VENDAVAL

Ceuta, 27 de enero de 2017.

Son las 17:05 h. Estoy sentado en uno de los bancos situados junto a la entrada del Campus Universitario de Ceuta. Hoy es día de vendaval. El aliento de skirion, el dios del viento del noroeste, está desatado. Sopla con tremenda fuerza desplazando contenedores y derribando las frondes de las palmeras. Es un viento frío y seco que engarrota mis manos y hace que lagrimeen mis ojos, a pesar de que llevo gafas. Las hojas de los plataneros bailan al frenético ritmo que les imprime el fuerte viento.

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Las nubes se desplazan a una velocidad desacostumbrada generando unos atractivos juegos de luces y sombras. Siento el frío viento del noroeste en la nunca, al mismo tiempo que recibo los cálidos rayos del sol en los hombros.

La atmósfera está limpia. Tengo la sensación de que este vendaval anuncia cambios en mi vida. Todas mis preocupaciones son barridas y arrastradas por el viento. Respiro una bocanada de aire fresco y renovado. Los colores de lo que tengo antes mis ojos en este instante son puros y brillantes.

…El viento incrementa su intensidad. No da tregua a los pobres árboles. Viento, sol, nubes y frío se combinan para crear un ambiente mágico. Las hojas vacías de la libreta se abran como si quisieran mostrar las palabras que vendrán y ahora no consigo adivinar ¿Qué será de mi futuro a partir de este momento? ¿Qué me tiene reservado el destino? El calor que ahora siento por la momentánea tregua del viendo me hace estar esperanzado ante el futuro. Es un presagio de buenos augurios.

La visión de las nubes que pasan por encima mía me recuerdan el inexorable paso del tiempo. Mi vida es un minúsculo intervalo entre una eternidad pasada y una futura. Pero yo estoy aquí para cristalizar este instante. Entre este vendaval y los que llegarán está éste que yo estoy experimentando.

Las gaviotas juegan a hacerse pasar por cometas. Se les nota que disfrutan con el vendaval. Al acercarme a la iglesia del Valle puedo contemplar el Estrecho Gibraltar por el hueco que abre la cortadura del Valle. El viento norteño arrastra las olas de frente hasta el litoral septentrional de Ceuta. El mar adquiere un brillante color verde al golpear las costas ceutíes. Entiendo que esta tonalidad es el resultado de la propia disolución de la savia verde del Monte Hacho en el mar Mediterráneo.

Desde el banco ubicado en la entrada de la iglesia del Valle puedo observar la danza de los árboles del Monte Hacho. Las palmeras son las más bailarinas y animan a sus compañeras auricarias a seguir su ritmo, pero su mayor estatura las hace más torpes. Los eucaliptos bailan también con mucha gracia, mientras que los densos pinos sólo mueven sus copas de forma pausada.

CARTA ABIERTA A NUESTROS JOVENES

Anoche estuve viendo en la televisión una entrevista que le hicieron a una chica de veintinueve años. No es nadie conocida. Es una de tantos jóvenes en este país, bien formados, que no encuentran trabajo, o el que han tenido o tienen son ejemplos palmarios de explotación laboral. La chica de la que les hablo estudió diseño y vive en Madrid. Tuvo un trabajo en una empresa relacionada con su formación que le hizo un contrato de treinta horas, pero le exigían trabajar más de cuarenta. Todo por un sueldo que no llegaba a doscientos cincuenta euros. Al final se vio obligada  a dejarlo,  ya que le costaban más los desplazamientos hasta el puesto de trabajo que el dinero que recibía como nómina. Dicho esto, el entrevistador le preguntó a esta chica cómo imaginaba el futuro. Su respuesta fue que no pensaba más allá de dos años. Que no le queda más remedio que vivir día a día. Y que era plenamente consciente de que ni ella, ni la mayoría de los chicos y chicas de su generación, llegarían a alcanzar el nivel de vida que han gozado sus padres.

Al terminar la entrevista me quedé pensando sobre las palabras dichas por esta chica. Pensé en el mundo que les ha tocado vivir a los miembros de  su generación. Un mundo modificado de manera irracional por sus congéneres, contaminado sus ríos, sus mares y su aire por un sistema económico contrario a la vida, sin expectativas de empleo y marcado por una sociedad individualista y consumista. Forman parte de una generación completamente desvinculada de la naturaleza, con los sentidos aletargados y anestesiados por el abuso de las nuevas tecnologías de comunicación. Sus experiencias vitales son cada día menos significativas y sus conocimientos cada día más estériles. Este último proceso no es nada nuevo. Lleva siglos gestándose y fue denunciado cuando daba sus primeros pasos por insignes intelectuales como Ralph Waldo Emerson. Él ya advirtió que “el civilizado construye carruajes, pero ha perdido el uso de los pies. Se apoya en muletas, pero en la misma medida ha perdido el vigor de los músculos. Lleva un hermoso reloj suizo, pero ya no sabe averiguar la hora valiéndose del sol. Puede consultar el almanaque náutico de Greenwich y estar seguro de encontrar todas las noticias que precisa, pero no conoce ninguna de las estrellas del cielo. No observa el solsticio y sabe muy poco del equinoccio. Todo el brillante calendario del año no tiene un cuadrante en su mente. Su agenda debilita su memoria; las bibliotecas abruman su ingenio; los seguros aumentan los accidentes”.

Del anterior texto de Emerson les invitamos que cambien la palabra carruaje por coche, el reloj suizo por los modernos relojes de pulsera, el almanaque náutico por el gps, la agenda por el Smartphone y las bibliotecas por google y tendrán ante sus ojos un preciso dibujo de nuestro tiempo. Todas estas máquinas no han hecho más que debilitarnos y  hacernos cada día más dependientes de los dictados de los mercados. Hemos perdido nuestra autonomía y capacidad para la autosubsistencia. ¿Cuántos de nosotros sobreviviría en un entorno natural sin acceso al complejo entramado civilizatorio? La mayoría de la población desconoce las técnicas básicas del cultivo, la pesca o la ganadería. Tampoco saben distinguir un fruto saludable de uno venenoso, ni tienen ni idea de las propiedades curativas  de las plantas. Todo el conocimiento que han adquirido en la escuela no les valdría para nada si tuviesen que sobrevivir en la naturaleza.

