EL CÍRCULO DE CREACIÓN DEMOCRÁTICA

Varias son las tesis de sumo interés que sobre la democracia expone Cornelius Castoriadis en su obra “La ciudad y las leyes”. Una de ellas es la del círculo de creación: “si el gobierno democrático presupone ciudadanos vigilantes y valerosos, la vigilancia y el coraje son al mismo tiempo un resultado del gobierno democrático. Negativamente, es un hecho evidente: un pueblo que delega de manera constante sus poderes no aprenderá jamás las virtudes de la vigilancia y el coraje políticos exigidos por la democracia; sólo se educará en las comodidades de la pasividad y la delegación. Una vez pasadas las elecciones, los electores se apresurarán a volver a sus negocios privados. Todos los grandes autores clásicos eran conscientes de este vínculo esencial, hoy olvidado, entre educación en el sentido fuerte, no sólo escolar, e institución política, y del papel de esta última como principal medio de educación política”.

 

 

 

DEL INDIVIDUO A LA PERSONA

Estas navidades he dedicado muchas horas a la lectura. Si este verano lo dedique a las obras de Flaubert, la navidad ha sido para Waldo Frank. Tenía referencia de este autor por las abundantes citas de sus obras en los libros de Lewis Mumford. Leyendo la biografía de este último y algunas de sus cartas descubrí que fueron grandes amigos y que compartían bastantes puntos de vista sobre la condición humana y los problemas de su época. Es curioso que la obra de Waldo Frank no sea más conocida en España, teniendo en cuenta que dedicó algunos de sus más conocidos libros a nuestro país y la huella hispana en América.

Su última obra importante lleva por título “Redescubrimiento del hombre. Memoria y metodología de la vida moderna”. Según reza en la contraportada del libro, se trata, de manera especialmente lúcida, el desarrollo del Occidente y su divergencia del Oriente, así como la consiguiente pérdida de nuestro conocimiento de la naturaleza humana. Y no solo es un análisis de nuestro mundo. “Redescubrimiento del hombre” presenta un programa factible para la salvación y supervivencia del hombre occidental.

La lectura de este libro me ha resultado francamente reveladora. Es una obra con claros tintes místicos y de una profunda psicológica. Su principal objetivo es promover la reintegración de las dimensiones del yo (grupo, ego-somática y cósmica). Para conseguirlo plantea una doble línea metodológica: la socio-integración, que da lugar a la comunidad; y la psico-integración, cuyo resultado tangible es la conformación de personas totales, equilibradas y creativas.

Respecto a la primera de las tareas a abordar, la sociointegración, Waldo Frank parte de la premisa de que los previos grupos orgánicos que caracterizaron a los periodos históricos precedentes al nuestro han sido paulatinamente sustituidos por grupos organizados. La característica de esta tendencia es la distorsión, disminución, supresión de los yo totales del grupo. El resultado es el surgimiento del hombre “masa” moderno. Para Frank, “la masificación, pues, es un síntoma de autosuficiencia, y también una propagador de más autosuficiencia. La masificación se convierte en rígida mediante la eliminación de las fluidas y flexibles cualidades de la libertad humana. Y conforme avanza por el camino de la política de masas, de la producción en masa, de la educación en masa, la diversión en masa, los músculos inactivos de la mente, cuya función es razonar, distinguir, integrar complejidades en todos, se debilitan, mientras el pensamiento en masa que lo sustituye se desarrolla con la especialización de las partes que nunca se convierten en el todo: un círculo vicioso”.

            Nuestro individualismo, o dicho en términos psicológico, nuestra egocentricidad nos hace buscar fuera de nuestro ser los vectores capaces de ponernos a tono otra vez con el bienestar que es la integridad. Parece que no llegamos a entender que la salida a la crisis actual que afecta al todo no puede hacerse si nos mejoramos las partes, es decir, a nosotros mismos. Si actuamos como mónadas que se creen autosuficientes y buscamos las soluciones siempre fuera y nunca dentro de nosotros no conseguiremos el ansiado objetivo de salir de esta profunda crisis en la que estamos inmersos. Lo único que conseguiremos son brotes aislados de violencia motivados por la frustración de no encontrar un camino que nos lleve a la prosperidad.

            La solución a la desintegración social, desde el punto de vista de Waldo Frank, como el que coincido enteramente,  es la constitución de grupos orgánicos. Para este pensador, la democracia es el camino natural del grupo orgánico consciente, pero, como advierte, “la democracia siempre es vulnerable a la organización de poder desde fuera o desde dentro, que convierte al pueblo democrático en pandillas, camarillas, grupos de presión y masas”. Nos enfrentamos a un problema histórico sin resolver. La historia de las culturas ha sido siempre la historia de las tensiones entre las personas y los grupos. Estos últimos se convierten, al hacerse más poderosos, en menos orgánicos y más organizados. La pregunta es: ¿Pueden desarrollarse los grupos orgánicos en una sociedad de grupos organizados?. La respuesta la hemos obtenido en España y en otros países con la súbita e inesperada eclosión de movimientos como el 15M.

            Evidentemente, Waldo Frank, -que murió en 1967-, no ha llegado a conocer el 15M ni nada que se le parezca. No obstante, tenían confianza en que pudieran surgir personas individuales, conscientes unas de otras, agrupadas deliberadamente con el propósito de infiltrar los valores de la persona en las organizaciones. Tales grupos de personas podrían influir, en su opinión, sobre la ética, la religión, la educación y las artes de los grupos organizados. Estos grupos, que el mismo entrecomilla como “subversivos” pueden ser pocos y estar diseminados. “Pero la intensidad de su energía es grande, en cuanto constituyen yos más reales que los de los individuos aislados de su dimensión cósmica”.

