CONTEMPLANDO EL INFINITO BAJO UN HIGUERA

Ceuta, 7 de junio de 2017.

Aprovechando que hoy tengo el día libre en el trabajo, he salido con dirección al campo. Hace algunas semanas me planteé el proyecto de ampliar mi zona habitual de exploración que es el Monte Hacho. En los últimos días he visitado en varias ocasiones el arroyo de Calamocarro y sus inmediaciones. También he estado en el camino entre los fuertes neomedievales. Hoy deseaba recorrer el entorno del embalse del Infierno.

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He dejado el coche cerca del complejo del complejo rural “Miguel de Luque”. Justo al lado de sus puertas se abre un camino que conduce directamente al embalse por su lado norte. De esta primera parte de la senda lo que más me ha llamado la atención es un alcornoque centenario de una belleza fuera de lo común. A cierta distancia se inicia un estrecho sendero que sigue el camino del arroyo del Infierno. He seguido este camino hasta llegar a un apartado rincón al que he llegado atravesando un pasillo abierto entre las zarzas. Al final de esta senda me ha recibido un espléndido alcornoque y una hermosa adelfa. A los pies de este alcornoque discurre aplacible el arroyuelo.

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Me he sentado en punto en el que, de manera más nítida, se escucha el sonido del agua. Un agua clara y transparente…La luz se filtra entre las ramas de los árboles creando un bello juego de luces y sombras enriquecidas con el propio reflejo inquieto del arroyo.

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A pesar de la belleza de este lugar no puedo permanecer mucho tiempo aquí. Los mosquitos me están picando por todos lados y resulta muy difícil escribir en estas condiciones.

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El camino de vuelta lo hago despacio, fijándome en todos los detalles. Un hermoso arbusto de flores rojas ha llamado mi atención. Al acercarme me he percatado de la presencia, unos metros más arriba, de un alto y extenso muro. Siguiendo un camino de cabras he podido llegar hasta este vestigio histórico y fotografiarlo de cerca.

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Desde este punto se divisa la torre medieval de la loma del Luengo, así como algunas antiguas edificaciones que pronto iré a visitar. Todos estos barrancos, cercanos a cauces de agua, estuvieron ocupados en época medieval. Encuentro también cerca de una presa algunos fragmentos de cerámica y restos de algunas estructuras de difícil atribución cronológica y cultural.

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Cuando faltan algunos metros para llegar a la  pista que rodea el embalse del Infierno me he topado con una hermosa higuera, a cuyos pies hay una piedra que me invita a sentarme. No podía rechazar el ofrecimiento de la higuera. Tengo mucho aprecio a este tipo de árbol mágico. No hace muchos días he tenido un abierto enfrentamiento con el Consejero de Medio Ambiente a cuenta de la tala de una higuera con muchísimos años de antigüedad.

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Esta higuera, con la que ahora converso, es de una belleza tremenda. No es muy alta. La rama más elevada no supera los dos metros. Unas ramas que se extienden hacia Occidente y Oriente, aunque con preferencia por esta última dirección, como si buscara con desesperación el agua que discurre por el arroyo cercano. Su piel es blanca con la luna nublada y sus hojas de un verde muy intenso. El tacto de las ramas es arenoso, mientras que el de sus hojas resulta rugoso…Acaricio a esta higuera como a un ser querido con el que uno se reencuentra después de un largo distanciamiento. Esta hospitalaria higuera ha dejado también una piedra en la sombra para que pueda escribir de ella con comodidad.

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Me detengo a observar sus embriagadores frutos que tanto gustaban a los sincofantes griegos. Algunos de ellos ya están maduros. Me dice la higuera que me lleve algunos de sus higos para que pueda disfrutar de su sabor. Le agradezco el gesto y acepto su ofrecimiento. No quiero parecer desagradecido.

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Me vuelvo a sentar en la piedra junto al camino para disfrutar de la dulce y fresca fragancia de la higuera y del canto de las aves. De fondo escucho el penetrante zumbido ocasionado por las abejas y otros insectos polinizadores. Veo pasar a mi lado diversas especies de mariposas, entre las que destacan las bellas monarcas.

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…Una ligera brisa de levante penetra por el arroyo refrescando mi cuerpo y haciendo más agradable este rato en el que hemos estado conversando esta higuera y este humilde caminante. Estoy seguro que muchas personas han pasado delante de esta higuera, pero ninguna le ha prestado atención. A mí me complace ser uno de estos escasos afortunados que pueden mantener una conversación sincera con la naturaleza y, en especial, con los árboles. Ellos me acogen como uno de los suyos, y me hacen participe de la magia que me rodea. Experimento uno esos momentos en el que nada existe, excepto yo y la naturaleza. No hay diferencia entre mi interior y el exterior que me acoge. Apenas siento muy cuerpo y mi mente está limpia de preocupaciones.

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El cielo está cielo y percibo la inmensidad del universo. Tras este cielo celeste se oculta una oscuridad impenetrable y un frio extenuante. Sin embargo,  rodeando a la tierra es posible imaginar una aurea divina, una anima mundi cargada de vida que penetra hasta los más profundos estratos de la tierra. En este planeta podemos respirar aire puro; refrescarnos con el viento y calentarnos con los rayos del sol; beber agua y comer los frutos que nos regalan los árboles frutales, como la higuera a la que ahora acompaño. Podemos disfrutar de la belleza de los paisajes, de la fragancia de los bosques, del sabor de la fruta, del sonido de las aves, del tacto de las plantas y los árboles. Podemos sentir el amor hasta el punto de emocionarnos y trascender nuestra mortal condición humana. Podemos pensar, imaginar, actuar y dejar un legado imperecedero para las próximas generaciones. Una palabra escrita, una frase afortunada, un libro memorable, pueden alentar a los demás a completar y perfeccionar el plan divino ideado por los dioses y dioses.

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Es posible también escuchar a las musas y seguir sus indicaciones. Es posible dejarse llevar por el momento de inspiración y agotar hasta la última gota del néctar que nos ofrece Ganímedes. Esta higuera me tiene hechizado y atrapado bajo sus ramas. No quiere dejarme ir. Me levanto y me vuelvo a sentar para descansar la espalda tensada por el ejercicio de la escritura.

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Me pregunto si este mundo es real o, como defienden algunas teorías, un complejo holograma creado por una inteligencia superior. No tengo una respuesta para este cuestión,  pero lo que sí sé es que cada uno creamos nuestra propia imagen del mundo. Por eso es importante que confiemos en nosotros mismos y expresemos, con libertad y sinceridad, la que percibimos, sentimos y pensamos. Si lo hacemos poco a poco iremos descubriendo por nosotros mismos que el amor por la vida y por la naturaleza nos abre la puerta a la verdad y nos hace dignos de apreciar y disfrutar de la belleza. Todo está contenido entre nuestro interior. No tenemos que ir muy lejos para hallar el amor, la sabiduría y la felicidad. Sólo hay que aprender a escuchar nuestra voz interior y ser leales a los que somos. Podemos vivir una vida larga y superficial, o una vida corta, pero profunda.

