NOCHE DE ENCUENTROS MÁGICOS

Ceuta, 11 de abril de 2017.

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Hoy es Martes Santo y esta noche contemplaré la luna llena. Yo he venido hasta el Monte Hacho, a un cerro que se encuentra enfrente del faro de Ceuta. Son las 19:51 h. En poco menos de una hora el sol caerá hasta perderse detrás de la Mujer Muerta.  Sobre un antiguo poste de la luz, en forma de cruz, reposan tres gaviotas. Este conjunto me recuerdan a los símbolos de la pasión y de la santísima trinidad.

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Estoy sentado sobre un viejo tronco de un árbol muerto y cortado con una motosierra. Me ha llamado la atención los orificios de las termitas y las marcas que han dejado otros insectos xilófagos. A pesar de llevar mucho tiempo muerto, este árbol no ha perdido su belleza y su calor.

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Cuando alzo la cabeza y fijo la mirada en Occidente observo parte de la bahía norte de Ceuta y la embocadura del Estrecho de Gibraltar. El levante ha dejado un delicado un delicado velo que cubre y difumina el paisaje. Noto en la espalda y en el cuello el húmedo aliento de Euro. La temperatura es muy agradable. La humedad del levante es compensada con el calor de los postreros rayos del sol. Me siento muy bien en este lugar que un día me enseñó mi padre. Cierro los ojos para concentrarme en el canto de las aves. Alguna que otra se deja ver, aunque sea sólo por un instante. En grupo de cinco o seis juegan en el aire al pilla pilla.

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Al caer la tarde los árboles y las plantas respiran con más fuerza y puedo disfrutar de sus nutritivas y deliciosas fragancias. Paseo entre ellas con mucho cuidado para provocar el menor daño posible. A cada momento me paro para deleitarme con sus colores y olores. A los pies de un vetusto pino han nacido varios retoños que aseguran la continuidad de este bello bosque.

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Un ejemplar solitario de cardota (galactites tomentosa) me recuerda a la zarza ardiente.

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…Se acerca la hora del ocaso. Las gaviotas anuncian la retirada del sol con sus bramidos. La neblina tiñe de color tabaco el horizonte. Esta tonalidad pronto tiende al dorado y de ahí al rojizo intenso. Contemplo esta estampa con suma emoción mientras que, como si fuera un enviado especial, tomo cumplida nota de los pormenores de la despedida del sol. Éste, como una gran bola incandescente, se oculta tras las montañas. ¡Adiós, sol!, le digo. Gracias por ofrecernos tu luz y calor. Toda la vida en la tierra depende de tu majestuosa presencia. Ahora me voy a contemplar a tu amante, la luna. Ya empiezo a echarte de menos, querido sol. Siento el frío de la noche incrementado por el viento de levante.

Júpiter sobre el fuerte del Desnarigado

Júpiter sobre el fuerte del Desnarigado

El manto oscuro de la noche empieza a ser visible en el horizonte. Son las 9:01 h. Dentro de diez minutos emergerá la luna de unas aguas en las que se unen en matrimonio sagrado la masculino y lo femenino. Espero con enorme serenidad la llegada de la Diosa Blanca. Mientras, en el centro de Ceuta, la misma diosa, bajo el apelativo de la Virgen de la Esperanza, se encuentra con su hijo-amante Nuestro Padre Jesús de Nazareno. El famoso encuentro entre el Cristo y la Virgen sucede al mismo tiempo que el protagonizado por el sol y la luna. No podía estar en los dos sitios al mismo tiempo, así que he preferido acompañar a la luna rosada. Para el encuentro del Nazareno y la Virgen de la Esperanza hay cientos de personas en la Plaza de África, pero para presenciar la reconciliación entre el sol y la luna estoy yo solo.

Encuentro en Nuestro Padre Jesús de Nazareno y la Virgen de la Esperanza (fotografía de Quino Sánchez Rodríguez)

Encuentro en Nuestro Padre Jesús de Nazareno y la Virgen de la Esperanza (fotografía de Quino Sánchez Rodríguez)

El momento del amanecer de la luna se aproxima. Lo sé porque las gaviotas empiezan a lanzar sus graznidos y a volar de manera frenética. Llevo mucho tiempo saliendo a contemplar la salida de la luna y me conozco muy bien el ritual de estas aves emparentadas con la diosa blanca. Un momento antes de ver el rostro anaranjado de la luna se enciende, como  el faro que tengo delante, el brillante Júpiter. Deseo ver el efecto de la luz lunar sobre la agitada superficie del mar, así que bajo hasta la playa del Desnarigado. Sirviéndome con la linterna del móvil llegó al espigón ubicado en el extremo occidental de esta hermosa cala. Sitúo la máquina fotográfica en el trípode e intento captar la belleza del momento.

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La noche es mucho menos negra con la luz de la luna. Un dulce blancura lo inunda todo. El blanco de las olas se potencia con el reflejo de la luz emitida por la diosa blanca…Apago la cámara y miro a mi alrededor. La inmensidad del cosmos me acongoja. Reconozco a algunas de las constelaciones y estrellas más importantes de las noches primaverales. Orión y sus perros se dirigen hacia Occidente y pronto dejaremos de verlo, mientras que, por Oriente, llega Virgo con su brillante estrella Spica. La Osa Mayor sigue impertérrita indicándonos el norte y veo a Hydra reptando sobre el horizonte. Y yo, un simple mortal, aquí estoy, disfrutando de este momento mágico. Una sensación extraña y placentera recorre mi cuerpo. Todo se ensancha y adquiere una profundidad inusitada. Mi campo de visión interior se abre para abarcar un paisaje nocturno fascinante y misterioso. Más allá de esta negrura infinita presiento la existencia de una fuerza que mantiene el universo en orden y armonía. Me siento atraído por este poder proveniente de una fuente lejana que se acrecienta en las noches de luna llena.

