NOCHE MÁGICA DE PLENILUNIO

Ceuta, 16 de septiembre de 2016.

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Presentía que esta noche iba a ser especial. El día no podía haber sido más bello. La transparencia del cielo era absoluta y la luz intensa y cegadora. Durante toda la jornada no hice otra cosa que mirar la bóveda celeste para intentar comprender de dónde procedía el azul que pintaba todo lo que veía y tocaba. Hasta que, mientras comía, mi mirada se perdió más allá de las entreabiertas cortinas y comprendí que este azul era el del agua derramada de la bañera de la bellísima Afrodita. Esto explicaba lo sublime de este día de mediados de septiembre.

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Ya por la tarde, a eso de las siete, me recogió de mi casa mi amigo Jotono Gutiérrez. Junto emprendimos el camino hacia el fortín de Punta Almina. Exploramos fascinados cada rincón de este mágico lugar y hablamos de historia y leyendas. Ambos, como dijo Jotono, sentíamos esa emoción indescriptibles que los seres sensibles experimentamos antes del comienzo de un espectáculo anhelado. Con nuestra mirada barrimos el amplio horizonte que teníamos frente a nosotros. El Estrecho de Gibraltar ofrecía un color sin igual, con franjas horizontales que nunca antes habíamos contemplado. Pero nuestra atención se centró en la franja del cielo en la que, en pocos minutos, iba a nacer la luna. Ninguno de los dos había visto antes una combinación de colores semejante.

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Sobre un lienzo celeste blanqueado por los postreros rayos del sol, las manos de los dioses habían dibujado un ancho estrato de color lila que no dejaba escapar una porción del intenso azul celeste que había contemplado todo el día. Cuando la luna empezó a emerger de manera majestuosa del mar se volvió de color vino tinto. La copa del dios Baco se derramó sobre la superficie marina para servir de lecho a la recién nacida luna. No era una luna cualquiera. Hoy estaba más bella que nunca. Parte de su rostro estaba cubierta con un velo que los humanos llamamos eclipse. Este tul reforzaba los rasgos del rostro de la Diosa Madre. Tal era su aspecto humano que ayudados con los prismáticos nos fijamos en cada detalle de su hermosa faz. Hasta el color anaranjado de su cara denotaba su condición hermafrodita entre lo divino y lo humano.

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El vino torpemente vertido por Baco fue recogido por la propia luna y con él trazo un camino mágico de color cobrizo sobre el mar. Esperamos ansiosos que esta senda de luz llegara hasta nosotros. Mientras esto sucedía, un elegante catamarán navegaba sobre el profundo mar azul en perfecta calma. La lanza de cobre llegó hasta nosotros y atravesó nuestros corazones. No podíamos contener nuestra emoción que no se manifestaba con palabras, sino con un respetuoso silencio.

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Sentados en el suelo del fuerte cenamos a la intemperie mientras las estrellas eran encendidas una a una por los dioses, como si fueran las velas de un elegante restaurante. Nuestras viandas eran humildes, pero el marco incomparable. No teníamos otra luz que la de la luna, que resultaba más que suficiente. A nuestra espalda la noche tomaba posesión del Estrecho de Gibraltar. El sol, antes de morir, pintaba el borde de las montañas peninsulares de rojo y naranja. La luna no quiso ser menos y transformó la lámina de agua en una plancha de acero. Tan resistente nos pareció que, de habernos atrevido, podríamos haber llegado a la otra orilla en un agradable paseo.

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Nuestro postre fue la contemplación de las estrellas. Marte, Saturno, las estrellas Vega y Arturo y la elegante Casiopea, fueron algunos de los acompañantes en la sobremesa, pero no los únicos. Quisimos que nos acompañaran algunas de nuestras almas más admiradas. Y allí, a la luz de la luna, leímos pasajes de los diarios de Ralph Waldo Emerson y su amigo Walt Whitman. Ambos hablaban de sus experiencias emotivas iluminados por la luz de la luna llena. ¿Quién les iba a decir a ellos que ciento ochenta años después de haber escrito las anotaciones en sus diarios un par de jóvenes ceutíes repetirían sus palabras en una noche mágica? ¿No es asombroso el poder que tiene la poesía para romper las barreras del tiempo y del espacio? Quien sabe, comentamos Jotono y yo, si en el futuro otras personas llegarán aquí para vivir una noche como ésta.

También leímos un conmovedor texto sobre la infinitud del universo, cuya conclusión ya fue adelantada por William Blake: “que es posible ver un mundo en un grano de arena”.