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…..El viento de levante empieza a mover su rebaño de nubes blancas. Es posible que en poco tiempo todo el cielo esté cubierto de nubes. Así de cambiante es el tiempo en Ceuta.

VISITA A LA EXPOSICIÓN DE MARIANO BERTUCHI

VISITA A LA EXPOSICIÓN DE MARIANO BERTUCHI

Ceuta, 2 de junio de 2017.

 

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Esta mañana tenía cosas que hacer en el centro, así que no he salido al campo. No por ello he dejado en la casa la máquina fotográfica y la libreta. Deseaba recorrer el casco urbano de Ceuta siguiendo a las golondrinas y los vencejos. A estas maravillosas aves les gustan los días nublados y los sitios sagrados. Llevo tiempo observando que suelen estar sobrevolando los templos ceutíes. A diferencia de los humanos, las aves siguen siendo capaces de identificar los lugares de poder.

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Mi recorrido me ha llevado hasta las Murallas Reales. Tenía interés en visitar la exposición sobre Mariano Bertuchi que puede verse en el Revellín de San Ignacio. Nada más entrar he visto a mi querida amiga May Gómez Carracao que, junto a su compañera Isabel, trabaja de guía en la muestra del genial pintor granadino. Los primeros paneles y fotografías me permitieron apreciar que estaba ante una exposición muy bien diseñada, tanto en los aspectos externos como en el contenido de los textos.

Resulta sorprenderte la precocidad de Mariano Bertuchi como pintor. Puede verse en la exposición una fotografía de Bertuchi, con apenas cinco o seis años de edad, sentado delante de un caballete y pintando sus primeras obras. Desde muy joven sintió un vivo interés por las escenas norteafricanas, seguramente influido por los paisajes andalusíes de su Granada natal. No cabe duda que su destino estaba unido al territorio transfretano.

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En sus comienzos resulta evidente la influencia de Velázquez, de cuyas pinturas hace algunas brillantes reproducciones que es posible contemplar en esta exposición. Sin embargo, al llegar a Tetuán se queda prendado de la luz, los colores, los paisajes y los personajes que pululan por la capital tetuaní. No conozco ningún otro pintor que haya sido capaz de captar con tanta maestría la intensidad de la luz del norte de África y la viveza de los colores de los que podemos disfrutar en estas tierras.

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Reconozco ese verde intenso tan habitual en la región de Tetuán y Ceuta tras las lluvias invernales, los ocres del entorno de los morabitos aislados en el paisaje y los juegos de sombra que identifican a los zocos de Tetuán cubiertos por las enredaderas.

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Bertuchi amaba los paisajes diurnos, pero no se sentía menos atraídos por la magia de las noches norteafricanas. Los habitantes de este territorio sabemos lo que se experimenta al contemplar esa tenue luz crepuscular que, lentamente, va cubriendo con un velo oscuro los paisajes y los edificios de nuestras ciudades. Los cuadros de un cafetín durante la noche y de una cena al atardecer sobre los tejados de una casa tetuaní son espectaculares y conmovedores. Esta imagen hay que acompañarlo con el olor de las especias que se venden en la Medina, del té con su hierbabuena y de los hornos de pan escondidos entre las estrechas calles de Tetuán. No menos importante para completar la escena es recrear en nuestra mente el sonido de la llamada del muecín para el rezo del ocaso y el tacto húmedo del rocío sobre las flores.

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Para los ceutíes resultan especialmente emocionantes los cuadros que Bertuchi dedicó a Ceuta. Reconozco el pino que Don Mariano tomó con elemento principal de su panorámica de Ceuta desde el Monte Hacho y me emociona ver la obra que representa la subida del copo en la almadraba ceutí.

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¡Y qué decir del tríptico dedicado a la industria, la agricultura y el comercio! Son todas imágenes de unas esperanzas que han quedado difuminadas con el paso del tiempo. Poco queda de esta Ceuta pretérita, de la riqueza de unos mares que fueron esquilmados, de esos bellos paisajes agrícolas que rodeaban a los morabitos ceutíes y de ese puerto bullicioso y lleno de vida. Lo mismo podríamos decir de las calles de Tetuán con ese paisanaje tan auténtico y singular que vivían de lo que daba la tierra y acudían a los zocos a vender sus productos agrícolas y sus artesanías rurales montados en sus caballos y burros. Ahora estas mismas calles están atestadas de cachivaches y de imitaciones de zapatillas deportivas. Y aun así uno puede perderse por la calles de la Medina y reconocer algunos de los rincones dibujados por Mariano Bertuchi.

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Me lo imagino con su cuaderno de apuntes emocionado ante la belleza y el carácter sagrado de la Medina tetuaní, sin saber adónde mirar que no hiciera que su corazón palpitara ante tanta hermosura y magia. Su manera de expresar la huella que dejaba en su interior la belleza de las ciudades que visitaba era la pintura. Otros preferimos la escritura, la fotografía, la música, ….Da igual el medio que utilicemos para mostrar la emoción que nos produce esta luminosa región del círculo mágico del Estrecho de Gibraltar. Lo importante es mantener nuestros sentidos despiertos, nuestros corazones ardientes de amor por esta tierra, nuestro compromiso en la defensa de la belleza que nos rodea y el progreso de sus gentes. Mariano Bertuchi lo hizo poniendo todo su genio y destreza en la promoción turística de Ceuta, Tetuán, Chauen, Arcila, Tánger, etc…Han pasado mucho tiempo desde los primeros pasos dados por Mariano Bertuchi en la senda que el mismo abrió para que los visitantes llegasen a estas tierras.

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Espero y deseo que estas breves palabras os anime a visitar esta magnífica exposición sobre Mariano Bertuchi. Yo he pasado casi dos horas que me ha parecido pocas. Volveré. Estoy seguro de ello porque deseo seguir disfrutando de la genialidad de este pintor nacido en Granada, pero con corazón y alma norteafricana.

CÓMO LA NATURALEZA ME HA INDICADO LA EXISTENCIA DE UN YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO

Ceuta, 31 de mayo de 2017.

Quiero aprovechar todas las ocasiones que tenga para salir al campo. Esta mañana he estado consultando en internet la ubicación exacta de un algarrobo existente en la cercanía de la pista de la Lastra. Con esta información en mi poder he salido en dirección a Calamocarro.

