PASEO INVERNAL POR LA VEGA DE GRANADA

Armilla (Granada), 25 de diciembre de 2016.

Como es costumbre en mí cuando vengo a Armilla, he salido a andar por la vega granadina. Los paisajes están muy cambiados en este comienzo de invierno. Los maizales están dorados, así como las hojas de los árboles. Al adentrarme en los caminos de la vega me paro a cada instante para contemplar la bella estampa compuesta por el intenso cielo azul de esta mañana y el límpido blanco de las cumbres de Sierra Nevada. El oscuro marrón de las tierras de cultivo contrasta con el verde de las plantaciones y el amarillo que ha dejado en el paisaje el paso del otoño.

Vega de Granada (25 de diciembre de 2016)

Vega de Granada (25 de diciembre de 2016)

Escucho a mi alrededor el graznido de las urracas y el leve piar de los verdecillos. A los pies de una hilera de enormes olmos discurre la acequia de la Tarramonta, como menos agua de lo que es frecuente. Nunca la había visto tan seca. A pesar de las lluvias otoñales el caudal de las arterias que nutren de agua a la vega no ha crecido como era esperable. Toda el agua que le falta parece que está almacenada en Sierra Nevada para su deshielo primaveral. Los únicos que se aprovechan de esta circunstancia son los verdecillos que se alimentan de los insectos que reposan sobre el ahora accesible fondo de la acequia. Van pegando pequeños saltos a lo largo de la acequia ajenos a mi presencia. Yo estoy sentado en un lateral de la canalización con los pies colgando sobre el agua y con el libro “Walden” de Henry David Thoreau en mis manos. Leo el capítulo de conclusiones y sigo su consejo de explorar los sentimientos y pensamientos que residen en mi interior. Experimento una gran serenidad sentado en este lugar escuchando el murmullo del agua que discurre bajo mis pies y observando los movimientos de los pájaros.

Acequia de la Tarramonta en la Vega de Granada (25 de diciembre de 2016)

Acequia de la Tarramonta en la Vega de Granada (25 de diciembre de 2016)

En este estado de profunda relajación medito sobre mis escritos. El destino de mis libros es desconocido, pero no debo esperar un éxito inmediato, ni siquiera lejano. Su función ya la han cumplido que no es otra que dejar testimonio de lo que he sido y de lo que he vivido. La naturaleza se merece que alguien hablé de ella con afecto y sincera amistad. Ella es siempre agradecida. En mi regreso a casa me escoltan varios verdecillos que van tomando el relevo hasta el final del camino de tierra.

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