Cielo estrellado con el protagonismo de la constelación de Orión

Cielo estrellado con el protagonismo de la constelación de Orión

Al deshacer el camino desde el espigón a las murallas de la torrecilla presto atención a la sombra de mi cuerpo sobre las rocas. Es una sombra muy distinta a la provocada por el sol. La luna dibuja a la perfección mi silueta, con unos bordes tan claros que podrían recortarse con unas tijeras de manera sencilla.

Doy gracias a la Gran Diosa Blanca por hacerme participé de su magia y de esta noche de encuentro con su amado hijo.

VISITA AL SANTUARIO DE LA CALA DEL AMOR

Ceuta, 9 de abril de 2017.

Llevo un par de días levantándome más tarde de lo que es habitual en mí. Necesitaba descansar después de dos semanas de intenso y duro trabajo. Estas horas extras de sueño me ha sentado muy bien. Hoy me he levantado vital  y con fuerzas renovadas. Todo a mi vista al andar por casa me ha resultado mágico.  La diosa  de las serpientes cretense que tengo en el aparador parecía tener vida y calendario egipcio que cuelga en la pared de salón era el que marcaba los minutos de este luminoso día. La previsión era que iba a llover, pero, aunque contemplo algunas nubes, no hay atisbo de que pudiera caer agua del cielo. Las nubes llevan prisa en esta mañana dominical. Desconozco su destino, pero está claro que no es Ceuta. El fuerte viento de levante las lleva hacia Occidente, como si fuera un pastor conduciendo un celestial rebaño.

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Visto el día tan fantástico que hace, a pesar del viento, me he vestido y he salido de casa sin tener un destino decidido. Lo primero que he pensado esta mañana al abrir los ojos es que me voy a dejar guiar por la voluntad de la Gran Diosa. Ella ha querido que viniera hasta aquí, hasta la Cala del Amor.  Por el camino he sido acompañado por gorriones y golondrinas. Una de ellas, nada más salir de casa, se ha dirigido hacia mí y en el último instante ha virado para no chocar contra mi cuerpo. Les encanta jugar conmigo, y yo con ellas.

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Después de caminar apenas un cuarto de hora he llegado a la Cala del Amor. Aquí el viento sopla con fuerza salpicando mi rostro y el objetivo de la cámara con gotas de agua salada. El paisaje de este santuario costero es estremecedor. Siento toda la fuerza de la naturaleza golpeando las pardas rocas y mi rosado cuerpo. Comienzo a sentir esa conmovedora emoción que experimento cuando conecto con la naturaleza. El bolígrafo corre más rápido sobre la libreta iluminado por una luz cegadora que me transmite la sabiduría divina de Sophia. Ella toma el control de mi alma. Todo se ensancha y estrecha a la vez. Siento que soy uno con la tierra y cualquier inquietud que pudiera albergar mi corazón es arrastrada por el viento, como si fuera el envoltorio de un deseado tesoro a punto de abrir. Ese  tesoro soy yo mismo. Ese ser que se asoma cada vez que salgo de mundanal ruido y me retiro a alguno de mis santuarios preferidos. Desconozco la razón, pero en este lugar mi verdadero ser sale al encuentro de mí mismo para recordarme cuál es mi personalidad, agazapada en muchos momentos del día.

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Aquí estoy solo, pero me siento acompañado. Una atmósfera maternal me acoge. No siento frío ni calor, ni tampoco inquietud ni temor. La realidad es tan transparente como las cristalinas olas atravesadas por los rayos del sol. Este mundo, el que en este instante percibo, es el real. El otro, el artificial, el de los grandes hipermercados y el resto de no-lugares, apagan nuestra luz interior y ensombrecen nuestra vida. En la naturaleza la llama que guardamos en el centro de nuestra alma vuelve a resplandecer y la espiral de nuestro mundo interior recupera su giro ascendente. Este fuego es el motor que nos mantiene vivos. Aunque resulte paradójico, hay muchas personas que viven sin  vivir, es decir, sin percibir, sentir y reflexionar sobre la vida.

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…Experimento con mis sentidos. Cierro los ojos para darle la oportunidad a los otros sentidos para que tomen el protagonismo. El primero en coger la batuta es el oído, que disfruta con el bramido del mar y el viento. El siguiente es el olfato, que capta los matices del perfume del agua salada agitada y de la espuma de las olas. Llega el turno del tacto, que toma nota del calor del sol y del cimbreo del cuerpo por el empuje del viento. El gusto también reclama su papel y me relamo los labios para degustar el sabor a sal marina.

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Al abrir los ojos no puede apartar la mirada de las vivaces olas que adoptan infinitas formas y una amplia tonalidad de azules.

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…Unas amenazantes nubes grises avanzan en la dirección en la que me encuentro. No les temo en absoluto. La lluvia trae vida a la tierra. En el último momento las nubes cambian de rumbo y rodean por el norte al monte Hacho. El sol vuelve a resplandecer sobre el mar y las rocas.

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…Las gaviotas ya no sienten ningún recelo hacia mí. Vuelan cerca de donde estoy, tanto que escucho el batir de sus alas.

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RECIBIENDO A LA NOCHE

Ceuta, 2 de abril de 2017.

Llevaba muchos días sin hacer lo que estoy haciendo: salir un rato al encuentro de la naturaleza. Queda apenas un cuarto de hora para el atardecer. El mar está en calma y la elevación de la temperatura ha generado una tenue calima en el horizonte. El estado apacible del mar invita a las gaviotas a flotar serenamente sobre su superficie.

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Una golondrina pasa justo encima de mí, lo que me hace levantar la mirada hacia el cielo. Cuando lo hago veo a la luna en fase creciente.

El paisaje transmite una agradable sensación de paz y tranquilidad. Hasta el mar habla en voz baja. Da la impresión de que no quiere despertar a las gaviotas, algunas de las cuales, situadas cercanas a los arrecifes costeros, rompen el silencio con sus graznidos.

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Las nubes sobre el horizonte empiezan a tonarse rosas, reflejando sus colores y formas sobre un mar que hace las veces de espejo.

