¿CÓMO Y PARA QUÉ ESCRIBO?

Ceuta, 3 de noviembre de 2015.

 

Normalmente son otros quienes describen y definen el estilo de un escritor. Como no tengo claro si algún día llegaré a tener un crítico que evalúe mi obra y como soy, además, la persona que mejor me conozco, me dispongo a hacer mi autocrítica literaria.

En la literatura se dan dos momentos decisivos: la propia escritura y la posterior lectura. Sobre el primer acto tan solo contamos con dos testigos: el escritor y el papel que sirve de soporte a las letras. Me tomo autodeclaración y confieso que mi hora preferida para escribir es el amanecer. A la “hora del alma”, como le llamaba Walt Whitman, tengo el cuerpo descansado y la mente despejada.  Lo primero que hago al levantarme es abrir la ventana del estudio y contemplar el firmamento. Luego me siento a escribir o preparo mis cosas para salir al encuentro de la naturaleza. Mi morral va ligero. Solo llevo mi máquina fotográfica, una batería de repuesto, una botella de agua, el móvil y, por supuesto, un bolígrafo azul y una libreta.

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Cuando decidí embarcarme en la aventura de la escritura busqué un modelo de libreta que se ajustara a mis necesidades y gusto. Después de visitar varias papelerías encontré lo que buscaba en la librería “Poniente” de Armilla (Granada), el pueblo natal de mi mujer, donde paso las vacaciones de navidad, Semana Santa y verano. La libreta elegida, de la marca “liberpapel”, presenta un tamaño ideal, 10 x 15 cms. Las pastas son de plástico flexible y cuenta con una goma en la solapa para cerrarla. También tiene un lazo estrecho que sirve de marcapágina. Unas páginas cuadriculadas que facilitan la escritura. Para escribir utilizo un bolígrafo pilot de color azul.

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Con estos pertrechos salgo camino de la naturaleza. No necesito ir muy lejos para encontrar un lugar tranquilo y silencio en el que practicar la escritura. Uno de los sitios que más he visitado ha sido la playa Hermosa, más conocida como la playa del Sarchal. Realmente es merecedora de este apelativo. Es un lugar bello y hermoso que se localiza a apenas dos minutos de mi casa. Para llegar a ella tengo que descender por una empinada y sinuosa escalera de doscientos setenta y cinco peldaños.

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Mis escritos suelen comenzar con descripción, a través de todos mis sentidos, del lugar donde me encuentro. Desde los sentidos doy un salto a los sentimientos y de ahí a la emoción más profunda. Sin tener plena conciencia de lo escribo dejo que fluyan libremente mis ideas y deja rienda a mi imaginación. Es así cómo se abren las puertas de mi mundo de adentro que me conducen al reino del espíritu, la sabiduría y la belleza. De este modo intento que mis ideales, ideas y sueños puedan tener alguna aplicación práctica para la renovación de la vida, la reeducación de las mentes y la restauración de la naturaleza y el patrimonio cultural.

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Cualquiera que lea mis escritos se dará cuenta de que utilizo un lenguaje sencillo y asequible, alejado de palabras rebuscadas y artificios gramaticales. No suelo pulir y corregir mis notas, más allá de lo indispensable, a fin de que no pierdan su sabor a aire libre, a sol o a mar.

Durante el proceso de escritura a veces me detengo para tomar una fotografía que resulte oportuna para ilustrar lo que estoy describiendo en mi escrito. Son, por tanto, fotografías más ilustrativas que artísticas. No obstante, procuro que las fotos tengan un mínimo de calidad.

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Respecto a la extensión de mis escritos, no suelen superar los tres folios en  A4, tipo de letra “Calibri” y tamaño 11. No es una extensión establecida de antemano. Resulta ser la extensión que necesito para expresar todo aquello que en cada momento surge de mi corazón y de mi mente.

Al regresar  a casa descargo las fotos en el ordenador y paso al ordenador mis anotaciones en la libreta. A continuación publicó mis escritos en el blog de mi página web (www.elsignificadodelavida.com). Y, finalmente, comparto la publicación en las redes sociales (Facebook, twitter y Google +).

No es habitual que coseche muchos “me gusta” ni consigo abundantes comentarios. Al comprobar las estadísticas en la página web el resultado suele ser bastante decepcionante, pero tampoco me afecta mucho ni me desanima a seguir escribiendo. Todo lo contrario, cada día escribo más y llego a una mayor profundidad. A veces rozo con mis dedos mi alma y siento el cosquilleo de la eternidad. Lo cierto es que no escribo movido por el afán de notoriedad, la fama o el prestigio. Mi cupo de vanidad está cubierto y procuro mantener atado en corto a mi ego.

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La razón primordial por la que escribo, y también leo, es para el fortalecimiento de mi propia personalidad. La escritura me sirve, sobre todo, para aumentar mi autoconocimiento, progresar en mi autodesarrollo y avanzar en mi autotransformación positiva. Intento seguir el consejo de Whitman: “…mira siempre a la lejanía. Cuenta siempre lo más posible”.

