Armilla (Granada), 15 de agosto de 2016.
He salido de la casa a las 7:17 h. No he dormido demasiado bien. Estaba inquieto, quizás porque deseaba volver esta mañana a pasear por la Vega de Granada y no quería quedarme dormido.
El cielo está grisáceo. Pronto me doy cuenta de que las nubes de anoche siguen presentes. Con este filtro natural va a ser difícil contemplar el amanecer. Sin embargo, al doblar la curva que dibuja la acequia de la Tarramonta veo elevarse al sol por encima del Llano de la Perdiz. Lo miro todo lo fijo que me permite su cegadora luz, que esta mañana es de un monocromo tono amarillo.
Después de una hora andando ahora estoy sentado sobre un mullido colchón de paja frente a un majal de espárragos. Detrás de mí se ubica un antiguo secadero de tabaco tan tradicional de la vega granadina. Es una actividad agrícola en rápido retroceso. Pronto será uno de tantos oficios desahuciado por el fatídico progreso.
Hoy es un día festivo, el de la Asunción de la Virgen. De acuerdo al dogma cristiano este día se celebra el momento en el que el cuerpo y el alma de la Virgen María fueron conducidos al cielo tras su muerte terrenal. No es casualidad que esta fecha coincida con la desaparición de la estrella Spica debido al ocaso heliaco. Sin duda esta festividad se estableció por los primeros cristianos basándose en observaciones astronómicas milenarias.
Esta fiesta religiosa puede tener un sentido aún más elevado si la entendemos como una desplazamiento del arquetipo de la Diosa Madre desde el inconsciente hasta el reino de la consciente y, una vez allí, enlazado con el anima mundis.
Me siento en este instante como uno más de los pájaros que revolotean a mi alrededor y rebuscan semillas perdidas entre los terrones de tierra. Mi tierra es mi propio interior y en ella excavo buscando aquellos sentimientos y pensamientos que nutren mi vida efectiva y plasmo en mis escritos.
Retomo mi camino calentado por el cálido sol. Ando libreta en mano como si fuera un agrimensor, oficio que ejerció mi admirado Henry David Thoreau. Tomo detallada nota del estado de mis posesiones, pues todos estos paisajes que observo son míos. No poseo títulos de propiedad de estas tierras, ni falta que me hacen. Mi mirada es mi posesión más preciada y nadie me la puede arrebatar, pero, como soy una persona generosa, me complace en compartirla con los demás.
Me siento dónde me place y escribo sin parar al dictado de mi intuición. Ahora lo hago sobre una laja de piedra situada encima de una acequia seca. Escucho el particular graznido de una urraca y disfruto del vuelo de un par de golondrinas. A mis pies la vida no es menos incesante. Las hormigas entran y salen de manera afanosa de su guarida acarreando pequeñas ramas y comida. No parecen inquietas por mi presencia. Nada tienen que temer de mí.
Sigo alegre y feliz mi camino. Los rayos del sol devuelven los colores a la Vega de Granada. Las viñas vuelven a ser verdes, las calabazas naranjas, las espigas amarillas y las rosas rojas.
Estos mismos haces de luz solar inciden en las enormes hojas de tabaco iluminándolas y nutriéndolas. Como dijo mi maestro Patrick Geddes “vivimos gracias a las hojas”. El gran milagro de la vida comienza en las hojas de las plantas y los árboles. Sin el proceso fotoquímico que tiene lugar en ellas la vida, tal y como la conocemos, no existiría.
La aportación del ser humano a la naturaleza y al despliegue de la vida es insignificante y, en los últimos tiempos, destructiva. Nuestra capacidad imaginativa y creativa podría ponerse al servicio de la naturaleza para facilitar su intrínseco plan, cuyos fines y detalles no logramos captar ni entender. Contemplar a la humanidad desde una perspectiva cósmica podría hacernos comprender el extraordinario don que es la vida consciente. Toda la sabiduría cósmica que yace latente en nuestro inconsciente emerge lentamente hasta la realidad consciente, pero no termina de echar raíces duraderas a causa de las malas hierbas que nos rodean. Buscamos a nuestro alrededor banales ocupaciones que nos distraen de nuestra verdadera misión: la autorrealización. ¡Qué distinta sería la existencia humana si fuéramos conscientes de los tesoros que guardamos en nuestro interior! Conocernos es abarcar el cosmos, pues todo lo que hay dentro de nuestra alma es una extensión del macrocosmos. Cuando asumimos esta verdad muchas puertas se abren ante nosotros que nos conducen a la eternidad.
Encuentro particularmente hermosas las fotografías de esta entrada. Especialmente por los contenidos, por su objeto.
Muchas gracias por acercarte a este blog y dejar tu amable comentario. Celebro que te hayan gustado las fotografías y el contenido de esta entrada sobre la Vega de Granada. Yo vivo en Ceuta, pero estudié en Granada y mi familia política reside en Armilla. Siempre que voy a casa de mis suegros me gusta salir a pasear por la Vega para tomar fotografías y escribir sobre lo que me inspiran sus siempre cambiantes paisajes. Para mí Granada es mi segunda tierra. Un cordial saludo,
José Manuel Pérez Rivera