LA RECONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO EN “LA CONFLUENCIA DE LOS DOS MARES”

Ceuta, 17 de enero de 2018.

La destrucción y restauración del templo resultan inseparables. Este asunto ha sido materia de teósofos visionarios que han recibido la instrucción y la información por parte de un mensajero personal procedente del Templo. Un templo celestial conocido como Jerusalén. Este lugar sagrado es designado por Ibn Arabi con “la expresión coránica de “Confluencia de los dos mares”. Para este célebre pensador sufí este sitio constituye “la confluencia del mundo de las ideas puras en su substancialidad inteligible y el mundo de los objetos de la percepción sensible. Es el mundo en el que devienen vivas todas las cosas que parecen inanimadas en nuestro mundo físico. Es el mundo al que llega Moisés antes del encuentro con su iniciador (Khidr)” (Corbin, 2003: 262). Aquí, en “La Confluencia de los dos mares”,  es donde se presenta al visionario la Imago Templi.

El Estrecho de  Gibraltar, lugar de la confluencia de los dos mares

El Estrecho de Gibraltar, lugar de la confluencia de los dos mares

La Confluencia de dos mares es un lugar imaginario, más ya del tiempo y del espacio. No obstante, no han faltado autores, ya en época medieval, como Al Garnati, que identificara este emplazamiento con el Estrecho de Gibraltar, donde, efectivamente, se da la confluencia de dos mares: el Océano Atlántico y el mar Mediterráneo. Es en la confluencia de los dos mares donde Moisés y su servidor hallaron, según el Corán, la fuente del agua de la vida (ma al-Hayat). Lo hicieron gracias al pez que recupero la vida al caer en estas aguas sagradas. En el itinerario marítimo de Muhammad B. Yusuf Al-Warrak (s.X) se sitúa esta fuente en el territorio de la actual Ceuta. Al estudiar el itinerario de Al-Warrak, el Prof. Ahmed Siraj (1995: 338, carte 15) propone que la ubicación de la fuente del agua de la vida estaría en las inmediaciones de Punta Bermeja, donde, efectivamente, hay una fuente, la de la Victoria, a la que acuden los ceutíes a coger agua.

Fuente de la Eterna Juventud en Ceuta

Fuente de la Eterna Juventud en Ceuta

Ceuta, sin lugar a dudas, es un escenario ideal para experimentar la imaginación activa. Los paisajes que podemos contemplar de “la confluencia de los mares” constituyen una metáfora geográfica de ideas arquetípicas profundamente enraizadas en la psique humana. Uno puede imaginar el Estrecho de Gibraltar como el canal que pone en contacto el plano sensitivo y el plano supraconsciente, donde el sabio Al Khadir puede devolverte las llaves del templo. Un templo que requiere de sus custodios, entre los que destacaron, precisamente, los templarios. No obstante, tal y como explica Henry Corbin, podemos hablar de un antes y un después de los templarios respecto al cuidado y mantenimiento del templo sagrado. Si miramos para atrás veremos a los esenios y después de la aniquilación de la orden del temple nos encontraríamos, entre otros con la Orden de Cristo, que jugó un papel muy importante en en la toma portuguesa de Ceuta en 1415. En tiempos más cercanos tenemos citar a las obras de Willermoz, Zacharias Werner y Swedenborg.

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En el templo, situado en la “confluencia de dos mares”, el visionario es visitado por los resplandores de la luz. Cuando esta luz se vuelve permanente se alcanza el estado de Sakina, término islámico relacionado con el concepto hebreo de Skekhina, “la misterioso Presencia divina en el Santo de los santos del templo de Salomón” (Corbin, 2003: 270). Esta presencia divina se aloja en el santuario del microcosmo humana, en nuestra alma. De este modo, nuestro interior cumple la función de cripta del templo donde se guarda la luz divina. Podría decir que el mundo entero es la cripta del templo. Por desgracia, vivimos en un tiempo de desacralización y desencantamiento en el que ya no nos sentimos exiliados del templo celestial. La Imago Templi se ha esfumado como una bruma mañanera y, por este motivo, “el mundo está “desorientado”, ya no tiene “Oriente”. Uno se cree en medio del cielo; no hay un arriba ni abajo (Corbin, 2003: 272).

Para orientarse se requiere un centro, marcado por una “roca” o betilo, que establece la comunicación entre el santuario terrenal y el templo celestial. Esta roca está guardaba en el santa sactorum del santuario. Sobre una de estas piedras Jacob apoyó su cabeza durante el sueño en el curso del cual vio la escala que une el cielo con la tierra, por la que descendían y subían los ángeles (Gén 28). Henry Corbin amplía la información sobre el betel de Jacob y comenta que esta roca “estaba de hecho compuesta de doce piedras, y que Dios sumergió después esta piedra compuesta en el mar, para que fuera el centro de la tierra (Corbin, 2003: 277).

Vista general de la gruta sagrada

Vista general de la gruta sagrada

En el siglo XIII se localizó en Ceuta, enclavada en “la confluencia de dos mares”, un centro del mundo. Este centro fue marcado por una gruta sagrada, en cuyo interior se practicaron ritos propiciatorios de la fecundidad, y donde se depositó un colgante con la imagen de la diosa, en su dimensión de Sophia gnóstica y heredera de la tradición iniciada por  Isis. En este mismo santuario de la calle Galea apareció un betilo urobórico, de tipo hermafrodita, que representa la unión de opuestos. Este conjunto de hallazgos arqueológico nos indica que en este lugar existió un santuario que reflejar la Imago Templi.

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Henry Corbin

Aunque el ser humano, en su dimensión microcósmica e individual es un “templo de luz”, no todos tienen conciencia de esta idea espiritual. Sólo unos pocos visionarios están llamados a formar parte de la comunidad-templo, cuya misión “permanece centrada en la reconstrucción del templo, porque su norma es luchar contra la desacralización del mundo. Pero esta reconstrucción no será definitiva e imperecedera más que si es la construcción del templo por venir, más allá del tiempo de este mundo. La destrucción del templo es la catástrofe del origen. Su reconstrucción sólo puede ser una reconstrucción cósmica” (Corbin, 2003: 278). Los encargados de la reconstrucción del templo, y posterior custodia, lo son de los dos templos: el celestial y el terrenal, que pone en comunicación el Cielo y la Tierra (Corbin, 2003: 330). Este nuevo templo debe ser construido primero en el corazón. Este propósito es compartido tanto por los caballeros del temple original como por sus sucesores en la actualidad. Antes que ellos, los esenios fueron los poseedores de un conocimiento que quedó en manos de un restringido grupo de iniciados conocidos como los “Canónigos del Templo”. Según Henry Corbin (2003: 338), estos últimos “eran los herederos de las altas ciencias de los esenios  a través de la meditación de siete eremitas, surgidos de la vicisitudes de transmisiones sucesivas, de la comunidad esenia primitiva”.

El momento en el que Hugo de Payens  y sus compañeros llegaron a Jerusalén se encontraron con estos siete eremitas que, al verlos, recordaron la profecía que anunciaba el regreso de la Sabiduría eterna, la Sophia aeterna, al santuario de Jerusalén, “cuando caballeros vestidos de blanco vinieron de más allá de los mares para defender la Ciudad Santa” (Corbin, 2003: 338). Además de esta versión sobre el regreso de la Sophia al templo existen otras que hablan de una caballería mística, la de los “Caballeros de la Aurora y de Palestina”, que después de la destrucción del segundo templo se retiraron a los desiertos de Tebaida y nos regresaron hasta la llegada de los templarios a Jerusalén, a los que se unieron para reconstruir el templo bajo la égida de un cristianismo gnóstico. Los caballeros de la Aurora, en opinión de Henry Corbin,  “eran esenios, terapeutas, hijos de los profetas, de Melquisedec, rey de una Salem sobrenatural” (Corbin, 2003: 339). Por último, tenemos que hacer referencia a otra versión, la de los “Doce maestros elegidos”. Se trata “de doce maestros que, después de la finalización del primer templo, formaron una cofradía distinta, dirigida por uno de ellos, y que fueron propiamente los guardianes elegidos para la custodia del templo” (Corbin, 2003: 340). Sus descendientes se unieron a los Caballeros del Temple con el objetivo de establecer un templo cristiano sobre el modelo del templo de Salomón.

Segundo templo de Salomón

Sea cual sea la versión que elijamos, todas coinciden en el propósito de reconstruir el templo. Al igual que “los dos primeros templos, el de Salomón y el de Zorobabel, fueron todavía construidos por manos de hombres”, el tercer templo se erigirá “en la confluencia de los dos  mares” y será una construcción realizada por la mano divina: lo que requiere es una caballería a su servicio” (Corbin, 2003). La descripción de este tercer templo aparece reflejada en las distintas versiones de la leyenda del Grial. Algunas de estas descripciones son muy pormenorizadas. Lo que aquí quiero resaltar es que el templo se sitúa, insiste Henry Corbin, en la confluencia de los dos mares y en el centro del mundo (Corbin, 2003: 349-350). Y fue construido para ser la morada del Santo Grial, al igual que el Templo de Salomón lo fue para albergar la Shekhina.

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El templo del que venimos hablando contiene la idea de una visión del mundo. Como nos recuerda Henry Corbin (2003: 374), “la palabra latina templum designaría en principio un espacio amplio, abierto por todas partes, desde el que se puede observar atentamente todo el campo del horizonte. Contemplar es eso: es “apuntar” hacia el cielo desde el templo definiendo el campo de visión. Por eso la idea contemplación lleva consigo la de consagración”. Cada uno de nosotros, desde su particular templo terrenal, es decir, desde la naturaleza cercana, puede con su mirada consagrar el espacio que recorre con su mirada.  Al hacerlo contribuye la reconstrucción del templo en el que pueda de nuevo residir la Sophia gnóstica. Dicho de otra manera, “la destrucción del templo es la destrucción del campo de visión: la contemplación se derrumba por falta de espacio, por falta de horizonte más allá de este mundo. El cielo y la tierra han dejado de estar comunicados: ya no hay templo ni contemplación” (Corbin, 2003: 376).

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Gracias a la Imago Templi, nos explica H. Corbin (2003: 376), “podemos sentirnos en el interior de nosotros mismos fuera de nosotros mismos”. Yo me siento de esta manera cuando, en la condición de guardián del Templo, ejerzo de contemplativo “en la confluencia de los dos mares”. Nuestro destino, como guardianes del templo, es ser ignorado por la masa de los hombres. Formamos parte de una tradición que se remonta mucho tiempo atrás. Desde el momento en el que nace en nuestro interior el deseo de unirnos a esta tradición milenaria establecemos un lazo histórico con nuestros predecesores. Nos convertimos en herederos legítimos y sucesores de los guardianes del templo, a pesar de que entre unos y otros no haya ningún tipo de continuidad histórica (Corbin, 2003: 332).

BIBLIOGRAFÍA:

Corbin, H (2003): Templo y contemplación. Ensayos sobre el Islam iranio, Madrid, Editorial Trotta.

Siraj, A (1995): L`Image de la Tingitane. L`Historiographie arabe médiévale et l`Antiquite Nord-Africaine, Roma, Collection de L`Ecole Francaise de Rome, 290.

VIAJE AL CENTRO DEL “SÍ MISMO”

Ceuta, 12 de enero de 2018.

En los últimos meses he logrado un avance sustancial en tres de los principales asuntos que ocupan mi mente: el estudio del espíritu de Ceuta, la interpretación  de los hallazgos arqueológicos que he realizado en los últimos años y mi propio proceso de individuación. Me resulta muy difícil diferenciarlos, ya que esta trinidad mantiene un elevado grado de interrelación entre sus componentes. Antes de llegar a esta trinidad dediqué mucho tiempo y esfuerzo a estudiar e intentar comprender el diagrama de la espiral de la vida de Patrick Geddes. No ha sido hasta ahora que he entendido que esta “máquina pensante”, como le gustaba llamarla el propio Geddes, no es otra cosa que una versión personal de este pensador escocés de un mandala o, lo que es lo mismo, una proyección del “sí mismo”. Decimos que es una versión de una idea elemental o arquetipo, como le gustaba denominarlo a Carl Gustav Jung, ya que el “sí mismo” es un único y personal, pero responde a un mismo esquema. Como estructura formativa, no existe una plasmación única del “sí mismo” bajo la forma de un mandala, e incluso puede manifestarse, como veremos en una piedra o en una figura suprema al que llamamos “Gran Hombre/Mujer” o Anthropos. Llegamos a conectar con “el mismo” después de una evolución interior que C.G. Jung denominó proceso de individuación.

Carl Gustav Jung

Carl Gustav Jung

El proceso de individuación, como decimos, fue analizado y descrito por C.G. Jung, y su estudio continuado por sus discípulos, entre los que destacaron Marie Lousie Von Frank. La escuela junguiana maneja conceptos complejos que requieren, para su comprensión e interiorización, un largo proceso de estudio y reflexión. Ya al final de su vida, Jung aceptó el ofrecimiento del periodista televisivo John Freeman de preparar una obra de carácter divulgativo que acercara sus ideas al público en general. Aunque al principio se mostró reticente a aceptar esta invitación al final lo hizo y puso como condición que él elegiría a las personas que le acompañaría en esta empresa y que él supervisaría todo el trabajo de redacción y corrección (Freeman, 1995: . El resultado fue la obra “El hombre y sus símbolos”. Este libro comienza con un extenso artículo del propio Jung, al que sigue un análisis de Marie L. Von Franz sobre el proceso de individuación.

El proceso de individuación lleva implícito la asunción de un principio fundamental: que la psique humana se rige en función del diálogo, confrontación y acuerdo de parejas de opuestos, llamados cigicias. Los miembros de pareja de opuestos pueden agruparse en lo que llamamos principios masculino y femenino. Ambos están presentes en la mente tanto de hombres como de mujeres, aunque con distinto peso e influencia. A lo femenino en el hombre, Jung lo denominó “ánima” y al masculino en la mujer, “animus”.

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Marie Louise Von Franz

Respecto al ánima, Marie Louise Von Franz decía que “es una personificación de todas las tendencias psicológicas femeninas en la psique de un hombre, tales como vagos sentimientos y estados de humor, sospechas proféticas, captación de lo irracional, capacidad para el amor personal, sensibilidad para la naturaleza y, -por último, pero no menos importante-, su relación con el inconsciente” (Von Franz, 1995a: 177). El ánima cumple una importante función en el hombre, ya que, cuando le resulta difícil discernir hechos que están escondidos en su inconsciente, el ánima le ayuda a desenterrarlos. Todavía es más importante la función que desempeña el ánima de coordinar la mente del hombre con sus valores superiores y, de esta manera, le permite excavar aún más profundo en su psique. Al sintonizar con la voz interior que pugna por hacerse oír permite escuchar los mensajes que llegan desde el “Gran Hombre”. De este modo, “el ánima adopta el papel de guía, o mediadora, en el mundo interior y con el “sí mismo”. Es el papel de Beatriz en el Paraíso de Dante, y también el de la diosa Isis cuando se le aparece a Apuleyo, con el fin de iniciarle en una forma de vida más elevada y más espiritual” (Von Franz, 1995: 180 y 182).

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Gracias al ánima podemos vislumbrar que nuestra misión personal tiene un valor y una función trascendente. Si dedicamos tiempo y esfuerzo a meditar sobre el significado simbólico de las imágenes del ánima en nuestra alma podremos completar el propósito de nuestra existencia. De alguna manera, el ánima sirve de mediadora entre la parte consciente de nuestro ser y el “sí mismo” (Von Franz, 1995: 185). Puede que esto resulte demasiado filosófico, pero, en la práctica, el ánima desempeña una labor muy importante como guía en el interior. Esta función positiva se produce “cuando un hombre toma en serio los sentimientos, esperanzas y fantasías enviadas por su ánima y cuando los fija de alguna manera: por ejemplo, por escrito, en pintura, escultura, composición musical o danza. Cuando trabaja en eso pacientemente y lentamente, va surgiendo otro material inconsciente más profundo salido de las honduras y conectado con materiales anteriores. Después de que una fantasía ha sido plasmada de alguna forma, debe examinarse intelectual y estéticamente con una realización valorizada del sentimiento. Y es esencial mirarla como a un ser completamente real; no tiene que haber ninguna secreta idea de que eso es “solo una fantasía”. Si esto se realiza con devota atención durante un largo periodo de tiempo, el proceso de individuación se va haciendo paulatinamente la única realidad y puede desplegarse en su forma verdadera” (Von Franz, 1995: 186).

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En mi caso particular, llevo más de cuatro años plasmando por escrito los sentimientos que me llegan desde mi ánima. El resultado son once cuadernos repletos de percepciones captadas en la naturaleza, de emociones, pensamientos, sueños y proyectos. Al releerlos voy encontrando fragmentos del núcleo más profundo e íntimo de mi ser que me sirven para mejorar en autoconocimiento y progresar en el proceso de individuación. En este proceso he pasado por las cuatro fases de evolución que es posible distinguir en el crecimiento del ánima. En un primer momento, mi lado femenino se mostró bajo la figura de Eva, la cual representa relaciones puramente instintivas y biológicas. Todos los hombres pasamos por esta fase en la que nos inquieta de manera especial el sexo y los placeres mundanos. Con el tiempo, y en parte superpuesta a esta manifestación del ánima, surge en mí el interés por la ciencia arqueológica, la filosofía, la literatura y, en especial, la conservación del patrimonio natural y cultural.  La lectura de las obras de autores trascendentalista como Henry David Thoreau o Walt Whitman me animaron, -nunca mejor dicho-, a salir a la naturaleza y empezar a plasmar por escrito las manifestaciones de mi ánima. Comenzaba así, la segunda fase del ánima personal, que alcanza un mayor nivel romántico y estético. El salto hacia la dimensión espiritual del ánima, -la tercera de las fases descritas en el crecimiento del ánima definidas por Marie Louise Von Franz-,  lo di con mis escritos sobre el espíritu o genius loci de Ceuta y, sobre todo, con el hallazgo del exvoto con la representación de la Gran Diosa y el betilo hermafrodita que encontré en la excavación arqueológica en la calle Galea.

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Por último, llegó el cuarto tipo de ánima que “lo simboliza la Sapiencia, sabiduría que trasciende incluso lo más santo y lo más puro”. Otro símbolo de este tipo de ánima es la Sulamita del Cantar de los Cantares de Salomón (Von Franz, 1995a: 185). Mi estudios paralelos sobre el espíritu de Ceuta y los hallazgos arqueológicos que he tenido la fortuna de descubrir en los últimos años, así como gracias a la lectura de obras claves en mi devenir personal como “Mysterium Coniunctonis” de Jung, me ha permitido llegar a la Sophia gnóstica, la Sulamita y la reina de Saba. Todas estas representaciones del ánima constituyen distintas manifestaciones del ánima superior y de la sabiduría trascendente y elevada. A la referida reina de Saba llegué, de manera intuitiva, tras el estudio del molde de exvoto de Jerez de la Frontera (Enamorado y Pérez, 2017).

KHIDR - 1760 - Bibliothèque Nationale de France - known in India as Khawaja Khidr, a river spirit dressed in green, riding upon a fish, and presiding over the well of immortality. In Sufi tradition Khidr is the hidden initiator of those who travel the mystical path.

Al Khidr

Una vez alcanzado el máximo nivel de evolución del ánima aparece, según M.L. Von Franz (196), una nueva forma simbólica que representa el “sí mismo”, el núcleo más íntimo de la psique. En caso del hombre se manifiesta como iniciador y guardián, anciano sabio, espíritu de la naturaleza, etc…Este anciano viejo es análogo al hechicero Merlín o al mismo Hermes (Von Franz, 1995a: 196), como también lo es al célebre Al Khadir. Desde que comencé mi propia aventura personal, que me está llevando a completar mi proceso de individuación y al desvelamiento del espíritu de Ceuta, he sentido muy cerca la inspirador de Al Khadir. Él fue quien me suscitó el interés por conocer el significado profundo de Ceuta. En esta etapa de mi vida, Al Khadir me sirve de guía en la culminación de mi proceso de individuación, que pasa por el conocimiento de mí mismo y del genius loci de Ceuta. Él me indica la ubicación de la fuente de la eterna juventud en estos momentos de inicio de la era de Acuario. Al examinar la naturaleza y el universo, en vez de buscar y encontrar cualidades objetivas, “el hombre se encuentra a sí mismo”, según la frase del físico Werner Heisenberg (307).