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Escucho de fondo el agudo canto de los vencejos que sobrevuelan Ceuta a cientos. El cielo, al igual que la tierra, está pletórico de vida. Las escaleras que bajan a la playa Hermosa han sido decoradas por la naturaleza con flores de tonalidades violáceas, blancas y amarillas, como si por ella fueran a subir la Gran Diosa. El rosa del cielo se extiende como un manto de seda sobre el mar hasta llegar a la orilla. Nunca antes había visto una franja verde en el horizonte, sobre la que reposa una ancha banda azul que es preludio de la noche. Entre el mar y el cielo dibujan un impresionante arco iris de una belleza extraordinaria.

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Por donde el sol muere las nubes se vuelven granate. La noche se aproxima y dejo que me envuelva con su oscuridad. La blanca luz de la luna cada vez es más intensa y no tardarán en hacer acto de presencia las estrellas.

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Las gaviotas vuelan hacia Occidente huyendo de la noche. El día busca un desesperado refugio en la bahía sur de Ceuta, que se vuelve dorada como el bronce bruñido.

Empiezo a notar el frío de la noche y la imparable oscuridad. El azul del cielo cada vez es más intenso. Una pareja de gaviotas pasan cercan de donde yo estoy graznando de manera musical, con una melodía que suena a despedida.

La silueta de las montañas se disipa al mismo tiempo que se encienden las luces de Ceuta y de la vecina localidad marroquí del Rincón. Otro tipo de luces, las estrellas, se encienden en el cielo. La primera que aparece es la misteriosa y mágica Sirio. Me quedo admirado al contemplar el surgimiento de la figura de Orión con su cinturón de brillantes estrellas.

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El aroma de las plantas y flores en cuanto cae la noche es muy agradable. Desprenden todas sus fragancias que atraen a muchos insectos. Es un momento importante para ellos. Disponen de pocos minutos para que la noche cubra completamente a la tierra y les resulte difícil alimentarse de los néctares florales.

De camino a casa no deja de mirar al firmamento con su oscuro azul que pronto será negro. El regreso del sol al inframundo permite apreciar la inmensidad del universo. Mi mente se expande tanto como el cosmos que tengo delante. Contemplo los dominios de la Musa Urania y logro acercarme al gran milagro que supone la vida. Todo gira y gira en forma de espiral, y nosotros estamos atrapados en este remolino eterno, pero, de  vez en cuando, como yo lo he hecho esta noche, podemos pararnos y abrir los ojos ante el fascinante espectáculo de la naturaleza y el cosmos. Entonces te abres a la vida en toda su plenitud e inmenso poder y dejas que te atrape entre sus brazos para conducirte hasta donde ella quiere llevarte con la seguridad de que allí te espera la dicha.

LA LLEGADA DE LA PRIMAVERA

Ceuta, 20 de marzo de 2017.

Hoy, a las 11:28 h, ha llegado la primavera. No puedo recibirla en la naturaleza, como hubiera deseado, pero en cuanto encontré un  hueco me desplacé hasta la ladera del Monte Hacho para dar una vuelta y absorber la esencia de la nueva estación primaveral.

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…Sopla fuerte el aliento de Céfiro, lo que me recuerda al macizo consagrado a este ventoso dios, cuya cumbre era conocida por los antiguos navegantes como la Cefíride. Más allá de este peñón, hoy día llamado de Gibraltar, en un cercano promontorio, había “un opulento santuario a la Diosa Infernal (Proserpina o Perséfone) y una entrada disimulada” (Avieno, Costas Marítimas, s.IV d.C). No debe de extrañarnos la existencia de un santuario a la diosa de la primavera en nuestro ámbito geográfico. De sobra conocido es que en toda la mitología clásica en esta zona se ubicaba la puerta del Hades. Una puerta que se abre justo en un día como hoy para que regrese a la tierra Proserpina. Según ha ido ascendido desde el inframundo, la naturaleza ha cambiado sus colores pardos por los verdes, amarillos y morados.

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Una enorme variedad de formas y tonalidades inundan el campo. Observo una actividad frenética que tiene como escenario a las flores. Al acercarme a un florido erguenes despegan al unísono todo un escuadrón de libélulas. Los pesados abejorros mantienen sus abultados cuerpos cerca de los estambres y las abejas vuelan de un lado para otro ajenas a mi presencia. Contemplo un extraordinario banquete al que estoy invitado solo como espectador. No puedo degustar las ambrosias de las flores, pero sí se me permite disfrutar de una sinfonía de olores que me embriagan. El dulzor que percibo en el ambiente penetra en mi cuerpo y siento que mi alma se extasía. Un calor vivificante recorre mi interior y me siento uno con la naturaleza. El tiempo se para por un instante y se dilata como una gota de oro incandescente. Este mundo en el que ahora estoy nada tiene que ver con la cotidianeidad existencial. Aquí reina el silencio, la serenidad, la paz interior, la totalidad omniabarcante que representa el anima mundi. Mi ánimo se eleva como si mi alma hubiera encontrado una puerta por la que salir a pasear entre las flores. Esta puerta es la misma que ha dejado entreabierta Proserpina.

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Este escondido rincón del Monte Hacho, iluminado por el sol de mediodía, es, para mí, una porción del Jardín de las Hespérides. El árbol que tengo delante de mí es el propio Árbol de la Vida, cuyos frutos todavía no han llegado. Me acerco a él para beneficiarme de su poder salutífero. Desconozco que extraña fuerza me ha traído hasta aquí ni con qué propósito lo ha hecho, pero según pasan los minutos todo se va aclarando. He venido hasta este lugar para tomar conciencia de una gran verdad: que somos nosotros quienes hacemos a los sitios sagrados cuando ejercitamos nuestra innata capacidad divina. Este rincón abandonado, con presencia de residuos, ha pasado a ser un vergel pletórico de vida e inigualable magia. ¿Quién leyendo este relato no quisiera venir hasta aquí para comprobar la belleza de este santuario? No podrían evitar ver este sitio a través de mi mirada y reconocer que todo lo que he dicho era cierto. Sentirían, eso espero, la misma emoción que yo ahora experimento ante la contemplación de tanta belleza. Les hablo de ese intenso sentimiento que nace de nuestro río interior desbordado, asciende por la garganta y desemboca en forma de lágrimas por nuestros ojos. ¡Cómo  nos satisface esta corriente que nace de una fuente eterna! Como dijo Emerson, “el hombre es una corriente cuya fuente está oculta”. Así como los rayos del sol llegan a nosotros de forma inesperada en un día nublado, la inspiración nos alcanza sin avisar. Procede de una Superalma que nos rodea y penetra todas las cosas. Al tocar cada sitio particular produce una mezcla divina que llamamos espíritu del lugar.

