EL CULTO DEL CONFORT

En su obra “El redescubrimiento de América”, Waldo Frank, después de describir los dioses y cultos del poder, incluyó un capítulo titulado “Vivamos confortablemente”. Las ideas que allí expone han estado  flotando en mi mente hasta que han encontrado otros pensamientos análogos de cuya unión ha brotado una explicación razonable a algunos fenómenos tan característicos de nuestro tiempo como el individualismo, el parasitismo y el infantilismo. El elemento aglutinante de las ideas que pululan por uno de los rincones de mi mente, donde la corriente del pensamiento las ha arrastrado, es el poder. Según Frank, parte inseparable de toda vida dedicada al poder es el culto del confort.

El confort, en sus orígenes, fue un medio para contrarrestar el cansancio provocado por las duras jornadas de trabajo de las personas dedicadas a la explotación y cultivo de los recursos naturales. No tardó demasiado tiempo en convertirse en un fin en sí mismo y un valor en alza. Si el poder fue una estrategia para hacer frente a las difíciles condiciones de un medio natural y cultural hostil, pronto se dirigió de manera exclusiva a la satisfacción del deseo de confort. Waldo Frank compara este proceso a la segunda ley de la termodinámica, la entropía. En opinión de este pensador, al igual que la energía del movimiento posee la tendencia dominante a convertirse en calor, “en el hombre, la energía del poder fluye hacia la necesidad del confort. Esta entropía psicológica no puede ser revertida. El poder, con sus grados de cansancio, esterilidad, vacuidad interior y pasividad, se orienta hacia el anhelo de confort. Más dicho anhelo no produce nuevo poder. El hijo del hombre dotado de poder es con frecuencia un buscador de confort; pero la consecuencia de su culto ya no será el poder”.  Como consecuencia de este fenómeno entrópico, “el poder acabará, pues, por criar una raza tan impotente que carezca hasta de los medios para buscar el confort”. Y esto es precisamente lo que está sucediendo.

                                 

En el libro “El pentágono del poder”, Lewis Mumford dedica un apartado, -desde su visión organicista-, a los dos modos básicos de interrelación que se dan en la naturaleza: el parasitismo y la simbiosis. En el capítulo titulado “la amenaza del parasitismo” advierte que el sistema capitalista se mantiene en buena parte gracias a una serie de sobornos, en forma de seguridad, aparente prosperidad y aumento del ocio, que tiene como correlato el incremento de las formas de parasitismo. El soborno del que habla Mumford es aquel por el cual la megatécnica, a cambio de su aceptación incondicional, aporta a sus beneficiarios una vida sin esfuerzos, una vida confortable, a partir del disfrute de “una plétora de mercancías prefabricadas, obtenidas mediante un mínimo de actividad física, sin sufrir dolorosos conflictos ni penalidades: la vida pagada a plazos, por así decir, pero con una tarjeta de crédito sin fondos, y con una cláusula final –la náusea existencial y la desesperación- que solo podrá leerse en la letra pequeña”.

Para acreditar sus comentarios sobre el parasitismo Mumford aludía en su obra a los estudios pioneros de Curt P. Richter, iniciador de los estudios sobre los ritmos biológicos y padre de la Psiconeuroendocrinología. Richter comparó las características de la domesticación de las ratas con las que produce el “Estado de Bienestar”: excesos en la alimentación, ausencia de situaciones peligrosas, confort doméstico, acondicionamiento del clima, etc. A partir de sus estudios científicos percibió unos males semejantes, -de los observados en las ratas-, en una población humana excesivamente protegida. Según relataba Mumford, los estudios Richter apuntaban a una relación estrecha entre la sobreprotección en la “sociedad afluente” (término acuñado por K.Galbraith) y “la incidencia cada vez mayor de la artritis, enfermedades de la piel, diabetes y dolencias circulatorias; mientras que el riesgo de que aparezcan tumores se ha agravado, al parecer debido a una excesiva secreción de hormonas sexuales. No menos llamativo es el agotamiento de la vitalidad y el incremento de desórdenes psíquicos y neuróticos”. Parte de estas observaciones han sido confirmadas por ulteriores trabajos como los de Edward T. Hall, en su obra “la dimensión oculta”.

 

                                                                                      El investigador Curt P. Richter

Los efectos psíquicos de una vida cada día más tendente a la ausencia de pensamiento, esfuerzo e interés humano son evidentes: el infantilismo o la senilidad prematura. Uno de los más eminentes psicólogos que ha dado la historia, el norteamericano William James, proclamó “que los sufrimientos y las penurias, por lo general, no consiguen mermar el amor a la vida; por el contrario, se diría que acentúan su valor. La fuente suprema de la melancolía es el hartazgo. Lo que nos espolea es la necesidad y la lucha; la hora de nuestro triunfo es la que nos trae el vacío”. Llevado por esta idea, Mumford hizo esta reflexión: “cuando ya no son necesarios ni el esfuerzo físico, ni la tensión, ni el peligro, ni el rigor para ganarse la vida, ¿Qué es lo que mantendrá sano al hombre moderno?.

 

                                                                                                    William James

 Los peligros de la sobreprotección que lleva a cabo el llamado “estado del bienestar” fueron ya percibidos por uno de los primeros y más brillantes analistas políticos, Alexis de Tocqueville. En su conocido libro “la democracia en América”, incluyó el siguiente comentario sobre el Estado: “…por encima se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que sean felices y de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue mas objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia (el subrayado es nuestro); este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar. Se esfuerza con gusto en hacerlos felices, pero en esta tarea quiere ser el único agente y el juez exclusivo; provee medios a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus traspasos, divide sus herencias, ¿no podría librarles por entero de la molestia de pensar y del trabajo de vivir?”.

 

                                                                                              Alexis de Tocqueville

Autores actuales como Feliz Rodrigo Mora, en su “Giro estatolátrico. Repudio experiencial del Estado de bienestar”, son extremadamente críticos con los sobornos que nos prestan la tecnología y los estados a cambio de fomentar la desintegración moral y la apatía general en la sociedad. Todo indica que hemos perdido de vista que “si el interés suscita el esfuerzo, el esfuerzo estimula a su vez el interés” (Mumford dixit). Así que no podemos menos que escandalizarnos cuando lejos de fomentar la cultura del esfuerzo entre nuestros conciudadanos, tanto jóvenes como adultos, el Estado ejerce un paternalismo de consecuencias atroces para la propia salud física y psicológica de sus “beneficiarios”.