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Desde aquí he tomado la pista forestal que con dirección oriental conduce al tiro de Pichón. En el camino me ha parado a hablar con los responsables de los trabajos de desbroce del entorno del tendido eléctrico. Desde Septem Nostra hemos pedido explicaciones a la Consejería de Medio Ambiente sobre esta actuación por la tala de algunos árboles sin justificación alguna.

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Tras esta breve conversación he seguido mi camino hasta el mencionado algarrobo. Por desgracia lo he encontrado bastante deteriorado, aunque sigue vivo.

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He dejado atrás el algarrobo para subir por la pista forestal que desemboca en las cercanías del fuerte de Aranguren. Cuando iba a emprender la ardua subida de la empinada cuesta he observado que a mano derecha se abría una estrecha senda que no figura en los planos. Me he adentrado en ella sin saber muy bien adónde conducía. Por suerte me he cruzado en el camino con un ciclista que me ha facilitado las indicaciones que necesitaba.

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Esta senda es realmente bella. He identificado algunas especies de planta que no había visto hasta ahora y he disfrutado de los pinos, -algunos de ellos muy jóvenes-, de los alcornoques, los brezos y las hermosas flores rosáceas de la jara rizada.

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Al poco que iniciarse la bajada que me llevará de vuelta a Calamocarro he dado con frondoso pino que me ha invitado a sentarme junto a él. No podía rechazar su propuesta. Lo observo con admiración y respeto.

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Introduzco con mimo mi dedo corazón bajo su corteza para impregnarlo de su savia olorosa. Me llevo el dedo a mi nariz y me deleito con su aroma. Lo pegajoso de la sangre transparente del pino hace que el bolígrafo quede adherido a mis dedos. El pino desea que no deje de escribir sobre él. Me fijo en su corteza desgajada y su cambiante piel. Una piel que siempre le queda pequeña y que en su lento crecimiento va rompiendo.

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Sus ramas parecen estacas clavadas en su corazón. De ahí que sangre su perfumada savia. Sobre mí cuelgan unas piñas ahora abiertas y vacías. En cuanto a sus hojas, son finas y alargadas como las agujas para la carne. Al caer sobre el suelo forman un mullido colchón natural que invita a sentarse a su vera.

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Una densa enredadera ha colonizado sus ramas y las hunde con su peso. Quisiera liberarlas, pero no dispongo de los medios ni del tiempo para hacerlo. Por desgracia, tanto los seres humanos, como algunos árboles, sufrimos las consecuencias de ciertos pesos externos que nos hunden e impiden nuestro normal crecimiento y desarrollo.

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Al mirar a mi alrededor observo el fragmento de un lebrillo cerámico que bien podría ser medieval. Es muy probable que lo haya arrastrado la corriente hasta aquí desde algún yacimiento arqueológico cercano.

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Remonto la pendiente escudriñando con detalle el terreno y encuentro más indicios arqueológicos que confirman mi sospecha de que estoy próximo a un lugar de interés histórico. Siguiendo el rastro de los fragmentos cerámicos dispersos por una amplia meseta me topo con una gran estructura de planta rectangular.

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El edificio está completamente derruido y cubierto de vegetación. Lo rodeo para comprobar sus dimensiones y su estado de conservación.

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En la pared oriental es posible observar varias capas de enlucido. Resulta muy difícil determinar la cronología de esta construcción, así como su funcionalidad. Los fragmentos cerámicos que he visto a su alrededor parecen de época medieval, pero el tratamiento de las paredes me recuerda al de estructuras de tiempos modernos o incluso contemporáneos. Tampoco sería extraño que este edificio hubiera estado en funcionamiento durante varios siglos.

La estructura que he encontrado, y que seguramente figura en la carta arqueológica de Ceuta, está ubicada en una zona de gran visibilidad y entre dos profundas ramblas. Una de ellas, la occidental, lleva abundante agua. Intento acercarme lo más posible a este cauce natural atraído por un saliente rocoso en la que se abren algunas cuevas.

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Sin duda resulta un lugar ideal para la ocupación prehistórica. En cuanto pueda iré a conocer este sitio tan atractivo e interesante.

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Después de un rato merodeando por este yacimiento arqueológico tomo una vereda que se abre a pocos metros de la estructura arqueológica. Este camino se adentra en el alcornocal que cubre la ladera occidental de esta abierta meseta. Ando entre los alcornoques sin saber muy bien adónde me llevan. A los pocos minutos los alcornoques me dejan frente al pino con el que he conversado esta mañana. Desde luego no es causal que esto haya ocurrido. Este pino ha querido que me parara a hablar con él y que escribiera sobre su hermosa figura. Si no llego a hacerlo no habría visto el fragmento cerámico que me ha permitido descubrir este yacimiento arqueológico visible desde el cielo, según he podido comprobar en el google Earth.

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…El camino que lleva hasta Calamocarro está muy bien marcado. La pendiente descendente cada vez es más marcada. Llego así a un grupo de alcornoques y acebuches entre los que el camino se pierde. No sé muy bien qué dirección tomar. Un cortado se abre cerca de donde estoy y lo voy bordeando. Al final no me queda más remedio que bajar hasta el mismo cauce del arroyo para hallar una ruta segura que conduzca a Calamocarro. Esta circunstancia me permite descubrir un bellísimo bosque de acantos que cubre el cauce del arroyo.

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Andar por el arroyo no resulta nada fácil. El cauce está cerrado por anchas ramas de zarzamoras que arañan mis brazos y traspasan la ligera tela de mis pantalones. Pero aquí no acaban las dificultades. Cuando avanzo unos metros me encuentro con una presa de unos dos metros de altura. No tengo tiempo para deshacer el camino. De modo que me arriesgo a descender por la presa dejándome deslizar por el tronco de un árbol caído sobre el muro.

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Bastante cansado, con algún corte en los dedos y los pies empapados terminó mi aventura de hoy. Volveré a estar lugar, pero no lo haré solo.

EN BUSCA DE LA FUENTE DE LA ETERNA JUVENTUD

Ceuta, 29 de mayo de 2017.

El sábado por la tarde recibí una llamada de mi querido amigo Jotono Gutiérrez. Hacía tiempo que no hablamos ni nos veíamos para pasear por el Hacho, ya sea de día o de noche. Le comenté que en los últimos días había visitado el arroyo de Calamocarro y que todo este espacio natural estaba precioso. Deseaba adentrarme lo más posible en el cauce del arroyo y, al ser posible, llegar hasta su nacimiento.