LA LUNA LLENA DE MARZO

 

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Después de subir una empinada cuesta, que me ha dejado sin aliento, he llegado a los pies de la fortaleza del Hacho. El sol ya se ha ocultado detrás el Yebel Musa. Sopla un intenso viento de poniente que dificulta tomar fotografías con el trípode.

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Me dirijo hacia oriente para contemplar el amanecer de la luna. No hago más que situar la cámara fotográfica cuando veo emerger a la luna vestida de rosa. Se coloca al sur del faro de Ceuta y mientras toma altura la presumida luna va cambiándose de traje. Primero, como hemos comentado, rosa, luego dorado y finalmente su conocido vestido blanco.

 

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Decido cambiar de lugar, pero antes me deleito viendo a Ceuta iluminada.

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ahora estoy sentado en un banco situado en uno de los miradores del Monte Hacho. Delante de mí tengo a un cielo limpio y estrellado iluminado por la luz blanca de la luna llena. Si giro mi cabeza hacia la derecha observo la estilizada figura de Orión, que ha sacado de paseo a sus perros, y encima de mí me vigila el Águila celestial. No puedo desorientarme teniendo delante a la Osa Mayor.

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Me tiene hechizado la sinuosa y ancha senda que el reflejo de la luna ha trazado sobre el mar. Da la impresión que las tenues olas son atraídas por Ceuta. Me detengo a escuchar el sonido del mar. Suena como una cascada abierta en mitad de la nada. ¿Caerá el agua más allá del amplio círculo que dibuja el horizonte? Sé que no es así, pero entiendo a los  navegantes que en la antigüedad se acercaban a estas tierras temerosos del profundo abismo que las leyendas ubicaban en el Estrecho de Gibraltar.

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La noche siempre es misteriosa, pero ésta me resulta especialmente mágica. Dejo mi cámara y mi libreta en la mochila y no hago otra cosa que escudriñar el paisaje nocturno con una mirada atenta y reverencial. Estoy sólo, al principio de esta noche, contemplando la inmensidad del universo. Las estrellas son diminutas, pero yo lo soy aún más. Soy una simple y débil llama de luz consciente maravillado ante el milagro que es la vida. Quiero guardar el recuerdo de este momento para completar el álbum de mi existencia. Cuando se cierre yo no podré ojearlo, pero otros podrán hacerlo y saber cómo he vivido. Igual mi modesto álbum ensancha sus almas y son capaces de ver  lo que yo he visto

CEUTA, AXIS MUNDI (“EJE DEL MUNDO”)

Ceuta, 4 de marzo de 2017.

Esta ciudad, también, situado bajo el cielo, es una puerta de entrada y salida para las almas a y desde el cielo”, Henry David Thoreau.

Vista de Ceuta desde el mirador de Isabel II

Vista de Ceuta desde el mirador de Isabel II

La investigación sobre el santuario de la Gran Diosa en Ceuta es muy compleja. Para ordenar toda la información que ido recopilando tengo que utilizar las máquinas pensantes de Patrick Geddes. Su aplicación sugiere situar a la dimensión espacio-temporal en el comienzo de este estudio. El lugar es Ceuta y el tiempo el siglo XIII. De sobra es conocido que la Gran Diosa está unida a la naturaleza y sus ciclos. La vida, y su contraparte la muerte, eran realidades mucho más cercanas en la prehistoria y en la edad antigua. Aquellos lugares donde el principio vital era fuerte surgía el culto a la Gran Diosa. Ceuta es uno de estos privilegios lugares debido a sus magníficas condiciones naturales. Los primeros cultos femeninos aparecen en las sociedades humanas durante el paleolítico inferior, periodo histórico al que pertenecen las conocidas Venus prehistóricas.

Mogote de Benzú en el que se ubican el abrigo y cueva del mismo nombre

Mogote de Benzú en el que se ubican el abrigo y cueva del mismo nombre

Aunque en los últimos años se ha progresado en el conocimiento de la prehistoria ceutí, gracias a las excavaciones arqueológicas en el abrigo y cueva de Benzú, nada sabemos sobre su pensamiento religioso. Para momentos más avanzados de la historia de Ceuta existen indicios arqueológicos que permite sostener la hipótesis de la existencia de un santuario relacionado con el asentamiento protohistórico localizado en el centro de la ciudad.

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Yacimiento protohistórico de Ceuta

Realmente, el testimonio más antiguo del culto a la Gran Diosa en Ceuta corresponde a la inscripción votiva dedicada a la diosa Isis. Este documento epigráfico, fechado en el siglo II d.C, permite hablar de un templo o aula de culto relacionada con esta divinidad mistérica de origen oriental.

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Momento del hallazgo de la inscripción votiva dedicada a la diosa Isis

La temprana llegada del cristianismo a Ceuta es avalada por la construcción de la basílica tardorromana localizada en el extremo oriental del istmo ceutí. Todo apunta a este espacio cultual estuvo dedicado a una mártir, cuyo cuerpo fue enterrado en la cabecera del edificio basilical. Existe cierta controversia a la hora de ubicar la iglesia que el emperador Justiniano mandó erigir en la antigua Septem dedicado a la Theotokos, la madre de Dios. Puede que fuera la misma basílica de la que estamos hablando, o bien que se construyera un templo distinto bajo en el lugar que hoy en día ocupa la Catedral de la Asunción. Sea como sea estamos hablando de una presencia muy temprana de un culto mariano en Ceuta.