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Me siento muy contento de haber disfrutado de una cena tan especial con un alma gemela, sintiendo la presencia de figuras espectrales de otros tiempos y de otros lugares. El espíritu de Ceuta lo inundaba todo y nosotros nos dejamos arrastrar por las corrientes que generaba. Su fuerza nos animó a planear, mientras volvimos a casa, acciones cívicas para proteger y salvaguardar la belleza de esta tierra mágica y sagrada.  Hemos firmado un pacto secreto en pro de Ceuta teniendo como testigo de excepción a la luna llena y a las estrellas. Y cumpliremos nuestra palabra.

DESDE EL ANFITEATRO DEL MONTE HACHO

Ceuta, 14 de septiembre de 2016.

Sé que hay muchas personas que no pueden disfrutar del espectáculo que ahora presencio. Me encuentro sentado en las gradas superiores de uno de los más magníficos anfiteatros del mundo: la ladera norte del Monte Hacho. Desde aquí contemplo un paisaje sublime y extraordinario. Hoy sopla un acusado viento de poniente. El aliento de Céfiro es frío y fuerte. Balancea mi cuerpo y los tallos secos de los cardos chirrían como las bisagras de una vieja puerta. El viento trae también el canto melodioso de los pájaros y el olor característico de las numerosas olivardas que me rodean.

El cielo muestra una transparencia deslumbrante, jaspeado por ligeras nubes blancas. En apariencia inmóviles y colgadas en el horizonte por cáncamos invisibles atisbo pequeñas nubes que decoran la franja de cielo que se apoya sobre la orilla septentrional del Estrecho de Gibraltar. Observo igualmente embelesado la curva que el mar y la tierra dibujan en el punto de unión entre el Atlántico y el Mediterráneo. De pie, empujado por el viento, escribo como un espía enviado por los dioses para que les informen sobre el estado de sus más queridas posesiones. Me siento halagado por recibir tan gratificante misión y elevo mi mirada hacia el cielo en señal de agradecimiento.

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Desde esta posición veo a Ceuta como el último refugio que tenían los primeros navegantes de la antigüedad antes de adentrarse en el profundo y misterio océano, dominado por los descendientes del Atlante. La bahía de Ceuta era el lugar ideal para rendir culto a la Gran Diosa Madre, la naturaleza. Desembarcan aquí para pedir suerte en las aventuras que a estos intrépidos marineros les esperaban más allá de la columnas de Heracles.

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Visto el Estrecho desde esta altura los detalles pierden importancia. El mar es el elemento dominante. Su aparente calma transmite la sensación de que estoy a los pies de un gran lago que es llenado en este instante con las aguas procedentes de un enorme manantial, el Océano Atlántico. No puedo ver su fondo, pero sé a ciencia cierta que no es un mar inerte, sino lleno de vida. Bajo la superficie de este amplio círculo azul bulle la vida en multitud de formas, colores y tamaños.

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Un barco pesquero que a esta hora del mediodía regresa al puerto ceutí es buena prueba de la riqueza de estas aguas.

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Otros barcos, de mucho mayor calado, con sus proas mirando al Atlántico, fondean en la entrada de la bahía de Ceuta. Aquí hacen acopio de suministros y combustible antes de seguir su travesía. El avituallamiento de barcos, junto a la pesca, han sido dos de las principales actividades de las gentes de esta ciudad. Del fondo del mar que admiro ahora se han recuperado una gran cantidad de ánforas y anclas púnicas y romanas que atestiguan el carácter marinero de esta ciudad. Por desgracia, los trabajos pioneros en arqueología submarina realizados por Juan Bravo no han tenido continuidad en el tiempo. Aún quedan muchos arqueológicos depositados sobre este lecho marino.

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Ahora que presto atención me doy cuenta de que un ejército de pequeñas nubes está desfilando a paso marcial por la costa norte del Estrecho. El cielo cambia su aspecto a cada momento. Las nubes situadas en medio del canal marino aparecen difuminadas por el intenso viento.

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Aunque estoy sentado al sol empiezo a sentir algo de frío. Para combatirlo empiezo andar sin dejar de escribir y busco refugio a sotavento de los muros de la fortaleza del Hacho. Mi nueva ubicación mira hacia Oriente teniendo como punto de referencia el faro de Ceuta. Sobre su linterna vuela un par de aves rapaces. Una de ellas, dibujando círculos, se dirige hacia donde me encuentro y la puedo fotografiar. Se trata de un bello ejemplar de milano negro.

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Rodeado de altabacas percibo con claridad su intenso aroma y me entrego en coger algunas moras. El contraste de colores deleita a mis ojos. El celeste jaspeado del cielo, el azul del mar, el blanco del faro, el beis del suelo y los muros de la ciudadela militar, junto al verde de los pinos, componen un cuadro de gran belleza.

