ASOMADO AL COSMOS

Ceuta, 25 de enero de 2016.

El pasado lunes, mientras regresaba a casa después de pasar toda la tarde recorriendo el Camino de Ronda del Hacho con dos de mis alumnas del Master en Profesorado, vino a mi mente un pensamiento realmente evocador. Me hubiera parado en la misma calle para plasmar por escrito lo que sentí en aquel momento, pero preferí dejar estos sentimientos y pensamientos madurar antes de sacarlos y ponerlos negro sobre blanco en mi libreta.

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En esta repentina revelación tomé conciencia del profundo cambio que he experimentado en mi percepción del tiempo y del espacio. Ahora apreció las horas del amanecer al atardecer de una manera consciente. Ya no es el reloj el que marca el tiempo de mis días, sino los sutiles cambios en la intensidad de la luz y del color del cielo. La noche ya no es la ruptura del día, sino el complemento necesario que los seres humanos necesitamos para observar el firmamento y darnos cuenta de la inmensidad del cosmos y su aspecto siempre cambiante. Todos sabemos que la tierra gira sobre su eje y se mueve alrededor del sol, pero no le prestamos demasiada atención a estos hechos que marcan nuestra existencia. Este sol que nos ilumina y nos da calor arroja luz sobre nuestro interior para despertar la razón y dormir, en cierto modo, a la intuición. Allí donde la luz cegadora del sol no llega residen las verdades más ciertas.

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Estas ideas venían a mi mente al mismo tiempo que los postreros rayos del sol pintaban de rosa todo lo que veía a mi alrededor. Nadie parecía darle importancia a la belleza con la que se despedía este día invernal. Quienes se cruzaban conmigo por la calle vivían en el tiempo ordinario y yo di un salto al celestial. Con este repentino cambio de escala temporal el espacio se expandió para abarcar con los ojos de mi alma todo el paisaje de Ceuta y del Estrecho de Gibraltar. Estoy seguro de que si hubiera persistido en mantenerme en este estado de epifanía podría haber aprehendido la totalidad del cosmos, pero ahora prefiero mantener con los pies en la tierra y asomarme con curiosidad al cosmos. Ambos planos de la existencia me interesan y de los dos tengo muchas cosas que aprender todavía. Quiero seguir disfrutando de mi vida terrenal y así poder gozar de la maravilla de las estrellas, de los amaneceres, del canto mañanero de los gallos, de mi querido planeta Venus, del azul intenso del alba, del inmenso y profundo mar,  del pausado desfile de las nubes y del rápido vuelo de las aves, del graznido de las gaviotas, del calor del sol en mi cuerpo y del frío de la noche, del tacto áspero de las rocas y de la calidez de los árboles, de la mirada de los animales, del amor de mis padres, de mi esposa y de mis hijos, de la sincera amistad de mis amigos, de la sabiduría de los grandes hombres y mujeres, de la imaginación de los escritores y poetas, del arte, de la música y del teatro, de la tragedia y la comedia, y de la belleza de la naturaleza y de las grandes ciudades.  No me conformo con ser un simple espectador. Aspiro a ser un co-creador del mismo cosmos al que me asomo. Yo mismo me creo en cada acto de autotransformación que emprendo con la firme voluntad de lograr un vida digna, plena y rica para mí y para todos los que me rodean. Mi única aspiración es contribuir, en la medida de mis posibilidades, a la renovación de la vida, al esclarecimiento de la verdad y a la expresión de la belleza.

SENDA ABIERTA AL ALBA

Ceuta, 24 de enero de 2016.

Escribió Henry D. Thoreau en su obra “Musketaquid” que había observado como “la vida que llevan quienes han viajado mucho es harto patética. El viaje verdadero  y sincero no es ningún pasatiempo, sino que es tan serio como la tumba, o cualquier otra parte del discurrir humano, y hace falta un prolongado periodo de prueba antes de emprenderlo”.

