NARCISISMO POLÍTICO EN CEUTA

Comentaba este fin de semana con un familiar que se había convertido en norma la publicación de un reportaje sobre la participación de musulmanes occidentales en el conflicto sirio en la edición dominical de “El País”. En estos artículos periodísticos se insiste en la idea de tratar a Ceuta y Melilla como un semillero de yihadistas. Las operaciones policiales que con cierta frecuencia se realizan en ambas ciudades norteafricanas sostienen tan dolorosa imagen de Ceuta y Melilla como tierras fértiles para las ideas más radicales y violentas. A esta imagen se superpone la de unas ciudades asediadas por la inmigración, de pensamiento conservador, mimadas por el Estado y con barrios conflictivos que inspiran series televisas de enorme éxito de audiencia. No es de extrañar que  la edición de hoy de “El Faro”  recoja la información de una propuesta para la puesta en marcha de una campaña dirigida a la mejora de la imagen de Ceuta. Esta propuesta va a ser defendida por el Sr. Márquez en el Congreso de los Diputados.

            A  mí, personalmente, me parecen bien este tipo de campañas que pretenden mostrar otras facetas más agradables de nuestra ciudad, como son nuestro mar, nuestros bellos paisajes, el carácter hospitalario de las gentes de Ceuta o su rico patrimonio cultural y natural. No obstante, haríamos mal si no asumiéramos con valentía y claridad la enorme cantidad de retos y problemas a los que nos enfrentamos. La imagen de Ceuta, aunque distorsionada y parcial, no deje de ser el reflejo de una realidad inquietante. Que no nos pase como al mítico Narciso, enamorado del reflejo de su imagen. Las aguas están turbias, contaminadas por ideas fanatizadas, y la superficie agitada por los fuertes vientos del malestar social. No es el momento de mirarse en este confuso espejo, sino de limpiar sus aguas y calmarlas.

¿RESTAURACIÓN INTEGRAL O CAMBIO DE FACHADA?

Tengo que confesar que no experimenté ningún sentimiento especial cuando me enteré de la noticia que anunciaba la abdicación del rey Juan Carlos I. Igual me equivoco, pero creo que muchos españoles hace tiempo que se sienten defraudados respecto al monarca, su familia y el papel que actualmente desempeñan en el orden político español. Este cambio de actitud ha sido propiciado por una sucesión de escándalos, meteduras de pata y actitudes poco ejemplares de algunos miembros de la Casa Real, empezando por su propio titular. No se puede echar la culpa del declive de la imagen de la corona a los medios de comunicación, ya que éstos han sido siempre encubridores necesarios de las aventuras y desventuras del monarca. Unos medios que han colaborado de manera intensa en el intento de reflotar el prestigio de la institución monárquica, pero que no han conseguido. En este contexto, la abdicación del rey a favor de su hijo Felipe no es más que una maniobra desesperada para salvar a la monarquía de su progresiva desintegración.

            La monarquía no es el único pilar de nuestro sistema político que tambalea. La crisis económica y la corrupción política han actuado como un intenso terremoto que ha dejado maltrecho al siempre inestable edificio democrático. Todos coinciden en que es necesaria una profunda reforma de las instituciones, los partidos políticos, la economía y los principios éticos si queremos evitar que todo se venga abajo. Los daños en el sistema político hay que calificarlos de estructurales, por lo que de nada vale una simple sustitución de la fachada con el mismo estilo anacrónico. La reforma de nuestro país tiene que ser integral, empezando por quienes lo integramos, es decir, nosotros mismos. Mientras que no nos reconstruyamos nosotros mismos, todo nuestro trabajo de reconstrucción de España puede venirse abajo. Cada uno, dentro de su campo de acción, debe llevar a su labor inmediata diaria una nueva actitud hacia sus funciones y obligaciones, entre las que destaca asumir las responsabilidades públicas y la acción cívica, así como trabajar sin descanso en su elevación intelectual y profundidad espiritual. Con este renovado material humano, caracterizado por la autodisciplina interna, la individuación y la autonomía podremos reconstruir España bajo una nueva formula, como la expresada por Castoriadis: “la de comunidades políticas que puedan ser autónomas, es decir, autogobernarse en los hechos”.

EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

El árbol de la vida se asocia, según Joseph Campbell, “a la imagen del poste o punto axial que es a su vez símbolo del camino o lugar de paso del movimiento al reposo, del tiempo a la eternidad, de la separación a la unión; y también a la inversa, del reposo al movimiento, de la eternidad al tiempo que transcurre, de la unidad a lo simple”. A ambos lados de este eje se sitúan el deseo y el miedo, la juventud y la edad, la causa y el efecto, la vida y la muerte, el cielo y la tierra, el ser y el no ser, que si somos capaces de superar y trascender “el goce de la vida brotará de todas las cosas como de una copa inagotable. El ego sacrificado será devuelto, y se liberarán las aguas de la inmortalidad para fluir en todas direcciones” (Joseph Campbell; La imagen del mito). Ésta es la sabiduría que encierra el árbol de vida. Todos estamos llamados a trepar por el tronco de este árbol, que es nuestra propia columna vertebral, sobre la que se entrecruzan dos serpientes ascendentes que representan la energía del sol y la luna, la energía masculina y femenina, la vida y la muerte. Según avancemos en nuestro ascenso hacia los niveles superiores de conciencia nuestra energía interior se activara hasta conseguir despertar nuestro tercer ojo o glándula pineal (simbolizada por una piña) que se encuentra en el centro de nuestra mente.
En esta imagen del árbol de la vida dibujada por el maestro Patrick Geddes el alma de la muerte es representada por un pájaro; y el alma de la muerte por una mariposa. Los siete niveles de conciencia tienen sus propios símbolos a ambos lados del árbol que aún no he sido capaz de interpretar.