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Podría estar aquí horas y horas sin dejar de escribir inspirado por toda la belleza de este día y de este lugar. Ahora debo regresar a casa, pero no vuelvo con las manos vacías. Llevo conmigo los recuerdos y los apuntes de una mañana inolvidable. Estos regalos que me entrega generosamente la naturaleza son los más queridos para mí. Cada que me llama para recogerlo no dudo en acudir presto, con todos mis sentidos despiertos y las puertas de mi alma abiertas de par en par. Pienso que estos presentes son señuelos que me envía la Madre Tierra para que acuda junto a ello. Todos, incluido ella, necesitamos que alguien nos escuche con atención, sintiendo que nos aman y aprecian. Cuento lo que me dice la Gran Diosa sin ambages ni cuentos.

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LA DIOSA ISIS EN EL CIELO

Ceuta, 14 de septiembre de 2016.

Después de la lluvia de ayer, el cristal del cielo está a primera hora de la mañana completamente limpio y transparente. El color del firmamento es de un azul intenso que me fascina. Sobre este cielo pasea Orión con sus dos perros, como lo hacen algunos humanos madrugadores con los suyos en la tierra.

No ha quedado ni rastro de las bellas nubes blancas que ayer desfilaban por el cielo, ni tampoco veo a la luna que ayer, antes de acostarme, iluminaba la noche ceutí. Todas las estrellas, en este momento previo a la llegada del sol, han vuelto de manera discreta a sus casas. La única que permanece impasible es la reina de los cielos a finales de verano, Sirio. En la inmensidad del firmamento ella es el único punto brillante. Los ojos de todos los poetas la miran a ella. A pesar de su pequeño tamaño ejerce una gran influencia sobre los que la observamos desde la tierra y escuchamos su canto:

“Yo soy Isis, la señora de todos los países, y Hermes me enseñó,

Y con Hermes inventé letras, tanto las sagradas (jeroglíficos)

Como las demóticas, para que todo no se escribiera con las mismas letras.

…Soy la que se alza en la estrella del Perro.

Soy la que es llamada diosa por las mujeres.

Separé la tierra del cielo.

Indiqué las sendas de las estrellas.

Ordené el curso del sol y de la luna.

Inventé la actividad del mar…”

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De Ägyptischer Maler um 1360 v. Chr. – The Yorck Project: 10.000 Meisterwerke der Malerei. DVD-ROM, 2002. ISBN 3936122202. Distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=146254

Ella es para mí esa fuerza que lo rodea todo, ese aliento que llamamos vida, esa mano que coge la mía y escribe mis relatos.

PASEO POR LA PLAYA DEL SARCHAL

Ceuta, 12 de septiembre de 2016.

En mi camino hacia la costa escucho el lamento de los borregos que esta mañana van a ser sacrificados. Hoy se celebra en Ceuta la Pascua musulmana. El día esta nublado. Una fina columna de niebla asciende por las laderas del Monte Hacho.

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A las 8:10 h una estrecha abertura en las nubes deja ver el sol. Su color es del corte de un pomelo y su luz la de un faro recién encendido. Juega al escondite tras las nubes. Yo me fijo en los gris que está todo. No parece el mismo paisaje del que disfrute anteayer.

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Con la llegada de los primeros rayos del sol descubro que aquellos puntos flotantes que pensaba eran gaviotas en realidad son restos de basura traídos por el viento de levante.

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Las nubes hacen que figura del sol se alargue y su silueta se difumine como si estuviera pintada con un carboncillo amarillo. Según asciende el astro rey va cogiendo más fuerza. Ya empiezo a notar su cálido abrazo. Experimento una agradable sensación de bienestar. Fijo mi mirada en el chisporreteo de la alargada sombra del sol proyectada sobre el mar y concentro mis oídos en el rítmico batir del mar. El agua salada supera la superficie de algunas rocas creando pequeñas cascadas que consigo escuchar desde el lugar en el que me encuentro.

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Me pongo a andar por la playa y a quien me encuentro es a mi amigo el roquero solitario que se deja fotografiar antes de encaramarse en la piedra más alta de la playa. Desde allí reivindica la propiedad de esta pequeña cala.

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Me ha resultado graciosa la actitud de este altivo y bello pájaro. Yo me he parado a escribir sobre una roca de la playa y ahí sigue él, con su diminuto cuerpo, vigilando atento mis movimientos.

Una nube de diminutos insectos voladores tienen tomada la playa en la que el olor de las algas es imponente.

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Sorteando las grandes rocas que cortan el camino llego hasta el centro de la playa que es de arena fina. Toda la superficie está plagada de pisadas y plumas de gaviotas. Me llama la atención un charco de agua que luce como un espejo de plata. Junto a la pequeña charca localizo lo que parece un pozo de piedra. No lo había visto antes. Alguien ha destapado las maderas que lo cubrían. Cojo agua con las manos y compruebo que se trata de una agua dulce, lo que explica que a su alrededor hayan crecido tantas y variadas plantas.