Buda encontrado en los acantilados del Sarchal

Buda encontrado en los acantilados del Sarchal

Las referidas cuatro etapa del ánima, que me han conducido al punto en el que me encuentro, tienen mucho que ver con la geografía sagrada de Ceuta y el Estrecho de Gibraltar. El arquetipo del sí mismo aparece bajo dos formas principales: una personificada, que es “El Hombre Cósmico”, una figura que todo lo abarca y que personifica y contiene a todo el universo. Y otra geométrica que es el mandala. Respecto a la forma personifica del “sí mismo”, comentaba M.L.Von Franz que “el Hombre Cósmico se ha identificado en gran parte con Cristo, y en Oriente con Krishna o Buda. En el Antiguo Testamento esta misma figura simbólica aparece como “Hijo del Hombre” y en el posterior misticismo judío se le llama Adán Kadmon. Ciertos movimientos religiosos de los últimos tiempos de la antigüedad, lo llamaron simplemente Anthropos. Como todos los símbolos, esta imagen señala un secreto inconocible: el desconocido significado definitivo de la existencia humana (Von Franz, 1995a: 202). Cuando encontramos a este Gran Hombre interior se calman el fluir de las representaciones del ego (que va de un pensamiento a otro) y también lo hacen los deseos (que corren de un objeto a otro) (Von Franz, 1995a: 203).

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El Gran Hombre, explica M.L.Von Franz, “como representa lo que es total y completo, con frecuencia se le concibe como un ser bisexuado. En esta forma, el símbolo reconcilia uno de los más importantes pares opuestos psicológicos: macho y hembra. Esta unión también aparece con frecuencia en los sueños como una pareja divina, real o distinguida de cualquier otro modo” (Von Franz, 1995a: 204). Otra forma frecuente de simbolizar el “sí mismo” es forma de piedra, sea preciosa o no. Según M.L.Von Franz (1995a: 209), “cristales y piedras son símbolos especialmente aptos del “sí mismo” a causa de la “exactitud” de su materia… Aunque el ser humano difiere lo más posible de una piedra, el centro más íntimo del hombre se parece de modo especial y extraño a ella. En este sentido, la piedra simboliza lo que, quizá, es la experiencia más sencilla y profunda: la experiencia de algo eterno que el hombre puede tener en esos momentos en que se siente inmortal e inalterable”. Muy tempranamente en la historia, los hombres comenzaron los intentos para expresar lo que pensaban en el alma o espíritu de una roca tratando de darle una forma reconocible (Jaffé, 1995: 233).

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La escalera de Jacob

A lo largo de la historia ha habido muchas piedras famosas y simbólicas. Así, “la piedra que Jacob colocó en el lugar donde tuvo su famoso sueño, o ciertas piedras dejadas por gentes sencillas en las tumbas de los santos o héroes locales, muestra la naturaleza originaria de la incitación humana a expresar una experiencia, de por sí inexpresable, con el símbolo pétreo. No es asombro que muchas cultos religiosos utilicen piedras para significar a Dios o para señalar lugares de adoración” (Von Franz, 1995a: 210). El santuario más sagrado del mundo islámico es la Kaaba, la piedra negra a la que todos los piadosos musulmanes esperan peregrinar. Estos lugares de adoración en los que se rinden cultos a piedras sagradas, como el templo de Jerusalén, son considerados el centro de la ciudad, y la ciudad el centro del mundo (Von Franz, 1995a: 209).

El hecho de que este superior y más frecuente símbolo del “sí mismo” sea un objeto de materia inorgánica (una piedra) señala que aún otro campo de investigación y de especulación, esto es, la relación, todavía desconocida, entre lo que llamamos psique inconsciente y lo que llamamos “materia”, un misterio que la medicina psicosomática se esfuerza en descubrir. Al estudiar esa conexión,  aún indefinida e inexplicada, podría resultar que “psique” y “materia” son en realidad el mismo fenómeno, uno observado desde “dentro” y otro desde “fuera”. Partiendo de esta idea el Dr. Jung expuso un nuevo concepto que él llamó sincronicidad.

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Jung estaba convencido  de que lo que él llamaba el inconsciente se entrelazaba, de algún modo, con la estructura de la materia inorgánica, un enlace al que parece apuntar el problema de las enfermedades “psicosomáticas”. El concepto de una idea unitaria de la realidad fue llamado por Jung el Unus Mundus (el mundo único, dentro del cual la materia y la psique no están, sin embargo, discriminadas o separadas en realidad). Preparó el camino para tal punto de vista unitario, señalando que un arquetipo muestra un aspecto “psicoide” (es decir, no es puramente psíquico, sino casi material) cuando aparece en un suceso sincrónico, pues tal suceso es, en efecto, un arreglo significativo de hechos psíquicos interiores y hechos externos (Von Franz, 1995a: 309).Dicho de otra manera por el propio Jung, “en la materia habría que descubrir el germen del espíritu y en el espíritu el germen de la materia. La sincronicidad apunta en esta dirección. Cierta presencia de la psique en la materia pone en cuestión la absoluta inmaterialidad del espíritu, que en ese caso debería tener también cierto carácter sustancial” (Jung, 1970: 102). Esta idea formaba parte de los postulados de la alquimia. Con el ocaso de esta ciencia “se desintegró la unidad simbólica de espíritu y materia y a consecuencia de esto el hombre se encuentra desarraigado y alineado en una naturaleza des-animada” (Jung, 1970: 102). Jung, como vemos, pensaba que el inconsciente tiene un aspecto material, porque, por así decirlo, es materia que se conoce a sí misma. Si así fuera, habría entonces un fenómeno de conciencia, oscuro o tenue, incluso en la materia inorgánica (Von Franz, 1995c: 51).

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Las observaciones de Carl G. Jung le llevaron a constatar que en las coincidencias significativas en la vida de una persona, parecía que había un arquetipo activado en el inconsciente de la persona. Parece “como si el arquetipo subyacente se manifestara simultáneamente en los hechos interiores y exteriores” (Von Franz, 1995a: 212). En palabras de M.L. Von Franz (1995b: 306), algunas “coincidencias significativas” ocurren “cuando hay una necesidad vital para un individuo de saber acerca, digamos de la muerte de un familiar, o alguna posesión perdida (ejemplo, hallazgo fragmentos betilo). En gran cantidad de casos, tal información ha sido revelada por medio de percepción extrasensorial. Esto parece sugerir que pueden ocurrir fenómenos anormales cuando se produce una necesidad vital o un acuciamiento; y esto, a su vez, puede explicar por qué una especie animal, bajo grandes presiones o en gran necesidad, puede producir cambios significativos en su estructura material externa” (Von Franz, 1995b: 306).

Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

Para Henry Thoreau este tipo de hallazgos “casuales” era una experiencia común. Thoreau explicaba que “muchos objetos no son vistos, aunque caigan dentro del rango de nuestro arco visual, porque no entran dentro del rango de nuestro campo intelectual. Nosotros no estamos buscándolo. Así, en el sentido más amplio, encontramos lo que buscamos… A largo plazo, nos encontramos con lo que esperamos. Seremos afortunados entonces si esperamos grandes cosas” (Dann, 2017).

Lo expuesto con anterioridad podría explicar la sincronía entre mis pensamientos y los hallazgos arqueológicos realizados en los últimos años. Cuando tenía activo el arquetipo de la diosa y la gruta sagrada encontré a ambos en la excavación de la calle Galea. De igual modo, el arquetipo del centro del mundo y la puerta a la eternidad me condujo al betilo. En línea similar, mi reflexión sobre la unión de opuestos fue la “causa” de descubrimiento del horno metalúrgico y las minas de cobre. Si yo me concentro en el arquetipo del Viejo Sabio es posible que encuentre algo relacionado con Al Khadir o los sabios de Ceuta en la Edad Media.

En general, “los sucesos sincrónicos acompañan casi invariablemente a las fases cruciales del proceso de individuación. Pero con demasiada frecuencia pasan inadvertidos porque la persona no ha aprendido a vigilar tales coincidencias y a darles significado en relación con el simbolismo de sus sueños” (Von Franz, 1995a: 211).

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Ralph Waldo Emerson

¿Podría suceder que sea la materia la que, de forma inexplicable, active el arquetipo en la psique de una determinada persona para que lleve a cabo una misión que la naturaleza considera necesaria? Esto estaría en relación con la idea expresada por Ralph Waldo Emerson de que “cuando la naturaleza tiene trabajo que hacer, crea un genio para que lo haga”. Así, decía el sabio de Concord, “que un ser humano debería considerarse como un actor necesario. Un vínculo deseado entre dos partes ansiosas de la naturaleza, y él aparece en la existencia como el puente sobre la extensa necesidad, el mediador entre dos hechos, de otro modo, irreconciliables. Los pensamientos que le deleita expresar son la razón de su encarnación… ¿No existe porque algo debe hacerse que solo él puede realizar?…Él ha nacido para esto, para distribuir el pensamiento de su corazón de universo en universo, para hacer una tarea de la que la naturaleza no puede privarse, ni él librarse de realizar y, entonces, sumergirse de nuevo en el silencio sagrado y en la eternidad de la que como hombre ha surgido” (Emerson, 2016: 140).

Si la materia está dotada de espíritu, la naturaleza puede hablarnos y mandarnos mensajes. Hacer hablar a las piedras es el principal cometido de un arqueólogo. Estas piedras me han indicado el camino para que yo encuentre el talismán, el betilo y las minas de hierro y cobre. Han confiado en mí una serie de secretos que debo descifrar y dar a conocer a su debido tiempo. Cuento también con la ayuda del Viejo Sabio, personificado en Hermes, Elias, Al Khidr, Elias y el mismo Carl Gustav Jung. Puede que en mí se esté dando la transformación prevista del joven héroe defensor del patrimonio natural y cultural al sabio que orienta a otros en el camino espiritual. Como Viejo Sabio regreso a mis investigaciones arqueológicas, como Merlín lo hizo con sus estudios astronómicos. Mis salidas a la naturaleza son el primer paso a mi retiro como guardián de la fuente de la eterna juventud. Esta fuente no está fuera, sino dentro de nosotros mismos.

Además de la figura del anthropos, y de la piedra, encontramos asociado al arquetipo del “sí mismo” la representación de la cuatro esquina del mundo y la imagen del Gran Hombre en el centro de un círculo dividido en cuatro cuadrantes. Jung empleó la palabra hindú mandala (círculo mágico) para designar una estructura de ese orden, que es una representación simbólica del “átomo nuclear” de la psique humana, cuya esencia no conocemos (Von Franz, 1995a: 213). La redondez del mandala generalmente simboliza una totalidad natural, mientras que una formación cuadrangular representa la realización de ella en la conciencia (Von Franz, 1995a: 215). Resulta muy interesante estudiar la relación de la figura del mandala con los mitos oriental de la creación por el dios Brahma y el nacimiento de Buda. En ambos, estas dos divinidades se apoyan en una flor de loto y desde allí otean las principales direcciones del espacio. Según Aniela Jaffé, la orientación espacial realizada por los aludidos dioses  puede considerarse como simbolismo de la necesidad humana de orientación psíquica. Las cuatro funciones de la conciencia descritas por C.G. Jung, -pensar, sentir, intuir y percibir-, dotan al hombre para que trata las impresiones del mundo que recibe del interior y del exterior. Mediante esas funciones, comprende y asimila su experiencia; por medio de ellas puede reaccionar (Jaffé, 1995: 240).

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Resulta interesante estudiar cómo se plasma el arquetipo del mandala, es decir del “sí mismo”,  en el arte y en el urbanismo. Roma, muchas otras ciudades del imperio, fue creada a partir de un hoyo excavado en la tierra que se le dio el nombre mundus (Jaffé, 1995: 242). Este centro, o mundus, establece la relación de la ciudad con el “otro” reino, la mansión de los espíritus ancestrales. Esto explica que el mundus fuera cubierto con una gran piedra, llamada “piedra del alma”. La piedra se quitaba determinados días y luego, se decía, los espíritus de los muertos surgían del hoyo (Jaffé, 1995: 242).

La idea de una ciudad terrenal y otra divina, unidas a partir de un eje mágico o árbol sagrado, aparece de manera recurrente a lo largo de la historia. La encontramos en la “Jerusalén celestial” y en la leyenda del Grial, en la que se alude a un castillo que aparece y desaparece en determinados momentos, pero que permanece imperturbable más allá del tiempo. Henry David Thoreau escribió en su diario, sobre su concord natal, que “esta ciudad, también, situada bajo el cielo, es una puerta de entrada y salida para las almas a y desde el cielo” (Dann, 2017). Henry había atisbado en su ciudad natal lo mismo que yo he visto en la mía: que sobre nosotros se abría una puerta hacia la eternidad. Jung soñó, igualmente, que existía una réplica de la torre que el mismo diseñó y construyó en Bollingen. Poco antes de morir Jung volvió a ver a su torre celestial donde el mismo sabía que iba a residir eternamente. De igual modo, su principal discípula, Marie Louise Von Franz compró un terreno y erigió una torre de planta cuadrada. En los primeros días de residir en ella tuvo un sueño. Soñó que existía una réplica idéntica de su casa en el más allá. Esto significa que su torre solo es una imagen terrenal de una idea eterna. El sí mismo, la personalidad más grande, se encuentra en el más allá. La verdadera torre se encuentra en el más allá. Jung soñó, poco antes de su muerte, que ya podía trasladarse a su torre del más allá, en la otra orilla del lago.

Sea en fundaciones clásicas o primitivas, el plano mandala nunca fue trazado por consideraciones estéticas o económicas. Fue la transformación de la ciudad en un cosmos ordenado, un lugar sagrado vinculado por su centro con el otro mundo. Y esas transformaciones se armoniza con los sentimientos vitales y las necesidades del hombre religioso (Jaffé, 1995: 242).

La espiral de la vida de Patrick Geddes

Mi misión se realiza en servicio de la totalidad que se expresa en forma de estructura cuaternaria. Esto explica mi interés por la espiral de la vida de Geddes y por la geografía sagrada y cuádruple del Estrecho de Gibraltar. La realidad de un espíritu del lugar cobra sentido bajo el prisma de la sincronicidad.

El mandala sirve como propósito conservador, especialmente, para restablecer un orden existente con anterioridad.  Representa un sistema de coordenadas que se aplica, por así decirlo, instintivamente, en especial para dividir y organizar una multiplicidad caótica, por ejemplo la superficie de la tierra, el curso del año, un grupo humano en clases, las fases de la luna, los temperamentos, los colores (alquímicos), etc…(Jung, 1997: 254). Pero también sirve al propósito de dar expresión y dar forma a algo que aún no existe, algo que es nuevo y único. El segundo aspecto es, quizá, aún más importante que el primero, pero no lo contradice. Porque, en la mayoría de los casos, lo que restablece el antiguo orden, simultáneamente implica cierto elemento de creación nueva. En el nuevo orden, los modelos más antiguos vuelven a un nivel superior. El proceso es el de la espiral ascendente que va hacia arriba, mientras, simultáneamente, vuelve una y otra vez al mismo punto (Jung, 1997: 225). Esta idea del regreso al centro del círculo aparece en Plotino: “Ahora bien; si un alma se conoce en algún momento, sabe que su movimiento natural no es una línea recta, salvo que hubiese experimentado un desvío, sino que describe un movimiento circular en torno de un principio interno alrededor de un centro. Pero el centro es aquello de donde procede el círculo. El alma, pues, se moverá en torno de su centro, es decir, en torno del principio del cual procede; allí se mantendrá, se moverá hacia él, como todas las almas deberían hacerlo. Pero sólo las almas de los dioses se mueve hacia él, y por eso son dioses, pero lo le está lejos es el hombre sin unidad y animal” (Jung, 1997: 229).

La concepción del mandala como una espiral encuentra su plasmación más clara en el diagrama de la espiral de la vida de Patrick Geddes. Su núcleo es geográfico en lo exterior, pero perceptivo y emotivo en el interior. Pretende reconciliar el mundo de adentro y el mundo de afuera para hacer de la vida una aventura sustancial y para lograr un buen lugar para el pleno desarrollo de la persona y la sociedad. Si se considera la cuaternidad desde la tridimensionalidad del espacio, el tiempo, el tiempo puede concebirse como una cuarta dimensión. Si, en cambio, consideramos la cuaternidad desde las tres cualidades del tiempo (pasado, presente y futuro), el espacio estático, en que se cumplen los cambios de estado, viene a agregarse como unidad, como cuarto. Así medimos el espacio por el tiempo y el tiempo por el espacio.

A Carl Gustav Jung le llamó la atención la reaparición del arquetipo de la espiral en el sueño de alguno de sus pacientes. Generalmente, el espíritu santo se representa en el arte cristiano por una rueda de fuego o una paloma, y no bajo la forma de una espiral. Para M.L.Von Franz, esta repentina aparición de la espiral “es un nuevo pensamiento, no contenido aún en la doctrina, que ha surgido espontáneamente en el inconsciente. Que el Espíritu Santo es la fuerza que actúa en pro del desarrollo de nuestra comprensión religiosa no es una idea nueva, desde luego, pero lo que sí es nuevo es su representación en forma de espiral” (225-226).

BIBLIOGRAFIA:

Emerson, R.W (2016): Naturalezas, Madrid, La Línea del Horizonte ediciones.

Freeman, J (1995): “Introducción”, en “El hombre y sus símbolos” de Carl Gustav Jung, Barcelona, editorial Paidós.

Jaffé, A (1995): “El simbolismo en las artes visuales”, en “El hombre y sus símbolos” de Carl Gustav Jung, Barcelona, editorial Paidós.

Jung, C.G. (1970): Arquetipos e inconsciente colectivo, Barcelona, Ediciones Paidós.

Jung, C.G. (1997): Aion. Contribución a los simbolismos del sí-mismo, Barcelona, Ediciones Paidós.

Von Franz, M.L. (1995a): “El proceso de individuación”, en “El hombre y sus símbolos” de Carl Gustav Jung, Barcelona, editorial Paidós.

Von Franz, M.L. (1995b): “Conclusión. La ciencia y el inconsciente”, en “El hombre y sus símbolos” de Carl Gustav Jung, Barcelona, editorial Paidós.

Von Franz, M.L (1995c): Alquimia. Una introducción al Simbolismo y la Psicología, Barcelona, Luciérnaga.

EL ESPÍRITU DE CEUTA

Ceuta, 11 de octubre de 2016/11 de diciembre de 2017

En los últimos años he logrado un avance sustancial en tres de los principales asuntos que ocupan mi mente: el estudio del espíritu de Ceuta, la interpretación  de los hallazgos arqueológicos que he realizado en tiempos recientes y mi propio proceso de individuación. Me resulta muy difícil diferenciarlos, ya que esta trinidad mantiene un elevado grado de interrelación entre sus componentes. Antes de llegar a esta trinidad dediqué mucho tiempo y esfuerzo a estudiar e intentar comprender el diagrama de la espiral de la vida de Patrick Geddes. No ha sido hasta ahora que he entendido que esta “máquina pensante”, como le gustaba llamarla el propio Geddes, no es otra cosa que una versión personal de este pensador escocés de un mandala o, lo que es lo mismo, una proyección del “sí mismo”. Decimos que es una versión de una idea elemental o arquetipo, como le gustaba denominarlo a Carl Gustav Jung, ya que el “sí mismo” es un único y personal, pero responde a un mismo esquema. Como estructura formativa, no existe una plasmación única del “sí mismo” bajo la forma de un mandala, e incluso puede manifestarse, como veremos en una piedra o en una figura suprema al que llamamos “Gran Hombre/Mujer” o Anthropos. Llegamos a conectar con el “sí mismo” después de una evolución interior que C.G. Jung denominó proceso de individuación.