Basílica tardorromana de Ceuta

Basílica tardorromana de Ceuta

Con la llegada del islam a las tierras ceutí desaparece cualquier mención a los cultos femeninos. No es precisamente hasta el siglo XIII cuando tenemos noticia de la existencia de una iglesia cristiana en el barrio cristiano de la Ceuta almohade y azafí: la iglesia de Santa María de Marruecos. Esta alhóndigas cristianas “se ha situado tradicionalmente en el ángulo noreste del istmo” (Hita y Villada, 2009: 277). El nombre de la iglesia ya nos está indicando que se trata de una ermita dedicada a la Virgen María.

Con la llegada de los portugueses a Ceuta el 21 de agosto de 1415 tiene lugar una recristianización de la ciudad. Las antiguas mezquitas fueron abandonadas, destruidas o convertidas en lugares de culto cristiano. La mezquita principal de Medina Sabta, la aljama, fue expurgada y transformada en la primera iglesia cristiana de la Ceuta lusitana. En su interior fueron alojadas dos imágenes marianas traídas por las tropas portuguesas: la Virgen de África y la Virgen del Valle.

Imagen de la Virgen del Valle en su templo

Imagen de la Virgen del Valle en su templo

Volviendo al siglo XIII, esta centuria constituye el momento más esplendoroso de la historia ceutí. En el plano urbanístico la ciudad conoce un importante desarrollo alentado y financiado por el esplendor económico y comercial que experimenta Ceuta. Su importancia no se limita al aspecto económico, sino que también abarca las facetas religiosas, científicas, filosóficas, políticas,  culturales y artísticas. Hasta Ceuta llegan importantes pensadores y líderes religiosos que huyen de sus localidades por el imparable avance de la reconquista cristiana. De la mano de algunos de estos intelectuales toma fuerza en la ciudad movimientos religiosos como el sufismo, el cual entra en conexión con ritos y creencias ancestrales presente en el norte de África para dar lugar al fenómeno del marabutismo.

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Santuario de Sidi bel Abbas al Sabti

Los marabut o morabitos era santos o sabios dotados de un gran conocimiento religioso, místico y mágico. Los lugares en los que vivieron y murieron dieron lugar a un elevado número de tumbas santuarios. Al Ansari, en el siglo XV, eleva el número de esto sitios sagrados a ochenta y dos, aunque la cifra pueda parecer excesiva. No todos tenían la misma importancia. Lo más relevantes eran objeto de romerías y peregrinajes. Los adeptos acudían en el pasado y siguen haciéndolo en el presente para beneficiarse del poder curativo del cuerpo, del alma y de la mente atribuidos a estos santos. La inmensa mayoría de los morabitos fueron hombres, aunque en el caso de Ceuta, Al Ansari cita la existencia de una tumba famosa femenina, la de Tuffaha, la esclava negra.

Conocemos la ubicación de algunos de estas tumbas santuarios existentes en la Ceuta medieval, pero de la mayoría desconocemos su ubicación exacta. Uno de estos santuarios estuvo situado a pocos metros de los baños árabes de la Plaza de la Paz. Podemos afirmarlo en este momento después de la intervención arqueológica realizada en  un solar de la calle Galea. En este lugar, ubicado junto al mar, cerca de un manantial de agua dulce y en la intersección de los dos ejes principales de la geografía ceutí, -conectados por la salida y puesta del sol en el solsticio de verano-, fue excavado en el siglo XIII, o incluso antes, una gruta sagrada en la que se practicaron cultos relacionados con la Gran Diosa ((J. Manuel Pérez Rivera, V. Martínez Enamorado y S. Nogueras Vega, en prensa).

Vista general de la gruta sagrada

Vista general de la gruta sagrada

Esta gruta constaba de dos cámaras: una superior, de planta circular; y una inferior, de planta elíptica. A esta última bajaban las mujeres para practicar el rito de la incubatio, mediante el cual esperaban mejorar sus problemas de infertilidad o curar otras dolencias.  Parte de los rituales realizados en este santuario consistían en el sacrificio de animales, principalmente corderos y gallinas, cuyos restos eran depositados en el interior de un pequeño foso situado en el centro de la cámara inferior. También dejaron, en la última práctica de este rito, un colgante de plomo con la representación de una diosa en posición oferente, con la piernas abiertas y dando a luz  a un flor de loto. Luego la gruta fue abandonada. Las paredes se desplomaron sobre el fondo de la cueva artificial y así permaneció oculta durante muchos siglos hasta que yo la descubrí.

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Talismán con la representación de la Gran Diosa

Esta cueva y el talismán que apareció en su interior, junto a otras piezas arqueológicas, no fueron los únicos hallazgos relevantes recuperados gracias a la intervención arqueológica en la calle Galea. Al ampliar la zona de intervención arqueológica, decisión adoptada tras descubrir la cueva y el talismán, encontramos una serie de estructuras de difícil interpretación, pero que bien pudieron pertenecer al santuario existente en este lugar. Pero el hallazgo más relevante fue el de un betilo o ídolo pétreo esculpido en la negra roca de las peridotitas del Sarchal que simboliza la conjunción entre el principio femenino y masculino. La parte inferior de este betilo es de forma triangular, símbolo tradicional de lo femenino, y la superior es un glande masculino del que emana la benedicta virinitatis, el bendito verdor. Juntos ambos principios se logra el poder universal, simbolizado, a su vez, por el puño cerrado labrado en una de las caras laterales del betilo.

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El betilo hermafrodita de tipo urobórico hallado en este santuario no es sólo una pieza arqueológica excepcional, representa también el espíritu sagrado de Ceuta.  En esta piedra negra se simboliza el papel de Ceuta como extraordinaria metáfora del mysterium coniunctionis. En la propia geográfica de esta península está plasmada la unión de opuestos entre el frío Atlántico y el cálido Mediterráneo, entre el norte y el sur, entre la vida y la muerte, entre la razón y la intuición, entre los sentimientos y las sensaciones, entre el pensamiento y la acción. Ceuta no es sólo uno de los pilares de las columnas de Hércules, es también el  lugar sobre el que reposa el Axis mundi o “eje del mundo”. Se trata de un símbolo compartido por muchas civilizaciones que representa un punto de conexión entre el cielo y la tierra en el que se dan cita los cuatro puntos cardinales. A través de este punto es posible conectar los planos superiores e inferiores, de modo que nos encontramos ante una puerta a la eternidad por el entran y salen almas, así como permiten la comunicación con las fuerzas profundas que rigen el cosmos y la naturaleza.  En el punto exacto donde reposa este eje se excavó la gruta sagrada dedicada a la Gran Diosa. Sobre ella descansa el árbol de la vida.