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Mas que con los pies, Thoreau nos anima en sus libros a que viajemos con la imaginación, o mejor, que hagamos las dos cosas a la vez. Para hacerlo no necesitamos emprender largos viajes. El mismo Thoreau dijo con énfasis: “¡Qué locos están quienes piensan que su El Dorado se encuentra en cualquier parte excepto allí donde viven!”. Este pensamiento de Thoreau acudió a mi mente hace unos días mientras veía en los informativos de TVE algunos reportajes sobre FITUR (Feria Internacional del Turismo). En esta edición una de las novedades más llamativas, al menos así la han destacado los periodistas, ha sido el turismo virtual. Te sientan en un sillón, similar al de las atracciones de feria, y te colocan unas grandes gafas por lo que proyectan imágenes de fondos marinos, del descenso por un agitado río o la caída libre desde un avión. Los sonidos, las imágenes y los movimientos del sillón te hacen creer que realmente estás teniendo una experiencia intensa, cuando la realidad es que no deja de ser pura simulación. Los que se bajan del aparato ofrecen un aspecto de plena satisfacción. Ellos sabrán. Desde luego no creo que sea comparable en lo más mínimo a las sensaciones y sentimientos que percibo y siento sentado en estos momentos sentado sobre la tierra en un promontorio colindante con la bien llamada Playa Hermosa, desde la que contemplo el amanecer.

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Las nubes impiden observar la majestuosa salida del sol desde el horizonte. Yo lo esperando aquí para ver su redondo rostro dorado y sentir su acogedor calor. Mientras disfruto del susurro del mar, del estridente canto de las gaviotas y del paso de un grupo de cormoranes que vuelan en formación para el oeste.

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El sol por fin se deja ver y proyecta sobre el mar un ancho reflejo serpenteante que chisporrotea a ambos lados. Quisiera andar por este camino que el sol traza sobre el mar y descubrir hasta donde me lleva. Intuyo que es el camino que une a los hombres y mujeres con la naturaleza. Una senda que se abre sólo al alba y al ocaso para aquellos que aman a la naturaleza y saben valorar su bondad y belleza.

ASCENSO AL MONTE PARNASO

Ceuta, 20 de enero de 2016.

Así como la lluvia cae del cielo y empapa el suelo, la inspiración inunda mi alma y me acerca al mismo cielo. Cuando escucho el tenue canto de las Musas mi alma sopla como la flauta de Euterpe. Mi imaginación emotiva eleva mis sentimientos para expresar la belleza que llevo dentro. Ésta resplandece gracias a la intensa luz de Polimnia, la Musa de la sabiduría, y a la cálida luminosidad de Erato que con su bondad me permite apreciar la voz de Calíope. Escucho atento su mensaje que entiendo por la intermediación de la Musa Clío, cuyas palabras no me hablan de tiempo, sino de la eternidad. Me siento afortunado y Talía confirma mi idea de que no hay mayor felicidad en la vida que lograr participar en el coro celestial de las Musas. No obstante, esta alegría es matizada por Melpómene que me recuerda el sentido trágico de la de la vida. No podemos amar la vida, sin tener presente a la muerte. El continuo acecho de la muerte debe servirnos para avanzar por el camino de la vida siguiendo el ritmo constante y armonioso que nos marca Terpsícore con el melodioso sonido de su lira.

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Subo con decisión por las escarpadas paredes del Monte Parnaso, como Virgilio y Dante hicieron en su ascensión hasta las puertas del Paraíso. Me acerco al reino de Urania, Musa del Cosmos y la Naturaleza. Los que nos decidimos a tomar este duro camino “no es que amemos estar solos, sino que amamos llegar muy alto y cuando lo hacemos, la compañía se vuelve cada vez más escasa, hasta que desaparece” (Henry D. Thoreau). A pesar de la dificultad del ascenso “no debemos dejar de señalar hacia las cumbres, aunque la multitud no ascienda a ellas” (Henry D. Thoreau). Según vamos ascendiendo las perspectivas del tiempo y del espacio varían de manera notable. La humanidad ocupa a apenas un segundo en la historia de la tierra y ésta última una milésima en el tiempo celestial. Es entonces cuando uno percibe el sentido de la eternidad que se oculta tras la cortina del silencio.

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¿Y qué decir del paisaje que contemplamos desde el Monte Parnaso? Ninguna obra humana es capaz de dejar huella en el amplio valle que discurre a sus pies. Abajo quedan las insignificantes vidas tantas y tantas personas que van de un lado a otro con sus almas dormidas y sus sentidos corporales aletargados, bebiendo del pozo del poder y comiendo del huerto de la riqueza cuando tienen a su alcance la Fuente de la Eterna Juventud y las manzanas del árbol de la vida.