            El reto que tenemos ante nosotros es doble. Por un lado, en el plano íntimo, reintegrar las dimensiones del yo para pasar de individuos a personas. Y en el plano colectivo, trabajar para convertir a los grupos organizados en orgánicos. Y esto lo conseguiremos si ahondamos en nuestra autoconciencia y reconocemos en nosotros mismo las relaciones íntimas con la comunidad y con el Ser, con lo que transfiguraríamos la unión y las acciones del grupo. La prueba de haber alcanzado este complicado reto la tendremos cuando nos marquemos metas más allá de las necesidades circunstanciales y avancemos de manera coordinada hacia el pleno desarrollo del hombre.

CAUSAS DE LA DESINTEGRACIÓN DE NUESTRA CIVILIZACIÓN

Aunque no seamos plenamente conscientes, estamos llegando a la fase final de desintegración de nuestra civilización. Lewis Mumford, en su obra “La condición del hombre”, apuntó algunas de sus causas:

– La falta de comunicación entre clases y pueblos.

– El desbarajuste del comportamiento estable.

– Pérdida de la forma y el objetivo en muchas de las artes, con una creciente importancia de lo accidental y lo trivial.

– Cisma del alma interna, un total desmoronamiento de la clave de toda significación.

Frente a esta desintegración, Mumford  consideraba que necesitamos una nueva actitud frente al hombre, la naturaleza y el cosmos. En definitiva, una nueva personalidad que sea capaz de inaugurar un nuevo periodo de síntesis similar al periodo medieval.

 

 

 

 

EL FIN DE LA SOCIEDAD HUMANA

España encabeza el ranking de países con las más altas tasas de desempleo. Además del drama personal y familiar que supone no contar con ingresos económicos, olvidamos que el trabajo tiene dos dimensiones antropológicas fundamentales. Su función, tal y como nos recuerda Lewis Mumford en “La condición del hombre”, consiste en “proveer al hombre de un modo de vida, no con el fin de ampliar su capacidad de consumo, sino de liberar su capacidad de crear”. Su significado social deriva de los activos de creación que hace posible el trabajo.

La eficiencia mecánica de la máquina y el mayor automatismo del proceso disminuye la demanda total del trabajo humano. Por ello Mumford ya proponía en 1948, la firme reducción de las horas de trabajo y “la necesidad de un prorrateo del ingreso anual en forma más pareja y equitativa para que haya una mayor demanda efectiva de los bienes que la granja y la fábrica producen”. De manera concreta, Mumford fue uno de los pioneros que habló de la instauración de un “salario natural” que permita al hombre vivir sin inseguridad. Este concepto de salario natural era, para Mumford, “una extensión inevitable de los principios esenciales de democracia a la industria maquinista: igualdad y libertad formales deben ahora ser transformados en igualdad y libertad operantes. Ya no no es esto el fin de un partido, es el fin de la sociedad humana”. El problema de instaurar un salario natural estriba en que para hacerlo viable debe ser abordado a escala internacional. A escala local, incluso nacional, una transformación tan radical de la concepción del trabajo es difícil que puede fructificar.

 

 

NUEVOS CRITERIOS DE JUICIO PARA LA RENOVACIÓN DE LA PERSONA Y LA SOCIEDAD

Para salir de la actual crisis necesitamos un cambio de dirección y actitud. Lewis Mumford, -en las líneas finales de su obra “La condición del hombre”, de la cual hemos obtenido el texto que exponemos en este comentario-, comentó que debemos aportar a cada actividad y a cada plan un nuevo criterio de juicio: debemos preguntar en qué medidas las acciones que promueve los políticos tienden a la realización de la vida y cuánto respeto guardan a las necesidades del hombre. Las preguntas que debemos tener siempre a la cabeza pueden agruparse en los siguientes dos bloques:

1.- ¿Cuál es el objetivo de cada nueva medida política y económica?.

¿Busca la antigua meta de la expansión y el crecimiento o la nueva del equilibrio?

¿Trabaja para la conquista y la acaparación del poder o para la cooperación y el apoyo mutuo?.

 

2.- ¿Y cuál es la naturaleza de esta o aquella realización industrial o social?

¿Produce bienes materiales solamente o también bienes humanos y hombres buenos?

A sendos bloques de preguntas se añade otras dos referentes, respectivamente, a nuevos propósitos individuales y planes públicos:

Respecto al aspecto individual esta es la pregunta: ¿Concurren nuestros planes de vida individuales a la universal sociedad, en la que el arte y la ciencia, la verdad y la belleza, la religión y la santidad enriquecen a la sociedad?

 En cuanto a los proyectos ideados en el ámbito público esta es la cuestión a dilucidar: ¿Concurren nuestras planes de vida públicos a la satisfacción y renovación de la persona humana, para que fructifique en una vida abundante, cada vez más significativa, cada vez más valiosa, cada vez más profundamente experimentada y más ampliamente compartida?.

Si mantenemos constantemente estas normas en nuestra mente, tendremos tanto una medida de lo que debemos rechazar como una meta de lo que debe alcanzarse.

Todas estas preguntas son un medio útil para discriminar nuestra acción individual y la de la propia sociedad. En su conjunto subyace la idea de que el primer paso es personal: un cambio de dirección del interés hacia la persona. Sin ese cambio no se logrará gran mejoramiento en el orden social. Una vez que empiece ese cambio, todo es posible.