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La más abundante en esta época del año es el hinojo marino. Por una vecina del Sarchal con la que charlo al regresar a casa me entero que no es un pozo, sino un manantial lo que tengo ante mis ojos. Me cuenta Carmen, una señora  de setenta años con ganas de conversar, que ella y sus amigas bajaban por los escarpados acantilados hasta la playa y que bebían de esta fuente circular. También existía la costumbre de alternar las cucharadas de potaje con el mordisqueo de las hojas del hinojo marino que crecen en abundancia en este tramo del litoral.

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Llego hasta el final de la Ensenada del Sarchal, en cuyo extremo reposan cientos de gaviotas. Mi presencia las espanta provocando un gran revuelo. Lamento ser el perturbador de su descanso.

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La huida de las gaviotas atrae a otras especies como un ágil andarrio que pega pequeños saltos sobre las rocas.

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…Dejo que mi mirada se deslice sobre el mar. Pienso entonces en lo alejado que están la mayoría de los ceutíes del mar que nos rodea. Esta idea se acrecentado en mi menta después de leer el libro “Cape Cod” de Henry David Thoreau. Los habitantes de aquella bella rada de la costa de Massachusetts que conoció Thoreau vivían y morían en el mismo mar al que ahora damos la espalda. Las algas que para nosotros son un incordio en verano eran un apreciado fertilizante para los ciudadanos de Cape Cod; las maderas que acabo de ver sobre la arena eran los objetos más deseados por los conocidos como “Wrecker”; las mandíbulas y costillas de ballena eran las vigas y cercas de sus casas;  y los cuerpos frescos de cetáceos arrojados en la playa por el mar eran el sustento de muchas familias. Ahora lo que abunda en las playas son las botellas de plástico y las latas de refresco.

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Los niños de Cape Cod aprendían antes a navegar que a andar. Su destino, para lo bueno y lo malo, estaba dibujado en las olas marinas. Las fachadas de sus hogares estaban ocultas tras el pescado salado. Desde luego, no era una vida fácil. Muchos de estos jóvenes no llegarían a alcanzar la madurez. Cuenta Thoreau, en uno de los pasajes del mencionado libro, que “prácticamente todas las familias habían perdido en el mar a algunos de sus miembros. “¿Quién vive en esa casa?”, preguntaba. “Tres viudas”, era la respuesta”. A pesar de todas estas calamidades, la historia de los viajes solitarios de estos pescadores “haría sombra a la expedición argonáutica”. Frente a esta vida llena de aventuras nos encontramos con la existencia prosaica y confortable de las gentes que viven cerca del mar en nuestros tiempos. Digo viven cerca del mar, porque me parece una ofensa a la memoria de nuestros antepasados llamarlos “gentes del mar”. De estos últimos quedan pocos en nuestra ciudad. Ahora lo que abundan son burócratas y comerciantes de franquicias estereotipadas. No queda en Ceuta ni una tienda que se merezca lucir en su fachada el título de “Ultramarino”.

EL GRAN TESORO DE LA NATURALEZA

Ceuta, 10 de septiembre de 2016.

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Son las 7:54 h  y estoy sentado en el tramo final de la escalera de acceso a la playa del Sarchal esperando la salida del sol. Una ligera neblina cubre el horizonte que adquiere, por efecto del sol naciente, una bella tonalidad rojiza. Vistas desde donde me encuentro estas tenues nubes adquieren la forma de una rampa ascendente hacia el mismo cielo.

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El contraste entre el intenso azul del mar y el rojo del emergente sol dan como resultado una estampa espectacular.

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El amanecer apenas dura cuatro minutos. Yo espero expectante a que la senda dorada que el sol abre sobre el mar llegue hasta mí. Los colores regresan a mi cuerpo y al lugar donde me encuentro. La tonalidad dominante es el dorado. Me siento como un rey contemplando absorto su reluciente tesoro. El sol es el verdadero rey Midas que con sus rayos todo lo que toca lo convierte en oro. Las rocas, los peldaños de madera sobre el que me siento, hasta mi propio cuerpo se han convertido en el más noble  de los metales. Se trata, en todo caso, de una fortuna efímera, que se va depreciando a lo largo del día. La mañana será en el mar de plata y el atardecer de cobre rojizo hasta que la noche lo convierta todo en gris plomizo y oro negro.

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Uno de los grandes secretos para sentirse siempre dichoso consiste en disfrutar de cada momento  como si fuera una valiosa pieza del gran tesoro que es la naturaleza. En este preciso instante escucho atento la conversación entre una pareja de “roqueros solitarios”. La hembra, que es la que se deja ver, canta una melodía de notas suaves, aflautadas y penetrantes, con piídos vibrantes.

Me fijo ahora en las ondulaciones observables sobre la superficie del mar. Parecen pequeños papeles de seda agitados por el viento.

