DERECHO A UNA VIDA PLENA

Una de las grandes ventajas que te aporta el conocimiento histórico es que te permite obtener una panorámica general de la evolución del pensamiento y de la acción política del ser humano. No es y no ha sido nunca un proceso lineal y sincrónico. Ha habido avances y retrocesos, y el ritmo de los cambios no ha afectado por igual a todas las regiones del mundo. Incluso hoy en día, aunque amenazadas por el “progreso”, perviven algunas tribus que mantienen un modo de vida similar al de las primitivas comunidades de finales de la prehistoria. De igual modo, todavía en muchos países se mantienen ideales religiosos y políticos propios de la Edad Media. Todo esto hace que nuestro mundo se haya vuelto cada día más complejo. No es fácil compatibilizar en un planeta sobrepoblado culturas con muy dispares grados de evolución de la conciencia. Los conflictos son cada día más evidentes y las desigualdades socioeconómicas son cada día más notorias. Esto hace que los movimientos migratorios, agudizados por las guerras y las crisis ambientales, se hayan intensificado en las últimas décadas.

La situación económica y política que se vive en muchos de los países de los que parten los inmigrantes hacia “El Dorado” europeo, norteamericano u australiano responde a causas internas y externas muy complejas. Es cierto que la política colonizadora de las grandes potencias europeas en buena parte del mundo durante el s.XIX y primera mitad del XX supuso la destrucción de los modos de vida indígena de estas regiones del planeta. Entraron como un elefante en una cacharrería y no dejaron nada en pie. Cuando estos países abandonaron sus colonias y protectorados dejaron unas estructuras administrativas incompatibles con las costumbres de estas regiones y dirigidas por unas élites corruptas que siguieron las directrices impuestas desde las metrópolis colonizadoras. Todo esto es verdad, pero no es menos cierto que han pasado muchos años desde la finalización del proceso de descolonización y muchos de estos países, -a pesar de contar con importantes y valiosos recursos naturales-, no han avanzado en lo que entendemos como un proceso natural de evolución de la conciencia. Un caso paradigmático es el de Arabia Saudí.

Arabia Saudí ocupa el puesto 19º en PIB (nominal) y es el mayor productor de petróleo del mundo, lo que le otorga una relevancia estratégica clave en el actual contexto internacional. Sin embargo, este crecimiento económico no ha venido acompañado de una evolución de sus principios ideológicos y de la eliminación de algunas prácticas incompatibles con los más elementales derechos humanos: practican decapitaciones en público a condenados por delitos que van desde el tráfico de drogas al adulterio, la brujería o la apostasía; no se puede ejercer el derecho a la libertad de expresión, si alguno lo hace, como el bloguero Raif Badawi, puede ser condenado a diez años de cárcel y a un centenar de latigazos en una plaza pública; y las mujeres carecen de derechos y son continuamente discriminadas. Toda la riqueza que Arabia Saudí obtiene gracias a la venta del oro negro no lo revierte en la mejora de las regiones limítrofes sino que lo emplea para difundir por el mundo la doctrina del wahabismo que destaca por el rigor en el cumplimiento de la Sharia y por estar detrás, según diversas fuentes, del terrorismo global que asola al mundo.

                Hemos tomado el ejemplo de Arabia Saudí para ilustrar una realidad: que el progreso económico no garantiza un avance similar en los derechos humanos y cívicos. Hay una parte importante de la realidad que no es visible al ser de naturaleza subjetiva. Para entender las manifestaciones tangibles de una cultura tenemos que descender hasta el cuadrante de la vida interior, el mundo de adentro, la región de los pensamientos y los sueños. Todos los seres humanos nacemos con la necesidad de obtener respuestas a las grandes preguntas que nos surgen desde lo más profundo de nuestra psique: ¿Cuál es el sentido y significado de la vida? ¿Cómo se creó el firmamento y todos los planetas y estrellas que se iluminan cuando cae el sol? ¿Hay vida después de la muerte? Somos seres finitos enfrentados a la inmensidad del cosmos y esto nos produce una gran desazón interior. Para responder a estas cuestiones y mitigar nuestras inquietudes existenciales surgieron las creencias religiosas que son casi tan antiguas como el ser humano. Son respuestas que tienen que ver más con la emoción que con la razón.