EL IDEAL DEL HOMBRE DEMOCRÁTICO

La crisis multidimensional en la que estamos inmersos está propiciando un profundo debate sobre la actual forma de organización social, económica y política. El vigente modelo ha dado claras muestras de su incompatibilidad con la justicia, la equidad y el pleno desarrollo de la persona. Ha llegado el momento de dar un salto cualitativo en la condición humana e iniciar la definitiva transformación del hombre. En estas circunstancias necesitamos un modelo que nos sirva de guía para este ansiado cambio en el modo de organizarnos en sociedad. Pero antes de cambiar la sociedad, debemos cambiarnos a nosotros mismos. Necesitamos producir una especie más completa de hombre de la que hasta ahora ha revelado la historia. En esta larga evolución de la humanidad ha habido momentos en el que los hombres dedicaron un gran esfuerzo por alcanzar la totalidad, el equilibrio y la universalidad. El ejemplo más conocido fue el de la cultura griega entre los siglos VI y IV a.C. Pocas culturas, como la Grecia clásica, han sido capaces de representar lo verdadero y plenamente humano. Estos hombres totales, como Solón, Sócrates y Sófocles, sobresalientes pero no únicos entre los suyos, son la prueba de las posibilidades reales del hombre para dotarse de un modo ideal de vida que permita el desarrollo de una personalidad completa y una comunidad equilibrada. En lo político idearon un sistema basado en la distribución equitativa del poder, la isonomía (la igualdad de todos los ciudadanos) y la isegoría (el poder de la palabra). La combinación de estos tres principios fue lo que hizo posible la democracia. Y si queremos recuperarla debemos conocer mejor cómo eran y cómo pensaban las personas que la hicieron posible.

Para hacer este breve comentario sobre el pensamiento griego voy a basarme en la síntesis que sobre este particular realizó Lewis Mumford en su obra, recientemente reeditada en España, “La ciudad en la historia” (Editorial Pepitas de Calabaza, 2011). Según Mumford, el ciudadano griego tenía como principales ideales la armonía, la moderación, el aplomo, la integridad, el equilibrio, la simetría y la autodisciplina. Además contaban con un espíritu personal que hacía alarde de flexibilidad, falta de prejuicios, libertad y coraje solitario. Este último aspecto fue subrayado por Mumford en esta obra y en muchas otras en la que analiza la condición humana y, en especial, la forma de ser de los griegos en la época clásica. Este coraje solitario del que habla Mumford se resume en una frase que figura en el antiguo juramento efébico de Atenas, “en solitario o con el apoyo de todos”.

Los griegos ahorraban en los niveles inferiores del ser (necesidades puramente físicas) y gastaban en lo más elevado (espíritu, pensamiento y creación). Ambas necesidades, las físicas y las espirituales, estaban en interacción rítmica, el trabajo y ocio, la teoría y la práctica, la vida privada y la vida pública, por tanto, no eran entendidas como esferas separadas del ser humano. La aludida despreocupación por la parte material de la existencia se traducía en un modo austero de vida. El ciudadano griego era pobre en comodidades. No estaban oprimidos por muchos requisitos de lo que hoy en día entendemos como civilización, entre ellos la rutina de comprar y gastar. De modo que la pobreza no era un estorbo, ni la pequeñez era un símbolo de inferioridad, si de algo se sospechaba era de la riqueza.

Las ciudades helenas no tenían grandes excedentes de productos, sino que disponían de un excedente de tiempo libre que dedicaban a la conversación, la pasión sexual, la reflexión intelectual y el deleite estético. La belleza era barata y las mejores cosas de esta vida, sobre todo la ciudad misma, estaban allí, al alcance de quien las pidiera. Esto no quita que, siguiendo el principio clásico de “mens sana in corpore sano”,dedicaran parte de su tiempo al cuidado de su estado físico. Llevaban una vida atlética y no eran dados a la gula y al exceso en el consumo de vino.

En el apartado más político, la vida pública del ciudadano griego exigía su atención y participación constantes. El propio Pericles llegó a decir: “…Consideramos al hombre que no se interesa en los asuntos públicos, no un ser inofensivo, sino un carácter inútil; y aunque pocos de nosotros somos creadores, todos somos jueces dignos de la política” (Oración Fúnebre, en Tucídides, La Guerra del Peloponeso, II, 40-41). Los griegos acuñaron incluso un término para referirse a quienes rehuían de la acción cívica, idiotis, que quiere decir individuo limitado a lo privado, de aquí procede el término moderna de idiota. Como bien comentó en cierta ocasión Cornelius Castoriadis,“para los antiguos griegos era un imbécil aquel que no era capaz de ocuparse de otra cosa que no fueran sus asuntos privados”. Esta separación de la esfera pública es una característica fundamental de la sociedad actual, lo que ha llevado a acentuar el individualismo, la apatía política, la privatización de los individuos y un superlativo grado de cinismo de la gente con respecto a lo político. Un sentimiento alentado por la clase política que recelan de quienes se implican en la vida pública, desde la crítica activa y vigilante, -siempre que no lo hagan en el estrecho margen de los partidos políticos- y al mismo tiempo alaban, como hizo el Sr. Rayoy, a los “idiotas”, -con perdón-, que se quedan en sus casas y conforman la“mayoría silenciosa” de este país.

