Ceuta, 27 de julio de 2017.
La tarde del día 20 de julio de 2017 me senté a la sombra de la punta de Calamocarro y extraje algunas notas del libro “Thoreau. Biografía de un pensador salvaje” (errata naturae, 2017), escrito por Robert Richardson. Una imagen recurrente en mi inconsciente es el de un abrigo similar a éste en el que estoy situado desde el que contemplo este mismo azul radiante mirando a Europa desde África. Una dama sobre un caballo blanco avanza hasta donde estoy de pie para reencontrarse conmigo, el héroe perdido. Este héroe guarda una gran semejanza con el mítico Ulises. La escena que recuerdo es la del encuentro entre el rey de Ítaca y la ninfa Calipso. Este mito está dentro de mí y forma parte del lugar en el que escribo.
Como decía Henry David Thoreau, en cualquier lugar es posible escribir Iliadas y Odiseas. “Si podemos ver tanto y también como ellos vieron (refiriéndose Henry a los autores clásicos, como Homero), podemos esperar también escribir tan bien como ellos escribieron”. Para lograrlo debemos enraizar nuestras ideas en la experiencia personal. El consejo de Henry era que ajustemos las experiencias propias a las expresadas en mitos más antiguos, e intentar añadir algo a un mito cuya capacidad para contener y comunicar significado se haya comprobado con el tiempo. Pero Henry quería, según nos cuenta su biógrafo, “que sus escritos evocasen la experiencia interior del mito, no la cáscara externa, los meros adornos clásicos” (Richardson, 2017: 247).
El consejo de Henry, tendente a ir más allá de lo anecdótico de los mitos, me parece muy sugerente. En torno a Ceuta han surgido multitud de mitos, entre los cuales considero especialmente importantes el mencionado de Ulises, el Atlante, el Jardín de las Hespérides o la Fuente de la Eterna Juventud. La naturaleza de Ceuta es el eje de estos mitos. En esto, como en muchas otras cosas, comparto el parecer de Henry, para quien “el mito es la expresión de la naturaleza”, sobre todo de aquel aspecto de ella que él llamaba lo salvaje. Para Henry el caminante, o el aventurero, es la persona más apropiada para experimentar lo salvaje, al mismo tiempo que el mito es la expresión más satisfactoria de esa experiencia. Se trata de un particular tipo de caminante, al que de manera popular se le conoce como poeta. Henry escribió en su diario que “el poeta es aquel que hoy puede escribir algo de mitología pura”.

Tomando notas del ejemplar de «El héroe de las mil caras» depositado en la Biblioteca Pública de Ceuta
El destino quiso que unos días antes de terminar la lectura de la biografía de Henry David Thoreau estuviese en Granada para recoger el libro que había encargado una amiga en la librería Fnac. Silvia aprovecho la ocasión para regalarme un libro que había tenido entre mis manos unas semanas antes en esta misma librería, pero que tuve que dejar en el mostrador porque el presupuesto no daba para tanto. Este libro es “El héroe de las mil caras” de Joseph Campbell. Durante mucho tiempo esta obra no era posible conseguirla en las librerías, ya que ha estado muchas décadas sin reeditarse en lengua hispana. Así que las veces que lo he leído ha sido tomando prestado el ejemplar depositado en la Biblioteca Pública de Ceuta.
Cuando leí el llamamiento que hizo Henry a ir más allá de lo aparente en la lectura de los mitos no pude menos que enlazarlo con el libro de Campbell que me esperaba para releerlo con sumo interés. Pensé entonces, sentado en la playa de Calamocarro, que a Henry le hubiera entusiasmado el libro “El héroe de las mil caras”. Lo que Henry intuyó, Campbell lo estudió, analizó y expuso de manera magistral en su amplia bibliografía. Existe un monomito, el del héroe, que subyace a muchos mitos surgidos en multitud de lugares separados por el tiempo y el espacio. Este monomito habla del ser humano, de su experiencia vital y de la oportunidad que se nos brinda de lograr una vida plena, efectiva y deliberada, como le gustaba decir a Henry. Tengo mis dudas de que esta oportunidad la brinden los dioses y diosas de forma indiscriminada. Más bien pienso que se trata de una elección de la divinidad, que selecciona entre los mortales a aquellos ser humanos que, -como los míticos Ulises y Heracles, o seres reales como Henry-, comparten en su seno una dimensión mortal y otra divina. Son semidioses con una misión encomendada que vive a ser la misma: “representar la eternidad en el tiempo y percibir en el tiempo la eternidad” (Campbell, 2016: 249). Según Henry “la vida de un hombre sabio es sobre todo extemporánea, pues vive a partir de una eternidad que incluye todo tiempo” (Richardson, 2017: 111).