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Este ascenso hacia los niveles superiores de conciencia y el despertar de toda la potencialidad de nuestro ser depende de cada uno de nosotros. No podemos delegarlo en nadie ni en nada externo a nosotros mismos, Dediquemos, pues, tiempo a nuestra vida interior y menos a la exteriorización de un espíritu vacío y desprovisto de sustantividad. Cuando nuestro tercer ojo se abra veremos la totalidad. La noción de tiempo y espacio habrá desaparecido. Un nuevo ser humano poblará la tierra y la renovación de la vida habrá comenzado. El mapa hacia la eupsiquia (vida buena) está siendo restaurado. Pronto verá la luz.

DE LA MONARQUÍA A LA AUTONOMÍA

Ni monarquía, ni república ni gaitas que se les parezcan. Necesitamos propiciar un despertar de las conciencias que permita elevarnos hacia el cuadrante de la vida plena efectiva. Delante tenemos la posibilidad de una nueva humanidad, de una nueva mutación de la conciencia, de la definitiva transformación del hombre. Estamos en disposición de dar forma a un nuevo paradigma, a una nueva edad en la condición humana: la edad del equilibrio. El cambio es imparable. Este nuevo periodo será el del equilibrio dinámico y el pensamiento integral. Su tema, como nos dejo dicho Mumford, “ha de ser la defensa, potenciación y renovación de la vida; el desplazamiento de lo mecánico por lo orgánico; y el restablecimiento de la persona como término de todo esfuerzo humano. Cultivo, humanización, cooperación, simbiosis, síntesis y simpatía son las palabras claves de la nueva cultura”.

Los ciudadanos del siglo XXI debemos participar en este sueño. Soñar con crear un buen entorno para la vida buena, donde la comunicación, la comunión y la cooperación vuelvan a ser los atributos esenciales de la sociedad humana y la base de sus significados, funciones y valores.

            El objetivo que nos marcamos no es obra de uno solo día ni la tarea de un líder carismático. La impotencia y la ignorancia no son la solución. Los cambios necesitan tiempo y constancia. Es en y a través del individuo humano donde comienza y termina la invitación a la plenitud. Convertirse en un ser humano pleno es ni más ni menos que la tarea de toda una vida. No hay atajos ni soluciones revolucionarias. La movilización de masas lo único que consigue es respaldar el sistema que combate. Los cambios que han sido efectivos son aquellos emprendidos por pequeños grupos que arañan las máquinas de la estructura de poder interrumpiendo el orden y desafiando las normas. Un ataque de este tipo no aspirar a tomar la ciudadela de la autoridad, sino a alejarse de ella y paralizarla sigilosamente. En cuanto se extiendan estas iniciativas de autonomía colectiva el poder y la autoridad volverán a la fuente adecuada: la personalidad humana y la comunidad basada en la cercanía y las relaciones cara a cara.

            No hay soluciones técnicas, mecánicas, organizativas o políticas sin alteración previa de los dioses personales, las costumbres y las ideales por un nuevo mito: el mito de la Vida. Estamos llamados a desarrollar una contracultura más vital, centrada en seres humanos despiertos lúcidos y coherentes;  en plena posesión de sus facultades: dispuestos a actuar, en palabras del antiguo juramento efébico de Atenas, “en solitario o con el apoyo de todos”.

            La ideología orgánica provital necesita tiempo y cambio interno. Como nos dejo dicho Mumford, “cada uno de nosotros, en tanto la vida se agite en él, puede desempeñar un papel a la hora de desenmarañarse del sistema del poder, afirmando su primacía en actos silencios de deserción física o mental, en gestos de inconformismo, en abstenciones, restricciones e inhibiciones que lo liberarán del dominio del pentágono del poder”.

            Las claves del Mundo Nuevo que esta naciendo para sustituir al Viejo Mundo del poder y el dinero son la autodisciplina interna, la individuación y la autonomía. No se trata, como decía Castoriadis, de crear un Estado en general, ya sea monárquico o repúblicano; “se trata de crear comunidades políticas que puedan ser autónomas, es decir, autogobernarse en los hechos”.