Jotono es un buen conocedor del arroyo. Lleva visitando este lugar desde que era niño. No hace mucho me propuso recorrer el arroyo justo después de las últimas lluvias junto a mi hermano Jesús, pero aquel día no pude escaparme. Pero esta semana tengo las mañanas libres, así que acordamos Jotono y yo que el lunes o el martes exploraríamos juntos la parte alta del arroyo. Dado que hoy era un día que a los dos nos venía bien, quedé con Jotono a las 9:15 h para recogerlo con el coche y dirigirnos a Calamocarro. En el trayecto entre mi casa y la Plaza Vieja, que era nuestro punto de encuentro, pude comprobar que hacía un día magnífico. Desde lo alto del Recinto la vista de la bahía sur resultaba espectacular. Sentía esa extraña sensación que experimenté dos días atrás en la cala del Amor de notar que un abismo se abría delante de mí sin que ello me causara el más mínimo miedo.

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Una vez que recogí a Jotono nos dirigimos a Benzú para desayunar. Nos recibió el Atlante dormido con su cuerpo parcialmente cubierto de nubes. Después de tomarnos un buen té moruno deshacíamos el camino para dejar el coche en las cercanías de la entrada al arroyo. Poco a poco fuimos adentrándonos en el cauce disfrutando de la belleza de las flores y de las mariposas. Algún de otro reptiles tomaban los primeros rayos de sol sobre las piedras arrastradas por la corriente. No vimos ninguna culebra en el agua, pero sí numerosos renacuajos y las evidentes huellas del paso de los jabalíes por la zona. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos en los pies del chopo centenario. Desde allí hasta la presa existente en el arroyo apenas distaban unos metros.

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Seguimos avanzando hasta llegar a un grupo de robles americanos que debieron ser plantados durante la época en la que estuvo activa la Huerta Serrano.

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A corta distancia hallamos una de las estaciones de control que la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir tiene instalada en  el cauce del arroyo de Calamocarro. Este pivote verde marca el punto accesible de este cauce natural ceutí. Pero nosotros nos queríamos darnos por vencidos. Exploramos la zona y dimos con una estrecha senda que nos permitió vadear el arroyo por su ribera oriental.

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Superado este primer escollo llegamos a una zona relativamente abierta en la que paramos para beber del mismo arroyo. El agua bajaba transparente, fresca y limpia, y su sabor era delicioso. Es una experiencia muy gratificante beber de un arroyo sirviéndote de tus propias manos. Una vez refrescados por dentro y por fuera seguimos nuestro camino…

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Una vez más nos encontramos con una espesura impracticable, pero no nos dimos por vencido. Jotono iba delante abriendo la senda.

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Dimos con una par de muros de presa de indudable antigüedad por su factura. El más adentrado en el arroyo es de una gran belleza, con una hermosa poza a pies.

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A partir de este punto el cauce del arroyo se hacía muy profundo. Con gran dificultad lo vadeamos por un estrecho camino de cabras que se deshacía a nuestros pasos. Íbamos ganando altura. Desde este parte del arroyo las vistas resultaban espectaculares. Al volver la vista hacia el cauce nos topamos con una cortina de vegetación y cuando la descorrimos nos encontramos una sorpresa inesperada. Nos quedamos sin palabras.

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Teníamos delante una impresionante cascada de más siete metros de altura por el que caía el agua formando una bellísima fuente. Era justo como yo había imaginado que sería la fuente de la eterna juventud que las crónicas clásicas y medievales ubicaban en esta parte de Ceuta. Sin poder articular palabras por la emoción que nos embargaba nos acercamos a la fuente. Bebimos de ella para beneficiarnos de su poder y nos despojamos de las camisetas para bañarnos bajo la cascada.

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Estábamos inmensamente felices. Nos abrazamos y nos hicimos unas fotos  para inmortalizar este momento. Ambos sabíamos en este mismo instante que este hallazgo inesperado no los olvidaríamos nunca. Son de este tipo de experiencias que quedan grabadas a fuego en la memoria. Nos abrazamos y reímos. La emoción era incontenible, como la misma agua que caía desde lo más de la cascada. La inmortalidad que promete esta fuente no es de tipo físico. La eterna Juventud sólo está al alcance de quienes han logrado despertar sus sentidos físicos y sutiles. Estos últimos son los que te permiten reconocer el carácter sagrado, mágico y mítico de lugares como el que Jotono y yo hemos descubierto. Estoy seguro que este sitio lo conocen otras personas, pero es poco probable que hayan visto en esta fuente lo que nosotros hemos captado en esta visita. Como escribió en su diario Henry David Thoreau, “un hombre no ha visto una cosa si no la ha sentido…No hay belleza en el cielo, sino en el ojo que lo ve”.

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Llega un momento en nuestras vidas que lo días nos parecen todos iguales, y así sería de desdichada nuestra existencia, si no fuera por la facultad de la imaginación. Somos nosotros, con nuestra mirada, con nuestras emociones y sentimientos más profundos, con nuestro pensamiento y nuestra imaginación lo que hacemos a los lugares sagrados y mágicos. Para Jotono y para mí este lugar es, sin lugar a dudas, la perdida fuente de la eterna juventud. El espíritu de Ceuta está contenido en este inaccesible sitio.

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Con el firme propósito de volver a la fuente en cuanto tengamos una nueva oportunidad, iniciamos el camino de vuelta. Siguiendo las veredas abiertas por los animales conseguimos llegar a una de las pistas forestales de García Aldave. En nuestro recorrido de regreso al coche pasamos por las torres medievales de Regulares y la fuente de la Higuera.

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En esta fuente rellenamos nuestras botellas y descendimos por las veredas hasta finalizar nuestra aventura.

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HUELLAS EN LA ARENA MOJADA

Ceuta, 26 de mayo de 2017.

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Después de dejar a Silvia en el instituto para la gala de fin de curso he venido hasta Benzú para tomar un buen té moruno. Me encuentro sentado en una terraza abierta a cuyos pies rompe el mar. La luz sigue siendo muy fuerte a esta hora de la tarde (19:07 h). Sopla un viento de poniente que refresca mi cuerpo.

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Cierro los ojos y me concreto en el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Es una sensación muy placentera. A mi olfato llega el olor de las algas y el perfume de la hierbabuena. Cada sorbo de té deja en mi paladar un sabor amargo que me resulta delicioso. Precisamente esta mañana, durante mi visita al arroyo de Calamocarro, he restregado en mis manos algunas hojas de menta silvestre. Esta fragancia forma parte de la esencia de esta tierra sagrada y mágica. La mezcla con el té verde produce un cierto dulzor que fortalece el cuerpo y el alma.

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…De camino a cada me paro un rato a escribir a los pies del cabo de Calamocarro. La marea ha comenzado a bajar. La arena aún conserva la humedad de la última crecida del mar. Un mar que acaricia la orilla con suma suavidad y tacto dejando una huella húmeda sobre la arena.