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Seguiré saliendo al encuentro de la naturaleza y contaré todos aquellos sentimientos y pensamientos que me inspiren mi propia alma, la naturaleza y el cosmos.

Confío en mí mismo y estoy dispuesto a cumplir mi misión. Al llevar a cabo mi obra fortalezco mi espíritu y moldeo mi personalidad. Los cambios en mi ser son cada día más ostensible. Hay dos rasgos nuevos en éste mi segundo nacimiento: la risa profunda y el semblante algo más serio, pero no enfadado. MI soltura a la hora de hablar y escribir también ha aumentado en los últimos años. Me siento más relajado y equilibrado. Procuro vivir en el aquí y en el ahora. No obstante,  este “aquí” no es tan estrecho y limitado como antes. No se limita a las paredes de mi casa, sino que engloba a toda la naturaleza circundante. Soy plenamente consciente de que mientras permanezco aquí sentado, la naturaleza sigue su curso. La tierra sigue girando sobre su eje y en órbita alrededor del sol. Las nubes son arrastradas por el viento y las aves siguen surcando los cielos dándonos lecciones de elegancia y libertad. Las plantas continúan en su crecimiento y los árboles mudan sus hojas y oxigenan la atmósfera. Los delfines siguen saltando alegres en el mar que rodea a Ceuta y los peces bucean en las profundidades del mar.

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Pienso mucho en ella, en mi amada naturaleza, durante todo el día. Este mundo urbanizado me parece cada día más artificial, estéril y carente de belleza. Mi tolerancia al ruido, a la fealdad y la vulgaridad humana es cada vez menor. No soporto tanta maldad, ignorancia, mal gusto e inmoralidad. Como dijo Marco Aurelio, “la virtud no es sino una viva y entusiasta armonía con la naturaleza”. Nuestra democracia está decayendo y palideciendo debido a nuestro alejamiento de la naturaleza.

De igual modo, el “ahora” no es ya para mí un presente aislado, sino que está compuesto por dos elementos ideales: el pasado y el futuro. Como expuso de manera magistral R.G. Collingwood: “el presente es el futuro del pasado y el pasado del futuro; por ello, es la vez futuro y pasado en una síntesis que es real”.

En definitiva, la combinación de lectura y escritura me están permitiendo avanzar de manera ostensible en la profundización y definición de mi personal,  así como en la aprehensión de la totalidad, superando los estrechos límites de la habitual concepción del espacio y del tiempo. Gracias a ambos hábitos mi vida es cada día más plena y rica. Está ganando dignidad y estoy colmando mi existencia de sentido y significado.

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Estoy convencido, como dijo Mumford, “que solo aquellos que día a día tratan de renovarse y perfeccionarse serán capaces de transformar nuestra sociedad, mientras que aquellos que estén ansiosos por compartir sus altos dones con la comunidad entera, -en verdad, con toda la humanidad-, serán capaces de transformarse a sí mismos”. Por este motivo escribo. Para renovarme y perfeccionarme, y contribuir con mis escritos a la transformación de la sociedad en la que vivo y actúo.

CASTILLO HUMEANTE

Ceuta, 3 de diciembre de 2015.

Me encuentro sentado a pocos metros del castillo de San Amaro. Hace apenas un par de días un importante incendio ha reducido a cenizas su techo y el piso superior que eran ambos de madera. Yo tuve la oportunidad de verlos hace unos dieciséis años, cuando vivía en este fuerte mi amigo Enrique Bernal y su anciana madre, Aurora. Ya entonces el techo estaba desfondado y a punto de desplomarse. Teniendo en cuenta su mal estado de conservación y el abandono del edificio era previsible que ocurriera lo que ha ocurrido: la práctica destrucción del castillo de San Amaro.

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Este fuerte fue construido a finales del siglo XVII. Según reza en la leyenda del escudo heráldico conservado en la fachada principal del castillo, el inicio de la construcción comenzó el 21 de agosto de 1693 y finalizaron las obras el 25 de marzo del siguiente año. Tardaron, pues, tan sólo ocho meses en tener el fuerte de San Amaro terminado y listo para su uso. La rapidez que se dieron en su construcción encontraba su razón en los informes militares que apuntaban al inminente asedio de la ciudad por parte de las tropas de Muley Ismail.

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La playa de San Amaro era un punto  vulnerable de la costa ceutí. De hecho fue el lugar elegido por las tropas portuguesas para la toma de Ceuta el 21 de agosto de 1415, hace justo seiscientos años. Por esta razón, el Marqués de Valparaiso promovió la construcción del fuerte de San Amaro y dispuso que fuera armado con grandes piezas de artillería. Estos cañones estuvieron alojados en el castillo hasta mediados del siglo XIX. Posteriormente, el fuerte fue dedicado a otros menesteres como escuela, almacén, taller de cartuchería, punto de vigilancia y alojamiento de personal del Ministerio de Defensa. Esta ha sido la historia de este edificio, muy similar al del resto de edificios y fortificaciones que integran el patrimonio cultural de Ceuta.

