ABSORBIENDO LA ESENCIA DE GRANADA

Ceuta, 27 de diciembre de 2016.

Después de comer me acosté un rato bastante abatido. No he dormido nada dándole vueltas a la cabeza. Notaba cómo entraba en un espiral de pensamientos negativos que me arrastraban hacia un profundo abismo. Entonces encontré fuerza en la flaqueza. Me levanté. Me viste y preparé mis cosas para salir a contemplar el atardecer. Según caminaba mi ánimo se elevaba. El sol se encontraba en una posición más meridional que en verano y en un imparable descenso hacia el averno. Busqué un lugar en el que sentarme para contemplar el ocaso del astro rey. A un lado de uno de los senderos de la Vega de Granada observé unos grandes sillares de piedras reutilizados como parte de una acequia que bien podrían haber pertenecido a una construcción de la antigüedad. Era el sitio perfecto para sentarme y disfrutar del atardecer.

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Mi insistencia en mirar directamente al sol me cegaba, una situación que se vio atenuada por las nubes que se apoyaban sobre las colinas de Gabia. No sé si por efecto de las nubes o por la sobreexposición de mis ojos, el sol parpadeaba como si quisiera comunicarme algún mensaje antes de desaparecer tras las montañas.

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La franja de cielo alcanzada por los postreros rayos del sol se volvió de un intenso color dorado, al mismo tiempo que surgió una aureola rosácea por el curvo horizonte. Bandadas de aves parecían huir del fuego rojizo que se iba formando en el firmamento.

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Fue en ese momento cuando la franja de nubes que cubrieron el descenso del sol adquirieron la tonalidad de la fruta que da nombre a esta tierra: la Granada. La escena duró apenas unos segundos, tiempo suficiente para que yo la absorbiera como el zumo de Granada que tomé hace algunas semanas en Tetuán junto a mis amigos Diego Canca y Mhammad Benaboud. Pronto noté su beneficioso efecto: la alegría regreso a mi corazón y el entusiasmo a mi decaído ánimo. En ese momento entendí el mensaje del sol. Quería que permaneciera atento a su despedida antes de su merecido descanso. El relevo lo tomó Venus que, según la oscura noche avanzaba, brillaba con mayor intensidad. Siguiendo su figura llegué hasta el portal de mi casa.

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