Patrick Geddes

Patrick Geddes

El proceso de individuación, como decimos, fue analizado y descrito por C.G. Jung, y su estudio continuado por sus discípulos, entre los que destacaron Marie Lousie Von Frank. La escuela junguiana maneja conceptos complejos que requieren, -para su comprensión e interiorización-, un largo proceso de estudio y reflexión. Ya al final de su vida, Jung aceptó el ofrecimiento del periodista televisivo John Freeman de preparar una obra de carácter divulgativo que acercara sus ideas al público en general. Aunque al principio se mostró reticente a aceptar esta invitación al final lo hizo y puso como condición que él elegiría a las personas que le acompañaría en esta empresa y que él supervisaría todo el trabajo de redacción y corrección (Freeman, 1995: 9-17). El resultado fue la obra “El hombre y sus símbolos”. Este libro comienza con un extenso artículo del propio Jung, al que sigue un análisis de Marie L. Von Franz sobre el proceso de individuación.

Carl Gustav Jung

Carl Gustav Jung

El proceso de individuación lleva implícito la asunción de un principio fundamental: que la psique humana se rige en función del diálogo, confrontación y acuerdo de una pareja de opuestos. Los miembros de la pareja de opuestos pueden agruparse en lo que llamamos principios masculino y femenino. Ambos están presentes en la mente tanto de hombres como de mujeres, aunque con distinto peso e influencia. A lo femenino en el hombre, Jung lo denominó “ánima” y a lo masculino en la mujer, “animus”.

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Marie Louise Von Franz

Respecto al ánima, Marie Louise Von Franz decía que “es una personificación de todas las tendencias psicológicas femeninas en la psique de un hombre, tales como vagos sentimientos y estados de humor, sospechas proféticas, captación de lo irracional, capacidad para el amor personal, sensibilidad para la naturaleza y, -por último, pero no menos importante-, su relación con el inconsciente” (Von Franz, 1995a: 177). El ánima cumple una importante función en el hombre, ya que, cuando le resulta difícil discernir hechos que están escondidos en su inconsciente, el ánima le ayuda a desenterrarlos. Todavía es más importante la función que desempeña el ánima de coordinar la mente del hombre con sus valores superiores y, de esta manera, le permite excavar aún más profundo en su psique. Al sintonizar con la voz interior que pugna por hacerse oír permite escuchar los mensajes que llegan desde el “Gran Hombre”. De este modo, “el ánima adopta el papel de guía, o mediadora, en el mundo interior y con el “sí mismo”. Es el papel de Beatriz en el Paraíso de Dante, y también el de la diosa Isis cuando se le aparece a Apuleyo, con el fin de iniciarle en una forma de vida más elevada y más espiritual” (Von Franz, 1995: 180 y 182).

Gracias al ánima podemos vislumbrar que nuestra misión personal tiene un valor y una función trascendente. Si dedicamos tiempo y esfuerzo a meditar sobre el significado simbólico de las imágenes del ánima en nuestra alma podremos completar el propósito de nuestra existencia. De alguna manera, el ánima sirve de mediadora entre la parte consciente de nuestro ser y el “sí mismo” (Von Franz, 1995: 185). Puede que esto resulte demasiado filosófico, pero, en la práctica, el ánima desempeña una labor muy importante como guía en el interior. Esta función positiva se produce “cuando un hombre toma en serio los sentimientos, esperanzas y fantasías enviadas por su ánima y cuando los fija de alguna manera: por ejemplo, por escrito, en pintura, escultura, composición musical o danza. Cuando trabaja en eso pacientemente y lentamente, va surgiendo otro material inconsciente más profundo salido de las honduras y conectado con materiales anteriores. Después de que una fantasía ha sido plasmada de alguna forma, debe examinarse intelectual y estéticamente con una realización valorizada del sentimiento. Y es esencial mirarla como a un ser completamente real; no tiene que haber ninguna secreta idea de que eso es “solo una fantasía”. Si esto se realiza con devota atención durante un largo periodo de tiempo, el proceso de individuación se va haciendo paulatinamente la única realidad y puede desplegarse en su forma verdadera” (Von Franz, 1995: 186).

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En mi caso particular, llevo más de cuatro años plasmando por escrito los sentimientos que me llegan desde mi ánima. El resultado son once cuadernos repletos de percepciones captadas en la naturaleza, de emociones, pensamientos, sueños y proyectos. Al releerlos voy encontrando fragmentos del núcleo más profundo e íntimo de mi ser que me sirven para mejorar en autoconocimiento y progresar en el proceso de individuación. En este proceso he pasado por las cuatro fases de evolución que es posible distinguir en el crecimiento del ánima. En un primer momento, mi lado femenino se mostró bajo la figura de Eva, la cual representa relaciones puramente instintivas y biológicas. Todos los hombres pasamos por esta fase en la que nos inquieta de manera especial lo sexual y los placeres mundanos. Con el tiempo, y en parte superpuesta a esta manifestación del ánima, surgió en mí el interés por la ciencia arqueológica, la filosofía, la literatura y, en especial, la conservación del patrimonio natural y cultural.  La lectura de las obras de autores trascendentalistas, como Henry David Thoreau o Walt Whitman, me animaron, -nunca mejor dicho-, a salir a la naturaleza y empezar a plasmar por escrito las manifestaciones de mi ánima. Comenzaba así, la segunda fase del ánima personal, que alcanza un mayor nivel romántico y estético. El salto hacia la dimensión espiritual del ánima, -la tercera de las fases descritas en el crecimiento del ánima definidas por Marie Louise Von Franz-,  lo di con mis escritos sobre el espíritu o genius loci de Ceuta y, sobre todo, con el hallazgo del exvoto con la representación de la Gran Diosa y el betilo hermafrodita que encontré en la excavación arqueológica en la calle Galea.

Momento del hallazgo del exvoto de la Gran Diosa

Momento del hallazgo del exvoto de la Gran Diosa

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Por último, llegó el cuarto tipo de ánima que “lo simboliza la Sapiencia, sabiduría que trasciende incluso lo más santo y lo más puro”. Otro símbolo de este tipo de ánima es la Sulamita del Cantar de los Cantares de Salomón” (Von Franz, 1995a: 185). Mi estudios paralelos sobre el espíritu de Ceuta y los hallazgos arqueológicos que he tenido la fortuna de descubrir en los últimos años, así como gracias a la lectura de obras claves en mi devenir personal como “Mysterium Coniunctonis” de Jung, me ha permitido llegar a la Sophia gnóstica, la Sulamita y la reina de Saba. Todas estas representaciones del ánima constituyen distintas manifestaciones del ánima superior y de la sabiduría trascendente y elevada.

El rey Salomón y la Reina de Saba

El rey Salomón y la Reina de Saba

La conexión de Ceuta con el gnosticismo y la alquimia refuerza mi idea de que la Sapiencia, ya sea en forma Sophia o Sulamita está detrás del genius loci de Ceuta. Tal y como afirma Carl Jung en las primeras páginas de su obra “Mysterium coniunctionis”, “la alquimia como filosofía natural se pone bajo la advocación de la Dama Naturaleza” (Jung, 2002: XIV). Esta Dama es la misma que me viene acompañado, de una manera consciente para mí, desde hace cuatro años, lo más productivos y profundos de mi vida. Mis descubrimientos, como ya he comentado antes, mantienen una mágica sincronía entre el mundo de afuera, Ceuta; y mi mundo de adentro. Pues, como dice Orígenes, “comprende que tienes dentro de ti mismo rebaños de bueyes. Comprende que tienes dentro de ti rebaños de ovejas y rebaños de cabras. Comprende que hay dentro de ti también aves del cielo. No te sorprendas si decimos que esas cosas están dentro de ti; comprende que tú eres otro mundo en pequeño y que dentro de ti hay sol, luna, incluso estrellas…ve que tú tienes todo lo que el mundo tiene” (Jung, 2002: 18, nota 18).

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Dama naturaleza

Una vez alcanzado el máximo nivel de evolución del ánima aparece, según M.L. Von Franz (196), una nueva forma simbólica que representa el “sí mismo”, el núcleo más íntimo de la psique. En caso del hombre se manifiesta como iniciador y guardián, anciano sabio, espíritu de la naturaleza, etc…Este anciano viejo es análogo al hechicero Merlín o al mismo Hermes (Von Franz, 1995a: 196), como también lo es el célebre Al Khadir. Desde que comencé mi propia aventura personal, que me está llevando a completar mi proceso de individuación y al desvelamiento del espíritu de Ceuta, he sentido muy cerca la inspirador de Al Khadir. Él fue quien me suscitó el interés por conocer el significado profundo de Ceuta. En esta etapa de mi vida, Al Khadir me sirve de guía en la culminación de mi proceso de individuación, que pasa por el conocimiento de mí mismo y del genius loci de Ceuta. Él me indica la ubicación de la fuente de la eterna juventud en estos momentos de inicio de la era de Acuario. Al examinar la naturaleza y el universo, en vez de buscar y encontrar cualidades objetivas, “el hombre se encuentra a sí mismo”, según la frase del físico Werner Heisenberg (307).

KHIDR - 1760 - Bibliothèque Nationale de France - known in India as Khawaja Khidr, a river spirit dressed in green, riding upon a fish, and presiding over the well of immortality. In Sufi tradition Khidr is the hidden initiator of those who travel the mystical path.

Al Khadir

Las referidas cuatro etapa del ánima, que me han conducido al punto en el que me encuentro, tienen mucho que ver con la geografía sagrada de Ceuta y el Estrecho de Gibraltar. El arquetipo del sí mismo aparece bajo dos formas principales: una personificada, que es “El Hombre Cósmico”, una figura que todo lo abarca y que personifica y contiene a todo el universo. Y otra geométrica que es el mandala. Respecto a la forma personifica del “sí mismo”, comentaba M.L.Von Franz que “el Hombre Cósmico se ha identificado en gran parte con Cristo, y en Oriente con Krishna o Buda. En el Antiguo Testamento esta misma figura simbólica aparece como “Hijo del Hombre” y en el posterior misticismo judío se le llama Adán Kadmon. Ciertos movimientos religiosos de los últimos tiempos de la antigüedad, lo llamaron simplemente Anthropos. Como todos los símbolos, esta imagen señala un secreto inconocible: el desconocido significado definitivo de la existencia humana (Von Franz, 1995a: 202). Cuando encontramos a este Gran Hombre interior se calman el fluir de las representaciones del ego (que va de un pensamiento a otro) y también lo hacen los deseos (que corren de un objeto a otro) (Von Franz, 1995a: 203).

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Jung estudiando un mandala

Además de la figura del anthropos, y de la piedra, encontramos asociado al arquetipo del “sí mismo” la representación de la cuatro esquina del mundo y la imagen del Gran Hombre en el centro de un círculo dividido en cuatro cuadrantes. Jung empleó la palabra hindú mandala (círculo mágico) para designar una estructura de ese orden, que es una representación simbólica del “átomo nuclear” de la psique humana, cuya esencia no conocemos (Von Franz, 1995a: 213). La redondez del mandala generalmente simboliza una totalidad natural, mientras que una formación cuadrangular representa la realización de ella en la conciencia (Von Franz, 1995a: 215). Resulta muy interesante estudiar la relación de la figura del mandala con los mitos oriental de la creación por el dios Brahma y el nacimiento de Buda. En ambos, estas dos divinidades se apoyan en una flor de loto y desde allí otean las principales direcciones del espacio. Según Aniela Jaffé, la orientación espacial realizada por los aludidos dioses  puede considerarse como simbolismo de la necesidad humana de orientación psíquica. Las cuatro funciones de la conciencia descritas por C.G. Jung, -pensar, sentir, intuir y percibir-, dotan al hombre para que trata las impresiones del mundo que recibe del interior y del exterior. Mediante esas funciones, comprende y asimila su experiencia; por medio de ellas puede reaccionar (Jaffé, 1995: 240).

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Mi mundo de afuera, Ceuta, es una puerta desconocida a la eternidad. Es un centrum que unifica en uno a los cuatros y a los siete. Los cuatro puntos cardinales no son simples direcciones geográficas, como explicó Honorius d`Autun en su obra Imagine Mundi. Existe “una estrecha relación entre los cuatro elementos: aire, tierra, agua y fuego; los cuatro ríos del Paraíso; los cuatro vientos; los cuatro humores del cuerpo, las cuatro virtudes cardinales del alma” (Mumford, 1948: 187). Por su parte, el número siete, unifica a dos números mágicos en sí mismos, el tres y el cuatro.  Ambos números están presentes en el diagrama de la espiral de la vida diseñado por Patrick Geddes y reinterpretado por mí (Pérez, 2016a). Cuatro son los cuadrantes de esta máquina pensante, en cada uno de los cuales figuran tres conceptos que vertebran tanto el mundo de afuera como el mundo de adentro.

Lewis Mumford (1895-1990)

Lewis Mumford (1895-1990)

Del mundo interior parten las percepciones, las experiencias, los sentimientos y pensamientos que llevamos a un mundo exterior enriquecido y elevado. Los cimientos que sirven de sostén a la vida plena y efectiva son el Gran Tres: la bondad, la verdad y la belleza. Estos conceptos fueron relacionados por Patrick Geddes con tres partes fundamentales de la filosofía: la ética, la síntesis y la estética. Los frutos de los procesos de pensamiento relacionados con estas tres disciplinas son, respectivamente, los ideales, las ideas y la imaginación.

El alma necesita de estos alimentos para elevarse hacia la Ciudad Ideal. Los ideales se elevan hacia la formulación y realización a través de la política y la ciudadanía militante; las ideas experimentan un proceso similar mediante la acción y la educación, dando lugar a la cultura; y, finalmente, la imaginación se expresa a partir de las distintas formas de manifestación artística.

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El mandala sirve como propósito conservador, especialmente, para restablecer un orden existente con anterioridad.  Representa un sistema de coordenadas que se aplica, por así decirlo, instintivamente, en especial para dividir y organizar una multiplicidad caótica, por ejemplo la superficie de la tierra, el curso del año, un grupo humano en clases, las fases de la luna, los temperamentos, los colores (alquímicos), etc…(Jung, 1997: 254). Pero también sirve al propósito de dar expresión y dar forma a algo que aún no existe, algo que es nuevo y único. El segundo aspecto es, quizá, aún más importante que el primero, pero no lo contradice. Porque, en la mayoría de los casos, lo que restablece el antiguo orden, simultáneamente implica cierto elemento de creación nueva. En el nuevo orden, los modelos más antiguos vuelven a un nivel superior. El proceso es el de la espiral ascendente que va hacia arriba, mientras, simultáneamente, vuelve una y otra vez al mismo punto (Von Franz, 1995a: 225). Esta idea del regreso al centro del círculo aparece en Plotino: “Ahora bien; si un alma se conoce en algún momento, sabe que su movimiento natural no es una línea recta, salvo que hubiese experimentado un desvío, sino que describe un movimiento circular en torno de un principio interno alrededor de un centro. Pero el centro es aquello de donde procede el círculo. El alma, pues, se moverá en torno de su centro, es decir, en torno del principio del cual procede; allí se mantendrá, se moverá hacia él, como todas las almas deberían hacerlo. Pero sólo las almas de los dioses se mueve hacia él, y por eso son dioses, pero lo le está lejos es el hombre sin unidad y animal” (Jung, 1997: 229).

La concepción del mandala como una espiral encuentra su plasmación más clara en el diagrama de la espiral de la vida de Patrick Geddes. Su núcleo es geográfico en lo exterior, pero perceptivo y emotivo en el interior. Pretende reconciliar el mundo de adentro y el mundo de afuera para hacer de la vida una aventura sustancial y para lograr un buen lugar para el pleno desarrollo de la persona y la sociedad. Si se considera la cuaternidad desde la tridimensionalidad del espacio, el tiempo, el tiempo puede concebirse como una cuatro dimensión. Si, en cambio, consideramos la cuaternidad desde las tres cualidades del tiempo (pasado, presente y futuro), el espacio estático, en que se cumplen los cambios de estado, viene a agregarse como unidad, como cuarto. Así medimos el espacio por el tiempo y el tiempo por el espacio.

A Carl Gustav Jung le llamó la atención la reaparición del arquetipo de la espiral en el sueño de alguno de sus pacientes. Generalmente, el espíritu santo se representa en el arte cristiano por una rueda de fuego o una paloma, y no bajo la forma de una espiral. Para M.L.Von Franz, esta repentina aparición de la espiral “es un nuevo pensamiento, no contenido aún en la doctrina, que ha surgido espontáneamente en el inconsciente. Que el Espíritu Santo es la fuerza que actúa en pro del desarrollo de nuestra comprensión religiosa no es una idea nueva, desde luego, pero lo que sí es nuevo es su representación en forma de espiral” (Von Franz, 1995a: 225-226).

la espiral de la vida

El diagrama de la espiral de la vida de Geddes constituye una perfecta materialización de un mándala oriental. Creo que cuando el sabio escocés se dio cuenta de este hecho tomó la decisión de irse a trabajar a la India, donde pasó una etapa importante de su vida. Todos los mándalas, como sabemos tiene un centro energético representado por un círculo. La de Geddes también cuenta con este círculo central, igualmente cuaternario. En su interior aparecen cuatro palabras que aluden a otros tantos espacios, dos exteriores (pueblo/ciudad y metrópolis) y dos interiores (escuela y claustro). Como vemos, en todos los trabajos de Geddes el pensamiento y la acción interactúan de manera permanente. Su objetivo no era tanto elevarse hacia el reino celestial, sino traerlo al mundo terrenal, para lo que necesitaba contar con la implicación del cuerpo ciudadano.  La naturaleza, el cosmos y la Ciudad Ideal, combinadas, son el escenario para lograr una vida plena, digna y efectiva.

Ahora que reflexionó sobre esta idea me dio cuenta de que todo mi despertar espiritual vino de la mano del estudio y aplicación en mi vida del diagrama de la Espiral de la Vida. Esta máquina pensante, como a Geddes le gustaba llamarla,  fue la llave que me abrió la puerta a mi propio ser y a la aprehensión del genius loci de Ceuta. Un genio o espíritu del lugar que era la Dama de la Naturaleza, también conocida como la Gran Diosa. Cuando conseguí abrir la puerta tras la cual se guardaba el espíritu de esta ciudad y puede describir todo lo que vi fue el momento en el que encontré en una de mis excavaciones arqueológicas las pruebas que necesitaba para corroborar mis impresiones de lo que había visto detrás de este umbral a la eternidad. Tras estos primeros hallazgos han venido muchas otros descubrimientos y revelaciones. Los más importantes de estos hallazgos los he encontrado en mi interior. Como dijo Aldrovanus “si el alma quiere conocerse a sí misma debe mirar dentro del alma, principalmente allí donde reside la fuerza del alma, la sabiduría” (Jung, 2002: 87).

Conexión pensamiento y acción según Patrick Geddes

Conexión pensamiento y acción según Patrick Geddes

Volviendo a la espiral de la vida, y a su carácter cuaternario, debemos tener presente que, como afirmó Carl Jung, “uno de los más antiguos esquemas de ordenación que conoce la historia, la cuaternidad, siempre representa una totalidad reflexionada, esto es, diferenciada” (Jung, 2002: 199). Geddes quiso ordenar y relacionar tanto el mundo de afuera como el de adentro con la ayuda de su diagrama, teniendo siempre presente que esta diferenciación no estaba reñida con su búsqueda de una totalidad integradora y vitalista. Otros antes que Geddes  buscaron esta totalidad a partir de una peregrinación mística. Este fue el caso de Michel Maier. Su peregrinación la hizo siguiendo los cuatro puntos cardinales, de los cuales  el sur, África, mi tierra, representa el inconsciente. Estos cuatro puntos cardinales y los cuatros elementos son, según Jung (2002: 205), “equivalentes de las cuatro funciones básicas de la consciencia (pensamiento, sentimiento, percepción e intuición)”. Curiosamente, figura una nota del traductor en el apéndice I (los diagramas de Geddes), incluido en la edición argentina del libro “Ciudades en Evolución” de Patrick Geddes, en la que al referirse al diagrama de la espiral de la vida dice textulamente: “conviene destacar la semejanza general de este diagrama con la división cuaternaria (pensamiento, sentimiento, sensación, intuición), de la actividad psíquica que traza el psicólogo C.G. Jung y, por supuesto, con las “mándalas” orientales” (Geddes, 1960: 250).

