AZOTADO POR EL VIENTO DE LEVANTE

Ceuta, 30 de noviembre de 2016.

Estando en casa he sentido la llamada de la naturaleza a través del huracanado viento de levante. Al refugio de la Torrecilla, que da nombre a la playa, me he puesto de pie a escribir. El viento no tiene piedad conmigo. Me zarandea con fuerza mientras intento mantener el bolígrafo pegado a la libreta. Las gafas están llenas de salpicaduras de agua marina y mi chaqueta se hincha con un globo. Temo en cualquier momento puedo echar a volar. Es imposible ponerme la capucha.

El mar está encrespado mostrando una energía incontenible. A duras penas me sostengo de pie. Hacía tiempo que no veía al mar tan enfadado, y a la vez tan salvaje y hermoso. Las olas toman varios metros de altura y deja sobre la orilla una densa espuma blanca.

Me empieza a doler el cuello por el empuje del viento. No podré aguantar mucho más rato en este lugar.

Las nubes se abren para que salga el sol. La naturaleza quiere que me quede y decide calentar mi cuerpo, pero sería mejor que dejara de azotarme de esta manera.

El ruido es ensordecedor. Suena con una cascada que se ha engullido los guijarros.

Las gaviotas no parecen inquietas. Aguantan de manera estoica el incesante empuje del viento. Parece que el oleaje les trae alimentos. No puedo menos que sentir admiración por ellas, y un poco de sana envidia.

El color del mar es verdiazulado con ligeros matices marrones que le aportan las algas que lleva en sus entrañas.

PERSIGUIENDO A UNA LIEBRE EN EL CIELO

Ceuta, 13 de enero de 2017.

Estoy sentado delante del ordenador debatiendo conmigo mismo sobre la conveniencia o no de salir esta mañana a pasear. Pido a los dioses que me envíen una señal. Y lo hacen. Cuando me asomo por la ventana del estudio contemplo, maravillado, a una liebre, que en forma de nube, corre hacia el sureste. Busco con rapidez la máquina fotográfica, pero al volver a asomarme ya no está. Decido ir a investigar de dónde venía y adónde iba.

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Con la vista puesta en la cumbre del Hacho subo con gran prestancia la empinada cuesta. Las piernas me pesan como si fueran de plomo, pero según asciendo me desprendo de la pesada carga del sedentarismo de los últimos días.

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Al llegar a los pies de la fortaleza del Hacho fijo mi mirada en la cumbre del Yebel Musa, que me recuerda al mismísimo Yokohama cubierto de nieve. El Atlante dormido, demostrando su titánica fuerza, ha parado el avance de las nubes, que sólo encuentran escapatoria por el Estrecho de Gibraltar. Huyen a toda prisa, temerosas de que el Atlante observé sus escaramuzas y les impida continuar su viaje. Es un espectáculo fascinante contemplar el inacabable desfile de las nubes.

El viento, que hoy sopla de norte, no sólo desplaza las nubes, sino que también me trae deliciosas fragancias. El olor más intenso es el de la hierbabuena que tengo delante. Pienso llevarme algunas hojas para prepararme un té moruno después de comer. Las hierbas sobre las que me siento a escribir también huelen muy bien. Han sido cortadas recientemente y desprenden sus agradables y sanadoras esencias.

Un gran murmullo llega desde Ceuta, resultado de la mezcla de viento, el aire y los ruidos propios de una ciudad. Me gusta tomar distancia con lo urbano, con sus prisas y constantes llamadas de atención. Aquí lo único que me distrae son el canto de las aves y el cimbreo de las hojas de los árboles por el viento.

…En este instante, las nubes detenidas por la mano del  Atlante toman altura y avanzan con decisión sobre Ceuta. El frío viento norteño sopla con fuerza. Son las 12:00 h y empiezan a escucharse al unísono el repicar de las campanas de las iglesias cristianas. Me preparo para sentir el tradicional cañonazo de las doce. Su cercano estruendo me hace temblar, como también lo hago por el frío. Decido seguir mi camino, hacía donde luce el sol. La mayor exposición a los rayos solares  hace que las campanillas hayan brotado con fuerza sobre la tierra quemada hace algunos meses.

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Experimento con mi escritura y mi fotografía. Me sitúo delante de las ennegrecidas ramas de los arbustos para describir lo que veo. Y lo que contemplo es el milagro de la vida. En la misma base de un lentisco quemado está naciendo un nuevo ejemplar. La vida se renueva de manera constante.