Ante este panorama cabe hacerse una pregunta: ¿A que esperan nuestros jóvenes para tomar las riendas de sus vidas? ¿Todavía no se han dado cuenta de que no pueden ni deben esperar nada de las instituciones que gobiernan el mundo? ¿Por qué se conforman con una realidad que les impide llegar a ser lo que son y desplegar todo su potencial? Las aguas de la sociedad están estancadas y los jóvenes deben ser los que rompan los diques que hoy día impiden el fluir de sus vidas. Pero no lo harán si no recuperan algo tan esencial como la confianza en sí mismos. Nuestros jóvenes no tienen por qué seguir el ritmo de tambores tocados por los muertos, ni cumplir los dictados de las instituciones que estos mismos tamborileros crearon para un tiempo que no es el nuestro. No busquéis los responsables de vuestras desdichas en la política, ni en la economía ni en la sociedad. Vuestros verdaderos enemigos están en vuestro interior. Ahí residen la indolencia, la pereza y la búsqueda del placer, pero también viven con ellos la voluntad, el esfuerzo, el carácter, la identidad y el valor. Vosotros decidís quien manda en vuestro mundo interior, si un bando u otro. Pues, bien, yo os repito las palabras del sabio Emerson: “basta de desconfiar de vuestras capacidades. Apresuraos a proyectar, ejecutar, realizar. No concedáis un instante a los plazos de la pereza. La obra es vasta; el tiempo breve; la ocasión, fugitiva, no se presta jamás a nuestras exigencias”.

Que nadie se confunda. Este escrito no es una oda al “emprendimiento empresarial”. Más bien todo lo contrario. Es un llamamiento al cultivo del fértil suelo de las almas de nuestros jóvenes. Las semillas que deben plantar son las que hallarán en la naturaleza que les rodea y que ahora dan la espalda. Todo lo que necesitan saber lo pueden aprender a través de la atenta observación de la naturaleza. Allí aprenderán otra vez a percibir, a sentir y a pensar por sí mismos. Estas experiencias en contacto con el medio natural serán el abono necesario para que florezca una vida plena y elevada. Sus vidas reencontrarán el camino de la bondad, la verdad y la belleza. Adquirirán un solida ética personal que hará posible un mejor entendimiento entre los pueblos y garantizará la preservación de la vida en la tierra. Desarrollarán la capacidad de extraer lo esencial de la ciencia y la filosofía. Y lograrán algo fundamental: ser ellos mismos y cumplir con su misión existencial.

Ante tanto mensaje negativo nosotros le decimos a nuestros jóvenes: ¡Adelante! ¡No os conforméis con  la vida que lleváis! ¡Vivir deliberamente, con un propósito claro y sencillo! ¡Estar atento a lo que la vida tiene que enseñaros! Como dijo el bueno de Henry David Thoreau, “vivir es caro”, así que no practiquéis la resignación a menos que sea completamente necesario “¡Vivir con profundidad y absorber toda la médula de la vida!” ¡Vivir de manera tan simple y sincera como seáis capaces de hacerlo! ¡Dejad atrás todo este mundo de lecciones rotuladas, de abstracciones enfermizas, de marcas y móviles inteligentes que os vuelven estúpidos y dirigiros a la común, lo divino, lo original y concreto! ¡No leáis el diario! ¡Leed la eternidad! Esto que os decimos, nos lo decimos a nosotros mismos y al resto de los adultos. No somos predicadores, sino aspirantes a nosotros mismos. Nos consideramos buscadores insaciables de la bondad, de la verdad  y la belleza que hemos sido educados al igual que vosotros, los jóvenes. Fuimos igualmente apuntados de nuestros sentidos sutiles, reducidos a simples números en la escuela, la universidad y el mercado laboral. Separados de la naturaleza, criados en el miedo a la vida y conformados a la opinión general. Pero conseguimos salir del rebaño. Aprendimos a tener voz propia, a decir en todo momento lo que pensamos y a asumir las consecuencias de la rebeldía en un mundo de apatía y conformismo. Nos comprometimos con la defensa de la naturaleza y empezamos a aprender de ella. Y así, de manera progresiva, empezó nuestro renacimiento. Del tronco mutilado por la sociedad empezaron a salir nuevas y vigorosas ramas con las que captamos una realidad diferente. Nuestras raíces profundizaron hasta estratos desconocidos de nuestra tierra natal, alimentándonos de unos nutrientes desconocidos que nos han hecho fuertes, en algunos casos salvajes, resistentes a las críticas y al mismo tiempo flexible ante el comportamiento general de la sociedad, sin vanagloriarnos de nada, pero sin demostrar falso pudor ni vergüenza a la hora de expresar nuestros sentimientos y pensamientos.

Siguiendo el ejemplo de Walt Whitman y del retrato que de él hizo Giovanni Papini, hemos salido de casa y de la ciudad. Hemos sentido y amado directamente las cosas, las más delicadas y las sucias. Hemos expresado “nuestro amor sin contemplaciones, ni palabritas dulzonas, sin adminículos métricos, sin respetar demasiado las santas tradiciones, las honestas convenciones y las estúpidas reglas de la buena sociedad” (Giovanni Papini). Nos hemos vuelto, tenemos que confesarlo, un poco salvajes, y a mucha honra. Es bastante llamativo el hecho de que salvajismo y sensibilidad vayan de la mano. Cuando más salvajes somos, más sensibles nos hemos vuelto. Tenemos que darle la razón a Emerson cuando afirmó que “el gran hombre retorna al hombre esencial”. Éste es un ser realmente libre, salvaje, que encuentra su verdadero hogar en la naturaleza respetando sus normas y leyes. Un hombre y una mujer que enfrenta con valentía la vida y la muerte que con ella va asociada. Lo dijo no hace mucho el escritor Arturo Pérez Reverte: tenemos que elegir entre el papel de lobo o el de cordero. Allá cada cual con la decisión que toma. Vosotros, los jóvenes, sois los primeros que debéis decir que hacer de vuestra vida. Una existencia de resignación, apatía y conformismo, o una vida de rebeldía, pensamiento elevado y acción perseverante.