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Contemplo desde aquí a Ceuta desde otra perspectiva. Una gran lengua de construcciones ocupa el istmo y la Almina, mientras que la imponente imagen del Hacho permanece inexpugnable. Algún bocado le ha dado el hombre, pero parece que este promontorio fue esculpido por los dioses para mantener incólume su majestuosa figura. Este monte está constituido por las rocas más antiguas de la región y presume con orgullo su veteranía. Lleva observando el paso de las naves por el Estrecho de Gibraltar desde tiempos inmemoriales. La diosa fortuna ha querido que nuestros destinos se cruzasen. Yo soy un simple mortal con una vida tan efímera en términos geológicos como un parpadeo de ojos. Pero  estas microdécimas de segundo están siendo suficientes para percibir su carácter mítico, sagrado y su extraordinaria belleza.

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Estas aguas que a estas horas se tiñen de plata forman parte de mi propia identidad. Este mar y esta luz son el mejor regalo que me han hecho en la vida. Es ahora, en la madurez de mi existencia, cuando he logrado apreciar los dones que ha otorgado la Gran Diosa. He sido elegido por ella para cantar las excelencias de esta tierra desconocida por sus propios habitantes.

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El destino de mis escritos es incierto. Puede que le suceda lo mismo que decía Henry D. Thoreau sobre los apuntes de su diario:

“¿Y para qué todo este escribir? Contemplar lo que se garrapatea al albur del momento puede producirnos ahora cierta satisfacción, pero mañana, ¡ay!, esta misma noche, ¡ay!, es algo rancio, plano y sin provecho; algo, en fin, de lo que sólo nos queda la concha, como ese rojo caparazón de langosta hervida que te mira abandonado en el camino”.

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Lo más probable es que les ocurra lo mismo que a las huellas que mis pies han dejado sobre la arena mojada. En apenas unas horas la marea volverá a crecer y las borrará sin dejar ni rastro de ellas. Nadie sabe a ciencia cierta cuán larga será la sombra que proyectará su existencia en el futuro. El afán de perpetuidad es algo que acompaña al ser humano desde que se despierta su conciencia. Deseamos la inmortalidad a toda costa. Sin embargo, sólo la obtiene quién se olvida del futuro y de la vanidad, y se concentra en vivir con intensidad y plenitud el presente.

NÁUFRAGO DE TERRA INCOGNITA

Ceuta, 26 de mayo de 2017.

He pasado un par de horas con Patricia y Cristian del periódico digital Ceuta actualidad visitando los árboles centenarios localizados en el arroyo de Calamocarro (ver reportaje). Ha sido un paseo muy agradable en el que hemos disfrutado un buen rato de la naturaleza ceutí.

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Una vez que he dejado a los periodistas cerca de su trabajo, he seguido hacia el Monte Hacho. Como tenía sed he parado en la barriada del Sarchal para comprar una Coca Cola. Ya que estaba aquí me ha parecido una buena idea bajar hasta la cala del Amor para sentarme a escribir.

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Mientras bajo la escalera pienso en la amplitud del horizonte y en las ausencias que aprecio en los habituales elementos del paisaje de este mágico y sagrado lugar. La explicación hay que buscarla en la neblina que cubre el cielo. No obstante, noto algo raro en el mar. Me recuerda a un cazo de agua a punto de hervir. La superficie del mar se eleva y adopta una forma ondulante, como si alguien la estuviera removiendo desde el fondo. Y esto es lo que realmente ocurre. El levante de los últimos días ha dejado un notable mar de fondo.

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Por lo demás, la luz es cegadora y el calor intenso, aunque atenuado por la brisa que llega de poniente. Me fijo en las manchas verdosas visibles en las paredes rocosas. El verde del cobre rezuma de entre las piedras de este santuario natural.

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La sensación de paz que percibo es muy fuerte. Aquí el tiempo parece detenido y el espacio se ensancha delante de mis ojos para abarcarlo todo, incluido mi propio y diminuto ser. El batir de las olas me reconecta con la esencia de Ceuta y con el anima mundi que envuelve e impregna todo.

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Estoy acompañado por las gaviotas que me sobrevuelan y por los ejemplares de limoniums en flor que tengo cerca de mis pies. Escribió Henry David Thoreau en su diario que sobre la naturaleza se había escrito mucha prosa, pero muy poca poesía. Yo me siento inspirado a escribir cuando observo con admiración las diminutas flores moradas del limonium con sus cinco pétalos y sus estambres de color crema. Estas bellísimas flores surgen de unas yemas de color violáceo. Los tallos delgados y altos nacen de un abigarrado núcleo de hojas verdes con forma cordiforme. Estas plantas crecen de manera milagrosa entre los resquicios de las rocas otorgándoles el toque de vida que les falta a los acantilados.

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La brisa marina hace bailar a las floridas ramas del limonium al ritmo que marca la propia naturaleza. Todo aquí está en perfecta armonía. No hay ningún sonido extraño que perturbe la magia de este lugar. Yo estoy plenamente integrado en este espacio natural, como si fuera otro limonium que hubiera echado raíces en este saliente rocoso. Yo también siento que mi cuerpo es movido por un viento que me anima a bailar al ritmo que impone la Gran Diosa. Contemplo su blancura y la profundidad del abismo que ha abierto a mis pies…, pero no experimento ningún tipo de temor. Estoy bien fijado a estas rocas, como mis hermanos los limoniums. Recuerdos de mi infancia emergen de estas profundidades insoldables. Si hiciera el suficiente esfuerzo podría retrotraerme al principio de los tiempos, pues todo está grabado en mi inconsciente. Estas aguas son el testimonio fehaciente de estos tiempos remotos que unen el origen y el presente. Soy un náufrago, procedente de una terra incognita por la mayoría de los hombres, que ha recalado en este sagrado, mítico y bello lugar llamado Ceuta.

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CAMINANDO ENTRE LOS FUERTES NEOMEDIEVALES DE CEUTA

Ceuta, 19 de mayo de 2017.

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Al acercarme al Atlante dormido he experimentado una profunda emoción. Me siento muy afortunado de poder disfrutar de la majestuosa estampa de esta divinidad petrificada. La luz que decora la mañana es asombrosa y deslumbrante. El azul del mar es de una hermosura indescriptible. El horizonte parece que ha sido trazado con un compás mágico por los dioses.

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He parado a desayunar en el cafetín de Benzú. Me estoy tomando un delicioso té moruno con una macla de queso fresco y aceite. Es conveniente alimentarse bien antes de emprender un buen paseo por el monte de García Aldave. Paladeo el amargo sabor del té con hierbabuena. La teína hace su efecto y siento a cada sorbo cómo se despiertan mis todavía dormidos sentidos. No hay nada mejor que un té moruno para elevarte el ánimo y prepararte para la aventura. Recuerdo mis tiempos de niño en los que me encantaba perderme entre los barcos pesqueros abandonados en el muelle Alfau. Me ponía a mandos de sus timones creyéndome el mismo Capitán Ahab en su disparatada caza de la ballena blanca.

