas que te atrape entre sus brazos para conducirte hasta donde ella quiere llevarte con la seguridad de que allí te espera la dicha.