ECOS DE VOCES LEJANAS

Ayer por la tarde estuve con mis alumnos del Master de Educación Secundaria de la Universidad de Granada en el Monte Hacho. Ha sido el grupo más numeroso que he llevado para hacer prácticas de educación integral o vitalista. Eran seis alumnos: dos chicas y cuatro chicos. Tras una breve charla introductoria sobre la actividad y la historia de Ceuta nos introdujimos en el Parque de San Amaro. Paramos en la fuente de la Teja para hablarles de este sitio y, a continuación, avanzamos por los caminos del Hacho. Según observábamos distintas especies de flora les fui explicando sus características y animándoles a que las tocaran y olieran para que captasen con sus propios sentidos las esencias de estas plantas. Así llegamos hasta el grupo de pinos que yo llamo la cama del Hacho. Allí hicimos una parada para leer un pasaje del libro “Walden”, escrito por Henry David Thoreau que dice lo siguiente:

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberamente, enfrentarme sólo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera vida, pues vivir es caro, ni quería practicar la resignación a menos que fuera completamente necesario…”

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Una de las alumnas leyó el anterior fragmento, mientras que el resto del grupo dirigía sus miradas hacia el horizonte marino. Desconozco lo que cada uno de ellos sintió y pensó. A  mi me gustaría pensar que esta lectura, junto al poema de Walt Whitman, que leyó otro alumno, les conmovieron y les haga recordar este momento en el futuro.

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Me pareció mágico que unas palabras escritas hace doscientos años por Henry en las orillas de la laguna de Walden hayan llegado hasta Ceuta para ser leídas a la sombra de los pinos del Monte Hacho. El eco de estas palabras se va haciendo cada vez más fuerte y llega cada vez más lejos. Está siendo un proceso lento, pero constante y firme. El propio Henry sabía que iba a ser así, que la repercusión de sus libros llegaría pasado mucho tiempo. Este hecho me anima a seguir escribiendo con la mirada puesta en el infinito, como hicieron ayer mis alumnos.

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Puede que en el futuro otros jóvenes lean en este mismo lugar no sólo a Henry o al sabio Walt, sino también algunos de mis escritos. Nada me gustaría más que ser incluido en la familia de  los transcendentalistas, aunque sea como un miembro menor. Un escritor que, como Henry, estableció con su tierra natal un vínculo muy profundo basado en el amor mutuo. Ella me ama por ser uno de sus frutos y por mi labor de defensa de su naturaleza y su historia. Y yo la amo a ella por todo lo que me ha dado: por abrirme los ojos y despertar a una nueva realidad en la que todos mis sentidos participan, por ayudarme a acumular experiencias significativas, por todos los momentos de éxtasis que he vivido, por todos los conocimientos que me ha aportado para entender la naturaleza, el cosmos y el significado de la vida, por haber contribuido a que sea capaz de apreciar su sublime belleza y, por encima de todo, le agradezco que me haya permitido vivir una vida rica, plena y significativa.

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El genio del lugar, el de mi Ceuta natal, es que hace posible la vida que llevo. Ella tiene nombre de mujer. Confío en su nombre, Sophia, y en el acierto con el que conduce mi vida, aunque no siempre comprenda sus decisiones. No está a mi alcance  descifrar las claves de mi vida y los pasos de mi destino. Ahora empiezo a entender que estos casi cuatro años de inactividad laboral han sido los que me han permitido dar forma a mi obra y encontrar los hallazgos arqueológicos que me han servido para desvelar el rostro del espíritu de Ceuta. He tenido la oportunidad de conocer Ceuta de primera mano, a través de mis paseos, de estudiar su patrimonio natural y cultural y de contribuir a la preservación de algunas tradiciones, como las salazones de pescado. Este tiempo también me ha servido para desarrollar mi habilidad para la escritura, para perder el pudor a expresar mis sentimientos, para convertirlos en elevadas emociones y para pensar, imaginar y llevar a cabo mis ideales, ideas y creaciones. Desconozco lo que el futuro me depara y cuál será el destino de mis escritos. Espero que mis palabras se sumen a los ecos de voces lejanas como las de Henry D. Thoreau, Walt Whitman o Ralph Waldo Emerson.

LA LLAMADA DEL GALLO

Ceuta, 22 de enero de 2017.

Son las 7:13 h. Me levanto y me asomo por la ventana. Mercurio, Saturno y la estrella Antares marcan los peldaños de una escalera que lleva hasta la media luna. Es una escalera que ha trazado la Gran Diosa para subir y bajar a la tierra. Me quedo mirando la curvada forma de la luna, por si veo a mi gran Musa, pero a esta distancia no es posible apreciarla.

La cortina de la noche se descorre para que entre la luz del nuevo día. El visillo es de un fascinante color azul, en el que aún cuelgan aún las estrellas más brillantes. No hay ni una sola nube y el viento acaricia las copas y ramas de los árboles. Hace todavía fresco, pero no el frío de los últimos días. A esta temprana hora a los únicos que escuchan es a los madrugadores gallos. Abro mi ejemplar de Walden y las primeras palabras escritas por Henry David Thoreau:

“No pretendo escribir una oda al abatimiento, sino jactarme con tanto brío como el gallo encaramado a su palo por la mañana, aunque sólo sea para despertar a mis vecinos”.

Mi familia, mis vecinos, todos duermen a estas horas de un despejado domingo. Desconozco cuántos habrá como yo escrutando el cielo para captar los detalles del amanecer. El impulso que siento es vestirme para ir a presenciar la llegada del sol. Y eso es lo que hago sin pensármelo dos veces…

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…He llegado hasta una elevación cercana al fuerte del Sarchal. Es un espacio amplio y ancho en el que me puedo sentar con comodidad. Una franja de nubes sobre el horizonte oculta la salida del sol, que llega puntual a su cita. Son las 8:28 h y las nubes adquieren el color dorado del astro rey.

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Poco a poco se va elevando y marcando una alargada sombra de luz sobre el mar. Un mar intensamente azul, que en contacto con la orilla emite un sonoro bramido. Tengo una sensación extraña. Es como si las olas rompieran contra los diques de mi alma e inundara mi interior con su poder. La sincronía entre el mar y mis aguas interiores es casi perfecta.

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Siento que la llegada de los rayos solares renueva mi energía cósmica. Recibo esta fuerza con los ojos cerrados y en posición de Buda. Al abrir los párpados el paisaje ha cambiado. Los colores han vuelto a los acantilados de la Rocha. La vida se despierta en esta mañana dominical.

