LA SEÑAL PARA EL CAMBIO

A los seres humanos, en general, no nos gustan los cambios. Preferimos lo malo conocido que lo bueno por conocer. Somos animales de costumbres. Los cambios  suponen modificar nuestra manera de percibir, sentir, pensar y actuar. Así que, siempre que podemos, optamos por la opción más conservadora. Tendemos, de igual modo, a idealizar el pasado. Nuestra mente filtra nuestros recuerdos y con lo que queda en el tamiz dibujamos una imagen nostálgica de lo que fuimos de manera individual y colectiva. Esta imagen idealizada es reforzada por las pinturas y fotografías que muestran la imagen de nuestra ciudad  en el pasado y de nosotros mismos cuando éramos jóvenes. Las guardamos de recuerdo, pero no solemos verlas. Nos duele reconocer las huellas que el tiempo va dejando en nuestro rostro y en nuestro cuerpo. Personas y lugares que aparecen en estas fotografías han desaparecido y esto nos entristece. Pero el tiempo pasa y no podemos hacer nada para evitarlo. Una ley general de cosmos es que todo está en continua transformación. El día sucede a la noche. El amanecer oculta a luna y las estrellas, aunque sigan ahí. Las estaciones se suceden unas a otras en un ciclo que viene repitiéndose desde hace milenios.  La vida está unida a la muerte, ya que, como nos recuerda el sabio Edgar Morin, lo que llamamos vida no es más que una permanente muerte y renovación de nuestras células.

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La dualidad en el cosmos, el contraste entre realidades antagónicas, es la que mueve al mundo. Entre estos elementos que pugnan se establece un equilibrio dinámico que permite el desarrollo de la vida. Durante miles y miles de años la naturaleza ha evolucionado manteniendo este equilibrio regulador. Gracias a esta evolución nosotros, los seres humanos, surgimos con una capacidad desconocida hasta entonces en la naturaleza: la de la conciencia. No ha sido un proceso repentino, sino también fruto de una larga y compleja  evolución psíquica. En los primeros estadios de la evolución de nuestra mente era el inconsciente el que dominaba al ser humano. Los arquetipos o ideales elementales descritas por Jung gobernaban la voluntad del hombre y la mujer. Precisamente el elemento femenino, estrechamente unido a la inconsciencia, dominó nuestras primeras etapas mentales. La naturaleza era la que permitía la vida suministrando  y del vientre de la mujer surgía la vida humana. De igual modo, la naturaleza era la que arrebataba la vida, ya sea por la enfermedad, por el ataque de animales salvajes, por la sequía o las inundaciones. Era necesario intentar controlar esta fuerza y lo hacían mediante cultos, rituales y sacrificios humanos o animales.

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Al principio el culto mágico a la naturaleza era de tipo animista o anicónico. Se adoraban lugares,  árboles o piedras. Casi todos los lugares de asentamiento fueron originalmente santuarios. Tal y como comentaba Lewis Mumford en “La Ciudad en la Historia”, “en la más remota reunión en torno de una tumba o de un símbolo pintado o de una gran piedra, se encuentra el comienzo de una sucesión de instituciones cívicas que van del templo hasta el observatorio astronómico, desde el teatro a la universidad”.  Estos santuarios o lugares de poder eran, a su vez, indicados mediante piedras a la que se adoraba. Eran los llamados betilos. Indicaban aquellos lugares por los que emanaba la fuerza de la Gran Madre. Ceuta, sin lugar a dudas, tuvo ese carácter de santuario de la vida.

