UNA MAÑANA DE PRIMAVERA EN CEUTA

Ceuta, 13 de abril de 2017.

Salgo de casa a las 7:18 h. Lo primero que veo al mirar hacia oriente es al brillante lucero del alba. La aurora parece una lanza dorada tumbada sobre el horizonte. Siguiendo la dirección que marca Venus, ando a buen ritmo hacia el Camino de Ronda. Al llegar a las inmediaciones del fuerte de la Palmera tengo claro que éste es el mejor sitio para contemplar el amanecer. Tengo el tiempo justo para preparar el trípode y la máquina de fotos.

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Sobre un mar en calma reposa una aurora matutina alucinante. Es un auténtico arcoíris en los que se alternan los azules, morados, verdes, rojos, naranjas y amarillos. La composición es una obra de arte divina fuera del alcance de la comprensión y la completa percepción humana. Cada día los dioses y diosas nos hacen este regalo para que recuperemos las ganas de vivir y recordemos que la existencia es un regalo que debemos apreciar y agradecer mostrando nuestra admiración por la extraordinaria belleza de la naturaleza y el cosmos.

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A la hora prevista, las 7:51 h, sale el sol de entre una nebulosa de vivos colores. La intensidad de su luz rojiza y luego dorada va incrementándose cada segundo que pasa. Un ancho haz de luz se dibuja sobre la apacible superficie del mar indicando un camino inescrutable hacia la fuente de toda verdadera iluminación.

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Me encuentro con mi amigo Alfonso que ha salido a pasear un rato con su perrita. Charlamos, mientras caminamos juntos, sobre la belleza de este fantástico lugar al que tan poca atención prestan las autoridades. Llegamos hasta el Salto del Tambor, sitio conocido en nuestra ciudad por el ser el preferido para los que no encuentran sentido a la vida y deciden de manera voluntaria abandonarla. Mi amigo Alfonso, vecino de la barriada del Sarchal desde su nacimiento, me comenta que él ha ayudado a rescatar algún cadáver de estas piedras. Nosotros, que estamos más atentos a la vida, celebramos nuestra amistad haciéndonos una fotografía.

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Yo prosigo mi camino y me topo con un cernícalo que se posa en un cercano poste para observarme. El sol ha superado la colina que cierra la cala del Desnarigado por el este e ilumina el fin del Camino de Ronda. Me paro a observar las plantas y flores que reciben los primeros rayos del sol. Todas las hojas están colmadas del rocío nocturno, generando una sinfonía de agradables perfumes. Me siento entre ellas y aspira con toda la fuerza que puedo para absorber sus esencias. Tengo de acompañante a un caracol que, de  manera perezosa y lenta, se mueve entre las hojas. Todas mis glándulas olfativas se encuentran impregnadas de un olor indescriptible que atrae a las abejas más madrugadoras. Escucho sus zumbidos alrededor mío e intento fotografiarlas, aunque no resulta fácil.

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Después de desayunar algo me dirijo a la playa del Desnarigado. Estoy sentado al final del cierre oriental de la cala. Este fue uno de los primeros sitios en los que, hace ya algunos años, empecé a escribir sobre la naturaleza ceutí. La sombra, como tardío recuerdo de la noche, cubre este saliente rocoso. El mar está en calma. Dos personas en sus kayaks y otros dos desde las rocas prueban suerte con sus cañas de pescar, mientras que una pareja de jóvenes, tumbados en la playa, muestran a las claras que están enamorados.

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El olor a sal es penetrante, tanto que borra el rastro de los perfumes de las flores que acabo de dejar atrás. En cuanto al sonido, el ligero batir del mar resulta muy relajante y placentero. Las gaviotas participan del hilo musical con sus peculiares graznidos, recordándonos a todos que este lugar por ley y justicia les pertenece a ellas y al resto de la fauna terrestre y marina.