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Peregrinatio de Michael Maier

Existe, por tanto, una equivalencia entre la geografía, las distintas formas de presentarse la materia y la consciencia humana. Esta idea, desde luego, no suele estar presente en la mente de la mayor parte de las personas. Sólo genios de la categoría de Maier, Geddes o Jung llegaron a captarla y hacerla consciente. Reconocer esta verdad en nuestro entorno no es fácil, ya que los puntos de referencia magnéticos están enmascarados o los cuatro elementos básicos no están presentes, al mismo tiempo, en el paisaje. En el caso de Ceuta, contamos con cuatro referencias inmejorables para orientarnos: el norte, representado por la Península Ibérica; el sur por la costa mediterránea del norte de Marruecos; el este, con el amanecer del sol por las aguas del Mediterráneo; y el oeste, con el ocaso del astro rey por el ancho Océano Atlántico.  No menos reconocible son los cuatro elementos. Las tierras de Europa y África; las aguas del Mediterráneo y del Atlántico; el aire siempre en movimiento por el aliento de Euro o Céfiro; y el fuego representado por el propio sol que dibuja una parábola por las costas de Ceuta. Siguiendo el recorrido trazado por el sol realicé este verano mi propia peregrinación mística (Pérez, 2016). La gran ventaja de Ceuta es que no hace falta salir de este peninsular para recorrer en una sola jornada las cuatro etapas del día, del año y de la propia vida de cada ser humano. Así pude experimentar la primavera, el verano, el otoño  y el invierno de un día, al mismo tiempo que iba rememorando las dos estaciones de mi vida que ya he vivido, la que ahora estoy viviendo y   anticipando la cuarta y último estación que me queda por andar, el invierno.

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En la obra Mysterium Coniunctionis de Carl Jung figuran diversas formas de representar el cuaternario. Una de las que más me llamó la atención es la imagen del “pájaro escarlata” dibujada en el tratado de Wei Po-Yang. Es muy interesante porque combina en un diagrama cuaternario las estaciones, los colores, las sustancias primordiales y los puntos cardinales. (Jung: 2002: 191). Girando este diagrama según la orientación de Ceuta y colocando su centro sobre la propia ciudad observamos la clara correspondencia entre el lugar, las estaciones del año, los colores y principales materias presente en la naturaleza. El centro es la parte emergida de Ceuta, la tierra, que es negra como el betilo hermafrodita que encontré en el vórtice geográfico de la ciudad. El Este está relacionado con la primavera, la renovación de la vida que comienza todos los días con la salida del sol y el regreso del color azul del cielo. Esta luz es la que, – gracias a las hojas de las plantas y los árboles, representados por la madera-, permite la vida en la tierra. El sol se dirige hacia la costa meridional de Ceuta para hasta alcanzar su máxima altura y su mayor poder calorífico. Desde su cenit toma el camino del oeste, de su paulatino ocaso, tiñendo los paisajes de amarillo y oro, hasta su definitivo retiro a través de las aguas del Estrecho que se vuelven blancas, como la plata, cuando el sol se desliza hacia el norte.

pajaro escarlata

Carl Jung, por su parte, dibujó su particular manera de ver el cuaternario (Jung, 2002: 22). La primavera, el amanecer de un nuevo día, es también un despertar espiritual. Es la hora del alma, como la llamó Walt Whitman (2013: 286). Del este pasamos al sur, o lo que es lo mismo, la primavera deja paso al verano, la estación celeste de días largos y luminosos; y noches cortas y plagadas de estrellas. El otoño es corporal y, por tanto, más material y cercano a lo tangible, a la tierra. Y así llegamos al invierno que culmina con nuestro regreso a la misma Diosa Madre que nos otorgó el hálito vital. Precisamente, el cuadrante que delimitan el norte terrestre y la primavera espiritual es el de mayor energía del principio femenino. Tanto el nacimiento como la muerte son los dos momentos en los que la Gran Diosa Madre adquiere más importancia. Ella es la que da y quita la vida, y que nos alumbra en nuestro nacimiento físico y espiritual.

La conjunción del principio masculino y femenino adquiere una gran importancia en el espíritu de Ceuta. Esta ciudad norteafricana representa, como pocos otros lugares de la tierra, la integración armónica de la masculinidad y la feminidad. Ceuta es el punto de encuentro de dos continentes y de dos mares: un caliente y femenino, el Mediterráneo; y uno frío y masculino, el océano Atlántico. Aquí se dan cita la vida y la muerte. Estamos en el extremo de Occidente, el territorio bajo el dominio de Hades y del Atlante dormido que custodia la puerta al inframundo. Y también es el lugar en que muchos mitos y leyendas sitúan el árbol de la vida y la fuente de la eterna juventud.

Jezr, "el hombre verde"

Jezr, “el hombre verde”

 Siendo importante la conjunción de mares y continentes, lo más destacado es la dimensión de Ceuta como punto de contacto entre la emergente consciencia y la sumergida inconsciencia. Aquí se ponen en contacto dos planos de la realidad, la tangible y la intangible, la naturaleza y el cosmos. Al tratarse de un espacio tan espacial es el lugar ideal para la residencia de aquellos seres mitológicos que viven entre ambos planos. Este el caso del conocido como Jezr, “el hombre verde”, cuya principal misión era la custodia de la fuente de la eterna juventud. Este mito, como otros tanto relacionados con Ceuta y su entorno, ponen en evidencia que la percepción del genius loci de esta ciudad no era ajena a las civilizaciones que nos precedieron en el dominio de Ceuta. Unas gentes que, a diferencia de los ceutíes de los últimos tiempos, mantenían una conexión profunda con la naturaleza y el espacio geográfico de este singular territorio. Tanto es así que en un momento histórico que no podemos establecer con seguridad, antepasados nuestros esculpieron un betilo hermafrodita de tipo urobórico. Estamos ante un ídolo anicónico que representa la conjunción  de lo femenino, simbolizado en la parte inferior del betilo de forma triangular; y lo masculino, simbolizado en el glande que es posible apreciar en la parte superior del betilo. Desde mi punto de vista, el betilo encontrado en la calle Simoa expresa a la perfección el poder que procede de la conjunción armónica del principio masculino y femenino. Un poder que los responsables de la realización de este ídolo quieren simbolizar de forma clara en el puño cerrado que labraron en uno de los laterales del betilo.

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En la representación del diagrama cuaternario diseñado por Carl Jung, que hemos superpuesto a la imagen de la península de Ceuta, -tomando como centro el punto en el que aparecieron el betilo y el talismán con la representación de la Gran Diosa-, vemos que el eje de la feminidad sigue la misma orientación que el Monte Hacho y señala al Mar Mediterráneo, un mar de aguas cálidas, vientre del que han nacido muchas civilizaciones que adoraron a la Gran Diosa. Al mismo podemos observar que el eje de la masculinidad toma la dirección del suroeste que nos conduce al océano Atlántico. De este ancho mar dijo Avieno en su obra “Costas Marinas” (380-410): “se trata de aquel Océano que brama en lontananza alrededor del orbe inmenso, ése es el mar más grande. Este abismo marino rodea las costas, éste es el que surte al salado mar interno, ése es el progenitor de Nuestro Mar (…) una antigua usanza lo llamó antaño Océano y otra costumbre lo denominó mar Atlántico” (Cestino, 2014: 49). De este texto lo que quiero destacar es la toma en consideración  del Océano Atlántico como padre del Mar Mediterráneo, reforzando el carácter masculino que veo representado en este mar. La unión incestuosa entre el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo fue el origen de Ceuta.

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Emanuel Swedenborg

Los distintos diagramas cuaternarios de los que estamos hablando, -la “Espiral de la Vida” de Patrick Geddes, el “pájaro escarlata” de Wei Po-Yang y el quartenio de Carl Jung-, nos muestran la forma básica del microcosmos humano y del macrocosmos. Tal y como escribió Swedenborg “las formas ascienden en orden desde la más baja a la más elevada. La forma más baja es la angular, o la terrestre y corporal. La segunda y próxima en elevación es la circular, a la que también se llama angular perpetua, ya que la circunferencia de un círculo es un ángulo perpetuo. La forma por encima de esta es la espiral, origen y medida de las formas circulares en diverso grado, y tienen una superficie esférica como centro; se la llama por tanto la circular perpetua. La forma más alta que esta es la vortical, o espiral perpetua: luego, la vortical perpetua o celestial; por último, la celestial perpetua, o espiritual” (Emerson, 2009: 345).

En este ascenso de la forma más sencilla a la más compleja que es la espiral el número omnipresente es el siete. Los siete planetas, las siete virtudes, los siete pecados capitales, las siete edades del hombre, los siete días de la semana, los siete días de una cuarto del ciclo lunar, los siete tonos del canto gregoriano, los siete chakras, todos exhiben esa secreta correspondencia entre las ideas y las cosas, incluyendo a los lugares. Tal y como afirmó Swedenborg “el mundo físico es puro símbolo del mundo espiritual” (Emerson, 2009: 345).

Dos de los autores que más han influido en la conformación de mi pensamiento y al despertar de mi alma, Patrick Geddes y Walt Whitman, expusieron de manera muy clara la correspondencia a la que acabo de hacer referencia entre el espíritu y determinados lugares de especial energía cosmotelúrica, como es el caso de Ceuta. En su obra “Perspectivas democrática”, Walt Whitman afirmó lo siguiente: “El espíritu y la forma son una sola cosa, y depende mucho más de asociación, de identidad y lugar, de lo que habitualmente se piensa. Sutilmente entretejido con la materialidad y la personalidad de una tierra, de una raza, siempre hay algo, aunque yo casi no sé lo que es, y la historia se limita a describir sus resultados, que es lo mismo que la inadivinable expresión de algunos rostros humanos. También la naturaleza, en sus impasibles formas, está lleno de esto, pero para la mayor parte lo que hay ahí es un secreto. Y este algo está arraigado en los raíces invisibles, en los más profundos significados de ese lugar, raza o nacionalidad; y absorberlo y efundirlo de nuevo, exhalando palabras y productos de su propio medio, y llevándolo a las más altas regiones, he aquí la obra, o la mayor parte de la obra, del verdadero escritor de cualquier país que sea, poeta, historiador, conferenciante, y, quizás, incluso sacerdote o filósofo. Aquí, y solamente aquí, están los cimientos de nuestro verso, drama, etc., realmente valioso y permanente” (Whitman, 2013: 114).

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Árbol sagrado de la historia dibujado por Patrick Geddes

Casi medio siglo después de que Whitman planteara por escrito este emocionante pensamiento, el sabio escocés Patrick Geddes expresó en términos similares esta misma idea: “el que por lo menos quiera ser un buen ingeniero, autor de obras que perduren, para no hablar de un artista en su labor, debe conocer verdaderamente su ciudad y haber entrado en su alma…En toda ciudad hay mucha belleza y muchas posibilidades. Y así, para el urbanista, como para el artista, la peor ciudad del mundo puede resultar la mejor” (Geddes, 1960: 188-189). Llegar a captar el espíritu de una ciudad no es una tarea sencilla. Todo el análisis cívico que Patrick Geddes propuso para una determinada región tenía como fin último conocer su espíritu o genius loci. Una vez identificado este espíritu la misión de la ciudadanía tenía que ser, en opinión de Patrick Geddes (1960: 185), “realzarlo y expresarlo para no borrarlo o reprimirlo más”. Pero, ¿Cómo puede sacarse a la luz y expresarse este espíritu? Por un lado, mediante el análisis pormenorizado del lugar y de las gentes que lo han habitado a lo largo de la historia. Todo ellas han contribuido a conformar la imagen de la ciudad actual.

Wal Whitman

Wal Whitman

Parte de la misión que me ha sido encomendada consiste en describir las Siete Edades por la que ha pasado Ceuta hasta llegar a la octava y definitiva fase que constituye su auténtica Epopeya. Esta labor la he realizado siguiendo el árbol de la historia dibujado por Patrick Geddes y reinterpretado por mí. Puede decirse que todo mi trabajo ha consistido en seguir las pistas dejadas por Geddes para que alcanzar mi objetivo de desvelar el secreto mejor guardado por Ceuta, su propio espíritu. Lo que entraba en mis cálculos iniciales era descubrir que el despliegue histórico del espíritu de Ceuta coincidía con mi propio desarrollo personal, similar al de cualquier persona si se marcara el objetivo de conocerse a sí mismo y al lugar donde viven. Puede decirse, sin  temor a equivocarme, que no hay diferencias apreciables entre el espíritu de Ceuta y mi propia alma. Llevo absorbiendo su esencia desde que nací y analizando su pasado, presente y futuro desde muy joven. Aunque deseo vivir en el presente, soy plenamente consciente de que el presente de Ceuta no es otra cosa que el futuro de su pasado, así como el pasado de su futuro. Lo que hagamos ahora será lo que se materializará en un futuro más o menos inmediato.

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El espíritu de Ceuta está contenido en su misma morfología, su posición geográfica, su clima, su vegetación, su fauna terrestre y su medio marino, y ha quedado incluso marcado en su propio nombre, que es el número siete traducido a distintas lenguas. En mi propósito de desvelar el espíritu de Ceuta y revivirlo su número, el siete,  resulta fundamental. Según Carl Jung (2002: 388, nota 238), “los números uno a siete conforman una serie ininterrumpida mientras que el paso al ocho significa una vacilación o incertidumbre que repite el mismo fenómeno del 3 y el 4, el conocido axioma de María”. Ya hemos visto como Patrick Geddes resolvió este axioma en su diagrama de la espiral de la vida. La solución para resolver el axioma de Ceuta, es decir, el paso del siete al ocho, la hemos tenido siempre a nuestra vista. El nombre de Ceuta procede de la época griega, cuando a esta península la bautizaron con el nombre de Hepta Adelphoi, pasando posteriormente a ser traducido al latín como Septem Fratres (los siete hermanos). Fue, una vez más, Carl Jung quien me puso sobre la pista de la solución del misterio sobre la divinidad que representaba al genius loci de Ceuta.

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En su obra “Mysterium coniuctionis”, Jung alude a un cuento que Grimm titulado “Los siete cuervos” (Jung, 2002: 398). Los protagonistas de esta fábula son siete hermanos y una hermana pequeña, la octava y última en nacer. Sus hermanos fueron convertidos en cuervos por una indeseada maldición de su padre y fue su hermana la que los buscó hasta dar con ellos, gracias a la ayuda de la estrella de la mañana (Venus), en la Montaña de Cristal. La desdichada niña perdió el huesecillo que le había entregado la estrella, así que se cortó el dedo pequeño que utilizó como llave para entrar en la Montaña de Cristal. Este dedo pequeño es la propia península de Ceuta donde, como venimos comentando, existe una puerta a la eternidad, la Montaña de Cristal de la que habla Grimm. Al contemplar el cielo celeste de Ceuta, con su transparencia e intensa luz, uno no tarda en ver en él a la Montaña de Cristal en la que durante mucho tiempo han estado encerrados “Los Siete Hermanos” convertidos en cuervos. Unos cuervos que el mismo día que descubrí su relación con Ceuta los vi volar sobre la ermita del Valle.

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Al hablar de la hermana de los siete hermanos convertidos en cuervos, Carl Jung (2002: 398) la identifica con Sophia, de la que Ireneo (I, V, 3) dice: “a esta madre la llaman Ogdóada, Sabiduría, Tierra, Jerusalén, Espíritu Santo, y, con denominación masculina, Señor”.

Los siete hermanos son los arcontes que corresponden a los siete planetas y significan otras tantas esferas con puertas que el adepto ha de atravesar durante su ascenso. Ahí, según Jung (2003: 389, nota 240), “está el origen  de la ogdóada (octoidal), la cual ha de estar formada por los siete y es padre Yahvé”. Continúa Jung comentando que “el arquetipo del siete se repite en la división y denominación de la semana y sus días y en la octava musical, donde el último grado significa el comienzo del nuevo ciclo. Esto parece ser la razón esencial para que la octava aparezca en femenino: es la madre” (Jung, 2002: 391, nota 243).

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Procesión Virgen de África

El destino final del adepto es alcanzar la esfera octava, que es la de Achamot (Sophia, Sapientia). El carácter de esta última esfera es femenino, al ser par. En este sentido, podemos decir que Ceuta es de naturaleza masculina, pero muy próxima a la feminidad y a la sabiduría de Sophia. Esto explica la importante tradición que en Ceuta cuenta el culto a la Gran Diosa.

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Erich Neuman (a la izquierda) conversando con Carl G. Jung (centro) y Mircea Eliade (derecha)

La Sophia, según nos contaba Neumann (2009:324), “es una divinidad viva y cercana, amable y siempre presente, presta a intervenir y a la que se puede invocar en todo momento. De ahí que como poder espiritual la Sophia ame y salve, y que su corazón torrencial sea al mismo tiempo alimento y sabiduría. La vida nutritiva que ella comunica es la vida del espíritu y la transformación, y no la de la apatía o la de una permanecer presa de lo inferior…Como divinidad del Todo y gobernadora de la transformación que progresa desde el estadio elemental al del espíritu lo que ella busca son personas completas, personas que hayan recorrido la totalidad del trayecto vital comprendido entre ambos estadios”.

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En estos días, al bañarme en las aguas cristalinas en la pequeña y coqueta bahía del Desnarigado, la puerta del entendimiento se me ha vuelto a abrir. Lo que he visto tras el umbral es la confirmación de mi intuición respecto a la relación de espíritu de Ceuta con la diosa Sophia. Al oler y sentir en mis labios la sal marina, portadora de la sabiduría y la conservación de la vida, he pensado que el genius loci de Ceuta no podía ser otra que Sophia. Su principal atributo y símbolo es el mar salado que rodea a esta ciudad y le aporta personalidad. El mar atenúa y une los opuestos, de ahí surge su destacado papel en el Mysterium Coniunctionis. En las costas de Ceuta, donde convergen dos mares de distintas temperatura y salinidad, podemos apreciar la conjunción de los principales masculinos y femeninos. El Mar Mediterráneo contiene más sal, más sabiduría, y es más caliente que el Atlántico, por lo que su feminidad está suficientemente acreditada. Ha sido la madre de muchas civilizaciones, muchas de las cuales han buscado refugio en la pequeña península de Ceuta.

Estrecho de Gibraltar

Estrecho de Gibraltar

Marino, el discípulo de Bardesanes, concibió el bien como lo luminoso y lo diestro (dexión) y el mal como lo oscuro y lo siniestro (aristerón). El lado izquierdo corresponde además a lo femenino. Así también en Ireneo, la Sophia Prounikos es dicha la Siniestra (Jung, 1997: 66). El Estrecho de Gibraltar y Ceuta están a la izquierda del mundo conocido y a partir de aquí se abría el siniestro mar. Esto apoya, aún más, mi idea de que el espíritu de Ceuta está personifica en la figura de la Sophia gnóstica, emparentada, sin duda, con la Sumalita o reina de Saba.

Sin la constante renovación de agua que le aporta el océano Atlántico nuestro Mare Nostrum hubiera muerto hace milenios. El Mediterráneo es hija del Atlántico y Ceuta es el fruto del matrimonio sagrado entre Occidente (masculino) y Oriente (femenino).

