DIEGO SEGURA, UNA MIRADA DESDE CEUTA

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Es para mí un gran honor poder escribir este retrato de Diego Segura visto desde Ceuta. Todas las personas tenemos muchos ángulos, tantos como amigos hemos ido atesorando a lo largo de la vida. La amistad es una de las formas de amor más apreciada. A los padres, los hermanos, los abuelos y demás familiares nos une un amor instintivo. Estamos unidos a ellos por vínculos sanguíneos, y en esto poco nos diferenciamos los humanos de las diversas formas de agrupaciones sociales animales. Pero la amistad es un amor que establecemos por nosotros mismos, a partir de lo que pensamos y somos. Un dicho popular lo resume en pocas palabras: “Dios los cría y ellos se juntan”. Cada persona toma el camino que el destino ha trazado para él y en su discurrir se cruza con la senda de otros seres humanos. Muchos pasan de largo. Otros se paran a conversar. Y sólo es cuando das con una persona especial, con un amigo, es cuando ambos deciden caminar juntos.

Cuando yo conocí a Diego Segura a finales de los años noventa, él ya había recorrido muchos kilómetros por el camino de la vida. Diego había partido del mismo punto que yo, Ceuta, algunas décadas antes de que yo naciese. Había pasado por Asilah, una luminosa ciudad amuralla de la costa Atlántica norteafricana, en la que estableció una relación muy especial con la naturaleza. La luz, las formas naturales, el viento, el mar, las bellas y estrechas calles de Asilah compusieron una sinfonía interior en el alma de Diego, que necesitaba expresarse en materiales imperecederos. De este deseo surgió su temprano interés por la arquitectura orgánica y, en general, por el mundo del arte.

Superada esta primera etapa del camino su vida, Diego se traslada a Barcelona para realizar estudios de arte en la Lonja, donde se graduó en la Escuela de Artes y Oficios en la especialidad de Decoración de Interiores y Diseño, actividad a la que se dedicó muchos años colaborando en el diseño de obras arquitectónicas y proyectos urbanísticos. Paralela a su carrera profesional mantiene un constante esfuerzo en su propio crecimiento personal, bebiendo de fuentes muy diversas, pero complementarias.  Diego emprende esta labor de evolución de la consciencia tratando de renovarse y perfeccionarse para ser capaz, al mismo tiempo, de transformar a la sociedad. Consciente de que este último propósito requiere de un compromiso colectivo participa en la creación del Taller 7.  Un proyecto que tuvo una gran repercusión nacional e internacional, aunque no llegó a dar todos los frutos que podía haber dado, sí que esparció muchas semillas que ahora están empezando a germinar en nuestro convulso mundo.

Diego siempre ha estado ansioso por compartir sus altos dones espirituales, intelectuales y artísticos con toda la humanidad. Y lo ha hecho siempre movido por el doble objetivo de transformarse a sí mismo y contribuir a mejorar la realidad circundante. Su vocación humanista y universalista forma parte de la propia genética de Diego Segura y tiene mucho que ver con su lugar de nacimiento: Ceuta. Yo conocí a Diego justo en el momento en el que trabajaba en su obra “Ceuta, punto de encuentro”. En ese momento yo había regresado a Ceuta después de terminar mis estudios de Prehistoria y Arqueología en la Universidad de Granada. Mis investigaciones sobre la historia de Ceuta me permitieron conocer la importancia geoestratégica de esta pequeña península asomada al Mediterráneo y al Océano Atlántico, pero no fue hasta entrar en contacto con Diego cuando empecé a entender la dimensión sagrada y mágica de esta ciudad.

Siempre he admirado de Diego su capacidad de síntesis y su impecable manera de expresar ideas complejas en los materiales más variados, incluyendo las palabras. Su proyecto  escultórico “Ceuta, punto de encuentro” nunca llegó a convertirse en una realidad tangible, pero la idea que subyace en esta iniciativa encontró su manera de expresarse en las acuarelas y pinturas de Diego. Tampoco pasaron de maqueta mucho de sus “Silbos”, que intentan materializar un elemento sempiterno en Ceuta como es el viento. Más suerte tuvimos los ceutíes con la iniciativa de Diego de plasmar otro elemento definitorio de Ceuta: el mar y las olas. Hoy en día quienes visitan Ceuta lo primero que se encuentran a desembarcar en nuestra ciudad es la magnífica “Ola” de Diego Segura.

Una idea que con mucha frecuencia acude a mi mente es la escasa cosecha de grandes artistas que ha dado Ceuta, con la excepción de Diego Segura y algunos otros pocos ceutíes. Ceuta tiene unas condiciones naturales inmejorables. Su geología, su flora, su fauna tanto terrestre como marina, es rica y exuberante. Su luz es deslumbrante. Su clima benigno y agradable todo el año. A lo que hay añadir unos bellos paisajes, una historia milenaria y una destacable diversidad étnica y cultural. Todas estas características hacen de esta ciudad norteafricana una tierra fértil para la creación artística. Sin embargo, ha faltado algo que Diego Segura tiene y a lo que ha dedicado uno de sus últimos trabajos: “el arte de ver”. Sí, sin duda, este arte falta en nuestro mundo y en Ceuta. Precisamente por haber sido Diego en su infancia, como el mismo ha escrito, “un niño delicado de salud, sensible y observador”, se despertó en él, a una edad desacostumbrada, los sentidos sutiles. Mientras que la mayoría de las personas tienen sólo oídos, él escucha. Todos tenemos ojos, pero Diego ve. Como dijo Henry David Thoreau, “no hay belleza en el cielo, sino en el ojo que lo ve”.

Lo cierto es que es casi un milagro que puedan surgir personas de la sensibilidad de Diego en el contexto de una sociedad que castiga a sus hijos encerrándolos entre cuatro paredes desde que comienzan en la escuela e ingresan en la universidad. Los sentidos de nuestros niños y niñas son mutilados por un sistema educativo que los aleja del contacto directo con la naturaleza y el cosmos. Diego, por el contrario, tuvo la suerte de gozar de experiencias significativas que despertaron en él una temprana sensibilidad por las formas y los cambios observables en la naturaleza. Pronto estableció un contacto directo y sensible con el cosmos que le hicieron amar la vida. Sus sentimientos de afecto y amor por la naturaleza no tardaron en transmutarse en el crisol de su alma en emociones profundas y, al mismo tiempo, elevadas. Nació así en Diego un deseo de trascendencia espiritual que le llevaron a adoptar una postura de compromiso ético ante la vida y la naturaleza. Gracias a su aludida capacidad de síntesis extrajo de diversas corrientes filosóficas los materiales con los que compuso su propia identidad y concepción de la cultura, entendida como el autocultivo del alma.

La expresión de la espiritualidad y la filosofía de vida de Diego Segura han requerido el diseño de su propio lenguaje simbólico.  Muchos de estos símbolos proceden de Ceuta, su tierra natal y  centro de sus pensamientos y sentimientos. La luz, el viento, el mar, la paleta de colores de los amaneceres y atardeceres en el Estrecho de Gibraltar, los olores de sus mercados, el tacto de sus murallas y árboles, el gusto de sus pescados y las especies de las comidas tradicionales de Ceuta, son los ingredientes principales de la obra de Diego Segura. La indiscutible genialidad de Diego reside en su capacidad de hacer de estos ingredientes, -que están a la vista de todos-,  obras artísticas destinadas a perdurar hasta la eternidad. Sus esculturas, sus acuarelas, sus pinturas, sus textos, sus diseños gráficos, toda su extensa producción artística, es un canto poético a la vida y a la belleza. Allí donde Diego ha vivido o trabajado se ha convertido en sagrado y mágico gracias a su arte y a su prodigiosa mirada. Esto explica que la Diputación de León haya querido dedicarle una exposición a toda su inabarcable obra artística. Los leoneses han sabido reconocer el gran beneficio que han recibido de la mirada mágica de Diego. Los montes y los ríos de León son más sagrados gracias a Diego. Ha unido con su corazón a dos tierras tan distintas como Ceuta y León. Su amor por la naturaleza de ambos territorios es lo que ha permitido un matrimonio sagrado consagrado en este catálogo.

La manera de percibir el mundo que tiene Diego, su excelso pensamiento, su misticismo, su arte, su desbordante imaginación, su vocación universalista, nos ha hecho a todos más sabios. Yo tengo la extraordinaria suerte de ser amigo de Diego y he podido disfrutar de su compañía en multitud de ocasiones. Siempre he tenido la sensación en nuestras conversaciones de estar hablando con una persona de una singular sabiduría. En mis libretas consta el resumen de algunas de nuestras charlas de sobremesa que guardo como un valioso tesoro. Su amor por la naturaleza, su compromiso con la defensa de los bienes comunes, su bondad natural ha sido y es una gran inspiración en mi vida. Me ha hecho creer en el valor de la palabra, en la importancia de la acción cívica sinergética y en el éxito ciudadano a la hora de cambiar el mundo. Cuando un grupo de personas nos animamos a crear el 15M ceutí, Diego estaba allí para decirnos las palabras justas y necesarias. Este movimiento, nos dijo, es la levadura que dará lugar a un mundo nuevo. Todo lleva su tiempo, pero el cambio es inevitable. Sin pretenderlo, Diego se convirtió en un gran inspirador del 15M ceutí. Todos lo arropamos en una de las exposiciones de arte postal de las que durante doce años Diego ha sido el inspirador y comisario.

Diego Segura es un gran inspirador para aquellos que aspiramos a una vida digna, plena y rica. Pertenece a esa selecta especie de hombres y mujeres que, como dijo Walt Whitman, no convencen tanto por sus palabras, como por su ejemplo. Tengo que reconocer que al principio de conocer a Diego no llegué a captar el sentido profundo de sus “silbos” y “pulsos”. Mis oídos no estaban entonces preparados para captar los grandes ritmos cósmicos, perennes, los eternos ritmos ondulados que están a nuestro alrededor y pocos escuchan. Diego los lleva escuchando toda la vida. Él escucha la música de las esferas porque ha sabido  convivir con el silencio y su inseparable compañera, la soledad, en su casa de Genicera. Por eso nunca se ha sentido solo.  Siempre ha tenido la compañía de los dioses y diosas, de las hadas, los duendes y los genios de los bosques. Su percepción de la totalidad es muy amplia, tanto como su mirada. En su alma cabe toda la tierra, toda la humanidad, todo el cosmos. No obstante, Diego ha mantenido un punto de referencia, un centro desde el que poder orientarse, y este lugar ha sido y es Ceuta. Esta ciudad es un punto de encuentro, como lleva defendiendo Ceuta durante toda su vida, que aspira a alcanzar su epopeya histórica. Diego es fruto de esta tierra, sus obras artísticas llevan alimentando nuestras almas mucho tiempo y sus semillas, diseminadas por muchos lugares, en especial las tierras leonesas, están  dando lugar a nuevos árboles hasta que formen un inmenso bosque.

Ralph Waldo Emerson dijo en cierta ocasión que “cuando la naturaleza tiene trabajo que hacer, crea un genio para que lo haga”.  Diego ha sido y es el genio que la naturaleza ha creado para conciliar hechos e ideas en principio irreconciliables como el hombre y la naturaleza, lo sagrado y lo profano, lo visible y lo sutil, la imaginación y la realidad, el arte y la cotidianeidad. Él ha sido fiel a su misión. Ha hecho lo que  él y solamente él podía realizar. Diego ha hecho visible lo invisible con la única ayuda de su luz interior. Una luz muy parecida en su intensidad y claridad a la que captaron por primera vez sus ojos al nacer en Ceuta. Él,  como escribió Emerson, “nació para distribuir el pensamiento de su corazón de universo en universo, para hacer una tarea de la que la naturaleza no puede privarse, ni él librarse de realizar y, entonces, sumergirse de nuevo en el silencio sagrado y en la eternidad de la que como hombre ha surgido”. Demos las gracias a la naturaleza por haber creado a Diego y a él por haber cumplido su misión más allá de lo bello y lo sublime.

PONIENTE

Ceuta, 21 de julio de 2017.

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He salido de casa a las 6:15 h. Al despertarme no he dudo un momento en vestirme y salir a contemplar el amanecer en este despejado día de poniente. Suelo acelerar el paso por las tardes cuando deseo despedirme del sol, pero hoy estoy corriendo para buscar a la noche. Su inherente oscuridad es la que me va a permitir disfrutar de la imagen conjunta de dos planetas asociados a la Gran Diosa: la luna y Venus.

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El cielo está tan limpio que es posible ver todo el perfil circular y la parte oscura del satélite de la tierra. La luna mira hacia donde dentro de media hora emergerá el reluciente sol. Por su parte, Venus, el lucero del alba, brilla con su intensidad acostumbrada. Ella siempre ha sido una referencia indispensable en mi despertar espiritual y sensitivo.

