Ceuta, 28 de octubre de 2015.
Fue un momento extraordinario el que viví la mañana del pasado domingo. Estaba relajado y con ganas de disfrutar de un contacto directo con la naturaleza. Me situé en la proa del barco y me dejé llevar.

Fotografía de Carlos Coronado
El barco cabeceaba debido al viento de levante que soplaba con moderada fuerza. Fijé mi mirada en el horizonte. El sol se afanaba por atravesar la cortina de nube que colgaba sobre el mar. Entre sus flecos asomaban los rayos solares pintando de plata la superficie marina. Y sobre ella, casi rozando el mar, volaban las Pardelas Cenicientas con una elegancia extraordinaria.
El barco giro a barlovento para dirigirse hacia un grupo de agitadas Pardelas que parecían estar pescando. Ya desde lejos divisamos los primeros delfines. Al llegar allí contemplamos un espectáculo fascinante. Delfines, pardelas y alcatraces participaban en un festín gastronómico cuyo plato principal eran los “volaores”. Los delfines pasaban por debajo del barco y saltaban tanto a estribor como a babor. La vida burbujeaba a pocos metros de la costa. Me sentí tan vivo como esas aves y delfines que a cientos volan y nadaban a nuestro alrededor.
Al volver me senté cómodamente en la proa del barco y tomé conciencia de haber vivido un momento mágico, casi místico. Pensé que vivimos en multitud de mundos paralelos. Por un lado, el mundo de la ciudades dominado por el stress, la rutina, la uniformidad de paisaje, el predominio del cemento y el asfalto, los espacios cerrados, el trabajo monótono, los individuos aislados,… Y por otro lado, la naturaleza exuberante en vida, en colores, tonalidades, olores, sonidos relajantes, el silencio reconfortante y el tacto cálido. Parecen mundos irreconciliables, pero no lo son. La naturaleza tiene una fuerza extraordinaria. Lucha por imponerse allí donde encuentra espacio para hacerlo. Una parcela abandonada pronto se convierte en un jardín de plantas, flores, insectos y pájaros. Un estanque pronto atraerá a una amplia variedad de aves acuáticas. Somos nosotros, los seres humanos, quienes nos empeñamos en cercenar los más tiernos brotes de vida. Lo hacemos porque nos recuerdan nuestra insignificancia y nuestro escaso poder si lo comparamos con el de la naturaleza. Queremos dominar una fuerza de la que desconocemos su origen y su destino. No somos conscientes de que esta fuerza reside en todo y cada uno de nosotros. Sí, somos los únicos seres vivos que tenemos consciencia de este extraordinario poder que es la vida, que se alimenta y crece gracia al amor. Somos, como decía Spinoza, una concentración de sustancia eterna pensante y con capacidad de acción.
Buscamos el éxito, cuando lo que realmente anhelamos es el amor y el reconocimiento de los demás. Todos deseamos ser queridos, pero nos equivocamos en la manera de conseguirlo. Pensamos que nos van a querer más por lo que tenemos y por la capacidad de imponer a los demás nuestra voluntad, cuando lo que realmente admiramos es el Ser y no el Tener. El amor a los demás es el reflejo del amor por lo que somos. ¿Y qué somos? Somos espectadores, y al mismo tiempo actores, de un drama cuyo guion permanece oculto al ser humano. Nadie sabe quién lo inicio ni el desenlace. Nuestra vida, al menos una vida que merezca ser vivida, no deja de ser un esfuerzo por conocer y representar el papel que nos ha tocado desempeñar en este drama cósmico. A unos se les revela este papel siendo niños, a otros, como es mi caso, alcanzada la madurez, y muchos, por desgracia, ignoran las señales que le indican el camino que les llevaría a descubrir su misión en esta vida.
A mí me ha tocado un papel modesto. Sé que el éxito profesional no me aguarda agazapado tras una esquina. No me quejo por ello. Todo lo que me ha pasado de bueno y malo en la vida encuentra su explicación en la revelación y la consecución de mi destino vital. Al igual que le pasó a mi admirado Waldo Frank he tenido que renunciar al éxito a cambio de aprovechar la oportunidad que se me ha brindado de tener abierto el camino para la búsqueda de la verdad y poder compartir con los demás, en un círculo hasta ahora limitado, que la Gran Diosa está presente. Puede que incluso no llegué a cumplir con éxito mi misión, pero confío en que este camino que conduce a la bondad, la verdad y la belleza permanezca abierto para mí.
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