LA LUCHA ENTRE MEDIODÍA Y MEDIANOCHE

Resulta fascinante comprobar la clarividencia y lucidez con la que autores como Albert Camus diagnosticaron los problemas de Europa. En su conocida obra “El Hombre Rebelde” (1951), Camus comentaba que “el conflicto profundo de este siglo (refiriéndose claro está al pasado siglo XX) puede que no se establezca tanto entre las ideologías alemanas de la historia y la política cristiana, que de cierta manera son cómplices, cuanto entre los sueños alemanes y la tradición mediterránea”. Este conflicto había tomado cuerpo en varios enfrentamientos ideológicos, como el que tuvo lugar durante la Primera Internacional. Para Albert Camus este encuentro supuso la lucha del socialismo alemán “contra el pensamiento libertario de los franceses, los españoles y los italianos”, es decir, el enfrentamiento “entre la ideología alemana y el espíritu mediterráneo”.

Ambas ideologías tuvieron la triste oportunidad de enfrentarse cara a cara en las trincheras durante las guerras mundiales que asolaron el viejo continente en el siglo XX. Aunque el conflicto armado se resolvió a favor de los aliados, el pensamiento autoritario consiguió, no obstante, “merced a la destrucción de una élite de rebeldes”, sumergir “esta tradición libertaria”. Una victoria que Albert Camus consideraba provisional. Para este gigante del pensamiento, “Europa no ha existido nunca sino en esta lucha entre mediodía y medianoche. Sólo se ha degradado abandonando dicha lucha, eclipsando el día por la noche”.

El profundo sentimiento mediterráneo de Albert Camus le llevó a escribir unas bellas palabras sobre el compartido mare nostrum. Él sitúa la juventud del mundo en las costas mediterráneas. “Arrojados a la innoble Europa donde muere, privada de belleza y amistad, la más orgullosa de las razas, nosotros mediterráneos seguimos viviendo de la misma luz. En el corazón de la noche europea, el pensamiento solar, la civilización de doble faz, aguarda su aurora. Pero está alumbra ya los caminos de la verdadera soberanía”. Sin embargo, vemos como en estos años de profunda crisis multidimensional la sombra de medianoche se proyecta sobre los países mediterráneos (España, Italia, Grecia, etc…). Un enorme eclipse impide la llegada de la luz al mediodía europeo. La noche se hace eterna en los países del sur. Y sin embargo, la lucha continúa. Tuvo que ser precisamente en la “Puerta del Sol” de Madrid donde llegó el primer rayo solar para demostrar que la tradición libertaria sigue viva. ¿Dónde sino podía despertar este sentimiento de lucha? ¿En que lugar podía verse de nuevo la luz de la esperanza en un mundo distinto, más justo y democrático?.

La lucha, en estos momentos económica, entre los países del norte y del sur de Europa, entre mediodía y medianoche, alcanza altas cotas de virulencia. Los alemanes siguen sin entender el secreto que, según Albert Camus, guarda el Mediterráneo: el amor a la vida. Vivimos en el lugar, “donde la inteligencia es hermana de la dura luz” (Camus dixit). Por su parte, Alemania y el resto de países norteños aportan unos valores no menos importantes: la constancia, el tesón, el autoexamen constante, etc…Tal y como comentaba con acierto Albert Camus, “no se trata de despreciar nada, ni de exaltar una civilización contra otra, sino de decir simplemente que existe un pensamiento del que el mundo actual no podrá prescindir ya por mucho tiempo”. Este pensamiento imprescindible es el que encarna los países ribereños de Europa, ahora amenazado por males ajenos y propios. Sí, señores. No todo es culpa de nuestros vecinos del norte. España, por poner un ejemplo, ha estado dominada durante década por la hibrys, -la desmesura-, en forma de despilfarro, corrupción, la pérdida del sentido del límite en todos los órdenes de la vida. Ahora nos toca el castigo a tanta desmesura. Ha llegado el momento de recuperar el equilibrio por la instauración del reino de Némesis, la diosa de la mesura, con el fin de devolver al individuo dentro de unos límites razonables. No obstante, conviene matizar que la locura colectiva que hemos sufrido en estos últimos años no ha afectado ni ha beneficiado a todos por igual. A este respecto, Albert Camus decía en su referida obra “El Hombre Rebelde” que en las situaciones de desmesura, “el hombre no es enteramente culpable, no comenzó la historia; ni totalmente inocente, puesto que la continua”.

Europeos del norte y europeos del sur nos necesitamos mutuamente. Somos el contrapeso que ambos requerimos para frenar nuestra tendencia a la desmesura, bien en el sentido de la excesiva rigidez, o bien de la irreflexiva volatilidad. Esta confrontación entre la mesura y la desmesura es la que, en palabras de Albert Camus, anima la historia de Occidente, desde el mundo antiguo. Los alemanes tienen mucho que aprender de españoles, griegos e italianos en cuanto al sentido de la naturaleza, el amor a la vida, el ansia de libertad, el apoyo mutuo, la descentralización burocrática, el sentido de la amistad, el disfrute de los placeres cotidianos, etc…; en sentido inverso, los países del sur tenemos que tomar de los centroeuropeos su constancia, prudencia en el gasto, laboriosidad, estricta moralidad pública y privada, seriedad en cuanto a los compromisos adquiridos, respeto a las normas y leyes, autocrítica, etc…De la combinación de ambos caracteres puede surgir un nuevo tipo de europeo, capaz de superar el viejo antagonismo entre dos visiones del mundo distintas, pero al mismo tiempo complementarias e indispensables para el futuro de nuestro continente. Si no lo intentamos estamos condenados a vivir en la más profunda y cerrada tiniebla.