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La reina, comentaba Carl Jung (2002: 496), “es un sulphur, es decir, también un extracto a spiritus de la tierra de la tierra o del agua, un espíritu ctónico”. De las paredes de la mina que descubrí en el verano de 2016, en la mágica cala del amor rezumaban, sobre el verde del cobre, el dorado color del azufre.  De acuerdo con Paracelso, el azufre, junto con el mercurio y la sal, conforman las Tres Bases (Tria Prima). El azufre representa el principio vital, anónimo e inconsciente, mientras que la sal encarna el cuerpo, lo sólido, la materia en el sentido propio. Mientras que el mercurio es el alma y la conciencia. De igual modo, el azufre, como ser absolutamente ctónico, guarda estrecha relación con el dragón. De éste se dice que es “nuestro azufre secreto” (Jung, 2002: 114, nota 131). La sinuosa galería encontrada en el Monte Hacho es el dragón de Ceuta.

El azufre y el cobre se combinan en la mina de la cala de Amor, -que bien podría llamarse la cala de Venus-, para elevar mí alma. En este lugar he escrito algunos de mis relatos más profundos. Quién sabe si en una época de la que no ha quedado testimonio fue así como se llamó a este hermoso rincón de las costas del Monte Hacho. El verde del mineral del cobre es el símbolo de Venus, la diosa de la belleza y mi planeta más querido. Llegué a esta antigua mina desconocida siguiendo la pista del talismán y el horno de forja. Para la alquimia griega el cobre, es decir Cypris (Venus) representaba la sustancia de transformación (Jung, 2002: 96). En el Tractatus Micrevis se dice: “…hasta que se te aparezca el hijo verde, su alma, que los filósofos han llamado pájaro verde y cobre y azufre”. Al ánima se le designa también como “lo oculto del azufre” (Jung, 2002; 115, nota 132).

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Sobre el sulphur, nos dice Jung (2002: 118), “sin saberlo el alquimista, se encuentra en el bosque de Venus (el bosque tiene, como el árbol, un significado materno)”. Llegamos así a la idea de que el Monte Hacho tiene un carácter femenino y materno, algo que ya hemos comprobado al superponen el diagrama cuaternario de Jung sobre la silueta de Ceuta. Siguiendo una vez más a Jung (2002: 116, nota 133), nos enteramos de que “el color verde señala en el ámbito de la psicología cristiana la propiedad espermática generadora. Verde es por eso el color del Espíritu Santo en cuanto principio creador”. La divinidad es lo verde en el Peregrino Querúbico de Angelus Silesius: “la Deidad es mi savia: lo que verdea y florece en mí/es su Espíritu Santo, que dé el crecimiento”.

En los versos del Gemma Gemmarum (2002: 118, nota 123), volvemos a encontrar una prueba de la relación del color verde con Venus:

sobre venéreo transparente verde, amable al resplandor

Yo soy de colores enteramente

Pero en mí se esconde un espíritu rojo

Ningún nombre sé de cómo se llama

Ése lo he recibido de mi esposo

De Marte guerrero y encomiable

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Verde es también el color de la diosa Isis, a la que se rindió culto en época romana. “A Isis se la llama “reina de la tierra”, la gran diosa, cuyo color verde es como el verdor de la tierra, creadora de las cosas verdes” (Baring y Cashford, 2005: 278).El matrimonio al que se alude en estos versos del Gemma Gemmarum, “el hierro es Marte y el cobre es Venus, por lo que su fundición es a la vez una aventura amorosa”. Resulta sorprendente que el análisis de laboratorio realizado de las muestras de roca obtenidas en la mina de la Cala del Amor haya podido identificarla como calcopirita con un alto contenido en hierro y cobre. Y todavía es mucho más impactante saber que fueron estas rocas las que se fundieron en el horno metalúrgico que yo mismo descubrí y documenté en la excavación arqueológica en la calle Eduardo Pérez. Todos mis hallazgos arqueológicos están unidos por un vínculo mágico.

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Primero fue el desciframiento de la espiral de la vida de Geddes. Gracias a ella llegué a redactar mi primera aproximación  al espíritu de Ceuta. En esta revelación se me hizo ver la existencia de una antigua cueva sagrada en la que se rindió culto a la Gran Diosa. Poco tiempo después vino el descubrimiento de esta cueva y de la imagen de la diosa y hallazgo del betilo hermafrodita. Y para terminar, el hallazgo del horno en la que realizó el ritual sagrado de la hierogamia entre el principio masculino, representado por el hierro; y el femenino, materializado en el cobre.

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Me gustaría detenerme en este punto para hacer un comentario sobre el betilo. Este sencillo ídolo pétreo contiene una simbología desbordante. Para no perder el hilo de nuestro escrito quiero hablar de sus colores. El dominante es el negro. Este color “simboliza la sabiduría inefable, el misterio de la vida y su poder de autorregeneración” (Baring y Cashford, 2005:539). Como sabemos, la diosa Isis lleva como sobrenombre Negra. Apuleyo resalta el negro de su manto (palla nigerrina), y desde antiguo se le atribuye el elíxir de la vida y ser avezada en las otras artes mágicas (Jung, 2002: 30). No obstante, Isis no fue la única diosa negra que ha sido adorada en la antigüedad y en la Edad Media. A esta misma familia pertenecen Artemis, Parvarti, y, sin ir muy lejos, la Virgen de África. Además de las referidas diosas tenemos que hablar de la Sulamita, cuya nombre significa  “Tierra”. La negra Sulamita en su soledad y ocultación exclama: “¿Qué puedo decir? Estoy sola entre los oculto, pero me alegro de corazón, pues puedo vivir en lo oculto, me restablezco en mi misma. Pero bajo mi negrura he escondido el verdor más hermoso” (Jung, 2002: 416). Al leer este misterio texto emergió hasta mi consciencia el recuerdo del betilo y la gran mancha verde que es observable en la parte superior de esta piedra sagrada, precisamente la que simboliza, con su forma de glande fálico, el principio masculino.  Si, además unimos a esta evidencia, el comentario hecho por Jung  (2002: 116, nota 133),  de que “el color verde señala en el ámbito de la psicología cristiana la propiedad espermática generadora”, no podemos menor que determinar que este betilo está, precisamente, mostrando el esperma verdoso que genera y regenera la vida. Continúa explicando Jung en una nota: “en el trato consigo  mismo no ha encontrado un aburrimiento y una melancolía mortales, sino un opuesto con el que se puede entender, más aún, una relación que se parece a la dicha de un amor secreto, o a una primavera oculta en la que de una tierra aparentemente estéril brota una sementera joven y verde que promete una cosecha futura” (Jung, 2002: nota 233).

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Oh, bendito verdor, que generas todas las cosas”, exclama el autor del Rosario. Mylius escribe: “¿No dio el espíritu del Señor, que es un amor de fuego, una fuerza ígnea a las aguas cuando flotaba sobre ellas, pues nada se puede generar sin calor? Dios ha insuflado a todas las cosas creadas una fuerza germinadora, es decir, el verdor, en virtud del cual las cosas se multiplican”. A partir de este texto, Jung concluye que “ser verde, significa crecer. Esta facultad de generar y conservar las cosas se puede llamar anima mundi. El verde significa esperanza y futuro” (Jung, 2002: 416, nota 223).

Al representar este betilo tan claramente el Mysterium Coniunctionis que persiguieron los alquimistas, y hoy en día buscamos quienes aspiramos a la reconciliación interior de nuestro animus y nuestra anima, nos atrevemos a decir que estamos ante un ejemplo paradigmático de la Lapis Philosophorum, la piedra filosofal. Tal y como aparece escrito en la introducción de la obra  Mysterium Coniunctionis  de Carl Gustav Jung, “la idea principal de la alquimia es la de una materia cualitativa en transformación. Esa transformación consiste en una relación de opuestos que tiende a la articulación en un todo armónico…La transformación de lo denso en sutil, de la materia en espíritu para, finalmente, trascender la muerte y el tiempo” (Jung, 2002: XXIII). En este sentido, el lapis es claramente un ideal eremético, una meta para el individuo (Jung, 2002: 360). Negro es el apelativo con el que los árabes denominaban en época medieval al Océano Atlántico;  y verde es el color que daba nombre en este mismo periodo histórico al Mar Mediterráneo. Por tanto, tal y como ya hemos escrito en anteriores ocasiones, el betilo hermafrodita representa la conjunción del principio masculino y femenino que se da, precisamente en las aguas de Ceuta, entre el negro y frío Océano Atlántico,  y el verde y cálido Mar Mediterráneo; entre la noche y el día que anuncia Venus, la estrella de la mañana; entre el norte de la consciencia y el sur de la inconsciencia; entre la vida y la muerte del sol que, en un círculo continuo, interactúan en el Estrecho de Gibraltar, haciendo de este lugar una doble metáfora de las tinieblas y de la luz, de las puertas del infierno y las del cielo, del árbol de la vida y de la muerte.

Este betilo cumple aquel destino que fue pronóstico por Orthelius para la piedra filosofal: “…así como cristo es llamado en las Sagradas Escrituras la piedra angular desechada por los constructores, lo mismo le sucede a la piedra de los Sabios” (Jung, 2002: 26, nota 55).  Con el mismo desprecio fue tratado el betilo cuando lo mostré a un colega de profesión. Para él era una piedra más de tantas que uno puede encontrar en una excavación arqueológica. Mi camino es bien distinto. Yo creo en las palabras del sabio Dorn: “Venid los que buscáis los tesoros por caminos diferentes, conoced la piedra que ha sido rechazada y que se ha convertido en piedra angular…En vano trabajan los investigadores de los misterios ocultos de la naturaleza si toman otro camino e intentan descubrir las fuerzas de las cosas terrenales mediante lo terrenal. Así pues, no conozcáis el cielo mediante la tierra, sino las fuerzas de ésta mediante las facultades de aquel (el cielo).

…Aprende a conocer a partir de ti mismo lo que es siempre, tanto en el cielo como en la tierra, y en especial que este universo ha sido creado por ti ¿No sabes que el cielo y los elementos eran al principio uno y luego fueron separados unos de otros por una influencia divina para que de manera natural que te generaran a ti y a todos los demás? Si sabes esto, no se te puede escapar el resto. Para toda generación es necesaria esa separación (separatio). Nunca harás lo uno que buscas desde las otras cosas si antes no es uno en ti” (Jung, 2002: 462). Separación y conjunción van de la mano. La tensión entre fuerzas contrarias es la que mantiene en funcionamiento el cosmos y genera la vida en la tierra. El equilibrio dinámico entre principios aparentemente contrarios, -el bien y mal, la consciencia y la inconsciencia, lo femenino y lo masculino-, es el que permite el desarrollo del plan cósmico y la plenitud de las personas.

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La conjunción de la que hablamos tiene lugar en la mente de cada uno de nosotros. Sobre los seres humanos dice el libro sagrado Zohar (I, 55b): “Dios los ha creado masculino y femenino. Por eso una figura que no contenga tanto lo masculino como lo femenino no es una figura superior (celestial)”.  Esta idea vuelve a aparecer en la tradición secreta: “¡Ven y mira! El Santísimo, bendito sea, no vivirá en un lugar en el que lo masculino y lo femenino no estén unidos”. Y también está recogida en una sentencia de Jesús en el Evangelio de los egipcios (Clemente de Alejandría, III, 6, 45): “Cuando holléis la vestidura de la vergüenza y cuando dos se vuelven uno y lo masculino esté con lo femenino y haya ni lo masculino ni lo femenino” (Jung, 2002: 423, nota 272).

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La verdad de la contradicción de opuestos y la necesidad de superarla no hay que buscarla en el exterior, sino, como dice Dorn, “a través de ti mismo”. Esto supone practicar un continuo ejercicio de meditación y autoconocimiento. “Nadie”, afirma Dorn, “puede conocerse a sí mismo si primero no ve y sabe gracias a la meditación diligente…qué es y esto ante todo que quién es, de quién depende o de quién es y con qué fin ha sido hecho y creado, así como por quién y a través de quién” (Jung, 2002: 461). Quien medita sobre estas cuestiones y libera a su espíritu de todas las preocupaciones y distracciones mundanas “verá con los ojos de su espíritu (oculis mentalibus) resplandecer poco a poco y día a día las centellas de la iluminación divina (scintillas divinae ilustrionis)”. Inducido por esto, el alma se unirá al espíritu (Jung, 2002: 462). Jung (2002: 447) afirma, a este respecto, que “sólo se puede esperar que el mysterium coniunctionis se complete una vez que la unidad de espíritu-alma-cuerpo se ha conectado con el unus mundus del principio”. El unus mundus, según Dorn, “es lo uno y lo simple. Este mundo es la res simplex. El grado máximo de la coniunctionis es para Dorn la unión del hombre total con el unus mundus” (Jung, 2002: 511).

El Gran Hombre, explica M.L.Von Franz, “como representa lo que es total y completo, con frecuencia se le concibe como un ser bisexuado. En esta forma, el símbolo reconcilia uno de los más importantes pares opuestos psicológicos: macho y hembra. Esta unión también aparece con frecuencia en los sueños como una pareja divina, real o distinguida de cualquier otro modo” (Von Franz, 1995a: 204).

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Otra forma frecuente de simbolizar el “sí mismo” es forma de piedra, sea preciosa o no. Según M.L.Von Franz (1995a: 209), “cristales y piedras son símbolos especialmente aptos del “sí mismo” a causa de la “exactitud” de su materia… Aunque el ser humano difiere lo más posible de una piedra, el centro más íntimo del hombre se parece de modo especial y extraño a ella. En este sentido, la piedra simboliza lo que, quizá, es la experiencia más sencilla y profunda: la experiencia de algo eterno que el hombre puede tener en esos momentos en que se siente inmortal e inalterable”. Muy tempranamente en la historia, los hombres comenzaron los intentos para expresar lo que pensaban en el alma o espíritu de una roca tratando de darle una forma reconocible (Jaffé, 1995: 233).

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A lo largo de la historia ha habido muchas piedras famosas y simbólicas. Así, “la piedra que Jacob colocó en el lugar donde tuvo su famoso sueño, o ciertas piedras dejadas por gentes sencillas en las tumbas de los santos o héroes locales, muestra la naturaleza originaria de la incitación humana a expresar una experiencia, de por sí inexpresable, con el símbolo pétreo. No es asombro que muchas cultos religiosos utilicen piedras para significar a Dios o para señalar lugares de adoración” (Von Franz, 1995a: 210). El santuario más sagrado del mundo islámico es la Kaaba, la piedra negra a la que todos los piadosos musulmanes esperan peregrinar. Estos lugares de adoración en los que se rinden cultos a piedras sagradas, como el templo de Jerusalén, son considerados el centro de la ciudad, y la ciudad el centro del mundo (Von Franz, 1995a: 209).

Ruiseñor que entró en mi casa el día de mi cumpleaños

Ruiseñor que entró en mi casa el día de mi cumpleaños

El hecho de que este superior y más frecuente símbolo del “sí mismo” sea un objeto de materia inorgánica (una piedra) señala que aún otro campo de investigación y de especulación, esto es, la relación, todavía desconocida, entre lo que llamamos psique inconsciente y lo que llamamos “materia”, un misterio que la medicina psicosomática se esfuerza en descubrir. Al estudiar esa conexión,  aún indefinida e inexplicada, podría resultar que “psique” y “materia” son en realidad el mismo fenómeno, uno observado desde “dentro” y otro desde “fuera”. Partiendo de esta idea el Dr. Jung expuso un nuevo concepto que él llamó sincronicidad.

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Jung estaba convencido  de que lo que él llamaba el inconsciente se entrelazaba, de algún modo, con la estructura de la materia inorgánica, un enlace al que parece apuntar el problema de las enfermedades “psicosomáticas”. El concepto de una idea unitaria de la realidad fue llamado por Jung el Unus Mundus (el mundo único, dentro del cual la materia y la psique no están, sin embargo, discriminadas o separadas en realidad). Preparó el camino para tal punto de vista unitario, señalando que un arquetipo muestra un aspecto “psicoide” (es decir, no es puramente psíquico, sino casi material) cuando aparece en un suceso sincrónico, pues tal suceso es, en efecto, un arreglo significativo de hechos psíquicos interiores y hechos externos (Von Franz, 1995a: 309).Dicho de otra manera por el propio Jung, “en la materia habría que descubrir el germen del espíritu y en el espíritu el germen de la materia. La sincronicidad apunta en esta dirección. Cierta presencia de la psique en la materia pone en cuestión la absoluta inmaterialidad del espíritu, que en ese caso debería tener también cierto carácter sustancial” (Jung, 1970: 102). Esta idea formaba parte de los postulados de la alquimia. Con el ocaso de esta ciencia “se desintegró la unidad simbólica de espíritu y materia y a consecuencia de esto el hombre se encuentra desarraigado y alineado en una naturaleza des-animada” (Jung, 1970: 102). Jung, como vemos, pensaba que el inconsciente tiene un aspecto material, porque, por así decirlo, es materia que se conoce a sí misma. Si así fuera, habría entonces un fenómeno de conciencia, oscuro o tenue, incluso en la materia inorgánica (Von Franz, 1995c: 51).

Las observaciones de Carl G. Jung le llevaron a constatar que en las coincidencias significativas en la vida de una persona, parecía que había un arquetipo activado en el inconsciente de la persona. Parece “como si el arquetipo subyacente se manifestara simultáneamente en los hechos interiores y exteriores” (Von Franz, 1995a: 212). En palabras de M.L. Von Franz (1995b: 306), algunas “coincidencias significativas” ocurren “cuando hay una necesidad vital para un individuo de saber acerca, digamos de la muerte de un familiar, o alguna posesión perdida (ejemplo, hallazgo fragmentos betilo). En gran cantidad de casos, tal información ha sido revelada por medio de percepción extrasensorial. Esto parece sugerir que pueden ocurrir fenómenos anormales cuando se produce una necesidad vital o un acuciamiento; y esto, a su vez, puede explicar por qué una especie animal, bajo grandes presiones o en gran necesidad, puede producir cambios significativos en su estructura material externa” (Von Franz, 1995b: 306).

Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

Para Henry Thoreau este tipo de hallazgos “casuales” era una experiencia común. Thoreau explicaba que “muchos objetos no son vistos, aunque caigan dentro del rango de nuestro arco visual, porque no entran dentro del rango de nuestro campo intelectual. Nosotros no estamos buscándolo. Así, en el sentido más amplio, encontramos lo que buscamos… A largo plazo, nos encontramos con lo que esperamos. Seremos afortunados entonces si esperamos grandes cosas” (Dann, 2017).

Lo expuesto con anterioridad podría explicar la sincronía entre mis pensamientos y los hallazgos arqueológicos realizados en los últimos años. Cuando tenía activo el arquetipo de la diosa y la gruta sagrada encontré a ambos en la excavación de la calle Galea. De igual modo, el arquetipo del centro del mundo y la puerta a la eternidad me condujo al betilo. En línea similar, mi reflexión sobre la unión de opuestos fue la “causa” de descubrimiento del horno metalúrgico y las minas de cobre. Si yo me concentro en el arquetipo del Viejo Sabio es posible que encuentre algo relacionado con Al Khadir o los sabios de Ceuta en la Edad Media.

En general, “los sucesos sincrónicos acompañan casi invariablemente a las fases cruciales del proceso de individuación. Pero con demasiada frecuencia pasan inadvertidos porque la persona no ha aprendido a vigilar tales coincidencias y a darles significado en relación con el simbolismo de sus sueños” (Von Franz, 1995a: 211).