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Destellos de sabiduría iluminan mi mente y me indican que debo proseguir mi ascenso. Al mirar hacia arriba veo entre las nubes que hoy lloran sobre Ceuta las figuras de aquellos que me precedieron en el recorrido por este camino. Veo a Homero, a Platón, a Dante, a Bunyan,  a Thoreau, a Emerson, a Whitman, a Ruskin y a Geddes, entre otros. Sus obras y su ejemplo me aportan la fuerza y la valentía necesaria para continuar en mi ascenso, cada día más en solitario, hacia la morada de la Gran Diosa y de sus hijas las Musas.

SIGUIENDO A MI ESTRELLA

Ceuta, 16 de enero de 2016.

Hace mucho tiempo que no veía un cielo nocturno tan bello como el que contemplo hoy al levantarme. Son las 7:25 h y desde la ventana del estudio observo ensimismado el espectacular brillo de Venus, junto a la que se encuentra, a poca distancia, el planeta Saturno que con sus anillos quisiera abrazar al lucero del Alba. Nunca había visto, hasta ahora, la constelación correspondiente a mi signo zodiacal, Libra. Su forma me recuerda a las esquemáticas casas que dibujo en la pizarra a mi pequeña Sofía. Siempre dibujo mi casa soñada con un  sol a la derecha que en la composición del firmamento de este esplendido día corresponde al planeta Marte. Su luz ilumina las paredes del Santa Sanctorum que guarda mi alma. Como divinidad de la guerra, Marte anima a mi alma a salir de su alojamiento y mostrarme tal y como es.

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El cielo está completamente limpio. El negro de la noche da paso al azul oscuro de los primeros atisbos del amanecer. Me encanta este color y la fuerza que transmite. El día empuja desde el horizonte a la noche y la devuelve al inframundo.

Al igual que el cielo, el aire está limpio y fresco. Noto su pureza con cada inspiración.

Las estrellas comienzan a apagarse. La única que resiste con brío es Venus. La intensidad su luz la interpreto como una señal de la naturaleza para que me vista y salga a su encuentro. Acudo a su llamada sin dudarlo un instante. He tardado unos pocos minutos en vestirme y preparar mi talega con la cámara de fotos, la libreta y el bolígrafo que me sirve para traducir mis pensamientos en palabras escritas.

He seguido, como hicieron los Reyes Magos hace diez días, a mi estrella matutina que me ha guiado hasta el tramo final de las escaleras que llevan a la playa Hermosa. Para refugiarme del viento de levante me he situado a sotavento, detrás de la llaga del acantilado. Desde aquí contemplo la majestuosidad del cielo. La noche parece que le ha cedido su color al mar que luce un azul oscuro, casi negro. La intensa luz de este amanecer pinta de plata la superficie marina y de naranja al horizonte. Las gaviotas vuelan sobre mí y reclaman mi atención. No quieren que me olvide de ellas en esta descripción de este increíble amanecer invernal. Es mencionarlas en mi libreta  y dejan de graznar.

Fijo de nuevo la mirada en Venus. Su luz se apaga y me cuesta localizarla en el cielo. He venido hasta aquí siguiendo su mandato. Hace que detenga mi visión en el horizonte que empieza a adquirir tonalidades rojizas. El sol comienza a emerger y Venus se despide de mí.

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Me pongo de pie y abro mis brazos en cruz. Siento el cálido abrazo de los primeros rayos del sol. Cierro los ojos y sitúo mis manos extendidas, palma sobre palma, contra mi pecho. Con los ojos cerrados veo el rojo amanecer reflejado en mi interior y entiendo que la aurora del día anuncia el despertar de mi alma. Lo que hay fuera es fiel reflejo de lo encuentro en mi interior. No necesito ir muy lejos para hallar las verdades que ansío encontrar. Mis parpados son similares al velo que cubre a la Gran Diosa. Esta última se me apareció desvelada el pasado año tanto en el plano espiritual como en el real. Mis parpados corporales y espirituales han dejado de ser un impedimento para captar la verdadera imagen de la naturaleza. Con los ojos cerrados ahora veo más que lo que veía antes con los ojos de par en par. Puede dilatar la pupila de los ojos de mi alma e intuir la totalidad del cosmos. Todo se vuelve insignificante cuando lo hago. Las casas, las calles o los coches no son más que anécdotas del paisaje. Son elementos estáticos a merced de las fuerzas inconmensurables de la naturaleza. A lo que presto atención es a la luz, al sol, al viento, al mar, a los aves que vuelan ajenas a los miserables afanes humanos, a las nubes que desfilan sobre nuestras cabezas para recordarnos que somos diminutas motas dentro de la inabarcable dimensión del cosmos, a los árboles, a las plantas, en general,  lo único que me interesa es la vida. Aprecio la bondad de la naturaleza y su generosidad a la hora mostrarme algunos de sus secretos. Me siento en un estado de profundo gozo que favorece que floten a la superficie de mi ser emociones intensas que dibujan un serena sonrisa en mi rostro y unas contenidas lágrimas en mis ojos. Aún me queda mucho por aprender de la vida y muchos sentimientos y pensamientos que compartir con los demás para que entre todos, de una manera sinérgica, hagamos de este mundo un lugar en el que todos los seres humanos tengan la oportunidad de lograr una vida plena, rica y significativa.