Hace años no prestaba la atención que ahora dedico a las conjunciones astronómicas y a esas sutiles percepciones que uno capta cuando nuestros sentidos están plenamente activados. Así he podido percibir la embriagadora fragancia de las damas de noche al introducirme en la barriada del Sarchal y el frescor de la noche que agazapado me esperaba para recibirme a la entrada del Camino de Ronda.

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En los apenas diez minutos que llevo escribiendo la luz matutina ha tomado posesión del paisaje. Las letras de mi libreta son ahora visibles y he dejado de escribir entre tinieblas. La luna y Venus aún resisten al empuje de la mañana, pero no creo que puedan aguantar mucho tiempo. Pronto quedarán ocultas tras la luz. Este fenómeno nos indica que la luz de la razón cubre con un velo el universo mágico y misterioso al que no siempre prestamos la atención que merece.

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Siento que no soy el único que espera expectante la llegada del sol. La naturaleza aguarda con paciencia que el astro rey le devuelva los colores que al atardecer recoge en su seno y se lleva con él al inframundo. Las piedras del camino sobre la que me siento ahora están frías como el tempano, pero al mediodía arderán como si el fuego estuviera en su interior. Este mismo ardor ha quemado las plantas que tengo a mi alrededor para despejar el camino a la llegada del próximo otoño.

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Una aureola rosácea empieza a dibujarse en un horizonte cubierto por una ligera bruma. Esta tonalidad es un aviso para quienes nos disponemos a disfrutar del amanecer. Por ahora los únicos que estamos en este lugar soy yo, las gaviotas y un escuálido gato que anda entre los riscos. Bueno, también están los mosquitos que no dejan de incordiarme.

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Puntual a su cita, fijada a las 7:21 h, ha llegado el sol con su cara alegre y dorada.

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A las 7:30 h el sol ha cogido suficiente altura para incidir sobre mi cuerpo, que proyecta una alargada sombra que apunta a Occidente. Como si fuera una lagartija madrugadora busco las primeras piedras iluminadas para aprovecharme del calor que trae el sol. Hace un instante se ha asomado por el camino una fuerte ráfaga de poniente que ha tirado el trípode de la cámara y me ha dejado helado. Cuando me despisto el aliento de Céfiro me empuja con fuerza como si quisiera que siguiera mi camino. Pienso hacerlo, pero antes quiero observar el efecto del amanecer sobre las escasas flores que han sobrevivido al paso del verano. Se trata de capullos tardíos de flor de árnica. Todos sus congéneres están secos, sin embargo, contienen vida. Al deshacerlos con mis dedos vuelan las semillas que traerán una nueva primavera. Estas semillas son arrastradas por el viento y caen sobre un suelo que las lluvias otoñales volverán a hacerlo fértil.

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El color dorado de las piedras sobre las que estoy sentado es el reflejo de la tonalidad del propio sol, como el azul del mar lo es del cielo. Yo mismo, en mi sereno estado de ánimo, no hago otra cosa que encarnar las sensaciones que transmite la naturaleza. Todo aquí es paz, serenidad y armonía. El espíritu del lugar deprende tranquilidad, hospitalidad y alegría. Lejos quedan las prisas de la vida cotidiana de los hombres y mujeres, sus afanes económicos y la complejidad de las relaciones sociales. Los sentidos anestesiados por la imparable recepción de estímulos visuales y sonoros recuperan su equilibrio en este maravilloso escenario. Aquí experimento conmigo mismo y dejo vía libre a mis sentimientos. La naturaleza me ayuda a progresar en mi autodescubrimiento. Este es el principal objetivo de mis investigaciones y la naturaleza resulta ser el laboratorio en el que experimento para hallar la fórmula de la felicidad. Soy feliz cuando logro avanzar en esta investigación que me permite conocer, al mismo tiempo, el mundo de adentro y el de afuera. No quisiera dentro ambos mundos sin conocerlos y sin hacer completado mi misión. Permanezco expectante ante mi destino esperando que otro hallazgo inesperado me haga avanzar en el camino de la vida y el esclarecimiento del espíritu de Ceuta.

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Retomo el camino y según lo hago noto que los únicos sonidos que escucho son los de mis pisadas sobre la tierra y el borboteo del agua que entra en las estrechas grietas de los acantilados. En las calas más abiertas el mar lame las rocas y las mantiene húmedas y llenas de vida.

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Camino de manera lenta, sin prisas, parando a cada instante para tomar una fotografía o fijarme en pequeños detalles. Paralelo a este Camino de Ronda trazado a comienzos del siglo XVIII discurre una avenida mucho más transitada que ésta. Ciento de grandes hormigas andan rápido en ambas direcciones transportando víveres. Algunas de ellas portan pesadas mercancías teniendo en cuenta el tamaño de sus cuerpos.

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Me llama también la atención los frutos del ricino, tan venenosos como bellos. Tienen un aspecto peludo. Las hojas no son menos sugerentes. Observo que no todas tienen el mismo número de puntas: las hay de nueve y de diez salientes.

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La sombra de la pasarela sobre la tierra batida del Camino de Ronda deja una imagen de gran atractivo fotográfico.

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Es tal el espesor de las chumberas que cubren las laderas del Hacho que no dejan espacios para otras especies vegetales. Las albahacas aprovechan un pequeño hueco junto al sendero para crecer, al igual que lo hacen algunos ejemplares de tabaco moruno con sus características flores en forma de alargadas campanillas.

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Los grillos chirrían de noche y de día. Cuando me acerco hasta donde están se callan y me observan. Al percibir que no supongo un peligro para ellos continúan su interminable concierto veraniego. Sobre el cielo vuelan en espiral un nutrido grupo de vencejos. No creo que podamos disfrutar mucho tiempo más de su presencia en el cielo ceutí. A estas horas, con el reflejo del sol en sus cuerpos, parecen de plata. Estas aves, junto a las golondrinas, son mis favoritas. Su llegada a comienzos de la primavera anuncian mi renacimiento y el de la naturaleza. Una joven gaviota da la impresión de que ha sentido algo de envidia por mi anterior comentario laudatorio sobre los vencejos y golondrinas y vuela a mi alrededor para llamar la atención. Bien sabe ella que presto mucha atención a los de su especie y que por su número son las reinas del cielo de Ceuta.

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La naturaleza no sólo la podemos disfrutar viéndola y escuchándola, sino también tocándola, oliéndola y saboreándola. Todavía no es tiempo de comer chumbos, que en Ceuta compramos por las calles a vendedores ambulantes que las portan en cubos llenos de hielo para mantenerlos frescos, pero todo el año podemos disfrutar del tacto pringoso de las albahacas y de sus característico olor.

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Una de las cosas más difíciles de describir son las fragancias de las plantas. Tienen tanta personalidad que no tengo con que compararlas ¿No ocurre igual con las personas? Hay quien tiene una personalidad tan marcada que no es posible compararla con  los demás. Como escribió Walt Whitman,  a pesar de todos los sinsabores de la vida contamos con algo tan valioso como nuestra identidad y la posibilidad que nos brinda la vida de contribuir a la eternidad con un verso original.

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Los escobones tienen un tacto muy distinto a las mencionadas albahacas. Sus ramas son suaves, tiernas y frescas, aunque carecen de un intenso aroma.

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Me cruzo también en el camino con algunas tagarninas completamente secas y con su acostumbrado carácter pinchudo. Las zanahorias silvestres que en primavera lucen su blancura ahora se confunden con el color marrón de los gneis del Hacho ¡Y qué decir de las viboreras que hace pocos meses llenaban los campos de Ceuta con su peculiar y llamativo color lila! Ahora están completamente secas.

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Las más bellas y poéticos de las plantas que pueden verse en el Camino de Ronda son las pitas. En esta época del están en flor y lucen un intenso color amarillo que recuerda al mismo oro. Pero se trata de una riqueza efímera, ya que florecen una sola vez en su vida y mueren tras la floración. Sus verdes y alargadas fustes ruedan sobre las laderas del Hacho como las columnas de un arruinado templo clásico.

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Entre una acacia y un pino veo la imagen del faro de Ceuta. Es impresionante los matices de verde que podemos observar en las hojas de la acacia dependiendo de la luz solar que reciben. Las más expuestas están amarillas como el mismo sol, mientras que las más refugiadas lucen un intenso verde. Esto demuestra que el sol es el maestro de todos los pintores. Las hojas de las acacias me recuerdan mucho a la de los helechos que tanto abundan en la cara norte del Monte Hacho y en García Aldave. Son las plantas más antiguas y misteriosas de la tierra.

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Un ejemplar de torvizco o matapollos ha crecido a la sombra de la acacia y el pino canario. Su floración es muy tardía, como si no tuviera prisa o el tiempo no fuera con él. Por el contrario, las zarzamoras son puntuales. Ya están mostrando sus frutos y negros y rojizos que pruebo con gran placer. Las zarzas son muy celosas de sus frutos y hay que cogerlos con cuidado si no queremos pincharnos los dedos. Me encanta observar aquellas ramas de zarzamora en la que coexisten las flores primaverales y las moras veraniegas.

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Los lentiscos y los brezos, junto a las albahacas, escobones y jaras, son las plantas que mantienen el vivo color verde del campo durante todo el año. Algo que no puedo decir de los acantos secos cercanos a la playa del Desnarigado. Llego a esta cala a las 10:10 h. He tardado casi cuatro horas en recorrer un trayecto que sin parar y a un ritmo normal no llevaría más de un cuarto de hora. Aun así tengo la sensación de que he dejado de ver muchas cosas. Miles de Ceuta quedan por descubrir a lo largo de este antiguo camino.

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Al llegar a la cala del Desnarigado me he dirigido a la punta oriental sobre la que me siento a desayunar. No tengo nada en el estómago, excepto las pocas moras que he tomado cerca de aquí. Ha sido terminar de comerme el bocadillo y el curioso sol se ha asomado por el castillo del Desnarigado para ver que hacía. Le digo que no hago otra cosa que cantar las maravillas de la naturaleza. Aprovecho también para agradecerle que venga a calentar este sombrío rincón de la bella cala del Desnarigado. Este es buen lugar para reflexionar sobre algunas de las lecciones que he aprendido de la naturaleza. La que me ha resultado más interesante es aquella que nos enseña que la diversidad de los caracteres de las plantas se parece mucho a los seres humanos. Las hay suaves y discretas, pringosas y olorosas, pinchudas y secas, alegres y distraídas, exuberantes y generosas, heroicas y aprovechadas. Todas ellas, en conjunto, reflejan la identidad de la naturaleza de Ceuta. Una personalidad otorgada por el Alma Natura a esta tierra de encrucijada entre Europa y África, entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico. Conocer la personalidad de Ceuta y la procedencia del alma que la anima, nunca mejor dicho, es mi gran obsesión. Esta última resulta intangible, inabarcable, pero no por ello irreal. Puedo sentirla como siento el viento, el calor, el olor a mar, pero no tocarlos. Percibo el alma de Ceuta en su cegadora luz, en su mar, en sus brisas, en sus paisajes, en sus rocas, en sus animales y plantas y en su patrimonio cultural.

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…Llega un niño de unos ocho o nueve años de edad y me pregunta: ¿Qué eres? Sin pensármelo dos veces le contesto que escritor. Es la primera vez que me presento con este título, al que acto seguido añado el de arqueólogo. Le pregunto que si sabe a lo que nos dedicamos los arqueólogos  y me dice que lo desconoce. Con palabras sencillas le explico en qué consiste el trabajo de un arqueólogo y noto el interés y el entusiasmo en su cara. Me cuenta que su abuelo se llamaba Mohamed y que estuvo trabajando en el museo. Después de unos minutos de conversación se despide de mí, pero por poco tiempo. A los pocos segundos vuelvo con dos amigos que quiere presentarme. Uno es de Castillejos y el otro de Rabat y ambos son alumnos del centro de menores “La Esperanza”. El más mayor, el de Rabat, me pide que le cuente la historia del castillo del que le he hablado a su amigo señalando a la fortaleza del Hacho.

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Les invito a estos tres niños a que se sienten a mi lado. Gracias a unos dibujos que improviso en  mi libreta consigo explicarles cómo se forma un yacimiento arqueológico. También les hago un bosquejo de la geografía de Ceuta. Con estos conocimientos previos y básicos empiezo a construir un rápido relato de la historia de esta ciudad. Poco a poco llegan más niños, junto a sus monitores, y cuando quiero darme cuenta estoy rodeado de niños y niñas mientras imparto una improvisada charla sobre el patrimonio natural y cultural de Ceuta. Pocas veces he disfrutado de un público tan atento y agradecido. Me siento como el profesor John Keating del Club de los Poetas Muertos.

