CAMINANDO ENTRE LOS FUERTES NEOMEDIEVALES DE CEUTA

Ceuta, 19 de mayo de 2017.

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Al acercarme al Atlante dormido he experimentado una profunda emoción. Me siento muy afortunado de poder disfrutar de la majestuosa estampa de esta divinidad petrificada. La luz que decora la mañana es asombrosa y deslumbrante. El azul del mar es de una hermosura indescriptible. El horizonte parece que ha sido trazado con un compás mágico por los dioses.

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He parado a desayunar en el cafetín de Benzú. Me estoy tomando un delicioso té moruno con una macla de queso fresco y aceite. Es conveniente alimentarse bien antes de emprender un buen paseo por el monte de García Aldave. Paladeo el amargo sabor del té con hierbabuena. La teína hace su efecto y siento a cada sorbo cómo se despiertan mis todavía dormidos sentidos. No hay nada mejor que un té moruno para elevarte el ánimo y prepararte para la aventura. Recuerdo mis tiempos de niño en los que me encantaba perderme entre los barcos pesqueros abandonados en el muelle Alfau. Me ponía a mandos de sus timones creyéndome el mismo Capitán Ahab en su disparatada caza de la ballena blanca.

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Apuro hasta la última gota del té y empiezo mi aventura…

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…Ahora me encuentro en el mirador del Atlante dormido. Este espacio lo han convertido en un hermoso vivero forestal en el que están presentes las principales especies arbóreas y arbustivas de Ceuta. Lástima que el proyecto no esté acabado, ya que no hay ni un cartel que indique a los neófitos cuales son las especies que están observando.

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Desde aquí el rostro y la figura del Atlante es mucho más visible que desde la playa de Benzú. Hoy el cielo está completamente despejado y el mar en calma. Sopla una ligera brisa de poniente, aunque al mirar al norte observo los primeros indicios de la entrada del levante.

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Mi interés por la flora local crece cada día. En la punta de este mirador encuentro un ejemplar de jarguazo negro cuyas flores se resisten a salir de sus capullos. No obstante, algunas de ellas se muestran al día y son visitadas por los insectos polinizadores.

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Según avanzo por la senda trazada en el suelo no pierdo de vista el bello rostro del Atlante. A esta hora de la mañana dibuja una marcada sonrisa. Su alegría es evidente, no tanto por mi visita, sino más bien por la compañía matutina de la luna en cuarto menguante. Lo masculino y lo femenino se dan la mano en esta mañana primaveral.

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Me paro un instante a fotografiar un ejemplar de algarrobo con su particular fruto en forma de vaina coriácea.

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Veo sobre el perfil de la montaña situada al otro lado del arroyo de las Bombas a un fuerte gemelo a los que voy a visitar esta mañana. Desconozco su nombre.

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El ascenso hacia el fuerte de Aranguren no es demasiado exigente. Aún perduran, aunque descarnados por las lluvias, los peldaños realizados con troncos de madera durante los trabajos de la Escuela Taller “Itinerario entre fuertes”.

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Mi desarrollada visión de arqueólogo me permite localizar algunos vestigios arqueológicos durante la subida, como un fragmento de ladrillo con el sello de los alfares de la maestranza ceutí del siglo XIX.

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Ya en el último tramo de la empinada cuesta empiezo a contemplar la imagen del fuerte de Aranguren. No me detengo mucho tiempo a visitar este antiguo edificio militar decimonónico.

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Fotografío las poéticas plantas que han colonizado sus paredes como símbolo de la imparable mano de la naturaleza que siempre tiende a recuperar lo que es suyo.

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Me llama la atención un bello y solitario ejemplar de tagarnina que luce sus llamativas flores amarillas.

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Con decisión y ganas comienzo el trayecto que me llevará al siguiente fuerte, el de Anyera. Mi emoción aumenta a cada paso que doy. Me siento muy feliz al encontrar un ejemplar de jara rizada con sus preciosas flores rosáceas. No es fácil dar con este tipo de planta. De hecho es la primera que veo en mis últimos paseos por Ceuta.

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El camino abierto por los senderistas aún es visible en el rocoso suelo, pero según asciendo la vegetación se va cerrando. Tengo la impresión de que hace muchos meses que nadie toma esta senda. A mi paso vuelan cientos de mariposas de los más variados colores y mis ropas se van impregnando de los olores que desprenden las coloridas flores que rozan mi cuerpo. Penetro en esta espesura floral con veneración y respeto, haciendo el menos daño posible.

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Los árboles aún muestran los efectos del incendio de hace unos años. Los troncos están ennegrecidos por efecto del fuego, pero de ellos brotan ya en sus troncos ramas nuevas que demuestran a las claras que siguen vivos.

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La protagonista de esta bella estampa con la que ahora me deleito son las zanahorias silvestres. Miles de ellas coronan el horizonte vegetal con una hermosura indescriptible. El verde de las plantas, el rosa de algunas flores, el amarillo de los erguenes y el blanco de las zanahorias componen un cuadro divino que eleva mi ánimo y mi vitalidad.

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Tengo que recurrir precisamente a este extra de energía para superar unos últimos metros de ascenso realmente duros y exigentes. Guiado por mi intuición prosigo mi camino hasta llegar al fuerte de Anyera. Cuando corono la cima estoy completamente sudado y con la respiración acelerada.

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Merodeo por el entorno del fuerte mientras recupero el aliento. La puerta del fuerte está abierta, pero respeto el cartel de la Consejería de Educación y Cultura que advierte de que está prohibido el paso al interior de este inmueble protegido.

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Prefiero pasear para disfrutar de las hermosas mariposas y de una singular imagen de Ceuta desde este elevado punto en el monte de García Aldave. Desde aquí el Estrecho de Gibraltar se observa en toda su magnificiencia y belleza. Ha merecido el esfuerzo de llegar hasta aquí.