Otro rasgo característico de la vida pública en Grecia era el respeto por las leyes. Según Rostovtzeff, citado por Karl Polanyi en “El sustento del hombre”: “en Grecia, las leyes están hechas por hombres. Si una ley ofende a la conciencia de la mayoría, puede y debe cambiarse; pero mientras esté en vigor, todos están obligados a obedecerla, porque hay algo divino en ella y en la idea misma de ley”. Un apartado que merece la pena subrayarse es que esta estricta regla de la ley en la ciudad procedía de la toma de conciencia general de que era una “ley creada por todo el cuerpo de ciudadanos”. Esta diferencia es básica para comprender lo que diferencia la concepción de las leyes por los antiguos helenos de la nuestra. Las leyes en la Greciaclásica eran promovidas y propuestas por la Boulé(asamblea restringida de ciudadanos, elegidos por sorteo de carácter rotatorio), pero eran aprobadas por la Ekklesía o Asamblea de ciudadanos. Una diferencia notable con el modelo vigente en España y en el resto de los países que se rigen por la llamada “democracia representativa”, que, como tuvimos ocasión de tratar en una ocasión anterior, no son otra cosa que regímenes oligárquicos liberales.

Como resultado de esta tergiversación de la idea de democracia, nos vemos obligados a acatar una serie de leyes promovidas por estas oligarquías políticas, en el que participan, como enumeró Castoriadis, “la burocracia de los partidos políticos, la cima del aparato del Estado, los dirigentes económicos y los grandes propietarios, el managment de las grandes firmas y, cada vez más, los dirigentes de los medios de comunicación e información”. Los integrantes de esta oligarquía, como era previsible, redactan y aprueban leyes que en muchas ocasiones atienden exclusivamente a su interés. Pero la cosa no queda ahí. En los últimos tiempos estamos asistiendo a un proceso en el que esta capacidad legislativa está siendo utilizada para socavar los principios básicos de la verdadera democracia como es el derecho de reunión, manifestación y libre expresión de la palabra (isegoría).

Hemos llegado a un punto en el que hasta la resistencia pacífica está siendo criminalizada en nuestro país por un partido político de claro signo autoritario. Hoy, más que nunca, cobran sentido las palabras de Henry Thoreau, contenidas en su conocida obra “La desobediencia civil”, en la que proclamaba “que lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo…Y para ser (la ley) estrictamente justa habrá de contar con la aprobación y consenso de los gobernados”.

Como todo ideal, y el del hombre democrático no deja de ser uno de ellos, necesita un camino para convertirlo en realidad. Este camino, -el que siguieron los griegos que hicieron posible la democracia-, es el de paideia o la educación. Tal y como nos recuerda Werner Jaeger en su estudio “Paideia: los ideales de la cultura griega”, “la democracia, con su apreciación optimista de la capacidad del hombre para gobernarse a sí mismo, presuponía un alto nivel de cultura. Esto sugería la idea de hacer de la educación el punto de Arquímedes en que era necesario apoyarse para mover el mundo político”. Las ideas de Jaeger sobre la paideia fueron resumidas por Lewis Mumford en su obra “Las transformaciones del hombre”. Según la lectura que hace Mumford de este término, la paideia, -tarea que debe de convertirse en la principal de la vida del hombre democrático-, “es la educación mirada como una transformación de la personalidad humana que dura toda la vida, y en la cual todos los aspectos de ella desempeñan un papel. A diferencia de la educación en el sentido tradicional, la paideia no se limita a procesos de aprendizaje consciente, ni a iniciar a los jóvenes en la herencia social de la comunidad. La paideia es más bien la tarea de dar forma al acto mismo de vivir, tratando toda ocasión de la vida como un medio para hacerse a sí mismo, y como parte de un proceso más amplio de conversión de hechos en valores, procesos en finalidades, esperanzas y planes en consumaciones y realizaciones. La paideiano es únicamente un aprendizaje: es un hacer y un formar, y la obra de arte perseguida por la paideia es el hombre mismo”: el hombre democrático.

LA FALACIA DE LOS SISTEMAS Y LA FILOSOFÍA DE LA SÍNTESIS ABIERTA DE LEWIS MUMFORD

Con la publicación en 1951 de su libro “La conducta de la vida”, Lewis Mumford daba por concluida la serie “La renovación de la vida”, que inició en 1930 con la redacción de “Técnica y Civilización” y de la que también formaron parte otras de sus más conocidas obras como “La cultura de la ciudades” (1938) y “La condición del hombre” (1944). En este libro de nombre tan emersiano,-de hecho su admirado Emerson tenía una obra igualmente titulada “la conducta de la vida” (1860)-, Mumford aborda los aspectos subjetivos de la condición humana que en su opinión debían ser transformados para alcanzar la renovación de la vida que él propone. Una idea que pivota este libro es su manifiesto escepticismo sobre los sistemas filosóficos, políticos y económicos cerrados que durante tanto tiempo han marcado la historia de la humanidad.

Para Mumford, la mayoría de las filosofías éticas han tratado de aislar y estandarizar los bienes de la vida, y de establecer unos u otros conjuntos de propósitos supremos. Estas filosofías “han considerado el placer, la eficacia social o el deber; la imperturbabilidad, la racionalidad o la autoaniquilación como la principal cúspide de un espíritu disciplinado y cultivado”. Este esfuerzo para reducir gradualmente la conducta valiosa a un único conjunto de principios coherentes e ideales finales no hace justicia, en su opinión, a la naturaleza de la vida, con sus paradojas, sus complicados procesos, sus conflictos internos, sus algunas veces irresolubles dilemas.