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Doblo la esquina del baluarte de San Antonio y,  sin dejar de escribir mientras ando, me introduzco en la penumbra de la vetusta fortaleza.

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Los árboles me hablan y bailan para mí siguiendo el ritmo impuesto por el viento.

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Me dicen que celebran mi presencia y se alegran de que, por fin, alguien se acuerde de ellos. Saben que yo soy el único que puede darles vida a través de mis palabras escritas.

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Me entregan, como regalo, dos pequeños hojas que recojo y guardo con cariño entre las páginas de mi libreta. También me protegen del frío viento.

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Los helechos parece que quieren tomar la fortaleza por asalto y ascienden de manera discreta por sus verticales paredes.

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…Un halo de misterio rodea esta sombría cara del recinto amurallado. Noto la presencia de las ninfas y genios del lugar, pero no siento inquietud ni miedo. Prefiero dejarme llevar por el momento. El eucalipto que tengo delante cruje como las cuadernas de un barco atravesando un temporal.

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Llego al final del camino que rodea al Hacho contento de lo percibido y sentido. Inicio mi regreso a casa atravesando el parque de San Amaro. La primavera parece que se ha adelantado. El color verde y amarillo han vuelto al campo.

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Las flores de las jaras  están secas. No obstante, sus hojas empiezan a recuperar su acostumbrado brillo y tacto pringoso y a desprender el intenso olor que las caracteriza.

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Me entretengo disfrutando con el llamativo color verde del eneldo, con el olor de las hojas de las diferentes especies de plantas que podemos encontrar en el parque y con sus variadas formas y tonalidades.

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El mar tiene motivos para estar enfadado conmigo. Hoy no he hablado de él. He preferido dejarlo para el final. Sentado bajo un hermoso pino, cuyas raíces han creado un cómodo asiento, observo las olas que van a morir a la playa de San Amaro. La desacostumbrada dirección del viento hace que el mar incida directamente sobre la costa norte de la ciudad, como si quisiera separarla de la parte que la une al continente africano. Desea cumplir el sueño de Ceuta de ser una extravagante isla flotando por el ancho mar a merced de los cambiantes vientos.

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…Experimento esta habitual sensación íntima de estar viviendo un momento mágico. No existe, para mí, más tierra que Ceuta; ni más tiempo que el que ahora experimento. Esta bahía que contemplo es mi particular ínsula de Barataria, y yo soy su rey y único habitante. Mi única compañía son las aves, los árboles y el mar. Todo lo demás es accesorio para mí.

UNA PUERTA ABIERTA A LA ETERNIDAD EN LA CALA DEL AMOR

Ceuta, 7 de enero de 2017.

Después de mucho tiempo de contacto a través de Facebook, hoy he quedado con Miguel Ángel Domínguez Cebey para ir a tomar fotos. Le gustó las imágenes que el otro día publiqué de la Cala del Amor y estaba interesado en conocer este lugar. Quedamos bien temprano para que nos diera tiempo a contemplar el amanecer. Nos tomamos un café en el bar de la Plaza de Azcárate antes de partir hacia el Sarchal. Ya en la conocida barriada bajamos por la sinuosa escalera que da acceso  a la cala del Amor. Mi amigo Miguel Ángel no conocía este acceso, a pesar de haber pasado por este sitio en innumerables ocasiones. Según descendíamos hacia el litoral, la emoción de Miguel Ángel iba en aumento, y la mía también, a pesar de que este lugar se ha convertido en punto que frecuento con mucha asiduidad. Por mucho que observo este paisaje siempre descubro detalles nuevos.

El fondo del escenario de la cala del Amor es de una belleza sublime. Los distintos planos de los gneis del Monte Hacho sirven de soporte a una exuberante naturaleza y a importantes elementos de interés patrimonial como la torre del Cardenillo, el portillo de Fuentecubierta o el santuario de Sidi bel Abbas. No obstante, el componente principal de este extraordinario paisaje es el mar.

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El fuerte viento de levante que azota con fuerza hoy a Ceuta tiene al mar encrespado. Es tal su fuerza que nuestros cuerpos cimbrean con débiles cañas. Con gran dificultad mi amigo Miguel Ángel consigue asentar su trípode. Mientras que él coloca su equipo fotográfico, yo exploro con la mirada el horizonte buscando la salida del sol.