“El elegido”, -escribe Campbell-,”tiene que volver a entrar con su don a la hace tiempo olvidada atmósfera de los hombres que son fracciones e imaginan ser completos. Debe enfrentarse a la sociedad con su elíxir destructor del ego y redentor de la vida, y soportar el golpe de las dudas razonables, los duros resentimientos y la incapacidad de la buenas gentes para comprender” (Campbell, 2016: 246). Es capaz de hacerlo porque previamente ha disuelto “totalmente todas sus ambiciones personales, ya no trata de vivir, sino que se entrega voluntariamente a lo que haya de pasarle; o sea que se convierte en anónimo. La ley vive en él con su consentimiento sin reservas” (Campbell, 2016: 268).
Siguiendo la idea de la muerte del ego en el héroe, Campbell continúa explicando “que el hombre en el mundo de la acción pierde su centro en el principio de la eternidad si está ansioso por el resultado de los hechos. Pero si los entrega con sus frutos en el regazo del Dios vivo, es liberado por ellos, como por medio del sacrificio, de las limitaciones del mar de la muerte” (Campbell, 2016: 269). El mismo argumento lo podemos encontrar en el libro sagrado Bhagavad Gita (3: 19 y 3:30): “Haz sin apego el trabajo que tienes que hacer […] cédeme todas tus acciones, con la mente concentrada en el Yo, libérate de la nostalgia y del egoísmo, lucha sin dejarte perturbar por la congoja”. Henry escribió en su diario que “deberíamos ofrendar diariamente nuestros pensamientos perfectos a los dioses; nuestra escritura debería consistir en himnos y salmos. Quien escribe un diario es un proveedor de los dioses”.
El esfuerzo y abnegación del héroe no es en vano. Los dioses son agradecidos y lo bendicen convirtiéndole en su emisario. “Para el hombre que no se deja llevar por los sentimientos que emanan de las superficies de lo que ve, sino que responde valerosamente a la dinámica de su propia naturaleza, para el hombre que es, como dice Nietzsche, “una rueda que gira por sí misma”, las dificultades se disuelven y caminos imprevisibles se abren ante él” (Campbell, 2016: 371). El reconocimiento del héroe suele suceder tras un largo periodo de oscuridad. No es hasta la conclusión del ciclo cosmológico de la infancia cuando se produce su reconocimiento y se revela su verdadero carácter. Un ejemplo de este hecho es la trayectoria de la obra de Henry David Thoreau. Cada año que pasa es más conocido y valorado.
Concluye Campbell su magistral obra “el héroe de las mil caras” hablando del héroe moderno. “El individuo moderno que se atreva a escuchar la llamada y abarcar la mansión de esa presencia con quien ha de reconciliarse todo nuestro destino, no puede y no debe esperar a que su comunidad renuncie a su lastre de orgullo, de terrores, de avaricia racionalizada y de malentendidos santificados. “Vive, -dice Nietzsche-, como si el día hubiera llegado”. No es la sociedad la que habrá de guiar y valorar al héroe creador, sino todo lo contrario. Y así, cada uno de nosotros comparte la prueba suprema, -lleva la cruz del redentor; no en los momentos de las grandes victorias de su tribu, sino en los silencios de su desesperación personal” (Campbell, 2016: 418).
El héroe debe entretejer el mundo de adentro y el del afuera sirviéndose por los instrumentos entregados por los dioses. En mi caso he contado y cuento con las máquinas pensantes de Patrick Geddes, unas auténticas llaves para abrir la puerta que separa ambos mundos. Estas llaves llevan mucho tiempo publicadas y han pasado por muchas manos, pero pocos han comprendido su valor y han sabido para qué servían y cómo utilizarlas. También me ha concedido la Gran Diosa el don de la expresión escrita. Mi elixir o agua de la eterna juventud la he encontrado en la misma tierra en la que nací, Ceuta, en el mismo sitio en el que los mitos clásicos y medievales ubican la fuente de la que brotaba el agua divina, el elixir mágico o los frutos del árbol de la vida. He descubierto que la inmortalidad que aportan estas aguas y alimentos proviene de su capacidad de disolver el ego asociado al tiempo y a su inherente deseo de perdurar. La búsqueda de la fuente de la eterna juventud o los frutos del árbol de la vida denota la insaciable sed y hambre que tiene el ser humano de la energía o sustancia del que todo lo existen forma parte, incluyéndonos a nosotros mismos. Henry también buscó esta esencia en su tierra natal. En palabras de Richardson, autor de su biografía más conocida, “Thoreau está interesado en una naturaleza unificada, una fuerza o ley o una sustancia que habrá de encontrarse como explicación fundamental de toda ella” (Richardson, 2017: 166). Reconozco que, al igual que a Henry, estoy obsesionado con la búsqueda de la fuente de esta fuerza que lo anima todo.