Esta mañana he venido hasta aquí siguiendo mi estrella para que la Gran Diosa me recuerde que el acorde de la música celestial es tocado por las nueve Musas, que no dejan de ser distintas facetas de la misma Gran Diosa. Me ha recordado que debemos estar atentos para escuchar lo que tiene que decirnos. No necesitamos más que abrir los ojos del alma y prestar atención a la voz de nuestro corazón que continuamente nos indica el camino correcto que para uno ha designado la divinidad. El premio que nos espera al final del trayecto es la inmortalidad. Nadie muere si consigue completar el camino de su vida.

QUIERO SER ESCRITOR

Ceuta, 13 de enero de 2016.

 

Quiero ser escritor para dejar testimonio de mi vida.

Quiero ser escritor para describir el firmamento.

Quiero ser escritor para ser testigo de los amaneceres y atardeceres, de los días soleados y las tormentas oscuras.

Quiero ser escritor para contemplar la maduración de los frutos y la caída de las hojas.

Quiero ser escritor para seguir con la mirada el vuelo de las aves y escuchar el rumor del mar y la montaña.

Quiero ser escritor para estar atento al cambiante estado de ánimo del mar y del cielo.

Quiero ser escritor para entender el lenguaje de los pájaros y el de las miradas de los animales.

Quiero ser escritor para transcribir los mensajes de la naturaleza y hacerlos llegar a mis congéneres.

Quiero ser escritor para escribir una concisa nota en los márgenes del Libro de la Vida.

Quiero ser escritor para establecer una relación original con el universo.

Quiero ser escritor para hacer inmortal mi alma y mi morada.

Quiero ser escritor para conocerme antes de que me muera.

Quiero ser escritor para que otros puedan conocerme.

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CEUTA, EMBRIÓN DE UN MUNDO NUEVO

Ceuta, 12 de enero de 2016.

Ceuta es el embrión, incluso en su forma, de un Mundo Nuevo. Un mundo gestado en el cálido vientre del Mediterráneo y nutrido por las aguas limpias del Atlántico. Su madre es África y su padre Europa. Un invisible cordón umbilical une a Ceuta con oriente, cordón que fue aprovechado por los navegantes fenicios para llegar a esta tierra y poner los cimientos de esta ciudad milenaria. Tras ellos llegaron en sus naves romanos, bizantinos, árabes,  portugueses y españoles. Todas estas civilizaciones han nutrido a Ceuta con sus sueños, sus ideales, su cultura y su arte. Esta variada y rica alimentación cultural ha fortalecido a Ceuta y la ha hecho crecer en importancia geoestratégica. Sin embargo, “aún estamos naciendo, y hasta ahora no tenemos sino una visión borrosa del mar y la tierra, del sol, la luna y las estrellas, y no veremos con claridad hasta que hayan pasado al menos nueve días” (Henry D. Thoreau).

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Nueve es el resultado de sumar los números de este año 2016 y nueve las Musas del Parnaso que con su inspiración clarifican nuestra visión. Gracias a las Musas,

“Ahora escucho, cuando antes sólo tenía oídos,

 Ahora veo, cuando antes sólo tenía ojos,

Ahora vivo cada instante, cuando antes solo vivía años,

Y distingo la verdad, yo, que antes solo era sensible al saber” (Henry D. Thoreau)

A veces un mortal,  como el que suscribe este texto, “siente la Naturaleza en su interior. No es su Padre, sino su madre la que se agita dentro de él, haciéndolo inmortal a través de su propia inmortalidad. De cuando en cuando reivindica nuestro parentesco, y algunos glóbulos de su venas se deslizan en las nuestras” (Henry D. Thoreau). Sólo aquellos que mantienen este vínculo con la naturaleza levantan su velo y entonces “la inmortalidad de su vida hace inmortal a su morada. Los vientos son su aliento, las estaciones sus estados de ánimo y pueden impartir serenidad hasta a la propia naturaleza” (Henry D. Thoreau). Estos hombres y mujeres excepcionales aspiran a una existencia duradera con el fin de contribuir al alumbramiento del Mundo Nuevo que sólo los agudizados sentidos de su alma son capaces de percibir con la suficiente anticipación.