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De repente, en una estrecha franja situada entre la línea del horizonte y las nubes veo asomar la parte superior del astro rey. Es como una enorme gota de oro recién salida del crisol manejado por Vulcano. Su borde rojizo es una irrefutable prueba del tiempo que ha permanecido en el horno de los dioses. Su incandescencia es transmitida a las nubes que arden adoptando un vivo color rosáceo, el mismo que queda reflejado sobre la superficie marina.

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Estas mismas nubes se encargan de enfriar al ardiente sol que va devolviendo los colores al paisaje. El mar se vuelve verdiazulado, con un cambiante ribete blanco formado por las olas del mar que golpean con gran fuerza  el litoral.

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La naturaleza mantiene su velo recogido sobre el horizonte para que podamos contemplar el perfil de la costa que tenemos enfrente. Por este pasillo de luz vuelan las gaviotas hacia oriente.

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Bajamos hasta el mismo borde del acantilado, donde el agua salpica nuestras piernas y las patas del trípode. Nuestros objetivos apuntan hacia Ceuta para fijarse en las olas que mueren con gran valentía sobre el cercano arrecife. El mar es una auténtica turquesa azul.

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A cierta distancia, lo que hace un par de días era una apacible piscina natural, hoy es un sonoro tambor debido a la fuerza del mar. El estrépito de las olas resulta ensordecedor. Parece que el mar disfrutar con este sonido, símbolo de su poder, y golpea las rocas con cada vez más potencia. El resultado son nubes blancas de salpicaduras que se mezclan con el verde y el azul del mar.

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Mis ojos se detienen en la espuma blanca que el mar deja sobre las rocas. Si pudiera la cogería con las manos para extenderla sobre mi cuerpo y así hidratar mi alma. Observo como esta leche celestial se derrama sobre las piedras y nutre las piedras. Ahora me explico la riqueza de minerales de este punto del litoral. La misma esencia del mar penetra hasta el interior de la montaña y luego rezuma por los poros de su piel el verde color de la naturaleza en forma de mineral de cobre.

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De forma inesperada, un ancho rayo solar consigue atravesar las nubes, como si fuera una lanza. Su luz penetra en la agitada superficie del mar iluminándola y mostrando su verdadero color. Veo en el mar un brillante cristal azul sin pulir que deja ver lo que esconde. Disfruto contemplando la naturaleza en este estado de salvajismo. Expresa su estado de ánimo sin formalismos. La luz de la verdad, representada por el rayo del sol, vuelve transparente el estado de ánimo de la naturaleza. No disimula nada, ni se esconde de nadie. Es sincera, habla sin tapujos, con la verdad por delante. Tampoco busca herir ni causar daño gratuito. La naturaleza no tiene dobleces, como si tenemos los humanos. Su corazón es puro, transparente, bondadoso. Transmite sabiduría y verdad para quien sabe escucharla. La naturaleza habla con quien reconoce que tiene su misma bondad y sinceridad. Sus leyes permanecen ocultas para las personas de oscuros sentimientos.

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La belleza es un atributo de la naturaleza visible por todos, pero que no todos disfrutan. Las mezquinas preocupaciones nos distraen de lo importante, que es aprovechar la oportunidad de vivir de una manera digna y plena. Necesitamos abrir el diafragma de nuestro objetivo vital para que penetre la luz divina que alumbra la naturaleza y el cosmos. De pie, delante de este espectáculo que ahora contemplo, dejo que la luz celestial penetre hasta el fondo de mi morada interior iluminando mi alma. Siento este momento de éxtasis que reconozco gracias a efectos fisiológicos como las lágrimas. He aprendido a reconocer y disfrutar de estos momentos en los que mi alma se expande para abarcarlo todo. Momentos en los que me siento uno con el todo. Me dejo llevar por los dictados de mi alma que es la que toma el control de mi voluntad. No soy es mi yo consciente el que piensa ni el que escribe. Algo dentro mí se despierta y echa a un lado a mi ego para expresar todo aquello que tiene que decir. Vivo en aquello que muchos califican de estado de gracia. Quienes han experimentado estos instantes de iluminación saben de lo que les hablo. Es una puerta que se abre a la eternidad y que te hace saber, más que creer.

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Cada día siento más necesidad de acudir a la naturaleza para penetrar por la puerta que se abre ante mí. Lo he dicho en anteriores ocasiones, y ahora me reafirmo: Ceuta es una puerta a la eternidad. No es la única, desde luego. Puede que haya tantas puertas como seres humanos sobre la tierra. Tan importante es ver la puerta, como portar la llave que la abre. No hay que buscarla muy lejos. Todos la llevamos en nuestro interior. Yo la descubrí gracias a Patrick Geddes, y he visto cómo funciona gracias a autores como Emerson, Thoreau, Whitman o Mumford.