Tal y como crítica con acierto Mumford, “con el fin de reducir la vida a un único y claro modelo intelectualmente coherente, un sistema tiende a olvidar los diversos factores que pertenecen a la vida en razón de sus complejas necesidades orgánicas y sus cada vez más desarrollados propósitos. Realmente, cada sistema histórico ético, ya sea racional o utilitario o trascendental, suavemente pasan por alto los aspectos de la vida que son cubiertos por los sistemas rivales: y en la práctica cada uno acusará al otro de inconsistencia precisamente en esos imprescindibles momentos cuando el sentido común felizmente interviene para salvar el sistema de la derrota. Esto representa un fracaso general en todos los sistemas rigurosamente formulados para satisfacer todas las diversas y contradictorias ocasiones de la vida”. A modo de ejemplo y manera sarcástica, comenta que el hedonismo no es una filosofía demasiado adecuada en el caso de un naufragio. En este sentido recuerda que en toda ocasión “hay un tiempo para reír y un tiempo de llorar; pero los pesimistas olvidan la primera cláusula y los optimistas la segunda”.

En opinión de Lewis Mumford, “la vida no puede reducirse a un sistema: la mejor sabiduría, cuando se reduce a un único conjunto de insistentes notas, se convierte en una cacofonía: de hecho, cuanto tercamente se adhiere a un sistema, más violencia infringe uno a la vida”. Afortunadamente, según explica este gigante del pensamiento contemporáneo, “las actuales instituciones históricas han sido modificadas por anomalías, discrepancias, contradicciones, compromisos”. Haciendo gala de su proverbial maestría en el uso de las metáforas, considera a estas anomalías con los más ricos abonos orgánicos: “…todos estos variados nutrientes que permanecen en el suelo social son vistos con gran desprecio por los creyentes en los sistemas: al igual que los defensores de los fertilizantes químicos antiguos, no tiene noción de que lo que hace al suelo utilizable y nutritivo son, precisamente, los restos orgánicos que quedan”.

No menos ilustrativa es la metáfora que compara a los elementos discrepantes a cualquier sistema cerrado con los componentes del aire: “…esta tendencia hacia la relajación, la corrupción, el desorden, es lo único que permite que un sistema escapar de la auto-asfixia: un sistema es en realidad un intento de hacer que los hombres respiren dióxido de carbono u oxígeno solamente, sin los otros componentes del aire, con efectos que son temporalmente soporíferos o estimulante, pero al final serían letales; ya que si bien cada uno de estos gases es necesario para la vida, el aire que mantiene vivos a los hombres es una mezcla de diversos gases en la debida proporción”.

Pero es el campo de la política donde Mumford ve con más claridad la falacia de los sistemas con vocación exclusivista. Así, según este célebre pensador, “desde el siglo XVII hemos estado viviendo en una época de fabricantes de sistemas, y lo que es aún peor, en aplicadores de sistemas. El mundo se ha dividido, en primer lugar, en dos grandes grupos: los conservadores y los radicales, o como los llamó Comte, el partido del orden y el partido del progreso, como si tanto el orden y el cambio, la estabilidad y la variación, la continuidad y la novedad, no fueran igualmente fundamentales atributos de la vida. La gente, a conciencia, debían llevar sus vidas conforme a un sistema: un conjunto de principios limitados, parciales y excluyentes. Trataron de vivir por el sistema de romántico o por el sistema de utilitario, ser totalmente idealistas o totalmente prácticos”. Llevado al terreno práctico, Mumford comentaba que si los estadounidenses fueran rigurosamente capitalistas tendrían que olvidarse de la educación pública gratuita que apoyan, ya que constituye, de hecho, una entidad comunista.

Su crítica al capitalismo, como sistema económico predominante en su país, es rotunda. Para Mumford, ya desde mediados del siglo XIX, se había hecho evidente que el más autoconfiado de los sistemas, el capitalismo, que había llegado como un saludable reto, -al inmovilizar los privilegios y fomentar la salida del letargo feudal-, pasó en poco tiempo a mutilar a los jóvenes e inocentes obligándolos a trabajar catorce horas al día en las nuevas fábricas, además de hacer morir de hambre a los adultos, “en obediencia a la ley ciega de la competencia del mercado, operando en un maníaco-depresivo ciclo de negocios”. Poco tiempo hizo falta para entender que el capitalismo, como un sistema puro, era humanamente intolerableSegún Mumford, “lo que felizmente lo ha salvado de la subversión violenta ha sido la absorción de las herejías del socialismo, -las empresas públicas y la seguridad social- que le han dado cada vez mayor equilibrio y estabilidad”.

A pesar de la férrea crítica a los sistemas, Mumford consideraba que, tomados como una herramienta conceptual, tienen una cierta utilidad pragmática: porque “la formulación de un sistema conduce a la clarificación intelectual y, por tanto, a cierto limpio vigor de la decisión y acción”. A esto se dedicaron autores como Comte, quienes iniciaron un proceso de desenredo de “los hilos que forman la urdimbre y la trama de todo el tejido social” que fueron entonces aislados y disgregados. Siguiendo la metáfora que compara la sociedad con un tupido de de hilos de los más diversos colores, Mumford se refiere a que cuando los hilos rojos fueron unidos en una madeja, el verde en otra, el azul y el púrpura en otras, su verdadera individual textura y color se presentan más claramente que cuando estaban entrelazados en su original y complejo patrón histórico. En un pensamiento analítico uno sigue el hilo y no tiene en cuenta el patrón global; y el efecto de la toma de este sistema en la vida fue destruir la apreciación de su complejidad y de cualquier sentido de su patrón general”.