Las gaviotas pasan por encima de mí y yo me siento el único espectador de un exclusivo desfile aéreo. Lucen orgullosas sus aerodinámicos y blancos cuerpos con sus alas plegadas y las patas de aterrizaje bajo el plumaje.

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Miles de detalles del paisaje llaman mi atención, desde los anaranjados chumbos al verde esmeralda del fondo del mar. Visto por los ojos del poeta, los modestos chumbos son gemas; las piedras al amanecer, reluciente pepitas de oro; el  mar, un zafiro en su superficie y en el fondo un filón de jade; el cielo, un diamante; y el sol, un ópalo de fuego. Pasando entre las rocas del Sarchal observo verdaderos granates rojos. Estos son los tesoros de un poeta. Su principal riqueza está en sus ojos. A través de ellos aprecia el gran tesoro que es la naturaleza. Ni el más acaudalado rico  podrá nunca poseer un tesoro como el suyo. Nadie podrá nunca robarle a un poeta su tesoro, pues la llave de la cámara secreta está escondida en lo más profundo de su alma.

Expuesto está, a la vista de todos, el  gran tesoro  de la naturaleza para que todos puedan apreciar su belleza y llegar a ser lo seres más ricos del mundo. ¿No sería el oro una vulgar piedra amarilla  si no fuera porque la imaginación del ser humano la identifica con una porción del mismo sol? ¿Qué son los diamantes, las esmeraldas y los zafiros sino minerales cuyos colores deleitan nuestra alma? ¿No están estos mismos colores presentes en la naturaleza circundante sin que a la mayoría de la gente les llame la atención? Pobre imbécil es el que busca la riqueza en el exterior y no en su interior. Quien explota los filones de oro localizados en su alma es el más rico de los hombres o mujeres.

Las verdaderas riquezas no nos encadenan, como hacen las materiales, sino que nos liberan. Disfrutar de un bello amanecer, pasear por la playa o entre árboles, escuchar el canto de las aves o el susurro del viento, oler a tierra mojada tras una tormenta, degustar un fruto silvestre o palpar el suave tacto de un arbusto son placeres que están al alcance del rico de espíritu. El rico material vive angustiado por el incremento o disminución de su fortuna y por las obligaciones inherentes a sus numerosas propiedades. No dispone de tiempo para él ni los suyos. Triste vida es el del hombre rico en posesiones materiales y pobre en experiencias gratificantes y pensamientos elevados.

Yo vuelvo a casa más rico que antes de salir. Mis bolsillos están tan vacíos como cuando salí de mi hogar, pero ahora regreso con el cofre de mis recuerdos completo de momentos inolvidables y de palabras que relumbran en mi libreta como doblones de oro.

CONTEMPLANDO AVES RAPACES

Ceuta, 8 de septiembre de 2016.

Esta mañana he quedado con Pepe Navarrete para ir a avistar aves rapaces. Aunque llevan pasando todo el verano por el Estrecho de Gibraltar, sólo es posible verlas en el cielo de Ceuta cuando sopla viento de poniente. Y claro, este verano ha predominado el levante, con lo cual no ha sido fácil ver rapaces. Así que en un día como hoy de poniente no podíamos desaprovecharlo  sin contemplar estas magníficas aves.

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Nos hemos situado en el mirador de Benzú. El viento sopla con gran fuerza. Las altas temperaturas de los últimos días pueden que sean las responsables de la densa niebla y de las nueves que cubren las costas meridionales de la Península Ibérica. Con estas condiciones meteorológicas pocas aves se han atrevido a atravesar la franja de agitadas aguas que separan a Europa y África. No obstante, hemos sido persistentes y después de un rato han empezado a llegar las rapaces. Las más abundantes han sido los abejeros, seguidos por las águilas calzadas. También hemos podido contemplar varios ejemplares de culebreras, un aguilucho cenizo y dos gavinales. Un poco más tarde, y situados en las proximidades de la Curva de la Viuda hemos identificado y observado a un elegante milano negro.

Ejemplar de abejero

Ejemplar de abejero

Gracias a las indicaciones de Navarrete he aprendido a distinguir algunas de las principales especies de rapaces que son posibles ver volando sobre Ceuta. Son unas aves realmente extraordinarias. Planean, con sus grandes alas desplegadas, aprovechando las corrientes térmicas y buscando desesperadamente tierra. Sus siluetas son de una belleza extrema. De igual modo, los colores de sus plumajes y los dibujos de sus alas les dan una gran personalidad que las hace merecedoras de ser consideradas los dioses y diosas de los cielos. Un ejemplar de águila calzada ha pasado muy cerca de nosotros, momento que ha elegido para flexionar sus patas y sus alas ofreciendo una imagen emocionante. Sus agudos graznidos han llegado hasta mis oídos haciendo vibrar mi alma. Es un sonido tan penetrante que consigue perforar la delgada membrana de la memoria dejando una marca indeleble.