Algunas civilizaciones, como la occidental, han conseguido, no sin gran esfuerzo y muchos sacrificios personales, -sobre todo por parte de relevantes pensadores, científicos y artistas-, romper la dura y enorme roca compuesta por la religión, la ciencia, el arte, la filosofía y la política. Esta gran roca, que algunas culturas han colocado en la misma cabecera del río de la vida, ha impedido el normal discurrir de sus dos principales afluentes: el río de las ideas y el río de la imaginación. Las aguas se han estancado río arriba hasta pudrirse y su maloliente atmósfera ha envenado el corazón y la mente de muchos hombres y mujeres. Cuando el agua de la vida se estanca el alma muere y sólo queda la frustración y el odio.

Ha sido necesario un gran esfuerzo hasta conseguir separar, golpe a golpe y esquirla a esquirla, todos los componentes de esta gran roca sin dañarlos. Una vez separados, la bondad, la sabiduría y el arte, se disolvieron en las aguas del río de la vida para tonificar el alma de todos aquellos que se acercan a su orilla para beber. Pero, ¡oh, cruel paradoja! ¡Ni siquiera aquellos que tienen acceso a este nutritivo río tienen suficiente sed de vida! Como dijo mi admirado Henry David Thoreau, “qué rápido nos disponemos a calmar el hambre y la sed de nuestro cuerpo. ¡Y cómo nos demoramos en calmar el hambre y la sed de nuestra alma! De hecho, nuestra mentalidad práctica, no nos permite utilizar esta palabra sin ruborizarnos por culpa de nuestra infidelidad, porque la hemos dejado en la inanición hasta convertirla en una sombra”.

Nuestra alma para subsistir necesita transcendencia y amor, sabiduría y arte,  participación cívica y poesía, teatro y música,  danza y literatura, naturaleza y arquitectura,  la luna y las estrellas. ¿Y qué le damos? Nada o, lo que es peor, alimentos que envenenan el alma y contaminan el río de la vida. La mayoría se ha acostumbrado a consumir basura de todo tipo y no saben apreciar todo los manjares que a diario nos ofrece la naturaleza. ¿Cuántos se asoman por la ventana, aunque sea un momento para contemplar la salida del sol? ¿Quiénes presiden el interminable desfile de las nubes? ¿Cuántos escuchan el canto de las aves y observan sus elegantes vuelos? ¿Quiénes asisten al encendido diario de las estrellas en el firmamento? ¿Cuántos están pendientes del cambiante carácter del mar? Las únicas estrellas que interesan a muchos son las del fútbol y sus miradas son tan estrechas como la de sus pantallas de móvil o de ordenador. No obstante, y a pesar de la inmensa cantidad de personas que no saben valorar la enorme suerte que tienen de tener acceso al río de la vida, reivindicamos desde esta columna de opinión el derecho universal, -no reconocido en ninguna carta o documento internacional-, a la plenitud vital.

La economía, el trabajo, la educación, la ciencia y la imaginación tienen que dirigirse no a la acumulación de poder y riqueza, sino conducidas por el amor hacia formas de belleza y verdad. Nuestra tarea más urgente es romper todos los obstáculos que impiden el normal discurrir del río de la vida, empezando por las doctrinas religiosas, económicas y políticas que frenan el libre y pleno desarrollo de las personas. Todos deberíamos gozar de la oportunidad de desplegar todo nuestro potencial innato y cumplir con nuestra misión vital. Ninguna ideología, ningún catecismo severo, ninguna norma inflexible nos debería impedir llegar a ser lo que somos.  La vida es una ocasión que no podemos desaprovechar. Nada nos debería entristecer más que morir sin haber vivido. Nadie debería abandonar este mundo sin haber experimentado con toda la intensidad posible esa indescriptible emoción que nos provoca un bello amanecer o atardecer, la generosa acogida de un bosque o de un fondo marino, la sonrisa tierna de un niño, el abrazo de un amigo, la contemplación de una delicada obra de arte, el profundo agradecimiento que sentimos por aquel escritor o poeta que nos habla desde la eternidad a través de sus libros para ayudarnos a descubrir lo que verdaderamente somos.  Cada vez que veo alguien pasar hambre o sed, huir de su casa a causa de la guerra o morir demasiado pronto o demasiado mayor sin haber vivido, pienso en el derecho que se les niega o se les ha negado o autonegado de gozar de una vida plena. Así que a ti, que lees este artículo, te animo a no desaprovechar la oportunidad que la vida te brinda de llegar a ser lo que eres. Tú que tienes el río de la vida a tu alcance nos dejes de beber de él y alimentar, de este modo, tu alma.

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