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Ralph Waldo Emerson

¿Podría suceder que sea la materia la que, de forma inexplicable, active el arquetipo en la psique de una determinada persona para que lleve a cabo una misión que la naturaleza considera necesaria? Esto estaría en relación con la idea expresada por Ralph Waldo Emerson de que “cuando la naturaleza tiene trabajo que hacer, crea un genio para que lo haga”. Así, decía el sabio de Concord, “que un ser humano debería considerarse como un actor necesario. Un vínculo deseado entre dos partes ansiosas de la naturaleza, y él aparece en la existencia como el puente sobre la extensa necesidad, el mediador entre dos hechos, de otro modo, irreconciliables. Los pensamientos que le deleita expresar son la razón de su encarnación… ¿No existe porque algo debe hacerse que solo él puede realizar?…Él ha nacido para esto, para distribuir el pensamiento de su corazón de universo en universo, para hacer una tarea de la que la naturaleza no puede privarse, ni él librarse de realizar y, entonces, sumergirse de nuevo en el silencio sagrado y en la eternidad de la que como hombre ha surgido” (Emerson, 2016: 140).

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Si la materia está dotada de espíritu, la naturaleza puede hablarnos y mandarnos mensajes. Hacer hablar a las piedras es el principal cometido de un arqueólogo. Estas piedras me han indicado el camino para que yo encuentre el talismán, el betilo y las minas de hierro y cobre. Han confiado en mí una serie de secretos que debo descifrar y dar a conocer a su debido tiempo. Cuento también con la ayuda del Viejo Sabio, personificado en Hermes, Elias, Al Khidr, Elias y el mismo Carl Gustav Jung. Puede que en mí se esté dando la transformación prevista del joven héroe defensor del patrimonio natural y cultural al sabio que orienta a otros en el camino espiritual. Como Viejo Sabio regreso a mis investigaciones arqueológicas, como Merlín lo hizo con sus estudios astronómicos. Mis salidas a la naturaleza son el primer paso a mi retiro como guardián de la fuente de la eterna juventud. Esta fuente no está fuera, sino dentro de nosotros mismos.

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Además de la figura del anthropos, y de la piedra, encontramos asociado al arquetipo del “sí mismo” la representación de la cuatro esquina del mundo y la imagen del Gran Hombre en el centro de un círculo dividido en cuatro cuadrantes. Jung empleó la palabra hindú mandala (círculo mágico) para designar una estructura de ese orden, que es una representación simbólica del “átomo nuclear” de la psique humana, cuya esencia no conocemos (Von Franz, 1995a: 213). La redondez del mandala generalmente simboliza una totalidad natural, mientras que una formación cuadrangular representa la realización de ella en la conciencia (Von Franz, 1995a: 215). Resulta muy interesante estudiar la relación de la figura del mandala con los mitos oriental de la creación por el dios Brahma y el nacimiento de Buda. En ambos, estas dos divinidades se apoyan en una flor de loto y desde allí otean las principales direcciones del espacio. Según Aniela Jaffé, la orientación espacial realizada por los aludidos dioses  puede considerarse como simbolismo de la necesidad humana de orientación psíquica. Las cuatro funciones de la conciencia descritas por C.G. Jung, -pensar, sentir, intuir y percibir-, dotan al hombre para que trata las impresiones del mundo que recibe del interior y del exterior. Mediante esas funciones, comprende y asimila su experiencia; por medio de ellas puede reaccionar (Jaffé, 1995: 240).

Orificio que representa al mundus o centro de Ceuta

Orificio que representa al mundus o centro de Ceuta

Resulta interesante estudiar cómo se plasma el arquetipo del mandala, es decir del “sí mismo”,  en el arte y en el urbanismo. Roma, muchas otras ciudades del imperio, fue creada a partir de un hoyo excavado en la tierra que se le dio el nombre mundus (Jaffé, 1995: 242). Este centro, o mundus, establece la relación de la ciudad con el “otro” reino, la mansión de los espíritus ancestrales. Esto explica que el mundus fuera cubierto con una gran piedra, llamada “piedra del alma”. La piedra se quitaba determinados días y luego, se decía, los espíritus de los muertos surgían del hoyo (Jaffé, 1995: 242).

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Torre Bollingen de Carl Gustav Jung

La idea de una ciudad terrenal y otra divina, unidas a partir de un eje mágico o árbol sagrado, aparece de manera recurrente a lo largo de la historia. La encontramos en la “Jerusalén celestial” y en la leyenda del Grial, en la que se alude a un castillo que aparece y desaparece en determinados momentos, pero que permanece imperturbable más allá del tiempo. Henry David Thoreau escribió en su diario, sobre su concord natal, que “esta ciudad, también, situada bajo el cielo, es una puerta de entrada y salida para las almas a y desde el cielo” (Dann, 2017). Henry había atisbado en su ciudad natal lo mismo que yo he visto en la mía: que sobre nosotros se abría una puerta hacia la eternidad. Jung soñó, igualmente, que existía una réplica de la torre que el mismo diseñó y construyó en Bollingen. Poco antes de morir Jung volvió a ver a su torre celestial donde el mismo sabía que iba a residir eternamente. De igual modo, su principal discípula, Marie Louise Von Franz compró un terreno y erigió una torre de planta cuadrada. En los primeros días de residir en ella tuvo un sueño. Soñó que existía una réplica idéntica de su casa en el más allá. Esto significa que su torre solo es una imagen terrenal de una idea eterna. El sí mismo, la personalidad más grande, se encuentra en el más allá. Jung soñó, poco antes de su muerte, que ya podía trasladarse a su torre situada “en la otra orilla del lago”.

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Sea en fundaciones clásicas o primitivas, el plano mandala nunca fue trazado por consideraciones estéticas o económicas. Fue la transformación de la ciudad en un cosmos ordenado, un lugar sagrado vinculado por su centro con el otro mundo. Y esas transformaciones armoniza con los sentimientos vitales y las necesidades del hombre religioso (Jaffé, 1995: 242). Mi misión se realiza en servicio de la totalidad que se expresa en forma de estructura cuaternaria. Esto explica mi interés por la espiral de la vida de Geddes y por la geografía sagrada y cuádruple del Estrecho de Gibraltar. La realidad de un espíritu del lugar cobra sentido bajo el prisma de la sincronicidad.

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Mantener abierta esta puerta a la eternidad se ha convertido en una necesidad para mí. Gracias a ella me llegan numerosas intuiciones y vivo una vida digna de ser vivida. Tengo la suerte de acumular experiencias realmente numinosas con un marco carácter de totalidad. Lo que yo vivo nada tiene de patológico, sino de gozoso. Tal y como dejo escrito Carl Jung  en las últimas líneas de su obra Mysterium coniunctionis, “las vivencias numinosas no pertenecen exclusivamente a la psicopatología, sino que se pueden observar en el ancho campo de lo normal. Pero el desconocimiento moderno de las vivencias anímicas íntimas y el prejuicio moderno contra ellas están dispuestos a despacharlas como anomalías psíquicas y alojarlas en el fichero psiquiátrico sin intentar comprenderlas” (Jung, 2002: 523).La vivencia del Unus Mundus apunta hacia la apertura de una ventana o puerta hacia la eternidad. Este Unus Mundus o Anima Mundisenvuelve al mundo igual que el aire a la tierra” (Jung, 2002: 498). Llegar a percibirlo sólo es posible si emprendemos un riguroso y constante proceso de autoconocimiento que debe ir de la mano de una aprehensión de la realidad del  mundo exterior. Mi experiencia personal es un ejemplo de esta verdad expuesta por Jung (2002: 498). A pesar de todos mis conocimientos históricos sobre Ceuta no he llegado a conocer su espíritu hasta que ayudado por el diagrama de la espiral de la vida de Geddes y animado por las palabras escritas de Walt Whitman empecé a conocer mi propia alma. Entonces se abrió esa puerta divina por llegaron hasta mí las claves del secreto de esta tierra y las pruebas arqueológicas que avalaban la verdad de mis descubrimientos espirituales.

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Realmente no me importa que me tomen por loco quienes hayan tenido la paciencia de leer este texto completo. Si estoy loco, bendita locura la mía. Ojalá que esta visión que comparto sobre el espíritu de Ceuta anime a algunas personas a conocer los secretos que, sin saberlo, guardan encerrados en su alma. La llave que abre el cofre de su tesoro la tienen delante de sus ojos, es la propia geografía de Ceuta y los elementos que la componen y son visibles para los que miran con “los ojos de su espíritu (oculis mentalibus)”. Una vez que hayan conseguido despertar los sentidos de su alma ya no percibirán igual a la naturaleza y el cosmos. Su concepción sobre las dimensiones del tiempo y el de espacio experimentarán un giro radical.

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Cada lugar tiene su propio genius loci y en todos ellos existe una puerta a la eternidad disponible para ser abierta con la misma llave. Como escribió Patrick Geddes en la conclusión de su obra “Ciudades en evolución”: “cada lugar tiene una verdadera personalidad; y con esto muestra algunos elementos que son únicos, una personalidad demasiado dormida posiblemente, pero que es tarea del pensador despertar. Y sólo puede hacer esto quien está enamorado y familiarizado con  su tema, -verdaderamente enamorado y perfectamente familiarizado-, con ese amor en que una gran intuición complementa el conocimiento y provoca su propia expresión más plena e intensa, para convocar las posibilidades latentes, pero no menos vitales que se abren ante él” ( Geddes, 1960: 219).

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Ceuta guarda en su espíritu la semilla de un cambio de ciclo. Al ser un cumplimiento del número siete significa la entrada de un nuevo orden. En la actualidad, hemos cumplido la última de la Siete Edades de esta ciudad en su crecimiento a través del Árbol de la Historia. Nos encontramos en el umbral de un nuevo  tiempo. Sophia, la hermana de los siete hermanos, ha llegado para liberarlos. Que se cumpla o no el plan diseñado por estos siete hermanos que son los arcontes, -cuya misión precisamente es escribir el destino de los hombres y mujeres-, depende de todo y cada uno de nosotros. La llave para abrir las siete puertas que conduce a la octava y definitiva se esconde en el alma de cada uno de nosotros y está dibujada en el espacio y en el tiempo. Podemos verla con mayor claridad en lugares de gran fuerza cosmotelúrica como Ceuta, pero, créanme, cualquiera puede contemplar esta llave si se convence de que es, somos, pura sustancia cósmica materializada, durante una serie de años, en un cuerpo. Esta corporeidad es la que nos hace percibir las dimensiones del tiempo y del espacio. Estas dimensiones, lejos de ser unos obstáculos para el desarrollo intemporal del alma, son necesarias para ascender por las siete esferas que nos conduce a la Verdad absoluta.

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Cada día es más evidente que existe un fuerte vínculo entre el macrocosmos y el microcosmos tanto en la dimensión temporal como espacial. Como escribí hace unos años: “nuestra vida, con su primavera, verano, otoño e invierno, no es otra cosa que un año ampliado a varias décadas. En orden inverso, lo mismo sucede con nuestros días: son con un año reducido a varias horas”. De igual modo, los cuatros puntos cardinales y los cuatro elementos  son, según Jung (2002: 205), “equivalentes de las cuatro funciones básicas de la consciencia (pensamiento, sentimiento, percepción e intuición)”. Nuestro mundo de adentro es una extensión del mundo de afuera. Conocernos a nosotros mismos es conocer el orden supremo del cosmos. Somos lo que pensamos, y según pensamos, así vemos.

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Cuando llego a este punto de mi reflexión me paro a pensar sobre los motivos que me llevaron a comenzar a entender las grandes verdades de los que estoy hablando. ¿Por qué me ha sido dada esta capacidad para ver, sentir, pensar y actuar de la manera en que lo hago? Esta misma pregunta se la hicieron antes muchas otras personas que han gozado de esta misma suerte. Una de ellas, Morieno Ramano, en su obra “Liber de compositione alchemicae quem edidit Morienus Romanus” (pp. 22-23), dijo sobre la revelación de la Verdad, “esta cosa no es más que un regalo del Dios supremo, que lo entrega según quiera y a quien quiera…Pues Dios concede esta ciencia divina y pura a sus fieles y servidores a los que ha decidido concedérsela desde tiempos inmemoriales…Pues esta cosa no puede ser más que un regalo del Dios Altísimo, el cual se lo entrega y muestra según quiera y a quien quiera de sus fieles y servidores. Pues el señor encarga a los servidores que quiere y elige la tarea de buscar la ciencia divina oculta al hombre y que conserva la ciencia buscada” (Jung, 2002: 362). De una manera similar se manifiesta Dorn: “suele suceder de vez en cuando que tras muchos años, esfuerzos y estudios…algunos sean elegidos después de muchas llamadas, oraciones y una investigación perseverante” (Jung, 2002: 362).

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Yo, que desde muy joven descubrí mi vocación mística, no puedo menos que emocionarme al leer la siguiente reflexión de Aldous Huxley (Grey Eminence. A Study in Religion and Politics, pág. 313): “a finales del siglo XVIII, el misticismo había perdido su antiguo significado en el cristianismo y estaba más que medio muerto. “Bueno, ¿Y qué?”, preguntará alguien, “¿Por qué no debería haber muerto? ¿De qué nos serviría que siguiera vivo?”. La respuesta a estas preguntas es que donde no hay visión espiritual la gente perece; y que si los que son la sal de la tierra pierden su sabor, no hay nada que mantenga a la tierra desinfectada, nada que evite la decadencia completa. Los místicos son canales a través de los cuales un pequeño conocimiento de la realidad se filtra a nuestro universo humano de ignorancia e ilusión. Un mundo completamente carente de místicos sería un mundo completamente ciego y demente. En un mundo habitado por los teólogos llaman “hombres no regenerados o naturales”, es probable que la Iglesia y el Estado nunca puedan llegar a ser sensiblemente mejores que los mejores Estados o Iglesias de los que el pasado nos ha dejado algún vestigio. La sociedad no puede mejorar de verdad más que en el momento en que la mayoría de sus miembros decidan ser santos teocéntricos. Entre tanto, los pocos santos teocéntricos que existan en cada momento dado son capaces en alguna medida de contrarrestar los venenos que la sociedad genera en su interior con sus actividades políticas y económicas. Según la frase del evangelio, los santos teocéntricos son la sal que preserva al mundo social de caer en una decadencia irremediable” (Jung, 2002,  364, nota 425).

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Mi propósito es dedicar mi vida a la defensa, potenciación y renovación de la vida, al fortalecimiento de la vida interior, a la elevación de la condición humana, a contribuir al noble esfuerzo de que todas las personas tengan la oportunidad de  disfrutar de una vida digna, plena y rica. Una vida que merezca ser vivida. Como escribió el sabio Dorn: “mientras uno se sepa portador de la vida y que por eso es importante vivir, también vivirá el misterio de su alma, da igual que sea consciente o inconscientemente. Pero quien no ve el sentido de su vida en su mera realización ni cree que el hombre tiene derecho eterno a la libertad de realizarla ha traicionado y perdido su alma reemplazándola por una locura que conduce a la ruina, como nuestra época ha demostrado con claridad” (Jung, 2002: 165).

 

 

 

MIENTRAS LA CIUDAD DUERME

Ceuta, 13  de octubre de 2017.

He salido de casa a las 7:30 h. El día está nublado. La temperatura es agradable, aunque la humedad es palpable en el ambiente y en las hojas de las plantas. Esta humedad incrementa la fragancia de las hojas y las plantas. El olor que desprende un ricino me retrotrae a mi primera juventud. Por aquel entonces, con apenas catorce años, iba todos los días a la Gran Vía a rebuscar entre la tierra objetos arqueológicos que me unieron al espíritu de Ceuta. Es increíble la memoria de nuestros sentidos. En este instante, después de tantos años, he asociado el olor del ricino con el que percibía cuando excavaba en los perfiles de la Gran Vía. Se me ha venido a la mente un ricino que crecía entre las removidas tierras de istmo.

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No tenía decidido adonde vendría a contemplar el amanecer. Me he dejado llevar por mi instinto, que me ha conducido hasta las antiguas minas del Cardenillo. He comprobado con alegría que han limpiado el camino que lleva a este bello, sagrado y mágico lugar. Nada más llegar he montado el trípode y situado la cámara de fotos para captar el amanecer. Las nubes están entreabiertas para que pueda entrar el sol e iluminar este día. El mar está en calma. No obstante, el levante crea esas onduladas y suaves olas que caracterizan a los días en los que el mar es influido por el aliento de Euro. Algo debe contribuir al aspecto del mar la presencia disminuida de la luna.

El sonido de la naturaleza es sinfónica. La melodía del tambor me llega de la entrada del mar en una galería natural y los agudos provienen de los graznidos de las gaviotas. De fondo se escucha el batir de las olas entre las piedras de los acantilados.

Justo a la hora prevista para la salida del sol, las 8:26 h, las puertas del cielo se han cerrado. Unas densas nubes taponan la visión del sol. El reflejo de las nubes sobre el mar le aporta una intensidad tonalidad gris azulada. Podría ser que están nubes vengan cargadas de un agua que bien le vendría a nuestro reseco campo.

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Cuando pensaba que hoy no vería el rostro incandescente del sol éste se ha asomados por la estrecha franja abierta entre el horizonte y la masa de nubes. El espectáculo apenas ha durado dos minutos, tiempo suficiente para fotografiarlo y deleitarme ante tanta belleza.

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La ciudad dormida

Mientras tanto Ceuta duerme tapada por una tupida sábana de nubes blancas. Hoy es un día laboral, pero en los centros escolares han aprovechado la festividad de la hispanidad para hacer un puente festivo.

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Quienes duermen, aun estando de vigilia, se pierden toda la belleza que contemplo en este instante. Las nubes se han vuelto algodonosas y entre ellas se cuelan los rayos solares. Una tonalidad rosácea envuelve al paisaje. Estos rayos se proyectan sobre el mar creando la sensación de que hay más de un sol en el cielo.

Percibo una sugerente y agradable mezcla de olores, en la que es posible distinguir el salitre del mar y el perfume de las chumberas que pueblan los acantilados del Hacho.

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Voy sintiendo el gradual incremento de la luz que corre paralelo a la elevación de mi ánimo. El sol también se ha elevado y cuando vuelvo a verlo ya ha perdido su color rojizo. Ahora es de un intenso color blanco y de una fuerza cegadora. El haz de luz proyectado sobre el mar avanza, como la lanza de Longino, para atravesar mi alma. La reciba en pie y con los brazos abiertos para beneficiarme de la fuerza que emana de la naturaleza.

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En la base del ancho haz de luz solar observo que se concentran una enorme cantidad de gaviotas que graznan enloquecidas. No tardo en comprobar que no están solas. Entre ellas nadan un nutrido grupo de delfines. Se sirven de esta luz primigenia para pescar, trabajo del que se aprovechan las gaviotas.

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Ha resultado una sorpresa inesperada contemplar esta manada de delfines. Algunos de ellos se han acercado bastante a la costa y esto me ha permitido disfrutar de sus hermosas siluetas y sus acrobáticos saltos sobre la superficie del mar.

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Las gaviotas y los delfines, poco a poco, se han ido desplazando hacia la bahía meridional de Ceuta. Al abandonar el lugar donde me encuentro ha regresado la calma y el silencio. Este silencio me ayuda a escuchar con más nitidez mi voz interior. Tomo conciencia de que es la naturaleza y el cosmos el que habla a través mía. Cada cambio que observo en el paisaje es una llamada de atención hacia los detalles con los que se viste la naturaleza.

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Siento curiosidad por la franja de color verde que aparece de manera fugaz sobre el horizonte. Es de una tonalidad similar a las manchas de cobre que son apreciables en las rocas sobre la que estoy sentado escribiendo. De igual modo, el color ocre del cielo guarda cierta semejanza con la tonalidad de las piedras de este saliente rocoso. Todo está conectado de una manera mágica.

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El viento, hasta ahora inexistente, empieza a soplar  de levante con cierta intensidad. Trae un aire fresco y húmedo, lo que me obliga a abrigarme con otra camiseta que he traído de casa. Los días de otoño son así de inestables. Todo puede cambiar de un momento a otro. El verano ha quedado atrás con su calor a veces asfixiante. Los limoniums están achicharrados por el sol. Han perdido sus bellas flores lilas, aunque conservan algunas de sus verdes hojas. Este color aún es visible en el paisaje gracias a las chumberas, los cañizales y el pequeño bosque de alcornoques y eucalipto del antiguo cortijo Morejón. El resto del Monte Hacho ha adquirido una monocroma tonalidad marrón.

