PASEO POR EL ARROYO DE CALAMOCARRO

Ceuta, 16 de mayo de 2017.

Casi todos mis paseos los hago por el Monte Hacho, ya que es el lugar que tengo más cerca de casa y por la atracción que ejerce sobre mí este mítico promontorio. Hoy deseaba cambiar de escenario, así que me he trasladado hasta el arroyo de Calamocarro. Las últimas veces que he venido a este sitio el cauce estaba seco. Sin embargo, después de las lluvias de este invierno y de esta primavera, la vida ha regresado a este bellísimo paraje natural protegido. Nada más adentrarme en el camino que conduce al corazón del arroyo, he comprobado que caía agua de la cascada que sirven de muro de contención del arroyo. Coincide que estamos en plena estación primaveral y la vegetación está exuberante. Enormes adelfas, con sus hojas brillantes, sus ramas finas y sus flores rosáceas dibujan un cuadro espectacular.

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Sigo el curso del agua fotografiando a cada instante las pequeñas cascadas que se forman debido a las piedras arrastradas por la corriente. Cuando llueve de manera intensa esta zona se convierte en un torrente intransitable. Además de las adelfas los otros protagonistas del paisaje son los helechos, las viboreras, los cardos y las enormes tagarninas. Del primitivo bosque que existió en las riberas de este arroyo tan sólo quedan alcornoques, algún pino centenario y unos antiquísimos castaños que visitaré otro día.

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He ascendido el curso del arroyo hasta la base de un enorme chopo que esta época del año ha recuperado sus hojas verdes. Aquí, sobre una piedra ubicada en un meandro del arroyo, me he sentado a escribir.

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La luz penetra entre las ramas de los laureles iluminando las hojas que adquieren un verde intenso y creando un precioso juego de luces y sombras. Las ramas de los árboles se entrecruzan sobre el cauce trazando una puerta una dimensión mágica de la realidad. Estas mismas ramas se miran al espejo de un arroyo que por efecto del sol parece de pura plata. Empiezo a sentir esa profunda emoción que experimento al vivir un momento mágico. Mi mente no presta atención a nada más que el discurrir del agua en su camino hacia el mar. No hay pensamiento de fondo que distorsionen este instante. Estoy solo en la naturaleza, acompañado de las Musas y las ninfas.

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Contemplando este lugar entiendo que en los relatos mitológicos clásicos situarán este espacio geográfico el jardín de las Hespérides y el árbol de la vida. Tampoco me extraña que en las crónicas medievales ubiquen en este arroyo o en alguno cercano la fuente de la eterna juventud. Uno se vuelve inmortal presenciando la belleza de este privilegiado enclave. Bebo en este momento de la copa celestial que otorga a los seres humanos la vida eterna a través de la palabra escrita. Este relato forma parte de este lugar, como yo formo parte de él. Mi comunión con la naturaleza es profunda.

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Una mariposa lleva todo este tiempo merodeándome, hasta que se ha posado al lado de mí. Veo en ella a la Gran Diosa. Los pájaros cantan cada vez de forma más fuerte y melodiosa, como si quisieran regalarme un concierto en mi honor.

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El sol ha iluminado la poza que mencioné antes y la ha transformado en un cristal trasparente y brillante. No hay esquina a la que no mire que no parezca de una asombrosa belleza. Siento con la vida anima cada centímetro cuadro de este arroyo. La poza se ha convertido en el baño de unos insectos que se deslizan sobre su superficie.

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La temperatura es sumamente agradable. Los rayos del sol que entran por el ramaje mantienen la dosis adecuada de calor, suavizado, igualmente, por el viento de levante que sube por el propio cauce del arroyo. Por si fuera poco, las gotas de humedad que impregnan las hojas de los árboles caen a un ritmo lento sobre mí refrescando mi cuerpo.
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Toda una vida no será suficiente para describir toda la belleza de este sitio. No obstante, me comprometo conmigo mismo a regresar al arroyo cada vez que encuentre un momento propicio.

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Comienzo el camino de vuelta y viene a mi memoria el libro “Musketaquid” de Henry David Thoreau. El arroyo de Calamocarro es mi particular río Merrimarck. Todo el descenso lo hago tomando fotografías y disfrutando de la belleza de este cauce natural en tiempo primaveral. Cuando quiero darme cuenta llego al puente bajo el cual se dan la mano el arroyo y el mar.

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La arena ha tomado parte de la desembocadura del arroyo y el agua dulce estancada espera la marea alta para disolverse en el Océano Atlántico. Recuerdo entonces el siguiente pasaje de la Metamorfosis de Ovidio:

“Confinó entre sus márgenes inclinados a los ríos,
Que en algunos lugares son absorbidos por la tierra,
Y en otros llegan al mar, donde son recibidos en la sencillez
De sus aguas libres y hacen de las costas sus orillas”.

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