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El interior del mundo interior, -que no es más que una extensión de mundo exterior-, tiene cuatro cámaras, unidas entre sí por puertas comunicantes. La naturaleza, como explicó Patrick Geddes a sus hijos en un día de domingo como hoy, está esperándonos fuera y dentro para guiarnos, si nosotros nos acercamos a ella. Tal y como dejó escrito en uno de sus poemas Ralph Waldo Emerson, “en la Tebas de cien puertas cada cámara era una puerta, abriéndose a otras más grandes, de majestuosas paredes y vastos suelos”.

ABRAZADO A UN DRAGO SAGRADO

Ceuta, 6 de enero de 2017.

Cuando el otro día salí a pasear me quedé mirando los dragos existentes tras las Torres del Sarchal. Desconozco el motivo, pero sentí unas enormes ganas de ir a verlos y abrazarlos. Todo el día estuve pensando en este deseo que ayer hice realidad. Me acerque a la zona y hablé con los inquilinos de las casas en los que están situados los dragos. Amablemente me acompañaron hasta un abandonado y sucio jardín.

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Todo el suelo está repleto de botellas, plásticos, latas y restos de madera. No sabía dónde pisaba, dado la altura de la hierba, así que fui con sumo cuidado para no tropezar y caerme, o lo que podría ser peor: cortarme con algunas de las oxidadas latas que había por toda la zona. Al llegar a la base de los dragos me detuve a contemplar y fotografiar sus copas. Sus ramas  se asemejan a raíces culminadas en palmitos de frutos anaranjados.

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Es como un árbol al revés que en vez de nutrirse de la tierra lo hace del cielo. Por este motivo crece tan lento y vive tantos siglos. El drago es un árbol enraizado en el firmamento, de ahí que aspire a la eternidad y no al tiempo. Al abrazarlo sentí su calor, su savia rojiza que lo une a los humanos y al resto de mamíferos. Su sangre era considerada sagrada, mágica y curativas para los griegos, romanos y muchas otras culturas.

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Yo ayer me alimenté de la esencia de los dragos que se conservan entre basura en el Monte Hacho. Me hablaron de tiempos pasados. De las tumbas de los santos que existieron en este mismo lugar en época medieval. Incluso se remontaron mucho más atrás para hablar  de un paraíso natural que ahora conocemos con el nombre de Ceuta. Con los ojos cerrados pude ver a un Monte Hacho repleto de árboles sagrados, con flores y plantas mágicas, y aves exóticas. También contemplé manantiales inagotables de agua, de los que todavía quedan huellas entre los muros de contención de las torres construidas en este lugar.

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Estos árboles mágicos me hablaron también de un futuro posible. El de un jardín eterno y el regreso de la Gran Diosa. Este jardín ahora lleno de suciedad recuperaba su pasado esplendor y yo escribía entre estos árboles sagrados todos los días bajo su sombra e inspiración. Cumplía así mi misión de volver a darle vidas a estos dragos y a una Ceuta perdida debido a la insensibilidad de sus habitantes.

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Miré en el suelo y tan sólo encontré dos frutos: uno para Alejandro y otro para Sofía. Por la tarde, después de la cabalgata de Reyes, compramos tierra vegetal y colocamos las semillas en el interior de dos envases de yogurt. En estas semillas, en mis hijos y el resto de niños, reside la esperanza para el mundo que vislumbre abrazado a uno de los dragos.

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LA LLEGADA DE LOS REYES MAGOS

Ceuta, 5  de enero de 2017.

En la hora acostumbrada, entre las 7:30 y las 8:00 h, me he puesto a escribir. Antes de hacerlo me he asomado por la ventana para absorber la esencia del nuevo día que ya anuncia su llegada. Por el horizonte empieza a clarear el cielo nocturno tomando una tonalidad azul que me encandila. No hay ni una sola nube. En el firmamento aún es posible contemplar las estrellas más brillantes, como Antares y Spica, así como al imponente planeta Júpiter. En cuando les alcance la luz del día desaparecerán de nuestra mirada.