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La lenta disolución del carácter militar de Ceuta ha llevado a que muchos de los cuarteles, fuertes, murallas y garitones que sirvieron para la defensa de la ciudad dejarán de ser útiles y considerados, en muchos casos, un estorbo para el “progreso” de Ceuta.

Los cambios económicos y sociales mundiales se han acelerado en las últimas décadas. Durante los primeros estadios de este fenómeno, bautizado como la globalización, hubo una sana respuesta de la ciudadanía. Fue una reacción similar a la que encabezaron los románticos. Este pequeño grupo de personas tomaron conciencia de los grandes daños que la industrialización y la mecanización estaban provocando en la naturaleza, los paisajes y el patrimonio histórico de la mayor parte de los pueblos y ciudades. Surgieron en este contexto figuras sobresalientes y pioneras en el campo de la defensa cívica del patrimonio, como John Ruskin, William Morris o mi admirado y querido maestro Patrick Geddes. Su labor, su ejemplo y su tenacidad motivaron la aprobación de las primeras leyes dirigidas a la conservación y protección del patrimonio cultural. En la actualidad todos, o casi todos, los países del mundo cuentan con normativas específicas para la salvaguarda de los bienes culturales y naturales. Gracias a estas leyes se han podido conservar muchos monumentos y conjuntos históricos de extraordinario valor patrimonial. No obstante, la preservación de nuestro legado natural y cultural sigue siendo un asunto menor o irrelevante dentro de la política nacional y local, al menos en España.

A nuestros políticos les sigue importando mucho más los ladrillos nuevos que los antiguos. Los primeros les aportan ingresos lícitos en las arcas públicas e ilícitos en las cuentas personales y las de sus partidos políticos. Cuando hay dinero de por medio no hay zona natural ni monumento que se salve de la excavadora o de la piqueta. Los únicos que presentan batalla antes estos desmanes somos una pequeña minoría de ciudadanos, a los que nos llaman ecologistas o defensores del patrimonio. Somos los únicos que alzamos nuestra voz en defensa de nuestros bienes naturales y culturales. Y los únicos capaces de actuar, de manera activa, en la protección y conservación de nuestros menguantes recursos patrimoniales.

En el lugar en el que me encuentro no tengo más que girar la cabeza para apreciar los efectos que la mano del ser humano estaba dejando en nuestro patrimonio cultural y natural. Si miro a la derecha veo el fuerte de San Amaro aún humeante. Y si giro la cabeza a la izquierda atisbo en la lejanía la mancha negra que ha dejado el reciente incendio forestal en los alrededores del monte de la Tortuga. De igual modo, no tengo más que asomarme a los rocas que tengo a mis pies para reconocer la espesa capa de alquitrán que cubre los arrecifes costeros.

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Todo se está volviendo negro, como el futuro de esta tierra y del planeta. El negro es el color del caos, de la noche y de la muerte. La noche toma al día. La negrura avanza inexorablemente absorbiendo a su paso todos los colores asociados a la vida, como el azul del cielo y el verde de los árboles. La vida aún resiste con fuerza, pero los seres humanos contribuimos poco, o de manera negativa, a su permanente renovación. En nuestra mano está ser co-creadores del cosmos y guardianes de la vida; o en destructores de la vida y cómplices del caos y de la muerte.

Yo, por mi parte, tengo claro en que bando quiero luchar. Me debo a la vida y estoy agradecido por todo lo que la naturaleza me ofrece a diario. En este momento observo a un grupo de “Vuelvepiedras” que, ajenas a mi pensamiento, se alimentan entre las piedras del litoral. Ellas viven al margen de todas las preocupaciones que ocupan la mente de los seres humanos. Son víctimas inocentes de nuestros desvaríos, egoísmos y vanidades, como también lo son el resto de animales y plantas que formaban parte de la bioesfera.

La naturaleza ha dotado al ser humano de inteligencia y conciencia para contemplar, percibir, sentir, pensar y actuar con el propósito de cultivar “nuestro jardín” tanto exterior como interior. Este es el verdadero sentido de la palabra cultura: el cultivo de nuestros paisajes y autocultivo de nuestro espíritu y nuestra mente. Todo lo demás que llamamos política cultural no es más que entretenimiento y vacuidad.

CUANDO MIRO POR LA VENTANA

Cuando miro al firmamento en días como hoy me siento feliz y vital. La ausencia de nubes me permite observar una extraordinaria conjunción planetaria. Venus y Marte; la luna y Júpiter forman dos parejas de singular belleza. En este amanecer los planetas coquetean y muestran que es posible la armoniosa convivencia de los principios masculinos y femeninos que rigen el cosmos.