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“Casualmente” uno de los monitores me pregunta si conozco a la asociación Septem Nostra y al decirle que soy su presidente se pone muy contento. Lleva tiempo intentando dar con nosotros Ha estado incluso en mi antigua casa de los Rosales buscándome. Es estudiante de Ciencias Ambientales y de Ciencias del Mar y desea colaborar con nosotros. Me ha facilitado sus datos, así que lo llamaremos para que venga a visitarnos al Museo del Mar y hablemos de las posibilidades que podemos ofrecerle para colaborar con nuestra asociación. Considero un motivo de alegría que haya gente joven y formada con ganas de trabajar por su tierra.

Un chico de nombre Nayim, acogido por la asociación Digmun, no se separa de mi lado. Quiere que le siga hablando de arqueología. Lo noto muy interesado. Es como si hubiera contemplado por primera vez un mundo desconocido. Le animo a que se esfuerce en los estudios y luche por el sueño de convertirse algún día en arqueólogo- Con este mensaje me despido de él y del resto de niños y niñas con los que he pasado un rato magnífico.

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Pretendo bañarme en la playa para refrescarme, pero resulta imposible hacerlo. La orilla está impregnada de un mancha rosácea que al verla de cerca descubro que está formado por cientos de medusas.

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Descartada la opción del baño me dirijo a mi siguiente destino que es la poza situada a los pies del llamado “Salto del Tambor”. Aquí plasmo por escrito mis últimas experiencias y pensamientos. Son las 12:30 h. Llevo seis horas en la naturaleza y tengo la sensación de que no ha durado más que un parpadeo de ojos. El sol me persigue allí donde voy y no deja ni esquina sombreada en la que refugiarme de sus calurosos rayos. Encuentro un pequeño abrigo natural en el que me siento para seguir escribiendo. La belleza de este rincón está tristemente profanada por toda la basura que algunos desaprensivos han dejado en este lugar.

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En mi camino de regreso a la playa del Desnarigado contemplo la cristalización de la sal marina, muy similar a las geodas negras que identificó a unos metros. Una observación atenta de las verticales paredes del extremo occidental de la cala me permite localizar algunas marcas de cantería y signos evidentes de la presencia de hierro en estos afloramientos de gneis. En la misma playa, y junto a la muralla que cierra la cala, redescubro abundantes fragmentos de escorias de fundición y ladrillos de hornos con la marca “F”. Parece muy probable que estemos ante otro punto de extracción y manipulación de mineral de hierro en el Hacho.

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Subo por las empinadas escaleras que conducen al castillo del Desnarigado.  Desde allí emprendo la etapa final de mi excursión matutina. Al doblar la punta del faro el viento de poniente sopla con inusitada fuerza. Acelero el paso ya que se acerca la hora del almuerzo y he quedado con mis padres a las 14:30 para comer con ellos. No obstante, no puedo evitar pararme para tomar algunas fotos, como la de un pino solitario que cuelga cerca de Punta Almina con la mirada fijada en el mar Mediterráneo.

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Al pasar cerca del cementerio de Santa Catalina veo que se abre un camino que conduce al parque periurbano “Teniente Morejón Verdú”. No lo había visitado hasta ahora. Siempre me ha parecido una aberración lo que han hecho en este lugar. Para acabar con un vertedero infesto de basura crearon un segundo cargándose un hermoso pinar. No me gusta nada el diseño de este parque con un puente descomunal que termina en un banco de picnic con vistas al cementerio y donde llegan los olores de la incineradora y la estación de tratamiento de aguas residuales.

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Más atractivo resulta el camino que discurre por los bordes del antiguo vertedero. Desde este sendero puede verse unas espectaculares imágenes del Estrecho de Gibraltar en el que hoy sopla un fuerte viento de poniente, tanto que me cuesta andar de cara al frío aliento de Céfiro. Caigo en la cuenta de que está es la cara de la ciudad más habitada y habitable tal y como testimonian los numerosos restos de murallas y fortificaciones que me encuentro en la parte final de mi paseo en este día de poniente.  Pienso entonces que mi próximo proyecto va a consistir en recorrer todo el perímetro costero desde Punta Almina hasta Benzú.

CAMINANDO CON HENRY DAVID THOREAU EN EL BICENTENARIO DE SU NACIMIENTO

Ceuta, 12 de julio de 2017.

He salido de casa a las 6:10 h de la madrugada. Hoy es un día importante para mí. En esta jornada se conmemora el bicentenario del nacimiento de Henry David Thoreau. Coincide también que hoy hace un año que llevé a cabo mi proyecto “El Día de mi vida”. Aquel día no sabía que era el mismo del nacimiento de Henry. Fue una “casualidad”, aunque ya sabemos que la coincidencias no existen y sí las sincronicidades.

Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

Cuando he iniciado mi andadura todavía era de noche. Entre las nubes, y en su camino hacia Occidente, he contemplado a una luna que en estos días la noto alegre y sonriente. Debe estar contenta por el hecho de que uno de sus hijos más queridos, Henry David Thoreau, empieza a ser reconocido. Viniendo para acá iba escribiendo mentalmente, en el gran cuaderno que lleno dentro, que Henry, más que un escritor, era un prodigioso profeta. Él fue el portador de un mensaje de los dioses en el que nos animan a vivir de una manera plena, digna y deliberada. Si se hubiera limitado a escribir libros este mensaje apenas habría trascendido. Su principal mérito fue vivir conforme a sus ideales y seguir la voz que aclamaba en su interior procedente de los reinos celestiales.

Pensaba en la dimensión profética de Henry cuando al doblar una de las curvas del sendero que circunda el Monte Hacho he visto a un pequeño gazapo junto  a la cuneta. Por unos segundos nos hemos quedando mirándonos fijamente, como el que reconoce a un amigo que hace tiempo que no ve. Más adelante, sobre las desnudas paredes de la montaña, observo las rápidas lagartijas correteando. De alguna manera, la vida se derrama, como el agua en el cercano arroyo de Fuentecubierta, por las laderas del Hacho a estas primeras horas de la mañana.

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Sin parar ni un instante he llegado al fuerte de Punta Almina a las 7:00 h, quince minutos antes de la salida del sol. En este balcón que se asoma al Estrecho de Gibraltar el viento de levante que sopla hoy se aprecia de manera notable. He esperado de pie, junto a la cámara fotográfica, para captar la imagen de la salida del sol, pero las nubes no me han dejado ver su dorado rostro. Todo el cielo es de un marcado tono grisáceo. El mar, en perfecta calma, parece una inabarcable plancha de plomo. La mención a este metal trae a mi mente el exvoto con la representación de la Gran Diosa que encontré hace dos años en la excavación arqueológica de la calle Galea. Este hallazgo supuso para mí la confirmación de un renacimiento espiritual y la confirmación de la importancia de la misión que me ha sido confiada.

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Talismán con la representación de la Gran Diosa

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Mientras pienso que nada es casual, y todavía no he salido de mi asombro por la forma en la que ha acudido a mi mente el recuerdo de la Gran Diosa, miro al suelo donde estoy sentado y me fijo en una curiosa piedra porosa que se encuentra justo delante de mí. La cojo para ver con más detalle y compruebo que se trata de una pequeña escoria de fundición, similar a la que hallé en mi última excavación realizada en la calle Eduardo Pérez Ortiz. Curiosamente esta escoria está sobre una losa de peridotita, el mismo tipo de piedra que fue esculpida para confeccionar el betilo hermafrodita igualmente encontrado en el santuario de la calle Galea. De una forma misteriosa y asombrosa tengo delante multitud de elementos que indican todos y cada uno de los hitos que han marcado el camino que me ha conducido a desvelar el espíritu de Ceuta. No falta ni el verde de las minas del Cardenillo, representado por la serpentina de las peridotitas sobre las que estoy sentado.

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No difiere mucho la relación que mantuvo Henry con su Concord natal con la que yo tengo con Ceuta. Ambos hemos establecido una relación muy profunda con el genius loci de la tierra nos vio nacer y crecer. Los dos solamente dejamos nuestra ciudad para ir a la Universidad, él a la de Harvard y yo a la de Granada. Terminados los estudios regresamos a nuestra casa para dedicar nuestras vidas al escrutinio minucioso de la naturaleza y la historia de nuestras respectivas localidades.

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De espaldas al viento observo a las plantas que colonizan el suelo del fuerte bailan al son que marca el aliento de Euro. Experimento uno de estos momentos mágicos en los que el tiempo se detiene y aprovecho este instante para que el espíritu del lugar me envuelva con su manto protector. Ya no siento el frío húmedo que trae el viento de levante ni ese sentimiento de soledad que envuelve a este abandonado fuerte del siglo XVIII. Un nutrido grupo de gaviotas sobrevuelan este inmueble graznando al unísono. Las tengo tan cerca que escucho a la perfección el batir de sus alas.

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Lejos de abrirse el cielo cada vez está más encapotado. Esta atmósfera grisácea y tupida invita a la reflexión. Me llega el sonido del mar, lo que me recuerda la condición marina de Ceuta. Hasta hace algunas décadas funcionaba la Sirena de Punta Almina, el edificio situado a los pies de esta fortificación dieciochesca. A esta instalación de aviso sonoro a los navegantes la llamaban “la Vaca” debido al particular sonido que emitía. Hay días, sobre todo en estas fechas de verano, en los que el taró, -que es el nombre con el que los ceutíes conocemos a las nieblas veraniegas-, no deja ver ni tan siquiera las manos. La humedad es tan elevada que recuerda al ambiente del tepidarium de unas termas romanas. Conviene saber que las costas de Ceuta pueden ser peligrosas si no se conocen con detalle. Prueba de ello son los numerosos naufragios que han tenido lugar en el litoral ceutí. En los cercanos isleos de Santa Catalina se hundieron en 1692 dos barcos de la flota francesa y allí siguen sus restos esperando que algún día pueda hacerse una exhaustiva documentación arqueológica de estos pecios hallados por el investigador Juan Bravo.

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Henry fue testigo de las dramáticas consecuencias de un naufragio en las costas de Cape Cod, un lugar que me recuerda mucho a Ceuta. Ambos sitios son una península con dos bahías muy diferenciadas. Desde allí Henry dirigió su alargada mirada a través del Atlántico hasta contemplar en su imaginación al Estrecho de Gibraltar. Muchas veces imaginó Henry el Jardín de las Hespérides que las leyendas clásicas ubicaron en este mágico canal de comunicación entre el Atlántico y el Mediterráneo. Yo tengo la suerte de haber nacido y de vivir en este paraíso terrenal tan desfigurado por la torpe mano de los hombres. La existencia de este jardín pasa desapercibida para la mayoría de las personas, incluyendo a sus propios habitantes. Permanecen ciegos ante su belleza. No escuchan sus melodías ni perciben sus olores y sabores. Tampoco siente su tacto en forma de cambiante viento de levante o de poniente.

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Concord y Ceuta no son territorios demasiado amplios, pero para Henry y para mí son Terra Incognita por descubrir. Según andamos por ella se nos abren innumerables sendas por explorar. Cada uno de estos caminos nos conduce a un plano de la realidad distinto en el que reina lo sagrado, lo mágico y lo mítico. Me gusta salir a pasear en días como hoy con mi camiseta alusiva a la mitología griega. En ella aparece Dionisos con una crátera en una de sus manos y en la otra portando un arpa de siete cuerdas, el mismo número de colinas que dan nombre a Ceuta. Le acompañan dos efebos. Uno de ellos es músico y el otro un bailarín. Los tres celebran la fiesta de la vida y su continua renovación representada por las vides que les rodean.

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Decía Henry que el papel de un pensador consistía en “revisar la mitología” para lograr, de este modo, una actualizada cosmovisión del mundo. Comparto este parecer de Henry y tengo cada día más claro que esta nueva mitología deberá tener mucho de la clásica en su sentido de admiración y veneración de una naturaleza considerada sagrada.

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Después de dos horas en el fuerte de Punta Almina, a las 9:00 h retomo mi camino para dirigirme a mi particular cabaña…

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…Son las 11:35 h. Tras una buena caminata he llegado a la cala del Amor. Pero antes de hablarles de este lugar quiero contarles lo que he visto por el camino. He podido observar los primeros colores del otoño reflejados en las hojas amarilleadas por los rayos del sol. He visto a los astéricos marítimos, que en primavera estaban en flor, completamente quemados por los rayos solares, así como he observado a las viboreras tan secas que las primeras ráfagas de viento las barrerá como si fueran polvo. He podido también comprobar el maltrato que los seres humanos damos a la naturaleza esparciendo basuras y escombros por todos lados. También he descubierto una posible mina detrás de las torres del Sarchal, así como indicios claros de presencia de sulfuros de hierro en estas paredes verticales.