 

La ansiosa búsqueda del confort, promovida y alentada por el capitalismo, en su interés de hacer crecer la economía mediante el fomento del consumismo, ha sido clave para el reforzamiento del sentimiento individualista. Hasta mediados del pasado siglo, según describe Eric Hobsbawm en su magnífica “Historia del siglo XX”, el “nosotros” predominaba sobre el “yo”. Y en parte era así por la falta de confort. Según narra este enorme historiador, “la vida de la clase trabajadora tenía que ser en gran parte pública, por culpa de lo inadecuado de los espacios privados…Los amas de casa participaban en la vida pública del mercado, la calle y los parques vecinos. Los niños tenían que jugar en la calle o en el parque. Los jóvenes tenían que bailar y cortejarse en público. Los hombres hacían vida social en “locales públicos”. 

 

                                                                                                      Eric Hobsbawn

            La irrupción de la televisión en el hogar, en opinión de Hobsbawn, “hizo innecesario ir al campo de fútbol, del mismo que la televisión y el video han hecho innecesario ir al cine, o el teléfono ir a cotillear con las amigas en la plaza o en el mercado”. De modo que  “la prosperidad y la privatización de la existencia separaron lo que la pobreza y el colectivismo de los espacios públicos habían unido”. Este divorcio con el espacio público, tanto en el sentido figurado como en el físico,  ha derivado en una relación irreconciliable. La pereza domina nuestra vida pública y privada. Rehuimos cualquier llamada a la acción. Tal y como dejó por escrito Lewis Mumford en “Técnica y Civilización”, “demasiado aburrida para pensar, la gente leía; demasiado cansada para leer, podía ir al cine; incapaces de ir al cine, podían encender la radio”. Hoy día, son muchos los hogares que tienen varios televisores en la casa, conexión de Internet y un móvil para cada uno de los miembros de la familia. Es cierto que no todos gozan de esto privilegios, pero sí es la aspiración general de todos los miembros sociedad.  Contando con todas estas comodidades en el hogar, ¿A quién le apetece salir a una asamblea ciudadana o, simplemente, ir al parque con los niños?. Uno de los pocos motivos que movían a la gente a salir era hacer la compra y hasta esto se puede hacer ya por Internet. ¿A dónde nos conduce este paraíso del confort?.

 

            Llegados a este punto, tenemos que cuestionarnos si nuestro anhelo de confort consigue el confort que tanto ansiamos. Desde luego, no parece que lo consigan todos los artilugios que el mercado nos incita a adquirir de manera compulsiva. Al menos no el confort interno. Si, como lo define Waldo Frank, el confort es una armonía entre las fuerzas del cuerpo y las del exterior, una armonía sentida, esto significa que el factor determinante reside dentro del hombre. En palabras del propio W.Frank, “la condición esencial para conseguir confort es tener el freno en nosotros mismo”. A modo de ejemplo, comentaba este pensador norteamericano, que “un hombre que habite en un cuarto del Hotel Ritz no podrá sentirse confortable si le duelen las muelas; en cambio, con los nervios en equilibrio puede sentirse confortable en un granero…”. Tomando como referencia esta definición y su ejemplo demostrativo, todos deberíamos tener claro que “no se puede conseguir el confort mediante aplicaciones prácticas, y cuanto más complejas sean las fuerzas externas que nos acosan, tanto más fuerte tiene que ser el freno interno que asimile dichas fuerzas y las armonice en este ritmo subjetivo que es el confort”.

            Si de verdad queremos alcanzar el confort no nos queda más remedio que cambiar de camino. Un camino que solo es posible transitar si somos capaces de desarrollar la capacidad de autocontrol, autoexamen y autoconocimiento. Tenemos que ampliar nuestro sentido de la compresión, cuyos medios más eficaces son la literatura, el arte,  el ocio estudioso, todas aquellas actividades capaces de satisfacer las necesidades superiores del ser humano. Gracias a estos medios puede el hombre, según Frank, “contemplarse a sí mismo y contemplar su relación con el todo de la vida, que le dota de la sabiduría suficiente para equilibrar las fuerzas hostiles”. Unos medios a los que debemos exigir que se adapten al sentido de la verdad y de la totalidad, y no limitarse, como hacen ahora, a calmar nuestros nervios o nuestra vanidad.

EL ETERNO CONFLICTO: ORGANICISMO VERSUS MECANICISMO

Desde hace tiempo no hago otra cosa que darle vueltas a una serie de ideas que rondan por mi cabeza. Son como las piezas de un puzzle que,  si eres capaz de encajarlas, obtienes una preciosa imagen. Durante breves instantes vislumbré el puzzle montado y experimenté una agradable sensación de bienestar. Intuyo que la imagen obtenida es de calidad y puede resultar útil para dar respuesta a los importantes retos individuales y colectivos a los que hoy día nos enfrentamos.  Las piezas son complejas y la distinción entre algunas de ellas es difícil. Sólo unas pocas contienen elementos reconocibles, palabras sueltas que quieren formar una frase cargada de sentido. Términos como organismo, mecanicismo, organización, 15M, democracia, política,…, son las piezas claves del puzzle y una metáfora en sí misma de la idea principal que las une a todas: la relación entre el todo y las partes.

 

 

 

            Atascado en el montaje de este complejo puzzle mental decido coger dos piezas que me parecen fundamentales: en el centro de cada pieza figura, respectivamente, la palabra organismo y organización. Las piezas no encajan entre sí, aunque en apariencia son muy similares. Presto más atención y empiezo a desvelar las diferencias. La más notable es que, según Waldo Frank, “en el organismo, unidad y vida unificadora están en todas partes, infusas en todos sus elementos”. Mientras que “en una organización, la unidad se impone racionalmente en sus componentes y permanece exterior a su naturaleza intrínseca”. Pongamos un ejemplo para ver más claras las diferencias. Un organismo sería el propio ser humano: su vida está en todas sus partes. Sin embargo, en una empresa comercial, existe un pequeño y limitado grupo de personas, los jefes, que la dirigen y, por tanto, su unidad viva no recae en sus trabajadores.