UN DÍA DE INVIERNO

Ceuta, 12 de enero de 2015.

El amanecer se retrasa, el invierno se impone. Es un invierno atípico. Las temperaturas son demasiado altas para esta estación del año y apenas si ha llovido durante el pasado otoño. El cambio climático está haciéndose patente mucho antes de lo anunciado por los científicos. Los seres humanos hemos influido de manera negativa en los complejos procesos del clima y las consecuencias están siendo dramáticas y preocupantes. Todo se ha acelerado debido a la irrefrenable actividad de la humanidad. Aquello que muchos pensaron que estaba destinado a perdurar hasta la eternidad sin variación, como los paisajes, ha sido transformado por el hombre hasta hacerlo irreconocible.

Los cambios no sólo afectan al entorno natural, sino también al económico, el político y el social. Se ha abierto una enorme brecha en el cauce de los acontecimientos y los hechos caen a gran velocidad por una cascada de enorme profundidad. Nosotros mismos, montados en nuestras débiles barcas morales y éticas, somos arrastrados río abajo por el ímpetu de las agitadas aguas del tiempo hacia esta misma cascada en la que a buen seguro pereceremos.

La mayoría de los ciudadanos se dejan arrastrar por la corriente ignorando del dramático destino que les espera. Solo unos pocos reman contracorriente y avisan a los incautos navegantes con los que se cruzan del peligro al que se enfrentan, pero sin mucho éxito. Somos los seres vivos más tozudos de la tierra. Resulta más fácil redecorar un edificio entero que cambiar una sola idea de la cabeza de algunos hombres y mujeres. Nos resistimos con fuerza a los cambios, aunque las promesas de recompensa sean altas. Seguimos a pie puntillas el popular dicho “más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer”. Ni las más lúcidas palabras ni los más contundentes hechos hacen mella en nuestros pétreos hábitos. Cuanto más tiempo están con nosotros estas costumbres más nos cuesta desprendernos de ellas. Llegan a formar parte de nuestros ropajes más queridos y nos duele mucho deshacernos de costumbres que adquirimos tiempo atrás. Hay que tener una sólida personalidad para atreverse a vestir aquellas ropas que mejor nos sientan e incluso para desnudarnos y mostrarnos tal y como somos en realidad.

Experimentamos una gran vergüenza al mostrar nuestro cuerpo desnudo. Un pudor nada comparable con el que sentimos a la hora de descorrer nuestro velo interior y enseñar nuestra alma. Esta vergüenza suele estar justificada, ya que lo que muchos pueden mostrar es un alma desnutrida y raquítica como consecuencia del escaso alimento espiritual que recibe. Necesitamos realizar continuos gestos de bondad, de sabiduría y de contemplación de belleza para nutrir el alma. Yo me alimento de mis acciones en defensa de los bienes naturales y culturales de Ceuta, así como de los libros que devoro y de las experiencias sensitivas y emotivas que obtengo en mis paseos por la naturaleza. Gracias a estos alimentos mi alma no ha dejado de crecer y fortalecerse, tanto que ya no siento ninguna vergüenza mostrarla a todos aquellos que desean conocerla a través de mis escritos.

Las facultades de mi cuerpo se han ido deteriorando con el paso de los años. Mi agudeza visual es cada vez menor. Mis oídos no captan los sonidos con la misma facilidad de antaño. El olfato y el paladar se han vuelto menos sensibles y mis piernas pesan a veces como si fueran de plomo. Sin embargo, este apreciable deterioro físico se está viendo compensado con la actividad de los sentidos de mi alma. Veo la naturaleza de una manera integral y emotiva. Escucho con mayor nitidez el canto de las Musas y el sonido de mi propia voz interior. Huelo el intenso aroma de naturaleza y palpo el rítmico latido de la vida y el cosmos.