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Siguiendo las dictados de la Gran Diosa he llegado hasta el santuario de Sidi Bel Abbas al Sabti. Me he acercado hasta su umbral para mostrarle mis respetos y coger una hoja de la higuera sagrada, cuyas raíces se esconden bajo el templo y se enriquece con su poder. Una escalera esculpida en la roca me lleva hasta el portillo de Fuentecubierta que atravieso maravillado ante la belleza de esta franja del litoral ceutí. A esta hora se ha alcanzado la bajamar. Los tomates de mar muestran su intenso color rojo que contrasta con la tonalidad parda de los gneis del Hacho.

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La aludida bajada del nivel del mar me permite atravesar sin descalzarme la mágica puerta que desemboca en la cala del Amor. Me siento en el mismo lugar en el que el año pasado me puse a escribir y relacione las manchas verduscas de las rocas sobre las que apoyo mi espalda con las escorias  de cobre que recuperé en el interior del horno metalúrgico de la calle Eduardo Pérez.

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A pocos metros de donde estoy se ubica una profunda galería, excavada en la dura roca del Monte Hacho, que tiene un doble interés para mí. La primera vez que bajé a este sitio fue para documentar los rituales que las devotas musulmanas practican en esta galería para solicitar que el poder del santón contribuya a su fertilidad o cure males propios o de algún familiar. Me interesé por estos ritos tras el hallazgo de la cueva sagrada y el exvoto de la Gran Diosa en la calle Galea. Lo que entonces no podía sospechar era que en la siguiente excavación arqueológica que dirigí tendría la fortuna de documentar un horno metalúrgico que me haría volver a este sitio para identificar una serie de interesantes minas de cobre y hierro, de las que forma parte este espacio ahora sacralizado.

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No cabe duda del interés geológico y arqueológico de esta cala del amor, pero hay algo más, mucho más diría yo. En este lugar sagrado y mágico encontré las claves que me faltaban para descifrar algunos de los enigmas que celosamente guarda esta tierra bañada por dos mares y puente entre Europa y África. Poco a poco he ido descubriendo, gracias a la ayuda de los diagramas de Geddes, que Ceuta y el Estrecho de Gibraltar constituyen una metáfora geográfica de la alquímica conjunción de opuestos entre los principios masculinos y femeninos. Desde esta perspectiva, Ceuta se me presenta como un Axis Mundi,  como un punto en el que se abre una puerta celestial por la que salen y entran almas que se integran de nuevo en el Anima Mundi. Esta alma del mundo adquiere en el caso de Ceuta la forma de la Sophia gnóstica, la misma que inspiró en vida y escritura a Henry David Thoreau.

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La lectura de la biografía de Henry escrita por Kevin Dann me abrió los ojos sobre muchos aspectos coincidentes entre la vida de Henry y  la mía. La similitud, aunque a otra escala, entre el plano de la laguna de Walden y el Estrecho de Gibraltar, antes de que las aguas del Atlántico penetraran en el mar Mediterráneo, es asombrosa. No lo menos nuestro común interés por la arqueología y la suerte que ambos tenemos a la hora de dar con hallazgos sorprendentes.

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A Henry y a mí nos separan doscientos años y muchos kilómetros, pero yo lo siento muy cercano. Nuestras miradas son similares, aunque cada uno tenemos nuestra propia identidad y  estilo. En ningún momento he pretendido imitarlo, sin que oculte la gran influencia que su obra y su pensamiento ejerce en mi escritura.

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De alguna manera, nuestras vidas se complementan. Yo tengo la suerte de gozar del amor de mi mujer y de mis hijos, así como dispongo de una vida confortable, cosa de las que Henry no pudo disfrutar. Por el contrario, Henry caminó libre de las ataduras y compromisos que supone tener una familia. Fue libre para dedicar la mayoría de  sus días a caminar por el campo, a leer y a escribir. Esta libertad le permitió poner en marcha sus proyectos personales, como irse a vivir durante dos años, dos meses y dos días a una cabaña construida por el mismo en la orilla de la laguna de Walden.

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La vida no es un restaurante en el que nos muestran una carta para que podamos elegir los platos que deseamos. El menú de nuestra existencia está escrito por los dioses. Probamos platos dulces y amargos, buenos y malos, solos o en compañía, y no podemos hacer un juicio justo de la propuesta gastronómica hasta que terminamos los postres. En cualquier caso, la mejor actitud que podemos adoptar ante la vida es disfrutarla y rebañar los platos. Es recomendable una dieta equilibrada. Como dijo Lewis Mumford sobre Henry David Thoreau, su dieta demasiado espartana, tanto desde el punto de vista figurado como real, contribuyó al aceleramiento de su enfermedad y a su prematura muerte.

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No es fácil encontrar un equilibrio entre las devociones y las obligaciones, que siempre resultan ambiguas y contradictorias. Sin duda el cuidado y atención de la familia requiere tiempo y obliga a buscar un empleo lo más estable posible para cubrir los gastos de vivienda, alimentos, vestidos, etc…No obstante, la inversión en tiempo se recupere con creces gracias a lo que da nombre a esta hermosa cala: el amor. El amor es la primera y más importante necesidad del ser humano. Es el ingrediente más importante de la vida. Yo he tenido la suerte de nacer en una familia con unos padres maravillosos y unos hermanos fantásticos. Nos ha faltado de nada, pero tampoco se ha despilfarrado el dinero ni nos han  criado como niños consentidos y caprichosos. Con gran sacrificio y esfuerzo mis padres nos han dado estudios universitarios a los cuatro hermanos, como lo hicieron los suyos con Henry. Mi relación mi hermano Diego fue muy parecida a la que tuvo Henry con su hermano John. Más que hermanos, siempre hemos sido amigos.

Mi hermana Tere guarda gran parecido en su forma de ser como Sophia, la hermana de Henry, siempre pendiente de la familia.

Jesús, el pequeño de la familia, es el que más se parece a mí, tanto en lo físico como en lo intelectual. Compartimos similares inquietudes y aprecio por la belleza que contiene la naturaleza y el patrimonio cultural.

De mi paso por la Universidad de Granada no sólo me traje muchas experiencias vitales y un título universitario, sino lo más importante: el amor de mi vida, Silvia. Juntos hemos diseñado un proyecto de vida que ha dado como resultado a dos maravillosos hijos: Alejandro y Sofía. Ellos son el centro de nuestras vidas y una fuente inagotable de alegría. Cualquiera preocupación o enfado se disipa cuando los veo y me expresan su amor.

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Contemplando la luna llena de julio junto a mis amigos Ana Serrano y Jotono Gutiérrez

Poco a poco estoy consiguiendo un equilibrio entre mis responsabilidades laborales y familiares y mis pasiones que son el acercamiento a la naturaleza, la escritura y el estudio del espíritu de Ceuta. Para ello es muy importante un ingrediente vital favorito de Henry: la simplicidad. Mi meta es muy simple: lograr una vida lo más plena y significativa que me sea posible. No aspiro al éxito económico ni al reconocimiento social. Me basta con conocerme a mí mismo. El re-conocimiento es una redundancia ajena que no me motiva. El único propósito que le encuentro a publicar mis escritos es conocer a personas de similares inquietudes a las mías con las que poder disfrutar de una amistad sincera y profunda. Personas que buscan en la naturaleza los mismos alimentos para el alma que yo ansío. En este sentido Henry y yo pensamos lo mismo.

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Si por algo las obras de Henry están de moda es porque nuestra sociedad está hambrienta de nutrientes para el alma y sedienta de las aguas de la fuente de la eterna juventud, cuyos manantiales hay que buscarlos en la naturaleza y en nuestro propio interior. Cuando encontramos uno de estos manantiales debemos saciarnos. Yo, como Henry, necesitamos esta agua eterna para sentirnos bien y felices. La eternidad crea adicción. Buscamos de manera paciente esa emoción profunda que de vez en cuando nos embarga y nos hace sentirnos plenos e integrados en el cosmos. Ya ven que no puedo hablar de Henry en pasado. Para mí es una ser inmortal que vive entre nosotros para recordarnos el valor y significado de la vida. Puedo verlo en cada roca, en cada planta, en cada árbol, en cada animal que cruza en mi camino, como el gazapo con el que me encontré esta madrugada. Puedo sentirlo en mi interior, en lo que he sido, soy y seré. Como escribió Walt Whitman, “cada átomo que me pertenece, te pertenece también a ti”. En cada átomo de mi cuerpo están ellos: Emerson, Whitman, Thoreau, Geddes, Mumford, Goethe,…Yo no soy quien soy sin la presencia de estos autores. Ellos me aportan la valentía que se requiere para dejar que el canal de mi alma permanezca abierto y así la comunicación entre lo terrenal y lo eterno no se rompa.

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…Ya no queda sombra en la que refugiarme del sol. Son las 11:45 h. Es hora de retomar el camino. Me paro un momento en la entrada de la gruta sagrada para dejar durante unos minutos mi ejemplar de Walden como ofrenda. Estoy seguro de que a Henry le gusta que sus palabras visiten este sacro lugar.

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El sol aprieta fuerte, aun así tomo unas imágenes de la minas del cardenillo y de las vistas del morabito de Sidi bel Abbas al Sabti. La subida hasta la barriada del Sarchal se hace dura por el intenso calor y el peso de la mochila. Al estar de nuevo en un entorno habitado recupero la cobertura del teléfono móvil y hablo un rato con Silvia, Sofía y Alejandro.

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En la mina de la cala del amor junto a mi querido amigo Óscar Ocaña

Cuando quiero darme cuenta son las 14:30 h. Dudo entre irme a un bar a comer o comprar algo de comida en la tienda del barrio que tengo enfrente y bajarme a la piscina natural situada en la playa de la Junquera. Al final me decanto por esta segunda opción. Después de comer de manera frugal me doy un baño en la piscina natural que descubrí hace unos meses mientras explorar el litoral en la búsqueda de yacimientos de mineral de hierro y cobre. Paso un buen rato observando la amplia variedad de peces que se mueven en esta charca de agua marina. Algunos son de un variado colorido y belleza. También veo alguna que otra molesta medusa. Envidio a personas como mi gran amigo, el biólogo marino Óscar Ocaña, que tienen la oportunidad de conocer los fondos marinos con su amplia biodiversidad y sus impresionantes paisajes. Siempre le digo a Óscar que él posee las cualidades emotivas, espirituales, intelectuales y científicas para escribir los poemas y la literatura de la naturaleza que todavía está por hacer de los fondos marinos. Henry escribió el mejor libro hasta ahora escrito sobre la vida en los bosques. También se ha publicado obras sobre los leñadores, los pastores, los montañeros, pero ninguno sobre todos los tesoros naturales existentes bajo la superficie marina. Dentro de poco se publicará la obra que Pakiki y Óscar han escrito sobre los fondos marinos y la naturaleza del norte de Marruecos.

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Es muy llamativo que en una ciudad tan pequeña como Ceuta hayamos coincidido en el tiempo dos personas, como Óscar y yo, con la misma vocación trascendentalista. El fenómeno “Concord” podría estar repitiéndose en Ceuta después de dos siglos. Existe la posibilidad de hacer de Ceuta un lugar sagrado, como lo fue en el pasado. El espíritu de la naturaleza es muy fuerte en todas partes, y en especial en sitios como Concord y Ceuta. Atravesamos una etapa de renacimiento espiritual y en cierto sentido de rehumanización.

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…El reloj marca las 17:45 h. El sol inicia su última etapa antes de llegar al ocaso. Según los rayos solares se vuelven más oblicuos el fondo de la piscina natural adquiere mayor transparencia y colorido. Las sombras de los arrecifes costeros se alarga y el azul del cielo en Oriente adquiere mayor viveza presagiando la noche que llegará en unas horas. En general, los colores se transforman y suavizan. Estos cambios se ha especialmente apreciables en las últimas horas del día. Compruebo esta transformación cromática en la playa del Desnarigado a la que llego a las 19:25 h. La sombra se ha apoderado de la mitad de la cala y avanza a gran rapidez hacia Oriente a la vez que el sol se dirige al oeste. La punta sobre la que se erige el castillo del Desnarigado toma el dorado color del sol moribundo.

Los bañistas abandonan la playa empujados por la imparable sombra. Para mí su llegada es un alivio tras el calor que he pasado desde el mediodía hasta ahora.

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El azul del mar y del cielo se homogeneizan. Una delgada línea algo más oscura marca el horizonte. El mar está tan en calma que es un espejo en el que se mira el fuerte del Desnarigado. Es posible ver el movimiento de los peces que se asoman sobre la superficie del agua. A Henry le atraía mucho el mar. Uno de sus últimos libros recoge el resumen de sus expediciones a Cape Cod. Estoy convencido de que le hubiera encantado Ceuta. Como vengo repitiendo a lo largo de este relato sé que me acompaña y que está disfrutando tanto como yo de este día.