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Hubo un tiempo en el que Ceuta fue un gran vergel. Una hermosa península cubierta por un frondoso bosque mediterráneo, con animales salvajes y manantiales cercanos como el de Beliunex. No es de extrañar que los primeros pobladores de Ceuta ocupasen las cuevas y abrigos de Benzú para, quien sabe, establecer el primer santuario de nuestra ciudad. Pero seguramente no fue el único punto sagrado que los primeros pobladores de Ceuta reconocieron, señalaron y frecuentaron. Nuestros antepasados tenían una gran capacidad, que hoy día la mayoría hemos perdido, de reconocer estos lugares de poder. Todos ellos tenían una serie de características comunes: buena visibilidad, una orientación solar singular, cercanía a manantiales, arroyos o fuentes y fuerza telúrica. No es fácil dar con las pruebas arqueológicas que avalen este carácter sagrado de ciertos espacios geográficos, pero a veces se tiene la enorme fortuna de encontrarlas o, más bien, ellas te buscan a ti.  Saben muy bien elegir a sus descubridores. Son “conscientes” de que para la mayoría de los investigadores o científicos quedarían como simples piedras u objetos singulares que inventariar, clasificar, dibujar, publicar en revistas especializadas y luego terminar en un oscuro almacén del Museo. Para mí son mucho más. Son símbolos de unas ideas arquetípicas de nuestro inconsciente que han sido fuertemente reprimidas durante los muchos milenios que llevamos de dominio del pensamiento y el poder patriarcal. Quizá, como opina Edward Whitmont en su obra “El Regreso de la Diosa”, ha sido una fase necesaria en nuestra evolución mental en la que la conciencia debía aflorar y permitir el pleno desarrollo científico, filosófico y creativo del ser humano. Pero hemos pagado un precio muy alto. Lo consciente u objetivo ha anulado o reprimido lo inconsciente o subjetivo. Nuestra parte femenina ha sido denostada y con ella todo lo que representa: la naturaleza, la renovación de la vida, el acogimiento maternal, la sensibilidad sensorial, la emoción, la intuición, la capacidad de síntesis, la imaginación y la inspiración que encarnan las Nueve Musas del Parnaso para lograr una vida digna, plena y rica.

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Estamos entrando en una fase decisiva de la vida en la tierra. La criatura más lograda que ha nacido del seno de la Gran Madre, el ser humano, ha entrado en una espiral antivital y  de  autodestrucción. Es urgente recuperar el sentido de la vida que es el que marca la espiral de la vida y para ello debemos renovar nuestras emociones más profundas, reeducar nuestra mente y recultivar la naturaleza. Necesitamos refortalecer el “animus” en las mujeres y el “anima” en los hombres.  Todo este proceso lleva tiempo en marcha y está encarnado en todas aquellas personas y organizaciones que trabajan por una educación distinta, por la conservación y protección del patrimonio cultural y natural, por la igualdad de género, por la ciencia y la filosofía, por el arte, por el amor, la sabiduría, por la solidaridad y la libertad, por la ética y la dignificación de la política y por la acción cívica. El cambio que representan estas personas y movimientos sociales  está obstaculizado por quienes encarnan la versión más radical del patriarcado y su ansia de poder que les lleva a despreciar la sensibilidad, la emoción, el pensamiento elevado, la creatividad, la bondad, la verdad y la belleza.

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El cambio del que hablamos no vendrá por la sustitución de un partido por otro en el gobierno de las naciones o de las grandes instituciones internacionales. Todos ellos están para defender lo instituido y llevan muchos siglos reforzando sus muros de manera que resultan inexpugnables desde fuera y son una cárcel para los que entran en su interior, aunque sea con las mejores intenciones. El hechizo del poder pervierte incluso a los mejores.

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No. El cambio sólo puede venir desde nuestro interior y tiene que ser asumido por todo y cada uno de nosotros. Es difícil, ya que, como decíamos al principio de este artículo, nos aterran los cambios, sobre todo cuando son profundos. La reactivación de ideas que laten en nuestro inconsciente puede lograrse con el gran poder que tienen las imágenes  y los símbolos.  Algunos de estos símbolos han permanecido ocultos durante siglos y ahora han vuelto a la luz. La Gran Madre ha regresado. Se han desprendido de su velo para mostrarnos todo su poder y su capacidad para la renovación de la vida. Avanza hacia nosotros sonriente y ofreciendo su fuerza para que seamos capaces de la definitiva transformación del ser humano. La señal para el cambio ha llegado.

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