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Apuro hasta la última gota del té y empiezo mi aventura…

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…Ahora me encuentro en el mirador del Atlante dormido. Este espacio lo han convertido en un hermoso vivero forestal en el que están presentes las principales especies arbóreas y arbustivas de Ceuta. Lástima que el proyecto no esté acabado, ya que no hay ni un cartel que indique a los neófitos cuales son las especies que están observando.

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Desde aquí el rostro y la figura del Atlante es mucho más visible que desde la playa de Benzú. Hoy el cielo está completamente despejado y el mar en calma. Sopla una ligera brisa de poniente, aunque al mirar al norte observo los primeros indicios de la entrada del levante.

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Mi interés por la flora local crece cada día. En la punta de este mirador encuentro un ejemplar de jarguazo negro cuyas flores se resisten a salir de sus capullos. No obstante, algunas de ellas se muestran al día y son visitadas por los insectos polinizadores.

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Según avanzo por la senda trazada en el suelo no pierdo de vista el bello rostro del Atlante. A esta hora de la mañana dibuja una marcada sonrisa. Su alegría es evidente, no tanto por mi visita, sino más bien por la compañía matutina de la luna en cuarto menguante. Lo masculino y lo femenino se dan la mano en esta mañana primaveral.

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Me paro un instante a fotografiar un ejemplar de algarrobo con su particular fruto en forma de vaina coriácea.

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Veo sobre el perfil de la montaña situada al otro lado del arroyo de las Bombas a un fuerte gemelo a los que voy a visitar esta mañana. Desconozco su nombre.

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El ascenso hacia el fuerte de Aranguren no es demasiado exigente. Aún perduran, aunque descarnados por las lluvias, los peldaños realizados con troncos de madera durante los trabajos de la Escuela Taller “Itinerario entre fuertes”.

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Mi desarrollada visión de arqueólogo me permite localizar algunos vestigios arqueológicos durante la subida, como un fragmento de ladrillo con el sello de los alfares de la maestranza ceutí del siglo XIX.

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Ya en el último tramo de la empinada cuesta empiezo a contemplar la imagen del fuerte de Aranguren. No me detengo mucho tiempo a visitar este antiguo edificio militar decimonónico.

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Fotografío las poéticas plantas que han colonizado sus paredes como símbolo de la imparable mano de la naturaleza que siempre tiende a recuperar lo que es suyo.

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Me llama la atención un bello y solitario ejemplar de tagarnina que luce sus llamativas flores amarillas.

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Con decisión y ganas comienzo el trayecto que me llevará al siguiente fuerte, el de Anyera. Mi emoción aumenta a cada paso que doy. Me siento muy feliz al encontrar un ejemplar de jara rizada con sus preciosas flores rosáceas. No es fácil dar con este tipo de planta. De hecho es la primera que veo en mis últimos paseos por Ceuta.

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El camino abierto por los senderistas aún es visible en el rocoso suelo, pero según asciendo la vegetación se va cerrando. Tengo la impresión de que hace muchos meses que nadie toma esta senda. A mi paso vuelan cientos de mariposas de los más variados colores y mis ropas se van impregnando de los olores que desprenden las coloridas flores que rozan mi cuerpo. Penetro en esta espesura floral con veneración y respeto, haciendo el menos daño posible.

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Los árboles aún muestran los efectos del incendio de hace unos años. Los troncos están ennegrecidos por efecto del fuego, pero de ellos brotan ya en sus troncos ramas nuevas que demuestran a las claras que siguen vivos.

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La protagonista de esta bella estampa con la que ahora me deleito son las zanahorias silvestres. Miles de ellas coronan el horizonte vegetal con una hermosura indescriptible. El verde de las plantas, el rosa de algunas flores, el amarillo de los erguenes y el blanco de las zanahorias componen un cuadro divino que eleva mi ánimo y mi vitalidad.

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Tengo que recurrir precisamente a este extra de energía para superar unos últimos metros de ascenso realmente duros y exigentes. Guiado por mi intuición prosigo mi camino hasta llegar al fuerte de Anyera. Cuando corono la cima estoy completamente sudado y con la respiración acelerada.

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Merodeo por el entorno del fuerte mientras recupero el aliento. La puerta del fuerte está abierta, pero respeto el cartel de la Consejería de Educación y Cultura que advierte de que está prohibido el paso al interior de este inmueble protegido.

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Prefiero pasear para disfrutar de las hermosas mariposas y de una singular imagen de Ceuta desde este elevado punto en el monte de García Aldave. Desde aquí el Estrecho de Gibraltar se observa en toda su magnificiencia y belleza. Ha merecido el esfuerzo de llegar hasta aquí.

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…Dejo atrás el fuerte de Anyera y prosigo mi camino. Al verlo desde la distancia aprecio su carácter solitario. No vienen muchas personas a visitarlo, pero a él no parece importarle. El espíritu que alberga este edificio parece disfrutar de su soledad y de unas vistas espectaculares.

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La anchura del camino y las dos bandas paralelas que dibujan el camino indican que esta senda fue transitada antaño por vehículos militares. Siguiendo el trazado dejado por las ruedas de los coches llego hasta una verja cerrada perteneciente al cuartel de García Aldave. Esta situación me obliga a deshacer el camino y tomar un sendero que dejé unos metros atrás. No cabe duda de que por aquí pasan con cierta frecuencia los senderistas y los aficionados a las bicicletas de montaña.

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Me llevo una agradable sorpresa al dar una joven encina, uno de los árboles autóctonos de los bosques de Ceuta. Ha tenido la fuerza suficiente para sobrevivir entre tantos eucaliptos.

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Paso al lado de un antiguo depósito de agua hoy en día abandonado. Seguro que si estuviera lleno las aves lo habrían colonizado.

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Voy observando entre los árboles la imagen del Peñón de Gibraltar, una referencia ineludible para los navegantes que desde la antigüedad hasta nuestros días atraviesan esta puerta natural que conecta el Océano Atlántico con el mar Mediterráneo.

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Accedo, sin lugar a dudas, al tramo con mayor espesura del camino. El color verde de los árboles y los helechos es el dominante. Desconozco quienes han abierto este itinerario, pero es claramente apreciable que un grupo de personas han trabajado duro para abrir un sendero entre los helechos. Estas típicas plantas del monte de García Aldave superan la altura de una persona. Disfruto del fresco olor de los helechos recién cortados y de este pasillo que atraviesa el corazón del bosque sin herirlo. Me alegra saber que no estoy solo. Me cruzo en el camino con un excursionista acompañado de su fiel perro. Intercambió unas amables  palabras con este solitario caminante y le dejo atrás. A los pocos segundos escucho al perro ladrar y acto seguido pasan a gran velocidad dos ciclistas que saltan por las rampas que los aficionados a este deporte han instalado a lo largo de esta parte del camino.