LEWIS MUMFORD Y LA TEORÍA DE LOS PUNTOS SINGULARES DE MAXWELL

Quien hemos tenido la enorme fortuna de conocer la obra del pensador y crítico Lewis Mumford (1895-1990) no podemos dejar de sorprendernos con su clarividencia y lucidez a la hora de analizar la evolución de la condición humana y sus transformaciones históricas. En su afán por encontrar las claves de una teoría general de los cambios sociales, siguiendo el esfuerzo que emprendieron otros como Arnold Toynbee, Jacob Burckhardt, Henry Adams o su maestro Patrick Geddes, encontró en el campo de la física una fuente de inspiración que le siguió durante toda su vida. Nos referimos, concretamente, a la teoría de los puntos singulares del físico James Clerk Maxwell. Según cuenta Mumford en “The conduct of life” (1951), Maxwell observó que la ciencia está organizada para estudiar continuidades y estabilidades, por lo que se centra en aquellos campos de estudios donde estos atributos son dominantes. Pero, tal y como él había tenido la oportunidad de observar en el transcurso de sus investigaciones, se dan momentos y ocurren hechos impredecibles que lleva a que una pequeña fuerza pueda provocar no un resultado reducido y conmensurado como sería previsible, sino uno de una magnitud mucho mayor.

En el escrito donde encontró Mumford la descripción de la teoría de los puntos singulares, Maxwell comenta: “toda existencia por encima de un cierto rango contiene puntos singulares: a superior rango, más presencia. En estos puntos, las influencias, cuya magnitud física es demasiado pequeña como para ser tenida en cuenta por un ser finito, pueden producir resultados de la mayor importancia. Todos los grandes resultados producidos por la actividad humana dependen de tomar ventaja de estos estados singulares cuando se producen”. A este pasaje, Mumford añade que en estos puntos singulares “lo que es imposible en cualquier cálculo del sentido común, no sólo puede llegar a ser imaginable, sino realizable. Paralelamente, las predicciones basadas en regularidades, continuidades, estabilidades, -también observables en la misma sociedad y, por lo general, suficiente para su descripción-, pueden pasar a ser engañosas como guía para la decisiva acción o como un indicio de futuras tendencias”. Como ejemplo, Mumford comenta que ningún agudo observador romano en el apogeo de su civilización pudo ni siquiera imaginar que su gran imperio sería absorbido, de arriba abajo, por los seguidores de un oscuro profeta de Galilea.

Sin negar la importancia y necesidad de atender las tareas diarias y rutinarias que hacen posible mantener la vida de una determinada comunidad, la teoría de los puntos singulares de Maxwell constituye una aportación fundamental a la descripción científica de los cambios sociales. Y es que esta teoría, en opinión de Mumford, pone de manifiesto que a ciertos intervalos, en momentos críticos o en situaciones de crisis, puede ser decisivo un método adicional de incitación al cambio, sobre todo si se reconoce y se interpreta correctamente la naturaleza del propio momento. En tal cambio, según Mumford, la personalidad humana puede producir un efecto fuera de toda proporción a sus facultades físicas. Un oportuna intervención de una “magnitud física demasiado pequeña para ser tenida en cuenta por un ser finito puede producir un efecto equivalente a un cambio acumulativo y generalizado logrado mediante un gasto mucho mayor gasto de esfuerzo a través de los canales normales de cambio social”.

Para Mumford, la teoría de los puntos singulares es clave para explicar el papel clave de la personalidad humana en algunos de los mayores cambios que se han dado a la largo de la historia, como también explicaría la rareza de estas ocasiones. Tal y como narra en el referido libro, “en momentos de crisis, donde los caminos de la desintegración o el desarrollo separa, como en una línea divisoria, a una única personalidad determinante o un pequeño grupo de hombres informados y comprometidos, estos pueden mediante un ligero empujón determinar la dirección y el movimiento de una de otro modo incontrolable masa de conflictivas fuerzas sociales. En esos momentos, no una única institución o un grupo, sino una sociedad entera, estarán involucrados en un cambio mucho más allá de su capacidad ordinaria para la adaptación. Sin embargo, el agente dinámico de esta transformación, la “chispa que enciende el gran bosque”, será la personalidad humana individual; porque es ella la que precipita el cambio en el orden social, en primer lugar iniciando una profunda reagrupación de las fuerzas y objetivos ideales dentro de sí mismo. Entonces el ser humano integro representa el todo y a su vez tiene un efecto sobre el todo”.

Un aspecto muy importante del dictamen de Maxwell es que existe una relación directa entre el grado de complejidad de una sociedad y la mayor frecuencia en la aparición de puntos singulares. Llevado este principio a los tiempos actuales, es fácil concluir que atravesamos un periodo histórico que, por su complejidad y profunda crisis social, económica, ecológica y ética, constituye un verdadero caldo de cultivo para la aparición de puntos singulares y que estos están surgiendo a un velocidad de vértigo sin que lo hayamos identificados como tales. En todos ellos, como veremos, ha sido fundamental la acción de la personalidad humana, ya sea de un individuo concreto o de un pequeño grupo de personas:

  • Islandia, octubre de 2008. El ciudadano islandés Hördur Torfason inicia una protesta individual para expresar su malestar por la quiebra económica del país. Se planta en Austurvöllur con un micrófono abierto e invita a la gente a tomar la palabra. A la semana siguiente se organiza una manifestación más numerosa y organizada que desencadena un movimiento ciudadano que consigue la dimisión del gobierno y la celebración de un referéndum sobre la deuda de la banca.
  • Túnez, 10 de diciembre de 2010. Mohammed Bouazizi, una joven tunecino, dedicado a la venta ambulante, se suicida quemándose a lo bonzo como acto de protesta por sus problemas económicos y la brutalidad policial. Su desesperado gesto provoca la caída de régimen de dictador Ben Ali, a la que seguiría a los de otros gobernantes árabes en lo que se ha venido a llamar la “Primavera árabe”.
  • España, 15 de mayo de 2011. Tras una nutrida manifestación organizada por varios colectivos ciudadanos (Democracia Real Ya, Juventud Sin Futuro, etc…), un grupo de veinte personas decide acampar en el céntrica Puerta del Sol. A lo largo de la noche otras personas deciden secundar la iniciativa, hasta que la policía actúa desalojándolos de la plaza. Cuando esto sucede la noticia corre por las redes sociales y se desencadena actos de protesta y concentraciones en buena parte de las ciudades españolas. En los días siguientes se organiza un campamento en la Puerta del Sol y los destellos del movimiento alcanza otras ciudades del mundo. Desde entonces el movimiento no ha dejado de creer y expandirse.