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Dedico este rato en la playa del Desnarigado para releer las conclusiones de “Walden”. Me quedo con la idea de profundizar en nuestro autoconocimiento y dejar atrás la vida frívola y la vacuidad interior. La advertencia nos hace Henry sobre la disipación de nuestras vidas resulta profética. Si algo caracteriza a nuestra época es la cantidad de tiempo que perdemos mirando la pantalla del móvil, del ordenador o de la televisión. En vez de centrar la mirada en estos artilugios, Henry nos propone mirar a nuestro alrededor, ya que “la creación se ensancha con nuestra mirada”. La estrechez de vista que padecen muchas personas puede ampliarse a través de lo que nosotros percibimos. Este escrito, que este día he dedicado a la  memoria de Henry David Thoreau, tiene este objetivo de hacer ver lo que pasa desapercibido.

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No podía Henry cerrar su obra maestra sin recordarnos la importancia de la sinceridad y la simplicidad. “La riqueza superflua sólo puede comprar cosas superfluas. No hace falta dinero para comprar lo que el alma necesita”. En estos tiempos de despilfarro y destrucción de la naturaleza el llamamiento de Henry a la austeridad reviste absoluta actualidad.

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…La subida por la senda que desemboca en el castillo del Desnarigado ha reducido aún más mis reservas de energía. En la cumbre me espera de nuevo el sol para acompañarme en el último tramo del viaje. El agotamiento y la belleza del camino bordeado por olorosos pinos han hecho que me emocione. He pasado el brazo por encima del hombro del espíritu de Henry y así hemos caminado un trecho del camino. Me siento muy satisfecho y orgulloso de haber dedicado este día a Henry David Thoreau.

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Aún queda contemplar el atardecer. Para hacerlo he subido hasta el baluarte de San Antonio de la fortaleza del Hacho. Ha sido tal el esfuerzo final que cuando he empezado a escribir me temblaba la mano. Por fortuna he conseguido recuperar el pulso y ahora escribo con mucho ánimo y prestanza.

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…Una densa bruma cubre Ceuta y el Estrecho de Gibraltar. El viento de levante, aunque flojo, no nos ha abandonado en todo el día. Estas nubes bajas dotan a estos minutos previos al ocaso de una atmósfera misteriosa y mágica. Da la impresión de que el tiempo se ha parado, como si no deseara que acabara este día. Para mí ha sido una jornada muy especial. Llevo pensado en esta celebración del bicentenario del nacimiento de Henry durante todo el año.

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Nunca sabemos a ciencia cierta cómo resultarán nuestros proyectos más queridos. La incertidumbre es un elemento fundamental de cualquier aventura que se precie. No hay dos días iguales. La intuición es nuestra mejor guía. A cada instante recibimos señales que nos alertan de algún peligro o de un hallazgo imprevisto. Tampoco viene mal una cierta dosis de valentía rebajada con una correcta proporción de prudencia.

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La bruma presente en este atardecer hace las veces de filtro solar permitiéndome mirar directamente al sol. Su redondez es perfecta y su color dorado muy sugerente. Él es el único que conserva el brillo de su color. Todos los demás componentes del paisaje han apagado sus tonalidades para dejar el protagonismo a los planetas y las estrellas que empiezan a brillar en el firmamento.

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Acompaño con la mirada al sol para despedirlo como se merece. No siento ninguna tristeza, ya que confío en lo escrito por Henry para terminar su obra “Walden”: “sólo amanece el día para el que estamos despiertos. Quedan más días por amanecer. El sol no es sino una estrella matutina”.

EL DÍA MÁS LARGO DEL AÑO

Ceuta, 21 de junio de 2017.

La alegría con la que el sol brilla de la mañana a la tarde nunca se ha cantado”, Henry David Thoreau.

He salido de casa a las 6:10 h. La ciudad duerme, excepto los panaderos de la panificadora “El Molino”. Al asomarme a la Rocha me encuentro con dos musulmanes que pasean después de acudir a la mezquita para rezar en este día que se aproxima al final del mes sagrado del Ramadán.

Sobre el cielo cuelga la luna, de la que apenas asoma una uña de luz. Aparece y desaparece entre las nubes, como también lo hace la brillante Venus.

A paso firme y decidido avanzo por la senda de circunvalación del Monte Hacho. Son las 6:35 h y la salida del sol comienza a percibirse. Las aves entonan un rítmico cantar en el que varios coros se turnan como entornar sus melodías. Este canto llega a mi alma para alegrarla y convencerme de que ha merecido la pena el madrugón.

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A las 7:00 h llego al fuerte de Punta Almina. La mañana está nublada. Sin embargo, se abre un claro junto al horizonte para que pueda contemplar el amanecer. El sol emerge como una gran bola incandescente. El efecto de las nubes hace que el astro rey vista los colores amarillo y gualda de la bandera de España. En su ascenso vuelve a ocultarse tras las nubes creando unos llamativos y hermosos haces de luces rojizas que se reflejan sobre el gris mar.

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No hago otra cosa que gozar del espectáculo que me dedica la naturaleza. No veo a nadie más presenciando la llegada de la luz solar a la tierra.

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Subo hasta el Baluarte de Málaga de la fortaleza del Hacho. Nada más sentarme a escribir escucho el toque de corneta que llama a los soldados a formar en el patio de armas. El sol ha ganado altura y alcanza la cima de la ciudadela fortificada.

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Me dirijo ahora al Baluarte de San Antonio. Para llegar hasta allí tengo que atravesar un camino semiabierto entre pinchudos zarzas que me dejan las primeras completamente arañadas. Y hablando de arañas. Éstas han echado sus telarañas en distintos puntos del camino. Voy con cuidado, ya que al salir del fuerte de Punta Almina me he llevado por delante un enorme telaraña que ha manchado mis gafas.

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A las 20:45 h me acerco al mencionado baluarte. La providencia quiere que este instante se abra un claro entre las nubes para que el sol ilumine la senda. Mi sombra marca la dirección del haz de luz que incide directamente en la zona donde hace dos años encontré un santuario dedicado a la Gran Diosa. Allí hallé una gruta artificial con dos cámaras. La inferior, de planta elíptica, está orientada, precisamente, al eje que dibuja la llegada del sol a Ceuta en la mañana del solsticio de verano, es decir, en un día similar al de hoy. Me ha resultado muy emocionante comprobar que mi intuición de hace dos años era cierta. No sabemos exactamente cuándo ni quiénes descubrieron que la superar el sol el Hacho en el día del solsticio de verano sus rayos incidían en un punto concreto de la Almina.

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Pasados unos minutos la franja de luz solar se ensancha hasta cubrir toda la península de Ceuta, concentrando ahora su fuerza en la zona de la subida del Morro. La luz rasante de estas primeras horas de la mañana perfila y resalta las calles que miran a Oriente. Desde aquí destaca la histórica calle de Juan I de Portugal, lugar en el que el 21 de agosto de 1415 se libró una decisiva batalla que permitió la conquista de la ciudad por los portugueses. Tomada la puerta que se encontraba a la entrada de esta calle, el gobernador de la ciudad dio la orden de abandonar Sebta.

Torre del Heliógrafo

Torre del Heliógrafo

Cuartel de la Reina, actual campus universitario de Ceuta

Cuartel de la Reina, actual campus universitario de Ceuta

Vista Ceuta desde esta altura el caos urbanístico es aún más apreciable. De la ciudad que a toda prisa tuvieron que huir los habitantes de Ceuta en 1415 apenas quedan vestigios históricos. Diviso desde aquí la torre del Heliógrafo y los baños árabes, así como algunas calles que debieron ser abiertas en aquellas fechas. Lo demás, quitando el restaurado cuartel de la Reina y los edificios de la Maestranza de Ingenieros, son inmuebles de los siglos XX y XXI. Me entristece que los ceutíes hayamos sido tan pocos cuidadosos con nuestro patrimonio natural y cultural. Cuesta reconocer el esplendor que tuvo Ceuta en la antigüedad y la Edad Media.

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Desde la antigua puerta de Ceuta de la fortaleza del Hacho bajo hasta la torre del Heliógrafo y la iglesia del Valle. Llego unos minutos antes de que acabe la misa impartida por el Padre Cristóbal. No puedo apartar la vista de la imagen de la Virgen de Valle. Veo en su rostro, iluminado por el sol que entra filtrado por las vidrieras, a la Gran Diosa, la misma que en distintos momentos de mi vida se me ha presentado como la diosa Isis o Aicha El Bakhia.

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Precisamente llevo un buen rato sentado en el mismo banco sobre el que hace dos años fotografíe el betilo hermafrodita. Delante de mí tengo el solar en el que encontré el exvoto de la Gran Diosa y la gruta sagrada en la que se practicaron ritos relacionados con la fecundidad y el culto al sol en el día del solsticio de verano. La gruta parece que sigue ahí, aunque bastante desfigurada. Las obras de construcción comenzaron hace algunas semanas. Ahora están perforando el perímetro del futuro edificio. A veces pienso que no hice lo suficiente para evitar que destruyan este santuario.

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En mi recorrido por el paseo de la Marina me detengo a la sombra de la estatua de sabio Rabí Yosef Ben Yehuda. A su espalda encuentro una perla que representa la sabiduría que aportan el estudio y la reflexión. El sol simboliza la razón, al igual que la luna a la intuición. Ceuta fue en los tiempos de Ben Yehuda una ciudad de una fructífera erudición. Confío en que el tiempo de dedicación al estudio regrese para situar a Ceuta en el lugar que merece.

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El sol pega con gran fuerza. Pasan veinticinco minutos del mediodía. El calor empieza a ser intenso. Voy a acelerar el paso para llegar a la playa de Benitez. No obstante, me veo obligado a hacer una parada delante del lugar donde hace veinte años tuve mi primer contacto con la Gran Diosa. En el solar que ahora ocupa el edificio Atlante hallé, durante una prolongada investigación arqueológica, una inscripción votiva dedicada a la diosa Isis. Entonces no comprendí el alcance de este hallazgo arqueológico. La magia de la esposa de Osiris me ha acompañado siempre, aunque no la percibí hasta hace algunos años.

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En días como el de hoy siento cómo la Gran Diosa marca mi camino y me conduce a los sitios que ella desea que visite. La diosa me lleva ahora al Santuario de Santa María de África. Este lugar está cargado de poder espiritual. Pienso que bajo sus cimientos se esconde el templo dedicado a Isis. Los portugueses edificaron este templo a mediados del siglo XV siguiendo la simbología de la alquimia, símbolos que quedaron ocultos tras el retablo que alberga a la imagen de Santa María de África, otra diosa negra  como la misma Isis. Ninguna de estas visitas que he mencionado estaba prevista en el itinerario que había diseñado durante los días previos a la realización de este proyecto.

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Cerca del santuario de la Virgen de África se localiza el puente de Cristo. Me he acercado a mostrar mi respeto al cristo del Humilladero que protegía a los habitantes de Ceuta que atravesaban la puerta que llevaba al campo. Este puente sirve para superar el foso marítimo de las Murallas Reales.

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Al otro lado del foso se ubican los Jardines de la República Argentina, en cuyo centro estuvo durante muchos años la Sala de Arqueología desde la que se accedía a la compleja red de galerías subterráneas excavadas entre finales del siglo XVII y la primera mitad del XVIII.

Sigo por el camino que conduce a la antigua Estación de Ferrocarril. De manera casual me encuentro con mi amigo Pepe Navarrete que me invita a su casa para recoger el último número de la revista Alcaudón. Aprovecho la ocasión para mostrarle una foto  de una rapaz que observe esta mañana al asomarme a la cima del Monte Hacho. Se trataba de un ejemplar de águila calzada.

…A unos metros de distancia de la Estación de Ferrocarril hallo el cerro sobre el que en el siglo XIX construyeron la batería de Punta Negra. Este cerro estuvo muchos siglos bañado por el mar.

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Cuando llego a la playa de Benitez son cerca de las 14:00 h. El sol ha alcanzado su máxima altura y hace un calor sofocante. Tengo mucha sed por lo que me paro en el bar “Juan y Rosi” a tomarme unas refrescantes cervezas acompañadas con unas riquísimas tapas de bonito, atún y choco frito. Una vez refrescado por dentro sólo queda darme un buen chapuzón en la playa. Por suerte encuentro una sombrilla libre y a su sombra me pego una agradable siesta. Al levantarme decido tomar un baño, pero tengo la mala suerte de pisar una medusa, lo que me provoca un gran escozor y la inmediata inflamación de uno de los dedos del pie izquierdo. Espero que este contratiempo no dificulte mi misión y llegue hasta mi próximo destino que es el arroyo de Calamocarro.

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…He tardado una hora en llegar al arroyo de Calamocarro. Entre la caminata y el calor he llegado algo exhausto a este bello lugar, así que lo primero que he hecho ha sido buscar una zona lo suficientemente profunda para pegarme un baño. Aquí no hay peligro de que me pique una medusa. El agua está muy buena. Tras el baño me siento a escribir a la sombra de las adelfas. A esta hora de la tarde toda la vegetación adquiere unos vivos colores que contrastan con el azul del cielo. La calma es absoluta. Mis oídos gozan con el sonido del agua que aún lleva el arroyo. Una pareja de mirlos han venido a observarme y permanecen ocultos tras las zarzas. A veces se hacen notar con sus alegres cantos.