LA BAJA PARTICIPACIÓN ELECTORAL EN CEUTA

Resulta inevitable hablar hoy de los resultados de las elecciones europeas. El primer hecho sobre el que conviene reflexionar, en clave local, es la bajísima participación electoral. Ceuta se situó a la cola del índice de participación en el ámbito nacional, con menos del 30 %. Nuestra ciudad siempre se mueve en estos exiguos datos de implicación ciudadana a la hora de ejercer su derecho a votar. Da la impresión que a los ceutíes el asunto de la política nos importa más bien poco. Algo extraño teniendo en cuenta que gracias a la política redistributiva que ejerce Europa y nuestro país es posible mantener una ciudad cuya dependencia de los recursos públicos es casi absoluta. Sin Europa, a la que ayer se le dio la espalda, no tendríamos en Ceuta ni Parque del Mediterráneo, ni Centro Cívico en el Príncipe, ni Campus Universitario, ni teatro del Revellín, ni se hubieran construido las viviendas de Loma Colmenar, ni el nuevo hospital universitario. Las Murallas Reales estarían abandonadas y las aguas fecales seguirían vertiéndose al mar sin depurar. No habría agua las veinticuatros horas del día y el vertedero de Santa Catalina aún estaría echando humo. No habría planes de empleo ni ayudas para la creación de empresas, entre otras muchas cosas que han sido financiadas por la Unión Europea. ¿Es que alguien cree que la transformación urbana que ha experimentado Ceuta en los últimos años ha salido gratis? Los ceutíes, con el excesivo paternalismo con el que nos tratan las autoridades nacionales y europeas, no hemos vuelto una sociedad mimada, acomodaticia e irresponsable. Una sociedad que clama por sus derechos, pero olvida sus deberes. El primer de estos deberes es preocuparse por alcanzar unos niveles educativos que nos capaciten para entender el mundo y enmendarse a  sí mismo y al estado actual de las cosas, en cuanto pueda ser corregido y enmendado. No vale esgrimir razones de ignorancia y desinformación para explicar la baja participación en las elecciones europeas. Si algo sobra en el tiempo que nos ha tocado vivir es información. Lo que falta es interés, espíritu cívico y gratitud.

            A mí tampoco me gusta el sesgo oligárquico de la Unión Europea ni su política económica que prioriza los intereses de las grandes corporaciones y grupos financieros, pero lucho por la construcción de otras alternativas cívicas que no serán posible construir si los ciudadanos permanecen en el actual estado de anomia, conformismo y desinterés por los asuntos colectivos.

LO QUE NOS DEPARA EL FUTURO

Arthur Schopenhauer en su “Arte de Buen Vivir”, manifestó que “entre los cerebros vulgares y los sensatos hay una diferencia característica que se señala a menudo en la vida ordinaria: es que los primeros, cuando reflexionan en un principio posible cuya magnitud quieren apreciar, no buscan y no consideran sino lo que puede haber sucedido ya semejante, en tanto que los segundos piensan por sí mismo en lo que pudiera suceder”. Si aplicáramos este aforismo al conjunto de la sociedad actual no nos quedaría más remedio que declararnos completamente estúpidos. Y es que nadie con un mínimo de sentido común podría vivir tranquilo ante la cantidad de información contrastada que evidencia el mal camino que ha elegido la humanidad. Nos dirigimos hacia un profundo abismo que ha sido excavado merced a un pensamiento económico basado en la explotación de los recursos del planeta y la potenciación de la competencia entre los hombres.

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             Las llamadas a la capacidad de raciocinio del hombre para abandonar la senda del capitalismo salvaje y trazar un nuevo camino con bases más humanas, han sido continuas por algunos de los más brillantes pensadores. No nos debería de extrañar que G.K. Chesterton dedicará uno de sus ensayos a la cuestión económica y lo titulará “Los límites de la cordura” (Ed. El buey mudo, 2010). Con su particular ironía, puramente inglesa, definió el capitalismo como “aquella organización económica dentro la cual existe una clase capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo”. A partir de esta sencilla definición se pueden hacer una serie de comentarios de vital importancia.

            El primero de ellos es que este “capital” ha sido generado mediante la apropiación privada de unos recursos naturales que en ley pertenece a todos los seres vivos que habitamos este planeta. No se trata de establecer una visión bucólica de la naturaleza, sino más bien defendemos la instauración de un sistema que permita al hombre su pleno desarrollo interno y externo desde el respecto a los ciclos de la naturaleza y su capacidad de regeneración natural. En lo definitiva, nuestra propuesta pasa por realizar un monopolio socializado de la mayor parte de materias primas y los recursos de la tierra. Esta idea fue expuesta por Lewis Mumford en “Técnica y Civilización”, llegando a declarar que el monopolio privado de ciertos recursos, como el carbón y el petróleo, “constituyen un anacronismo intolerable, tan intolerable como podría serlo el del sol, el aire o el agua corriente”. ¡Qué diría nuestro apreciado Mumford si viviera para contemplar que el negocio del agua se ha convertido en realidad en nuestros días!.