Como demuestran los hechos anteriormente comentados, la personalidad humana puede alterar el patrón de los acontecimientos históricos. Y de esto están tomando conciencia muchas personas por todo el planeta. La gente comienza a darse cuenta de que tiene en su mano la posibilidad de cambiar el rumbo de los acontecimientos y que las acciones individuales o la de pequeños grupos de personas comprometidas sí que pueden influir en el discurrir de la historia. Por primera vez en mucho tiempo algunos ciudadanos han decidido romper el aislamiento social impuesto por el capitalismo para recuperar en el espacio urbano y romper así el perverso hechizo que había sembrado la desconfianza mutua entre la mayoría de la ciudadanía. Gracias al movimiento 15M y a los otros puntos singulares que están brotando a una velocidad inusitada por todo el planeta se han desencadenado las fuerzas que va a hacer posible la rehumanización del ser humano, tal y como Lewis Mumford vislumbró en su obra “Las transformaciones del hombre” (1956). Una nueva sociedad está eclosionando sobre las bases del intelecto, la reflexión y la solidaridad. Y este cambio, como ha comentado Emilio López-Galiacho (rebelión, 16/01/2012), no hay quien lo pare, pues se trata de un nuevo estado mental.

LOS OBSERVADORES DEL HORIZONTE SOCIAL

“¿Qué estrellas los observadores del horizonte social ven brillando en la distancia para el confort y la guía del caminante desorientado? Con los ojos habituados a las altas cumbres de la historia, todavía observantes de perspectivas contemporáneas y capacitados para transmitir la visión, ¿Qué puede discernirse de los ideales capaces de transformar criaturas de Ley y las Costumbres en creadores de Política, Cultura y Arte?”

¿Qué podemos imaginar? Un futuro desarrollado con, y no contra, el pasado. Un modelo de mutua cooperación, en lugar de competencia. Ciudades que no están muertas, sino muy vivas. Una sociedad apuntalada por un sentido de dignidad, con una mayor empatía hacia los demás y nuestro propio lugar. Una sociedad que involucra a las personas en una comunidad de creativa expresión artística como un derecho fundamental, no como algo reservado para unos pocos privilegiados”.   Sir Patrick Geddes.

CONFIANZA ROTA

Las relaciones humanas están basadas en la confianza. Confiamos a nuestros hijos a los profesores, nuestra salud en los médicos, nuestra seguridad a la policía, nuestro dinero a los bancos, nuestros alimentos al tendero, la información a los periodistas y así podríamos seguir hasta completar una extensa lista de entidades y personas en las que confiamos a diario. En un círculo más íntimo confiamos en nuestros padres, hermanos, pareja, hijos y amigos. Cuando asomamos la cabeza fuera de este círculo lo hacemos con prudencia y atención. Si no apreciamos peligro nos movemos con soltura en este ambiente alejado del núcleo familiar. Vamos adquiriendo confianza y olvidamos que flotamos en una atmósfera no exenta de peligros. En cuanto menos lo esperamos sufrimos el zarpazo de la realidad, dejándonos una profunda huella que tarda tiempo en cicatrizar. Como un animal herido buscamos de nuevo cobijo en nuestro hogar familiar para curar las heridas. Es aquí donde reflexionamos sobre la ausencia de un orden moral en nuestra sociedad. Una sociedad poblada de seres que no saben discernir el bien ni el mal, y emplean para sus fines todos los medios, como la astucia y el engaño. Lo principal para ellos es conseguir su propósito, desterrando toda tibieza y vacilación en sus fines. ¿Saben cuáles son estos fines? Pues el poder y el dinero. Estos dos gemelos dominan el mundo y nos arrastran a un profundo abismo del que va a ser complicado escapar.  Pocos están dispuestos a asirse a las cuerdas que les llevan a una llanura en la que no hay colinas a las que subir para mostrar su hinchado ego.

NO TODOS CRECEMOS AL MISMO RITMO

Decía Goethe que la principal escuela de la vida es la propia naturaleza. Mi hijo y yo,  observando nuestro semillero, hemos aprendido juntos que no todos crecemos y nos desarrollamos al  mismo tiempo y de la misma forma. Todas las semillas fueron plantadas la misma tarde, en la misma tierra y las hemos cuidado con el mismo cariño, pero están germinando cada una en distintos días y de distinta manera. La más madrugadora alcanza ya cuatro centímetros y la última en asomarse aún se está estirazando con la hojas llenas de tierra. Así somos también las personas, unas crecen rápido, otras despacio y muchas no llegan a germinar nunca. No nos referimos al aspecto físico, sino al espiritual. Hace apenas unos minutos ha regresado Proserpina  del inframundo trayéndonos la primavera. Que su luz permita la pronta eclosión de tantos espíritus rezagados a los que la vida les espera para disfrutar de su continua fiesta y alegría.

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LECCIÓN DE UNA SEMILLA

La germinación de una semilla nos aporta valiosas lecciones sobre la vida y la actividad creativa del ser humano. La primera es la paciencia. Las ideas necesitan tiempo para que maduren y se transformen en proyectos y planes concretos. Además exigen, como las semillas, unas óptimas condiciones internas y externas. Reclaman la Luz del conocimiento y requieren ser regadas con abundantes experiencias sensoriales y sentimentales. El abono que las hace crecer son nuestros ideales políticos, sociales y económicos. En estas condiciones florecen la ethopolítica, la cultura y el arte.