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Observo con atención como las yemas de las flores de algunas plantas han estallado y muestran sus blancas hojas. Los gorriones picotean los frutos de los granados abandonados en la huerta del Cateto, mientras los gallos, que esta mañana querían despertarnos, corretean tranquilos entre los árboles. Han realizado su trabajo, aunque pocos hemos atendido su llamada.

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ESCRIBIENDO ANTE EL ATLANTE DORMIDO

Ceuta, 20 de enero de 2017.

Estoy desayunando en el nuevo cafetín de Benzú. Caliento mis manos con un té moruno, mientras contemplo el Estrecho de Gibraltar. Las cumbres que sirven de telón de fondo del Peñón están nevadas. Estamos ante un imagen que es difícil se repita en mucho tiempo. No quería perdérmela, así que he preparado mi máquina fotográfica para inmortalizar esta bella estampa.

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Después de desayunar he bajado hasta la playa. El viento que entra desde el Atlántico por el Estrecho de Gibraltar es gélido. Siento el frío en los pies, las manos y el desnudo rostro. Una sensación que me resulta agradable. De vez en cuando necesitamos refrescarnos saliendo del habitual confort. Hay que percibir el frío invernal con la misma intensidad que lo hacemos con el cálido verano. La atonía climática es muy aburrida y poco saludable. El aire que ahora respiro es puro y limpio.

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Una de las imágenes que me llevo de esta mañana es la del desfile de las olas por el Estrecho de Gibraltar. Parece una muchedumbre de peregrinos que se dirigen, con alegría, a rendir culto en un lejano santuario situado en el Mediterráneo. Está siendo un momento mágico el tomar conciencia de este discurrir de millones de olas procedentes del Atlántico que siguen a buen paso su camino. Bien distinta es la imagen que ofrecen estas mismas olas cuando salen del Mediterráneo. Dan muestra de su cansancio dejándose llevar por el viento y la marea. Tantos milenios yendo y viniendo y hasta ahora nadie ha prestado atención a este peregrinaje. Ya era hora de que alguien se percatara de este viaje.

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Desde el punto en el que me encuentro contemplo la sagrada y mágica figura del Atlante dormido.

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Voy a  aprovechar un orificio natural en la ocre arenisca como improvisado asiento. Pero cuando me dispongo a sentarme aparece un bello gato que reclama este asiento como suyo. Su protesta ha sido amable, pues enseguida se ha acercado hasta mí para saludarme.

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Ha dejado que le acaricie el lomo y ha dado vueltas alrededor mía. Luego se ha dirigido hacia la orilla.

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Al cruzarse nuestras miradas ha ocurrido algo fantástico. Una ola ha saltado entre las rocas ofreciendo la misma cara del gato. Es una prueba evidente del momento mágico que estoy viviendo a los pies del Atlante.

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Esta montaña antropomórfica me transmite una gran serenidad. Es un vínculo impertérrito entre el pasado, el presente y el futuro. La boca del Atlante está sellada por orden de los dioses, pero si pudiera hablar nos contaría las mil y una aventuras que han observado aún con los ojos cerrados. Nos hablaría de la llegada de Ulises a esta Bahía. Del amor de Calipso por él y de sus paseos por los viñedos y cedros que el héroe de Ítaca conoció en este lugar. Orgulloso aludiría el Atlante a los manantiales que surgen de su vientre y de las manzanas del árbol de la vida que celosamente guardo y se llevó el astuto Heracles.

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También nos contaría la historia de  los navegantes fenicios y púnicos que anclaron sus naves en este lugar para el avituallamiento de agua y alimentos. Se referiría a los romanos que buscaron refugio en la bahía para protegerse de los temporales. Quizás nos diría algo de los dromones bizantinos que el conde Don Julián presto a los musulmanes para cruzar el Estrecho que debe su nombre al capitán de estas tropas árabes. A ellos no se les pasó por alto la singular belleza de este lugar y aquí, sobre la parte superior de un farallón de paredes verticales que sirve de privilegiado balcón al mar, construyeron los sultanes de Ceuta una residencia de veranos que nada tenía que envidiar a los jardines del Generalife.

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Con gran tristeza nos hablaría sobre los cientos de cetáceos que vio destripar y despiezar en la instalación ballenera que noruegos y españoles instalaron junto a sus pies. La sangre de estos hermosos mamíferos tiñeron de rojo a las ahora verdes aguas de Beliunex.

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…Según pasan los minutos se destacan más los detalles del cuerpo del Atlante dormido. Lo que siempre los ceutíes hemos identificado como los pechos de una mujer, a mí me parecen en este momento las manos recogidas sobre el pecho del comandante de los titanes. Él fue el primer revolucionario de la historia. El primero que desafió la voluntad de los dioses supremos. Su fuerza y valentía fue reconocida hasta por sus propios enemigos. Fue el único de los rebeldes que no sufrió el destierro al infernal Tártaro. Su castigo consistió en portar sobre sus hombros el peso de la tierra. Ahora yace aquí, petrificado, por culpa del escurridizo Perseo que le mostró la cabeza de Medusa. Su tumba eterna sirvió de advertencia a los navegantes de la antigüedad sobre los peligros de adentrarse en un mar tenebroso en el que se encontraba las mismas puertas del Hades.

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Cada día el Atlante observa el extraordinario espectáculo de ver al sol penetrar en las entrañas de la tierra, que son los dominios de Plutón. Al abrirse las puertas del inframundo el rojo de las llamas del infierno pintan de rojo el cielo antes del que el día pase el relevo a la noche.

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Sé que tengo que volver a la ciudad, pero me resisto a hacerlo. Quiero seguir disfrutando de esta intensa luz, del azul del mar y del contraste de su color con el ocre de las areniscas, del verde esmeralda de la bahía, de las blancas salpicaduras de las olas, de la inmersión en picado de los charranes, de las sugerentes formas de las nubes, de la imponente figura del Atlante, del sonido del mar y del viento, del olor a sal que me acompañará todo el día, del tiempo que parece detenido para que pueda conectar con lo divino y mágico de este lugar.

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Deseo que mis palabras sean tan inmortales como el Atlante dormido. Que pasen los años y no se corrompan, como tampoco lo ha hecho el cuerpo del Titán. Que este lugar siga siendo un testimonio de la eternidad, de la belleza infinita de la tierra y un símbolo del poder evocador de los paisajes para recuperar el carácter divino del ser humano. No tengo más que decir,…por ahora.