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Las dos parejas han pasado la noche juntos y el naciente sol invita a los dos caballeros, Marte y Júpiter, a retirarse a sus aposentos. Por su parte, las dos damas, Venus y la luna,  prefieren quedarse para contemplar el amanecer. Desde mi ventana quiero acompañarlas en esta bella mañana.

MAR Y ALMA NERVIOSOS

Ceuta, 3 de diciembre de 2015.

Después de dejar a mi mujer en el Instituto donde trabaja he venido a la cala del Desnarigado para contemplar el ascenso del sol por el horizonte. Hoy el día está nublado, pero no cerrado.

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El sol aparece y desaparece proyectando un hermoso espectro luminoso sobre un mar ligeramente agitado por el reinante viento de levante. Al mar se le nota nervioso, como también lo están un amplio grupo de gaviotas que han llegado de improvisto a la conocida como playa de la Torrecilla. Poco o poco las gaviotas se van acercando al lugar donde me encuentro. Cuando llegué a la playa hace unos minutos tan sólo había una solitaria gaviota y un cormorán que se daba un relajante baño.

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El mar, como digo, da muestras de un nerviosismo contenido. No sabemos si llegará a terminar en furiosa tempestad. Los próximos días lo sabremos. Supongo que estos tipos de observaciones sobre el cambio del carácter del mar eran habituales en la antigüedad. Entonces no existían partes meteorológicos, y mucho menos contaban con radios, televisores u ordenadores con acceso a la infinita información que ofrece internet. La comprensión de la naturaleza no era tan detallada ni científica como en la actualidad, pero sí mucho más sutil, sensitiva y emotiva. EL sol era un Dios y ahora una simple bola de fuego incandescente. Las nubes eran pintadas por los dioses y el viento estaba considerado el mismo aliento de la divinidad. El mar era tan profundo como misterioso. Enorme monstruos lo habitaban. Las ballenas eran la imagen del terrible Leviatán y los delfines no eran otra cosa que antiguos marineros arrojados al mar por Dionisio. Surcaban los mares para ayudar a los navegantes que, como ellos fueron antes de su maldición, se vieran en peligro.

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Los árboles eran la residencia de las ninfas. Las plantas curaban y daban vida. Y los animales y aves eran sagrados. El mismo ser humano ostentaba esta condición divina…Todo esto ha desaparecido. El mundo está desencantado y la naturaleza desacralizada. Hemos sido, como dicen ahora los cocineros famosos, deconstruidos en un complejo conjunto de átomos y moléculas carente de alma. Sin alma no hay posibilidad de vernos influidos por el espíritu sagrado del Ser.

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Nuestras almas nos piden a gritos que las escuchemos, pero hacemos oídos sordos. Esta vida que llevamos enferma nuestro cuerpo y nuestra alma. ¿Si no escuchamos nuestra propia voz interior cómo vamos a hacerlo con las palabras de las que personas que nos rodean? El diálogo se hace imposible entre personas que no reconoce en el otro a un ser divino como él.

La soledad y el silencio son condiciones necesarias para la reflexión y la meditación. Aquí sentado, escuchando el sonido del mar, consigo conectar con mi alma y soy capaz de escribir con fluidez sobre los pensamientos y los sentimientos que colman mi ser.

Me siento en este instante relajado y feliz. El mar ya no me parece tan nervioso. Ahora entiendo que lo que, en primero momento, al llegar a este lugar, interpreté con un estado de nerviosismo del mar no era más que la proyección de mi propio estado de ánimo. Ya no me parece que el mar esté nervioso. Ambos nos hemos calmado y podemos disfrutar alegres de este nuevo día.

HIJOS DE UN GRAN CIELO

Ceuta, 1 de noviembre de 2015.

 

Mi ritmo de escritura no para de aumentar. Los apuntes se acumulan en mi libreta. Ya escribo casi a diario. Es una pasión irrefrenable, una necesidad apremiante. Sin escribir no me siento bien. Quiero descubrir los secretos de mi alma que intuyo son los mismos que los del cosmos y los de la naturaleza.

Mi consideración sobre el valor de lo que escribo es fluctuante. A veces me emociono al releer algunos de mis escritos, y otros días pienso que no tienen demasiado interés. ¿A quién le puede interesar lo que siento y pienso más allá de mis familiares y amigos más íntimos?

El ego es como el Dios Jano. Tiene dos caras. Como decía Whitman, “el ego realiza su labor cuando observa su alma y su cuerpo a distancia y aprovecha la facultad de lenguaje para contener tanta verdad como sea posibles sobre ellas”. Vemos, pues, que el ego con una de sus caras mira al alma y con la otra muestra nuestra personalidad. Esta cara exterior no es más que el reflejo de la interior.