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Según avanzo por la senda observo que la espesura del bosque se diluye y se abre un amplio claro teñido de verde. Vuelvo a encontrarme con los árboles quemados en uno de los incendios forestales de los últimos años.

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No pierdo de vista a la luna que viene acompañándome desde que emprendí mi excursión hace ya algo más de dos horas.

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Me acerco de nuevo al fuerte de Anyera y al hacerlo disfruto del horizonte abierto de un mar cuyo azul lapislázuli contrasta con el blanco de las zanahorias silvestres y con el verde de los tallos que sostienen a estas bellísimas sombrillas naturales.

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Al igual que el fuerte de Anyera me transmitió una sensación de soledad, éste de Aranguren me sugiere vitalidad y alegría. Al ser un sitio frecuentado por familias y niños el espíritu de este lugar está impregnado de vida, diversión y juego.

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Desciendo por el mismo camino que tomé al comenzar esta pequeña aventura matutina. Con la visión puesta en el azul del Estrecho llego hasta el mirador de Beliunex. Aquí me paro unos minutos para escribir y disfrutar de la belleza de la ensenada de Beliunex, un refugio natural para los navegantes que osaban traspasar el misterio, mágico y sagrado límite del mundo conocido.

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El Atlante duerme de manera placida y serena, observado por mí y por una luna en cuarto menguante que me ha acompañado todo el trayecto y que ahora se ha parado encima del cuerpo del titán. Sé lo que esta luna simboliza y a quién encarna. Ella y yo lo sabemos. Y eso basta.

PASEO POR EL ARROYO DE CALAMOCARRO

Ceuta, 16 de mayo de 2017.

Casi todos mis paseos los hago por el Monte Hacho, ya que es el lugar que tengo más cerca de casa y por la atracción que ejerce sobre mí este mítico promontorio. Hoy deseaba cambiar de escenario, así que me he trasladado hasta el arroyo de Calamocarro. Las últimas veces que he venido a este sitio el cauce estaba seco. Sin embargo, después de las lluvias de este invierno y de esta primavera, la vida ha regresado a este bellísimo paraje natural protegido. Nada más adentrarme en el camino que conduce al corazón del arroyo, he comprobado que caía agua de la cascada que sirven de muro de contención del arroyo. Coincide que estamos en plena estación primaveral y la vegetación está exuberante. Enormes adelfas, con sus hojas brillantes, sus ramas finas y sus flores rosáceas dibujan un cuadro espectacular.

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Sigo el curso del agua fotografiando a cada instante las pequeñas cascadas que se forman debido a las piedras arrastradas por la corriente. Cuando llueve de manera intensa esta zona se convierte en un torrente intransitable. Además de las adelfas los otros protagonistas del paisaje son los helechos, las viboreras, los cardos y las enormes tagarninas. Del primitivo bosque que existió en las riberas de este arroyo tan sólo quedan alcornoques, algún pino centenario y unos antiquísimos castaños que visitaré otro día.

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He ascendido el curso del arroyo hasta la base de un enorme chopo que esta época del año ha recuperado sus hojas verdes. Aquí, sobre una piedra ubicada en un meandro del arroyo, me he sentado a escribir.

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La luz penetra entre las ramas de los laureles iluminando las hojas que adquieren un verde intenso y creando un precioso juego de luces y sombras. Las ramas de los árboles se entrecruzan sobre el cauce trazando una puerta una dimensión mágica de la realidad. Estas mismas ramas se miran al espejo de un arroyo que por efecto del sol parece de pura plata. Empiezo a sentir esa profunda emoción que experimento al vivir un momento mágico. Mi mente no presta atención a nada más que el discurrir del agua en su camino hacia el mar. No hay pensamiento de fondo que distorsionen este instante. Estoy solo en la naturaleza, acompañado de las Musas y las ninfas.

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Contemplando este lugar entiendo que en los relatos mitológicos clásicos situarán este espacio geográfico el jardín de las Hespérides y el árbol de la vida. Tampoco me extraña que en las crónicas medievales ubiquen en este arroyo o en alguno cercano la fuente de la eterna juventud. Uno se vuelve inmortal presenciando la belleza de este privilegiado enclave. Bebo en este momento de la copa celestial que otorga a los seres humanos la vida eterna a través de la palabra escrita. Este relato forma parte de este lugar, como yo formo parte de él. Mi comunión con la naturaleza es profunda.

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Una mariposa lleva todo este tiempo merodeándome, hasta que se ha posado al lado de mí. Veo en ella a la Gran Diosa. Los pájaros cantan cada vez de forma más fuerte y melodiosa, como si quisieran regalarme un concierto en mi honor.

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El sol ha iluminado la poza que mencioné antes y la ha transformado en un cristal trasparente y brillante. No hay esquina a la que no mire que no parezca de una asombrosa belleza. Siento con la vida anima cada centímetro cuadro de este arroyo. La poza se ha convertido en el baño de unos insectos que se deslizan sobre su superficie.

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La temperatura es sumamente agradable. Los rayos del sol que entran por el ramaje mantienen la dosis adecuada de calor, suavizado, igualmente, por el viento de levante que sube por el propio cauce del arroyo. Por si fuera poco, las gotas de humedad que impregnan las hojas de los árboles caen a un ritmo lento sobre mí refrescando mi cuerpo.
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Toda una vida no será suficiente para describir toda la belleza de este sitio. No obstante, me comprometo conmigo mismo a regresar al arroyo cada vez que encuentre un momento propicio.

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Comienzo el camino de vuelta y viene a mi memoria el libro “Musketaquid” de Henry David Thoreau. El arroyo de Calamocarro es mi particular río Merrimarck. Todo el descenso lo hago tomando fotografías y disfrutando de la belleza de este cauce natural en tiempo primaveral. Cuando quiero darme cuenta llego al puente bajo el cual se dan la mano el arroyo y el mar.

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La arena ha tomado parte de la desembocadura del arroyo y el agua dulce estancada espera la marea alta para disolverse en el Océano Atlántico. Recuerdo entonces el siguiente pasaje de la Metamorfosis de Ovidio:

“Confinó entre sus márgenes inclinados a los ríos,
Que en algunos lugares son absorbidos por la tierra,
Y en otros llegan al mar, donde son recibidos en la sencillez
De sus aguas libres y hacen de las costas sus orillas”.

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ORO AZUL EN EL FIRMAMENTO

Ceuta, 14 de mayo de 2017

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No podía pasar este día sin contemplar el ocaso del sol. He subido hasta el baluarte de San Antonio de la ciudadela del Hacho por una empinada cuesta que me ha dejado sin aliento. Son las 9:05 h. Le quedan a este día tan especial para mí apenas diez minutos. El cielo está despejado en su mayor parte, excepto en la franja más próxima al horizonte. Aquí se concentran unas tenues nubes jaspeadas que no impiden la formación de un alargado y potente haz de luz dorada tendido sobre un mar en perfecta calma.