La vida está continuamente surgiendo a nuestro alrededor sin que le prestemos demasiada atención. Sin embargo, lo que nos resulta gratificante, estimulante y emocionante es participar como agente activo en la conservación y potenciación de la vida, aunque sea con un gesto tan sencillo y humilde como plantar una semilla y verla germinar. Desde que emerge se convierte en algo nuestro que amamos y nos sentimos comprometidos con su cuidado.

Estos primeros brotes en el semillero que hemos creado mi hijo y yo emergen al mismo tiempo que este ilusionante proyecto de la Escuela de la Vida “Vivendo Discimus”.

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UN DÍA Y UNA VIDA COMO UN AÑO

Nuestra vida, con su primavera, verano, otoño e invierno, no es otra cosa que un año ampliado a varias décadas. En orden inverso, lo mismo sucede con nuestros días: son con un año reducido a varias horas. Por la mañana, cuando sale el sol, nosotros volvemos de nuevo a la vida consciente, a la primavera. Es el momento creativo del día, cuando nuestras ideas brotan con más fuerza. A mediodía el sol calienta, llega el verano. Ponemos en marcha nuestros planes y proyectos en el trabajo. Por la tarde, en el momento en el que el sol comienza su declive, llega el otoño del día, su periodo de madurez. Es tiempo para reencontrarnos con la naturaleza, disfrutar de la compañía de nuestros familiares y amigos; y dedicarnos a la realización y formulación de nuestros ideales sociales, económicos y políticos con nuestra implicación en los asuntos cívicos. Por fin llega la noche. Volvemos a nuestros hogares, a nuestro claustro particular, para meditar, reflexionar y escuchar nuestra voz interior. Justo antes de quedarnos dormidos, vivimos nuestra segunda vida, rememorando todo lo que lo hemos hecho a los largos de la jornada. Dejamos sembradas aquellas ideas que al día siguiente germinarán gracias a la luz de un nuevo día.

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            No he sido el único que ha percibido esta curiosa relación entre los días y el ciclo anual de las estaciones. Antes que yo, poetas como William Blake, en sus famosos “Proverbios del Infierno”, nos decía: “piensa por la mañana, Actúa al mediodía, Come al atardecer, Duerme de noche”. Sabio consejo que no deberíamos olvidar.

MEDIOS PARA LLEGAR AL AUTOCONOCIMIENTO

En otras ocasiones me he hecho eco de la exhortación de Mumford para que dediquemos una parte significativa de nuestro tiempo al autoexamen y al autoconocimiento. Mumford no fue muy explícito en cuando a los medios para alcanzar estos fines. Su buen amigo Waldo Frank fue bastante más claro y nos dejo por escrito, en su obra “América Hispana”, un breve decálogo de los medios para llegar al conocimiento propio:

1.- La contemplación y la meditación en horas de soledad y por medio de una técnica psicológica personal.

2.- La dedicación a las artes por el placer personal o comunal, pero sin la desviación intencionada de sus formas y sustancias hacia propósitos sociales.

3.- El estudio del pasado –la historia, la arqueología, la filología, etc.., sin el afán de querer probar un programa contemporáneo.

4.- La purificación y la honda sumersión del yo por el ejercicio de su actitud mística.

Medite al atardecer, mirando las estrellas y acariciando a su perro, es un remedio infalible. “, Ralph Waldo Emerson.

EL CULTO DEL CONFORT

En su obra “El redescubrimiento de América”, Waldo Frank, después de describir los dioses y cultos del poder, incluyó un capítulo titulado “Vivamos confortablemente”. Las ideas que allí expone han estado  flotando en mi mente hasta que han encontrado otros pensamientos análogos de cuya unión ha brotado una explicación razonable a algunos fenómenos tan característicos de nuestro tiempo como el individualismo, el parasitismo y el infantilismo. El elemento aglutinante de las ideas que pululan por uno de los rincones de mi mente, donde la corriente del pensamiento las ha arrastrado, es el poder. Según Frank, parte inseparable de toda vida dedicada al poder es el culto del confort.

El confort, en sus orígenes, fue un medio para contrarrestar el cansancio provocado por las duras jornadas de trabajo de las personas dedicadas a la explotación y cultivo de los recursos naturales. No tardó demasiado tiempo en convertirse en un fin en sí mismo y un valor en alza. Si el poder fue una estrategia para hacer frente a las difíciles condiciones de un medio natural y cultural hostil, pronto se dirigió de manera exclusiva a la satisfacción del deseo de confort. Waldo Frank compara este proceso a la segunda ley de la termodinámica, la entropía. En opinión de este pensador, al igual que la energía del movimiento posee la tendencia dominante a convertirse en calor, “en el hombre, la energía del poder fluye hacia la necesidad del confort. Esta entropía psicológica no puede ser revertida. El poder, con sus grados de cansancio, esterilidad, vacuidad interior y pasividad, se orienta hacia el anhelo de confort. Más dicho anhelo no produce nuevo poder. El hijo del hombre dotado de poder es con frecuencia un buscador de confort; pero la consecuencia de su culto ya no será el poder”.  Como consecuencia de este fenómeno entrópico, “el poder acabará, pues, por criar una raza tan impotente que carezca hasta de los medios para buscar el confort”. Y esto es precisamente lo que está sucediendo.

                                 

En el libro “El pentágono del poder”, Lewis Mumford dedica un apartado, -desde su visión organicista-, a los dos modos básicos de interrelación que se dan en la naturaleza: el parasitismo y la simbiosis. En el capítulo titulado “la amenaza del parasitismo” advierte que el sistema capitalista se mantiene en buena parte gracias a una serie de sobornos, en forma de seguridad, aparente prosperidad y aumento del ocio, que tiene como correlato el incremento de las formas de parasitismo. El soborno del que habla Mumford es aquel por el cual la megatécnica, a cambio de su aceptación incondicional, aporta a sus beneficiarios una vida sin esfuerzos, una vida confortable, a partir del disfrute de “una plétora de mercancías prefabricadas, obtenidas mediante un mínimo de actividad física, sin sufrir dolorosos conflictos ni penalidades: la vida pagada a plazos, por así decir, pero con una tarjeta de crédito sin fondos, y con una cláusula final –la náusea existencial y la desesperación- que solo podrá leerse en la letra pequeña”.