            Lo más curioso de ambas piezas, y de ahí la dificultad a la hora de montar el puzle, es su carácter dual. Depende de la orientación que le des a la pieza pasa de organización a organismo, o viceversa. Ejemplo de la primera posibilidad, es decir, de la conversión de una organización en organismo, y tomando como referencia el caso anterior de la empresa comercial, puede suceder que los trabajadores vayan más allá o se le permita implicarse en la dirección del negocio en el que prestan su servicio a cambio de un salario, identificando la empresa consigo mismo y relacionándola con la que sociedad en la que se encuentran insertos. Cuando sucede esto, la organización llega a convertirse en un organismo. Pero puede suceder, como es más frecuente, que un grupo de organismos, el propio ser humano sin ir más lejos, devenga en una organización mecanicista, de los que podríamos citar innumerables ejemplos: los ejércitos, las densas burocracias públicas, los partidos políticos, etc…

            La diferencia entre una organización y un organismo es muy sutil. Retomando a la metáfora del puzzle, la diferencia es apenas apreciable entre las piezas. Incluso un mismo grupo puede comportarse algunas veces como organismo y otras como organización. Waldo Frank ponía en su obra “El redescubrimiento del hombre”, el ejemplo de un equipo profesional de beisbol. Según Frank, el equipo actúa como organización “en cuanto los hombres que juegan tienen objetivos e impulsos que el equipo no expresa íntegramente”. Por el contrario, operan como organismo “en cuanto los jugadores llegan a absorberse espontánea y apasionadamente en vencer en un encuentro determinado”.

 

                                                                               Waldo Frank

            Llevada a un terreno menos profano, el de la historia, Waldo Frank describe a la Polis de Grecia como paradigma de un organismo, y a la Roma imperial como organización arquetípica, “una organización de organismo cuya sangre gradualmente agotó”. La antigua Roma fue, desde este punto de vista, una pesada maquinaria de poder que anulaba cualquier forma de organismo. Incluso cuando el estado romano adoptó el cristianismo como religión del Estado, traicionó o persiguió el espíritu orgánico de las primeras comunidades cristianos utilizando estrictos métodos de organización. La Iglesia, como institución heredera del jerarquizado, hiper-organizado y poderoso estado romano, tuvo un papel  clave, tal y como han demostrado Lewis Mumford y el citado Waldo Frank, en la aparición de la máquina y formas opresoras del colectivismo (capitalismo, comunismo, fascismo, etc…). Cualquier persona conocedora de este fenómeno no debería de extrañarse del apoyo que la iglesia siempre ha mostrado a las instituciones políticas, económicas y sociales  más poderosas, que comparten con ella su voluntad organizada.

            El ser humano parece tener inserto en sus genes un rechazo a toda forma de organización oprimente, la libertad. Al igual que sucede en la naturaleza, el gen de la libertad puede sufrir alteraciones y provocar graves enfermedades en el cuerpo individual y colectivo. Siguiendo esta idea de marcado carácter organicista, Waldo Frank apuntaba que “el cuerpo, como un todo, debe constantemente desempeñar su parte dentro del “argumento” de las relaciones, pero los actores son partes específicas del cuerpo”. Ningún órgano del cuerpo humano actúa de manera independiente y con un objetivo individualista, son medios; el fin es el mantenimiento de la vida. Así el estómago, decía Waldo Frank, “crea alimento no solamente para el estómago, sino para todo el cuerpo; los órganos sexuales propagan toda la vida del cuerpo; la vista, el olfato, el tacto, etcétera, efectúan la acomodación completa del cuerpo a su ambiente”.

            Lo indicado para el cuerpo individual, como ser vital y orgánico, es, -en opinión de Waldo Frank-, también cierto para el cuerpo social. “Las unidades particulares de hombres y mujeres dentro del grupo desempeñan los actos de sus relaciones funcionales como un todo con la naturaleza y con otros grupos humanos. Así como existe una constante relación entre la supervivencia del hombre y la actividad de los constituyentes de su cuerpo, así también existe una relación entre la supervivencia del cuerpo colectivo del hombre y los papeles especiales de sus constituyentes: el agricultor, el trabajador, el soldado, el sacerdote, el político. Y eso puede parecer que cubre toda la historia de la  humanidad”.

            Después de mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza, he llegado a la misma conclusión a la que llegaron Lewis Mumford y su colega Waldo Frank: uno de los asuntos claves en la humanidad y en su modo de organización como sociedad es el eterno conflicto en la visión mecánica y la visión orgánica de la existencia humana y todo lo que con ella se relaciona. La primera de las visiones se relaciona con la máquina, la segunda con la naturaleza. Cada día este eterno conflicto entre mecanicismo y organicismo se aprecia con más claridad. El escenario donde se libra la batalla entre mecanicista y organicista ha sido y es de lo más variado. En arquitectura, Frank Lloyd Wright y Antoni Gaudí frente a Le Corbusier y los representantes del llamado “Estilo Internacional”; en la música, Mozart frente a la música electrónica; el cerebro frente a la inteligencia artificial; el proyecto educativo de Dewey frente a los postulados de Comenius; la pintura de Goya frente a los cuadros de Andy Warhol; la medicina natural frente a la institucional, etc…

            El resultado del conflicto que dirimen organicista y mecanicista cobra especial relevancia en el plano del poder político y económico. Desde la democracia orgánica que surgió en la Atenas clásica hasta la oligarquía mecanicista de hoy han pasado muchos siglos de abierto enfrentamiento entre dos visiones contrapuestas de la naturaleza humana en el sentido individual y colectivo. No cabe duda que la cosmovisión mecánica viene siendo la predominante desde al menos el siglo XVI y su influencia no ha dejado de acrecentarse. Según se ha ido imponiendo la visión mecánica, la condición humana ha experimentado un notorio deterioro. Hemos perdido nuestra conexión orgánica con el todo, que no es otra cosa que la propia tierra y la amplia ecúmene que la ocupa.  La disolución de los lazos que nos unen con el planeta y con nuestra propia especie nos ha conducido a dos procesos paralelos: la sociodesintegración y la psicodesintegración.