Este re-descubrimiento de Ceuta con Axis mundi sitúa a esta ciudad norteafricana en el mismo nivel de santidad y sacralidad que el santuario de Delfos, el Monte Olimpo, el Monte de los Olivos o la Meca. Hecho estos hallazgos no cabe más que reforzar la importancia de Ceuta por su carácter mítico, sagrado y mágico. Todo ello demuestra la validez de mis intuiciones sobre el genius loci de Ceuta y me hace ver la realidad que me circunda con una percepción sensitiva muy distinta. Veo y siento el animus mundi empapando la tierra ceutí y rodeándola con un círculo mágico. Y en medio de este círculo existe una puerta que me permite comunicarme con la divinidad. Los dioses y diosas han querido que mi destino y el de Ceuta fueran distintos al que hemos seguido hasta ahora. Hemos entrado en otra fase de la historia de Ceuta, y de la humanidad, que desconozco en todos sus detalles, pero que sé a ciencia cierta que estará presidida por un despertar de los dormidos sentidos, sentimientos y conciencia de los hombres y mujeres que habitamos la tierra.

DEFINICIÓN DE LA FELICIDAD POR WALT WHITMAN (TEXTO INÉDITO)

Uno de los pasajes más conmovedores de la recién descubierta novela perdida de Walt Whitman, “Life and Adventures of Jack Engle: An AutoBiography”, es aquel en el que el padre de Marta, la heroína de este relato, y a la vez asesino de la madre de Jack Engle, escribe una carta en la cárcel poco antes de morir. Se trata de un bello alegato sobre la felicidad, la vida y la belleza. Dice así:

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Quienquiera que seas, en cuyas manos pueda caer esta triste historia, -oh, permíteme esperar que mi hija pueda leerla y deje caer una lágrima por su padres-, seas quien seas, hija, amigo o extraño, yo comienzo mi narración, escrita en prisión, para pasar las duras horas y dejar la posibilidad de alguna pequeño legado de simpatía para mí mismo.

Mira a tu alrededor en la hermosa tierra, el aire libre, el cielo, los campos y las calles, -las personas que pululan en todas direcciones-, todo esto es común, dices, no vale la pena dedicarle un pensamiento, como yo una vez supuse, y tú también. Pero que supongo ahora ya no. Ahora todas estas cosas me parecen las más hermosas cosas del mundo. Estar libre, caminar por donde quieras, mirar con libertad, estar libre de cuidados, también, a lo que quiero añadir, no tener el alma presionada por el peso de un horrible odio o desgracia; no tener una castigo terrible suspendido sobre ti; oh, eso es la felicidad.

¡Felicidad! Ay, que absurdidades pasan entre los hombres, bajo este nombre. Felicidad: yo estoy en prisión, con la muerte quizás esperándome; y escribo algunos de mis pensamientos sobre la felicidad ¿No hay, de hecho, ninguna especificaciones para el disfrute de la vida? ¿Venimos a la tierra para fatigarnos y sufrir, para comer, beber y tener hijos, para enfermar y morir? ¿En este mundo, en el corazón del hombre, no brillan los rayos solares y no florecen flores, como el mundo de afuera? ¿Y el amor, y la ambición, y el intelecto y la riqueza, -fuentes de las que, en la juventud, esperamos que en los futuros años emane muchas de estas felicidades,-como sus fruiciones llegan, no vienen también las decepciones?

Yo quisiera que el Diablo en el Jardín del Edén hubiera sido hecho para decir al hombre joven que era lo que conduce a la felicidad. Que en estos tiempos modernos, a lo que los hombre se dedican con tanto ardor, todo los hombres que no rodean, no alcanzan la felicidad, resulta evidente. La riqueza no puede comprarla. Los periódicos cada mes contienen las cuentas de los individuos, seguramente prósperos en todos sus asuntos pecuniarios, y algunos de ellos jóvenes y saludables, que en medio de lo que los pobres piensan que es la felicidad perfecta, han cometido un auto-asesinato. El buscador exitoso, tras el rango y la posición, no es feliz. Los más eruditos intelectuales son a menudo los hombres más melancólicos del mundo. La belleza se marchita tanto como el cerebro tras un rostro familiar. Elegantes vestidos con frecuencia cubren un alma enferma y la decoración de un hermoso carruaje no es más que el adorno de la miseria. De igual modo, entre las clases sociales más ocupadas y trabajadoras prevalece la misma ausencia general de felicidad. Parece razonable que aquel cuya existencia es una ininterrumpida lucha por evitar la inanición por la esclavitud y el trabajo duro, contemplara pocos días brillantes. Así también el hombre cuyas labores son efectivas, no les va mucho mejor. El mecánico, el labrador, el corrector literario, son igualmente excluidos de cualquier experiencia deliciosa, de ese dulce bocado que tanto aprecian, pero nunca obtienen. Yo estoy hablando no de las agradables gratificaciones de los sentidos o los gustos cotidianos, que son bastante comunes, sino del logro, en cualquier momento, de esa condición en la que un hombre puede decirse a sí mismo: “yo siento una perfecta felicidad. No tengo ningún deseo sin gratificar”.

¿No soy filosófico aquí, en mis rallados muros? ¿No ven que aguda se ha convertido mi mirada? Y realmente es un consuelo, en este instante, pensar lo miserable que el mundo es. Pero no sería miserable si yo no hubiera tenido un gran peso sobre mi alma y estuviera libre de nuevo. Ahora, cuando estoy a punto de dejar la vida, mis ojos se abren a su belleza ¡Oh, que barata y común belleza! ¡Ser libre y no ser un criminal! Ahora también he quitado la barrera que se colocó entre mí y la felicidad! Lo que fue un temperamento ardiente, lo he perdido ahora; yo siento que si viviera unos cientos de años, serían cientos de años sin ira ni venganza ¡Qué salvajes! ¡Qué desconcertados están mis pensamientos! ¡Cómo hablo de cientos de años! ¿Acaso veré la mitad de cien días?”.