Para acreditar sus comentarios sobre el parasitismo Mumford aludía en su obra a los estudios pioneros de Curt P. Richter, iniciador de los estudios sobre los ritmos biológicos y padre de la Psiconeuroendocrinología. Richter comparó las características de la domesticación de las ratas con las que produce el “Estado de Bienestar”: excesos en la alimentación, ausencia de situaciones peligrosas, confort doméstico, acondicionamiento del clima, etc. A partir de sus estudios científicos percibió unos males semejantes, -de los observados en las ratas-, en una población humana excesivamente protegida. Según relataba Mumford, los estudios Richter apuntaban a una relación estrecha entre la sobreprotección en la “sociedad afluente” (término acuñado por K.Galbraith) y “la incidencia cada vez mayor de la artritis, enfermedades de la piel, diabetes y dolencias circulatorias; mientras que el riesgo de que aparezcan tumores se ha agravado, al parecer debido a una excesiva secreción de hormonas sexuales. No menos llamativo es el agotamiento de la vitalidad y el incremento de desórdenes psíquicos y neuróticos”. Parte de estas observaciones han sido confirmadas por ulteriores trabajos como los de Edward T. Hall, en su obra “la dimensión oculta”.

 

                                                                                      El investigador Curt P. Richter

Los efectos psíquicos de una vida cada día más tendente a la ausencia de pensamiento, esfuerzo e interés humano son evidentes: el infantilismo o la senilidad prematura. Uno de los más eminentes psicólogos que ha dado la historia, el norteamericano William James, proclamó “que los sufrimientos y las penurias, por lo general, no consiguen mermar el amor a la vida; por el contrario, se diría que acentúan su valor. La fuente suprema de la melancolía es el hartazgo. Lo que nos espolea es la necesidad y la lucha; la hora de nuestro triunfo es la que nos trae el vacío”. Llevado por esta idea, Mumford hizo esta reflexión: “cuando ya no son necesarios ni el esfuerzo físico, ni la tensión, ni el peligro, ni el rigor para ganarse la vida, ¿Qué es lo que mantendrá sano al hombre moderno?.

 

                                                                                                    William James

 Los peligros de la sobreprotección que lleva a cabo el llamado “estado del bienestar” fueron ya percibidos por uno de los primeros y más brillantes analistas políticos, Alexis de Tocqueville. En su conocido libro “la democracia en América”, incluyó el siguiente comentario sobre el Estado: “…por encima se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que sean felices y de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue mas objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia (el subrayado es nuestro); este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar. Se esfuerza con gusto en hacerlos felices, pero en esta tarea quiere ser el único agente y el juez exclusivo; provee medios a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus traspasos, divide sus herencias, ¿no podría librarles por entero de la molestia de pensar y del trabajo de vivir?”.

 

                                                                                              Alexis de Tocqueville

Autores actuales como Feliz Rodrigo Mora, en su “Giro estatolátrico. Repudio experiencial del Estado de bienestar”, son extremadamente críticos con los sobornos que nos prestan la tecnología y los estados a cambio de fomentar la desintegración moral y la apatía general en la sociedad. Todo indica que hemos perdido de vista que “si el interés suscita el esfuerzo, el esfuerzo estimula a su vez el interés” (Mumford dixit). Así que no podemos menos que escandalizarnos cuando lejos de fomentar la cultura del esfuerzo entre nuestros conciudadanos, tanto jóvenes como adultos, el Estado ejerce un paternalismo de consecuencias atroces para la propia salud física y psicológica de sus “beneficiarios”.

 

La ansiosa búsqueda del confort, promovida y alentada por el capitalismo, en su interés de hacer crecer la economía mediante el fomento del consumismo, ha sido clave para el reforzamiento del sentimiento individualista. Hasta mediados del pasado siglo, según describe Eric Hobsbawm en su magnífica “Historia del siglo XX”, el “nosotros” predominaba sobre el “yo”. Y en parte era así por la falta de confort. Según narra este enorme historiador, “la vida de la clase trabajadora tenía que ser en gran parte pública, por culpa de lo inadecuado de los espacios privados…Los amas de casa participaban en la vida pública del mercado, la calle y los parques vecinos. Los niños tenían que jugar en la calle o en el parque. Los jóvenes tenían que bailar y cortejarse en público. Los hombres hacían vida social en “locales públicos”. 

 

                                                                                                      Eric Hobsbawn

            La irrupción de la televisión en el hogar, en opinión de Hobsbawn, “hizo innecesario ir al campo de fútbol, del mismo que la televisión y el video han hecho innecesario ir al cine, o el teléfono ir a cotillear con las amigas en la plaza o en el mercado”. De modo que  “la prosperidad y la privatización de la existencia separaron lo que la pobreza y el colectivismo de los espacios públicos habían unido”. Este divorcio con el espacio público, tanto en el sentido figurado como en el físico,  ha derivado en una relación irreconciliable. La pereza domina nuestra vida pública y privada. Rehuimos cualquier llamada a la acción. Tal y como dejó por escrito Lewis Mumford en “Técnica y Civilización”, “demasiado aburrida para pensar, la gente leía; demasiado cansada para leer, podía ir al cine; incapaces de ir al cine, podían encender la radio”. Hoy día, son muchos los hogares que tienen varios televisores en la casa, conexión de Internet y un móvil para cada uno de los miembros de la familia. Es cierto que no todos gozan de esto privilegios, pero sí es la aspiración general de todos los miembros sociedad.  Contando con todas estas comodidades en el hogar, ¿A quién le apetece salir a una asamblea ciudadana o, simplemente, ir al parque con los niños?. Uno de los pocos motivos que movían a la gente a salir era hacer la compra y hasta esto se puede hacer ya por Internet. ¿A dónde nos conduce este paraíso del confort?.