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…Dejo atrás el fuerte de Anyera y prosigo mi camino. Al verlo desde la distancia aprecio su carácter solitario. No vienen muchas personas a visitarlo, pero a él no parece importarle. El espíritu que alberga este edificio parece disfrutar de su soledad y de unas vistas espectaculares.

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La anchura del camino y las dos bandas paralelas que dibujan el camino indican que esta senda fue transitada antaño por vehículos militares. Siguiendo el trazado dejado por las ruedas de los coches llego hasta una verja cerrada perteneciente al cuartel de García Aldave. Esta situación me obliga a deshacer el camino y tomar un sendero que dejé unos metros atrás. No cabe duda de que por aquí pasan con cierta frecuencia los senderistas y los aficionados a las bicicletas de montaña.

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Me llevo una agradable sorpresa al dar una joven encina, uno de los árboles autóctonos de los bosques de Ceuta. Ha tenido la fuerza suficiente para sobrevivir entre tantos eucaliptos.

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Paso al lado de un antiguo depósito de agua hoy en día abandonado. Seguro que si estuviera lleno las aves lo habrían colonizado.

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Voy observando entre los árboles la imagen del Peñón de Gibraltar, una referencia ineludible para los navegantes que desde la antigüedad hasta nuestros días atraviesan esta puerta natural que conecta el Océano Atlántico con el mar Mediterráneo.

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Accedo, sin lugar a dudas, al tramo con mayor espesura del camino. El color verde de los árboles y los helechos es el dominante. Desconozco quienes han abierto este itinerario, pero es claramente apreciable que un grupo de personas han trabajado duro para abrir un sendero entre los helechos. Estas típicas plantas del monte de García Aldave superan la altura de una persona. Disfruto del fresco olor de los helechos recién cortados y de este pasillo que atraviesa el corazón del bosque sin herirlo. Me alegra saber que no estoy solo. Me cruzo en el camino con un excursionista acompañado de su fiel perro. Intercambió unas amables  palabras con este solitario caminante y le dejo atrás. A los pocos segundos escucho al perro ladrar y acto seguido pasan a gran velocidad dos ciclistas que saltan por las rampas que los aficionados a este deporte han instalado a lo largo de esta parte del camino.

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Según avanzo por la senda observo que la espesura del bosque se diluye y se abre un amplio claro teñido de verde. Vuelvo a encontrarme con los árboles quemados en uno de los incendios forestales de los últimos años.

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No pierdo de vista a la luna que viene acompañándome desde que emprendí mi excursión hace ya algo más de dos horas.

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Me acerco de nuevo al fuerte de Anyera y al hacerlo disfruto del horizonte abierto de un mar cuyo azul lapislázuli contrasta con el blanco de las zanahorias silvestres y con el verde de los tallos que sostienen a estas bellísimas sombrillas naturales.

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Al igual que el fuerte de Anyera me transmitió una sensación de soledad, éste de Aranguren me sugiere vitalidad y alegría. Al ser un sitio frecuentado por familias y niños el espíritu de este lugar está impregnado de vida, diversión y juego.

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Desciendo por el mismo camino que tomé al comenzar esta pequeña aventura matutina. Con la visión puesta en el azul del Estrecho llego hasta el mirador de Beliunex. Aquí me paro unos minutos para escribir y disfrutar de la belleza de la ensenada de Beliunex, un refugio natural para los navegantes que osaban traspasar el misterio, mágico y sagrado límite del mundo conocido.

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El Atlante duerme de manera placida y serena, observado por mí y por una luna en cuarto menguante que me ha acompañado todo el trayecto y que ahora se ha parado encima del cuerpo del titán. Sé lo que esta luna simboliza y a quién encarna. Ella y yo lo sabemos. Y eso basta.

PASEO POR EL ARROYO DE CALAMOCARRO

Ceuta, 16 de mayo de 2017.

Casi todos mis paseos los hago por el Monte Hacho, ya que es el lugar que tengo más cerca de casa y por la atracción que ejerce sobre mí este mítico promontorio. Hoy deseaba cambiar de escenario, así que me he trasladado hasta el arroyo de Calamocarro. Las últimas veces que he venido a este sitio el cauce estaba seco. Sin embargo, después de las lluvias de este invierno y de esta primavera, la vida ha regresado a este bellísimo paraje natural protegido. Nada más adentrarme en el camino que conduce al corazón del arroyo, he comprobado que caía agua de la cascada que sirven de muro de contención del arroyo. Coincide que estamos en plena estación primaveral y la vegetación está exuberante. Enormes adelfas, con sus hojas brillantes, sus ramas finas y sus flores rosáceas dibujan un cuadro espectacular.

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Sigo el curso del agua fotografiando a cada instante las pequeñas cascadas que se forman debido a las piedras arrastradas por la corriente. Cuando llueve de manera intensa esta zona se convierte en un torrente intransitable. Además de las adelfas los otros protagonistas del paisaje son los helechos, las viboreras, los cardos y las enormes tagarninas. Del primitivo bosque que existió en las riberas de este arroyo tan sólo quedan alcornoques, algún pino centenario y unos antiquísimos castaños que visitaré otro día.

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He ascendido el curso del arroyo hasta la base de un enorme chopo que esta época del año ha recuperado sus hojas verdes. Aquí, sobre una piedra ubicada en un meandro del arroyo, me he sentado a escribir.

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La luz penetra entre las ramas de los laureles iluminando las hojas que adquieren un verde intenso y creando un precioso juego de luces y sombras. Las ramas de los árboles se entrecruzan sobre el cauce trazando una puerta una dimensión mágica de la realidad. Estas mismas ramas se miran al espejo de un arroyo que por efecto del sol parece de pura plata. Empiezo a sentir esa profunda emoción que experimento al vivir un momento mágico. Mi mente no presta atención a nada más que el discurrir del agua en su camino hacia el mar. No hay pensamiento de fondo que distorsionen este instante. Estoy solo en la naturaleza, acompañado de las Musas y las ninfas.