El reto que tenemos ante nosotros, la revolución esperada, es el triunfo de la visión orgánica. Este momento llegará, según Waldo Frank, cuando el hombre, “que durante dilatadas épocas ha empleado todos sus órganos individuales y colectivos para el bienestar del yo, empíricamente considerado, aprenda que este yo, así cuidado y así servido, pierde su salud: que por su bienestar debe esforzarse en ser un integrador dentro de un todo metafísicamente fuera de él”. En resumidas cuentas, nuestra misión futura consiste en la reordenación de los tres componentes del yo: el ego social, el ego somático y el yo cósmico. Este último, el espíritu, con capacidad infinita para elevarse, tiene que ocupar el lugar central, hoy día monopolizado por el ego somático, dando lugar al egoísmo e individualismo reinante. Este proceso de reacondicionamiento interno está todavía en sus primeras etapas y aparece fugazmente en ocasiones puntuales que calificamos de “revolucionarias”.

Cornelius Castoriadis llamó la atención sobre el hecho no causal de que “cada vez que se produjeron grandes movimientos revolucionarios o reformadores de la sociedad, en el auténtico sentido del término, comenzaron casi sin excepción con un impulso de restauración o instauración de la democracia directa”. Así ocurrió en América del norte, entre 1770 y 1780, durante la Revolución Francesa, la Comuna de París, en la Hungría de 1956 o, más reciente en el tiempo, con el movimiento 15M, Occupy Wall Street, etc…Todo parece indicar que la tendencia hacia el organicismo es innata en el hombre y surge cada vez que las distintas representaciones del poder ahogan la libertad del hombre. El éxito o fracaso de estos movimientos depende, en última instancia, de la constancia, la voluntad y el esfuerzo de sus integrantes.

  Lewis Mumford

En un interesante artículo de Daniel Mari Ripa, titulado “¿Por qué partidos y sindicatos no conectan con las personas jóvenes y precarias?” (El Viejo Topo, nº 302, marzo 2013), describe, sin identificarlo como tales, evidentes rasgos de organicismo en el grupo social que analiza, mezclados, eso sí, con evidentes síntomas de individualismo. Nos hemos convertido en seres bipolares. Por un lado, como indica este investigador, “seguimos teniendo la necesidad de construir relaciones con otras personas”, pero ésta se ha vuelto etérea y cambiante, líquida si utilizamos el término acuñado por Zygmunt Bauman. Sentimos un rechazo generalizado a cualquier forma de organización jerarquizada, tipo sindicato, partido político o incluso organización no gubernamental. La militancia parece cosa del pasado. Un término a engrosar el diccionario de arcaísmo de la Real Academia de la Lengua Española. Para Mari Ripa, como expresamente subraya, “el universo 15M no puede reducirse a una organización”. Y no puede hacerse por un motivo que este investigador no termina de identificar y designar con el término correcto. No es una organización porque tiene vocación de organismo. Pero no llega a cuajar por un rasgo que él acertadamente diagnostica: la mayoría de sus integrantes “parecen sumidos en el individualismo del consumo”.

Al final de su artículo, Daniel Mari Ripa llega a cuestionarse sobre un aspecto fundamental de este difícil equilibrio en organismo y organización. Resulta evidente, como subrayó Waldo Frank, que “una sociedad de organización acumulada (en el mejor de los casos con grupos residuales en su interior) condena al hombre a ser el inválido que es en la actualidad, a pesar de todo el esplendor de sus máquinas”. Desde su punto de vista, que comparto, “solo los grupos orgánicos pueden establecer un orden social orgánico. Solo las personas (Waldo Frank distingue por su grado de psicointegración entre individuos y personas) pueden constituir grupos orgánicos. Por el contrario, una sociedad organizada destruirá los grupos orgánicos dentro de ella y convertirá a sus personas en mártires”. El modelo que propone Waldo Frank es puramente orgánico, aún indicando las evidentes diferencias entre los procesos biológicos y sociales. Para este enorme pensador, injustamente olvidado, “nuestro norte en la previsión de la sociedad orgánica debe ser la forma de actuar de las células que se desarrollan en el cuerpo viviente. Su método es un profundo misterio. De algún modo, dentro de ellas, está implícito el destino formal de cada parte en el todo,  y del todo; y su destino compartido les hace colaborar”.

 

 

Existe una ley interna en la naturaleza a la que ningún ser vivo puede escapar. El cuerpo biológico nace, crece, madura y después decae hasta morir. Algunos pensadores, como Oswald Splenger,  cayeron en el error de aplicar este mismo proceso a las sociedades humanas. Como respuesta a esta visión del desarrollo civilizatorio que le llevó a Spengler a escribir su famosa obra “La decadencia de Occidente”, autores como Lewis Mumford o Waldo Frank, defendieron que las comunidades orgánicas presentan una forma parabólica, siempre abierta y cambiante. El término elegido por Mumford para definir este proceso fue el de “equilibrio dinámico”.

La cuestión clave que debemos intentar resolver es cómo podemos conservar en una democracia el poder en manos de los ciudadanos sin que caiga en las garras de una burocracia tentacular dada la complejidad del mundo en el que nos ha tocado vivir. En el plano de la organización territorial de un estado como España, los términos organicismo y mecanicismo son intercambiados por los de federalismo y centralismo. El centralismo parece más eficaz, ya que las decisiones son tomadas por un restringido número de personas, -en las mal llamadas democracias representativas-, y en una sola cuando estamos ante una dictadura. Por el contrario, en las formas de organización territorial descentralizadas, las decisiones tienen que ser negociadas y consensuadas. En un cuerpo biológico, la buena voluntad y la predisposición a la colaboración se consideran inherentes. Nunca se ha visto que un corazón se quiera independizar de su propio cuerpo.

En una nación que quiera tener éxito y no fallecer, cada una de las regiones debería actuar como un órgano, “y así como las células dentro del órgano colaboran para formarlo”, los órganos territoriales que conforman  un determinado país colaboran para formar todo el cuerpo político. De modo que, como señala Waldo Frank, “el cuerpo político, como un todo, nutre a los órganos, a las células, del cuerpo total, alimentando sus partes y distribuyendo el oxígeno de la vida a través del torrente circulatorio”. Soy consciente que el ejemplo elegido puede resultar polémico, ya que la conformación del cuerpo territorial español, como el de muchos otros países, dicta mucho de ser orgánico. La imposición por la fuerza o la coacción queda fuera de los procesos orgánicos, donde los vínculos de relación predominantes son de tipo simbiótico, aunque también se dan ejemplos de parasitismo.