 

            Llegados a este punto, tenemos que cuestionarnos si nuestro anhelo de confort consigue el confort que tanto ansiamos. Desde luego, no parece que lo consigan todos los artilugios que el mercado nos incita a adquirir de manera compulsiva. Al menos no el confort interno. Si, como lo define Waldo Frank, el confort es una armonía entre las fuerzas del cuerpo y las del exterior, una armonía sentida, esto significa que el factor determinante reside dentro del hombre. En palabras del propio W.Frank, “la condición esencial para conseguir confort es tener el freno en nosotros mismo”. A modo de ejemplo, comentaba este pensador norteamericano, que “un hombre que habite en un cuarto del Hotel Ritz no podrá sentirse confortable si le duelen las muelas; en cambio, con los nervios en equilibrio puede sentirse confortable en un granero…”. Tomando como referencia esta definición y su ejemplo demostrativo, todos deberíamos tener claro que “no se puede conseguir el confort mediante aplicaciones prácticas, y cuanto más complejas sean las fuerzas externas que nos acosan, tanto más fuerte tiene que ser el freno interno que asimile dichas fuerzas y las armonice en este ritmo subjetivo que es el confort”.

            Si de verdad queremos alcanzar el confort no nos queda más remedio que cambiar de camino. Un camino que solo es posible transitar si somos capaces de desarrollar la capacidad de autocontrol, autoexamen y autoconocimiento. Tenemos que ampliar nuestro sentido de la compresión, cuyos medios más eficaces son la literatura, el arte,  el ocio estudioso, todas aquellas actividades capaces de satisfacer las necesidades superiores del ser humano. Gracias a estos medios puede el hombre, según Frank, “contemplarse a sí mismo y contemplar su relación con el todo de la vida, que le dota de la sabiduría suficiente para equilibrar las fuerzas hostiles”. Unos medios a los que debemos exigir que se adapten al sentido de la verdad y de la totalidad, y no limitarse, como hacen ahora, a calmar nuestros nervios o nuestra vanidad.

EL ETERNO CONFLICTO: ORGANICISMO VERSUS MECANICISMO

Desde hace tiempo no hago otra cosa que darle vueltas a una serie de ideas que rondan por mi cabeza. Son como las piezas de un puzzle que,  si eres capaz de encajarlas, obtienes una preciosa imagen. Durante breves instantes vislumbré el puzzle montado y experimenté una agradable sensación de bienestar. Intuyo que la imagen obtenida es de calidad y puede resultar útil para dar respuesta a los importantes retos individuales y colectivos a los que hoy día nos enfrentamos.  Las piezas son complejas y la distinción entre algunas de ellas es difícil. Sólo unas pocas contienen elementos reconocibles, palabras sueltas que quieren formar una frase cargada de sentido. Términos como organismo, mecanicismo, organización, 15M, democracia, política,…, son las piezas claves del puzzle y una metáfora en sí misma de la idea principal que las une a todas: la relación entre el todo y las partes.

 

 

 

            Atascado en el montaje de este complejo puzzle mental decido coger dos piezas que me parecen fundamentales: en el centro de cada pieza figura, respectivamente, la palabra organismo y organización. Las piezas no encajan entre sí, aunque en apariencia son muy similares. Presto más atención y empiezo a desvelar las diferencias. La más notable es que, según Waldo Frank, “en el organismo, unidad y vida unificadora están en todas partes, infusas en todos sus elementos”. Mientras que “en una organización, la unidad se impone racionalmente en sus componentes y permanece exterior a su naturaleza intrínseca”. Pongamos un ejemplo para ver más claras las diferencias. Un organismo sería el propio ser humano: su vida está en todas sus partes. Sin embargo, en una empresa comercial, existe un pequeño y limitado grupo de personas, los jefes, que la dirigen y, por tanto, su unidad viva no recae en sus trabajadores.

            Lo más curioso de ambas piezas, y de ahí la dificultad a la hora de montar el puzle, es su carácter dual. Depende de la orientación que le des a la pieza pasa de organización a organismo, o viceversa. Ejemplo de la primera posibilidad, es decir, de la conversión de una organización en organismo, y tomando como referencia el caso anterior de la empresa comercial, puede suceder que los trabajadores vayan más allá o se le permita implicarse en la dirección del negocio en el que prestan su servicio a cambio de un salario, identificando la empresa consigo mismo y relacionándola con la que sociedad en la que se encuentran insertos. Cuando sucede esto, la organización llega a convertirse en un organismo. Pero puede suceder, como es más frecuente, que un grupo de organismos, el propio ser humano sin ir más lejos, devenga en una organización mecanicista, de los que podríamos citar innumerables ejemplos: los ejércitos, las densas burocracias públicas, los partidos políticos, etc…

            La diferencia entre una organización y un organismo es muy sutil. Retomando a la metáfora del puzzle, la diferencia es apenas apreciable entre las piezas. Incluso un mismo grupo puede comportarse algunas veces como organismo y otras como organización. Waldo Frank ponía en su obra “El redescubrimiento del hombre”, el ejemplo de un equipo profesional de beisbol. Según Frank, el equipo actúa como organización “en cuanto los hombres que juegan tienen objetivos e impulsos que el equipo no expresa íntegramente”. Por el contrario, operan como organismo “en cuanto los jugadores llegan a absorberse espontánea y apasionadamente en vencer en un encuentro determinado”.

 

                                                                               Waldo Frank

            Llevada a un terreno menos profano, el de la historia, Waldo Frank describe a la Polis de Grecia como paradigma de un organismo, y a la Roma imperial como organización arquetípica, “una organización de organismo cuya sangre gradualmente agotó”. La antigua Roma fue, desde este punto de vista, una pesada maquinaria de poder que anulaba cualquier forma de organismo. Incluso cuando el estado romano adoptó el cristianismo como religión del Estado, traicionó o persiguió el espíritu orgánico de las primeras comunidades cristianos utilizando estrictos métodos de organización. La Iglesia, como institución heredera del jerarquizado, hiper-organizado y poderoso estado romano, tuvo un papel  clave, tal y como han demostrado Lewis Mumford y el citado Waldo Frank, en la aparición de la máquina y formas opresoras del colectivismo (capitalismo, comunismo, fascismo, etc…). Cualquier persona conocedora de este fenómeno no debería de extrañarse del apoyo que la iglesia siempre ha mostrado a las instituciones políticas, económicas y sociales  más poderosas, que comparten con ella su voluntad organizada.

