AMANECER EN EL ISLOTE DE LOS AMERICANOS

Ceuta, 19 de noviembre de 2016.

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Hoy no quería perderme uno de los bellos amaneceres que nos está regalando el otoño. Así que he preparado mis cosas y he salido con dirección a la Rocha. Mientras bajaba por la empinada escalera he observado cómo el cielo prometía un alba espectacular. Una banda dorada, ribeteada de rojo, cubría el horizonte. Al mismo tiempo las nubes se teñían de rosa.

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Hasta el mismo mar que baña las aguas del Recinto mostraban una tonalidad amoratada, como si el vino de la crátera de los dioses se hubiera derramado sobre el mar de Ceuta.

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Al llegar al final de la escalera he buscado un cómodo asiento entre las piedras del llamado “Islote de los Americanos”. El sol ha nacido rojizo, como cualquier niño que viene al mundo manchado con la sangre de su amada madre. La naturaleza y yo, además de una solitaria gaviota, esperábamos al llegado al mundo del astro rey. A su paso iba formando estratos  en la aparente consistencia de las nubes. Un grupo de ellas huía hacia Occidente, consciente de que la salida del sol podría suponer su muerte.

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He sentido sana envidia del pescador que con su kayak se dirigía hacia Oriente para probar fortuna con su caña.

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Efímero espectáculo ha sido el de hoy. Las nubes han cubierto al sol como un tupido velo. El día se ha vuelto grisáceo en un instante. Las gaviotas vuelan inquietas presagiando la pronta llegada de la lluvia.

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Los minutos finales de mi estancia en el Islote de los Americanos los dedico a describir las sensaciones que me transmite el mar. Hoy es de absoluta tranquilidad, mezclada con una atmósfera de aventura. Pienso que detrás de cada una de estas piedras se esconde un secreto, una gruta sagrada, un tesoro perdido de algún antiguo poblador de Ceuta. Me siento parte de todo lo que contemplo. Las gaviotas y los cormoranes, que vuelan en perfecta formación, no consideran un extraño. Soy como uno de ellos, pero sin alas. Mis vuelos son de otro tipo. Yo me elevo, gracias a mi mente, hacia parajes poco transitados por el hombre. Mi imaginación es la fuerza que me permite volar.

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Los sueños son el estado previo al conocimiento. Primero imaginamos, y luego investigamos para darle contenido a nuestros sueños. Al ver la superficie del mar imagino cómo será el fondo marino y entonces surge en mí el interés por conocer los secretos que guarda.

Con estas palabras completo esta libreta. Entre sus páginas se esconden los cinco últimos meses de mi vida. Un tiempo de estudio y recogimiento, cuyo resultado se verá pronto.

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