            La segunda reflexión que nos surge de la definición de Chesterton tiene que ver con el papel del trabajo en el complejo entramado del capitalismo. Sobre este asunto, un compatriota suyo, William Morris (1834-1896), fue de los primeros en denunciar los perjuicios sociales derivados del capitalismo. Para Morris el sistema capitalista se basa en un estado de guerra perpetuo, bajo el grito de “hundir, incendiar y destruir”. Una guerra que obliga a los trabajadores a competir por el sustento; “y es esta lucha o competencia constante entre ellos la que permite a los cazadores de beneficios el obtenerlos y, por medio de la riqueza así adquirida, acaparar todo el poder ejecutivo de un país en sus manos”. Resulta evidente, si nos detenemos a analizar las palabras de Morris, que en esta batalla siempre ha habido un ganador: los detentadores del poder económico.

            Los pensadores más optimistas como John Stuart Mill confiaron en que el capitalismo alcanzaría “el estado estacionario”, es decir, un orden económico en el que el área para las nuevas inversiones de capitales hubiera menguado por un proceso natural de autolimitación, en el que por medio de la procreación voluntaria, la población se hubiera estabilizado, y en el que las cifras de beneficio e interés tendieran, como resultado de este doble freno, a caer hacia cero. “Es apenas necesario señalar-dijo Mill-que un estado estacionario del capital y de la población no involucra estado estacionario del mejoramiento humano. Habrá tanto campo de acción como siempre para toda clase de cultura mental y moral y progreso social; tanto campo para mejorar el arte de vivir, y muchas más probabilidades de que sea mejorado, cuando las mentes dejen de estar abstraídas en el arte de medrar. Hasta las artes industriales pueden ser tan serie y exitosamente cultivadas, con la única diferencia de que en lugar de no buscar otro objetivo que el aumento de la riqueza, los progresos industriales produzcan su legítimo efecto, abreviando el trabajo”.

 

            La profecía de Mill se cumplido en su aspecto más negativo. No cabe duda que el capitalismo hace mucho tiempo que ha alcanzado un nivel de desarrollo que permitiría cubrir con holgura las necesidades básicas de la población mundial. El problema es que no hemos sido capaces de abstraernos “en el arte de medrar” ni hemos abandonado el objetivo del “aumento de la riqueza”. Con ello estamos desperdiciando la oportunidad de lograr una economía equilibrada. Por el contrario, los desequilibrios sociales y económicos se han ido acentuando con el paso de tiempo llegando a un estado de barbarie y deshumanización en el que la vida ha perdido todo su valor.

Nuestras perspectivas de futuro no son nada halagüeñas. Todo indica que nos dirigimos hacia un mundo en el que una minoría, cada vez más restringida, concentrada en algunos puntos del planeta y armados hasta los dientes, acaparará los menguantes recursos que nos quedan después de varios siglos de ignorancia y codicia. El resto de los humanos serán abandonados a su suerte como desechos de un sistema económico que los desprecia tanto para ni siquiera preocuparse de explotarlos.

            La solución, a nuestro modo de ver, pasa por deshacer parte de la suicida carrera por el crecimiento económico hasta alcanzar un punto de estabilización y equilibrio. Hagamos caso de estas sabias palabras de G.K.Chesterton: “si no podemos volver atrás, parece que apenas valiera la pena seguir adelante”.

ASCENDENTES Y DESCENDENTES

En el último Pleno de Debate sobre el Estado de la Ciudad, la coalición Caballas presentó una propuesta de resolución para elaborar,  con la participación de todos los grupos políticos, entidades sociales de toda índole y el asesoramiento profesional adecuado, una Estrategia Pedagógica para la Interculturalidad, que permita avanzar hacia la cohesión social. Nosotros queremos aportar nuestra visión sobre la realidad identitaria de Ceuta, nuestro diagnóstico de la cuestión y las posibles soluciones que se nos ocurren para superar “ese dramático ellos y nosotros” al que aludían los integrantes del mencionado grupo político. Somos conscientes que nos adentramos en Terra Incognita y peligrosa, en un terreno plagado de maleza que apenas deja atisbar el camino y plagado de fieras fanáticas y radicales dispuestas a despedazarte en cuanto tengan la oportunidad de hacerlo. Pero asumimos el riesgo. Nos jugamos mucho en esta aventura para que el miedo, la pereza intelectual y la falta de coraje impidan que emprendamos el camino con decisión y valentía. Es nuestra obligación moral y la aceptamos con todas las consecuencias.