            El ser humano parece tener inserto en sus genes un rechazo a toda forma de organización oprimente, la libertad. Al igual que sucede en la naturaleza, el gen de la libertad puede sufrir alteraciones y provocar graves enfermedades en el cuerpo individual y colectivo. Siguiendo esta idea de marcado carácter organicista, Waldo Frank apuntaba que “el cuerpo, como un todo, debe constantemente desempeñar su parte dentro del “argumento” de las relaciones, pero los actores son partes específicas del cuerpo”. Ningún órgano del cuerpo humano actúa de manera independiente y con un objetivo individualista, son medios; el fin es el mantenimiento de la vida. Así el estómago, decía Waldo Frank, “crea alimento no solamente para el estómago, sino para todo el cuerpo; los órganos sexuales propagan toda la vida del cuerpo; la vista, el olfato, el tacto, etcétera, efectúan la acomodación completa del cuerpo a su ambiente”.

            Lo indicado para el cuerpo individual, como ser vital y orgánico, es, -en opinión de Waldo Frank-, también cierto para el cuerpo social. “Las unidades particulares de hombres y mujeres dentro del grupo desempeñan los actos de sus relaciones funcionales como un todo con la naturaleza y con otros grupos humanos. Así como existe una constante relación entre la supervivencia del hombre y la actividad de los constituyentes de su cuerpo, así también existe una relación entre la supervivencia del cuerpo colectivo del hombre y los papeles especiales de sus constituyentes: el agricultor, el trabajador, el soldado, el sacerdote, el político. Y eso puede parecer que cubre toda la historia de la  humanidad”.

            Después de mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza, he llegado a la misma conclusión a la que llegaron Lewis Mumford y su colega Waldo Frank: uno de los asuntos claves en la humanidad y en su modo de organización como sociedad es el eterno conflicto en la visión mecánica y la visión orgánica de la existencia humana y todo lo que con ella se relaciona. La primera de las visiones se relaciona con la máquina, la segunda con la naturaleza. Cada día este eterno conflicto entre mecanicismo y organicismo se aprecia con más claridad. El escenario donde se libra la batalla entre mecanicista y organicista ha sido y es de lo más variado. En arquitectura, Frank Lloyd Wright y Antoni Gaudí frente a Le Corbusier y los representantes del llamado “Estilo Internacional”; en la música, Mozart frente a la música electrónica; el cerebro frente a la inteligencia artificial; el proyecto educativo de Dewey frente a los postulados de Comenius; la pintura de Goya frente a los cuadros de Andy Warhol; la medicina natural frente a la institucional, etc…

            El resultado del conflicto que dirimen organicista y mecanicista cobra especial relevancia en el plano del poder político y económico. Desde la democracia orgánica que surgió en la Atenas clásica hasta la oligarquía mecanicista de hoy han pasado muchos siglos de abierto enfrentamiento entre dos visiones contrapuestas de la naturaleza humana en el sentido individual y colectivo. No cabe duda que la cosmovisión mecánica viene siendo la predominante desde al menos el siglo XVI y su influencia no ha dejado de acrecentarse. Según se ha ido imponiendo la visión mecánica, la condición humana ha experimentado un notorio deterioro. Hemos perdido nuestra conexión orgánica con el todo, que no es otra cosa que la propia tierra y la amplia ecúmene que la ocupa.  La disolución de los lazos que nos unen con el planeta y con nuestra propia especie nos ha conducido a dos procesos paralelos: la sociodesintegración y la psicodesintegración.

El reto que tenemos ante nosotros, la revolución esperada, es el triunfo de la visión orgánica. Este momento llegará, según Waldo Frank, cuando el hombre, “que durante dilatadas épocas ha empleado todos sus órganos individuales y colectivos para el bienestar del yo, empíricamente considerado, aprenda que este yo, así cuidado y así servido, pierde su salud: que por su bienestar debe esforzarse en ser un integrador dentro de un todo metafísicamente fuera de él”. En resumidas cuentas, nuestra misión futura consiste en la reordenación de los tres componentes del yo: el ego social, el ego somático y el yo cósmico. Este último, el espíritu, con capacidad infinita para elevarse, tiene que ocupar el lugar central, hoy día monopolizado por el ego somático, dando lugar al egoísmo e individualismo reinante. Este proceso de reacondicionamiento interno está todavía en sus primeras etapas y aparece fugazmente en ocasiones puntuales que calificamos de “revolucionarias”.

Cornelius Castoriadis llamó la atención sobre el hecho no causal de que “cada vez que se produjeron grandes movimientos revolucionarios o reformadores de la sociedad, en el auténtico sentido del término, comenzaron casi sin excepción con un impulso de restauración o instauración de la democracia directa”. Así ocurrió en América del norte, entre 1770 y 1780, durante la Revolución Francesa, la Comuna de París, en la Hungría de 1956 o, más reciente en el tiempo, con el movimiento 15M, Occupy Wall Street, etc…Todo parece indicar que la tendencia hacia el organicismo es innata en el hombre y surge cada vez que las distintas representaciones del poder ahogan la libertad del hombre. El éxito o fracaso de estos movimientos depende, en última instancia, de la constancia, la voluntad y el esfuerzo de sus integrantes.