Hoy es un día muy especial para los niños. Los Reyes Magos llegan esta tarde a Ceuta y pasearán con sus carrozas y caballos por las calles de nuestra ciudad. Ver las caras de ilusión de los niños alegra el corazón. Ayer mi pequeña Sofía reclamó, muy excitada, mi atención: “Papi, papi. Mira, mira. Una estrella”, señalando la que ésta instalada junto a los muros de la fortaleza del Hacho. “Sí, Sofía. Es la estrella que anuncia la llegada de los Reyes Magos y se ha parado sobre el castillo del Hacho porque los Reyes Magos están a punto de llegar a Ceuta”, le dije.

La respuesta de Sofía me llegó al alma. Con los ojos encendidos de emoción me dijo: “¡Papá, un castillo de verdad! ¡Con princesa!”Claro, claro”, le contesté. “En su momento allí vivió una bella princesa con sus papis y sus hermanos,  pero ya no están allí”. Estoy seguro que mi hija estaba pensando en el castillo de princesas que ha pedido a los Reyes Magos.

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Esta conversación con mi pequeña Sofía, de tan solo cuatro años, me mostró la distinta manera que los niños tienen de mirar el mundo. Sin duda es una mirada inocente, ingenua, alejada de la cruda realidad, pero cargada de sentimientos, emociones y una desbordante imaginación. Su mundo interior está habitado por superhéroes, reyes y princesas, dinosaurios y otros seres fantásticos. Es muy importante, como aconsejó R.W. Emerson, cuidar la imaginación y quererla, sin permitir que la destierre el amor al dinero o las posesiones materiales. No debemos tampoco reprimir el entusiasmo. Como dijo Thoreau, en la madurez es fácil caer presa del desánimo. “la vida nos parece que no será más que algunos días como los que ya hemos vivido, pues no ser verá alentada por más amigos y amistas, sino, probablemente cada vez por menos…Creemos desanimados que lo que queda de la vida es esta experiencias repetida cierto número de veces, y así sería, si no fuera por la facultad de la imaginación”.

Nuestras experiencias vitales son las que alimentan y enriquecen nuestra imaginación. La naturaleza y el cosmos están repletos de símbolos con  los que construir un esplendoroso mundo interior. Un mundo en el que puede seguir viviendo ese niño que llevamos dentro. En la vigilia y en el sueño nos visitan imágenes de nuestro pasado individual, pero también del inconsciente colectivo, como lo denominó Carl Gustav Jung. Toda la memoria de la humanidad y del cosmos está incluida en nuestra mente. Llevaba razón Platón cuando afirmó que aprender es recordar. Y este día es importante que recordemos que un día nosotros también fuimos niños.

El desarrollo de la capacidad imaginativa es fundamental para la plena realización de la vida. Como dijo Lewis Mumford: “este es uno de esos periodos en que sólo los soñadores son hombres y mujeres prácticos”.

BREVE REENCUENTRO CON LA NATURALEZA

Ceuta, 4 de enero de 2017.

A las 12:00 h he salido de la casa con la meta puesta en la cala del Amor. He bajado hasta la misma entrada de la mina de cobre con la facilidad que hoy presta la bajamar. El mar está en calma y el sol pega con justicia. Su reflejo sobre el mar me impide ver con facilidad, pero me beneficio de su extraordinaria luz y su calidez.

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Escucho el borboteo del mar entrando en la galería y el deslizamiento del agua sobre las rocas. El conjunto musical es armonioso y relajante. El viento hace de moderador del calor permitiéndome gozar de este momento de acercamiento a la naturaleza. También me trae un intenso olor a sal marina. El aroma resulta embriagador. Huele a Ceuta, a una ciudad bañada por el mar y perfumada con sal y algas.

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Al levantarme para estirar las piernas y hablar con un trío de pequeños exploradores del litoral me he dado cuenta de que estaba sentado sobre miles de cristales de sal y de doradas calcopiritas. La geodiversidad de este lugar es impresionante.

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He encontrado en este rincón del Monte Hacho un auténtico paraíso para los sentidos y la curiosidad científica que siempre me acompaña. Es un  lugar mágico y sagrado. Cuando me disponía a regresar me he detenido a escuchar la llamada del muecín desde el cercano santuario de Sidi Bel Abbas. Este tipo de experiencias sólo es posible en sitios de encuentro cultural como Ceuta.

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En mi camino de regreso me he detenido durante algunos segundos a disfrutar de la bella imagen de los acantilados de la Rocha que aparecen cubiertos con una tupida capa de color verde. La vida misma rezuma de la tierra para recordarnos el poder revitalizador del agua traída por las lluvias otoñales.