Águila calzada en pleno vuelo

Águila calzada en pleno vuelo

Mi relato, como pueden comprobar, es más propio de un poeta que de un naturalista, aunque ambas dimensiones no están divorciadas. Pueden convivir en cualquier persona que sume la curiosidad científica con la sensibilidad literaria. Un ejemplo fue mi admirado Henry David Thoreau. El libro “Volar” editado por la editorial Pepitas de Calabaza, -que contiene fragmentos seleccionados de los diarios de Thoreau en los que habla de las aves-, es una magnífica prueba de la feliz convivencia que mantuvieron en el alma de Thoreau el amor por la naturaleza y el interés por la ciencia.

Las rapaces que hoy he visto han dejado de ser anónimas figuras aladas, como son para la mayoría de las personas. Ahora pertenecen al extenso reino de la literatura y de la fotografía. Ellas siguen, -ignorantes de esta nueva dimensión de sus vidas-, su viaje hacia las cálidas tierras del África subsahariana. Puede que las vuelve a ver en su peregrinaje de retorno primaveral. Aquí las estaré esperando para verlas y mostrarles mi admiración por su belleza.

EL PRIMER CONOCIMIENTO DE LA MUERTE

Ceuta, 6 de septiembre de 2016.

Estábamos Sofía y yo en el cuarto de juegos y ella se ha fijado en la antigua radio de mis abuelos que guardo de recuerdo. Al observar su interés en este vetusto aparato le he comentado a mi hija que fue de mis abuelos. Con la curiosidad que caracteriza a los niños me ha preguntado que dónde estaban mis abuelos. Mi respuesta ha sido que en el cielo. Que se hicieron muy mayores y subieron al cielo. Todos, le he dicho a mi pequeña Sofía, cuando nos hacemos muy mayores volamos al cielo y desde allí cuidamos a las personas que queremos.

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Con los ojos algo desencajados me ha seguido interrogando: ¿Yo también iré al cielo? Y le he contestado: “cuando seas muy mayor, mayor, para lo que te falta todavía mucho, mucho tiempo, irás al cielo”. Y entonces se ha puesto a llorar de manera inconsolable diciéndome: ¡Yo no quiero al cielo! ¡Yo no quiero ir al cielo!

Sofía es muy pequeña, le faltan cuatro meses para cumplir cuatro años, y hoy ha sido su primer conocimiento de algo tan difícil de asumir como la muerte.

Nos aterra la muerte porque la asociamos a la no existencia consciente. Es un hecho traumático por el sufrimiento que experimentamos nosotros mismos y el que padecen las personas que nos quieren. Cuanto más ama uno la vida, más cuesta desprenderse de ella. Quizás por este motivo sería conveniente pensar, como dice el empresario italiano Brunello Cucinelli, que no nos poseedores de la vida, sino sus meros custodios durante un tiempo limitado, pero con la capacidad de embellecer el mundo. Resulta alentador tener en la mente las palabras de Marco Aurelio: “Cálmate. Apoya a la humanidad. Vive en armonía con la naturaleza. Vive como si fuera el último día de tu vida”.

DESPERTAR DE SEPTIEMBRE

Ceuta, 6 de septiembre de 2016.

Ha merecido la pena madrugar a las 7:00 h para contemplar el firmamento. En este momento observo que la constelación de Orión está marcada en el cielo y bajo su silueta se encuentra la estrella Sirio. Hoy brilla con una destacada intensidad y late como si estuviera viva.

El día empieza a llegar marcando la silueta de la ciudad y tiñendo todo el paisaje de un llamativo color cristal. Esta nueva jornada viene perfumada con una fragancia que me cuesta identificar. Yo diría que se trata de aroma a tierra mojada por el trasnochador rocío.

No corre nada de aire. El levante de los últimos días se ha ido, pero el poniente todavía no ha llegado, así que la calma es absoluta.

El cielo se va volviendo celeste al mismo tiempo que las estrellas desaparecen. Sólo Sirio resiste con un su resplandeciente luz. Veo en su figura reflejada a mi amada Isis. Me quedo mirándola y ella, de alguna manera, me lo agradece. Pocas personas advierten ya su presencia, como tampoco lo hacen de su reino natural. Siento su llamada palpitante que me anima a pasear por las costas y montes ceutíes. Quiero volver a contemplar el oscuro azul del mar y el verde follaje del bosque antes de que empiece a amarillear.

Inspiro, sin pensarlo, de manera profunda, como si mi alma quisiera absorber el espíritu de la mañana. No hay mejor modo de empezar el día que hacerlo asomado a la ventana y en penumbra.

Me sorprende la ausencia de aves en el cielo. La inmensa mayoría de los vencejos ya han emigrado y las habituales gaviotas todavía no han  aparecido. Sólo los gallos llaman a mis vecinos a despertarse. Los primeros coches empiezan a circular. La ciudad se pone lentamente en movimiento. Yo también me dispongo a hacer mis cosas.