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El sol se dirige hacia Occidente, aunque falta un rato para su definitivo declive. Pronto iré a verle para despedirme de él en este día tan especial y mágico. Mientras tanto seguiré paseando por el arroyo para deleitarme con su belleza.

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Intento llegar hasta el pino centenario existente al final de este primer tramo del arroyo, pero el gruñido de un animal que podría ser un jabalí me hace desistir de mi propósito. De modo que retrocedo hasta llegar a un hermoso alcornoque. Busco un sitio cómodo para sentarme a escribir y doy con un escalón que parece haber sido hecho por la naturaleza para que pudiera hacerlo. No es hasta que me siento cuando me doy cuenta de que no estoy solo. Un sapo moruno me acompaña. Apenas un metro nos separa y, sin embargo, el sapo permanece impasible ante mi presencia. Parece que estoy viviendo un cuento de hadas. El escenario invita al despliegue de la imaginación. Gracias a su ayuda contemplo las manos del alcornoque con los brazos de una dríada y a sus hojas verdes como sus cabellos mecidos por la suave brisa. El sapo podría ser el amante de la ninfa que espero pacientemente a que vuelva la noche para que los dos enamorados paseen su amor en esta noche mágica del solsticio de verano. Por este motivo no se mueve de aquí, a pesar de la corta distancia que nos separa. Bajo ningún concepto quiere dejar sola a su amada. Creo que sospecha que yo también me he enamorado del alma de este alcornoque al que han despojado de su acorchada piel.

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El sol, en su descenso, enciende las hojas del árbol que en otros momentos son los cabellos de la ninfa. Es curioso que el sapo no se inquiete mi presencia, pero al escuchar un leve ruido entre el follaje parece que se prepara para emprender la huida. Podría ser un depredador que se ha percatado de su ubicación en una zona despejada.

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La caída el sol detrás de la colina que delimita al oeste el arroyo hace que la luz del cauce y de las adelfas comience a apagarse. Aún la vertiente oriental del arroyo permanece iluminada, lo que me permite observar los colores del atardecer. Siguen siendo verdes los arbustos y las hojas de los árboles, así como rosas las flores de las adelfas, pero percibo una tonalidad dorada que lo envuelve todo. La naturaleza se prepara para recibir a la noche. Lo hace con alegría, con la misma con la que yo siempre he recibido los atardeceres en los días de verano. Una combinación de fragancias impregna el ambiente. Noto el frescor del agua que cae de las pequeñas cascadas junto a las que estoy sentado escribiendo. Se agradece esta temperatura después del tórrido día con el que hemos inaugurado el verano.

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Abandono el arroyo de Calamocarro y me dirijo a mi último destino: Punta Blanca. Llego allí a las 20:50 h. Todavía resta algo mes de una hora para el atardecer. Aprovecho este rato para acercarme a Benzú y tomarme un buen bocadillo de pinchitos y un vigorizante té moruno. Ambos me sientan fenomenal. El cansancio acumulado en el cuerpo tras doce horas de caminata se ha disipado en parte. Mi ánimo se eleva al mismo tiempo que desciende el sol en el Estrecho de Gibraltar.

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Según voy llegando a Punta Blanca me fijo en que mi sombra toma la dirección prevista. El sol incide en el santuario que descubrí hace dos años en la calle Galea.

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El cielo se vuelve de un intenso color dorado y naranja. El ahora estrecho haz de luz solar pasa por encima del peñasco marino más septentrional de las llamadas “Tres piedras”. ¿Podría ser que cada una de estas piedras sirvieron de referencia para indicar la llegada de las tres principales estaciones del año, es decir, la primavera, el verano y el invierno? Mientras pienso en esta idea con la vista puesta en el arrecife costero, sucede algo inaudito, misterioso y mágico. Veo llegar hasta los peñasco a cientos de gaviotas que vuelan rozando el mar y terminan posadas en las tres piedras. Allí permanecen quietas y mirando al sol mientras que éste se oculta detrás de la punta de Tarifa. Me quedo sorprendido por este gesto de respeto que las aves dedican al sol. Puede que el gran descubrimiento hecho este día sea constatar que las gaviotas practican ritos solares en el día del solsticio de verano. Estas mismas aves vuelan de manera frenética y emiten profundos graznidos en el momento del amanecer de la luna llena. La naturaleza guarda secretos que sólo desvela a quienes la quieren, admiran y reverencian.

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Una observación atenta y poética de la naturaleza abre las puertas a una dimensión mágica de la realidad. Los griegos poseyeron esta visión que alimentó una cosmovisión poblada de dioses, diosas, náyades, dríadas y ninfas.

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Deseo tomar nota de los pensamientos que me ha inspirado el instante mágico del atardecer en el día más largo del año, pero no encuentro mi libreta. Vuelvo a Benzú para comprobar si la he dejado en el cafetín donde he cenado, pero allí no está. Entonces caigo en que, con las prisas, he podido dejármela en el arroyo de Calamocarro. Es muy tarde para ir a buscarla.

Cojo el autobús que me lleva al centro de Ceuta. Aparezco en la casa cuando pasan diez minutos de las 23:00 h. Me ducho y me acuesto después de charlar un rato con Silvia.

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A la mañana siguiente me levanto temprano, a las 7:15 h. Quiero ir cuanto antes al arroyo de Calamocarro a buscar esta libreta. Nada más entrar en el arroyo se cruza en mi camino un sapo moruno. ¿Podría ser el mismo que ayer custodiaba el árbol de su amada ninfa? Por suerte encuentro mi libreta. Su solapa plástica está impregnada de gotas de rocío. Imagino que las criaturas de la naturaleza han escrito esta noche en ella con letras mágicas su futuro contenido que yo sólo tengo que repasar con mi bolígrafo.

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Escucho voces procedentes del interior del arroyo. Bajo el alcornoque en el que ayer estuve acompañado del sapo moruno encuentro a mis amigos Pepe Navarrete y Pepe Peña que están anillando aves con fines científicos. Volveré pronto a visitar a este árbol mágico. Tengo todo el verano por delante.

CONTEMPLANDO EL INFINITO BAJO UN HIGUERA

Ceuta, 7 de junio de 2017.

Aprovechando que hoy tengo el día libre en el trabajo, he salido con dirección al campo. Hace algunas semanas me planteé el proyecto de ampliar mi zona habitual de exploración que es el Monte Hacho. En los últimos días he visitado en varias ocasiones el arroyo de Calamocarro y sus inmediaciones. También he estado en el camino entre los fuertes neomedievales. Hoy deseaba recorrer el entorno del embalse del Infierno.

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He dejado el coche cerca del complejo del complejo rural “Miguel de Luque”. Justo al lado de sus puertas se abre un camino que conduce directamente al embalse por su lado norte. De esta primera parte de la senda lo que más me ha llamado la atención es un alcornoque centenario de una belleza fuera de lo común. A cierta distancia se inicia un estrecho sendero que sigue el camino del arroyo del Infierno. He seguido este camino hasta llegar a un apartado rincón al que he llegado atravesando un pasillo abierto entre las zarzas. Al final de esta senda me ha recibido un espléndido alcornoque y una hermosa adelfa. A los pies de este alcornoque discurre aplacible el arroyuelo.

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Me he sentado en punto en el que, de manera más nítida, se escucha el sonido del agua. Un agua clara y transparente…La luz se filtra entre las ramas de los árboles creando un bello juego de luces y sombras enriquecidas con el propio reflejo inquieto del arroyo.

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A pesar de la belleza de este lugar no puedo permanecer mucho tiempo aquí. Los mosquitos me están picando por todos lados y resulta muy difícil escribir en estas condiciones.

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El camino de vuelta lo hago despacio, fijándome en todos los detalles. Un hermoso arbusto de flores rojas ha llamado mi atención. Al acercarme me he percatado de la presencia, unos metros más arriba, de un alto y extenso muro. Siguiendo un camino de cabras he podido llegar hasta este vestigio histórico y fotografiarlo de cerca.

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Desde este punto se divisa la torre medieval de la loma del Luengo, así como algunas antiguas edificaciones que pronto iré a visitar. Todos estos barrancos, cercanos a cauces de agua, estuvieron ocupados en época medieval. Encuentro también cerca de una presa algunos fragmentos de cerámica y restos de algunas estructuras de difícil atribución cronológica y cultural.

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Cuando faltan algunos metros para llegar a la  pista que rodea el embalse del Infierno me he topado con una hermosa higuera, a cuyos pies hay una piedra que me invita a sentarme. No podía rechazar el ofrecimiento de la higuera. Tengo mucho aprecio a este tipo de árbol mágico. No hace muchos días he tenido un abierto enfrentamiento con el Consejero de Medio Ambiente a cuenta de la tala de una higuera con muchísimos años de antigüedad.

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Esta higuera, con la que ahora converso, es de una belleza tremenda. No es muy alta. La rama más elevada no supera los dos metros. Unas ramas que se extienden hacia Occidente y Oriente, aunque con preferencia por esta última dirección, como si buscara con desesperación el agua que discurre por el arroyo cercano. Su piel es blanca con la luna nublada y sus hojas de un verde muy intenso. El tacto de las ramas es arenoso, mientras que el de sus hojas resulta rugoso…Acaricio a esta higuera como a un ser querido con el que uno se reencuentra después de un largo distanciamiento. Esta hospitalaria higuera ha dejado también una piedra en la sombra para que pueda escribir de ella con comodidad.

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Me detengo a observar sus embriagadores frutos que tanto gustaban a los sincofantes griegos. Algunos de ellos ya están maduros. Me dice la higuera que me lleve algunos de sus higos para que pueda disfrutar de su sabor. Le agradezco el gesto y acepto su ofrecimiento. No quiero parecer desagradecido.

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Me vuelvo a sentar en la piedra junto al camino para disfrutar de la dulce y fresca fragancia de la higuera y del canto de las aves. De fondo escucho el penetrante zumbido ocasionado por las abejas y otros insectos polinizadores. Veo pasar a mi lado diversas especies de mariposas, entre las que destacan las bellas monarcas.

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…Una ligera brisa de levante penetra por el arroyo refrescando mi cuerpo y haciendo más agradable este rato en el que hemos estado conversando esta higuera y este humilde caminante. Estoy seguro que muchas personas han pasado delante de esta higuera, pero ninguna le ha prestado atención. A mí me complace ser uno de estos escasos afortunados que pueden mantener una conversación sincera con la naturaleza y, en especial, con los árboles. Ellos me acogen como uno de los suyos, y me hacen participe de la magia que me rodea. Experimento uno esos momentos en el que nada existe, excepto yo y la naturaleza. No hay diferencia entre mi interior y el exterior que me acoge. Apenas siento muy cuerpo y mi mente está limpia de preocupaciones.

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El cielo está cielo y percibo la inmensidad del universo. Tras este cielo celeste se oculta una oscuridad impenetrable y un frio extenuante. Sin embargo,  rodeando a la tierra es posible imaginar una aurea divina, una anima mundi cargada de vida que penetra hasta los más profundos estratos de la tierra. En este planeta podemos respirar aire puro; refrescarnos con el viento y calentarnos con los rayos del sol; beber agua y comer los frutos que nos regalan los árboles frutales, como la higuera a la que ahora acompaño. Podemos disfrutar de la belleza de los paisajes, de la fragancia de los bosques, del sabor de la fruta, del sonido de las aves, del tacto de las plantas y los árboles. Podemos sentir el amor hasta el punto de emocionarnos y trascender nuestra mortal condición humana. Podemos pensar, imaginar, actuar y dejar un legado imperecedero para las próximas generaciones. Una palabra escrita, una frase afortunada, un libro memorable, pueden alentar a los demás a completar y perfeccionar el plan divino ideado por los dioses y dioses.

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Es posible también escuchar a las musas y seguir sus indicaciones. Es posible dejarse llevar por el momento de inspiración y agotar hasta la última gota del néctar que nos ofrece Ganímedes. Esta higuera me tiene hechizado y atrapado bajo sus ramas. No quiere dejarme ir. Me levanto y me vuelvo a sentar para descansar la espalda tensada por el ejercicio de la escritura.