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Escribo confiado en que mis descubrimientos sobre mi alma pueden ayudar a otras personas para conectar con el alma universal del que todos somos participes. Al escribir este pensamiento me he acordado de un pasaje escrito por Emerson a propósito de las ideas de Swedenborg. Decía el genial pensador sueco que “el hombre es una especie de cielo dominante que se corresponde con el mundo de los espíritus y con el propio cielo. Toda idea concreta del hombre, y toda emoción, en efecto, cada ínfima parte de su emoción, lo es a su imagen y semejanza. Un espíritu se puede conocer sólo gracias a un único pensamiento. Dios es el hombre enorme”.

Levanto mi mirada y la detengo en un cielo lleno de nubes. Me cuesta asumir que su inmensidad y belleza tenga algo que ver con esta alma y este cuerpo diminuto que soy yo. En cualquiera caso me gusta participar de esta idea. Estoy convencido, eso sí, de que somos dignos elementos de la divinidad omniabarcante cuando volvemos la mirada hacia nuestra alma y descubrimos en ella las formas más puras de bondad, de verdad y de belleza.

COMBATE AL AMANECER

Ceuta, 30 de noviembre de 2015.

 

Intuyo que el amanecer de hoy va a ser espectacular. Un tenue color rosáceo impregna a las espesas nubes que ocultan el horizonte. El sol viene con fuerza en esta madrugada de lunes. Falta le va a hacer esta fuerza para penetrar unas nubes que, a pesar del fuerte viento, no tienen intención de moverse.

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Venus, Júpiter y la estrella Arturo dominan el firmamento. No quieren perder detalle de este singular combate entre el sol y las nubes. Esta batalla no tiene muchos observadores. Lo más probable es que pase desapercibida para la mayoría de los ceutíes. Solo unos pocos románticos somos testigos de esta contienda que tiñe de rojo el horizonte.  No es que sea sangrienta la batalla. Es, más bien, un juego en el que casi siempre gana el sol, excepto en los tristes días grises en los que las nubes impiden que vemos al astro rey.

Los días más bellos son aquellos en los que las nubes y el sol litigan por el dominio del cielo a plena luz del día. Una luz que en Ceuta es intensa y clara. Esto hace que los cielos de esta ciudad sean espectaculares. Las únicas que parecen apreciarlos son las abundantes gaviotas y otras aves que sobrevuelan continuamente Ceuta.

Suena la campana de la iglesia del Valle. Son las 8:00 h de la mañana. Quedan apenas diez minutos para la salida del sol. Las nubes siguen blancas, pero pronto cambiaran de color. Observo atento el horizonte. Los minutos parecen que no pasan. El tiempo se ha detenido.

Las hasta ahora abigarradas nubes empiezan a difuminarse por los bordes. Están actuando con gran astucia. Al desplegar sus fuerzas en el momento preciso han extendido una tupida cortina que los rayos del sol no pueden atravesar. Las nubes han ganado la batalla. Desde luego no esperaba este desenlace del enfrentamiento entre las nubes y el sol. He aprendido que se puede dar una batalla por perdida. La inteligencia puede vencer al poder. Y así ha ocurrido hoy en este esplendido combate entre sol y las nubes.

LA HORA DEL LOBO

Ceuta, 29 de noviembre de 2015.

 

Un buen método para calibrar nuestro estado de ánimo es observar cómo nos sentimos a la hora de despertar. En la tradición oriental le llaman “la hora del lobo”. Durante estos momentos inmediatos a levantarnos de la cama no podemos disimular nuestros verdaderos sentimientos ni podemos arrinconar en nuestra mente los asuntos que nos preocupan.

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Mis horas del lobo no son demasiado buenas. Me preocupa mi situación laboral y su repercusión en la economía familiar. Llevo casi cuatro años sin un empleo estable y voy cumpliendo años, lo que dificulta mi acceso al mercado laboral. Si soy sincero lo único que me apetece hacer es lo que estoy haciendo en este instante: escribir.

Curiosamente hoy mi “hora del lobo” no está siendo tan mala. De aquí a un rato saldré para realizar una actividad de Ceuta Dreams, la empresa de servicios culturales que puse en marcha hace un año. Vamos a visitar los árboles centenarios que han sido catalogados en Ceuta. No creo que vayamos a ser muchas personas, pero no me importa. Es una actividad dirigida a esa minoría de personas que les gusta la naturaleza y los árboles. Quizá por este motivo mi “hora del lobo” la estoy pasando bien en esta mañana de domingo.

Me agrada pensar que con esta actividad de acercamiento a los árboles más antiguos de Ceuta estoy contribuyendo a difundir el valor del patrimonio natural de mi ciudad, a la vez que muestro las posibilidades que nuestros recursos patrimoniales tienen para la creación de riqueza y la generación de empleo. Sea como sea, estoy seguro de que voy a pasar unas cuantas horas muy agradables en compañía de personas sensibles y amantes de su tierra.