EL NOVENO DÍA

Ceuta, 18 de enero de 2017.

Aprovecho la hora del desayuno para leer algunos pasajes de la biografía de Henry David Thoreau publicada por el escritor estadounidense Kevin Dann. Lo que he leído esta mañana tenía que ver con “Walden”, el libro más conocido y valorado de Henry. La lectura de este apartado del libro me ha permitido tomar conciencia del carácter sagrado e iniciativo de esta obra, algo que ya sospechaba. Este libro oculta mensajes muy profundos, tanto como la propia laguna de Walden. Una laguna que Thoreau estudió con gran rigor científico para obtener una precisa carta barimétrica. Cuando leí este apartado de “Walden” no entendí muy bien su significado. Me pareció incluso algo innecesario que dedicará tantas páginas a la topografía y profundidad de la laguna. No ha sido hasta esta mañana cuando he captado toda su “profundidad”. El plano barimétrico de la laguna permitió  a Henry descubrir que ocultaba el símbolo cristiano por excelencia: una cruz latina. Una cruz, cuya intersección de las dos líneas, marcaba el punto de mayor profundidad de la laguna. Henry observó que esta regla se cumplía en otras lagunas cercanas. Descubrió, de esta forma, que era posible localizar el punto más profundo de una laguna mediante la observación del perfil de su superficie y las características de sus orillas. Siguiendo esta ley, y aplicándola al campo de la ética, sería posible, según Henry, calcular la profundidad del carácter de una persona. Para hacerlo basta con trazar “las líneas correspondientes a lo largo y a lo ancho del conjunto de comportamientos cotidianos y particulares de un hombre y las oleadas de la vida en sus calas y afluentes”.

Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

Al leer la identificación que hizo Henry entre la laguna de Walden con un símbolo de la Verdad suprema, pensé en el Estrecho de Gibraltar y su punto de mayor profundidad. Quería comprobar si la ley descrita por Henry se cumplía en mi propia geografía vital. Busqué en internet imágenes de la barimetría del Estrecho de Gibraltar, y así di con una página web (www.atlantidaegeo.com), en la que se expone una sugerente hipótesis sobre la localización de la Atlántida y las causas del hundimiento de estas míticas islas. Según el autor del libro titulado “De Gibraltar a la Atlántida”, en tiempos remotos hubo un cataclismo, posiblemente un terremoto, que abrió el istmo cerrado que separaba el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo. Al romperse este dique natural, de manera repentina, hubo una rápida subida del nivel del mar que provocó el hundimiento de las islas que conformaban la Atlántida.

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Al observar la reconstrucción que el autor del mencionado libro propone del istmo y de la laguna existente en su lado oriental, y comparar esta última con la laguna de Walden me he quedado muy impactado por su asombrosa semejanza. La forma de las costas del Estrecho de Gibraltar, antes de la rotura del istmo, y la laguna de Walden es muy parecida. No es menos sorprendente que la ubicación  de casa natal de Thoreau en el plano hecho por el mismo coincidía con la situación de Ceuta, mi lugar de nacimiento y vida.

…Se abre un hueco en el cielo entre las espesas nubes que llevan toda la mañana con nosotros dejándonos lluvia. Los rayos del sol inciden en mi libreta y retomo la escritura después de mirar planos y fotografía de Walden y de los paisajes de Concord. Necesito tiempo para reflexionar sobre el trascendental descubrimiento que he hecho hoy. La similitud en la forma de la laguna de Walden y la que un tiempo fue el mar de Alborán es sorprendente. Tanto Henry David Thoreau como yo nacimos y vivimos junto a una profunda laguna. Voy acumulando pruebas de que Walden y Ceuta son puertas a la eternidad por la que entra y sale energía cósmica desde algún planeta lejano. Puede que en el caso de Ceuta sea Plutón, ya que existe un lugar con la misma forma de mi ciudad en este planeta.

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El número siete, el mes de su nacimiento, marcó el ritmo de la vida de Henry. Yo nací en septiembre, el noveno mes del año. El nueve es el número de la Gran Diosa y el de las Musas, que siempre me han acompañado, así como de Plutón, el noveno planeta que ha sido identificado en nuestro sistema solar. Nací en luna llena, como Henry, en un periodo de conjunción entre Urano y el mismo Plutón. Una época caracterizada por una efervescencia de la vida, de la sexualidad y del amor por la naturaleza. El día de mi nacimiento los Beatles lanzaron el álbum Abbey Road.

Aún me queda mucho por saber respecto a la influencia de los astros en mi vida. Poco a poco me voy acercando a la verdad. Hoy he dado un paso de gigante al constatar la indudable relación entre la laguna de Walden y el Estrecho de Gibraltar. El mismo vínculo que existe entre Thoreau y el que escribe en este instante. Lo siento tan cercano que me siento con ánimo para considerar mi hermano y llamarlo por su nombre: Henry. Los dos hemos visto, sentido y pensado de manera muy peculiar y diferente a la de nuestros coetáneos. Nuestra relación con los respectivos lugares de nacimiento ha sido muy especial e íntima. Sin saber cómo ni porque el espíritu de los sitios que nos vieron nacer nos eligieron para que fuéramos sus portavoces y defensores antes los daños que les causaban unos principios económicos depredadores del territorio. A ambos no ha interesado la arqueología y la historia, y hemos sido iluminados para encontrar hallazgos arqueológicos sorprendentes y de gran calado. Nos ha preocupado que se pudieran perder las tradiciones y costumbres que hunden sus raíces en los más profundos de nuestras tierras o ancladas en el fondo de los mares, como es mi caso con las salazones de pescado.

El genio del lugar, que ambos hemos sabido que en realidad era la Gran Diosa Sophia, nos ha entregado un gran don: el despertar de los sentidos sutiles. Mi hermano Henry fue el encargado de explicar cuál ha sido el resultado este despertar que los dos hemos experimentado:

“Ahora escucho, cuando antes sólo tenía oídos,

Ahora veo, cuando antes sólo tenía ojos,

Ahora vivo, cada instante, cuando antes sólo vivía años,

Y distingo la verdad, yo, que antes sólo era sensible al saber”.