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A las 9:45 h asoma con fuerza el sol. Los colores de los que les hablo recuperan toda su fuerza perdida durante la noche. Todo está impregnado de una tonalidad dorada, menos el mar que presenta un oscuro azul que presagia la profundidad de sus fondos. Sobre su superficie se desplazan cardúmenes de peces y se mueven los plásticos y botellas arrojados por los ignorantes seres humanos. Pensaba esta mañana que buena parte del daño que le infringimos a la naturaleza tiene que ver con la ignorancia generalizada sobre la propia condición humana. A muchos se le ha hecho creer que la naturaleza está a nuestro servicio, cuando es justo al revés. Somos nosotros los que debemos ponernos al servicio de la naturaleza. Somos la consciencia del cosmos, el órgano del que se sirve la naturaleza para expresarse y dar forma a su plan divino. Ella es nuestra inspiración y nosotros su más excelsa obra. Estamos aquí para contribuir al despliegue de un propósito que trasciende a nuestra limitada comprensión de lo que nos rodea.

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No me siento con más derecho sobre la tierra que los peces que observo nadando sobre la superficie marina. Ellos tienen el mismo derecho que yo, o cualquiera de nosotros, a nacer, vivir y reproducirse para que la vida no se detenga y se transmita de una generación a otra en su imparable evolución. Somos el fruto de una chispa de vida que se encendió sobre la tierra y que ha dado lugar a multitud de distintas formas de vida. Todas y cada una de ellas ha jugado y juega un papel en el aludido plan cósmico. Eliminar alguna de estas formas de vida supone poner en peligro el propio desarrollo y continuidad de la vida.

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Los peces de los que les hablo, y ahora son mi inspiración, tienen sus derechos y sus deberes, como también los tienen los delfines, las gaviotas y los limoniums. Nosotros tenemos derechos y deberes propios de nuestra especie. Contamos con el derecho de nacer, de alimentarnos con los frutos de la naturaleza, de crecer y reproducirnos, como el resto de seres de la naturaleza. Pero a estos derechos universales de los seres vivos hay que añadirles los derechos de la percepción sensitiva consciente, el de las emociones, el del pensamiento y la expresión artística. Somos capaces de pensar, sentir, actuar y expresarnos como ninguna otra criatura de la naturaleza. Esto hace que nuestros deberes sean también superiores. No podemos tratar a la naturaleza, y a nosotros mismos, como lo estamos haciendo. Puede que la toma de conciencia del daño que le causamos al medio ambiente constituya un paso previsto y necesario en la evolución de la consciencia humana.

La ciudad despierta

La ciudad despierta

Ya va siendo hora de que despertemos y dejemos atrás la pesadilla de la destrucción de la tierra, las guerras, el hambre, la pobreza, las desigualdades sociales, el terrorismo y el fanatismo religioso e ideológico. Es hora de que abramos los ojos y contemplemos gozosos y admirados la belleza de todo cuanto nos rodea. Tenemos que levantarnos para ver el mundo en toda su majestuosidad y emocionarnos ante toda su bondad, verdad y belleza.

Una vez recuperada la conciencia de lo que somos, y asumido nuestro papel en la tierra, es necesario emprender cuanto antes la restauración y reparación de todo el daño que le hemos causado a la naturaleza. Tenemos por delante una ardua tarea que no podemos demorar por más tiempo. Nos va en ello la propia continuidad de la vida.

PASEO OTOÑAL

Ceuta, 9 de octubre de 2017.

El verano quedó atrás. Ha sido una estación muy provechosa para mí. Guardo en la memoria las largas excursiones por Ceuta. Durante unas semanas dejé de salir a la naturaleza. Entre el trabajo y la familia nos dispuse de la serenidad suficiente para mis aventuras. Necesitaba también avanzar en mis estudios sobre la diosa luna. Pero este fin de semana tomé la decisión de retomar mis paseos. A ello ha contribuido, de manera notable, la lectura del primer volumen del diario de Henry David Thoreau. Ya que estaba leyendo el primer volumen he aprovechado para releerme el segundo. Mientras lo hacía sentía esa satisfacción íntima de estar conectado mediante un hilo dorado con Henry.

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Torvisco en flor

Torvisco en flor

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Después de dejar a los niños en el colegio he subido a casa para preparar mis bártulos. A las 10:00 h estaba ya en el arroyo de Calamocarro. El paisaje ha cambiado mucho desde que visité este lugar a mediados de verano. El cauce está seco y dominado por el verde de los tallos y el amarillo de las flores de la albahaca. Las adelfas han perdido sus bellas flores rosas. Noto un incremento significativo de estas extrañas plantas de vainas almendradas y peludas. También llaman mi atención las pequeñas flores blancas de los torviscos.

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Me siento bajo el alcornoque en el que este verano estuve acompañado de un hermoso sapo moruno. Sentado sobre su acorchado tronco he desayuno un bocadillo que me he traído de casa. El postre me lo ha ofrecido el propio alcornoque. Alrededor mío ha dejado una gran cantidad de bellotas, algunas de las cuales he comido y otras he guardado para mi mujer y mis hijos.

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Con el estómago lleno he subido hasta los castaños centenarios que quedan del primitivo bosque mediterráneo que tuvo Ceuta. Uno a uno he ido abrazándolos y besando para demostrarles mi amor y mi afecto. Me preocupa la mala salud de algunos de ellos. No creo que aguanten muchos más inviernos. De los más sanos he recogido algunas castañas tiradas en el suelo que aún conservan sus pinchudas envolturas. En casa las comeré con mis hijos.

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Un camino se abre al lado de uno de estos castaños con más de cuatrocientos años de antigüedad. Acepto la invitación que me hace y me adentro confiado por esta senda. Termino a los pies de un bello castaño que luce toda su majestuosa presencia. Unos metros más arriba contemplo un vetusto muro coronado con un frondoso cañaveral. Llego hasta allí para descubrir que se trata de una amplia plataforma rectangular relacionada con la antigua finca de la Fuente de la Higuera. Uno de estos árboles frutales que da nombre a esta desaparecida explotación agrícola disimula la existencia de una antigua construcción. Me encanta el olor que desprende la higuera.

Fuente de la Higuera

Fuente de la Higuera

Tras dar varios rodeos salgo a la torre medieval de la fuente de la Higuera. Este manantial presenta un aspecto deplorable. Han acumulado un montón de piedras sin ton ni son y una mensaje escrito a brocha gorda que el agua no es potable. Aun así la gente sigue viniendo hasta aquí a coger agua.

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Junto a la fuente encuentro un palo pelado que es perfecto para ayudarme a subir por los cerros. Tenía ganas de tener un bastón tallado por la naturaleza, pero hasta ahora no había hallado ninguno que llamara mi atención. Puede que haya pertenecido a otro caminante. Con su ayuda subo por un empinado camino situado a un lado de la fuente. Me siento atraído por un extraño zumbido parecido al de los grillos, pero algo diferente. Desconozco su origen. A mitad de la cuesta percibo una embriagadora mezcla de olores en la que participan los majuelos y el perfume de los helechos secos, junto a las hojas caídas de los alcornoques. No podría haber encontrado una mejor composición para ilustrar una estampa otoñal.

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Disfruto del entrecruzamiento de colores en los que predominan el marrón oscuro de los alcornoques, el verde apagado de las hojas que aún cuelgan en las ramas y el amarillo de las que se acumulan en el suelo. El toque de alegría lo aporta el intenso color de rojo de los frutos de los majuelos. Aunque el cielo está hoy nuboso, en el momento que ahora escribo las nubes se abren para que los rayos del sol penetren entre las ramas de los pinos y las hojas de los alcornoques.

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El viento acaricia las hojas de los helechos con la misma dulzura que una madre lo hace con el rostro de su bebé mientras le da el pecho. Este mismo candor lo siento en este instante por parte de la naturaleza. Me acoge como a un hijo que hace tiempo que no ve.

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De vez en cuando deja caer junto a mí alguna que otra bellota, como un presente que agradezco sinceramente. La naturaleza es de una generosidad extraordinaria. Nos regala el aire que respiramos, el agua que bebemos y las plantas y frutos que comemos. Y esto sólo es lo que se refiere al mantenimiento de nuestro cuerpo. Pero también nos ofrece un alimento mucho más importante: el que nutre nuestra alma. Cada vez que acudo a la naturaleza recupero mi fuerza vital, mi manantial interior vuelve a brotar y deja un surco de palabras en mi libreta. Siento esa emoción profunda que despierta mis sentidos sutiles. Vuelvo a ser yo mismo. Recupero mi ansia de vivir, de cumplir con mi destino. Mis palabras caen como los frutos de los árboles sobre una libreta yerma, pero que, tarde o temprano, nutrirán el alma de quienes las lean.

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Hoy no vuelvo con la mochila vacía. Regresa llena de los frutos del bosque otoñal y de experiencias significativas y trascendentes.

LA TIERRA DEVASTADA

El rey herido o mutilado

El rey herido o mutilado

Cuenta la leyenda del Santo Grial que José de Arimatea recogió un poco de sangre de Jesús mientras lavaba su cuerpo en la misma copa en la que bebió Jesucristo en la Última Cena. Este sacerdote, antes conocido como el Rey Pescador, fue herido por la lanza de Longinos que atravesó el costado de Cristo en la cruz y pasó a llamarse el Rey Herido o Mutilado. Su reino quedó yermo y baldío y pasó a llamarse la Tierra Devastada. La desertización de la tierra y la herida del rey estaban íntimamente relacionadas.

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Tiempo después, mientras la tierra seguía en su imparable degradación ambiental, el mago Merlín construyó en la corte del rey Arturo una mesa, la Tabla Redonda. En torno a esta mesa se sentaban el rey Arturo y sus caballeros. Estando reunidos un día de Pentecostés se les presentó el Grial y todos prometieron salir en su búsqueda por rutas distintas. La mayoría de los Caballeros fracasaron. Sólo uno de ellos, Parsifal, -que tenía el apodo de Perfect Fool, perfecto imbécil, por su inocencia-, consiguió, después de un primer fracaso, llegar al castillo del Rey Herido  y formular la pregunta ritual prescrita y así logró curar al rey. La pregunta era: ¿A quién sirve el Grial? o ¿Qué te aflige? Curado al fin, el rey pudo morir ya. Y la Tierra Devastada recobró la fertilidad.

Carl Gustav Jung

Carl Gustav Jung

La psicología analítica iniciada por Carl Gustav Jung y la mitología comparada encabezada por autores como Joseph Campbell y Mircea Eliade nos han permitido descifrar los misterios y mensajes que se ocultan tras muchas leyendas y mitos, como el de Grial. Esta misma semana se publicó en “El País” un artículo sobre la disputa entre Valencia y León sobre quién custodia el verdadero cáliz sagrado. Realmente, el objeto material no es lo más importante. Lo trascendente es su valor simbólico y su significado psicológico. Autores como el psicólogo junguiano Edward C.Whitmont sostienen que  en realidad la Tierra Devastada y la herida en la creatividad masculina (la herida del rey Pescador) se deben al menosprecio de lo femenino, representado por el grial. La restauración de la tierra y del hombre dependen de que se vuelva a rendir homenaje a la mujer y lo que ella representa.

PARSIFAL

Llevamos muchos milenios de predomino del patriarcado y de lo que éste lleva asociado: el materialismo, la insensibilidad, la contención de las emociones, el rigorismo doctrinario, el desprecio de la imaginación y la parte subjetiva del ser humano, el dualismo irreconciliable, el individualismo, la falta de empatía, el afán de domar la indómita fuerza de la naturaleza, etc…Mientras tanto una parte importante de nuestro ser, la intuición, la ambivalencia de los sentimientos, la sensibilidad humana, la solidaridad, el amor, la sabiduría y la creatividad, entre otras facetas asociadas al principio femenino, han sido reprimidas y despreciadas como inútiles e incompatibles con el “progreso”. Este cisma del alma interna, como lo denominó el historiador A.Toynbee, provoca un desmoronamiento de la clave de toda significación. Por este motivo es muy importante que respondamos, nosotros mismos, a las preguntas curativas que el héroe Parsifal planteó al sufriente Rey Herido o Mutilado: ¿A quién sirven nuestros actos? ¿Qué me produce este malestar interior que me aflige? ¿Cuál es el significado de mi vida? ¿Quién soy? Hasta que no consigamos obtener una respuesta adecuada a estas cuestiones seguiremos sufriendo nosotros y la vida no regresará a la Tierra Devastada.

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Lewis Mumford, en su obra “La condición humana”, llevó a cabo una revisión histórica de la evolución espiritual del ser humano. Las últimas páginas de este libro contienen una actualización de las preguntas que sirvieron a Parsifal para sanar al Rey Herido y, de camino,  a la vida en la tierra. Según Mumford, debemos aportar a cada actividad y a cada plan un nuevo criterio de juicio: debemos preguntar en qué medidas las acciones que promueven los poderes tienden a la realización de la vida y cuánto respeto guardan a las necesidades del hombre. Las preguntas que debemos tener siempre en la cabeza pueden agruparse en dos bloques. En el primero de ellos, hay que preguntarse: ¿Cuál es el objetivo de cada nueva medida política y económica? ¿Busca la antigua meta de la expansión y el crecimiento o la nueva del equilibrio? ¿Trabaja para la conquista y la acaparación del poder o para la cooperación y el apoyo mutuo?

Lewis Mumford (1895-1990)

Lewis Mumford (1895-1990)

En la misma línea debemos cuestionarnos: ¿Cuál es la naturaleza de ésta o aquella realización industrial o social? ¿Produce bienes materiales solamente o también bienes humanos y hombres buenos?

A sendos bloques de preguntas se añaden otras dos referentes, respectivamente, a nuestros propósitos individuales y planes públicos. Respecto al aspecto individual esta es la pregunta: ¿Concurren nuestros planes de vida individuales a una sociedad universal, en la que el arte y la ciencia, la verdad y la belleza, la religión y la santidad enriquecen a la sociedad?

En cuanto a los proyectos ideados en el ámbito público ésta es la cuestión a dilucidar: ¿Concurren nuestras planes de vida públicos a la satisfacción y renovación de la persona humana, para que fructifique en una vida abundante, cada vez más significativa, cada vez más valiosa, cada vez más profundamente experimentada y más ampliamente compartida?.

Si mantenemos constantemente estas preguntas en nuestra mente, comentaba L.Mumford, tendremos tanto una medida de lo que debemos rechazar como una meta de lo que debe alcanzarse. Todas estas preguntas son un medio útil para discriminar nuestra acción individual y la de la propia sociedad. En su conjunto subyace la idea de que el primer paso es personal: un cambio de dirección del interés hacia la persona. Sin ese cambio no se logrará gran mejoramiento en el orden social. Una vez que empiece ese cambio, todo es posible.

Este autocuestionamiento personal requiere un denodado esfuerzo y también el padecimiento de un dolor semejante al que sufrió el Rey Herido. La herida abierta en nuestro orgullo y vanidad permanecerá abierta hasta que le apliquemos el agua eterna que contiene el Grial. Esta copa sagrada está custodiada por la diosa apresada por el malvado Amargón.  El camino para llegar hasta el castillo del Grial está lleno de peligros y duras pruebas, entre ellas la aceptación del conflicto interno, emotivo y psicológico, -desde una posición de lealtad y fuerza-, así como la escucha atenta de la voz que nos habla desde nuestro mundo de adentro. El buscador del Santo Grial ha de ser valeroso, leal y devolver en forma de actos y hechos los dones entregados por la diosa.

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El buscador, como Gawain, en un primer momento, “actúa, pero no expresa”: “al beber las aguas de la diosa, el ego renuncia a su pretensión personal de poder. De hecho, el ego se reconoce sólo como recipiente y canal de un destino que fluye desde una tierra profunda y misteriosa del ser, que es la fuente del terror y de la repugnancia, así como del hermoso juego de la vida. Para obtener la protección de la diosa ha de manejarse con respeto este poder que fluye de la soberanía de la vida. “La armadura de la diosa” y la cinta verde de la dama del castillo simbolizan esa protección” (E. C. Whitmont: El retorno de la diosa, Paidós, 1984).

Mientras que la diosa está en manos del rey Amargón la bondad, la verdad y la belleza no volverán a la tierra. Este dios representa el dominio del pensamiento patriarcal, tecnocrático, mecanicista y excesivamente racional, frío y calculador. Autores como Lewis Mumford nos advirtieron, con un lenguaje menos poético, sobre las consecuencias del ascenso del mito de la máquina, intrínsecamente unido al monoteísmo ya sea religioso o profano (la adoración a la máquina y a la idea del progreso). El mito de la diosa es la contraparte del mito de la máquina. Ambos mitos, en sus aspectos positivos, deben converger en un nuevo mito: el de la vida.

LA BÚSQUEDA DEL GRIAL

Un mito relacionado con la fuente de la eterna juventud y el axis mundi  es el del Santo Grial. En la obra “El retorno de la diosa. El aspecto femenino de la personalidad” (1984), del psicólogo junguiano Edward C.Whitmont, se explica que estamos en el umbral de una nueva era: la de Acuario, “el que porta el agua y restaura el flujo de las aguas”. Su llegada supondrá la renovación de la vida y el espíritu. Según E.C. Whitmont (1984: 266), en esta nueva etapa “se recuperarán la paz, la felicidad, el amor y la sabiduría. El camino que lleva a esta nueva era es el objeto de la búsqueda del hombre. Hemos de hallarlo aumentando la búsqueda y la investigación de los secretos ocultos de la naturaleza y de la mente”. Esta búsqueda de la Suprema Sabiduría y la iluminación está asociada a la inmortalidad. Pues puede que todo se resuma en percibir el tiempo en la eternidad y la eternidad en el tiempo. Los buscadores del árbol de la vida (Gilgamesh), de la fuente de la eterna juventud (Moisés, Alejandro Magno, etc…), del Santo Grial (los Caballeros de la Mesa Redonda) comparten un mismo fin: el conocimiento del significado de la vida y la unión con la Divina Base (A.Huxley, philosophia perenne). El buscador del Santo Grial debe formular la pregunta que hace posible que las aguas fluyan de nuevo: ¿A quién o a qué sirve el grial, qué hay detrás del misterio de la herida y el dolor? Según Whitmont (1984: 302), “hemos de formular la pregunta nosotros mismos e intentar descubrir por nuestras vías individuales, mediante nuestras pruebas y experimentos, cómo y cuándo se revela a nuestro yo individual el misterio de la vocación o el destino de nuestra vida. Así, como indicó Campbell, los caballeros del rey Arturo salen juntos en busca del Grial, pero cada uno de ellos elige un camino individual e independiente en el bosque”.

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La respuesta correcta a la pregunta formulada es que el grial sirve a la diosa que, a su vez, representa a “la propia vida; que hay que aceptar tal cual es, en sus tinieblas y en su luz, con sus altibajos, con los vaivenes del destino. No sólo hay que aceptarla, sino que hay que responder también a ella” (Whitmont, 1984: 302). Sin perder nuestra integridad, debemos responder a la llamada de la diosa y aceptar su juego. Todo lo que recibimos de la diosa hay que devolver “al caballero verde, al poder chamánico y dionisíaco de la muerte y la renovación” (Whitmont, 1984: 303). Los dones, el afecto y la protección de la diosa que nos brinda la diosa son intercambiadas por la sensibilidad lúdica y juvenil, la fuerza y el poder de la madurez y la astucia y sabiduría de la edad avanzada. Estos regalos de la diosa no son propiedad nuestra ni motivo de orgullo y complacencia, sino medios para el cambio, el crecimiento, la transformación y la experiencia. “Han de ofrendarse a los dioses, al poder de la vida” (Whitmont, 1984: 303).