En el plano físico me siento con fuerza, aunque me duele el estomago después del hermoso y rico plato de habichuelas que me tomé ayer.  Esta mañana voy a ponerme a punto con la caminata que me espera. No creo que pasemos calor. Sopla un fuerte viento de levante. Las nubes son arrastradas a gran velocidad por el viento. Un fuerte silbido se escucha en la calle. A mi mujer, que es de Granada, le asusta el viento. A mí, por el contrario, me encanta. Asocio el silbido del viento con la aventura y el mar embravecido.

En estos días de levante las gaviotas están muy agitadas. Buscan refugio en tierra y avisan unas a otras del mal tiempo. Desde mi ventana las observo volar a gran altura, dibujando espirales y enfrentándose con valentía al viento. No sé si gritan de miedo o de alegría.

El amanecer está a punto de llegar. Son las 7:58 h de la mañana. El brillo de Venus se apaga. La noche acaba para dar paso a un nuevo día.  La campana de la iglesia del Valle empieza a repicar y el aire aumenta de intensidad. Va a ser un día ventoso y espero que también provechoso.

Hoy veremos a los árboles bailar al son del viento y a las olas brincar animadas por el temporal.

En este preciso instante las nubes pasan a gran velocidad por el horizonte. No se detienen. Avanzan con rapidez y según van pasando delante del sol éste las pinta de rosa. Es un espectáculo formidable que me colma de felicidad y gozo. Hoy, en definitiva, termino “la hora del lobo” aullando de alegría y bienestar.

CARTA DE UN ALMA EXTRAVIADA

Ceuta, 28 de noviembre de 2015.

A veces pienso que habría sido de mi vida sin la temprana vocación de arqueólogo. Hasta entonces fui un estudiante del montón y, como muchos niños y niñas de mi edad, no encontraba una motivación para estudiar. Pero al comenzar mi afición por la arqueología todo cambió. Recuerdo el día que encontré mi primer ceitil, una moneda acuñada por los portugueses en las décadas posteriores a la conquista de Ceuta. Como era lógico, al hallarla no sabía de qué se trataba, más allá de que tenía en mis manos una moneda antigua. Estaba muy emocionado y con una curiosidad enorme por descubrir la cronología de esta moneda en la que se observaba un escudo parecido al de Ceuta y un castillo con tres torres bañado por el mar.*

Al llegar a casa busqué en la biblioteca de mi casa algún libro que me ayudara a fijar la cronología de la moneda. Mi padre era empleado de Caja Ceuta y teníamos todos los libros que habían editado en esos años. Entre los libros que encontré en la estantería del salón me llamó la atención uno en especial: “El Estudio arqueológico de Ceuta”, escrito por Don Carlos Posac Mon. Pasé sus páginas con gran nerviosismo hasta que llegué a las láminas finales. Y justo en la penúltima página del libro aparecía la imagen de una moneda similar a la que yo tenía entre mis manos. En la leyenda de la fotografía en blanco y negro decía: “un ceitil, o ceutí, moneda portuguesa que tomó nombre de nuestra ciudad. Acuñada en tiempos de Alfonso V (1438-1481)”. Me sentí muy contento y alegre. Era la primera vez que conseguía resolver un enigma histórico, aunque fuera modesto.

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Quería saber más sobre la moneda y leí con mucho interés el capítulo del libro que Carlos Posac había titulado “Joya de la corona portuguesa”. Gracias a esta lectura supe que los ceitiles aparecían mencionados en algunas de las crónicas del descubrimiento de América. Aquello me pareció muy interesante.

A pesar de todos los años que han pasado recuerdo a la perfección el sentimiento de profunda emoción que sentí al culminar con éxito mi primera investigación arqueológica. Se despertó en mí una intensa curiosidad por la historia de Ceuta. Siendo aún un niño iba a la biblioteca municipal, que entonces estaba en una de las plantas del Palacio Municipal, para leer algunos pasajes de la monumental “Historia de Ceuta”, cuyo autor fue Alejandro Correa da Franca. Los bibliotecarios estaban sorprendidos y extrañados. ¿Qué hacía un niño delante del gigantesco volumen de la historia de Ceuta de Correa da Franca tomando notas?

Mi curiosidad por la historia  de Ceuta y mi acercamiento a los libros influyó de manera positiva en mis resultados académicos. Poco a poco fueron mejorando mis calificaciones al mismo tiempo que ampliaba mis investigaciones históricas y empezaba a colaborar en las excavaciones arqueológicas dirigidas por Don Emilio Fernández Sotelo. Tenía un objetivo, un sueño que cumplir: convertirme en arqueólogo. Y lo logré.