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Todo el paisaje está impregnado de este color dorado y se respira una atmósfera de serenidad, alegría y magia. Me quedo absorto observando la belleza de Ceuta. A lo lejos es posible reconocer el perfil del rostro y el pecho del Atlante dormido. Mientras que mis ojos escudriñan el entorno los oídos están pendientes del sonido de las aves. Al mismo tiempo aspiro el peculiar olor de las rudas. También escucho el croar de las ranas de un cercano estanque al que iba de pequeño con mi padre a darle de comer a los patos. Este lugar se había perdido de mi memoria y está noche lo he reencontrado.

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Toda la luz que el sol proyectaba sobre el mar se ha reconcentrado en el mismo disco solar. Las nubes disipan su forma redondeada, amplían su destello y contribuyen a crear una estampa celestial. Al tocar el agua el sol recupera su forma redondeada. Es una gota de oro puro vertido por los dioses directamente del crisol alquímico.

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Para recibir al astro rey se abren las mismas puertas del inframundo, donde lo recibe el dios Hades. Su mujer Perséfone disfruta de su regreso a la tierra y paseo con ella por unos campos llenos  de flores y embriagadores olores. Los capullos en flor en flor se abren y levantan en señal de respeto ante la diosa primaveral.

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La noche se va a apoderando del cielo y con ella llegan los planetas y las estrellas. Sobre la fortaleza del Hacho veo aparecer al brillante y espectacular Júpiter. Poco después se ilumina una de las grandes constelaciones de la primavera, la femenina Virgo con la majestuosa espiga en su mano. En el oeste a quien contemplo fugazmente es a Sirio, cuya fuerza ha ido disminuyendo con el paso de los días. Todos estos astros cuelgan de un firmamento de azul ultramarino, un color similar al lapislázuli, considerada el “oro azul” por las grandes pintores del renacimiento.

No hay para mí mayor tesoro que disfrutar de este oro azul. Es una tonalidad tan bella que siento una íntima alegría y percibo con claridad el carácter sagrado y mágico de este lugar.

CEUTA, RESIDENCIA DEL ATLANTE DORMIDO Y SÍSIFO

Ceuta, 13 de mayo de 2017.

Ayer estuve con mi mujer y mis hijos Alejandro y Sofía contemplando el atardecer desde el mirador de San Antonio. Tenía ganas de observar la caída del sol para comprobar una teoría que acudió a mi mente el otro día.

Cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo salgo por la tarde a contemplar el ocaso del sol. Esta costumbre me ha permitido observar la cambiante posición del sol en los atardeceres ceutíes. Siempre lo hago tomando como referencia la figura del Atlante dormido, que es la montaña que delimita a Ceuta por el oeste. En el día del solsticio de verano el sol alcanza su posición más septentrional para acto seguido deshacer su camino y subir, como una pesada piedra, sobre el cuerpo del Atlante hasta llegar a la cima del Yebel Musa en el solsticio de invierno. A partir de este día comienza a rodar de nuevo hacia el norte hasta pararse el día de comienzo del verano. Cuando me di cuenta de este hecho me acorde del mito de Sísifo.

Sisyphus por Tiziano, 1549.

Sisyphus por Tiziano, 1549.

De Sísifo sabemos que era hijo de Eolo, dios de los vientos; y que se casó, precisamente, con la Pléyade Mérope, una de las hijas del Atlante. Era conocido por su astucia y valentía. Zeus ordenó a su hermano Hades que arrojará a Sísifo al Tártaro y le castigará eternamente por haber violado secretos divinos. Pero Sísifo no se dejó intimidar: astutamente puso a Hades unas esposas diciéndole que le iba a mostrar cómo debían usarse, y las cerró rápidamente. Así, Hades quedó como prisionero en casa de Sísifo durante unos días. Esta situación provocó una situación imposible, porque nadie podía morir. Es de suponer que estos días en los que Hades abandonó su puesto no pudieron abrirse las puertas de inframundo situadas en el Estrecho de Gibraltar por las que cada noche entra Apolo conduciendo el carro solar. Estos días corresponderían a las jornadas próximas al solsticio de verano, que es el momento en el que los días son más largos y las noches más cortas. No fue hasta que Ares acudió a liberar de su cautiverio a Hades cuando las puertas del infierno se abrieron de nuevo y los días comenzaron a ser más cortos.

Sisyphus, por Franz Von Stuck

Sisyphus, por Franz Von Stuck

Por el encontronazo con Hades y con el mismo Zeus, Sísifo recibió un  castigo ejemplar. Homero, en la Odisea, lo narra de la siguiente manera:

Iba a fuerza de brazos moviendo un peñón monstruoso y, apoyándose en manos y pies, empujaba su carga hasta la cima de un monte; más luego, llegado ya a este punto de dejarlo en la cumbre, la echaba hacia atrás su gran peso; dando vueltas la impúdica piedra, llegaba hasta el llano y él tornaba a empujarla con todas sus fuerzas. Caía el sudor de sus miembros y el polvo envolvía su cabeza” (Odisea, Canto XI, 595-600).

Según Robert Graves, “la piedra de Sísifo era originalmente un disco solar, y la colina por la que rodaba es la bóveda celeste, lo que constituía una imagen bastante familiar”.

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Atlante dormido visto desde Ceuta

Desde mi punto de vista, existen motivos para pensar que la montaña por la que Sísifo rueda su piedra o disco solar es el Yebel Musa, o lo que es lo mismo, el propio cuerpo tendido de su suegro el Atlante. Todos los años, en el día del solsticio de verano recoge su piedra de la misma puerta de Hades situadas en el Estrecho de Gibraltar y comienza a subirla por el perfil del Atlante hasta que consigue situarla en la cima del Yebel Musa en el día del solsticio de invierno. Ese día la piedra comienza su descenso hacia el mar en un ciclo interminable a la vista de todas aquellas personas observadoras.

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Atardecer en el solsticio de verano (2015)

Atardecer en los días próximos  al equinoccio de primavera (2017)

 

Atardecer el equinoccio de otoño (2016)

Atardecer el equinoccio de otoño (2016)

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Solsticio de invierno (2017)

La vinculación del Atlante y Sísifo es clara. Este último, como comentamos al principio de este escrito, se casó con Mérope una de las siete hermanas que forman la Pléyades. También guarda una estrecha relación con Hades, al que consiguió engañar y mantener preso varios días y que se vengó de él obligándole a subir el disco solar sobre el cuerpo del Atlante y haciéndole sufrir viendo cómo su trabajo resulta infructuoso año tras año.