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UN PROPÓSITO PARA EL AÑO 2017: ESCRIBIR MI DIARIO

Me he levantado a las 9:00 h. La noche ha sido mala. La nueva almohada es demasiada alta y las sábanas demasiado calientes. Además los gases del cava me han producido molestias estomacales. Ahora estoy aquí sentado, frente a la mesa del estudio. En este preciso momento llegan hasta mí los primeros rayos de sol de este año que acaba de comenzar. Nubes blancas algodonosas son arrastradas por el viento de levante. Las gaviotas vuelan mostrando ciertos nerviosismos y la sombra de sus cuerpos entran en mi casa a través de las ventanas.

El único propósito firme que he tomado para este nuevo año es escribir mi diario. Quiero que quede constancia de los aspectos siempre cambiantes de los días de mi vida  y de los millones de matices diferentes del paisaje. Deseo que mis libretas sean un verdadero diario donde quedan reflejados mis sentimientos, pensamientos y hechos. Pienso repetir todos los días el consejo del Padre Zossima, en los Hermanos Karamazov: “cada día y cada hora, cada minuto, camina a tu alrededor y obsérvate, comprueba que tu imagen es decente”.

Este diario recogerá los asuntos concernientes a mi segunda vida, la interior. Como dijo Lewis Mumford, debemos vivir unas veces en el mundo real, y otras veces en nuestras mentes; y aunque no podemos dedicar la misma cantidad de tiempo a la segunda que a la primera, podemos usar la economía de símbolos e imágenes, -como hacemos en los sueños nocturnos-, para concentrar parte de nuestras experiencias diarias en pocos minutos.

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Pensamiento y acción tienen que ir de la mano, pues, como resumió en su lema personal mi maestro Patrick Geddes: “aprendemos viviendo”. “Sólo pensando las cosas a medida que se las vive y viviendo las cosas a medida que se las piensa, puede decirse de un hombre y de una sociedad que piensa o viven de verdad”. Sin este constante tejer entre la vida interior y la exterior la vida se detiene y estanca.

Es sólo por una constante reflexión y evaluación por las que nuestra vida llega a ser plenamente significativa y propositiva. A esto podría añadir que cuando prolongamos los buenos momentos, manteniendo su sabor en el paladar, alcanzamos un sentido de completitud y plenitud que no es posible lograr por ningún otro medio. En este sentido mi diario recogerá, como lo llevo haciendo de manera menos constante desde hace varios años, el testimonio de las experiencias significativas que me otorga la naturaleza cuando me acerco a ello con admiración y sincera reverencia. Dejar pruebas escritas de estas experiencias me permite recordarlas y volver a degustarlas, así como me permite ofrecerlas a todas aquellas personas que deseen disfrutarlas gracias a mis palabras.

La práctica diaria de la meditación y la reflexión nos permite comprobar que no hemos perdido el rumbo de nuestra vida y, en caso contrario, abre la posibilidad a que podamos corregirlo o tomar nuevos derroteros. Este autoexamen diario requiere una forma, un tiempo y un lugar. La forma que yo he elegido es este diario; el tiempo, el final de la jornada; y el lugar, el salón o estudio de mi cada, aunque estos dos últimos aspectos puedan variarse en función de las circunstancias. Lo importante es mantener vida esta segunda vida que da la posibilidad de transmitir lo que es valioso del pasado y dominar con éxito el futuro. Gracias a este esfuerzo seré capaz de traer a mi existencia toda la energía y el conocimiento que he ido adquiriendo a lo largo de mi vida. De igual modo, evitaré, por este sencillo método, dejarme llevar por la marea, “moviéndome impotente hacia arriba y hacia abajo como una botella cerrada con un corcho que contiene un mensaje dentro que nunca puede llegar a la costa” (Lewis Mumford, La conducta de la Vida).

ABSORBIENDO LA ESENCIA DE GRANADA

Ceuta, 27 de diciembre de 2016.

Después de comer me acosté un rato bastante abatido. No he dormido nada dándole vueltas a la cabeza. Notaba cómo entraba en un espiral de pensamientos negativos que me arrastraban hacia un profundo abismo. Entonces encontré fuerza en la flaqueza. Me levanté. Me viste y preparé mis cosas para salir a contemplar el atardecer. Según caminaba mi ánimo se elevaba. El sol se encontraba en una posición más meridional que en verano y en un imparable descenso hacia el averno. Busqué un lugar en el que sentarme para contemplar el ocaso del astro rey. A un lado de uno de los senderos de la Vega de Granada observé unos grandes sillares de piedras reutilizados como parte de una acequia que bien podrían haber pertenecido a una construcción de la antigüedad. Era el sitio perfecto para sentarme y disfrutar del atardecer.