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Me di cuenta de lo importante que era tener un propósito claro en la vida. Una moneda antigua y un libro habían conseguido vivificar mi aletargada curiosidad. Los libros dejaron de parecerme aburridos y empecé a entender y comprender la historia de mi ciudad. El mundo era un gran misterio que necesitaba investigadores para intentar desvelarlo. La entrega de una credencial como colaborador de investigaciones arqueológicas, -por parte de Pepe Abad, director provincial de Cultura en Ceuta-, fue un revulsivo importante para consolidar mi interés por la arqueología. Con el carnet en la cartera y con el libro que me regaló Pepe Abad, “El Faraón de Oro”, llegué a casa y me senté a leer esta fantástica obra que narra las aventuras de los ladrones de tumbas del Antiguo Egipto y del descubrimiento de la última morada del faraón Tutankamon por Howard Carter. Empezaba así una aventura personal que me ha llevado hasta aquí.

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Cuento todo esto porque estoy convencido de que puede serle útil a tantos jóvenes que en la actualidad no tienen claro cuál será su futuro. Les entiendo perfectamente. Yo, un alma extraviada, hubiera fracasado como estudiante si no hubiera encontrado en la arqueología una motivación para estudiar. Por eso, desde mi experiencia personal, les animo a que dediquen tiempo a descubrir su vocación. Los seres humanos contenemos, como decía Whitman, potencialidades infinitas. En nuestro interior yacen latentes increíbles posibilidades de crecimiento y desarrollo personal. Hacerlas reales depende de nuestra capacidad de reflexión y meditación.

Si quieres un consejo, vete al campo o la playa a primera hora de la mañana. Busca un rincón donde predomine el silencio. Una vez allí cierra tus ojos y limpia tu mente. Durante unos minutos no pienses en nada. Concéntrate en la respiración. Expira e inspira de manera consciente. Con la inspiración del aire fresco te llegará también la inspiración de tu vida. Olvídate de tu cuerpo, de tu aparente materialidad. Lo importante ahora es que tu alma individual participe del alma eterna. Somos un solo con el Ser. Ese algo que percibes es, como dijo Whitman, “el TODO”. Siente tu alma “pujante, indestructible, bogando por el espacio, visitando cada región como barco en el mar” (Whitman). No te preocupes por el destino de tu alma, ya que “nunca carecemos de piloto. Cuando ignoramos el rumbo que hemos de seguir y no nos atrevemos a izar una vela, podemos abandonar nuestra barquilla al curso de las aguas”  (Emerson). Hazlo con plena confianza en que la travesía merece la pena. Déjate llevar por tu intuición, pues ésta es la manera que utiliza el alma para comunicar con tu pensamiento consciente. Escucha a tu alma: “lo nuevo, lo nuevo que hacia la vida viene sólo podemos escrutarlo inclinando el oído puro y fielmente a los rumores de  nuestro corazón” (Ortega y Gasset). Confía en ti mismo y cuando escuches el mensaje de tu alma coge el timón de tu vida con fuerza y decisión. Pasarás por fuertes tormentas. Tendrás que superar tempestades, pero a buen  seguro llegarás a puerto.

Disfruta de la travesía. Contempla con admiración los amaneceres y atardeceres. Agradece siempre la presencia del sol y de las nubes que decoran el cielo y traen agua para refrescarnos y renovar la vida. Escucha el canto de las aves y el sonido del mar. Aprecia el olor del campo, de las flores y plantas. Siente el calor de los árboles y el suave tacto de los animales.

Vive la vida como una gran aventura. Observa tu alma y tu cuerpo a distancia y aprovecha la facultad del lenguaje, y sobre todo de la escritura, para contener tanta verdad como sea posible  sobre ellos. Conviértete en un poeta de la vida. Añade, aunque sea una modesto verso, al poderoso drama del cosmos.

LA VIEJA LECCIÓN

Ceuta, 26 de noviembre de 2015.

 

Hoy he entregado una copia de  mi libro “El renacimiento de la Gran Diosa. Epifanía ceutí” a mi querido amigo Manolo Abad. Siempre he sentido una gran simpatía por este hombre inteligente y afable. Entre nosotros hay una gran complicidad y un mutuo aprecio.

Al escribir a Manolo Abad una carta de acompañamiento a mi libro, he recordado a su añorado hermano Pepe. Siendo yo un niño, y él nada más y nada menos que el Director Provincial de Cultura en Ceuta, Pepe Abad tuvo el detalle de reconocer mi labor de entrega de materiales arqueológicos a la Sala Municipal de Arqueología. Es muy probable que este gesto fuera determinante para enraizar mi temprana vocación de arqueólogo. Me animó a seguir buscando piezas arqueológicas y propició que empezara a colaborar con Don Emilio Fernández Sotelo, el entonces director de la Sala de Arqueología.

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Es curioso cómo podemos influir en el destino de los demás con una acción en apariencia sencilla e intrascendente. En el momento de realizar esta acción o en el decir una palabra oportuna no podemos ni imaginar la repercusión que tener en el futuro de una persona o incluso en el devenir de la humanidad.

