¡LA FIESTA DE LA VIDA!

Cualquier persona dotada de un mínimo de sensibilidad no puede menos que estremecerse cuando se entera que una persona ha decidido quitarse la vida, agobiado por los frecuentes problemas económicos que están provocando la crisis. En el prólogo de su autobiografía, Lewis Mumford comenta que él nunca quiso verse arrastrado por el nihilismo suicida de nuestra civilización y, aunque muchos vieron en él a un profeta de la fatalidad, luchó valiéndose de su pluma por la “Renovación de la Vida”. Para Mumford la vida es el bien central y la fuente de todos los otros bienes: la vida en todas sus manifestaciones orgánicas, e incluso en sus desalentadoras contradicciones y sus tragedias. La vida, según Mumford, no abarca sólo el amor, el coraje, la cordialidad humana y la alegría, sino también la alienación, la frustración y el dolor.

             Lewis Mumford reconocía que el concepto de “vida” no puede ser embalado en una sola frase o incluso en un solo libro. Prefiero explicitar el profundo significado de este término a partir de la experiencia vital de un compañero suyo en la Universidad de Stanford, el profesor Jeffrey Smith. Su colega y amigo había luchado durante toda su vida contra viento y marea, criando una numerosa familia, mientras que apenas podía mantener la cabeza fuera del agua por los abultados gastos económicos que soportaba con su limitado sueldo de profesor universitario. Según narra Mumford, “si un hombre tenía derecho a estar desalentado o amargado respecto a su destino, parecería haber sido ese hombre. Sin embargo, nunca se desesperó. Ocurrió entonces que enfermó de gravedad. Un poco antes de morir, Mumford le encontró en muy mal estado de salud, con una dolencia que ya no podía ser combatida o  paliada.  La conversación con su extrañable compañero terminó con una frase, se puede decir de despedida, que conmovió a Mumford y nunca olvidaría: “Sí, hijo mío”, le dijo el Prof. Smith. “Mi hora ha llegado. La fiesta de la vida se acabará pronto”.

¡La fiesta de la vida!, repite Mumford. Esta frase, según cuenta, “pronunciada por un hombre que se había enfrentado, -en más ocasiones de lo habitual-, a las penurias y las miserias de la vida y que parecía haber disfrutado muy poco de sus dones, es una afirmación que debe confundir a mil nihilismos”. La existencia del Prof. Smith era un ejemplo de la necesidad de aceptar la vida, tanto en sus aspectos positivos como negativos. Su amigo puso de manifiesto que ningún aspecto de la vida es demasiado mezquino, repugnante o vil para no ser tenido en cuenta como parte del significado y valor de la vida. Como dijo Plotino era mejor, incluso para un animal, haber vivido y sufrido, antes que nunca haber vivido en absoluto.  

            Lewis Mumford tuvo que hacer frente a un acontecimiento muy trágico: “en la Segunda Guerra Mundial, “la fiesta de la vida” fue arrebatada a nuestro hijo demasiado pronto,  a la edad de diecinueve años”. Lo único que conseguía consolarle era recordar que su hijo fue feliz y alcanzó momentos de plenitud vital. “Aunque fue lamentable tal muerte prematura, con todo había conocido muchos momentos de satisfacción”. Disfrutar de la “fiesta de la vida”, aún cuando este cargada de amargos momentos y hondas tristezas, es mucho mejor que enfrentarse al proceso de descomposición mental que tiene lugar en aquellos que nunca conscientemente han saboreado el festín de la vida”. Un tipo de persona, caracterizada por una “vida no vivida”, que “toman su venganza, ahora hundiéndose en la dócil aceptación de su rutina carcelaria, ahora  erupcionando en las fantasías y actos de violencia insensata”. Las personas, en definitiva, que se convierten en los autores reales de la fatalismo que empuja a muchos a acabar, demasiado pronto, con ¡LA FIESTA DE LA VIDA!.

 

 

                                 LEWIS MUMFORD Y SU HIJO GEDDES

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