Estoy convencido de que todas las personas portamos en nuestro interior una porción de la divinidad que llamamos alma. Las primeras etapas de nuestra vida, -la infancia y la adolescencia-,  son las del crecimiento de nuestro cuerpo. A continuación llega el momento en el que nuestro cuerpo deja de crecer y corresponde al alma tomar el relevo y proseguir en la senda del crecimiento, pero en esta segunda fase lo que crece es nuestra alma.

Yo quiero dejar testimonio de mi segundo nacimiento y de mi proceso de autodescubrimiento y autotransformación. El conocido mandato socrático “Conócete a ti mismo” ha adquirido una nueva dimensión personal. He tomado plena conciencia de que mi microcosmos interior es fiel reflejo del macrocosmos exterior. Conocerme a mí mismo resultar ser lo mismo que conocer el cosmos y captar el sentido de la eternidad. De igual modo, al estudiar y contemplar la naturaleza y el cosmos descubro quien soy y para que vivo. Soy, somos tan sagrados como las estrellas que cuelgan del firmamento, como el sol que ilumina nuestro planeta y hace posible la vida, como el aire que respiramos, como el agua que discurre por los ríos y los mares, como las montañas que forman parte de los paisajes, como las aves que sobrevuelan sobre nosotros, como los animales y plantas que comparten con nosotros la tierra, como todos y cada uno de los hombres y mujeres que nos rodean. Todos ellos son igualmente sagrados y no podemos contaminarlos con nuestros desechos físicos, químicos y psíquicos. Estos contaminantes afectan por igual a la salud de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Nos provocan una enorme ceguera que nos incapacita para captar la luz divina y gozar de la belleza de todo lo que nos rodea. Desprovistos de esta visión gozosa de la naturaleza nuestra alma se marchita como una flor  a la que le falta luz, agua y nutrientes. Hay personas que se acostumbran a vivir en la más absoluta oscuridad de la ignorancia  y sin acceso a alimentos estéticos, lo que le produce graves enfermedades como la frustración, el odio, la violencia, la depresión, etc…

Por el contrario, cada día hay más evidencias científicas sobre el poder curativo de la naturaleza. Un paseo por un bosque o por la orilla del mar consigue reducir nuestra presión sanguínea, sincroniza nuestro pulso cardiaco con el del cosmos, nos relaja, limpia y despeja la mente, ayuda a pensar mejor y de una manera más lúcida, eleva nuestro ánimo y nos aporta felicidad y bienestar. Los médicos en algunos países están empezando a recetar vitamina N, de naturaleza, obteniendo magníficos resultados. Si además de limitarnos a pasear por la naturaleza ponemos empeño y lo hacemos de una manera consciente, con todos los sentidos despiertos, no sólo contribuiremos a nuestra salud física y psíquica, sino que también estaremos alimentando nuestra alma, haciendo así que crezca de un modo firme y fuerte.

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No podía terminar este escrito sin acercarme a la naturaleza para beneficiarme de su poder terapéutico. Estoy asomado en el mirador del Pintor. Son las 17:10 h de una tarde en la que sopla un refrescante viento de poniente. Después de dos semanas en Granada aprecio con mayor énfasis la intensidad y claridad de la luz que cada día ilumina a Ceuta. Una luz que alegra el corazón y te anima a querer más a la vida y a esta maravillosa tierra.

El mar está en calma. El débil viento de poniente acaricia la piel del mar y ésta se eriza ligeramente. Justo en este instante un joven pastor alemán se ha acercado  a mí para besar la mano con la que escribo. Acto seguido se ha sentado junto a mí con la clara intención de acompañarme, pero su dueño se lo ha llevado. Entiendo este gesto como un reconocimiento mutuo por nuestro común amor a la naturaleza. Los animales tienen un sexto sentido que les permite identificar a aquellas personas que aman y respetan a la naturaleza.

¡Qué distinta es la ciudad cuando nos salimos de la vorágine en la que nos vemos inmersos en nuestra rutina diaria! Sentado en este mirador tomo plena conciencia de la totalidad de la geografía ceutí y no existe más mundo que la península de Ceuta, mi mente y las gaviotas que vuelan por estos acantilados del Recinto. Mi paz interior es la misma que capto en el paisaje que observo desde este privilegiado punto. Aprovecho el atardecer para despedir a este día y para concluir esta reflexión invernal.