HIJO DEL MAR Y DEL VIENTO

Ceuta, 19 de febrero de 2017.

…Estoy tumbado en la cama. Son las 16:55 h. El silbido del viento es tremendamente agudo. Las cortinas se inflan como la vela de un bergantín. Me encanta este tiempo. Percibo la fuerza de la naturaleza, su incalculable poder, capaz de derribar muros. Las obras humanas resultan insignificantes comparadas con la potencia de este huracanado viento. Cada estación tiene sus características. Febrero siempre ha sido en Ceuta un mes de lluvias y vientos. ¡Qué triste sería la vida sin el contraste de las estaciones! Cada una de ellas trae asociado un estado de ánimo. El mío ahora es el de excitación emotiva. Mi mundo de adentro está tan agitado como los árboles que observo desde mi ventana. ¡Sopla, sopla, viento iracundo! ¡Demuéstrame tu poder! Te respeto, pero no te tengo miedo. Eres parte de mi vida, de mis recuerdos de la infancia y la juventud. Soy hijo del mar y del viento. Tus silbidos penetran hasta los rincones más escondidos de mi alma para despertarme y recordarme lo que soy ¡De dónde proviene tu enfado! ¡Qué causan te motivan para protestar de la manera que lo haces!…Me vence el sueño escuchándote. Entro en el silencio.

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VOCES DE ALMAS SUFRIENTES

Ceuta, 21 de febrero de 2017.

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Después de tomar unas cuantas fotos por el Recinto Sur, he bajado hasta el fuerte del Sarchal. Aunque sigue predominando el color gris empieza a verse el habitual celeste en el cielo. Es el primer síntoma de que el temporal está entrando en fase decadente. No obstante, las olas que llegan hasta el litoral siguen siendo gigantes. El mar es de tonalidad verdosa, pero la orilla es de un blanco reluciente. Al acercarse a la costa las olas toman una considerable altura. Desde arriba no impresiona tanto como verlas al nivel de la orilla. Si pudieran me tragarían como un vulgar corcho de botella. A la naturaleza hay que amarla, pero siempre desde el respeto y la prudencia ante su descomunal fuerza.

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Aquí, sentado en la escalera que conducen al fuerte del Sarchal, nada puedo temer. Disfruto del panorama tempestuoso con suma tranquilidad. Una hermosa abubilla, de vivos colores y elevada cresta,  se ha acercado a pocos metros de donde estoy, pero no me ha dado tiempo a fotografiarla. Fijo mi mirada de nuevo en el embravecido mar. De tres en tres las olas se dejan morir en la orilla. Lo hacen de manera placida emitiendo un sonoro y grave rumor. Pienso en Henry David Thoreau, autonombrado inspector de nieve y de lluvia. Si estuviera aquí conmigo estaría disfrutando de este momento.

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El sonido de las olas se mezcla con el zumbido del viento y el graznido de los cuervos. Una pareja de ellos, de manera disimulada, se han posado en un árbol muy cercano al lugar en el que me encuentro escribiendo. Deben estar intrigados por mi presencia. Por un momento el cielo se ha abierto y los rayos del sol han devuelto los colores al paisaje. Las olas se han vuelto traslucidas y la espuma blanca del mar brilla como el albedo de las cumbres nevadas.

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El tiempo es tan cambiante que ahora recibo algunas gotas en la cara, que no sé si son de lluvia o de las salpicaduras de las olas. Una ola enorme, que ruge como un león, me estremece.

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Tengo que parar de escribir para limpiarme las gafas. Ya no consigo ver ni siquiera la libreta…Vuelve el sol de nuevo, aunque no logra imponerse a las nubes. Creo que no tardará en lograrlo.

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Admiro el valor de las gaviotas que plantan cara al intenso viento de levante. Vuelan sobre una arrugada manta blanca de espuma marina que ocupa en este instante toda la cala. Siento que todas las sensaciones que experimento están quedando grabadas en mi mente para convertirse en un recuerdo imborrable. Sin duda está es la tempestad que estoy viviendo con mayor intensidad y conciencia de toda mi vida. Al mismo tiempo que las palabras quedan plasmadas en esta libreta las percepciones que le dan contenido son impresas en mi memoria. El sentimiento que me genera esta combinación de fuertes sensaciones es de serenidad y agradecimiento a la vida. La naturaleza me está ofreciendo la oportunidad de vivir deliberadamente alargando mi percepción del tiempo y del espacio. Este rato que llevo aquí me está impregnado de sabiduría perenne  y de cierto sentido de la eternidad. Los minutos parecen segundos, pero de una contenido inigualable. Vivo en un mundo alejado de las preocupaciones terrenales en el que la naturaleza cobra el protagonismo que merece. Todo los demás elementos del paisaje, -los edificios, las coches que ve a los lejos, las gentes, etc…-, resultan insignificantes comparados con la fascinante estampa que tengo delante.

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Me empapo de la energía que procede de las olas. Toda esta fuerza liberada por las olas la hago mía y me revitaliza. Es capaz de liberar mi imaginación y mi ansia de expresar lo que fluye dentro de mí. Mi mano mantiene el mismo ritmo acompasado de las olas a la hora de escribir este relato. Acude a mi mente de improvisto un recuerdo de mi infancia. El de un día igual de tempestuoso en el que, después de comer, veía en la televisión, -aún en blanco y negro-, un capítulo de la telenovela “El Conde de Montecristo”. La imagen que me viene a la cabeza es la del desdichado Edmond Dantès encerrado en una oscura celda mientras escuchaba las olas batir contra los acantilados de la isla en la que estaba preso. Siempre me he sentido identificado por este personaje creado por Alejandro Dumas: un desdichado joven condenado de manera injusta a pudrirse en un penal por dentro y por fuera. Puede que la apertura que experimento en este momento de mis sentidos sutiles me haya permitido escuchar el lamento de alguna de las mujeres que fueron encerradas en el fuerte que tengo justo delante de mí.