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Gracias a este despertar hemos gozado de experiencias sensitivas y sentimentales muy significativas y trascendentes. En nuestro interior se ha producido un proceso alquímico que ha convertido estas experiencias en momentos de éxtasis místico. Con suma facilidad hemos podido entrar y salir de una dimensión desconocida por muchos a través de una puerta abierta por los dioses para nosotros. Si lo han hecho ha sido porque así lo desean, y para que pudiéramos explicar lo que hemos visto nos han dado la capacidad de la escritura. Realmente tanto Henry como yo sabemos que quién maneja nuestra mano al escribir son los propios dioses y diosas. Son ellos quienes nos dicen cuándo y dónde nos debemos sentar a escribir. Prefieren que lo hagamos en la naturaleza, ya que allí sus voces nos llegan con más facilidad y claridad. En estos momentos de éxtasis somos capaces de excavar hasta los estratos más profundos de nuestro inconsciente, donde encontramos tesoros inimaginables. Tal y como sucede en las excavaciones arqueológicas, la mayor parte de los material está disperso y fragmentado, por lo que requiere un minucioso proceso de encaje de las piezas, de reconstrucción e interpretación histórica antes de mostrarlo a una opinión pública interesada en estos tipos de “hallazgos”.

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Estos hallazgos son símbolos destinados a nutrir la imaginación de nuestros lectores. Símbolos de una realidad intangible, de un mundo ideal cuyos cimientos son la bondad, la verdad y la belleza. Este mundo está por construir, pero los planos ya existen. No hay que buscarlos en oscuros archivos ni bibliotecas secretas. Están delante de nuestros propios ojos, aunque pocos los vean. Para ver estos planos hay que ser capaces de contemplar el firmamento, aunque de sea de día y las nubes cubran el cielo. Hay que sentir esa energía cósmica que nos llega del cosmos y hace posible la vida, además de iluminar nuestras almas. Estamos hechos de la misma sustancia que las estrellas, por eso tienen la capacidad de guiarnos en nuestro camino por la vida.

Pero no debemos mirar tan sólo al cielo. Como dijo mi hermano Henry “nuestro cielo está aquí o no está en ningún sitio”.

“Aunque vemos cuerpos celestes moverse sobre la tierra, labramos y amamos este suelo”, John Donne.

Esta última idea ha sido fundamental en los escritos míos y de Henry. Los dos hemos amado con gran pasión nuestros lugares de nacimiento, que hoy hemos descubierto que son muy similares. Este amor es el que nos ha abierto la puerta a la sabiduría de la naturaleza y al disfrute de su belleza. Tanto Henry como yo hemos querido corresponder al amor que hemos sentido de la naturaleza escribiendo sobre ella, dándole vida con nuestras palabras y defendiéndola como nuestra voz. Lo hemos hecho siempre con la esperanza puesta en que nuestros respectivos vecinos despertasen a tiempo para tuvieran la misma oportunidad que hemos tenido ambos de lograr una vida plena, rica y significativa.

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Puedo decir, en nombre de los dos,  que hemos vivido una vida que merecía ser vivida. Todo lo que hemos experimentado, sentido, aprendido, pensado y realizado está recogido en nuestros libros. Este es nuestro legado. La bruma sobre el mundo que está por venir todavía es espesa. “Aún estamos naciendo, y hasta ahora no tenemos sino una visión borrosa del mar y la tierra, del sol, la luna y las estrellas, y no vemos con claridad hasta que hayan pasado al menos “nueve días” (mi hermano Henry David Thoreau).

A LA LUZ DE UNA VELA

Ceuta, 16 de enero de 2017.

Son las 18:56 h. Se acaba de ir la luz en Ceuta. Sigo escribiendo, pero ahora a la luz de una vela, al igual que pudo hacer Patrick Geddes al dejarnos la siguiente idea: “tal como piensa un hombre, así es él…El pensamiento de vengarse hace al asesino, el de ganancia al avaro o el ladrón, los deleites de poder al opresor, soñar con la belleza hace al artista; soñar con la verdad hace al filósofo. Soñar con una clase de amor hace al poeta, con otra al estadista y con otra al santo”.

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Mi ascenso en el nivel de conciencia ha cambiado mi manera percibir y sentir el mundo, la naturaleza y el cosmos. Soy distinto de lo que era hace unos años.

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Escribo ahora iluminado con la linterna que sostiene mi pequeña Sofía. A mi niña le da miedo la oscuridad, mientras que yo estoy disfrutando de este momento. Me acabo de asomar por la ventana para contemplar un bello firmamento libre de cualquier forma de contaminación lumínica. El Monte Hacho es una puerta celestial por la que han salido los hermanos Castor y Polux, y antes que ellos el gigante Orión acompañado por sus inseparables canes. Pienso que la luz se ha ido para que pudiera verlos y así cuente con una prueba concluyente de la dimensión mágica del Hacho. Esta irrepetible imagen del cielo nocturno de Ceuta me acompañará siempre.

AZOTADO POR EL VIENTO DE LEVANTE

Ceuta, 30 de noviembre de 2016.

Estando en casa he sentido la llamada de la naturaleza a través del huracanado viento de levante. Al refugio de la Torrecilla, que da nombre a la playa, me he puesto de pie a escribir. El viento no tiene piedad conmigo. Me zarandea con fuerza mientras intento mantener el bolígrafo pegado a la libreta. Las gafas están llenas de salpicaduras de agua marina y mi chaqueta se hincha con un globo. Temo en cualquier momento puedo echar a volar. Es imposible ponerme la capucha.

El mar está encrespado mostrando una energía incontenible. A duras penas me sostengo de pie. Hacía tiempo que no veía al mar tan enfadado, y a la vez tan salvaje y hermoso. Las olas toman varios metros de altura y deja sobre la orilla una densa espuma blanca.

Me empieza a doler el cuello por el empuje del viento. No podré aguantar mucho más rato en este lugar.

Las nubes se abren para que salga el sol. La naturaleza quiere que me quede y decide calentar mi cuerpo, pero sería mejor que dejara de azotarme de esta manera.

El ruido es ensordecedor. Suena con una cascada que se ha engullido los guijarros.

Las gaviotas no parecen inquietas. Aguantan de manera estoica el incesante empuje del viento. Parece que el oleaje les trae alimentos. No puedo menos que sentir admiración por ellas, y un poco de sana envidia.