EL CAMINO DEL HÉROE

Ceuta, 11 de enero de 2016.

Escribo apoyando mi libreta sobre uno de los libros mejores y más impactantes que he leído en mi vida: “Musketaquid” de Henry David Thoreau. Durante las dos últimas semanas he releído buena parte de la obra de Thoreau y algunas que me quedaban por leer, como la mencionada “Musketaquid” o “Cartas a buscador de sí mismo”. Después de estas lecturas me encuentro realmente conmocionado. Estos libros han impactado con fuerza contra mi alma y la han hecho resonar como si de un gong se tratara. Las ondas sonoras suenan en mi interior y mi alma aún vibra como una gelatina.

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Ayer mismo, sentado antes del amanecer frente a mi escritorio, leí las últimas páginas de “Musketaquid”. Al llegar a las páginas que Thoreau dedica al oficio del poeta me embargo una emoción incontenible que hizo llorar como hacía mucho tiempo que no me ocurría. Ojalá, pensé, hubiera tenido la oportunidad de compartir con Henry y su hermano John su recorrido por el río Concord. La humanidad debería estar eternamente agradecida a la divinidad por habernos ofrecido a un ser tan excepcional como Thoreau. Henry tenía, como dijo su buen amigo Ralph Waldo Emerson ante su tumba, “una alma extraordinaria”.

Las lágrimas que brotaron de mis ojos limpiaron mi mirada exterior e interior, que siempre van juntas. Sigo padeciendo una elevada miopía y la vista cansada, pero los ojos de mi alma ven mejor que nunca. Ahora veo el mundo  mejor gracias a la corrección de mi visión interior que  me ha hecho Thoreau.

Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

Tras una emoción tan profunda como la que he sentido estos días de lectura de “Mustekaquid” y “Cartas a un buscador de sí mismo” estoy realmente abatido. Necesito tiempo para asimilar todo lo aprendido y para recomponer mi mundo de adentro. Las aguas de mi alma están agitadas y debo esperar a que amaine el temporal.

Me enfrento a un gran dilema personal. Por un lado, pienso en la necesidad de encontrar algún trabajo que me permita desahogar la ajustada economía familiar. Pero, por otro lado, creo que si me dedico a un trabajo poco satisfactorio estaré traicionando mi destino e incumpliendo la misión que tengo encomendada. Tal y como comentaba Joseph Campbell en su libro “Diosas”, un problema acuciante del ser humano consiste en “cómo integrar el Amor (aquello que realmente nos motiva) con nuestras responsabilidades”. El mismo Campbell, en otro de sus libros, “El Héroe de las mil caras”, dijo “que para el hombre que no se deja llevar por los sentimientos que emanan de la superficie de lo que ve, sino que responde valerosamente a la dinámica de su propia naturaleza, para el hombre que es, como dice Nietzsche: “una rueda que gira por sí  misma”, las dificultades se disuelven y caminos imprevisibles se abren ante él”.

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Debo seguir el camino del héroe. Tengo que liberarme de la nostalgia y del egoísmo. Estoy dispuesto a luchar sin dejarme perturbar por la congoja. Me enfrento a una de las pruebas cruciales del héroe y pienso superarla sin miedo.

SOBRE MI CAMINO

Armilla (Granada), 5 de enero de 2016.

Dijo Henry David Thoreau en uno de sus primeras cartas a su amigo G. O. Blake que “cuando, en el transcurso de una vida, un hombre se desvía, aunque sólo sea en un ángulo infinitamente pequeño, de su propio camino asignado, entonces el drama de su vida se torna en tragedia, y se apresura a su quinto acto”.

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Soy plenamente consciente de cuál es mi destino. Han sido muchas y muy claras las señales que me han indicado mi camino. Toda mi formación estuvo dirigida a conocer la historia de Ceuta y, a partir de un determinado momento, puse todo este conocimiento al servicio de la defensa, estudio y difusión de su patrimonio natural y cultural. Según avanzaba por este camino fue despertándose en mí nuevas inquietudes espirituales e intelectuales que me prepararon para mi propio renacimiento y el de la Gran Diosa. Ahora que ambos hechos han sucedido  no puedo desviarme de mi camino. Tengo asignado un papel en el drama cósmico y si no lo desempeño con valentía y determinación este drama “se tornara en tragedia y se apresurara a su quinto acto”, o sea, a un su fatal desenlace.