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Cuando escribo este pensamiento una joven con un chaquetón negro pasa junto a mí, me saluda y la sigo con la mirada. Baja hasta la misma playa sin miedo y se queda de pie contemplando el mar en la misma línea marcada por la espuma de las olas. Permanece así varios segundos con las manos metidas en los bolsillos del abrigo…Luego deshace el camino con la misma parsimonia que mostró al descender hasta el borde del mar. No sé qué pensar. Tengo la sensación de que ha bajado hasta la playa para arrojar sus preocupaciones al mar y aliviar una pena que aflige su corazón.

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Decido dejar de escribir y regresar a casa. La idea que me ronda por la cabeza es el de las voces nunca escuchadas de todas las desdichadas personas que estuvieron presas en el penal de Ceuta. Su memoria se ha perdido cuando lo hicieron los archivos del presidio. Sin embargo, algo de ellas ha quedado adherido al espíritu de Ceuta. Sus desconsolados llantos, sus lágrimas, sus profundas tristezas, los mismos deseos de venganza que mantuvo vivo a Edmond Dantès en el castillo de If, siguen flotando el atmósfera ceutí. Si uno presta atención al sonido del viento escucha los lamentos de las almas que no han encontrado consuelo por los sufrimientos que padecieron en esta tierra azotada por el viento. Puede que al hablar de ellas le transmita algo de paz…Tendré que pensar en ello.

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UNA SIMPLE PIEDRA

Ceuta, 17 de febrero de 2017.

A las 17:12 h de este día, junto al fuerte del Sarchal, comienzo a escribir esta nueva libreta. Desconozco el futuro contenido de este cuaderno de tapas rojas. Es toda una aventura la que doy comienzo en este instante. El fin del invierno está próximo. Pronto llegará una nueva primavera. Este verano seguramente me volveré a bañar en las aguas que tengo delante. Ni ellas ni yo seremos los mismos que anteriores veranos. Todo está en continua evolución y cambio. El paisaje de fondo tarda más en modificarse. Los acantilados mantienen una imagen reconocible, al igual que el derruido fuerte del Sarchal. Todo lo demás está sujeto a variación. Ahora las paredes de la Rocha lucen un llamativo manto verde, salpicado en los últimos días con los amarillos y morados de las flores que se abren. Las gaviotas siempre están, así como los grajos que viven en los huecos de las vetustas paredes del fuerte.

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El mar y el cielo son los más variables de todos los componentes del paisaje. Hoy, el primero,  sufre la resaca del levante. Según las previsiones meteorológicas, mañana el viento le dará una pequeña tregua, aunque pronto empeorará. En cuanto al cielo, ahora está completamente nublado. Su color gris, junto al verde del mar, crea un ambiente misterioso que incita a la participación de la imaginación. Un par de niños juegan en la orilla, como hacía yo a su edad con mis amigos. Nos divertíamos cogiendo cangrejos y corriendo delante de las olas. Unas olas que no dejan de redondear las piedras de la orilla hasta convertirlas en arena fina.

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Un pescador ha probado suerte en esta playa Hermosa, pero el tiempo no es propicio para este arte milenario y desiste de su empeño. Yo y él, además de los aludidos niños, somos los componentes más inconstantes del paisaje. Sin embargo, somos los únicos que podemos dejar constancia de este momento y darle vida. Este instante ha pasado a ser un hecho con mi presencia y la escritura de este relato sobre lo que percibo y siento al contemplar este lugar.

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Al mirar al suelo veo una pequeña piedra que me llama la atención. Esta sola. Sobre la hierba. Parece que alguien la ha puesto aquí para mí. Se trata de un fragmento de peridotita con presencia de cuarcita. Su color, curiosamente, es el mismo que en este momento presenta el mar. Podría decirse que es una gran gota de agua marina petrificada con incrustaciones de olas blancas.

Esta piedra, antes de que yo la viera y cogiese, era una de tantas que podemos encontrar en esta playa. Por el simple hecho de mi observación y mi relato sobre ella ha empezado realmente a formar parte de la realidad. Ahora pertenece a mi pequeña colección de minerales y luce entre los libros de mi biblioteca. Cada vez que la contemple me vendrá a la memoria el recuerdo de mi visita de esta tarde a la playa Hermosa.

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El ejemplo de la piedra que he encontrado me permite ilustrar la capacidad de tenemos los seres humanos de hacer visible lo invisible. Es nuestra mirada la que otorga realidad a las cosas y los acontecimientos. La piedra existía antes de que yo me fijase en ella, pero quien la ha hecho real es mi mente. De algún modo todos somos el resultado del sueño o la imaginación de los dioses, tal y como defiende la tradición espiritual oriental. De vez en cuando los dioses y diosas se pasean por la tierra y eligen por azar a uno de nosotros para despertarnos y hacernos reales. Algo parecido a lo que yo he hecho esta tarde con la piedra de la que les he hablado. No convertimos en lapis philosophorum, en seres conscientes que con su luz despiertan con amor y suavidad a los demás.

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Para mí la piedra que he encontrado esta tarde ha pasado a ser mágica y sagrada. Se ha convertido en el símbolo de un pensamiento elevado y trascendente. Así sucede con todo lo que miramos con los ojos del alma. Somos nosotros lo que hacemos a los objetos y a los lugares sagrados. Una simple piedra puede evocar pensamientos profundos y emociones muy intensas. Si esto es capaz de provocarlo una simple piedra, ¡Qué no logrará un bello paisaje ante los ojos de un hombre o una mujer despiertos! Piensa en la tierra con una gota de agua y barro petrificada encontrada por los dioses en uno de sus paseos por el infinito cosmos. Ellos le han dado vida con su mirada  y nos ha dotado a nosotros, los seres humanos, de una visión semejante para otorgar vida a lo que nuestros sentidos perciben.