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Contemplando este lugar entiendo que en los relatos mitológicos clásicos situarán este espacio geográfico el jardín de las Hespérides y el árbol de la vida. Tampoco me extraña que en las crónicas medievales ubiquen en este arroyo o en alguno cercano la fuente de la eterna juventud. Uno se vuelve inmortal presenciando la belleza de este privilegiado enclave. Bebo en este momento de la copa celestial que otorga a los seres humanos la vida eterna a través de la palabra escrita. Este relato forma parte de este lugar, como yo formo parte de él. Mi comunión con la naturaleza es profunda.

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Una mariposa lleva todo este tiempo merodeándome, hasta que se ha posado al lado de mí. Veo en ella a la Gran Diosa. Los pájaros cantan cada vez de forma más fuerte y melodiosa, como si quisieran regalarme un concierto en mi honor.

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El sol ha iluminado la poza que mencioné antes y la ha transformado en un cristal trasparente y brillante. No hay esquina a la que no mire que no parezca de una asombrosa belleza. Siento con la vida anima cada centímetro cuadro de este arroyo. La poza se ha convertido en el baño de unos insectos que se deslizan sobre su superficie.

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La temperatura es sumamente agradable. Los rayos del sol que entran por el ramaje mantienen la dosis adecuada de calor, suavizado, igualmente, por el viento de levante que sube por el propio cauce del arroyo. Por si fuera poco, las gotas de humedad que impregnan las hojas de los árboles caen a un ritmo lento sobre mí refrescando mi cuerpo.
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Toda una vida no será suficiente para describir toda la belleza de este sitio. No obstante, me comprometo conmigo mismo a regresar al arroyo cada vez que encuentre un momento propicio.

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Comienzo el camino de vuelta y viene a mi memoria el libro “Musketaquid” de Henry David Thoreau. El arroyo de Calamocarro es mi particular río Merrimarck. Todo el descenso lo hago tomando fotografías y disfrutando de la belleza de este cauce natural en tiempo primaveral. Cuando quiero darme cuenta llego al puente bajo el cual se dan la mano el arroyo y el mar.

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La arena ha tomado parte de la desembocadura del arroyo y el agua dulce estancada espera la marea alta para disolverse en el Océano Atlántico. Recuerdo entonces el siguiente pasaje de la Metamorfosis de Ovidio:

“Confinó entre sus márgenes inclinados a los ríos,
Que en algunos lugares son absorbidos por la tierra,
Y en otros llegan al mar, donde son recibidos en la sencillez
De sus aguas libres y hacen de las costas sus orillas”.

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ORO AZUL EN EL FIRMAMENTO

Ceuta, 14 de mayo de 2017

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No podía pasar este día sin contemplar el ocaso del sol. He subido hasta el baluarte de San Antonio de la ciudadela del Hacho por una empinada cuesta que me ha dejado sin aliento. Son las 9:05 h. Le quedan a este día tan especial para mí apenas diez minutos. El cielo está despejado en su mayor parte, excepto en la franja más próxima al horizonte. Aquí se concentran unas tenues nubes jaspeadas que no impiden la formación de un alargado y potente haz de luz dorada tendido sobre un mar en perfecta calma.

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Todo el paisaje está impregnado de este color dorado y se respira una atmósfera de serenidad, alegría y magia. Me quedo absorto observando la belleza de Ceuta. A lo lejos es posible reconocer el perfil del rostro y el pecho del Atlante dormido. Mientras que mis ojos escudriñan el entorno los oídos están pendientes del sonido de las aves. Al mismo tiempo aspiro el peculiar olor de las rudas. También escucho el croar de las ranas de un cercano estanque al que iba de pequeño con mi padre a darle de comer a los patos. Este lugar se había perdido de mi memoria y está noche lo he reencontrado.

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Toda la luz que el sol proyectaba sobre el mar se ha reconcentrado en el mismo disco solar. Las nubes disipan su forma redondeada, amplían su destello y contribuyen a crear una estampa celestial. Al tocar el agua el sol recupera su forma redondeada. Es una gota de oro puro vertido por los dioses directamente del crisol alquímico.

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Para recibir al astro rey se abren las mismas puertas del inframundo, donde lo recibe el dios Hades. Su mujer Perséfone disfruta de su regreso a la tierra y paseo con ella por unos campos llenos  de flores y embriagadores olores. Los capullos en flor en flor se abren y levantan en señal de respeto ante la diosa primaveral.

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La noche se va a apoderando del cielo y con ella llegan los planetas y las estrellas. Sobre la fortaleza del Hacho veo aparecer al brillante y espectacular Júpiter. Poco después se ilumina una de las grandes constelaciones de la primavera, la femenina Virgo con la majestuosa espiga en su mano. En el oeste a quien contemplo fugazmente es a Sirio, cuya fuerza ha ido disminuyendo con el paso de los días. Todos estos astros cuelgan de un firmamento de azul ultramarino, un color similar al lapislázuli, considerada el “oro azul” por las grandes pintores del renacimiento.

No hay para mí mayor tesoro que disfrutar de este oro azul. Es una tonalidad tan bella que siento una íntima alegría y percibo con claridad el carácter sagrado y mágico de este lugar.

CEUTA, RESIDENCIA DEL ATLANTE DORMIDO Y SÍSIFO

Ceuta, 13 de mayo de 2017.

Ayer estuve con mi mujer y mis hijos Alejandro y Sofía contemplando el atardecer desde el mirador de San Antonio. Tenía ganas de observar la caída del sol para comprobar una teoría que acudió a mi mente el otro día.

Cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo salgo por la tarde a contemplar el ocaso del sol. Esta costumbre me ha permitido observar la cambiante posición del sol en los atardeceres ceutíes. Siempre lo hago tomando como referencia la figura del Atlante dormido, que es la montaña que delimita a Ceuta por el oeste. En el día del solsticio de verano el sol alcanza su posición más septentrional para acto seguido deshacer su camino y subir, como una pesada piedra, sobre el cuerpo del Atlante hasta llegar a la cima del Yebel Musa en el solsticio de invierno. A partir de este día comienza a rodar de nuevo hacia el norte hasta pararse el día de comienzo del verano. Cuando me di cuenta de este hecho me acorde del mito de Sísifo.

Sisyphus por Tiziano, 1549.

Sisyphus por Tiziano, 1549.

De Sísifo sabemos que era hijo de Eolo, dios de los vientos; y que se casó, precisamente, con la Pléyade Mérope, una de las hijas del Atlante. Era conocido por su astucia y valentía. Zeus ordenó a su hermano Hades que arrojará a Sísifo al Tártaro y le castigará eternamente por haber violado secretos divinos. Pero Sísifo no se dejó intimidar: astutamente puso a Hades unas esposas diciéndole que le iba a mostrar cómo debían usarse, y las cerró rápidamente. Así, Hades quedó como prisionero en casa de Sísifo durante unos días. Esta situación provocó una situación imposible, porque nadie podía morir. Es de suponer que estos días en los que Hades abandonó su puesto no pudieron abrirse las puertas de inframundo situadas en el Estrecho de Gibraltar por las que cada noche entra Apolo conduciendo el carro solar. Estos días corresponderían a las jornadas próximas al solsticio de verano, que es el momento en el que los días son más largos y las noches más cortas. No fue hasta que Ares acudió a liberar de su cautiverio a Hades cuando las puertas del infierno se abrieron de nuevo y los días comenzaron a ser más cortos.

Sisyphus, por Franz Von Stuck

Sisyphus, por Franz Von Stuck

Por el encontronazo con Hades y con el mismo Zeus, Sísifo recibió un  castigo ejemplar. Homero, en la Odisea, lo narra de la siguiente manera:

Iba a fuerza de brazos moviendo un peñón monstruoso y, apoyándose en manos y pies, empujaba su carga hasta la cima de un monte; más luego, llegado ya a este punto de dejarlo en la cumbre, la echaba hacia atrás su gran peso; dando vueltas la impúdica piedra, llegaba hasta el llano y él tornaba a empujarla con todas sus fuerzas. Caía el sudor de sus miembros y el polvo envolvía su cabeza” (Odisea, Canto XI, 595-600).

Según Robert Graves, “la piedra de Sísifo era originalmente un disco solar, y la colina por la que rodaba es la bóveda celeste, lo que constituía una imagen bastante familiar”.

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Atlante dormido visto desde Ceuta

Desde mi punto de vista, existen motivos para pensar que la montaña por la que Sísifo rueda su piedra o disco solar es el Yebel Musa, o lo que es lo mismo, el propio cuerpo tendido de su suegro el Atlante. Todos los años, en el día del solsticio de verano recoge su piedra de la misma puerta de Hades situadas en el Estrecho de Gibraltar y comienza a subirla por el perfil del Atlante hasta que consigue situarla en la cima del Yebel Musa en el día del solsticio de invierno. Ese día la piedra comienza su descenso hacia el mar en un ciclo interminable a la vista de todas aquellas personas observadoras.

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Atardecer en el solsticio de verano (2015)

Atardecer en los días próximos  al equinoccio de primavera (2017)

 

Atardecer el equinoccio de otoño (2016)

Atardecer el equinoccio de otoño (2016)

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Solsticio de invierno (2017)

La vinculación del Atlante y Sísifo es clara. Este último, como comentamos al principio de este escrito, se casó con Mérope una de las siete hermanas que forman la Pléyades. También guarda una estrecha relación con Hades, al que consiguió engañar y mantener preso varios días y que se vengó de él obligándole a subir el disco solar sobre el cuerpo del Atlante y haciéndole sufrir viendo cómo su trabajo resulta infructuoso año tras año.

LUNA LLENA DE LAS FLORES

Ceuta, 10 de mayo de 2017.

Esta luna llena, las de las flores, es muy especial para mí. Bajo su influencia encontré hace dos años el exvoto con la representación de la Gran Diosa en la cueva sagrada cuya existencia había intuido unos meses antes. Entonces no le prestaba la atención que ahora me merecen los planetas y las estrellas.

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Para contemplar la llegada de la luna he venido hasta la Sirena de Punta Almina. Un sol decadente ilumina con una intensidad moderada a esta antigua instalación sonora de aviso a los navegantes. Por su sonido la llamaban la Vaca, animal muy vinculada a la diosa blanca y a su atributo la luna.

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Por el camino que lleva hasta la Sirena de Punta Almina me he ido parando a fotografiar algunas plantas.  Un ejemplar de Thapsia sp., muy abundante en este sitio, está a punto de eclosionar. Me fascina ver el nacimiento de la vida.

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Rodeo la Sirena aprovechando el pasillo externo que circunda a este edificio e instalo el trípode y la cámara fotográfica en el extremo meridional del saliente rocoso sobre el que se construyó este edificio.

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El mar está en calma y no noto la presencia del viento. Unas hermosas nubes decoran un cielo herido por la noche. El síntoma más evidente de la muerte del día es el color rosáceo que van adquiriendo las nubes. Esta tonalidad aporta una extraordinaria belleza. Su reflejo sobre el mar ofrece una estampa sin igual. Mientras que esto ocurre una concentración de cientos de gaviotas giran en espiral sobre el mar imitando un torbellino de alas blancas. Sus graznidos resultan estremecedores y sus sombras inquietantes cuando me sobrevuelan a poca distancia.