El color del mar es verdiazulado con ligeros matices marrones que le aportan las algas que lleva en sus entrañas.

PERSIGUIENDO A UNA LIEBRE EN EL CIELO

Ceuta, 13 de enero de 2017.

Estoy sentado delante del ordenador debatiendo conmigo mismo sobre la conveniencia o no de salir esta mañana a pasear. Pido a los dioses que me envíen una señal. Y lo hacen. Cuando me asomo por la ventana del estudio contemplo, maravillado, a una liebre, que en forma de nube, corre hacia el sureste. Busco con rapidez la máquina fotográfica, pero al volver a asomarme ya no está. Decido ir a investigar de dónde venía y adónde iba.

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Con la vista puesta en la cumbre del Hacho subo con gran prestancia la empinada cuesta. Las piernas me pesan como si fueran de plomo, pero según asciendo me desprendo de la pesada carga del sedentarismo de los últimos días.

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Al llegar a los pies de la fortaleza del Hacho fijo mi mirada en la cumbre del Yebel Musa, que me recuerda al mismísimo Yokohama cubierto de nieve. El Atlante dormido, demostrando su titánica fuerza, ha parado el avance de las nubes, que sólo encuentran escapatoria por el Estrecho de Gibraltar. Huyen a toda prisa, temerosas de que el Atlante observé sus escaramuzas y les impida continuar su viaje. Es un espectáculo fascinante contemplar el inacabable desfile de las nubes.

El viento, que hoy sopla de norte, no sólo desplaza las nubes, sino que también me trae deliciosas fragancias. El olor más intenso es el de la hierbabuena que tengo delante. Pienso llevarme algunas hojas para prepararme un té moruno después de comer. Las hierbas sobre las que me siento a escribir también huelen muy bien. Han sido cortadas recientemente y desprenden sus agradables y sanadoras esencias.

Un gran murmullo llega desde Ceuta, resultado de la mezcla de viento, el aire y los ruidos propios de una ciudad. Me gusta tomar distancia con lo urbano, con sus prisas y constantes llamadas de atención. Aquí lo único que me distrae son el canto de las aves y el cimbreo de las hojas de los árboles por el viento.

…En este instante, las nubes detenidas por la mano del  Atlante toman altura y avanzan con decisión sobre Ceuta. El frío viento norteño sopla con fuerza. Son las 12:00 h y empiezan a escucharse al unísono el repicar de las campanas de las iglesias cristianas. Me preparo para sentir el tradicional cañonazo de las doce. Su cercano estruendo me hace temblar, como también lo hago por el frío. Decido seguir mi camino, hacía donde luce el sol. La mayor exposición a los rayos solares  hace que las campanillas hayan brotado con fuerza sobre la tierra quemada hace algunos meses.

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Experimento con mi escritura y mi fotografía. Me sitúo delante de las ennegrecidas ramas de los arbustos para describir lo que veo. Y lo que contemplo es el milagro de la vida. En la misma base de un lentisco quemado está naciendo un nuevo ejemplar. La vida se renueva de manera constante.

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Doblo la esquina del baluarte de San Antonio y,  sin dejar de escribir mientras ando, me introduzco en la penumbra de la vetusta fortaleza.

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Los árboles me hablan y bailan para mí siguiendo el ritmo impuesto por el viento.

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Me dicen que celebran mi presencia y se alegran de que, por fin, alguien se acuerde de ellos. Saben que yo soy el único que puede darles vida a través de mis palabras escritas.

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Me entregan, como regalo, dos pequeños hojas que recojo y guardo con cariño entre las páginas de mi libreta. También me protegen del frío viento.

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Los helechos parece que quieren tomar la fortaleza por asalto y ascienden de manera discreta por sus verticales paredes.

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…Un halo de misterio rodea esta sombría cara del recinto amurallado. Noto la presencia de las ninfas y genios del lugar, pero no siento inquietud ni miedo. Prefiero dejarme llevar por el momento. El eucalipto que tengo delante cruje como las cuadernas de un barco atravesando un temporal.

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Llego al final del camino que rodea al Hacho contento de lo percibido y sentido. Inicio mi regreso a casa atravesando el parque de San Amaro. La primavera parece que se ha adelantado. El color verde y amarillo han vuelto al campo.

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Las flores de las jaras  están secas. No obstante, sus hojas empiezan a recuperar su acostumbrado brillo y tacto pringoso y a desprender el intenso olor que las caracteriza.

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Me entretengo disfrutando con el llamativo color verde del eneldo, con el olor de las hojas de las diferentes especies de plantas que podemos encontrar en el parque y con sus variadas formas y tonalidades.

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El mar tiene motivos para estar enfadado conmigo. Hoy no he hablado de él. He preferido dejarlo para el final. Sentado bajo un hermoso pino, cuyas raíces han creado un cómodo asiento, observo las olas que van a morir a la playa de San Amaro. La desacostumbrada dirección del viento hace que el mar incida directamente sobre la costa norte de la ciudad, como si quisiera separarla de la parte que la une al continente africano. Desea cumplir el sueño de Ceuta de ser una extravagante isla flotando por el ancho mar a merced de los cambiantes vientos.

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…Experimento esta habitual sensación íntima de estar viviendo un momento mágico. No existe, para mí, más tierra que Ceuta; ni más tiempo que el que ahora experimento. Esta bahía que contemplo es mi particular ínsula de Barataria, y yo soy su rey y único habitante. Mi única compañía son las aves, los árboles y el mar. Todo lo demás es accesorio para mí.

UNA PUERTA ABIERTA A LA ETERNIDAD EN LA CALA DEL AMOR

Ceuta, 7 de enero de 2017.

Después de mucho tiempo de contacto a través de Facebook, hoy he quedado con Miguel Ángel Domínguez Cebey para ir a tomar fotos. Le gustó las imágenes que el otro día publiqué de la Cala del Amor y estaba interesado en conocer este lugar. Quedamos bien temprano para que nos diera tiempo a contemplar el amanecer. Nos tomamos un café en el bar de la Plaza de Azcárate antes de partir hacia el Sarchal. Ya en la conocida barriada bajamos por la sinuosa escalera que da acceso  a la cala del Amor. Mi amigo Miguel Ángel no conocía este acceso, a pesar de haber pasado por este sitio en innumerables ocasiones. Según descendíamos hacia el litoral, la emoción de Miguel Ángel iba en aumento, y la mía también, a pesar de que este lugar se ha convertido en punto que frecuento con mucha asiduidad. Por mucho que observo este paisaje siempre descubro detalles nuevos.