La influencia de nuestros propios actos son imprevisibles. Como decía Emerson en uno de sus ensayos, ninguno de los grandes genios que ha dado la humanidad eran conscientes de la repercusión que iban a tener aquellos descubrimientos que realizaron en su laboratorio o en lo que escribieron sentados frente a su escritorio. ¿Quién sabe el futuro que le espera a estas modestas palabras que escribo en esta libreta? Lo más probable es que no lleguen a ningún lado. Mi única esperanza es que algún día las pueden leer y apreciar mis hijos Alejandro y Sofía. Tendrán así la posibilidad de conocer mejor a su padre. Incluso mis nietos podrán saber algo de su abuelo José Manuel.

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La escritura es algo más que un medio para satisfacer nuestro ego. Al igual que el destino de una semilla es dar lugar a una planta, con sus flores y frutos, el de los seres humanos es expresar nuestro pensamiento y ofrecer al mundo sabrosos frutos en forma de ideas y hazañas. La vida cobra sentido cuando es capaz de hacer brotar frutos que perduren más allá de la limitada existencia humana.

Podría escribir cuentos o novelas, pero en mi caso encuentro la inspiración en el seno de mi alma. Para escribir no necesito otra cosa que prestar oídos a los mensajes que provienen de mi interior. Lo cierto es que, con mayor o menor fortuna, no me cuesta mucho escribir.  Las palabras fluyen con extraordinaria ligereza de mi mente. La escritura se ha convertido para mí en una gran aventura. La vida misma lo es. Me pongo a escribir y ni yo mismo soy capaz de predecir cuál será el resultado.

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Mi hora preferida para escribir es la del amanecer. Lo primero que hago cuando me levanto es asomarme por la ventana y contemplar el firmamento aún oscuro. En los días despejados puede ver planetas como Júpiter, Marte o Venus. Esta última es lo que mejor se ve desde mi estudio ya que está orientado al sur. Es un punto brillante en el cielo que me recuerda el extraordinario milagro de la vida en el planeta tierra.

A esta hora de la madrugada tan solo se escucha el canto de los gallos y el rítmico piar de los pájaros. Todos duermen, pero mi mente está despierta, y a veces expectante. Dejo mi mente en blanco para poder escuchar lo que mi alma tiene que decirme o para estar atento a las señales que me llegan.

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Hoy sentido el impulso de coger el diario de Walt Whitman. En su última anotación nos dejó testimonio de lo que el mismo llamó “una vieja lección y requisito”. Para  mi querido bardo, “la democracia, en sus múltiples personalidades, en sus fábricas, talleres, tiendas, oficinas, a través de las densas calles y casas de las ciudades, y en todas las manifestaciones de su vida artificiosa, debe ser revitalizada por medio de una contacto regular con la luz exterior, el aire, el crecimiento, las escenas de granja, los animales, los árboles, los pájaros, la calidez del sol y la libertad de los cielos; de lo contrario indudablemente decaerá y palidecerá”. Whitman no concebía la democracia “sin que el elemento de la naturaleza forme parte principal, sea su elemento salutífero y de belleza, donde verdadera se halla toda la política, la salud, la religión y el arte del Nuevo Mundo”.

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La misión de los verdaderos poetas y escritores, según Whitman, consiste en “apartar a la gente de sus continuos extravíos y abstracciones enfermizas para conducirla a lo común, divino, original y concreto”. Me contentaría como escritor si consiguiera que mis lectores se apartaran, aunque sea por unos minutos, de sus preocupaciones mundanas y prestaran atención a toda la belleza con la que se nos presenta la naturaleza. El mismo Whitman, después de haber sido testigo de los estragos provocados por la guerra de secesión y “tras haber agotado todo lo que de interesante tienen los negocios, la política, la convivencia, el amor y demás, y habiendo descubierto que nada de ello satisface finalmente o de forma permanente” se preguntaba: “¿Qué queda?”. Pues según Whitman  “queda la naturaleza, la extracción de sus secretos íntimos, las afinidades de un hombre o de una mujer con el aire libre, los árboles, los campos, el cambio de las estaciones, el sol durante el día y las estrellas del cielo por la noche”.

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Me siento afortunado por haber aprendido e interiorizado esta “vieja lección” de la vida cuando todavía esta late con fuerza. Aspiro a seguir siendo aprendiz y maestro de la naturaleza. Atiendo a la llamada de Walt Whitman. Lo siento a mi lado cada vez que escribo y  voy a la naturaleza. Tal y como narra en uno de sus poemas dejo que me lleve a la cúspide cogiéndome con fuerza de la cintura con su mano izquierda y mostrándome con la mano derecha paisajes de continentes y el camino público. Tengo asumido, como Whitman nos advirtió, que ni él ni nadie pueden recorrer ese camino por mí. He de recorrerlo yo mismo. Y sé que no está lejos. Está al alcance. “Tal vez has andado sobre él desde tu nacimiento, sin saberlo. Tal vez está en todas partes, en el agua y en la tierra”.