            Antes de partir, nos hemos agenciado algunos mapas y descripciones del complicado mundo de la interculturalidad o multiculturalismo. Y lo que hemos descubierto es que tal mundo forma parte de una concepción de la humanidad anclada en el pasado y demasiado parcial. Lo que se impone es una visión integral que sepa ver y entender el nuevo mapa integral que nos conduce a la vida plena, efectiva y significativa. En la confección de este mapa han contribuido todas las culturas y civilizaciones que han dado lugar la humanidad. Pero tener el mapa no era suficiente. Era necesario intérpretes que lo supieran dibujar y descifrar. Uno de los primeros guías-intérpretes del mapa que nos lleva a la eupsiquia (vida buena) fue el escocés Patrick Geddes. Sus primeros diagramas y notaciones marcaron la ruta a otros investigadores de la conciencia como Jean Gebser, Don Beck, Robert Cowan o Ken Wilber. Este último ha dado un nuevo salto interpretativo con el rediseño del mapa integral. Un mapa en el que los conceptos de yo, nosotros, ello y ellos quedan integrados y conectados. Como podrán observar, al “yo” (el interior de lo individual)  y al “nosotros” (el interior de lo colectivo), al que se referían los miembros del grupo político Caballas, hemos añadido dos dimensiones que siempre tendemos a ignorar; el “ello” (el exterior de lo individual) y el “ellos” (el exterior de lo colectivo). El “ello” es la naturaleza, el “nosotros” la cultura y el “yo” es tridimensional (espíritu, mente, espíritu).

            Es importante entender e interiorizar que estos cuadrantes del mapa (yo, nosotros, ello y ellos) no son estáticos, sino que muestran algún tipo de crecimiento, desarrollo y evolución, es decir, todos se despliegan siguiendo algún tipo de estadios o niveles de evolución y afectan de manera simultánea a los cuatro cuadrantes.  En el yo y en el nosotros, hay tres principales grados o estadios: egocéntrico, etnocéntrico y multicéntrico. Por encima de ellos está el estadio integral o kosmocéntrico. En cada uno de estos estadios se dan una serie de niveles diferentes de desarrollo, cuya descripción y comentario supera las posibilidades de espacio de las que disponemos en esta sección. Le remitimos,  a quién le interese, a la lectura del libro “La visión integral” de Ken Wilber.

            Es importante comentar que el 70 % de la población mundial permanece aún anclada en los niveles de conciencia etnocéntricos y tan sólo el 2 % ha alcanzado el estadio integral. El 28 % restante se divide en dos categorías: el yo logro y el yo sensible. En la primera de ella se integran las personas pertenecientes a la clase media emergente de todo el mundo,  con actitudes individualistas, pensamiento racional-científico, orientadas hacia el beneficio material y competitivos. La segunda categoría, el yo sensible, que constituyen un 10 % de la población, agrupa a aquellas personas centradas en la comunidad, en las relaciones sociales y en la preocupación por los asuntos medioambientales. Uno de sus rasgos identificativos es su actitud pluralista, realmente multicultural.

            El problema del multiculturalista o interculturalista sincero, -y no fingido por intereses electoralistas-,  es que, como explica Ken Wilber en su obra “Breve Historia de todas las cosas”, “la mayor parte de los individuos con los que se relaciona todavía son esencialmente egocéntricos o etnocéntricos y, en consecuencia, no comparten su universalismo”. De este modo, se ven obligados a mostrar una tolerancia universal con individuos que no son igual de tolerantes con ellos. Este pequeño porcentaje de la población multiculturalista soslaya el hecho de que alcanzar esa actitud superior es muy infrecuente y, en consecuencia, suelen ignorar el difícil camino que conduce hasta ese nivel. Llevados por este error de apreciación, los multiculturalistas, según comenta Wilber “afirman que tenemos que tratar por igual a todos lo individuos y a todos los movimientos culturales puesto que ninguna postura es mejor que las demás, pero no pueden explicar por qué debemos huir de los nazis y del Ku Klux Klan. ¿Cómo podríamos, si realmente fuéramos multiculturalistas, rechazar a los nazis? ¿No es acaso todo el mundo igual?”.

            Evidentemente, no todas las actitudes son equiparables. Estamos rodeados de movimientos etnocéntricos que defiende unos mitos según los cuales determinada raza, religión o pensamiento político son superiores al resto. Ante estas actitudes el multiculturalismo “se niega a reconocer cualquier tipo de diferencias entre las distintas actitudes morales posibles. ¡Al afirmar que todas las actitudes son iguales se niega siquiera la posibilidad de emitir ningún tipo de juicio! Cuando algunos se atreven a cuestionar las contradicciones de su relativismo moral, se muestran “sumamente intolerantes en nombre de la tolerancia, censurando en nombre de la compasión y justificando su estúpida postura con argumentos políticamente correctos. Si no fuera tan despreciable resultaría grotesco”.