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Me pregunto si este mundo es real o, como defienden algunas teorías, un complejo holograma creado por una inteligencia superior. No tengo una respuesta para este cuestión,  pero lo que sí sé es que cada uno creamos nuestra propia imagen del mundo. Por eso es importante que confiemos en nosotros mismos y expresemos, con libertad y sinceridad, la que percibimos, sentimos y pensamos. Si lo hacemos poco a poco iremos descubriendo por nosotros mismos que el amor por la vida y por la naturaleza nos abre la puerta a la verdad y nos hace dignos de apreciar y disfrutar de la belleza. Todo está contenido entre nuestro interior. No tenemos que ir muy lejos para hallar el amor, la sabiduría y la felicidad. Sólo hay que aprender a escuchar nuestra voz interior y ser leales a los que somos. Podemos vivir una vida larga y superficial, o una vida corta, pero profunda.

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…..El viento de levante empieza a mover su rebaño de nubes blancas. Es posible que en poco tiempo todo el cielo esté cubierto de nubes. Así de cambiante es el tiempo en Ceuta.

VISITA A LA EXPOSICIÓN DE MARIANO BERTUCHI

VISITA A LA EXPOSICIÓN DE MARIANO BERTUCHI

Ceuta, 2 de junio de 2017.

 

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Esta mañana tenía cosas que hacer en el centro, así que no he salido al campo. No por ello he dejado en la casa la máquina fotográfica y la libreta. Deseaba recorrer el casco urbano de Ceuta siguiendo a las golondrinas y los vencejos. A estas maravillosas aves les gustan los días nublados y los sitios sagrados. Llevo tiempo observando que suelen estar sobrevolando los templos ceutíes. A diferencia de los humanos, las aves siguen siendo capaces de identificar los lugares de poder.

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Mi recorrido me ha llevado hasta las Murallas Reales. Tenía interés en visitar la exposición sobre Mariano Bertuchi que puede verse en el Revellín de San Ignacio. Nada más entrar he visto a mi querida amiga May Gómez Carracao que, junto a su compañera Isabel, trabaja de guía en la muestra del genial pintor granadino. Los primeros paneles y fotografías me permitieron apreciar que estaba ante una exposición muy bien diseñada, tanto en los aspectos externos como en el contenido de los textos.

Resulta sorprenderte la precocidad de Mariano Bertuchi como pintor. Puede verse en la exposición una fotografía de Bertuchi, con apenas cinco o seis años de edad, sentado delante de un caballete y pintando sus primeras obras. Desde muy joven sintió un vivo interés por las escenas norteafricanas, seguramente influido por los paisajes andalusíes de su Granada natal. No cabe duda que su destino estaba unido al territorio transfretano.

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En sus comienzos resulta evidente la influencia de Velázquez, de cuyas pinturas hace algunas brillantes reproducciones que es posible contemplar en esta exposición. Sin embargo, al llegar a Tetuán se queda prendado de la luz, los colores, los paisajes y los personajes que pululan por la capital tetuaní. No conozco ningún otro pintor que haya sido capaz de captar con tanta maestría la intensidad de la luz del norte de África y la viveza de los colores de los que podemos disfrutar en estas tierras.

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Reconozco ese verde intenso tan habitual en la región de Tetuán y Ceuta tras las lluvias invernales, los ocres del entorno de los morabitos aislados en el paisaje y los juegos de sombra que identifican a los zocos de Tetuán cubiertos por las enredaderas.

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Bertuchi amaba los paisajes diurnos, pero no se sentía menos atraídos por la magia de las noches norteafricanas. Los habitantes de este territorio sabemos lo que se experimenta al contemplar esa tenue luz crepuscular que, lentamente, va cubriendo con un velo oscuro los paisajes y los edificios de nuestras ciudades. Los cuadros de un cafetín durante la noche y de una cena al atardecer sobre los tejados de una casa tetuaní son espectaculares y conmovedores. Esta imagen hay que acompañarlo con el olor de las especias que se venden en la Medina, del té con su hierbabuena y de los hornos de pan escondidos entre las estrechas calles de Tetuán. No menos importante para completar la escena es recrear en nuestra mente el sonido de la llamada del muecín para el rezo del ocaso y el tacto húmedo del rocío sobre las flores.

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Para los ceutíes resultan especialmente emocionantes los cuadros que Bertuchi dedicó a Ceuta. Reconozco el pino que Don Mariano tomó con elemento principal de su panorámica de Ceuta desde el Monte Hacho y me emociona ver la obra que representa la subida del copo en la almadraba ceutí.

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¡Y qué decir del tríptico dedicado a la industria, la agricultura y el comercio! Son todas imágenes de unas esperanzas que han quedado difuminadas con el paso del tiempo. Poco queda de esta Ceuta pretérita, de la riqueza de unos mares que fueron esquilmados, de esos bellos paisajes agrícolas que rodeaban a los morabitos ceutíes y de ese puerto bullicioso y lleno de vida. Lo mismo podríamos decir de las calles de Tetuán con ese paisanaje tan auténtico y singular que vivían de lo que daba la tierra y acudían a los zocos a vender sus productos agrícolas y sus artesanías rurales montados en sus caballos y burros. Ahora estas mismas calles están atestadas de cachivaches y de imitaciones de zapatillas deportivas. Y aun así uno puede perderse por la calles de la Medina y reconocer algunos de los rincones dibujados por Mariano Bertuchi.

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Me lo imagino con su cuaderno de apuntes emocionado ante la belleza y el carácter sagrado de la Medina tetuaní, sin saber adónde mirar que no hiciera que su corazón palpitara ante tanta hermosura y magia. Su manera de expresar la huella que dejaba en su interior la belleza de las ciudades que visitaba era la pintura. Otros preferimos la escritura, la fotografía, la música, ….Da igual el medio que utilicemos para mostrar la emoción que nos produce esta luminosa región del círculo mágico del Estrecho de Gibraltar. Lo importante es mantener nuestros sentidos despiertos, nuestros corazones ardientes de amor por esta tierra, nuestro compromiso en la defensa de la belleza que nos rodea y el progreso de sus gentes. Mariano Bertuchi lo hizo poniendo todo su genio y destreza en la promoción turística de Ceuta, Tetuán, Chauen, Arcila, Tánger, etc…Han pasado mucho tiempo desde los primeros pasos dados por Mariano Bertuchi en la senda que el mismo abrió para que los visitantes llegasen a estas tierras.

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Espero y deseo que estas breves palabras os anime a visitar esta magnífica exposición sobre Mariano Bertuchi. Yo he pasado casi dos horas que me ha parecido pocas. Volveré. Estoy seguro de ello porque deseo seguir disfrutando de la genialidad de este pintor nacido en Granada, pero con corazón y alma norteafricana.

CÓMO LA NATURALEZA ME HA INDICADO LA EXISTENCIA DE UN YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO

Ceuta, 31 de mayo de 2017.

Quiero aprovechar todas las ocasiones que tenga para salir al campo. Esta mañana he estado consultando en internet la ubicación exacta de un algarrobo existente en la cercanía de la pista de la Lastra. Con esta información en mi poder he salido en dirección a Calamocarro.

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Desde aquí he tomado la pista forestal que con dirección oriental conduce al tiro de Pichón. En el camino me ha parado a hablar con los responsables de los trabajos de desbroce del entorno del tendido eléctrico. Desde Septem Nostra hemos pedido explicaciones a la Consejería de Medio Ambiente sobre esta actuación por la tala de algunos árboles sin justificación alguna.

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Tras esta breve conversación he seguido mi camino hasta el mencionado algarrobo. Por desgracia lo he encontrado bastante deteriorado, aunque sigue vivo.

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He dejado atrás el algarrobo para subir por la pista forestal que desemboca en las cercanías del fuerte de Aranguren. Cuando iba a emprender la ardua subida de la empinada cuesta he observado que a mano derecha se abría una estrecha senda que no figura en los planos. Me he adentrado en ella sin saber muy bien adónde conducía. Por suerte me he cruzado en el camino con un ciclista que me ha facilitado las indicaciones que necesitaba.

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Esta senda es realmente bella. He identificado algunas especies de planta que no había visto hasta ahora y he disfrutado de los pinos, -algunos de ellos muy jóvenes-, de los alcornoques, los brezos y las hermosas flores rosáceas de la jara rizada.

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Al poco que iniciarse la bajada que me llevará de vuelta a Calamocarro he dado con frondoso pino que me ha invitado a sentarme junto a él. No podía rechazar su propuesta. Lo observo con admiración y respeto.

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Introduzco con mimo mi dedo corazón bajo su corteza para impregnarlo de su savia olorosa. Me llevo el dedo a mi nariz y me deleito con su aroma. Lo pegajoso de la sangre transparente del pino hace que el bolígrafo quede adherido a mis dedos. El pino desea que no deje de escribir sobre él. Me fijo en su corteza desgajada y su cambiante piel. Una piel que siempre le queda pequeña y que en su lento crecimiento va rompiendo.

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Sus ramas parecen estacas clavadas en su corazón. De ahí que sangre su perfumada savia. Sobre mí cuelgan unas piñas ahora abiertas y vacías. En cuanto a sus hojas, son finas y alargadas como las agujas para la carne. Al caer sobre el suelo forman un mullido colchón natural que invita a sentarse a su vera.

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Una densa enredadera ha colonizado sus ramas y las hunde con su peso. Quisiera liberarlas, pero no dispongo de los medios ni del tiempo para hacerlo. Por desgracia, tanto los seres humanos, como algunos árboles, sufrimos las consecuencias de ciertos pesos externos que nos hunden e impiden nuestro normal crecimiento y desarrollo.

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Al mirar a mi alrededor observo el fragmento de un lebrillo cerámico que bien podría ser medieval. Es muy probable que lo haya arrastrado la corriente hasta aquí desde algún yacimiento arqueológico cercano.

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Remonto la pendiente escudriñando con detalle el terreno y encuentro más indicios arqueológicos que confirman mi sospecha de que estoy próximo a un lugar de interés histórico. Siguiendo el rastro de los fragmentos cerámicos dispersos por una amplia meseta me topo con una gran estructura de planta rectangular.

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El edificio está completamente derruido y cubierto de vegetación. Lo rodeo para comprobar sus dimensiones y su estado de conservación.

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En la pared oriental es posible observar varias capas de enlucido. Resulta muy difícil determinar la cronología de esta construcción, así como su funcionalidad. Los fragmentos cerámicos que he visto a su alrededor parecen de época medieval, pero el tratamiento de las paredes me recuerda al de estructuras de tiempos modernos o incluso contemporáneos. Tampoco sería extraño que este edificio hubiera estado en funcionamiento durante varios siglos.

La estructura que he encontrado, y que seguramente figura en la carta arqueológica de Ceuta, está ubicada en una zona de gran visibilidad y entre dos profundas ramblas. Una de ellas, la occidental, lleva abundante agua. Intento acercarme lo más posible a este cauce natural atraído por un saliente rocoso en la que se abren algunas cuevas.

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Sin duda resulta un lugar ideal para la ocupación prehistórica. En cuanto pueda iré a conocer este sitio tan atractivo e interesante.

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Después de un rato merodeando por este yacimiento arqueológico tomo una vereda que se abre a pocos metros de la estructura arqueológica. Este camino se adentra en el alcornocal que cubre la ladera occidental de esta abierta meseta. Ando entre los alcornoques sin saber muy bien adónde me llevan. A los pocos minutos los alcornoques me dejan frente al pino con el que he conversado esta mañana. Desde luego no es causal que esto haya ocurrido. Este pino ha querido que me parara a hablar con él y que escribiera sobre su hermosa figura. Si no llego a hacerlo no habría visto el fragmento cerámico que me ha permitido descubrir este yacimiento arqueológico visible desde el cielo, según he podido comprobar en el google Earth.

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…El camino que lleva hasta Calamocarro está muy bien marcado. La pendiente descendente cada vez es más marcada. Llego así a un grupo de alcornoques y acebuches entre los que el camino se pierde. No sé muy bien qué dirección tomar. Un cortado se abre cerca de donde estoy y lo voy bordeando. Al final no me queda más remedio que bajar hasta el mismo cauce del arroyo para hallar una ruta segura que conduzca a Calamocarro. Esta circunstancia me permite descubrir un bellísimo bosque de acantos que cubre el cauce del arroyo.

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Andar por el arroyo no resulta nada fácil. El cauce está cerrado por anchas ramas de zarzamoras que arañan mis brazos y traspasan la ligera tela de mis pantalones. Pero aquí no acaban las dificultades. Cuando avanzo unos metros me encuentro con una presa de unos dos metros de altura. No tengo tiempo para deshacer el camino. De modo que me arriesgo a descender por la presa dejándome deslizar por el tronco de un árbol caído sobre el muro.

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Bastante cansado, con algún corte en los dedos y los pies empapados terminó mi aventura de hoy. Volveré a estar lugar, pero no lo haré solo.

EN BUSCA DE LA FUENTE DE LA ETERNA JUVENTUD

Ceuta, 29 de mayo de 2017.