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De repente se hace el silencio, como si hubiera entrado en escena una reina y su séquito. De hecho es lo que sucede. La Gran Diosa blanca hace su aparición en el firmamento bajo un velo confeccionado con delicadas nubes blancas. El aludido silencio se rompe por un extraño sonido. Da la impresión de que alguien se está tirando de manera repetida al mar, pero no consigo ver a nadie entre las rocas. Escucho también un fuerte resoplido. Cuando busco con la mirada la fuente de estos sonidos localizo a poca distancia de la costa a una nutrido grupo de delfines saltando en el agua. Son el séquito real de la diosa luna blanca. Sé que no olvidaré este momento ni esta imagen de un cielo y un mar cobrizo en el que hizo aparición la luna llena acompañada de una manada de alegres y juguetones delfines. El sonido del paso de estos bellos cetáceos ha quedado grabado en mi memoria.

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Sigo observando el ascenso de la luna por el nuboso firmamento. En lo alto brilla con especial intensidad al rey masculino de las noches de mayo. Es el mismo Júpiter que se ha asomado desde el Olimpo para acompañar a la Gran Diosa. No tardarán mucho en encontrarse y en pasear juntos por el cielo mientras en la tierra  la mayoría de los hombres y mujeres ignoren sus majestuosas presencias.

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Nosotros, los seres humanos, sin ser consciente de lo que voy a expresar, hemos hecho de la tierra un infierno. Lo veo claro cuando al mirar hacia el otro lado del Estrecho observo que las luces artificiales concentradas en la bahía de Algeciras ofrecían una imagen fantasmagórica e infernal. No es un color rojizo, similar al del fuego, creado por efecto del atardecer, sino una tonalidad resultante de la contaminación atmosférica y lumínica generada por los seres humanos.

Yo emprendo mi camino de regreso a casa. Paseo, con la única luz de la luna, por el camino que conduce hasta la Sirena de Punta Almina. Mi sombra es alargada y bien marcada. Levanto mi mirada y contemplo un indescriptible cielo nocturno. Su color es de una azul metálico bellísimo que resulta difícil olvidar.

SIGNIFICADO ALQUÍMICO DE LAS MINAS DEL CARDENILLO: EL SECRETO DEL SECRETO

Ceuta, 1 de marzo de 2017.

Ayer, cuando me fui a acostar un rato después de comer, sentí el impulso de llevarme a la cama las fotocopias que hice del libro “Mysterium coniunctionis” de Carl Gustav Jung. Las ojeé por encima y me detuve en la última página. Al leerla me quedé boquiabierto al reconocer una palabra que me resultaba familiar: cardenillo. Este es el nombre que recibe las formaciones de mineral de cobre que son visible en la mina que descubrí en el Monte Hacho.

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Reproduce Jung un texto de Abraham Eleuzar sobre la Sulamita en la que ésta exclama: “¿Qué puedo decir? Estoy sola entre las ocultas; pero me alegro de corazón, pues puedo vivir en lo oculto, y me restablezco en mí misma. Pero bajo mi negrura he escondido el verdor más hermoso”. Jung interpreta este texto como una referencia a que “el estado de transformación inacabada, pero deseada y esperada, parece ser no sólo un sufrimiento, sino también una dicha positiva, aunque oculta…En el trato consigo mismo no he encontrado un aburrimiento y una melancolía mortales, más aún, una relación que se parece a la dicha de un amor secreto, o a una primavera oculta en la que de una tierra brota una sementera joven y verde que promete una cosecha futura. Desde el punto de vista alquímico, se trata de la benedicta viridatis, que por una parte remite, en tanto que leprositas metallorum, al CARDENILLO; por otra, a la residencia secreta del espíritu divino de vida en todas las cosas”.

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El verde, según Jung, significa crecer, esperanza y futuro, y ésta es la razón de la alegría interior oculta, tan difícil de justificar sin esta circunstancia. Para la alquimia, el verde también significa acabamiento, perfección.

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Se ha convertido en una constante en mi vida que los hallazgos arqueológicos se conviertan en claves fundamentales en mi propia evolución de la consciencia y en el futuro de Ceuta. El verde aparece contenido en la negra piedra del betilo hermafrodita y, en el plano geológico, en la oscura mina del cardenillo del Hacho.

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La estrecha relación entre el mundo de afuera y mi mundo de adentro explica que perciba en el verdor de la naturaleza y del cobre que rezuma el Monte Hacho la inmanencia del espíritu divino de vida en todas las cosas. He comprendido que el anima mundis (el alma del mundo) no sólo envuelve a la tierra, sino que también la empapa para hacerla fértil y asegurar “una cosecha futura”. Este mismo verdor está contenido en mi interior y me aporta la fuerza necesaria para seguir progresando en la evolución de la consciencia.

Todo está conectado en mi vida de una manera mágica y misteriosa. El exvoto de la diosa, la cueva sagrada, el betilo hermafrodita, las minas de cobre del Cardenillo, la espiral de la vida, etc…El secreto del secreto se está desvelando y me siento afortunado por participar en el despliegue del espíritu de Ceuta.

GEOLODÍA 2017 CEUTA

Este domingo, 7 de mayo de 2017, celebramos el Geolodía con la visita a los secretos  geológicos que guarda el Sarchal y el camino de Ronda. Puede leer el contenido integro de la actividad en el siguiente enlace: FOLLETO.

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LA DIOSA BLANCA

Hace un par de días terminé la lectura del libro “La Diosa Blanca” del conocido escritor inglés Robert Graves. No era la primera vez que lo intentaba y, como dice el refrán popular, a la tercera va la vencida. Nunca me han echado para atrás los libros voluminosos, pero “la Diosa Blanca”, además de contar con ochocientas páginas es una obra que el propio autor reconoció que era difícil y muy compleja. Para abordar una lectura de este tipo hay que tener una fuerte motivación, y yo la tenía. Mis últimos descubrimientos arqueológicos, y una serie de experiencias personales previas y muy profundas, me llevaron a introducirse en el mundo de la Gran Diosa. He ido adquiriendo, leyendo y estudiando las principales obras relativas a la Gran Diosa y el arquetipo femenino, pero “La Diosa Blanca” de Graves se me resistía. No fue hasta hace algunas semanas cuando encontré la extramotivación para retomar, de manera definitiva, la lectura de este libro. El estudio de un molde de exvoto con la representación de una diosa, similar a la pieza que yo hallé en Ceuta, me permitió identificar que estaba ante la misma triple diosa de tipo lunar de la que trata el libro de Robert Graves.