 

Llegamos a un punto clave, con el que quiero finalizar este esbozo de un trabajo más amplio que estamos realizando sobre el eterno debate entre organicismo y mecanicismo, la cuestión de cómo conseguir personas orgánicas que hagan posible una sociedad de la misma índole. Debemos establecer una metodología para inculcar a cada miembro de la sociedad algún principio similar al de las células en el organismo biológico que, aún siendo una parte del todo, comparten su misión destino y colaboran en su realización. Según Waldo Frank, “en el caso de las células biológicas, el conocimiento organísmico es misterioso y subconsciente. En el de las células sociales, el conocimiento, si bien misterioso, se convierte en consciente”. Necesitamos, por tanto, ser conscientes, en todo momento y lugar, de que somos parte de un todo, de un cosmos, de una naturaleza compartida con el resto de seres vivos, de una comunidad global de seres humanos con un destino común, que deben agruparse de manera orgánica, partiendo de la familia, el vecindario, la ciudad, la región, la nación, la confederación de países hasta llegar a constituirse en una única comunidad humana. Para ello es necesario tener la voluntad para crear la armonía de la integración en la sociedad, cuyo componente básico son personas que han desarrollado la misma capacidad de integración en su ser interno. Un camino del individuo a la persona que requiere despertar en el ser humano su innata tendencia a la comunicación, la comunión y la cooperación, instintos que hoy se encuentran anestesiados por los continuos esfuerzos del complejo del poder que fomenta de manera interesada la desconfianza entre las personas y los grupos sociales.

¡LA FIESTA DE LA VIDA!

Cualquier persona dotada de un mínimo de sensibilidad no puede menos que estremecerse cuando se entera que una persona ha decidido quitarse la vida, agobiado por los frecuentes problemas económicos que están provocando la crisis. En el prólogo de su autobiografía, Lewis Mumford comenta que él nunca quiso verse arrastrado por el nihilismo suicida de nuestra civilización y, aunque muchos vieron en él a un profeta de la fatalidad, luchó valiéndose de su pluma por la “Renovación de la Vida”. Para Mumford la vida es el bien central y la fuente de todos los otros bienes: la vida en todas sus manifestaciones orgánicas, e incluso en sus desalentadoras contradicciones y sus tragedias. La vida, según Mumford, no abarca sólo el amor, el coraje, la cordialidad humana y la alegría, sino también la alienación, la frustración y el dolor.

             Lewis Mumford reconocía que el concepto de “vida” no puede ser embalado en una sola frase o incluso en un solo libro. Prefiero explicitar el profundo significado de este término a partir de la experiencia vital de un compañero suyo en la Universidad de Stanford, el profesor Jeffrey Smith. Su colega y amigo había luchado durante toda su vida contra viento y marea, criando una numerosa familia, mientras que apenas podía mantener la cabeza fuera del agua por los abultados gastos económicos que soportaba con su limitado sueldo de profesor universitario. Según narra Mumford, “si un hombre tenía derecho a estar desalentado o amargado respecto a su destino, parecería haber sido ese hombre. Sin embargo, nunca se desesperó. Ocurrió entonces que enfermó de gravedad. Un poco antes de morir, Mumford le encontró en muy mal estado de salud, con una dolencia que ya no podía ser combatida o  paliada.  La conversación con su extrañable compañero terminó con una frase, se puede decir de despedida, que conmovió a Mumford y nunca olvidaría: “Sí, hijo mío”, le dijo el Prof. Smith. “Mi hora ha llegado. La fiesta de la vida se acabará pronto”.

¡La fiesta de la vida!, repite Mumford. Esta frase, según cuenta, “pronunciada por un hombre que se había enfrentado, -en más ocasiones de lo habitual-, a las penurias y las miserias de la vida y que parecía haber disfrutado muy poco de sus dones, es una afirmación que debe confundir a mil nihilismos”. La existencia del Prof. Smith era un ejemplo de la necesidad de aceptar la vida, tanto en sus aspectos positivos como negativos. Su amigo puso de manifiesto que ningún aspecto de la vida es demasiado mezquino, repugnante o vil para no ser tenido en cuenta como parte del significado y valor de la vida. Como dijo Plotino era mejor, incluso para un animal, haber vivido y sufrido, antes que nunca haber vivido en absoluto.  

            Lewis Mumford tuvo que hacer frente a un acontecimiento muy trágico: “en la Segunda Guerra Mundial, “la fiesta de la vida” fue arrebatada a nuestro hijo demasiado pronto,  a la edad de diecinueve años”. Lo único que conseguía consolarle era recordar que su hijo fue feliz y alcanzó momentos de plenitud vital. “Aunque fue lamentable tal muerte prematura, con todo había conocido muchos momentos de satisfacción”. Disfrutar de la “fiesta de la vida”, aún cuando este cargada de amargos momentos y hondas tristezas, es mucho mejor que enfrentarse al proceso de descomposición mental que tiene lugar en aquellos que nunca conscientemente han saboreado el festín de la vida”. Un tipo de persona, caracterizada por una “vida no vivida”, que “toman su venganza, ahora hundiéndose en la dócil aceptación de su rutina carcelaria, ahora  erupcionando en las fantasías y actos de violencia insensata”. Las personas, en definitiva, que se convierten en los autores reales de la fatalismo que empuja a muchos a acabar, demasiado pronto, con ¡LA FIESTA DE LA VIDA!.

 

 

                                 LEWIS MUMFORD Y SU HIJO GEDDES

EL REENCUENTRO DE LA MUJER CON SU SEXUALIDAD

   Tras la disolución de la síntesis medieval y el surgimiento del capitalismo como modelo económico y el absolutismo como sistema político, hubo diversos intentos para frenarlos. El protestantismo trató de frenar el espíritu capitalista y al final no hizo sino profundizar sus canales. Según comenta Mumford en “La condición del hombre”, “hasta el siglo XIX las fuerzas negadoras de la vida (mamonismo, mecanicismo y capitalismo) no ganaron la partida porque, mientras tanto, la disolución de la síntesis medieval había dado lugar a un contramovimiento: una activación de la líbido, una intensificación de los sentidos, una introducción de la mente en sus propios laberintos, una expansión de cada actividad que promovía animación, alegría, exuberancia corporal”. De este movimiento surgieron dos nuevos prototipos humanos: el caballero y su contraparte femenina, la cortesana y la dama.