El sábado por la tarde recibí una llamada de mi querido amigo Jotono Gutiérrez. Hacía tiempo que no hablamos ni nos veíamos para pasear por el Hacho, ya sea de día o de noche. Le comenté que en los últimos días había visitado el arroyo de Calamocarro y que todo este espacio natural estaba precioso. Deseaba adentrarme lo más posible en el cauce del arroyo y, al ser posible, llegar hasta su nacimiento.

Jotono es un buen conocedor del arroyo. Lleva visitando este lugar desde que era niño. No hace mucho me propuso recorrer el arroyo justo después de las últimas lluvias junto a mi hermano Jesús, pero aquel día no pude escaparme. Pero esta semana tengo las mañanas libres, así que acordamos Jotono y yo que el lunes o el martes exploraríamos juntos la parte alta del arroyo. Dado que hoy era un día que a los dos nos venía bien, quedé con Jotono a las 9:15 h para recogerlo con el coche y dirigirnos a Calamocarro. En el trayecto entre mi casa y la Plaza Vieja, que era nuestro punto de encuentro, pude comprobar que hacía un día magnífico. Desde lo alto del Recinto la vista de la bahía sur resultaba espectacular. Sentía esa extraña sensación que experimenté dos días atrás en la cala del Amor de notar que un abismo se abría delante de mí sin que ello me causara el más mínimo miedo.

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Una vez que recogí a Jotono nos dirigimos a Benzú para desayunar. Nos recibió el Atlante dormido con su cuerpo parcialmente cubierto de nubes. Después de tomarnos un buen té moruno deshacíamos el camino para dejar el coche en las cercanías de la entrada al arroyo. Poco a poco fuimos adentrándonos en el cauce disfrutando de la belleza de las flores y de las mariposas. Algún de otro reptiles tomaban los primeros rayos de sol sobre las piedras arrastradas por la corriente. No vimos ninguna culebra en el agua, pero sí numerosos renacuajos y las evidentes huellas del paso de los jabalíes por la zona. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos en los pies del chopo centenario. Desde allí hasta la presa existente en el arroyo apenas distaban unos metros.

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Seguimos avanzando hasta llegar a un grupo de robles americanos que debieron ser plantados durante la época en la que estuvo activa la Huerta Serrano.

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A corta distancia hallamos una de las estaciones de control que la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir tiene instalada en  el cauce del arroyo de Calamocarro. Este pivote verde marca el punto accesible de este cauce natural ceutí. Pero nosotros nos queríamos darnos por vencidos. Exploramos la zona y dimos con una estrecha senda que nos permitió vadear el arroyo por su ribera oriental.

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Superado este primer escollo llegamos a una zona relativamente abierta en la que paramos para beber del mismo arroyo. El agua bajaba transparente, fresca y limpia, y su sabor era delicioso. Es una experiencia muy gratificante beber de un arroyo sirviéndote de tus propias manos. Una vez refrescados por dentro y por fuera seguimos nuestro camino…

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Una vez más nos encontramos con una espesura impracticable, pero no nos dimos por vencido. Jotono iba delante abriendo la senda.

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Dimos con una par de muros de presa de indudable antigüedad por su factura. El más adentrado en el arroyo es de una gran belleza, con una hermosa poza a pies.

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A partir de este punto el cauce del arroyo se hacía muy profundo. Con gran dificultad lo vadeamos por un estrecho camino de cabras que se deshacía a nuestros pasos. Íbamos ganando altura. Desde este parte del arroyo las vistas resultaban espectaculares. Al volver la vista hacia el cauce nos topamos con una cortina de vegetación y cuando la descorrimos nos encontramos una sorpresa inesperada. Nos quedamos sin palabras.

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Teníamos delante una impresionante cascada de más siete metros de altura por el que caía el agua formando una bellísima fuente. Era justo como yo había imaginado que sería la fuente de la eterna juventud que las crónicas clásicas y medievales ubicaban en esta parte de Ceuta. Sin poder articular palabras por la emoción que nos embargaba nos acercamos a la fuente. Bebimos de ella para beneficiarnos de su poder y nos despojamos de las camisetas para bañarnos bajo la cascada.

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Estábamos inmensamente felices. Nos abrazamos y nos hicimos unas fotos  para inmortalizar este momento. Ambos sabíamos en este mismo instante que este hallazgo inesperado no los olvidaríamos nunca. Son de este tipo de experiencias que quedan grabadas a fuego en la memoria. Nos abrazamos y reímos. La emoción era incontenible, como la misma agua que caía desde lo más de la cascada. La inmortalidad que promete esta fuente no es de tipo físico. La eterna Juventud sólo está al alcance de quienes han logrado despertar sus sentidos físicos y sutiles. Estos últimos son los que te permiten reconocer el carácter sagrado, mágico y mítico de lugares como el que Jotono y yo hemos descubierto. Estoy seguro que este sitio lo conocen otras personas, pero es poco probable que hayan visto en esta fuente lo que nosotros hemos captado en esta visita. Como escribió en su diario Henry David Thoreau, “un hombre no ha visto una cosa si no la ha sentido…No hay belleza en el cielo, sino en el ojo que lo ve”.

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Llega un momento en nuestras vidas que lo días nos parecen todos iguales, y así sería de desdichada nuestra existencia, si no fuera por la facultad de la imaginación. Somos nosotros, con nuestra mirada, con nuestras emociones y sentimientos más profundos, con nuestro pensamiento y nuestra imaginación lo que hacemos a los lugares sagrados y mágicos. Para Jotono y para mí este lugar es, sin lugar a dudas, la perdida fuente de la eterna juventud. El espíritu de Ceuta está contenido en este inaccesible sitio.

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Con el firme propósito de volver a la fuente en cuanto tengamos una nueva oportunidad, iniciamos el camino de vuelta. Siguiendo las veredas abiertas por los animales conseguimos llegar a una de las pistas forestales de García Aldave. En nuestro recorrido de regreso al coche pasamos por las torres medievales de Regulares y la fuente de la Higuera.

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En esta fuente rellenamos nuestras botellas y descendimos por las veredas hasta finalizar nuestra aventura.

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HUELLAS EN LA ARENA MOJADA

Ceuta, 26 de mayo de 2017.

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Después de dejar a Silvia en el instituto para la gala de fin de curso he venido hasta Benzú para tomar un buen té moruno. Me encuentro sentado en una terraza abierta a cuyos pies rompe el mar. La luz sigue siendo muy fuerte a esta hora de la tarde (19:07 h). Sopla un viento de poniente que refresca mi cuerpo.

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Cierro los ojos y me concreto en el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Es una sensación muy placentera. A mi olfato llega el olor de las algas y el perfume de la hierbabuena. Cada sorbo de té deja en mi paladar un sabor amargo que me resulta delicioso. Precisamente esta mañana, durante mi visita al arroyo de Calamocarro, he restregado en mis manos algunas hojas de menta silvestre. Esta fragancia forma parte de la esencia de esta tierra sagrada y mágica. La mezcla con el té verde produce un cierto dulzor que fortalece el cuerpo y el alma.

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…De camino a cada me paro un rato a escribir a los pies del cabo de Calamocarro. La marea ha comenzado a bajar. La arena aún conserva la humedad de la última crecida del mar. Un mar que acaricia la orilla con suma suavidad y tacto dejando una huella húmeda sobre la arena.

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Contemplo desde aquí a Ceuta desde otra perspectiva. Una gran lengua de construcciones ocupa el istmo y la Almina, mientras que la imponente imagen del Hacho permanece inexpugnable. Algún bocado le ha dado el hombre, pero parece que este promontorio fue esculpido por los dioses para mantener incólume su majestuosa figura. Este monte está constituido por las rocas más antiguas de la región y presume con orgullo su veteranía. Lleva observando el paso de las naves por el Estrecho de Gibraltar desde tiempos inmemoriales. La diosa fortuna ha querido que nuestros destinos se cruzasen. Yo soy un simple mortal con una vida tan efímera en términos geológicos como un parpadeo de ojos. Pero  estas microdécimas de segundo están siendo suficientes para percibir su carácter mítico, sagrado y su extraordinaria belleza.

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Estas aguas que a estas horas se tiñen de plata forman parte de mi propia identidad. Este mar y esta luz son el mejor regalo que me han hecho en la vida. Es ahora, en la madurez de mi existencia, cuando he logrado apreciar los dones que ha otorgado la Gran Diosa. He sido elegido por ella para cantar las excelencias de esta tierra desconocida por sus propios habitantes.

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El destino de mis escritos es incierto. Puede que le suceda lo mismo que decía Henry D. Thoreau sobre los apuntes de su diario:

“¿Y para qué todo este escribir? Contemplar lo que se garrapatea al albur del momento puede producirnos ahora cierta satisfacción, pero mañana, ¡ay!, esta misma noche, ¡ay!, es algo rancio, plano y sin provecho; algo, en fin, de lo que sólo nos queda la concha, como ese rojo caparazón de langosta hervida que te mira abandonado en el camino”.

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Lo más probable es que les ocurra lo mismo que a las huellas que mis pies han dejado sobre la arena mojada. En apenas unas horas la marea volverá a crecer y las borrará sin dejar ni rastro de ellas. Nadie sabe a ciencia cierta cuán larga será la sombra que proyectará su existencia en el futuro. El afán de perpetuidad es algo que acompaña al ser humano desde que se despierta su conciencia. Deseamos la inmortalidad a toda costa. Sin embargo, sólo la obtiene quién se olvida del futuro y de la vanidad, y se concentra en vivir con intensidad y plenitud el presente.

NÁUFRAGO DE TERRA INCOGNITA

Ceuta, 26 de mayo de 2017.

He pasado un par de horas con Patricia y Cristian del periódico digital Ceuta actualidad visitando los árboles centenarios localizados en el arroyo de Calamocarro (ver reportaje). Ha sido un paseo muy agradable en el que hemos disfrutado un buen rato de la naturaleza ceutí.

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Una vez que he dejado a los periodistas cerca de su trabajo, he seguido hacia el Monte Hacho. Como tenía sed he parado en la barriada del Sarchal para comprar una Coca Cola. Ya que estaba aquí me ha parecido una buena idea bajar hasta la cala del Amor para sentarme a escribir.

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Mientras bajo la escalera pienso en la amplitud del horizonte y en las ausencias que aprecio en los habituales elementos del paisaje de este mágico y sagrado lugar. La explicación hay que buscarla en la neblina que cubre el cielo. No obstante, noto algo raro en el mar. Me recuerda a un cazo de agua a punto de hervir. La superficie del mar se eleva y adopta una forma ondulante, como si alguien la estuviera removiendo desde el fondo. Y esto es lo que realmente ocurre. El levante de los últimos días ha dejado un notable mar de fondo.

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Por lo demás, la luz es cegadora y el calor intenso, aunque atenuado por la brisa que llega de poniente. Me fijo en las manchas verdosas visibles en las paredes rocosas. El verde del cobre rezuma de entre las piedras de este santuario natural.

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La sensación de paz que percibo es muy fuerte. Aquí el tiempo parece detenido y el espacio se ensancha delante de mis ojos para abarcarlo todo, incluido mi propio y diminuto ser. El batir de las olas me reconecta con la esencia de Ceuta y con el anima mundi que envuelve e impregna todo.

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Estoy acompañado por las gaviotas que me sobrevuelan y por los ejemplares de limoniums en flor que tengo cerca de mis pies. Escribió Henry David Thoreau en su diario que sobre la naturaleza se había escrito mucha prosa, pero muy poca poesía. Yo me siento inspirado a escribir cuando observo con admiración las diminutas flores moradas del limonium con sus cinco pétalos y sus estambres de color crema. Estas bellísimas flores surgen de unas yemas de color violáceo. Los tallos delgados y altos nacen de un abigarrado núcleo de hojas verdes con forma cordiforme. Estas plantas crecen de manera milagrosa entre los resquicios de las rocas otorgándoles el toque de vida que les falta a los acantilados.

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La brisa marina hace bailar a las floridas ramas del limonium al ritmo que marca la propia naturaleza. Todo aquí está en perfecta armonía. No hay ningún sonido extraño que perturbe la magia de este lugar. Yo estoy plenamente integrado en este espacio natural, como si fuera otro limonium que hubiera echado raíces en este saliente rocoso. Yo también siento que mi cuerpo es movido por un viento que me anima a bailar al ritmo que impone la Gran Diosa. Contemplo su blancura y la profundidad del abismo que ha abierto a mis pies…, pero no experimento ningún tipo de temor. Estoy bien fijado a estas rocas, como mis hermanos los limoniums. Recuerdos de mi infancia emergen de estas profundidades insoldables. Si hiciera el suficiente esfuerzo podría retrotraerme al principio de los tiempos, pues todo está grabado en mi inconsciente. Estas aguas son el testimonio fehaciente de estos tiempos remotos que unen el origen y el presente. Soy un náufrago, procedente de una terra incognita por la mayoría de los hombres, que ha recalado en este sagrado, mítico y bello lugar llamado Ceuta.

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