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El contexto histórico del hallazgo de Ceuta y de Jerez de la Frontera, así como las leyendas y textos de los que parte Robert Graves para hablarnos de la Diosa Blanca es el mismo: el siglo XIII. Cada día me interesa más esta centuria que fue testigo del resurgir de la Gran Diosa, conducido por un selecto grupo de sabios procedentes del cristianismo, judaísmo y del sufismo islámico. Estos sabios, entre los que figuraban los druidas de los que trata Robert Graves en su libro, eran conocedores de ciertos secretos de la naturaleza y del cosmos. Para proteger este conocimiento idearon un complejo sistema de codificación de letras y símbolos basados en árboles, animales, planetas, colores y metales. Todos estos enrevesado conjunto de símbolos, a los que sólo se podía acceder resolviendo algunos difíciles acertijos, ocultaban “el sagrado e innombrable Nombre de Dios”. Un nombre transmitido a unos pocos iniciados directamente por la Gran Diosa y que, a su vez, contiene la clave para lograr una vida plena, rica y…eterna. Para llegar a este conocimiento hay que leer  quinientas cincuenta páginas que suponen, en sí mismas, una dura prueba para los iniciados que pretenden alcanzar la comprensión del gran secreto que guardaron los druidas, los alquimistas, los cabalistas y los sufíes, entre otros grupos que participaron en el despertar de la Gran Diosa en el siglo XIII. Sólo entenderán los capítulos finales de “La Diosa Blanca”, quienes estén preparados para ello, después de superar algunas pruebas y contar con ciertos conocimientos previos. De repente, el cielo se abre y donde antes sólo veías tinieblas, y un incomprensible galimatías de consonantes y vocales, contemplas el sentido de este fascinante libro y aparece ante tus ojos una serie de verdades que para mí no eran desconocidas, pero que, después de esta lectura, se han ampliado de forma ostensible. Hay que leer este libro en combinación de otra obra no menos fascinante y difícil: el “Mysterium coniunctionis” de Carl Gustav Jung, al que, por cierto, Robert Graves no cita en ninguna ocasión.

Necesito tiempo para asumir todo lo que contiene este libro y aplicarlo en mi vida, en mi obra literaria y en mis investigaciones sobre la Gran Diosa. Poco a poco voy comprendiendo algunas cosas, pero aún quedan muchos secretos por descifrar.

UNA MAÑANA DE PRIMAVERA EN CEUTA

Ceuta, 13 de abril de 2017.

Salgo de casa a las 7:18 h. Lo primero que veo al mirar hacia oriente es al brillante lucero del alba. La aurora parece una lanza dorada tumbada sobre el horizonte. Siguiendo la dirección que marca Venus, ando a buen ritmo hacia el Camino de Ronda. Al llegar a las inmediaciones del fuerte de la Palmera tengo claro que éste es el mejor sitio para contemplar el amanecer. Tengo el tiempo justo para preparar el trípode y la máquina de fotos.

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Sobre un mar en calma reposa una aurora matutina alucinante. Es un auténtico arcoíris en los que se alternan los azules, morados, verdes, rojos, naranjas y amarillos. La composición es una obra de arte divina fuera del alcance de la comprensión y la completa percepción humana. Cada día los dioses y diosas nos hacen este regalo para que recuperemos las ganas de vivir y recordemos que la existencia es un regalo que debemos apreciar y agradecer mostrando nuestra admiración por la extraordinaria belleza de la naturaleza y el cosmos.

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A la hora prevista, las 7:51 h, sale el sol de entre una nebulosa de vivos colores. La intensidad de su luz rojiza y luego dorada va incrementándose cada segundo que pasa. Un ancho haz de luz se dibuja sobre la apacible superficie del mar indicando un camino inescrutable hacia la fuente de toda verdadera iluminación.

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Me encuentro con mi amigo Alfonso que ha salido a pasear un rato con su perrita. Charlamos, mientras caminamos juntos, sobre la belleza de este fantástico lugar al que tan poca atención prestan las autoridades. Llegamos hasta el Salto del Tambor, sitio conocido en nuestra ciudad por el ser el preferido para los que no encuentran sentido a la vida y deciden de manera voluntaria abandonarla. Mi amigo Alfonso, vecino de la barriada del Sarchal desde su nacimiento, me comenta que él ha ayudado a rescatar algún cadáver de estas piedras. Nosotros, que estamos más atentos a la vida, celebramos nuestra amistad haciéndonos una fotografía.

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Yo prosigo mi camino y me topo con un cernícalo que se posa en un cercano poste para observarme. El sol ha superado la colina que cierra la cala del Desnarigado por el este e ilumina el fin del Camino de Ronda. Me paro a observar las plantas y flores que reciben los primeros rayos del sol. Todas las hojas están colmadas del rocío nocturno, generando una sinfonía de agradables perfumes. Me siento entre ellas y aspira con toda la fuerza que puedo para absorber sus esencias. Tengo de acompañante a un caracol que, de  manera perezosa y lenta, se mueve entre las hojas. Todas mis glándulas olfativas se encuentran impregnadas de un olor indescriptible que atrae a las abejas más madrugadoras. Escucho sus zumbidos alrededor mío e intento fotografiarlas, aunque no resulta fácil.

