UN DÍA DE INVIERNO

Ceuta, 12 de enero de 2015.

El amanecer se retrasa, el invierno se impone. Es un invierno atípico. Las temperaturas son demasiado altas para esta estación del año y apenas si ha llovido durante el pasado otoño. El cambio climático está haciéndose patente mucho antes de lo anunciado por los científicos. Los seres humanos hemos influido de manera negativa en los complejos procesos del clima y las consecuencias están siendo dramáticas y preocupantes. Todo se ha acelerado debido a la irrefrenable actividad de la humanidad. Aquello que muchos pensaron que estaba destinado a perdurar hasta la eternidad sin variación, como los paisajes, ha sido transformado por el hombre hasta hacerlo irreconocible.

Los cambios no sólo afectan al entorno natural, sino también al económico, el político y el social. Se ha abierto una enorme brecha en el cauce de los acontecimientos y los hechos caen a gran velocidad por una cascada de enorme profundidad. Nosotros mismos, montados en nuestras débiles barcas morales y éticas, somos arrastrados río abajo por el ímpetu de las agitadas aguas del tiempo hacia esta misma cascada en la que a buen seguro pereceremos.

La mayoría de los ciudadanos se dejan arrastrar por la corriente ignorando del dramático destino que les espera. Solo unos pocos reman contracorriente y avisan a los incautos navegantes con los que se cruzan del peligro al que se enfrentan, pero sin mucho éxito. Somos los seres vivos más tozudos de la tierra. Resulta más fácil redecorar un edificio entero que cambiar una sola idea de la cabeza de algunos hombres y mujeres. Nos resistimos con fuerza a los cambios, aunque las promesas de recompensa sean altas. Seguimos a pie puntillas el popular dicho “más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer”. Ni las más lúcidas palabras ni los más contundentes hechos hacen mella en nuestros pétreos hábitos. Cuanto más tiempo están con nosotros estas costumbres más nos cuesta desprendernos de ellas. Llegan a formar parte de nuestros ropajes más queridos y nos duele mucho deshacernos de costumbres que adquirimos tiempo atrás. Hay que tener una sólida personalidad para atreverse a vestir aquellas ropas que mejor nos sientan e incluso para desnudarnos y mostrarnos tal y como somos en realidad.

Experimentamos una gran vergüenza al mostrar nuestro cuerpo desnudo. Un pudor nada comparable con el que sentimos a la hora de descorrer nuestro velo interior y enseñar nuestra alma. Esta vergüenza suele estar justificada, ya que lo que muchos pueden mostrar es un alma desnutrida y raquítica como consecuencia del escaso alimento espiritual que recibe. Necesitamos realizar continuos gestos de bondad, de sabiduría y de contemplación de belleza para nutrir el alma. Yo me alimento de mis acciones en defensa de los bienes naturales y culturales de Ceuta, así como de los libros que devoro y de las experiencias sensitivas y emotivas que obtengo en mis paseos por la naturaleza. Gracias a estos alimentos mi alma no ha dejado de crecer y fortalecerse, tanto que ya no siento ninguna vergüenza mostrarla a todos aquellos que desean conocerla a través de mis escritos.

Las facultades de mi cuerpo se han ido deteriorando con el paso de los años. Mi agudeza visual es cada vez menor. Mis oídos no captan los sonidos con la misma facilidad de antaño. El olfato y el paladar se han vuelto menos sensibles y mis piernas pesan a veces como si fueran de plomo. Sin embargo, este apreciable deterioro físico se está viendo compensado con la actividad de los sentidos de mi alma. Veo la naturaleza de una manera integral y emotiva. Escucho con mayor nitidez el canto de las Musas y el sonido de mi propia voz interior. Huelo el intenso aroma de naturaleza y palpo el rítmico latido de la vida y el cosmos.

Estoy convencido de que todas las personas portamos en nuestro interior una porción de la divinidad que llamamos alma. Las primeras etapas de nuestra vida, -la infancia y la adolescencia-,  son las del crecimiento de nuestro cuerpo. A continuación llega el momento en el que nuestro cuerpo deja de crecer y corresponde al alma tomar el relevo y proseguir en la senda del crecimiento, pero en esta segunda fase lo que crece es nuestra alma.