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Subo por el empinado sendero que conduce al fuerte del Desnarigado. Percibo el intenso y característico olor de los escobones. Es una fragancia que combina lo dulce y lo mentolado, con una pizca de limón. Dejo que penetre hasta lo más profundo de mis pulmones. Una vez en el fuerte del Desnarigado, me he sentado en el reducto antiguo sobre el que reposa una antigua pieza de artillería de costa. Este cañón, junto a todos los restos de fortificaciones que tengo a mi vista, recuerda el carácter castrense de esta plaza transfretana. Desde sus orígenes ha sido necesaria fortificar este bello lugar por ser un punto geoestratégico ambicionado por todas las civilizaciones y naciones interesadas en controlar el importante paso marítimo del Estrecho de Gibraltar. Contemplando este paisaje experimento uno de esos momentos que sabemos permanecerá siempre con nosotros. No siento la inquietud del tiempo ni de las ocupaciones y preocupaciones cotidianas. Me concentro en el aquí y ahora.

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La temperatura es ideal, propia de un día primaveral. No sopla nada de viento y la luz a esta hora de la mañana presenta una intensidad moderada, lo que me permite mirar el horizonte sin tener que achinar los párpados.  Desde aquí puedo ver mi siguiente destino, que es el Cortijo Morejón.

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Avanzo muy lentamente, ya que me paro a cada instante para fotografiar a las flores y las aves. Me lleva más de una hora recorre un tramo del camino que en condiciones normales no requiere diez minutos. A las 12:39 h llego al Cortijo Morejón. He tomado una senda distinta a la acostumbrada.

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Las charcas existentes en este bello lugar aún tienen agua. Me asomo a un pozo que debió pertenecer a  algunas de las casas que existieron en este apartado rincón del Monte Hacho. Intento llegar hasta los pies de la fortaleza, pero la tupida vegetación me cierra el paso. No obstante, mi denodado esfuerzo por encontrar una senda tiene la recompensa de dar con un ejemplar de altramuz.

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Después de merodear por el lugar me he sentado en un antiguo banco, ahora camuflado, en este relicto bosque de eucaliptos y alcornoques. Estoy aquí solo, sin ningún tipo de compañía humana, pero muy bien acompañado por los árboles, las flores y las aves que no paran de cantar. Le he quitado el sitio a una pareja de saltamontes en pleno apareamiento. Espero que perdonen mi inoportuna llegada.

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El viento ha rolado a poniente haciendo que crujan las ramas de los árboles y generando el típico murmullo del bosque. Llega a mí el frescor olor de las malvas. Aquí sus ejemplares adquieren una altura impresionante.

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Siento que mi mente está serena. No acuden a ella ningún tipo de pensamiento, Me concentro en disfrutar del paisaje y de este delicioso momento. Mi lado salvaje se despierta. Me incomoda estar vestido cuando toda la naturaleza está desnuda a mi alrededor sin ofrecer muestras de pudor. Ella me acoge con un elemento más del entorno. Incluso se diría que le agrada mi presencia. Pocas personas visitan este precios rincón de Ceuta que hace tiempo estuvo habitado por el hombre.

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Todo sigue su curso natural. Sobre las hojas de otoño ahora crecen miles de plantas con sus hermosas flores. Un abejorro hace las veces de sumiller probando el sabor de las flores y parándose en las más deliciosas.

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Una pareja de mariposas blancas realizan su amoroso vuelo a pocos metros de mi lugar de estancia.

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El viento dispersa las esporas que fertilizan el campo y hace que el ciclo de la vida continúe.

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No existe para mí ni pasado ni futuro en este instante. Sólo presente. Un eterno presente que reclama mi atención y dicta mi escritura.

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Llevo más de seis horas de recorrido y no me siento especialmente cansado.

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Las aves se interesan por mi presencia y se acercan hasta los árboles próximos. Tienen curiosidad por la visita que les ha hecho un ser humano. Me gustaría entender su lenguaje y conversar con ellas. Seguro que me contarían algunos secretos de la naturaleza y las leyendas que rodean a este misterioso sitio. Las mariposas también se acercan con similares precauciones. Quisiera seguir intimando con las criaturas de la naturaleza, pero debo regresar a casa.

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Al abrir la puerta de mi hogar me dio cuenta de que mi percepción de los olores está mucho más agudizada y al cerrar los ojos cuando me ducho las imágenes que acuden a mi mente son las de los colores de todas las flores que hoy he visto y fotografiado.  Sin duda este paseo matinal en plena estación primaveral ha despertado mis sentidos físicos y sutiles.

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