Según Mumford, “esta clasificación de los sistemas, con su correspondiente división en partes, hizo algo más fácil, sin duda, introducir nuevos hilos de diferentes tonos o colores en el telar social; pero también alienta la ilusión de que un tejido social satisfactorio podría ser tejido de un solo color y fibra. Desafortunadamente, el esfuerzo de organizar toda una comunidad, o cualquier conjunto de vivas relaciones sobre la base de hacer todos los sectores de la vida totalmente rojo, totalmente azul, o totalmente verde constituye de hecho un error radical”. Para ilustra esta idea, Mumford pone, como ejemplo, la inviabilidad de una comunidad en la que todos vivieran de acuerdo con la filosofía romántica. Una comunidad de este tipo “no tendría estabilidad, ni forma de económicamente hacer mil cosas que hay que repetir todos los días”. Si la mayoría de las actividades dependieran de un impulso espontáneo, muchas funciones importantes no serían llevadas a cabo del todo. Mumford plantea la siguiente pregunta: ¿Por cuales deseos espontáneos serían recogida la basura o lavados los platos? Así concluye que “la necesidad, la coacción social, la solidaridad juegan un papel en la vida real que el romanticismo y el anarquismo no tienen en cuenta”.

En resumen, Mumford plantea en “la conducta de la vida” que “tomar una única idea directriz, como el individualismo o el colectivismo, el estoicismo o el hedonismo, la aristocracia o la democracia, y tratar de seguir este hilo a través de todas las ocasiones de la vida, es pasar por alto la importancia del propio hilo, cuya función consiste en añadir a la complejidad y el interés del patrón total de la vida. Hoy en día la falacia de “esto o lo otro” sigue nuestros pasos en todas partes: mientras que esta en la naturaleza de la vida abrazar y superar todas sus contradicciones, no cercenándolas sin parar, sino tejiéndolas en una más inclusiva unidad. Ningún organismo, ninguna sociedad, ninguna personalidad, puede ser reducida a un sistema o ser eficazmente regulada por un sistema. Dirección interna o dirección exterior, desapego o conformidad, nunca deberían llegar a ser tan exclusivas que en la práctica haga imposible un cambio de uno a otroPorque la esencia de la presente filosofía es que muchos elementos necesariamente rechazados por cualquier sistema único son esenciales para desarrollar el superior potencial creativo de la vida; y que por turnos un sistema u otro debe ser invocado, temporalmente, para hacer justicia a las infinitamente variadas necesidades y ocasiones de la vida”.

Adentrándose en los asuntos prácticos de la vida, esta filosofía de la totalidad no sobrevalora un sistema único de la propiedad o la producción: “al igual que Aristóteles, y los redactores de la Constitución de Estados Unidos sabiamente favorecieron un sistema mixto de gobierno, así mismo promovieron una economía mixta, no temerosos para invocar medidas socialistas cuando la libre empresa lleva a la injusticia o la depresión económica, o favorecer la competencia y la iniciativa personal cuando los monopolios privados o las organizaciones gubernamentales se atrancan en la apática seguridad y la inflexible rutina burocrática”. Esto postulado expresa con claridad la filosofía que el mismo Mumford denomina “de la síntesis abierta”, tanto que para asegurarse de que quedará abierta Mumford llego a decir que “voy a resistir la tentación de darle un nombreSus futuros seguidores, “aquellos que piensan y actúan en su espíritu, pueden ser identificado, tal vez, por la ausencia de etiquetas”.

Lewis Mumford, al final de su explicación de la tesis sobre la falacia de los sistemas, asemeja esta idea a la afirmación de la vida orgánica. Partiendo de este postulado, pone en cuestión la eficacia de un único principio para conducir “una existencia armoniosa y bien equilibrada, -ya sea para la persona o la comunidad-, entonces la armonía y el equilibrio tal vez demanda un grado de inclusividad e integridad suficiente para alimentar todo tipo de naturaleza, para crear la mayor variedad en la unidad y para hacer justicia a cada ocasión”. En resumidas cuentas, “esa armonía debe incluir y resolver las discordias; debe tener un lugar para la herejía, así como para la conformidad: para la rebelión así como para el ajuste, y viceversa. Y ese equilibrio debe mantenerse contra golpes repentinos e impulsos: como el organismo vivo, debe tener reservas a su alcance, capaces de ser movilizados con rapidez, siempre que sea necesario para mantener un equilibrio dinámico”.

La filosofía de la síntesis abierta de Lewis Mumford pensamos que es un buen antídoto contra el pensamiento único y la globalización aniquilante de la variedad y diversidad de la naturaleza humana. No es útil ni práctico para salir de la crisis multidimensional a la que nos enfrentamos atrincherarse tras los pesados sacos de ciertos principios ideológicos que venimos cargando desde siglos atrás. Ni el capitalismo ni el comunismo; ni la izquierda ni la derecha; ni los cristianos ni los musulmanes; ni ninguno de los otros grandes bloques ideológicos o de creencias que se han enfrentado en el pasado han demostrado tener una respuesta adecuada para salir del callejón al que nos ha llevado nuestra supersticiosa fe en los sistemas cerrados. Podemos vivir aislados del mundo y de la influencia de otras ideas, como los miembros de la secta musulmana rusa recientemente descubierta en Rusia, que han permanecido durante más de diez años encerrados en un zulos construidos en ocho niveles subterráneos para no intoxicarse con las ideas procedentes del exterior, o bien podemos apostar por la búsqueda de la síntesis abierta propuesta por Mumford. De nuestra decisión depende el futuro de la humanidad.