…Son ahora las 15:00 h. La ausencia de viento ha durado toda la mañana, pero en este instante ha llegado de improviso el aliento de Euro. Es un viento húmedo que refresca el ambiente. Las cortinas del salón se han inflado como las velas de un bergantín. Mientras, en la calle, las cañas y los árboles comienzan a desperezarse tras un  descanso demasiado prolongado. La luz es deslumbrante y el olor que percibo me recuerdo al mullido colchón natural que surge a los pies de los pinos del Hacho.

LAS ESTRELLAS QUE GUÍAN MI VIAJE

Ceuta, 5 de septiembre de 2016.

Me he levantado temprano, a las 7:30 h, para pensar y escribir en soledad. Necesito ordenar mis ideas y trazar una nueva ruta en mi vida. Aunque este verano he escrito algunos pasajes, siento algo de reparo en hacerlo. Parece como si la inspiración me hubiera abandonado o no encontrara la motivación interior de la que antes gozaba para escribir. El fracaso de las oposiciones me ha dejado huella. Mi autoconfianza ha sufrido un varapalo. Me veo a punto de cumplir cuarenta y siete años sin trabajo y con una situación económica que, poco a poco, se estrecha. Encontrar un trabajo ampliaría nuestra solvencia económica, pero, seguramente, dejaría poco margen para lo que realmente deseo hacer que es recorrer Ceuta describiendo su naturaleza y sus gentes. Esta vocación tardía en mi vida es la que más me satisface.

Delante tengo el “Diario Íntimo” de Ralph Waldo Emerson, en cuya portada figura una imagen del rostro del sabio de Concord con su mirada omniabarcante y su sonrisa de profunda satisfacción. La lectura de este libro ha actuado como un  tónico para mi alma. Hay muchos pasajes con los que me siento identificado. La idea en la que insiste una y otra vez Emerson es la confianza en uno mismo. Dios no habla a través de intermediarios, sino directamente a todos y cada uno de nosotros. Yo, como Emerson, Whitman y Thoreau, consigo oír la voz de la Gran Diosa en mis paseos por la naturaleza. Ya sea a la orilla del mar, o entre árboles y arbustos, conecto con el alma del mundo y escucho atento a los mensajes que me llegan desde la eternidad. Mis sentidos, entonces, adquieren una capacidad extraordinaria para captar la totalidad y los más insignificantes detalles del entorno. Mi interior se expande abarcando todo el paisaje circundante. Siento la vida latir a mi alrededor tanto en el cielo, como el mar o en la tierra.

Sé que mi manera de ver y sentir a Ceuta es diferente a la de mis convecinos, amigos y familiares, pero semejante a la que tuvieron mis maestros, alejados en el tiempo, que son Emerson, Whitman, Thoreau, Geddes y Mumford. Cuando los leo me siento próximo a ellos, como si formara parte de la gran comunidad de seres sensibles que ha dado la humanidad. Con mi mirada creo una Ceuta diferente y doy vida a una naturaleza que otros ven muerta. Me complace observar que otras personas empiezan a captar esta Ceuta desconocida para muchos, para mí el primero. El espíritu de Ceuta me permite ver su espléndido rostro y yo intento describirlo con mis palabras. Nadie puede hacer esto por mí. Es mi misión y tengo que cumplirla. Un don, como el que se me ha concedido, no es legítimo malgastarlo. Esto es algo que he aprendido leyendo el diario de Emerson. La grandeza es un regalo que nos entrega la divinidad para que hagamos un buen uso de ella. No hay peor pecado que no corresponder adecuadamente a este presente dilapidando su riqueza y no confiando en el valor de lo que te ha sido entregado.

No debo buscar más respuestas en los libros. La solución del cuestionario está en mi interior. Puede que mi genio no sea comparable al de mis maestros, pero es lo único que tengo y, bueno o malo, estoy obligado a hacer un buen uso de él y aprovecharlo al máximo. Siempre he sentido, y lo sigo sintiendo, que lo que escribo está más dirigido a la eternidad que al presente. Aquí, en mi tiempo vital, mi misión es más mundana, pero igualmente importante: la defensa del patrimonio cultural y natural de Ceuta. Esta labor es la que me ha hecho merecedor de la amplitud espiritual de la que ahora disfruto. Lo mío es un amor correspondido entre mi alma y la naturaleza. Sin yo pedir nada, la naturaleza ha querido agradecer mi amor por ella desvelando parcialmente el velo que cubre su hermoso cuerpo. Gracias a este delicado gesto gozo de una alegría interior y de unos momentos de plenitud que dan significado y sentido a mi vida. Tengo todo lo que un ser humano necesita para ser feliz. Esta felicidad me permite contemplar el mundo en toda su majestuosidad y belleza.