Yo quiero dejar testimonio de mi segundo nacimiento y de mi proceso de autodescubrimiento y autotransformación. El conocido mandato socrático “Conócete a ti mismo” ha adquirido una nueva dimensión personal. He tomado plena conciencia de que mi microcosmos interior es fiel reflejo del macrocosmos exterior. Conocerme a mí mismo resultar ser lo mismo que conocer el cosmos y captar el sentido de la eternidad. De igual modo, al estudiar y contemplar la naturaleza y el cosmos descubro quien soy y para que vivo. Soy, somos tan sagrados como las estrellas que cuelgan del firmamento, como el sol que ilumina nuestro planeta y hace posible la vida, como el aire que respiramos, como el agua que discurre por los ríos y los mares, como las montañas que forman parte de los paisajes, como las aves que sobrevuelan sobre nosotros, como los animales y plantas que comparten con nosotros la tierra, como todos y cada uno de los hombres y mujeres que nos rodean. Todos ellos son igualmente sagrados y no podemos contaminarlos con nuestros desechos físicos, químicos y psíquicos. Estos contaminantes afectan por igual a la salud de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Nos provocan una enorme ceguera que nos incapacita para captar la luz divina y gozar de la belleza de todo lo que nos rodea. Desprovistos de esta visión gozosa de la naturaleza nuestra alma se marchita como una flor  a la que le falta luz, agua y nutrientes. Hay personas que se acostumbran a vivir en la más absoluta oscuridad de la ignorancia  y sin acceso a alimentos estéticos, lo que le produce graves enfermedades como la frustración, el odio, la violencia, la depresión, etc…

Por el contrario, cada día hay más evidencias científicas sobre el poder curativo de la naturaleza. Un paseo por un bosque o por la orilla del mar consigue reducir nuestra presión sanguínea, sincroniza nuestro pulso cardiaco con el del cosmos, nos relaja, limpia y despeja la mente, ayuda a pensar mejor y de una manera más lúcida, eleva nuestro ánimo y nos aporta felicidad y bienestar. Los médicos en algunos países están empezando a recetar vitamina N, de naturaleza, obteniendo magníficos resultados. Si además de limitarnos a pasear por la naturaleza ponemos empeño y lo hacemos de una manera consciente, con todos los sentidos despiertos, no sólo contribuiremos a nuestra salud física y psíquica, sino que también estaremos alimentando nuestra alma, haciendo así que crezca de un modo firme y fuerte.

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No podía terminar este escrito sin acercarme a la naturaleza para beneficiarme de su poder terapéutico. Estoy asomado en el mirador del Pintor. Son las 17:10 h de una tarde en la que sopla un refrescante viento de poniente. Después de dos semanas en Granada aprecio con mayor énfasis la intensidad y claridad de la luz que cada día ilumina a Ceuta. Una luz que alegra el corazón y te anima a querer más a la vida y a esta maravillosa tierra.

El mar está en calma. El débil viento de poniente acaricia la piel del mar y ésta se eriza ligeramente. Justo en este instante un joven pastor alemán se ha acercado  a mí para besar la mano con la que escribo. Acto seguido se ha sentado junto a mí con la clara intención de acompañarme, pero su dueño se lo ha llevado. Entiendo este gesto como un reconocimiento mutuo por nuestro común amor a la naturaleza. Los animales tienen un sexto sentido que les permite identificar a aquellas personas que aman y respetan a la naturaleza.

¡Qué distinta es la ciudad cuando nos salimos de la vorágine en la que nos vemos inmersos en nuestra rutina diaria! Sentado en este mirador tomo plena conciencia de la totalidad de la geografía ceutí y no existe más mundo que la península de Ceuta, mi mente y las gaviotas que vuelan por estos acantilados del Recinto. Mi paz interior es la misma que capto en el paisaje que observo desde este privilegiado punto. Aprovecho el atardecer para despedir a este día y para concluir esta reflexión invernal.

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