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Después de desayunar algo me dirijo a la playa del Desnarigado. Estoy sentado al final del cierre oriental de la cala. Este fue uno de los primeros sitios en los que, hace ya algunos años, empecé a escribir sobre la naturaleza ceutí. La sombra, como tardío recuerdo de la noche, cubre este saliente rocoso. El mar está en calma. Dos personas en sus kayaks y otros dos desde las rocas prueban suerte con sus cañas de pescar, mientras que una pareja de jóvenes, tumbados en la playa, muestran a las claras que están enamorados.

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El olor a sal es penetrante, tanto que borra el rastro de los perfumes de las flores que acabo de dejar atrás. En cuanto al sonido, el ligero batir del mar resulta muy relajante y placentero. Las gaviotas participan del hilo musical con sus peculiares graznidos, recordándonos a todos que este lugar por ley y justicia les pertenece a ellas y al resto de la fauna terrestre y marina.

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Subo por el empinado sendero que conduce al fuerte del Desnarigado. Percibo el intenso y característico olor de los escobones. Es una fragancia que combina lo dulce y lo mentolado, con una pizca de limón. Dejo que penetre hasta lo más profundo de mis pulmones. Una vez en el fuerte del Desnarigado, me he sentado en el reducto antiguo sobre el que reposa una antigua pieza de artillería de costa. Este cañón, junto a todos los restos de fortificaciones que tengo a mi vista, recuerda el carácter castrense de esta plaza transfretana. Desde sus orígenes ha sido necesaria fortificar este bello lugar por ser un punto geoestratégico ambicionado por todas las civilizaciones y naciones interesadas en controlar el importante paso marítimo del Estrecho de Gibraltar. Contemplando este paisaje experimento uno de esos momentos que sabemos permanecerá siempre con nosotros. No siento la inquietud del tiempo ni de las ocupaciones y preocupaciones cotidianas. Me concentro en el aquí y ahora.

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La temperatura es ideal, propia de un día primaveral. No sopla nada de viento y la luz a esta hora de la mañana presenta una intensidad moderada, lo que me permite mirar el horizonte sin tener que achinar los párpados.  Desde aquí puedo ver mi siguiente destino, que es el Cortijo Morejón.

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Avanzo muy lentamente, ya que me paro a cada instante para fotografiar a las flores y las aves. Me lleva más de una hora recorre un tramo del camino que en condiciones normales no requiere diez minutos. A las 12:39 h llego al Cortijo Morejón. He tomado una senda distinta a la acostumbrada.

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Las charcas existentes en este bello lugar aún tienen agua. Me asomo a un pozo que debió pertenecer a  algunas de las casas que existieron en este apartado rincón del Monte Hacho. Intento llegar hasta los pies de la fortaleza, pero la tupida vegetación me cierra el paso. No obstante, mi denodado esfuerzo por encontrar una senda tiene la recompensa de dar con un ejemplar de altramuz.

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Después de merodear por el lugar me he sentado en un antiguo banco, ahora camuflado, en este relicto bosque de eucaliptos y alcornoques. Estoy aquí solo, sin ningún tipo de compañía humana, pero muy bien acompañado por los árboles, las flores y las aves que no paran de cantar. Le he quitado el sitio a una pareja de saltamontes en pleno apareamiento. Espero que perdonen mi inoportuna llegada.

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El viento ha rolado a poniente haciendo que crujan las ramas de los árboles y generando el típico murmullo del bosque. Llega a mí el frescor olor de las malvas. Aquí sus ejemplares adquieren una altura impresionante.

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Siento que mi mente está serena. No acuden a ella ningún tipo de pensamiento, Me concentro en disfrutar del paisaje y de este delicioso momento. Mi lado salvaje se despierta. Me incomoda estar vestido cuando toda la naturaleza está desnuda a mi alrededor sin ofrecer muestras de pudor. Ella me acoge con un elemento más del entorno. Incluso se diría que le agrada mi presencia. Pocas personas visitan este precios rincón de Ceuta que hace tiempo estuvo habitado por el hombre.

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Todo sigue su curso natural. Sobre las hojas de otoño ahora crecen miles de plantas con sus hermosas flores. Un abejorro hace las veces de sumiller probando el sabor de las flores y parándose en las más deliciosas.

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Una pareja de mariposas blancas realizan su amoroso vuelo a pocos metros de mi lugar de estancia.

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El viento dispersa las esporas que fertilizan el campo y hace que el ciclo de la vida continúe.

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No existe para mí ni pasado ni futuro en este instante. Sólo presente. Un eterno presente que reclama mi atención y dicta mi escritura.

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Llevo más de seis horas de recorrido y no me siento especialmente cansado.

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Las aves se interesan por mi presencia y se acercan hasta los árboles próximos. Tienen curiosidad por la visita que les ha hecho un ser humano. Me gustaría entender su lenguaje y conversar con ellas. Seguro que me contarían algunos secretos de la naturaleza y las leyendas que rodean a este misterioso sitio. Las mariposas también se acercan con similares precauciones. Quisiera seguir intimando con las criaturas de la naturaleza, pero debo regresar a casa.

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Al abrir la puerta de mi hogar me dio cuenta de que mi percepción de los olores está mucho más agudizada y al cerrar los ojos cuando me ducho las imágenes que acuden a mi mente son las de los colores de todas las flores que hoy he visto y fotografiado.  Sin duda este paseo matinal en plena estación primaveral ha despertado mis sentidos físicos y sutiles.

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NOCHE DE ENCUENTROS MÁGICOS

Ceuta, 11 de abril de 2017.

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Hoy es Martes Santo y esta noche contemplaré la luna llena. Yo he venido hasta el Monte Hacho, a un cerro que se encuentra enfrente del faro de Ceuta. Son las 19:51 h. En poco menos de una hora el sol caerá hasta perderse detrás de la Mujer Muerta.  Sobre un antiguo poste de la luz, en forma de cruz, reposan tres gaviotas. Este conjunto me recuerdan a los símbolos de la pasión y de la santísima trinidad.