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Debo dejar atrás cualquier atisbo de prudencia y comedimiento y avanzar con decisión por mi verdadero camino. No puedo dudar del alcance y profundidad de mi visión. Veo de una manera integral y puede que este sea mi mayor mérito. Esta capacidad es posible que tenga algo de innata, pero ha sido sin duda desarrollada y perfeccionada gracias a la utilización de “la espiral de la vida” diseñada por Patrick Geddes.  Esta máquina pensante, como le gustaba a llamarla el propio sabio escocés, me permite captar con mayor claridad el mundo de afuera y  conectar las percepciones, experiencias y sentimientos que me inspiran el lugar que observo con mis pensamientos más profundos. De este modo, consigo enlazar mis ideales e ideas como mis  emociones más íntimas. Mi visión me permite ver las cosas como son y también como podrían ser sin fundamentáramos nuestra vida en la búsqueda de la bondad, la verdad y la belleza. A través de mis escritos intento descubrir lo que veo y siento, al mismo tiempo que dibujo un futuro posible que tiene en cuenta tanto lo patente en el presente, como lo latente del pasado o lo  nunca realizado, es decir, la eutopía.

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Lograr hacer de la eutopía una realidad depende en gran medida de la fortaleza de las fuerzas morales de los ciudadanos, en especial de nuestros jóvenes. Una fuerza que adquieren en la escuela y en el seno de la propiedad sociedad, tal y como explica con extraordinaria clarividencia el pensador José Ingenieros en su obra “Las fuerzas morales”.

Los jóvenes deben dejar de ser cómplices de las instituciones del pasado y trabajar con entusiasmo y sin descanso en la consecución de nuevos y renovados ideales.

EL EJEMPLO DE THOREAU Y SU TRADUCCIÓN EN MI VIDA

Armilla (Granada), 2 de enero de 2016.

Estos últimos días he estado leyendo dos libros que estaba deseando tener entre mis manos: “Cartas a un buscador de sí mismo”, de Henry David Thoreau; y “Crónica de mí mismo”, de Walt Whitman. He disfrutado mucho con la lectura de ambos libros. Son obras de dos autores fundamentales en mi autodescubrimiento y crecimiento personal. Del primero, de Thoreau, he releído en estas últimas semanas algunos de sus libros más conocidos, como “Walden” o “Caminar”. De este autor me atrae de manera especial su personalidad y su íntima relación con la naturaleza. Fue, ante todo, una persona fiel a sus principios, convicciones e impulsos interiores. Tuvo la suficiente valentía y determinación para vivir la vida que deseaba vivir. Una vida que a mí también me gustaría vivir.

Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

Yo quisiera dedicar mi vida a la escritura, la lectura y la exploración minuciosa del lugar en el que vivo, compartiendo con los demás mis percepciones, experiencias y sentimientos, pero sé que esto es un lujo que no me puedo permitir por más tiempo. Tengo mis responsabilidades familiares a las que debo hacer frente. Hasta el mismo Thoreau tenía que trabajar como agrimensor, maestros o fabricantes de lápices para cubrir sus gastos, aunque fueran mínimos, dada su lograda práctica de la simplicidad voluntaria. Yo vivo atrapado en una férrea cárcel, cuyos barrotes son los préstamos, facturas y la multitud de gastos diarios. Es una cárcel confortable, pero costosa de mantener.

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Toda mi vida, hay que reconocerlo, ha estado rodeada de comodidades. Mientras leo a Thoreau contando las duras condiciones  de vida en la laguna de Walden siento una mezcla de profunda admiración y abatimiento por la clara convicción de que no yo sería capaz, o eso creo, de resistir a las gélidas temperaturas del invierno de la comarca de Concord.

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Walden fue realmente un experimento personal de Thoreau para conocer lo que la naturaleza tenía que enseñarle tras el cual regreso a su hogar y siguió cumpliendo con sus obligaciones personales. Yo no puedo llevar a cabo un experimento de esta índole y perderme dos años en los bosques. Aunque me guste la soledad no podría pasar más que algunos días sin la compañía de mi mujer y mis hijos. Los quiero muchísimo y para mí son la máxima prioridad de mi vida. No obstante, esto no quita que pueda aprovechar todos los ratos que tenga libre a lo largo del día, o de la semana, para andar y buscar un rincón en el bosque o en la playa en el que poder sentarme a escribir sobre todo aquello que inspira la naturaleza.

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