  Lewis Mumford

En un interesante artículo de Daniel Mari Ripa, titulado “¿Por qué partidos y sindicatos no conectan con las personas jóvenes y precarias?” (El Viejo Topo, nº 302, marzo 2013), describe, sin identificarlo como tales, evidentes rasgos de organicismo en el grupo social que analiza, mezclados, eso sí, con evidentes síntomas de individualismo. Nos hemos convertido en seres bipolares. Por un lado, como indica este investigador, “seguimos teniendo la necesidad de construir relaciones con otras personas”, pero ésta se ha vuelto etérea y cambiante, líquida si utilizamos el término acuñado por Zygmunt Bauman. Sentimos un rechazo generalizado a cualquier forma de organización jerarquizada, tipo sindicato, partido político o incluso organización no gubernamental. La militancia parece cosa del pasado. Un término a engrosar el diccionario de arcaísmo de la Real Academia de la Lengua Española. Para Mari Ripa, como expresamente subraya, “el universo 15M no puede reducirse a una organización”. Y no puede hacerse por un motivo que este investigador no termina de identificar y designar con el término correcto. No es una organización porque tiene vocación de organismo. Pero no llega a cuajar por un rasgo que él acertadamente diagnostica: la mayoría de sus integrantes “parecen sumidos en el individualismo del consumo”.

Al final de su artículo, Daniel Mari Ripa llega a cuestionarse sobre un aspecto fundamental de este difícil equilibrio en organismo y organización. Resulta evidente, como subrayó Waldo Frank, que “una sociedad de organización acumulada (en el mejor de los casos con grupos residuales en su interior) condena al hombre a ser el inválido que es en la actualidad, a pesar de todo el esplendor de sus máquinas”. Desde su punto de vista, que comparto, “solo los grupos orgánicos pueden establecer un orden social orgánico. Solo las personas (Waldo Frank distingue por su grado de psicointegración entre individuos y personas) pueden constituir grupos orgánicos. Por el contrario, una sociedad organizada destruirá los grupos orgánicos dentro de ella y convertirá a sus personas en mártires”. El modelo que propone Waldo Frank es puramente orgánico, aún indicando las evidentes diferencias entre los procesos biológicos y sociales. Para este enorme pensador, injustamente olvidado, “nuestro norte en la previsión de la sociedad orgánica debe ser la forma de actuar de las células que se desarrollan en el cuerpo viviente. Su método es un profundo misterio. De algún modo, dentro de ellas, está implícito el destino formal de cada parte en el todo,  y del todo; y su destino compartido les hace colaborar”.

 

 

Existe una ley interna en la naturaleza a la que ningún ser vivo puede escapar. El cuerpo biológico nace, crece, madura y después decae hasta morir. Algunos pensadores, como Oswald Splenger,  cayeron en el error de aplicar este mismo proceso a las sociedades humanas. Como respuesta a esta visión del desarrollo civilizatorio que le llevó a Spengler a escribir su famosa obra “La decadencia de Occidente”, autores como Lewis Mumford o Waldo Frank, defendieron que las comunidades orgánicas presentan una forma parabólica, siempre abierta y cambiante. El término elegido por Mumford para definir este proceso fue el de “equilibrio dinámico”.

La cuestión clave que debemos intentar resolver es cómo podemos conservar en una democracia el poder en manos de los ciudadanos sin que caiga en las garras de una burocracia tentacular dada la complejidad del mundo en el que nos ha tocado vivir. En el plano de la organización territorial de un estado como España, los términos organicismo y mecanicismo son intercambiados por los de federalismo y centralismo. El centralismo parece más eficaz, ya que las decisiones son tomadas por un restringido número de personas, -en las mal llamadas democracias representativas-, y en una sola cuando estamos ante una dictadura. Por el contrario, en las formas de organización territorial descentralizadas, las decisiones tienen que ser negociadas y consensuadas. En un cuerpo biológico, la buena voluntad y la predisposición a la colaboración se consideran inherentes. Nunca se ha visto que un corazón se quiera independizar de su propio cuerpo.

En una nación que quiera tener éxito y no fallecer, cada una de las regiones debería actuar como un órgano, “y así como las células dentro del órgano colaboran para formarlo”, los órganos territoriales que conforman  un determinado país colaboran para formar todo el cuerpo político. De modo que, como señala Waldo Frank, “el cuerpo político, como un todo, nutre a los órganos, a las células, del cuerpo total, alimentando sus partes y distribuyendo el oxígeno de la vida a través del torrente circulatorio”. Soy consciente que el ejemplo elegido puede resultar polémico, ya que la conformación del cuerpo territorial español, como el de muchos otros países, dicta mucho de ser orgánico. La imposición por la fuerza o la coacción queda fuera de los procesos orgánicos, donde los vínculos de relación predominantes son de tipo simbiótico, aunque también se dan ejemplos de parasitismo.

 

Llegamos a un punto clave, con el que quiero finalizar este esbozo de un trabajo más amplio que estamos realizando sobre el eterno debate entre organicismo y mecanicismo, la cuestión de cómo conseguir personas orgánicas que hagan posible una sociedad de la misma índole. Debemos establecer una metodología para inculcar a cada miembro de la sociedad algún principio similar al de las células en el organismo biológico que, aún siendo una parte del todo, comparten su misión destino y colaboran en su realización. Según Waldo Frank, “en el caso de las células biológicas, el conocimiento organísmico es misterioso y subconsciente. En el de las células sociales, el conocimiento, si bien misterioso, se convierte en consciente”. Necesitamos, por tanto, ser conscientes, en todo momento y lugar, de que somos parte de un todo, de un cosmos, de una naturaleza compartida con el resto de seres vivos, de una comunidad global de seres humanos con un destino común, que deben agruparse de manera orgánica, partiendo de la familia, el vecindario, la ciudad, la región, la nación, la confederación de países hasta llegar a constituirse en una única comunidad humana. Para ello es necesario tener la voluntad para crear la armonía de la integración en la sociedad, cuyo componente básico son personas que han desarrollado la misma capacidad de integración en su ser interno. Un camino del individuo a la persona que requiere despertar en el ser humano su innata tendencia a la comunicación, la comunión y la cooperación, instintos que hoy se encuentran anestesiados por los continuos esfuerzos del complejo del poder que fomenta de manera interesada la desconfianza entre las personas y los grupos sociales.