Ceuta, domingo, 19 de abril de 2015
Era una idea que me venía rodando por la cabeza desde hace tiempo: no hace falta ir muy lejos para tener un contacto directo con la naturaleza, meditar y escribir. Donde vivo, en Ceuta, somos muy afortunados, tenemos la suerte de tener la naturaleza muy cerca de nuestras casas. Si miro al norte diviso el Estrecho de Gibraltar y si lo hago al sur puedo apreciar un espectacular amanecer. Al sol le gusta el Mediterráneo y sus gentes. Todos los días se asoma para renovar la vida y alegrar nuestros corazones.
Me asombra cómo va cambiando el paisaje según amanece. Los colores se van haciendo intensos. Primero los amarillos, luego los blancos del reflejo del sol en el mar, le sigue el azul intenso del cielo, los verdes y los naranjas de las flores.
Miro hacia atrás y observo un abigarrado grupo de flores que les gusta, como a mí, el olor a mar y la dulce brisa del viento marino. Es nombrar al viento y éste hace su aparición. Suavemente masajea mi rostro y alivia el calor que me provoca los mañaneros rayos del sol.
Para llegar hasta aquí he bajado por unas viejas y sucias escaleras. Esta parte del litoral está completamente abandonado. No es una playa turística, pero tiene un encanto que la hace especial.
Las gaviotas me reciben jubilosas o enfadadas. No lo sé. Pero me ofrecen un recital de canto y vuelos acrobáticos que me alegran. Sus siluetas se superponen al sol en su despertar y al mar en su brillar.
Miro alrededor. Busco un sitio dónde sentarme a escribir. Una preciosa roca blanca me atrae y me siento en ella.
Pero un ruido me inquieta. No es el sitio adecuado. Los desprendimientos de piedras son habituales en este punto. Todas las grandes rocas que ocupan este lugar no indicativas de que la zona es peligrosa.
Avanzo unos metros. Al otro lado de las grandes piedras desprendidas hay un claro libre de rocas. Por desgracia todo el espacio está lleno de basura traída por el mar o arrojado desde los acantilados del Recinto. Alguien, cansado de tan suciedad, ha escrito un mensaje en la pared de una enorme roca: “basuras no”. No parece que la advertencia haya conseguido el efecto deseado.
Entre todos los residuos acumulados encuentro una esponja marina. Va a ser el único tesoro que me llevé a casa.
Estoy tranquilo y sereno. Este es un lugar hermoso. El leve sonido de las olas de mar es un bálsamo para mi alma.
Hoy he traído mi ejemplar de “Walden” escrito por Henry David Thoreau. Abro la primera página y leo el breve prefacio: “no pretendo escribir al abatimiento, sino jactarme con tanto brío como el gallo encaramado a su palo por la mañana, aunque solo sea para despertar a mis vecinos”. Este pasaje me recuerda al gallo que esta mañana despertaba a mis vecinos cerca de mi casa.
Yo pretendo algo parecido con mis vecinos de Ceuta y con el resto de la humanidad. Quiero contribuir, aunque sea de forma muy modesta, a despertarles. Ayudarles a que abren los ojos para disfrutar del extraordinario espectáculo de la naturaleza. Que afinen sus oídos y aprecien la sinfonía que a diario nos dedica la Madre Tierra. Que sientan el calor del sol y la refrescante brisa del mar y la montaña. Que huelan las fragancias de las flores en primavera y el olor de las algas del mar. Que toquen las rocas, abracen los árboles, el pelo de sus mascotas y la suave piel de sus semejantes cuando los acarician, besan o abrazan. Sí, ¡Así tenemos que vivir la vida! ¡Con los sentidos despiertos, abiertos a nuevas experiencias y amistad! ¡Deseosos de amar a nuestros semejantes y a todas las criaturas que nos acompañan y nos indican que la vida es diversa! ¡Conscientes de que en cada metro cuadrado la vida no para! La naturaleza es inquieta. El cosmos está en continua evolución en forma de espiral.
La propia tierra, Gaia, está en movimiento, aunque sea normalmente imperceptible. Justo aquí, donde me encuentro, hace millones de años, la corteza de la tierra se abrió y materiales procedentes del mismo centro de la tierra emergieron en este lugar. Los afloramientos de periodotitas son prueba de ello.
Tomo el camino de regreso a casa. Mis pisadas borran la huella de las patas de las numerosas gaviotas que reposaban en esta playa.
Las negras rocas de peridotitas han sido esculpidas por el mar dando como resultado un paisaje de sobrecogedora belleza.
Las flores se asoman al mar. Unas hermosas flores rojas se han encaramado a este montículo para disfrutar del paisaje.
A mi paso un grupo de estorninos que alegremente comían entre la hierba vuelven a su escondrijo entre los muros del fuerte del Sarchal.
Subo una empinada cuesta. Voy tan lento como este caracol que con gran esfuerzo se desliza por una estrecha hoja.
Aprieto el paso. Hoy el cumpleaños de mi hijo Alejandro y quiero disfrutar del día con él y el resto de la familia. Pronto volveré. Me queda mucho que contar de la playa del Sarchal.
ENHORABUENA, SON LAS FOTOS MAS BELLAS QUE HE VISTO, DE UN PAISAJE BELLO, PERO ABANDONADO ,POR EL HOMBRE, ÉSA HA SIDO MI PLAYA DURANTE TODA MI INFANCIA Y MI JUVENTUD, CUANTAS VECES HE BAJADO Y SUBIDO LOS TRESCIENTOS Y PICOS ESCALONES. DE NUEVO ENHORABUENA, POR EL REPORTAJE Y LA CALIDAD DE LAS FOTOS.
Muchas gracias, Juan Carlos. Te agradezco mucho tu amable comentario y me alegro mucho que te haya gustado las imágenes y el texto. Es una lástima que este tan abandonado. Mucha gente no ha paseado por este lugar y desconoce su extraordinaria belleza. Espero que este artículo sirva para llamar la atención de nuestras paisanos y de nuestras autoridades sobre la necesidad de limpiar y recuperar este bello lugar. Si no lo hacen ellos, lo haremos los propios ciudadanos. Un cordial saludo,