Los dioses quisieron que me centrara en la idea de la fuente de la eterna juventud que los mitos clásicos y medievales ubicaban en la tierra que me vio nacer. Al hacerlo, siguiendo lo explicado por Campbell en su libro, he hecho visible el reposo y la armonía del lugar central que representa Ceuta. De este modo me he transformado en lo que suelen encarnarse los héroes mitológicos, en un “reflejo del Eje del Mundo, de donde se extienden los círculos concéntricos, -la Montaña del Mundo, el Árbol del Mundo-, él es el perfecto espejo microcósmico del macrocosmos. Verlo es percibir el significado de la existencia. De su presencia nacen los dones, su palabra es el viento de la vida” (Campbell, 2016: 373).
En mi caso se cumple a la perfección la profecía de Campbell que dice que “el lugar del nacimiento del héroe […] es el punto central u ombligo del mundo. Así como surgen las ondas de un manantial sumergido, así las formas del universo se expanden en círculos desde su fuente…El ombligo del mundo es del centro umbilical a través del cual las energías de la eternidad irrumpen en el tiempo. De este modo el ombligo del mundo es el símbolo de la creación continua; el misterio del mantenimiento del mundo por medio del continuo milagro de la vivificación que corre dentro de todas las cosas” (Campbell, 2016: 56). Guiado por la Gran Diosa la hallé en el punto central de Ceuta, que es lo mismo que decir el “Axis Mundi”. A través de este eje fluye la energía de la vida. Mi misión es que restaurar este canal mágico obstruido por muchos siglos de abandono. Sigo la indicación de Henry: “vive tan cerca como puedas del canal por el que fluye la vida”. El árbol de la vida que simboliza el “Axis Mundi” tiene que volver a dar sus frutos.
Ceuta, y el Estrecho de Gibraltar, constituyen el primer umbral que debe atravesar el héroe en su camino. Este lugar es el puerto de refugio del héroe antes de su definitivo salto a un mundo poblado por leviatanes y monstruos de las profundidades. En general, como comenta Campbell, “las regiones de lo desconocido (desiertos, selvas, mares profundos, tierras extrañas, etc…) son libre campo para la proyección de los contenidos inconscientes” (Campbell, 2016: 96). Me gusta asomarme al Estrecho de Gibraltar, después de una larga caminata, para dejar que mis pensamientos más profundos salgan a la superficie y pueda pescarlo y dejar constancia de ellos en mis libretas. En uno de estos paseos llegué a la misma conclusión a la que llegó Campbell y expuso en los últimos párrafos de su libro “El héroe de las mil caras”: “que la meta no es VER, sino caer la cuenta de que uno ES esa esencia” que el héroe busca de forma ansiosa; “entonces, el hombre es tan libre de viajar por el mundo como lo es su esencia. La esencia de uno mismo y la esencia del mundo son una sola” (Campbell, 2016: 413). Ya no necesita reflejarse en la naturaleza, como si fuera un espejo, para descubrir lo que uno es. Tal y como dijo Carl Gustav Jung, “sólo se puede esperar que el mysterium coniunctionis se complete una vez que la unidad de espíritu-alma-cuerpo se ha conectado con el unus mundus del principio”. El unus mundus, según Dorn, “es lo uno y lo simple. Este mundo es la res simplex. El grado máximo de la coniunctionis es para Dorn la unión del hombre total con el unus mundus” (Jung, 2002: 511).
Me considero muy lejos de haber alcanzado el grado de Homus Totus (hombre total). Pienso que es una meta inalcanzable para la mayoría de los mortales, con la única excepción de personajes como Buddha o Jesús. Pero el simple hecho de perseguir esta meta consigue liberarte y liberar la fuerza vital que emana del punto central indicado por el Axis Mundi.
BIBLIOGRAFÍA:
CAMPBELL, J (2016): El héroe de las mil caras, Madrid: Fondo de Cultura Económica.
JUNG, C.G (2002): Mysterium coiunctionis. Obra Completa Vol. 14, Madrid: Editorial Trotta.
RICHARDSON, R (2017): Thoreau. Biografía de un pensador salvaje, Madrid: Errata naturae.
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