LA CRISIS INTERNA DEL HOMBRE

Todos aquellos que gozan de cierta capacidad de análisis y sienten inquietud por lo que acontece a su alrededor, dedican tiempo y esfuerzo a identificar y combatir las causas de nuestra crisis multidimensional. Entre este grupo de personas son mayoría quienes se detienen en estudiar la dimensión exterior de la crisis. Una crisis externa que puede resumirse en una breve sentencia: una edad de expansión, o en términos económicos de crecimiento, está cediendo el paso a una edad del equilibrio. Muchos se resisten a reconocer que el periodo del crecimiento económico, de la expansión territorial,  poblacional e industrial ha terminado.

            Sin embargo, siendo importante el aspecto exterior de la crisis, nada es comparable a la crisis interna que sufre el hombre. El pensamiento materialista nos ha llevado a confundir las necesidades de supervivencia con las de satisfacción de los aspectos más elevados de la condición humana. Nuestra supervivencia física depende, como es lógico, de tener acceso a bienes tan vitales para la vida como el aire, el agua, una alimentación adecuada, una vivienda con unas mínimas condiciones de habitabilidad. A partir de este primer plano de requerimientos básicos vamos ascendiendo hacia otros no menos importantes, como las necesidades de comunicación y cooperación, de relación sexual y paternal, de amistad, de compañerismo y apoyo mutuo, etc…

Pero si hablamos en términos de satisfacción de la vida, la referida escala ascendente de necesidades, desde la mera vida física hasta el estímulo social y la evolución personal, debe ser trastocada. Tal y como comentaba Lewis Mumford en su obra “La condición del hombre”, “las necesidades más importantes, desde el punto de la realización de la vida, son aquellas que estimulan la actividad espiritual y promueven el crecimiento espiritual: la necesidad de orden, continuidad, significación, valor, objetivos y designio; necesidades de las que han surgido el lenguaje, la poesía, la música, la ciencia, el arte y la religión”. Este ascenso desde las necesidades de supervivencia a las de satisfacción requiere un continuo esfuerzo personal. Si no queremos ser víctimas de nuestras propias pulsiones instintivas, tenemos que aumentar de manera constante la proporción del tiempo que dedicamos a satisfacer las necesidades superiores sobre las necesidades inferiores. 

El hombre actual se encuentra anclado a sus necesidades elementales y esto le lleva a regodearse en su satisfacción, en vez de servirles como indispensable sostén de una vida plena. Debido a ello son muchos los que se detienen en las meras necesidades básicas, complicándolas y refinándolas hasta el absurdo. Un ejemplo paradigmático es el preponderante papel que hoy se le ha otorgado a la gastronomía. Los programas televisivos y radiofónicos, así como las publicaciones dedicadas a la cocina han crecido a un ritmo inusitado, como también lo han hecho los establecimientos de restauración y las tiendas de gourmet o delicatessen. Entender de gastronomía y de vinos ha pasado a ser un signo de distinción neoburguesa, de ahí el auge de los clubes gastronómicos y la organización de catas vinícolas que sirven de iniciación al buen beber y el buen comer. Algo similar podríamos decir de la vestimenta, rehén de los continuos vaivenes de una moda fluctuante al servicio del consumismo y a cubrir el cuerpo de un seres más desnudos por dentro que por fuera.

Como consecuencia de la retención del hombre entre las redes de las necesidades inferiores se han acentuado los procesos de fijación social y la detención del desarrollo de la persona. Tal y como apuntaba Mumford “cuanto más complicado y costoso el aparato para asegurar la supervivencia del hombre, más probable es que sofoque los fines para los que humanamente existe. Esa amenaza no fue nunca más fuerte que hoy día, porque la misma exquisitez de nuestro aparato mecánico, en cada aspecto de la vida, tiende a colocar al proceso no humano por encima del fin humano”. Siguiendo esta idea, el propio Mumford dejó por escrito “que la elevación del hombre por encima de su estado puramente animal consiste en el aumento constante de la proporción de necesidades superiores sobre necesidades inferiores, y la mayor contribución de estas vitalidades y energías al modelamiento de personalidades más ricamente dotadas y más plenamente expresivas”.

Durante buena parte de la historia  pocos fueron los que tuvieron la oportunidad de dedicar parte de su tiempo a la autorealización personal. La mayor parte de la gente no tenía más remedio que dedicar casi toda su jornada al sufrido trabajo agrícola o ganadero, y su alimentación estaba orientada en exclusiva al mantenimiento de la fuerza física indispensable para extraer con gran esfuerzo los frutos de la tierra. Según la máquina fue ocupando espacio en las tareas productivas aumentó de manera progresiva la disponibilidad de tiempo para el ocio y la cultura. Lo que parecía la culminación del sueño de los principales representantes del liberalismo político y económico se convirtió en una pesadilla al caer en descrédito los ideales que tradicionalmente habían acompañado al “otium cum dignitate” del que hablaba Cicerón, es decir, al “ocio digno” u “ocio que merece la pena”.

Nuestro actual ocio indigno se caracteriza por su pasividad y la permutación del orden de prelación del “otium cum dignitate”. El mismo Mumford resume este fenómeno en este párrafo magistral de su conocida obra “Técnica y civilización”: “demasiado aburrida para pensar, la gente leía; demasiado cansada para leer, podía ir al cine; incapaces de ir al cine; podían encender la radio; en cualquier caso, podían evitar la llamada a la acción”. Estas palabras fueron publicadas en 1934, cuando todavía no había llegado a los hogares la televisión, ni muchos los videojuegos, los ordenadores, internet o los teléfonos móviles. Con la práctica universalización de estos artilugios tecnológicos el ocio se ha vuelto cada día más pasivo y estéril desde el punto de vista de la realización personal y la satisfacción espiritual, agudizando de este modo la crisis interna de nuestra civilización.