            Entre los siglos XVI y XX, se produjo, según Mumford, una profunda modificación en el sexo, en el amor y en la paternidad. Durante este periodo histórico el gran tema del arte fue la celebración y goce de la mujer. Los pintores desnudaron a la mujer, revelaron los encantos de la naturaleza e idealizaron las posibilidades de la experiencia erótica. A partir de este momento, la mujer siente su poder: su poder de dar y negar.

La diferencia entre la mujer medieval y la mujer barroca es abismal. Mientras que para la mujer medieval su verdadera vida como mujer empezaba con la maternidad, en la mujer barroca, su vida era más bien detenida por la maternidad. Estaba más cerca de la cortesana que de la virgen, y tenía menor autoridad como esposa porque ocupaba una mayor lugar como amante. Con esta reencuentro del sexo, la mujer adquirió un yo maduro en esferas ajenas al sexo, y su influencia se hizo sentir más en las esferas intelectuales y políticas.

Para nuestra desgracia, y sobre todo para las mujeres, el triunfo definitivo del capitalismo, que todo lo mercantiliza, el desnudo femenino ha sido transformado en un reclamo publicitario que igual sirve para promocionar una marca de champú que un desodorante masculino. De símbolo de la ardiente vitalidad se ha degradado a estandarte del atroz consumismo y, en el peor de los casos, en horrendas expresiones de vulgar pronografía.

 

 

RENACIMIENTO Y CAPITALISMO

El clasicismo fue una contrarrevolución “snob” contra el naturalismo popular y la vivaz imaginación de la edad media”, Lewis Mumford.

Muchos pensarán: ¿Qué tiene que ver el capitalismo con el renacimiento?. Según comenta Lewis Mumford en su obra “la condición del hombre”, “la cultura clásica tuvo un singular empleo en la nueva economía del capitalismo: fue el lenguaje secreto de los clases altas…Soñando con una Roma ideal, que no había existido más que en su imaginación, estos mercaderes, escolares y gobernantes trataron de embellecer su propio mundo con reconstrucciones y adaptaciones del pasado clásico”. El supuesto humanismo que surgió a finales del siglo XIV, en opinión de Mumford, ayudó a degradar el arte popular. Antes del mal llamado “renacimiento”, “los hombres participaban en representaciones religiosas, ayudaban a elegir el arquitecto y criticar el trabajo y la decoración de los grandes edificios: la función crítica era tan universal como las oportunidades de creación estética. Todas las fuentes de creación estaban en la vida común”.

            Para que tuviera éxito el nuevo orden del capitalismo y absolutismo, “fue necesario hacer caer en el descrédito esta cultura popular, disminuir y ridiculizar su estética; tachar de crudas o bárbaras sus más altas realizaciones…Esta denigración se produjo al mismo tiempo que la transferencia de autoridad de los trabajadores mismos a un déspota estético: el hombre de gusto que había leído los tratados clásicos y sabía de memoria las reglas clásicas”. Con el “Renacimiento”, el sistema mecánico de producción volvió a entrar en la arquitectura, con la ornamentación estandarizada repetida que armonizaba con el orden clásico.

            Para Mumford, “la adoración de los clásicos trato deliberadamente de elevar la cultura por encima del nivel popular: por definición, un zapatero, un tallista o un ebanista no podía ser humanista. La cultura pasó a ser un objeto de consumo, sobre todo de tesoros físicos. Las clases superiores cercaron la cultura pagana, dejándola abierta solo para ellos: lo que no estaba dentro del cerco, no era cultura”.

 

 

 

LA NOTACIÓN DE LA VIDA

El escocés Patrick Geddes fue considerado por Lewis Mumford su maestro, mentor e inspirador. Los rasgos principales del carácter de Geddes fueron la energía intelectual, la curiosidad omnívora, talento práctico y vitalidad sexual. Este enorme pensador unió el pensamiento a la acción y la acción a la vida, y la vida misma a las más altas manifestaciones del sentido, el sentimiento y la experiencia: la vida orgánica no culminaba simplemente en la sagacidad del hombre, sino en los ideales superiores del hombre.

 

 

            Su complejo pensamiento quedó plasmado en una serie de diagramas, a los que era muy aficionado Geddes. El más conocido e interesante lleva el título de la notación de la vida. En este, en apariencia, complejo cuadro se representa el registro de la vida. Para entenderlo hay que partir de la explicación de los cuatro cuadrantes en los que está dividido, según el esquema que reproducimos a continuación.

 

            El lado izquierdo, los cuadrantes 1 y 2, corresponden a los aspectos más pasivos, es decir, para los rasgos de la personalidad relacionados con el lugar (cuadrante 1) y con el trabajo (cuadrante 2). Por su parte, el lado derecho corresponde a la acción: al hombre que orienta su vida diaria y rehace el lugar. Si doblamos la hoja por el medio, horizontalmente, nos quedan así cuatro sectores cada uno de los cuales corresponde a uno de los principales campos de la vida humana: el mundo externo tanto activo (1) como pasivo (4) y el mundo interno tanto pasivo (2) como activo (3). Cada uno de estos sectores corresponde una máquina pensante con nueve recuadros. La imagen completa del diagrama es la siguiente:

 

           

 

Después de esta breve explicación del funcionamiento del diagrama de Geddes, les propongo que me acompañen por su estructura en la búsqueda de una alternativa a la actual crisis interna y externa de la humanidad. Para ello, tomemos como eje de nuestro pensamiento el espacio temporal (pasado, presente, futuro) y como eje de nuestra acción cívica el espacio geográfico (lugar, trabajo y gente). Preocupémonos de la conservación del “lugar”, de nuestro limitado y frágil territorio, de su sentido como hogar común de las antiguas y de las nuevas generaciones de seres humanos, de la experiencia sensorial y la imaginación que despierta los ricos paisajes del mundo. Y desde este plano del pensamiento diseñemos la ciudad del futuro.