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Estoy sentado sobre un viejo tronco de un árbol muerto y cortado con una motosierra. Me ha llamado la atención los orificios de las termitas y las marcas que han dejado otros insectos xilófagos. A pesar de llevar mucho tiempo muerto, este árbol no ha perdido su belleza y su calor.

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Cuando alzo la cabeza y fijo la mirada en Occidente observo parte de la bahía norte de Ceuta y la embocadura del Estrecho de Gibraltar. El levante ha dejado un delicado un delicado velo que cubre y difumina el paisaje. Noto en la espalda y en el cuello el húmedo aliento de Euro. La temperatura es muy agradable. La humedad del levante es compensada con el calor de los postreros rayos del sol. Me siento muy bien en este lugar que un día me enseñó mi padre. Cierro los ojos para concentrarme en el canto de las aves. Alguna que otra se deja ver, aunque sea sólo por un instante. En grupo de cinco o seis juegan en el aire al pilla pilla.

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Al caer la tarde los árboles y las plantas respiran con más fuerza y puedo disfrutar de sus nutritivas y deliciosas fragancias. Paseo entre ellas con mucho cuidado para provocar el menor daño posible. A cada momento me paro para deleitarme con sus colores y olores. A los pies de un vetusto pino han nacido varios retoños que aseguran la continuidad de este bello bosque.

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Un ejemplar solitario de cardota (galactites tomentosa) me recuerda a la zarza ardiente.

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…Se acerca la hora del ocaso. Las gaviotas anuncian la retirada del sol con sus bramidos. La neblina tiñe de color tabaco el horizonte. Esta tonalidad pronto tiende al dorado y de ahí al rojizo intenso. Contemplo esta estampa con suma emoción mientras que, como si fuera un enviado especial, tomo cumplida nota de los pormenores de la despedida del sol. Éste, como una gran bola incandescente, se oculta tras las montañas. ¡Adiós, sol!, le digo. Gracias por ofrecernos tu luz y calor. Toda la vida en la tierra depende de tu majestuosa presencia. Ahora me voy a contemplar a tu amante, la luna. Ya empiezo a echarte de menos, querido sol. Siento el frío de la noche incrementado por el viento de levante.

Júpiter sobre el fuerte del Desnarigado

Júpiter sobre el fuerte del Desnarigado

El manto oscuro de la noche empieza a ser visible en el horizonte. Son las 9:01 h. Dentro de diez minutos emergerá la luna de unas aguas en las que se unen en matrimonio sagrado la masculino y lo femenino. Espero con enorme serenidad la llegada de la Diosa Blanca. Mientras, en el centro de Ceuta, la misma diosa, bajo el apelativo de la Virgen de la Esperanza, se encuentra con su hijo-amante Nuestro Padre Jesús de Nazareno. El famoso encuentro entre el Cristo y la Virgen sucede al mismo tiempo que el protagonizado por el sol y la luna. No podía estar en los dos sitios al mismo tiempo, así que he preferido acompañar a la luna rosada. Para el encuentro del Nazareno y la Virgen de la Esperanza hay cientos de personas en la Plaza de África, pero para presenciar la reconciliación entre el sol y la luna estoy yo solo.

Encuentro en Nuestro Padre Jesús de Nazareno y la Virgen de la Esperanza (fotografía de Quino Sánchez Rodríguez)

Encuentro en Nuestro Padre Jesús de Nazareno y la Virgen de la Esperanza (fotografía de Quino Sánchez Rodríguez)

El momento del amanecer de la luna se aproxima. Lo sé porque las gaviotas empiezan a lanzar sus graznidos y a volar de manera frenética. Llevo mucho tiempo saliendo a contemplar la salida de la luna y me conozco muy bien el ritual de estas aves emparentadas con la diosa blanca. Un momento antes de ver el rostro anaranjado de la luna se enciende, como  el faro que tengo delante, el brillante Júpiter. Deseo ver el efecto de la luz lunar sobre la agitada superficie del mar, así que bajo hasta la playa del Desnarigado. Sirviéndome con la linterna del móvil llegó al espigón ubicado en el extremo occidental de esta hermosa cala. Sitúo la máquina fotográfica en el trípode e intento captar la belleza del momento.

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La noche es mucho menos negra con la luz de la luna. Un dulce blancura lo inunda todo. El blanco de las olas se potencia con el reflejo de la luz emitida por la diosa blanca…Apago la cámara y miro a mi alrededor. La inmensidad del cosmos me acongoja. Reconozco a algunas de las constelaciones y estrellas más importantes de las noches primaverales. Orión y sus perros se dirigen hacia Occidente y pronto dejaremos de verlo, mientras que, por Oriente, llega Virgo con su brillante estrella Spica. La Osa Mayor sigue impertérrita indicándonos el norte y veo a Hydra reptando sobre el horizonte. Y yo, un simple mortal, aquí estoy, disfrutando de este momento mágico. Una sensación extraña y placentera recorre mi cuerpo. Todo se ensancha y adquiere una profundidad inusitada. Mi campo de visión interior se abre para abarcar un paisaje nocturno fascinante y misterioso. Más allá de esta negrura infinita presiento la existencia de una fuerza que mantiene el universo en orden y armonía. Me siento atraído por este poder proveniente de una fuente lejana que se acrecienta en las noches de luna llena.

Cielo estrellado con el protagonismo de la constelación de Orión

Cielo estrellado con el protagonismo de la constelación de Orión

Al deshacer el camino desde el espigón a las murallas de la torrecilla presto atención a la sombra de mi cuerpo sobre las rocas. Es una sombra muy distinta a la provocada por el sol. La luna dibuja a la perfección mi silueta, con unos bordes tan claros que podrían recortarse con unas tijeras de manera sencilla.

Doy gracias a la Gran Diosa Blanca por hacerme participé de su magia y de esta noche de encuentro con su amado hijo.