Si realmente estamos interesados en resolver la actual crisis externa debemos enfrentar previamente la crisis interna del propio hombre. Nuestra primera acción  para superar esta difícil coyuntura consiste es remendar nuestros ideales y valores, acto que tiene que venir acompañado por la reorganización de la personalidad humana en torno a sus necesidades superiores y más importantes. Una personalidad que debe mantenerse en un proceso permanente de crecimiento y renovación, de modo que nuestras principales tareas pasen a ser el autoexamen, la autoeducación y el autocontrol. Todo lo que rodea al hombre, las organizaciones, las instituciones, la economía, el poder, la cultura, la naturaleza, la tecnología, las ciudades, etc…, deben ponerse al servicio de la plena realización del hombre para nutrir, refinar, ampliar y profundizar la personalidad individual y colectiva. En definitiva, la cada día más amplia variedad de artificios y medios técnicos tienen que ponerse al servicio de crecimiento continuado de la personalidad humana y el cultivo de una existencia significativa, plena y equilibrada.

LECCIÓN BOTÁNICA

Hace unos días a mi hijo pequeño le dieron su primera clase de botánica. Le explicaron las partes de una planta, las funciones de cada una y las diferencias entre un árbol, un arbusto y las hierbas.  Cuando me lo contó, le pregunté: ¿Os ha enseñado una planta para que la toquéis y veáis sus características? No papá, me contestó. Nos han enseñado unas imágenes en la pizarra digital. Al ver mi cara, mi hijo me preguntó: papá, ¿Qué importancia tiene? Total se trata de simples plantas. Entonces le dije: “Te equivocas, hijo. Las plantas son el producto y fenómeno principal de la vida; nuestro mundo es un mundo verde, en el que los animales son comparativamente pocos y pequeños, y todos dependientes de las plantas. Por las plantas vivimos”. Querido hijo, proseguí, “algunas personas tienen la extraña idea de que viven por el dinero. Piensan que la energía es generada por la circulación de billetes”.  Qué cosas tienes, papá…Escúchame con atención, hijo. Esta idea no es mía. La leí en un libro que suelo tener entre mis manos ¿Te refieres a este viejo libro que tiene las pastas despegadas? Sí, a ese me refiero. ¿Y qué dice ese libro respecto a lo que estamos hablando? Pues en él Patrick Geddes, rebosante de alegría, nos decía que “la maravilla de las estrellas, la maravilla de la piedra y la chispa, la maravilla de la vida y de la gente, son la sustancia de la astronomía y la física, de la biología y las ciencias sociales”. Entonces, ¿Qué nos deberían enseñar en la escuela, papá? Muy sencillo. Deberían enseñaros a apreciar las puestas de sol y los amaneceres, la luna y las estrellas, las maravillas de los vientos, las nubes y la lluvia, la belleza de los bosques, la luna y los campos.
Por un momento mi hijo se quedó pensativo. Papá. Dime, hijo. ¿Tú crees que Patrick Geddes utilizaba una pizarra como la del cole para dar sus clases de botánica? Seguro que no. Si hubiera presenciado una lección como la que te dieron a ti hubiera dicho, lo que dejó escrito en su libro: “¡Pongan a los niños a observar la naturaleza, no con lecciones rotuladas y codificadas sino con sus propios tesoros y fiestas de belleza, como son sus piedras, minerales, cristales, peces y mariposas vivas, flores silvestres, frutas y semillas! Por encima de todo, muéstrenles las plantas cultivadas y los animales bondadosamente domésticos, que domesticaron al hombre en el pasado y que ahora vuelven nuevamente hay que hacer volver para que lo civilizen y le den paz”.
Papá, ¿A ti te enseñaron a observar la naturaleza cuando eras pequeño? Desgraciadamente no. Todos nosotros, los adultos, hemos sido más o menos hambreados y mutilados; en las escuelas hasta se nos convirtió artificialmente en retardados por falta de esas observaciones y no se despertó  nuestra inteligencia con la labor y los juegos de la naturaleza. ¿Es que nunca os llevaron de excursión, papá? Ahora que lo dices recuerdo que una vez nos llevaron al parque de San Amaro para limpiarlo y esto nos sirvió para darnos cuenta de la importancia de no ensuciar el bosque. También recuerdo con cariño un trabajo que nos encargó mi profe de ciencias naturales, el profesor Jesús Ramírez. Nos mandó recoger algas de la orilla  y confeccionar un algario. Para muchos de nosotros fue una experiencia inolvidable y sirvió para que algunos compañeros descubrieran su vocación por el estudio de la naturaleza. Parece divertido, papá. Claro que sí. Escúchame. ¿Sabes cual es el secreto de la verdadera felicidad? No. Pues escucha con atención lo que decía al respecto John Ruskin: “el observar cómo crecen los cereales, y cómo se abren las flores; el respirar a pleno pulmón, manejando el arado o el leer, pensar, amar, esperar y meditar son las ocupaciones que hacen al hombre feliz; son las que siempre tuvieron la virtud de producir este buen efecto, y nunca tendrán la virtud de hacer otra cosa”. Uh…Creo que lo he entendido. ¡Por eso me lo pase también cuando me llevaste a observar aves con tus amigos de la SEO!
Bueno, es hora de acabar con esta improvisada lección de botánica.  ¿Te ha gustado? Sí, papá. Creo que te he entendido. Mejor me llevas este fin de semana al campo y me explicas la diferencia entre un árbol, un arbusto y la hierba. Será mucho más divertido y lo pasaremos bien.