El fondo del escenario de la cala del Amor es de una belleza sublime. Los distintos planos de los gneis del Monte Hacho sirven de soporte a una exuberante naturaleza y a importantes elementos de interés patrimonial como la torre del Cardenillo, el portillo de Fuentecubierta o el santuario de Sidi bel Abbas. No obstante, el componente principal de este extraordinario paisaje es el mar.

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El fuerte viento de levante que azota con fuerza hoy a Ceuta tiene al mar encrespado. Es tal su fuerza que nuestros cuerpos cimbrean con débiles cañas. Con gran dificultad mi amigo Miguel Ángel consigue asentar su trípode. Mientras que él coloca su equipo fotográfico, yo exploro con la mirada el horizonte buscando la salida del sol.

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De repente, en una estrecha franja situada entre la línea del horizonte y las nubes veo asomar la parte superior del astro rey. Es como una enorme gota de oro recién salida del crisol manejado por Vulcano. Su borde rojizo es una irrefutable prueba del tiempo que ha permanecido en el horno de los dioses. Su incandescencia es transmitida a las nubes que arden adoptando un vivo color rosáceo, el mismo que queda reflejado sobre la superficie marina.

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Estas mismas nubes se encargan de enfriar al ardiente sol que va devolviendo los colores al paisaje. El mar se vuelve verdiazulado, con un cambiante ribete blanco formado por las olas del mar que golpean con gran fuerza  el litoral.

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La naturaleza mantiene su velo recogido sobre el horizonte para que podamos contemplar el perfil de la costa que tenemos enfrente. Por este pasillo de luz vuelan las gaviotas hacia oriente.

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Bajamos hasta el mismo borde del acantilado, donde el agua salpica nuestras piernas y las patas del trípode. Nuestros objetivos apuntan hacia Ceuta para fijarse en las olas que mueren con gran valentía sobre el cercano arrecife. El mar es una auténtica turquesa azul.

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A cierta distancia, lo que hace un par de días era una apacible piscina natural, hoy es un sonoro tambor debido a la fuerza del mar. El estrépito de las olas resulta ensordecedor. Parece que el mar disfrutar con este sonido, símbolo de su poder, y golpea las rocas con cada vez más potencia. El resultado son nubes blancas de salpicaduras que se mezclan con el verde y el azul del mar.

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Mis ojos se detienen en la espuma blanca que el mar deja sobre las rocas. Si pudiera la cogería con las manos para extenderla sobre mi cuerpo y así hidratar mi alma. Observo como esta leche celestial se derrama sobre las piedras y nutre las piedras. Ahora me explico la riqueza de minerales de este punto del litoral. La misma esencia del mar penetra hasta el interior de la montaña y luego rezuma por los poros de su piel el verde color de la naturaleza en forma de mineral de cobre.

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De forma inesperada, un ancho rayo solar consigue atravesar las nubes, como si fuera una lanza. Su luz penetra en la agitada superficie del mar iluminándola y mostrando su verdadero color. Veo en el mar un brillante cristal azul sin pulir que deja ver lo que esconde. Disfruto contemplando la naturaleza en este estado de salvajismo. Expresa su estado de ánimo sin formalismos. La luz de la verdad, representada por el rayo del sol, vuelve transparente el estado de ánimo de la naturaleza. No disimula nada, ni se esconde de nadie. Es sincera, habla sin tapujos, con la verdad por delante. Tampoco busca herir ni causar daño gratuito. La naturaleza no tiene dobleces, como si tenemos los humanos. Su corazón es puro, transparente, bondadoso. Transmite sabiduría y verdad para quien sabe escucharla. La naturaleza habla con quien reconoce que tiene su misma bondad y sinceridad. Sus leyes permanecen ocultas para las personas de oscuros sentimientos.

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La belleza es un atributo de la naturaleza visible por todos, pero que no todos disfrutan. Las mezquinas preocupaciones nos distraen de lo importante, que es aprovechar la oportunidad de vivir de una manera digna y plena. Necesitamos abrir el diafragma de nuestro objetivo vital para que penetre la luz divina que alumbra la naturaleza y el cosmos. De pie, delante de este espectáculo que ahora contemplo, dejo que la luz celestial penetre hasta el fondo de mi morada interior iluminando mi alma. Siento este momento de éxtasis que reconozco gracias a efectos fisiológicos como las lágrimas. He aprendido a reconocer y disfrutar de estos momentos en los que mi alma se expande para abarcarlo todo. Momentos en los que me siento uno con el todo. Me dejo llevar por los dictados de mi alma que es la que toma el control de mi voluntad. No soy es mi yo consciente el que piensa ni el que escribe. Algo dentro mí se despierta y echa a un lado a mi ego para expresar todo aquello que tiene que decir. Vivo en aquello que muchos califican de estado de gracia. Quienes han experimentado estos instantes de iluminación saben de lo que les hablo. Es una puerta que se abre a la eternidad y que te hace saber, más que creer.

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Cada día siento más necesidad de acudir a la naturaleza para penetrar por la puerta que se abre ante mí. Lo he dicho en anteriores ocasiones, y ahora me reafirmo: Ceuta es una puerta a la eternidad. No es la única, desde luego. Puede que haya tantas puertas como seres humanos sobre la tierra. Tan importante es ver la puerta, como portar la llave que la abre. No hay que buscarla muy lejos. Todos la llevamos en nuestro interior. Yo la descubrí gracias a Patrick Geddes, y he visto cómo funciona gracias a autores como Emerson, Thoreau, Whitman o Mumford.

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El interior del mundo interior, -que no es más que una extensión de mundo exterior-, tiene cuatro cámaras, unidas entre sí por puertas comunicantes. La naturaleza, como explicó Patrick Geddes a sus hijos en un día de domingo como hoy, está esperándonos fuera y dentro para guiarnos, si nosotros nos acercamos a ella. Tal y como dejó escrito en uno de sus poemas Ralph Waldo Emerson, “en la Tebas de cien puertas cada cámara era una puerta, abriéndose a otras más grandes, de majestuosas paredes y vastos suelos”.