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El buscador del Grial establece una relación de amor cortés con la diosa en la que debe contener su deseo y pasar las pruebas que le impone al pretendiente. Está obligado a demostrar su fidelidad, su discreción y refinamiento. Estas pruebas también le sirven para valorar si el amor del adepto hacia ella es pasajero o leal. Tiene que ganarse su confianza antes de poder acceder a su alcoba (Whitmont, 1984: 305). Se trata de una relación sexual no dirigido a la procreación o el placer físico, sino a la transformación psíquica y del cuerpo sutil (Whitmont, 1984: 306). Lo masculino y lo femenino se unen para hacer posible el mysterium coniunctionis.

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El hecho de que muchos de estos mitos tengan como escenario el Estrecho de Gibraltar, y Ceuta, son buena prueba del carácter mágico y mítico de un lugar de unión de opuestos. El héroe debe superar la dura prueba de la conjunción entre lo masculino y lo femenino en su propio interior. Para ello debe emprender la marcha para reencontrarse con la diosa. El camino está lleno de peligros y duras pruebas, entre ellas la aceptación de conflicto interno, emotivo y psicológico, -desde una posición de lealtad y fuerza-, así como la escucha atenta de la voz que nos habla desde nuestro mundo de adentro (Whitmont, 1984: 300). El buscador del Santo Grial ha de ser valeroso, leal y devolver en forma de actos y hechos los dones entregados por la diosa. El buscador, como Gawain, en un primer momento, “actúa, pero no expresa” (Whitmont, 1984: 300):

al beber las aguas de la diosa, el ego renuncia a su pretensión personal de poder. De hecho, el ego se reconoce sólo como recipiente y canal de un destino que fluye desde una tierra profunda y misteriosa del ser, que es la fuente del terror y de la repugnancia, así como del hermoso juego de la vida. Para obtener la protección de la diosa ha de manejarse con respeto este poder que fluye de la soberanía de la vida. “La armadura de la diosa” y la cinta verde de la dama del castillo simbolizan esa protección” (Whitmont, 1984: 301).

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Mientras que la diosa está en manos del rey Amargón la bondad, la verdad y la belleza no volverán a la tierra. Este dios representa el dominio del pensamiento patriarcal, tecnocrático, mecanicista y excesivamente racional, frío y calculador. Autores como Lewis Mumford nos advirtieron, con un lenguaje menos poético, sobre las consecuencias del ascenso del mito de la máquina, intrínsecamente unido al monoteísmo ya sea religioso o profano (la adoración a la máquina y a la idea del progreso). El mito de la diosa es la contraparte del mito de la máquina. Ambos mitos, en sus aspectos positivos, deben convergen en un nuevo mito: el de la vida, tal y como propone Mumford en el epílogo de su obra “El Pentágono del Poder”, titulado “el avance de la vida” (Mumford, 2011: 673-708).

HACE CUATRO AÑOS

Ceuta, 18 de septiembre de 2017.

Llevo casi un mes sin escribir en esta libreta. El viaje a Granada para recoger a la familia y la recuperación de la rutina son algunos de los motivos que explican esta pequeña pausa en mi labor de escritor. Tengo también que reconocer cierta pérdida de fe en el valor de mis escritos, así como una sensación de fracaso general sobre mi vida. Dentro de una semana cumpliré cuarenta y ocho años y el balance de mi trabajo no es demasiado positivo. Sigo sin tener un trabajo estable y el que ahora tengo nada tiene que ver con mi profesión de arqueólogo.

He dedicado mucho tiempo a la defensa del patrimonio natural y cultural de Ceuta y aquí tampoco me siento especialmente satisfecho. Los problemas ambientales que padece mi ciudad siguen sin solucionarse y, en muchos casos, se han agravado con el tiempo. De igual modo todo el esfuerzo encaminado a despertar la conciencia cívica y movilizar a la ciudadanía ha resultado infructuoso. Nadie quiere dedicar parte de su tiempo al cuidado de esta tierra sagrada y mágica. Tampoco he tenido fortuna con ciertas iniciativas como la “Escuela de la Vida”, Ceuta Dreams o el proyecto sobre las salazones. La coyuntura económica, política y cultural de la ciudad no era favorable para que estos proyectos echaran raíces y crecieran.

Sin embargo, y a pesar de estos fracasos (o gracias a ellos), he logrado madurar en los aspectos sensitivos, emotivos, creativos, intelectuales y creativos. La madurez exterior, -propia de los años que voy a cumplir-, e interior obtenida gracias a mis experiencias significativas, mis lecturas y mis actos me han hecho entender mi existencia con el despliegue de un plan preconcebido. Mi temprana vocación como arqueólogo no me fue inculcada para que me dedicara a la “cacharrología”, sino a un fin más trascendente como es el resurgimiento de la diosa. Ella puso en mis manos la inscripción de Isis, el exvoto de la diosa hallado en la calle Galea, el descubrimiento de las minas de Hacho, los libros de Thoreau, Emerson, Whitman, Geddes y Mumford, entre muchos autores que han marcado mi pensamiento.

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Llevo varios días pensando sobre el sentido final de todo este plan y mientras he subido a este lugar, donde hace justo hoy cuatro años empecé a escribir, ha surgido en mi mente la idea de que mi destino era despertar en mí a la Gran Diosa y, gracias a ello, contribuir a que otras personas consiguieran reconciliar su lado masculino y femenino. Yo he conseguido ver la geografía de Ceuta una metáfora perfecta del mysterium coniunctionis. Aquí se reencuentran los mares y dos continentes de signos opuestos, pero complementarios.

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Justo desde donde me encuentro observo las corrientes marinas que se generan en las cercanías de la Punta del Desnarigado al entrar en contacto las cálidas aguas del Mediterráneo y las gélidas del Océano Atlántico. Es una combinación que genera un poder visible. No obstante, esta energía está siempre allí que los principios masculinos y femeninos se armonizan, aunque pase desapercibida para la mayor parte de la gente. Yo siento esa fuerza inmanente y trascendente cuando mi alma se reintegra, de manera momentánea, en el anima mundi. Entonces el tiempo y el espacio se ensanchan tanto que se difuminan y sólo permanecen la eternidad y el infinito. Mi cuerpo y mi mente actúan como anclas para evitar que el viento divino me arrastre como lo hacen las ráfagas que ahora siento con las hojas de los árboles entre los que estoy sentado escribiendo.

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He aprendido a navegar sin un rumbo fijo. La única carta de navegación que utilizo es mi propia intuición. Acepto mi destino, en lo bueno y en lo malo, expectante ante lo que pueda ocurrir. Esta actitud me aporta paz y serenidad.

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La soledad en la naturaleza actúa como un bálsamo para mi cuerpo y para mi mente. Aquí disfruto de la amplitud del mar y del cielo, de la sombra de los árboles, del olor de las hojas secas, del sonido de las aves y del ligero calor del sol otoñal, suavizado hoy por el fresco viento de poniente. Se trata de una soledad compartida con los árboles, las plantas y las aves, como el cernícalo que acaba de posarse sobre la copa de una pita.

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Está tan cerca que no tengo duda que sabe de mi presencia, pero no le inquieta. Entre nosotros se ha  establecido una relación de mutuo respeto. Disfruto mucho viendo cómo se balancea el tronco de la pita con el movimiento intencionado de su cuerpo, como si fuera un columpio.

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La naturaleza es muy acogedora conmigo. No me siento solo en su compañía. Este bosquecillo está plagado de vida. El crujir de las hojas secas marca los sigilos pasos de las criaturas que lo habitan. Siguiendo este sonido doy con un camaleón que anda lentamente entre las piedras y ramas. Me gusta su lento desplazamiento, la elegancia de su cuerpo y sus vivos colores. Verlo ha sido un regalo inesperado en este cuarto aniversario del inicio de mis escritos.

MENSAJE DESDE EL MONTE HACHO

Ceuta, 20 de agosto de 2017.

De improviso he sentido una indescriptible sensación de placer y fuerza al llegar al portal de mi casa. Tal es la fuerza que he experimentado que al abrir la puerta el manojo de llaves se ha deshecho entre mis dedos. Me siento vital y sano, como si una súbita energía se hubiera apoderado de mi cuerpo. Algo me empuja a escribir para plasmar por escrito mis actuales impresiones.

Una sensación de calor recorre mi cuerpo concentrándose en la parte baja del vientre y elevándose hacia la garganta. Mis sentidos están despiertos como nunca antes y anhelan nuevas percepciones. Lo mismo sucede con mi mente, que llama a la puerta de más elevados niveles de conciencia.

El placer es inmenso. Mi cuerpo y mi espíritu desean unirse a su contraparte femenina. Me adentro en el terreno de lo inconfesable e íntimos. Son palabras escritas para ser leídas por la Gran Diosa. Ella me atrae ejerciendo un magnetismo del que me es imposible huir. Estoy atrapado en su red de poder y me entrego de manera fiel y leal a su voluntad. La Gran Diosa me indica que me vista y suba hasta la cima del Monte Hacho. Me ha regalado este extra de vitalidad para acudir raudo a su encuentro.

A la mágica hora de la siete salgo de casa. Nada más salir me encuentro con dos niñas que me piden les compre una pulsera. No llevo dinero encima, pero les encargo que me preparen una pulsera con el nombre de mi pequeña Sofía. A la vuelta pasaré  a recogerla.

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Al asomarme a la Rocha contemplo el Monte Hacho como si fuera la primera vez que lo veo. Hoy parece que está más cerca que nunca.

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Tardo apenas veinte minutos en alcanzar la cima de este mítico promontorio. No he sentido nada de cansancio ni esa pesadez en las piernas que a veces sufro al subir una empinada cuesta o al estar mucho tiempo de pie. Lo que sí he sentido es el calor pegajoso del levante. Tengo el pelo chorreando de sudor y sus gotas caen sobre mis brazos y las páginas  de la libreta.

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Me he sentado sobre el saliente rocoso en el que se erige el baluarte de San Amaro de la fortaleza del Hacho. En él ondea, a media asta, la bandera de España. Esta rota por el viento y también por el dolor de un país que llora por la muerte y el sufrimiento de las víctimas de los actos terroristas cometidos en Cataluña.

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La bandera de España simboliza los valores de una nación forjada en el yunque del tiempo. Esta muralla y esta bandera representan la lucha de un pueblo por mantener intactas sus señas de identidad y la posesión de una tierra sagrada, mítica y mágica. Nuestros antepasados tuvieron que hacer frente a muchas vicisitudes y enfrentamientos para lograr que hoy Ceuta sea una ciudad en la que reinen los ideales democráticos y domine la libertad para pensar y expresar lo que cada uno opine y crea. Una ciudad en la que todos tenemos la oportunidad de desarrollarnos con personas y cumplir nuestros particulares objetivos vitales. Estos logros, insisto, han costado sangre, sudor y lágrimas y no podemos dejar que ser pierdan por culpa del fanatismo, el odio, la violencia, el miedo y la desconfianza entre las distintas culturas que habitamos Ceuta en el presente. Cada uno de ellas aporta los rasgos de su idiosincrasia a un cuerpo social y cultural diverso y rico, como la propia naturaleza que ahora me rodea. Esta mezcolanza civilizatoria resulta inestable y sumamente frágil. Requiere de la buena voluntad de todos las partes para que podamos disfrutar de una convivencia pacífica y gratificante.

La empatía y la misericordia son las formas de amor más elementales para alcanzar el objetivo de la comunión entre los ciudadanos de cualquier pueblo, ciudad o nación. Esta unión amorosa entre los ciudadanos es imposible de lograr cuando algunos se proclaman poseedores únicos de la verdad considerando hermanos a sus iguales y viles animales a los demás.

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La bandera y los árboles cercanos, junto a las aves, unen sus voces aquí donde me encuentro para decirnos que el sol que ahora cae y se oculta tras las nubes ilumina y calienta por igual a todas las criaturas que habitan la tierra. Una fuerza, al mismo tiempo inmanente y trascendente es creada por la vida y la hace crecer. Esta energía está en el todo y en las partes, y mantiene aglutinado al mundo. Siento la fuerza a mi alrededor, y esta tarde con especial fuerza en mi interior.

Los seres humanos no somos simple materia perecedera. Además de cuerpo poseemos mente y espíritu. Una pequeña chispa de energía cósmica reside en nuestro interior y sobrevive a nuestro cuerpo. Gracias a esta fuerza y a la mente que se alimenta de ella somos seres autoconscientes y expresivos, capaces de maravillarse ante la sacralidad, la magia y la belleza de la naturaleza y el cosmos. Aquel en cuyo corazón reside esta visión del mundo no puede albergar odio y deseo de muerte para ellos mismos, sus semejantes y cualquier criatura que forme parte de la naturaleza. No existen animales impuros. La impureza está en la mente del que piensa así. Hemos venido a este mundo para amar y no para odiar. Yo amo a la bandera que se agita sobre mi cabeza. Amo a las piedras que dan forma a esta muralla. Amo a las que con denodado esfuerzo las levantaron. Amo a la ciudad que contemplo desde la lejanía. Amo el sonido de las campanas que anuncian, en este instante, las nueve de la noche. Amo a los árboles cuyas ramas son agitadas por el viento de levante. Amo el canto de las aves que despiden al sol. Amo al día que se va y a la noche que llega. Amo, en definitiva, a la fuerza vital que lo inunda todo.

SUMIDO EN LA NIEBLA

Ceuta, 16 de agosto de 2017.

Al asomarme por la ventana a las 6:30 h he comprobado que las predicciones meteorológicas no se han equivocado. El cielo está completamente cubierto con una densa niebla. La humedad es del 100 %, lo que explica que las aceras y los coches estén mojados. La temperatura es muy suave, 21º C y el viento sopla del sur, aunque en pocos minutos rolará a levante.

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Apenas he tardado cinco minutos en bajar a la playa Hermosa. Ahora estoy sentado sobre los peldaños finales de la escalera que conecta el litoral con el Recinto. Por la hora que es hora, las 7:45 h, el sol ha debido emerger del mar. Ha sido imposible verlo con la tupida niebla que domina el paisaje. No obstante, la luz que nos trae ya es apreciable.

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La escena resulta, sin lugar a dudas, misteriosa. El color dominante es el gris y el campo visual muy reducido. El rumor del mar va apaciguándose según pasan los minutos. Parece que ha decidido darnos una tregua después de una semana de fuerte viento de levante.

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Entre la niebla se asoman las gaviotas con sus peculiares graznidos. Casi todas toman camino hacia Oriente, como si fueran a comprobar que el sol realmente ha salido. Los gallos también preguntan por el astro rey.

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Mientras esperamos a ver el rostro del sol, yo me siento a escribir entre las rocas mirando al mar. Oteo un horizonte sin su habitual marcada línea y tan estrecho que mi mundo se reduce a una circunferencia de no más de veinticinco metros. Todo llega de improviso. Una ola muere entre las rocas sin que sea posible adivinar su origen ni la causa que la ha provocado. A las gaviotas las veo cuando las tengo encima de mí. Es un ambiente propicio para la llegada de un mensajero de los dioses. Podría adoptar la forma de un ave, de un delfín, incluso de un ser humano. Me mantengo expectante y con todos los sentidos alertas.

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Levanto la mirada y aparece ante mi mirada un hombre de algo más de cincuenta años con una mochila en la espalda y unas bolsas de plásticos en las manos. Le pregunto si viene de pescar y me contesta que no, que ha pasado la noche durmiendo entre las rocas. “Mucha humedad”, le digo. “Sí, mucha humedad…Me he tenido que cubrir con unos plásticos”. No detiene sus pasos y lentamente asciende por las escaleras. Me gustaría haber conversado con él más tiempo, pero no parece que tuviera muchas ganas de hablar después de una noche en la que la humedad le ha debido calar hasta los huesos.

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La niebla, lejos de disiparse, da la impresión de que aumenta cada minuto que pasa. Los cristales las gafas se llenan de diminutas gotas de agua. Esta agua vaporizada humedece todo lo que toca. Lo noto en las mismas hojas de este cuaderno, en el peldaño de madera en el que ahora me siento, en mi rostro, en mi pelo y en piernas. También es perceptible en las rocas y en las plantas. El grupo de hinojo marino (Crithmum maritimum) que tengo a mi lado huele de manera intensa gracias a esta humedad añadida. Lo toco y está completamente mojado. He hecho bien en ponerme una rebeca para evitar que la humedad afecte a la parte más sensible del cuerpo.

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En Ceuta siempre decimos que gozamos de un clima muy bueno, excepto por la intensa humedad. Ésta afecta a los huesos y a las articulaciones. En lo que se refiere a las posesiones materiales, la humedad perjudica la conservación de los objetos metálicos y del papel, así como de la ropa y las pieles. Enseguida se enmohecen y si no se actúa a tiempo hay tirarlas a la basura. Los aparatos electrónicos también son víctimas de la humedad.

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Sé que esta humedad la trae el levante, pues el cristal de las gafas que mira a Oriente es el más rápido se empaña. Son las 9:00 h. Lejos de disiparse la niebla parece que se hace más densa a cada instante. El sol no consigue penetrarla y disiparla. Debo de tener paciencia y confiar en el efecto de los rayos solares. Mientras tanto creo que es buen momento para reflexionar sobre todo aquello que la realidad cotidiana no nos deja ver.

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Al igual que la niebla que esta mañana envuelve a Ceuta, muchos viven en un mundo de estrecha mirada. Como consecuencia de la niebla yo ahora no veo más allá de quince metros. Sin embargo, mis recuerdos y mi imaginación son capaces de recrear todo aquello que mis ojos no pueden ver. El hecho de que no contemple el sol, ni los acantilados de la Almina ni el fuerte del Sarchal no implica que no existan. Están ahí y seguirán allí, aunque no pueda verlos. Lo mismo sucede con el resto de la tierra y con todos los planetas que componen el sistema solar. Si nos vamos aún más lejos y tomamos una perspectiva distanciada nos daríamos cuenta de que nuestro sistema planetario es un diminuto punto en una galaxia entre miles de otras galaxias que se mueven y expanden en un cosmos infinito. Todo esto lo veo con mi ojo interior y lo percibo con mis sentidos sutiles. Nuestra mente, al igual que el universo, tiene una enorme capacidad de expansión y de concentración. Sucede a veces que nos concretamos tanto en nuestra mente que experimentamos un big bang interior que nos hace expandirnos y abarcar la totalidad. Sin embargo, la mayor parte del tiempo nuestro pensamiento está dedicado a asuntos más mundanos. Nos preocupa nuestra salud, el trabajo o la falta de él, la discusión con nuestra pareja o amigo, incluso perdemos el tiempo en temas intrascendentes como el fútbol o la ropa que hoy nos pondremos.

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Con las nuevas tecnológicas que portamos todo el día con nosotros recibimos una continua llamada de atención que nos distraen de nuestras ocupaciones. El resultado es que la mayor parte de las personas dedican muy poco tiempo al autocultivo y al cuidado de los frutos que nacen y crecen en su mundo de adentro. Muchos no llegan a conocerse ni a saber para qué vinieron a este mundo.

Nosotros somos los únicos que podemos recoger nuestra propia cosecha. Como comentó Patrick Geddes a sus hijos, existe un undécimo mandamiento no escrito: “cultiva tu jardín y cuídalo”.

Mis frutos más apreciados, además de mis hijos, son mis escritos y mis iniciativas a favor de la conservación y difusión del patrimonio natural y cultural de Ceuta. Los ofrezco a quienes deseen probarlos con la esperanza de que  sirvan para alimentar sus almas. Estos frutos han sido cultivados con el abono que ha dejado en mi interior la lectura de muchos libros y regados con el agua de la fuente de la eterna juventud. Tales nutrientes aseguran que estos frutos permanecerán frescos y que, aunque maduren, nunca lleguen a pudrirse. Si lo hicieran tampoco me preocupa, ya que la semilla que contienen son las garantía para una nueva cosecha en el futuro.

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…Son las 10:00 h. El sol ha tomado altura y puedo ver su silueta. Creo que va siendo hora de regresar a casa.