            En el ámbito del “trabajo”, ocupémonos en analizar las condiciones naturales de nuestros respectivos territorios para el desarrollo de ciertas ocupaciones que permitan mitigar el elevado desempleo, a la vez que cultivamos nuestro medioambiente. Desarrollemos habilidades laborales y profesionales entre nuestros jóvenes que marquen su conducta y una filosofía de vida encaminada a un fin específico que conecte el “lugar” con sus pobladores, la razón con el sentimiento y la política con las realizaciones prácticas. 

Finalmente, y no por ello menos importante,  dediquemos tiempo y esfuerzo a conocernos mejor como pueblo, a la “gente”, a empaparnos de las sensaciones que nos transmite la naturaleza y a la promoción de los aspectos más elevados y transcendentales de la naturaleza humana (justicia, arte, amor, verdad y apoyo mutuo), arrinconando aquellos sentimientos que nos arrastran al tribalismo, el odio irracional, la brutalidad, la autoafirmación patológica y la autoadoración. Este es el lugar que le corresponde al estudio, la religión y el misticismo, y tiene como escenario la escuela, la universidad, el claustro, la iglesia, la mezquita, el templo hindú, la sinagoga o el espacio íntimo que todos tenemos para adentrarnos  en esta esfera elevada de la condición humana.  Alcanzado este punto del pensamiento estaremos en disposición de adentrarnos en el reino de Erató, la musa de la poesía y el amor, cuya realización depende en la práctica de la etho-política, o dicho en términos más cotidianos, de la habilidad que mostremos en la creación de reglas para regular el comportamiento del hombre en sociedad.  

LOS TERRIBLES SIMPLIFICADORES

Nos ha tocado vivir en un periodo histórico sumamente complejo. Una edad propicia para la llegada de los terribles simplificadores que ya predijo  el historiador Burckhardt. Este enorme pensador comentó en algunas de sus obras que la corrupción y las deficiencias ya observables en la civilización occidental a mediados del siglo XIX se traduciría en la llegada de los Terribles Simplificadores: las personas que, con implacable decisión e insistente fuerza, derrocaría incluso las buenas instituciones que permitían el crecimiento del espíritu humano. Pero quien mejor vislumbró la llegada de los terribles simplificadores fue Fedor Dostoveivsky. En su enigmático relato “Memorias del subsuelo” decía que “el hombre es necio, necio de remate. Y todavía es más ingrato que necio: es  difícil encontrar un ser más ingrato que él. Por eso no me sorprenderá lo más mínimo ver erguirse de pronto en medio de esa felicidad un gentleman desprovisto de elegancia, de rostro “retrogrado” y BURLÓN, y que nos dijera, poniéndose en jarras: ¡Bueno, señores! ¿Cuándo vamos a echar abajo, al polvo, de un solo puntapié, toda esta clarividente felicidad, aunque sólo sea para enviar los logaritmos al diablo y poder vivir de nuevo con nuestra estúpida fantasía? Y aún hay algo peor. Y es que muy pronto ese personaje tendría, sin duda, discípulos. El hombre es así”

A uno se le hiela la sangre cuando al recordar estas palabras se le representa la imagen del cómico Beppe Grillo, candidato a las elecciones del gobierno italiano. Creo que esta “coincidencia” merece una profunda reflexión de todos.

 

 

UN PROPÓSITO PARA LA VIDA

El vertiginoso ritmo de vida en el que estamos inmersos no nos deja tiempo para pensar, o más bien, nos da la excusa perfecta para no hacerlo. Aquellos ratos que podríamos dedicarlo al simple ejercicio del pensamiento y la meditación preferimos malgastarlo en actividades pasivas como ver la televisión, escuchar la radio o pasarnos las horas muertas delante del ordenador sin un rumbo fijo. No es un mal exclusivo de nuestro tiempo, ya en 1899, en su obra autobiográfica “Memorias de un revolucionario”, Piotr Kropoktin  dejó por escrito la siguiente reflexión: “ocurre con frecuencia que los hombres se ven envueltos en dificultades políticas, sociales o familiares, sencillamente por no haber tenido nunca tiempo para preguntarse si la posición en que se encuentran y el trabajo que realizan están en armonía con la razón; si sus ocupaciones responden verdaderamente a sus inclinaciones y capacidades, dándoles las satisfacciones que todos tienen derecho a esperar de su trabajo. Los que están dotados de actividad se hallan en posición semejante: cada día trae consigo nueva cantidad de trabajo, y uno se acuesta bien entrada la noche sin haber terminado lo que esperaba hacer durante la jornada, corriendo después, a  la siguiente mañana, a continuar con la faena interrumpida. La vida se va así pasando, y no queda tiempo para pensar, para considerar la dirección que toma la existencia: tal me pasaba a mí”. Fue en este estado de ánimo cuando al observar las durísimas condiciones de vida de los campesinos finlandeses y mientras meditaba sobre si aceptar o no el ofrecimiento para ocupar el cargo de secretario general de la Sociedad Geográfica Rusa, se hizo la siguiente pregunta:  ¿Pero qué derecho tenía yo a estos goces de un orden elevado, cuando todo lo que me rodeaba no era más que miseria y lucha por un triste bocado de pan, cuando por poco que fuese lo que yo gastase para vivir en aquel mundo de agradables emociones, había por necesidad de quitarlo de la boca misma de quienes cultivaban el trigo y no tenían suficiente pan para sus hijos? De la boca de alguien ha de tomarse forzosamente, puesto que la agregada producción de la humanidad permanece aún tan limitada… Por eso contesté negativamente a la Sociedad Geográfica.

Al contemplar a un campesino finlandés, sumido  en la contemplación de los hermosos lagos sembrados de las islas que se presentan ante él, pensó que tal campesino estaba “dispuesto a ensanchar su conocimiento, sólo necesita que se lo proporcionen, que le den los medios de disponer de algún descanso…En semejante dirección es en la que pienso ir, y ésta es la clase de gente por la que tengo que trabajar”. Kropoktin, el príncipe anarquista, encontró el propósito de su vida entre los gélidos lagos de Finlandia. Para encontrarlo sólo le hizo falta tiempo para pensar y la suficiente voluntad para extraer de su interior la vocación que le empujaba a poner todo su conocimiento y profunda inteligencia al servicio de los demás.