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Mi insistencia en mirar directamente al sol me cegaba, una situación que se vio atenuada por las nubes que se apoyaban sobre las colinas de Gabia. No sé si por efecto de las nubes o por la sobreexposición de mis ojos, el sol parpadeaba como si quisiera comunicarme algún mensaje antes de desaparecer tras las montañas.

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La franja de cielo alcanzada por los postreros rayos del sol se volvió de un intenso color dorado, al mismo tiempo que surgió una aureola rosácea por el curvo horizonte. Bandadas de aves parecían huir del fuego rojizo que se iba formando en el firmamento.

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Fue en ese momento cuando la franja de nubes que cubrieron el descenso del sol adquirieron la tonalidad de la fruta que da nombre a esta tierra: la Granada. La escena duró apenas unos segundos, tiempo suficiente para que yo la absorbiera como el zumo de Granada que tomé hace algunas semanas en Tetuán junto a mis amigos Diego Canca y Mhammad Benaboud. Pronto noté su beneficioso efecto: la alegría regreso a mi corazón y el entusiasmo a mi decaído ánimo. En ese momento entendí el mensaje del sol. Quería que permaneciera atento a su despedida antes de su merecido descanso. El relevo lo tomó Venus que, según la oscura noche avanzaba, brillaba con mayor intensidad. Siguiendo su figura llegué hasta el portal de mi casa.

PASEO INVERNAL POR LA VEGA DE GRANADA

Armilla (Granada), 25 de diciembre de 2016.

Como es costumbre en mí cuando vengo a Armilla, he salido a andar por la vega granadina. Los paisajes están muy cambiados en este comienzo de invierno. Los maizales están dorados, así como las hojas de los árboles. Al adentrarme en los caminos de la vega me paro a cada instante para contemplar la bella estampa compuesta por el intenso cielo azul de esta mañana y el límpido blanco de las cumbres de Sierra Nevada. El oscuro marrón de las tierras de cultivo contrasta con el verde de las plantaciones y el amarillo que ha dejado en el paisaje el paso del otoño.

Vega de Granada (25 de diciembre de 2016)

Vega de Granada (25 de diciembre de 2016)

Escucho a mi alrededor el graznido de las urracas y el leve piar de los verdecillos. A los pies de una hilera de enormes olmos discurre la acequia de la Tarramonta, como menos agua de lo que es frecuente. Nunca la había visto tan seca. A pesar de las lluvias otoñales el caudal de las arterias que nutren de agua a la vega no ha crecido como era esperable. Toda el agua que le falta parece que está almacenada en Sierra Nevada para su deshielo primaveral. Los únicos que se aprovechan de esta circunstancia son los verdecillos que se alimentan de los insectos que reposan sobre el ahora accesible fondo de la acequia. Van pegando pequeños saltos a lo largo de la acequia ajenos a mi presencia. Yo estoy sentado en un lateral de la canalización con los pies colgando sobre el agua y con el libro “Walden” de Henry David Thoreau en mis manos. Leo el capítulo de conclusiones y sigo su consejo de explorar los sentimientos y pensamientos que residen en mi interior. Experimento una gran serenidad sentado en este lugar escuchando el murmullo del agua que discurre bajo mis pies y observando los movimientos de los pájaros.

Acequia de la Tarramonta en la Vega de Granada (25 de diciembre de 2016)

Acequia de la Tarramonta en la Vega de Granada (25 de diciembre de 2016)

En este estado de profunda relajación medito sobre mis escritos. El destino de mis libros es desconocido, pero no debo esperar un éxito inmediato, ni siquiera lejano. Su función ya la han cumplido que no es otra que dejar testimonio de lo que he sido y de lo que he vivido. La naturaleza se merece que alguien hablé de ella con afecto y sincera amistad. Ella es siempre agradecida. En mi regreso a casa me escoltan varios verdecillos que van tomando el relevo hasta el final del camino de tierra.

LA NAVIDAD Y EL NACIMIENTO DEL FILIUS SAPIENTIAE

Armilla (Granada), 25 de diciembre de 2016.