            Como consecuencia de este tipo de multiculturalismo irreflexivo estamos contribuyendo a la retribalización de nuestros países y alentando la fragmentación etnocéntrica.  Lo primero que tendríamos que reconocer es que llegar hasta aquí para los países de mayoría multicéntrica no ha sido fácil. Traspasar las fronteras del yo y el nosotros mítico ha sido una labor compleja que ha requerido un ímprobo esfuerzo individual y colectivo. El empuje de la razón derribó los gruesos muros construidos por el dogmatismo religioso, los gobiernos despóticos y las infranqueables barreras de clase. Una vez superada esta línea imaginaria pudimos adentrarnos y ascender hacia niveles superiores de organización política, conocimiento científico, desarrollo ético y expresión cultural y artística. Esta línea imaginaria es, sobre todo, mental, aspecto éste que hemos olvidado, junto a la propia existencia de los niveles de desarrollo que le dieron origen. También hemos negado el camino interno recorrido para llegar hasta aquí. Nuestra falta de memoria y reflexión sobre el proceso de elevación intelectual y espiritual es el que nos ha llevado a este absurdo y peligroso relativismo moral y cultural, del cual se desprende que los multiculturalistas, como concluye Wilber, “estén dispuestos a abanderar cualquier cosa menos la civilización occidental”. Defender, como estamos haciendo en Occidente, -donde se concentran la mayor parte de las personas que han alcanzado el nivel de conciencia multicéntrica-, este relativismo moral y este multiculturalismo buenista, es poner en riesgo todo el avance en niveles de conciencia que se han conseguido en estos últimos dos o tres siglos.

            Nosotros somos acérrimos defensores de la igualdad de origen de todos los seres humanos, pero no de todos los modos de pensamiento. En este relativismo moral no nos van a encontrar. Desde nuestro punto de vista, en el mundo podemos diferenciar dos grandes tendencias desde la óptica de la evolución mental y espiritual: los ascendentes y los descendentes. Nuestra evolución interior es similar al de un escalador que asciende por una empinada escalera hacia los niveles superiores de conciencia y que según escalan observan un paisaje distinto (arcaico, mágico, mítico, racional, etc…). Una gran mayoría de personas no consiguen ascender por esta escalera debido a factores tan internos (valores, significados, principios morales y desarrollo de la conciencia) como externos (situación económica, bienestar material, acceso a la tecnología, entorno medioambiental). Muchos llevan en su mochila una pesada carga de prejuicios religiosos, económicos y políticos que les impide subir por la escalera de la evolución espiritual.

            En Ceuta, como el resto de las ciudades europeas, predominan las posturas políticas que centran exclusivamente su atención en la reforma de las instituciones exteriores, económicas y sociales,  dejando al margen todo esfuerzo para alentar a la gente a que emprenda su propio desarrollo interior y adquiera una sustantividad, independencia y creatividad espiritual. Desgraciadamente, para una amplia mayoría de nuestros conciudadanos todos los dogmas y las doctrinas que le ha ido metiendo las religiones en su “mochila mental” les impiden ascender y progresar por el empinado camino de la vida social y espiritual. Hasta que esta mayoría no se desprenda de esta pesada carga no les va a ser posible alcanzar un nivel o grado de conciencia que les haga ascender a un plano de existencia elevado donde la eupsiquia o vida buena sea posible. Si permanecemos en el actual plano mítico lo único que seguiremos presenciando es una lucha, más o menos encubierta, por el control de los resortes del poder y la imposición de sus principios religiosos y políticos. En esta lucha los más próximos a los niveles más bajos de conciencia tienen todas las de ganar, ya que para ellos el principio de la duda y la autocrítica son consideradas debilidades propias de una cultura decadente y pusilánime.

            La única solución a esta cuestión que se nos ocurre es que los pocos ascendentes que conocen el mapa integral consigan despertar a los durmientes y juntos emprendan el camino del desarrollo mental y espiritual. Estamos en un momento clave de la historia de la humanidad. O ascendemos o descendemos. No hay alternativa. Si nos decimos por el ascenso debemos, como plantea Eucken, confiar en una gran renovación, debemos creer en el ascenso a un  mundo espiritual, debemos exigir una formación de esencia, una reforma moral. Para que esto sea posible debemos desechar toda diferencia y toda tibieza y considerar toda transacción como un delito. No nos queda otro remedio que luchar de manera incesante por un fortalecimiento de nuestra vida interior y por un mundo espiritual independiente en el que no cabe dioses omnipotentes y omnipresentes “ni mitos prerracionales que son tomados como la verdad literal concreta”. Desprender de toda esta carga es difícil y duro. Supone enfrentarse a una grave crisis de identidad. ¿Quiénes somos cuando dejamos ser cristianos, musulmanes, judíos, hindúes,…? ¿Cómo nos quedamos cuando nos desprendemos de todos estas ropas y mascaras que cubren nuestro verdadero ser? Simplemente nos quedamos desnudos. El ser humano integral que proponemos, como alternativo a este discurso vacuo y superficial del interculturalismo, es una persona, según la describió Lewis Mumford, “que parecerá ideológica y culturalmente desnudo, casi inidentificable. Será como los santos jainistas de la antigüedad, que estaban “recubiertos de espacio”, y su desnudez será señal de que no pertenece exclusivamente a ninguna nación, grupo, oficio, secta, escuela ni comunidad. Quien llegue al plano de la cultura mundial, se sentirá a gusto en cualquier parte de esa cultura, en su interior no menos que en su mundo exterior”. ¿Estamos dispuestos a desnudarnos? Ésta la pregunta que todos debemos responder, empezando por los promotores de la Estrategia Pedagógica por la Interculturalidad.