Mi principal deber, ahora lo tengo claro, es cumplir con mi misión existencial. Mis canales de comunicación con lo eterno tienen que permanecer abiertos en todo momento. Debo transcribir en mis libretas todo lo que vea, escuche, oiga y toque. Cualquier distracción innecesaria es una pérdida de tiempo y una oportunidad desaprovechada para llegar a lo más profundo de mi ser. Debo, al mismo tiempo, comunicar el contenido de mis hallazgos. La humanidad está ansiosa por escuchar mensajes que le traigan esperanzas de alcanzar una vida plena y provechosa. De manera lenta, pero constante, voy ampliando el círculo de personas a las que nos une la misma inquietud por lograr un nivel más elevado y trascendente de existencia. Al unirse nuestras luces interiores conseguiremos ser un potente foco que, a su vez, ilumine el camino de otras personas que andan buscando su propia senda vital. El camino de la vida aparece entre penumbras. Más que verlo, lo intuimos, por este motivo dejarnos guiar por la intuición es la mejor manera de encontrarlo y seguirlo. Es posible que la intuición sin el acompañamiento de la razón nos haga extraviar el camino. Por eso es bueno que ambas siempre vayan juntas, aunque la intuición siempre esté un paso por delante.

Los pensamientos se encadenan unos con otros como los eslabones de la cadena de un ancla. Desde la borda de la conciencia tiramos de la larga cadena de los pensamientos para dejar sobre el suelo de la cubierta los eslabones hasta entonces sumergidos en el inconsciente. Es una cadena infinita, pues el ancla nunca llega a tocar fondo. Esto nos hace navegar por el inabarcable cosmos sin un rumbo fijo y durante toda la eternidad. Nuestra vida terrenal no es más que un limitado viaje entre Oriente y Occidente arrastrados por la incesante corriente de los acontecimientos y bajo la constante amenaza de un inesperado hundimiento. Lo mejor es hacer como los buenos marineros: disfrutar del viaje y guiarnos por las estrellas. Me gusta imaginar, a las personas que me han inspirado, -como Whitman o sus amigos Emerson y Thoreau-, semejantes a “orbes y sistemas de orbes moviéndose libremente por los espacios de este otro cielo, el intelecto cósmico, el alma” (Walt Whitman). Ellos son las estrellas de las que me sirvo para seguir mi viaje.

REGRESO A CEUTA

Ceuta, 29 de agosto de 2016.

De nuevo en Ceuta. Esta mañana hemos salido muy temprano de Granada. Cuando he ido a abrir el coche para cargarlo con el equipaje he fijado mis ojos en el firmamento, que anunciaba la pronta llegada del sol. Sirio brillaba en todo su esplendor y, cerca de esta estrella, la constelación de Orión estaba perfectamente dibujada en el cielo. En ese instante, me ha venido a la mente el libro que hace poco he leído: “Código Egipto”, de Robert Vaubal. Según este investigador, Sirio y el cinturón de Orión eran las estrellas más apreciadas por los antiguos egipcios al representar, respectivamente, a la diosa Isis y a su esposo Osiris. La presencia de ambos en el firmamento era el símbolo inequívoco de la crecida fertilizante del Nilo.

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Tras unas cuantas horas delante del volante, y ya en el barco, he visto en el grupo de aficionados a las aves un mensaje que alertaba del impresionante paso de rapaces por Ceuta. Y, efectivamente, al desembarca en la ciudad he observado un elevado número de abejarucos y milanos volando sobre Ceuta. Incluso desde la ventana de mi cuarto las he visto pasar con sus espectaculares vuelos. Aunque estaba cansado del viaje he venido hasta el mirador de Benzú para observar el paso de las aves y, de camino, contemplar la puesta del sol desde este privilegiado mirador.

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Son ahora las 20:25 h. Quedan apenas veinte minutos para la caída del sol. Sopla un suave viento de poniente, cálido y seco, que trae hasta mí el mentolado olor de los eucaliptos cercanos. El mar está en calma y a los lejos diviso la isla de las Palomas.

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A los pies de la majestuosa figura del Atlante dormido el sol reposa antes de iniciar su descenso al inframundo. Su fuerza no es la de semanas anteriores. Veo como su rostro se deforma adoptando un perfil que parece humano. No distraigo mi mirada de su antropomórfica cara que desaparece en mitad del Estrecho.

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Las nubes dibujan una corona de duelo sobre el lugar en el que el sol ha muerto. Cuando parece que todo ha terminado se enciende una intensa luz roja en el horizonte. Una luz que corresponde al color de las llamas del mismo Hades que se hacen visibles al abrir sus puertas para recibir al sol. En cuanto el rey astro ha entrado las puertas del infierno vuelven a cerrarse y yo regreso a casa.