Son las 8:00 h del Día de Navidad. Suenan las campanas de la iglesia de Armilla. Hoy me he levantado temprano para poder escribir antes de que se despierte la familia. Llevo varios días queriendo hacerlo, pero por una cosa u otra no he podido sentarme antes delante del ordenador. De lo que deseaba escribir es sobre el significado que para mí tiene esta fecha. Como le ocurre a la mayoría de la sociedad, la navidad ha perdido para nosotros su significado y sentido verdadero. La navidad, como ha sucedido como muchas otras tradiciones, se ha profanado por culpa del mercantilismo y consumismo. Presas del actual pancismo, estas fiestas han quedado reducidas a comer y beber en demasía, y a gastar una enorme cantidad de dinero en regalos. El único beneficiario de esta manera de entender las fiestas navideñas es el vigente sistema capitalista.

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Sin embargo, hay otro modo de sentir y vivir la navidad. La lectura del libro de Henry Corbin “Acerca de Jung. El buddhismo y la Sophia”, aunque no trate de la navidad, ha resultado muy enriquecedora para mí. Coincidiendo con la llegada del invierno he recibido claras señales de que debo fijar mi atención, de nuevo, en la figura de la Sophia gnóstica y en los trabajos de Jung sobre esta divinidad femenina. Ciertas ideas que no encajaban bien en mi mente han quedado perfectamente dispuestas ahora tras la lectura del mencionado libro. He entendido que el necesario matrimonio sagrado o hierogamia entre el principio masculino y femenino tienen lugar en nuestro interior, convertido en una acogedora morada para el espíritu una vez que hemos conseguido calentarlo gracias  a la intensificación del nivel de la consciencia. Dicho de otra manera, cuando en nosotros se despierta la consciencia del carácter divino que poseemos es el momento para el recibimiento de Sophia. El Cristo que somos y la Sophia que llega a nosotros se unen para que nazca un niño espiritual “que garantiza al ser espiritual una duración fuera de toda medida y limitación temporal”. Es entonces cuando comienza la segunda parte de nuestra vida.

Sophia, por tanto, se revela como la Virgen del invisible niño místico. El mismo niño que de manera simbólica situamos en el centro de nuestros Belenes y del que hoy celebramos su nacimiento. Tengo que confesar que es la primera vez en mis cuarenta y siete años de vida que entiendo el significado profundo y trascendente de la navidad. Me siento identificado con el niño Jesús, ya que yo también soy un niño espiritual de corta edad. Un niño que ha nacido de la madurez de un hombre adulto (Filius Sapientiae). Nací espiritualmente hace apenas cuatro años y todavía estoy dando mis primeros pasos. Soy un nuevo ser dotado de unos sentidos perceptivos mucho más sensibles, capaces de ver, escuchar, oler, palpar y saborear la vida de una manera desconocida antes para mí. No quiero vivir otra vida que no sea ésta. Tengo delante de mí un camino por recorrer y una misión que cumplir. Es un camino solitario, alejado de ideas preconcebidas y dogmas oficiales. Mi única compañía es mi Anima caelestis, la Virgen Sophia. Ella me ayuda a avanzar en la conformación de mi alma, pues la siento dentro mí.

Al sentir que Sophia opera sobre mí reconozco su existencia y el importante influjo que ejerce en mi vida. A pesar de esta nueva dimensión de mi vida, sigo siendo el que soy, pues, como dijo Jung sobre el hombre iluminado “eso que es nunca deja de ser otra cosa que su yo, un yo limitado frente a aquel que en él habita, y cuya figura, carente de límites conocidos, lo rodea por todas partes, profunda como los fundamentos de la tierra y vasta como el cielo”. Efectivamente, yo siento a Sophia en mi interior, pero al mismo tiempo percibo su invisible fuerza a mi alrededor y encarnada en todo lo que mis sentidos interiores y exteriores captan: en los cielos, en los paisajes que observo, en el mar, en los árboles y aves, en mis seres queridos y en todas personas con las que me cruzo en mi camino. Frente a lo limitado de nuestro cuerpo y al inexorable paso del tiempo experimento el sentido de lo infinito y lo eterno, sin llegar nunca a aprehenderlo en toda su complejidad. Tal y como concluye Henry Corbin en la obra de la que venimos hablando, nuestro objetivo no  debería ser otro que construir “un mundo en el que la socialización y la especialización no arrancaran las almas de su individualidad, de su percepción espontánea de la vida de las cosas y del sentido religioso de la belleza de los seres; un mundo en el que el amor precediera todo conocimiento, en el que el sentido de la muerte no fuera más que la nostalgia de la resurrección y uno seres humanos en que atendieran el llamado imperioso del Eterno Femenino: ¡Muere y transfórmate!.