EL OJO QUE TODO LO VE

No deja de sorprenderme la lucidez y clarividencia de Lewis Mumford. En uno de sus últimos libros, “El Pentágono del Poder”, -escrito en 1970, cuando Mumford había cumplido setenta y cinco años-, introdujo un capítulo premonitorio de lo que está sucediendo en nuestros días. Se titula “El ojo que todo lo ve” y dice así: “En la teología egipcia, el órgano más singular del dios Sol, Ra, era el ojo: porque el Ojo de Ra tenía una existencia independiente y desempeña un papel rector en todas las actividades cósmicas y humanas. El ordenador hace las veces de ojo del dios Sol restaurado, es decir, del ojo de la megamáquina, que sirve de “ojo privado” o detective, así como de omnipotente ojo ejecutivo, el que impone una sumisión absoluta a sus órdenes, porque ningún secreto puede ocultársele, ni ninguna desobediencia puede salir impune”.

Cuando todavía Internet no era ni siquiera un proyecto, comentó “Teóricamente en la actualidad, y en la práctica dentro de muy poco tiempo, Dios –o sea, el Ordenador- podrá encontrar, alcanzar y dirigirse al instante, mediante la voz y la imagen, a través de sus sacerdotes, a cualquier individuo del planeta: ejercerá un control sobre todos los detalles de la vida diaria del súbdito, manteniendo un fichero que incluya el lugar y fecha de su nacimiento; su historial de estudios al completo; un resumen de sus enfermedades y trastornos mentales, en caso de que se hayan tratado; su nómina, sus préstamos y sus facturas del seguro; sus impuestos y sus rentas; y, por último, la disponibilidad de los órganos que puedan extraérsele quirúrgicamente justo antes del momento de su defunción”.

¿A qué nos conducirá todo esto? Mumford lo tenía claro: “Al final, ninguna acción, ninguna conversación y, posiblemente, con el tiempo ningún sueño escaparía al ojo insomne e implacable de esta deidad: todas las expresiones de la vida serían procesadas en el ordenador y puestas a disposición de su ubicuo sistema de control. Ello significaría no solo una invasión de la privacidad, sino la destrucción total de la autonomía: la disolución de hecho del alma humana”.

El complejo sistema de espionaje masivo organizado por varios países occidentales (EE.UU, Canadá, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda) ha sido bautizado con el nombre de “Los Cinco Ojos”. Realmente es un solo ojo, el del dios cibernético que ha ocupado el cerebro de la megamáquina. “¿Quién, como se preguntaba Mumford, osa burlarse de potencias de tal magnitud? ¿Quién puede escapar de la supervisión implacable e incansable de este sumo dirigente? ¿Qué escondite tan remoto puede ofrecer refugio al disidente?”.

EL INFIERNO DE LOS INOCENTES

 Hace unos días fui testigo de una conversación en torno a la vida de una persona, recientemente fallecida, de la que se alabó su bondad. Nunca, según contaron, había discutido con nadie ni se le conocía enemigos. Esto me hizo pensar en la cantidad de personas que viven una vida libre de culpa: personas que trabajan regularmente en sus puestos de trabajo, mantienen a sus familias dignamente, muestran un grado razonable de bondad hacia aquellos que le rodean, soportando los insípidos días, y van por fin a la tumba sin haber cometido ningún mal activo contra un ser vivo. La misma insipidez de la existencia de tales personas -como la transparencia del agua del mar en pequeñas cantidades-oculta la colectiva negruna de su conducta. Su pecado consiste, como nos advirtió Lewis Mumford (La Conducta de la Vida, 1951), en la retirada de más exigentes oportunidades, en una negación de las superiores capacidades: en una pereza, una indiferencia, una complacencia, una pasividad más fatales para la vida que los más escandalosos pecados y crímenes.

 

 

 

            El apasionado asesino puede arrepentirse; el amigo desleal puede lamentar su falta de fe y cumplir sus obligaciones de amistad, pero el  hombre “humilde y honesto”, que ha obedecido las normas y meticulosamente ha rellenado todos los formularios legales, puede regocijarse por su forma de ser, aunque ésta sea profundamente desdichada. Es precisamente en nombre de tales hombres, -aquellos no ven ninguna necesidad de cambiar su mente o de rectificar su manera de actuar-, que nuestra sociedad se desliza de la desgracia a la crisis y de la crisis a la catástrofe. No es de extrañar que Dante  enviara a estos seres inocentes -aquellos que estaban ni a favor ni en contra del bien- a los infiernos. El infierno de nuestro tiempo se debe en gran parte a sus decisiones o, más bien, a su falta de acción.