EL CÍRCULO DE CREACIÓN DEMOCRÁTICA

Varias son las tesis de sumo interés que sobre la democracia expone Cornelius Castoriadis en su obra “La ciudad y las leyes”. Una de ellas es la del círculo de creación: “si el gobierno democrático presupone ciudadanos vigilantes y valerosos, la vigilancia y el coraje son al mismo tiempo un resultado del gobierno democrático. Negativamente, es un hecho evidente: un pueblo que delega de manera constante sus poderes no aprenderá jamás las virtudes de la vigilancia y el coraje políticos exigidos por la democracia; sólo se educará en las comodidades de la pasividad y la delegación. Una vez pasadas las elecciones, los electores se apresurarán a volver a sus negocios privados. Todos los grandes autores clásicos eran conscientes de este vínculo esencial, hoy olvidado, entre educación en el sentido fuerte, no sólo escolar, e institución política, y del papel de esta última como principal medio de educación política”.

 

 

 

DEL INDIVIDUO A LA PERSONA

Estas navidades he dedicado muchas horas a la lectura. Si este verano lo dedique a las obras de Flaubert, la navidad ha sido para Waldo Frank. Tenía referencia de este autor por las abundantes citas de sus obras en los libros de Lewis Mumford. Leyendo la biografía de este último y algunas de sus cartas descubrí que fueron grandes amigos y que compartían bastantes puntos de vista sobre la condición humana y los problemas de su época. Es curioso que la obra de Waldo Frank no sea más conocida en España, teniendo en cuenta que dedicó algunos de sus más conocidos libros a nuestro país y la huella hispana en América.

Su última obra importante lleva por título “Redescubrimiento del hombre. Memoria y metodología de la vida moderna”. Según reza en la contraportada del libro, se trata, de manera especialmente lúcida, el desarrollo del Occidente y su divergencia del Oriente, así como la consiguiente pérdida de nuestro conocimiento de la naturaleza humana. Y no solo es un análisis de nuestro mundo. “Redescubrimiento del hombre” presenta un programa factible para la salvación y supervivencia del hombre occidental.

La lectura de este libro me ha resultado francamente reveladora. Es una obra con claros tintes místicos y de una profunda psicológica. Su principal objetivo es promover la reintegración de las dimensiones del yo (grupo, ego-somática y cósmica). Para conseguirlo plantea una doble línea metodológica: la socio-integración, que da lugar a la comunidad; y la psico-integración, cuyo resultado tangible es la conformación de personas totales, equilibradas y creativas.

Respecto a la primera de las tareas a abordar, la sociointegración, Waldo Frank parte de la premisa de que los previos grupos orgánicos que caracterizaron a los periodos históricos precedentes al nuestro han sido paulatinamente sustituidos por grupos organizados. La característica de esta tendencia es la distorsión, disminución, supresión de los yo totales del grupo. El resultado es el surgimiento del hombre “masa” moderno. Para Frank, “la masificación, pues, es un síntoma de autosuficiencia, y también una propagador de más autosuficiencia. La masificación se convierte en rígida mediante la eliminación de las fluidas y flexibles cualidades de la libertad humana. Y conforme avanza por el camino de la política de masas, de la producción en masa, de la educación en masa, la diversión en masa, los músculos inactivos de la mente, cuya función es razonar, distinguir, integrar complejidades en todos, se debilitan, mientras el pensamiento en masa que lo sustituye se desarrolla con la especialización de las partes que nunca se convierten en el todo: un círculo vicioso”.

            Nuestro individualismo, o dicho en términos psicológico, nuestra egocentricidad nos hace buscar fuera de nuestro ser los vectores capaces de ponernos a tono otra vez con el bienestar que es la integridad. Parece que no llegamos a entender que la salida a la crisis actual que afecta al todo no puede hacerse si nos mejoramos las partes, es decir, a nosotros mismos. Si actuamos como mónadas que se creen autosuficientes y buscamos las soluciones siempre fuera y nunca dentro de nosotros no conseguiremos el ansiado objetivo de salir de esta profunda crisis en la que estamos inmersos. Lo único que conseguiremos son brotes aislados de violencia motivados por la frustración de no encontrar un camino que nos lleve a la prosperidad.

            La solución a la desintegración social, desde el punto de vista de Waldo Frank, como el que coincido enteramente,  es la constitución de grupos orgánicos. Para este pensador, la democracia es el camino natural del grupo orgánico consciente, pero, como advierte, “la democracia siempre es vulnerable a la organización de poder desde fuera o desde dentro, que convierte al pueblo democrático en pandillas, camarillas, grupos de presión y masas”. Nos enfrentamos a un problema histórico sin resolver. La historia de las culturas ha sido siempre la historia de las tensiones entre las personas y los grupos. Estos últimos se convierten, al hacerse más poderosos, en menos orgánicos y más organizados. La pregunta es: ¿Pueden desarrollarse los grupos orgánicos en una sociedad de grupos organizados?. La respuesta la hemos obtenido en España y en otros países con la súbita e inesperada eclosión de movimientos como el 15M.

            Evidentemente, Waldo Frank, -que murió en 1967-, no ha llegado a conocer el 15M ni nada que se le parezca. No obstante, tenían confianza en que pudieran surgir personas individuales, conscientes unas de otras, agrupadas deliberadamente con el propósito de infiltrar los valores de la persona en las organizaciones. Tales grupos de personas podrían influir, en su opinión, sobre la ética, la religión, la educación y las artes de los grupos organizados. Estos grupos, que el mismo entrecomilla como “subversivos” pueden ser pocos y estar diseminados. “Pero la intensidad de su energía es grande, en cuanto constituyen yos más reales que los de los individuos aislados de su dimensión cósmica”.

            El reto que tenemos ante nosotros es doble. Por un lado, en el plano íntimo, reintegrar las dimensiones del yo para pasar de individuos a personas. Y en el plano colectivo, trabajar para convertir a los grupos organizados en orgánicos. Y esto lo conseguiremos si ahondamos en nuestra autoconciencia y reconocemos en nosotros mismo las relaciones íntimas con la comunidad y con el Ser, con lo que transfiguraríamos la unión y las acciones del grupo. La prueba de haber alcanzado este complicado reto la tendremos cuando nos marquemos metas más allá de las necesidades circunstanciales y avancemos de manera coordinada hacia el pleno desarrollo del hombre.