BELLEZA SANADORA EN CEUTA

Ceuta, 14 de abril de 2014.

Lo pensé ayer: necesito volver a la naturaleza. Para mí reencontrarme con la Madre Tierra se ha convertido en una necesidad vital. Me siento como una flor que requiere luz y aire para abrir los pétalos de mi corazón y las puertas de mi mente a dimensiones ocultas del entendimiento. Cuando paso, aunque sea un día, sin pasear siento que me marchito. Mi regreso a la naturaleza me colma de alegría y vitalidad.

Esta mañana me levanté bien temprano. Preparé el biberón de Sofía y consulté en el ordenador la hora a la que hoy amanecía. La hora fijada eran las 7:46 h. El tiempo se me echaba encima. Tomé un Cola Cao y sin perder un segundo salí a la calle. El día se veía claro. No obstante aún era temprano, tanto que las gaviotas todavía dormían en familia posadas sobre una grúa cercana. Mientras se despertaban un grupo de estorninos, en perfecta formación, tomaba dirección al Hacho.

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En apenas un minuto estaba frente a un mar pausado. Sin perderlo de vista me dirigí hacia la barriada del Sarchal. Los primeros coches corrían por la estrecha calle de “Escuelas Prácticas”. Su sonido me resultaba desagradable. Sabía que era algo pasajero. Apreté el paso para huir de la llamada “civilización” y para no perderme el amanecer.

Esta mañana el cielo estaba especialmente bello y despejado. Sólo una franja de nubes en el horizonte filtraban los rayos del sol ofreciendo una hermosa estampa de colores anaranjados y amarillos. Una extraña franja vertical conectaba el cielo con el mar. A través de este canal el espíritu de la naturaleza insuflaba vida a Ceuta.

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Al entrar en el Camino de Ronda la naturaleza me ofreció una sinfonía de olores, colores y sonidos. Apenas los veía, pero una amplia variedad de pájaros me acompañaron en mi contemplación del amanecer.

Continué mi trayecto por el Camino de Ronda. Miraba al frente, hacia atrás y a los lados para no perder detalles de la belleza que ofrece este lugar. Mi ojos se parón en una chumbera. Alguien había esculpido unas hojas para darle forma antropomórfica. ¿Arte o barbarie? Dejo la pregunta abierta.

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En el descenso hacia la playa del Desnarigado me detuve un rato. Una pareja de alegres currucas llamaron mi atención. Su canto me atrapó y cautivó.

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Entre tanta belleza no puede menos que alterarme al ver la cantidad de basura que se acumulaba en los accesos a la playa del Desnarigado. Algo hay que hacer. Y lo haremos.

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Sin pararme tomé un camino que rodea la cala del Desnarigado y conduce a una hermosa y pequeña ensenada ubicada a los pies del famoso salto del Tambor.

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Es un sitio fantástico, de una belleza extraordinaria. Al llegar a este punto una pareja de rapaces salió de entre los acantilados, huyendo ante mi presencia. Siento haber alterado la paz de su hogar. Espero que me perdonen.

Me quedé impresionado con la visión en el cantil de los acantilados de una nutrida colonia de Astroides Calicularis. Su color anaranjado ofrecía una bella nota de color en el lienzo beig de las rocas del Hacho.

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No dudé ni un momento: este el sitio para sentarme a escribir. Me suele suceder.  Al principio me sentía inquieto. La naturaleza me sobrecoge, pero pronto empiezo a sentirme bien. Me relajo y entonces comienza el despertar de mis sentidos y la emoción me embarga hasta el punto de humedecer mis cansados ojos.

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Oteo el horizonte y percibo que me encuentro en una amplia bahía  definida por Cabo Negro y la propia Punta del Desnarigado. El azul del mar se confunde con el del cielo, ayudado por una fina niebla que difumina el horizonte.

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La luz es intensa y el sol comienza a calentar mi cuerpo. Quizá no el guste que le dé la espalda. Me subo el cuello de la camisa para que el sol no queme mi cuello.

El sonido del mar es lento y constante, siguiendo el armonioso ritmo de la marea. Cuando llegué la marea era más intensa y al adentrarse entre las fracturas de la escarpada pared del acantilado emitía un sonido parecido a un tambor. Esta música ambiental estaba acompañada al canto por el graznido de las gaviotas. Una de ellas anunció con gran júbilo que traía comida al nido. En su poderoso pico portaba un pequeño ratón con el que alimentar a la progenie.

El olor a mar es muy intenso. Junto a mí, en una pequeña poza, había quedado atrapada un poco de agua del mar. Este particular mini-lago marino ha sido colonizado por abundantes algas sobre el que revoloteaban minúsculos insectos. Una especie de avispa me acechaba. No debe estar acostumbrada a la presencia humana.

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El tacto de la piedra sobre la que estoy sentado es rugoso, pero lo siento cálido. Los rayos del sol empiezan a calentarla.

Sé que tengo que volver y me apena. La vida contemplativa tiene que equilibrarse con la vida activa. Emprendo el camino de vuelto, pero lo hago cargado de vitamina N, vitamina de la Naturaleza, según la llama Richard Louv. He tomado una buena dosis. Y sin embargo presiento que volveré pronto. Mi cuerpo y mi mente se han vuelto adicto a este extraordinario elíxir.

Deshago el camino y veo cosas que antes había pasado por alto. Un numeroso grupo de bivalvos marinos florecen, como lo hacen las plantas, en este periodo primaveral.

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No podía irme sin tocar el mar. Mojo mis manos en el calmado mar y refresco mi nuca. Me siento extraño. ¿Qué percibo? ¿Qué siento?…El silencio. Sí, el silencio. Solo roto por el suave ir y venir de las olas.

Subo por el sendero que me lleva al castillo del Desnarigado. Salgo del camino. Un hueco entre los vetusto muro que cerraban la cala del Desnarigado me proporciona una imagen memorable.

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Los olores son embriagadores y los colores deslumbrantes. El amarillo de los enguernes son indicativos de la llegada de la primavera.

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Subo por la empinada carretera del Desnarigado. El canto de los pájaros me hace detenerme, momento que aprovecho para tomar alimento vital y espiritual.

Mis ojos captan la belleza entre cada árbol y arbusto que me encuentro en mi camino.

El mar chisporrotea por efecto del intenso sol que luce esta mañana. La fiesta de la naturaleza ha comenzado. Jilgueros, currucas, cuervos y gorriones se suman a la fiesta.

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Una pareja de mariposas bailan siguiendo el ritmo del viento y del mar.

Una de las mariposas se posa para que pueda fotografiarla y guardarla en mi recuerdo.

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La fiesta continúa y durará todo el día. Yo vuelvo a la “civilización”, pero les he prometido a mis queridos amigos los árboles, pájaros e insectos del campo que pronto volveré. Me lo he pasado genial. Estoy feliz y contento.

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