 

 

Este sentido general de irreprochable conducta ha sido cómplice, en nuestro tiempo, de nuestros más extravagantes pecados, siendo éstos, tal vez, menos los pecados de la violencia que los pecados de la inercia. Nos dejamos llevar por la parcialidad, la estrechez de miras, la rigidez, el error de cálculo y el orgullo. Y con ello, desde esta aparentemente participación involuntaria con los males, los aumentamos y corremos el riesgo de quedar atrapados en una turba homicida, similar a la que sufrió el pueblo alemán durante el nazismo. En nuestra civilización, las mismas fuerzas impersonales que presiden buena parte de nuestro destino nos implican a cada uno de nosotros, casi automáticamente, en los actos pecaminosos. Ya seamos conscientes de ello o no, los enfermos mentales son abandonados, los pobres  mueren de hambre, nuestros gobiernos fabrican armas de exterminio, el planeta se destruye para satisfacer la codicia de algunos,  y miles de similares actos del mal son realizados gracias a nuestra complicidad. Estamos involucrados en estos pecados y sólo se podrán corregir si confesamos nuestra participación y tomamos sobre nosotros, de manera personal, la carga de corregirlos.

 

 

            El primer impulso de muchas personas, cuando sienten la necesidad de un cambio social y la eliminación de algunos de los males a los que nos hemos referido con anterioridad, es darse de alta en alguna asociación, adoptar a un niño de forma virtual o prestar su firma para alguna causa justa. Estas medidas están bien, pero son insuficientes. Los retos actuales requieren una auto-transformación, y no mecanismos de piadosa expiación para acciones irrealizadas. Tampoco sirve de nada nuestra constante delegación de nuestras responsabilidades personales en las administraciones. Por el contrario, debemos reorganizar nuestras propias actividades a fin de poder dedicar una buena parte de nuestro tiempo y energía al servicio público de la comunidad.

Tenemos que ser conscientes de que la reabsorción del gobierno por los ciudadanos de una comunidad democrática es la única salvaguardia contra las excesivas  intervenciones burocráticas que tienden a surgir en todo Estado, debido a la negligencia, la irresponsabilidad y la indiferencia de sus ciudadanos. Muchos servicios que se realizan ahora inadecuadamente, ya sea por falta presupuesto o porque están en manos de una distante burocracia, deberían ser realizados principalmente de forma voluntaria por los habitantes de una determinada comunidad local.  Esto incluye no sólo los servicios administrativos, demasiado a menudo eludidos en una democracia, como los trabajos en los consejos escolares, las asociaciones de consumidores, y cosas por el estilo, sino que también deberían incluir otros tipos de trabajos públicos, como la plantación de árboles, el cuidado de los jardines públicos y parques, incluso algunas de las funciones de la policía. A través de este tipo de trabajos, cada ciudadano no sólo llegaría a sentir como en casa en cada parte de su ciudad y su región, sino que al mismo tiempo se haría cargo de la vida institucional de su comunidad como una persona responsable.

            Desde nuestra visión, resulta contraproducente desde el punto social e inviable desde el punto de vista económico, seguir incrementando el número de funcionarios para intentar dar respuesta a unas cuestiones que necesitan otros tipos de planteamientos. Los problemas de seguridad ciudadana no se solucionan aumentando el número de policías locales, sino atajando las causas sociales y económicas que provocan la marginación y la exclusión social; el fracaso educativo no puede ser resuelto incrementando el número de docentes, más bien pasa por una profunda reforma del sistema educativo y una reeducación moral y ética; la salud de los ciudadanos no se mejorará con un incremento de médicos y centros sanitarios, sino a través de un cambio en los hábitos y costumbres, y en la mejora de la calidad ambiental de nuestro entorno; para una justicia más “justa” no necesitamos más funcionarios, sino menos burocracia.   Así podríamos seguir con el resto de los servicios que actualmente prestan las administraciones públicas, muchos de los cuales deberían ser de nuevo asumidos por los propios ciudadanos, aunque corramos el riesgo de perder nuestro socorrido chivo expiatorio al que cargarle la responsabilidad de todos los males que nos suceden.

            La crisis económica en la que estamos inmersos requiere replantearnos nuestras responsabilidades ciudadanas. Sin lugar a dudas necesitamos abordar una Revolución Integral. Claro que para esto necesitamos no hombres “inocentes” y dóciles, su lugar lo tienen que ocupar personas dispuestas a soportar las penalidades asociadas a la disconformidad con los establecidos patrones sociales. En términos coloquiales, personas dispuestas a asomar la cabeza por encima de la tapia, aún a riesgo de recibir una pedrada.

¿QUÉ ES LA RIQUEZA?

Respuesta de John Ruskin: “la riqueza es la posesión de lo valioso por el valiente”. Y, entonces, ¿Qué es lo valioso? Según Ruskin, “una cosa verdaderamente valiosa o válida es aquella que se dirige en la vida con toda su fuerza. Ser valioso, por tanto, es valer para la vida. En la medida en que no conduce a la vida, o en que su fuerza está rota, es menos valiosa; en la medida que se aleja de la vida, está desprovista de valor o es maligna”. Uh…Me pregunto, ¿Qué es una persona valiente? El que hace un buen uso de la riqueza. Por tanto, “posesión o tener, no es un poder absoluto sino relativo, y consiste no solamente en la cantidad o naturaleza de la cosa poseída, sino también (y en mayor grado en su conveniencia para la persona que lo posee y en su poder vital para usarlo”.